VOCES EN SOLEDAD

Por Emma-Margarita R. A.-Vadés

 


UNA VID

Trabajo en una revista especializada en temas sociales. Hace unos días me encomendaron una tarea que se adentra en los laberintos del alma: entrevistar a personas solitarias, aquellas que navegan por mares interiores sin compañía aparente, donde el silencio rompe como un oleaje incesante contra los acantilados invisibles del espíritu.

 

Como periodista, mi misión consiste en arrojar luz sobre las grietas donde la soledad echa raíces, ya nazca de una elección consciente o del capricho del destino, ese tejedor paciente que entrelaza pérdidas, ausencias y el lento desgaste del tiempo. Cada entrevista será un fragmento de ese mapa invisible, un territorio donde las palabras emergerán como estrellas fugaces en la noche interior de quienes aún conservan historias que nadie ha escuchado.

 

Pero ¿y si yo mismo fuera uno de ellos?

 

La pregunta cruzó mi mente con la rapidez de un relámpago.

 

-No pienses en eso ahora -me dije.

 

Sacudí la cabeza mientras el tráfico rugía a mi alrededor, un río de acero y prisas que avanzaba sin detenerse, ajeno al vacío sereno que latía en mi pecho como el tic tac de un reloj olvidado en una habitación deshabitada.

Guardé la grabadora en el bolsillo, acomodé el cuaderno en la mochila y eché a andar. No llevaba un mapa, sino una intuición: la de que la soledad no es solo una ausencia, sino una materia cambiante que cada ser humano modela con sus recuerdos, sus heridas y sus esperanzas. Algunos la convierten en refugio; otros, en prisión. En todos deja una huella distinta.

 

El aire fresco de la mañana me recibió como una promesa. Descendía entre las copas de los árboles urbanos, hacía temblar las hojas y arrastraba el perfume efímero de la tierra húmeda, como si despertara memorias que llevaban años dormidas. Por primera vez comprendí que no tendría que buscar demasiado. Las voces que necesitaba entrevistar no se ocultaban en lugares remotos, sino en las sombras silenciosas de lo cotidiano, allí donde la gente aprende a pasar inadvertida. Bastaba con detenerse, mirar de verdad y escuchar.

 

Entonces supe que el verdadero viaje no consistía únicamente en recoger las historias de los demás. También tendría que enfrentarme a la mía, porque, a veces, quien sostiene la grabadora descubre demasiado tarde que también estaba esperando ser escuchado. 

 

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Emma-Margarita R. A.-Valdés

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