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Trabajo en una
revista
especializada en
temas sociales.
Hace unos días
me encomendaron
una tarea que se
adentra en los
laberintos del
alma:
entrevistar a
personas
solitarias,
aquellas que
navegan por
mares interiores
sin compañía
aparente, donde
el silencio
rompe como un
oleaje incesante
contra los
acantilados
invisibles del
espíritu.
Como periodista,
mi misión
consiste en
arrojar luz
sobre las
grietas donde la
soledad echa
raíces, ya nazca
de una elección
consciente o del
capricho del
destino, ese
tejedor paciente
que entrelaza
pérdidas,
ausencias y el
lento desgaste
del tiempo. Cada
entrevista será
un fragmento de
ese mapa
invisible, un
territorio donde
las palabras
emergerán como
estrellas
fugaces en la
noche interior
de quienes aún
conservan
historias que
nadie ha
escuchado.
Pero ¿y si yo
mismo fuera uno
de ellos?
La pregunta
cruzó mi mente
con la rapidez
de un relámpago.
-No pienses en
eso ahora -me
dije.
Sacudí la cabeza
mientras el
tráfico rugía a
mi alrededor, un
río de acero y
prisas que
avanzaba sin
detenerse, ajeno
al vacío sereno
que latía en mi
pecho como el
tic tac de un
reloj olvidado
en una
habitación
deshabitada.
Guardé la
grabadora en el
bolsillo,
acomodé el
cuaderno en la
mochila y eché a
andar. No
llevaba un mapa,
sino una
intuición: la de
que la soledad
no es solo una
ausencia, sino
una materia
cambiante que
cada ser humano
modela con sus
recuerdos, sus
heridas y sus
esperanzas.
Algunos la
convierten en
refugio; otros,
en prisión. En
todos deja una
huella distinta.
El aire fresco
de la mañana me
recibió como una
promesa.
Descendía entre
las copas de los
árboles urbanos,
hacía temblar
las hojas y
arrastraba el
perfume efímero
de la tierra
húmeda, como si
despertara
memorias que
llevaban años
dormidas. Por
primera vez
comprendí que no
tendría que
buscar
demasiado. Las
voces que
necesitaba
entrevistar no
se ocultaban en
lugares remotos,
sino en las
sombras
silenciosas de
lo cotidiano,
allí donde la
gente aprende a
pasar
inadvertida.
Bastaba con
detenerse, mirar
de verdad y
escuchar.
Entonces supe
que el verdadero
viaje no
consistía
únicamente en
recoger las
historias de los
demás. También
tendría que
enfrentarme a la
mía, porque, a
veces, quien
sostiene la
grabadora
descubre
demasiado tarde
que también
estaba esperando
ser escuchado.

VOCES EN SOLEDAD
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