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SOLEDAD
DEL EMIGRANTE
Emma-Margarita
R. A.-Valdés
En mi lecho,
el insomnio se abría como un mar sin orillas. Cavilaba sobre las
soledades que moran en el ser humano, sombras que corroen el alma.
Recordé al emigrante que lleva su patria tatuada en la memoria y
deja atrás el latido de su vida. Parte hacia un futuro que imagina
luminoso, pero el dolor que arrastra es más profundo que cualquier
frontera humana. La nostalgia que lo envuelve no cabe en ninguna
maleta; permanece como un peso invisible.
Anhelaba un
rostro que personificara esa ausencia, una historia que alumbrara la
penumbra.
A la mañana
siguiente, me encaminé al supermercado del barrio, ese pequeño
universo donde las vidas de los recién llegados se entretejen con el
fluir cotidiano. Allí la divisé: una mujer de unos treinta y cinco
años, con facciones inconfundibles que delataban su ascendencia
indígena, menuda y de curvas suaves. Su cabello, negro, largo y
rizado, le caía como una cascada sobre los hombros. Su tez morena y
tersa evocaba linajes ancestrales. En sus ojos, una timidez que
entrelazaba ternura con agotamiento. Había en su manera de colocar
los productos una delicadeza casi ceremoniosa, como si pidiera
permiso para existir. Me pregunté cuántas personas caminan entre
nosotros con esa prudencia de quien aún no se siente del todo en
casa.
Me aproximé
con cautela y le dije:
—Disculpa.
Soy periodista y estoy escribiendo sobre las experiencias de los
emigrantes. Me gustaría entrevistarte. ¿Podríamos vernos en el
momento que tú elijas?
Un destello
de desconcierto cruzó sus grandes ojos azabache, maquillados con
esmero. Luego, asintió con recato. Durante un instante pareció
debatirse entre la desconfianza y el deseo de que alguien escuchara
por fin aquello que llevaba demasiado tiempo guardando.
—
¿Entrevistarme a mí? —dijo, esbozando una sonrisa fugaz—. Bueno...
no sé si mi vida es interesante. Está bien, ¿por qué no? ¿Qué tal
mañana por la tarde? Tengo la tarde libre. Podemos quedar en la
cafetería de la esquina. ¿Le parece? ¿A las cuatro?
Asentí,
agradecida por su confianza. Intercambiamos números de teléfono y
nos despedimos.
Al día
siguiente, llegué quince minutos antes. El sitio era un refugio
acogedor, saturado del aroma a granos recién molidos que flotaba en
el aire otoñal. Mientras la esperaba, observé cómo la gente entraba
y salía del local. Unos se saludaban, otros comentaban el trabajo o
hacían planes para el fin de semana. Pensé que la verdadera pobreza
no siempre es carecer de dinero; a veces es no tener a quién llamar
cuando cae la noche. Imaginé que un emigrante pasa muchos meses sin
oír su nombre pronunciado con el afecto de los suyos.
Ella llegó
puntual. Vestía un suéter holgado y unos vaqueros; su abundante
melena caía libre sobre los hombros.
—Te invito.
¿Qué deseas?
—Un café con
leche, por favor —respondió, con un gesto que enmascaraba su
tensión.
Me senté
frente a ella, encendí la grabadora y hablé con delicadeza. El vapor
del café ascendía lentamente entre nosotras, difuminando los
contornos y dando intimidad a aquella conversación. Poco a poco
advertí que la reserva iba cediendo en su rostro, como la escarcha
que se rinde al primer sol.
—Gracias por
venir. Quiero escribir sobre ti, sobre tu experiencia. No publicaré
nada sin tu aprobación. ¿Cuál es tu nombre?
—Wendy —dijo,
serena pero firme—. Wendy López González.
— ¿De dónde
eres?
—De Ecuador.
— ¿Por qué
decidiste emigrar? ¿Qué te trajo aquí?
Wendy sorbió
su café, y su mirada se sumergió en la espuma, como si en ella se
desdibujara el contorno de su pasado.
—Vine hace un
año y diez meses.
—Perdone
—dijo con voz trémula, cortando el hilo del diálogo—. ¿Va a publicar
mi nombre, de dónde vengo y el tiempo que llevo en España?
—Si tú no
quieres, no lo publicaré; pondré otro nombre y nadie sabrá quién
eres —respondí con una expresión cálida, posando mi mano sobre su
brazo—. Además, los periodistas tenemos la obligación de no revelar
la fuente del artículo.
—En ese caso,
contestaré a sus preguntas. Es que estoy ilegal; me quedan pocos
meses para conseguir los papeles, es decir, la residencia. Tengo
interés en tenerla para poder traer a mi hijo.
— ¿Tienes un
hijo?
—Sí, se llama
Edwin, tiene doce años. Yo tenía dieciséis cuando nació. Era apenas
una niña, y el padre... —hizo una pausa— era un amigo de la familia,
bastante mayor. Una tontería, una debilidad, una curiosidad... o
quizás una necesidad de sentirme querida.
— ¿Y él supo
del embarazo?
—Sí, claro.
Pero se desentendió rápido. No lo culpo del todo... era un hombre
con su vida hecha. Mi madre casi me mata, y mi padre dejó de
hablarme un año. Mi familia quiso denunciarle, pero yo me opuse,
porque fue con mi consentimiento y yo era la única responsable:
cuando no quieres, no hay nada que hacer.
— ¿Fue
difícil dejar a tu niño?
Sonrió con
una melancolía que laceraba el pecho.
—Difícil
no... más que difícil. Aún lo sueño; todavía me duele. Pero en ese
momento, en mi país no había trabajo y aquí podía ganar en una
semana lo que allá en un mes. Pensé en su futuro. Ahora está con mis
padres, pero algún día lo traeré.
— ¿Qué será
lo primero que harás cuando llegue?
—Ir caminando
con él de la mano. Llevarlo al colegio. Prepararle el desayuno.
Escuchar cómo me llama "mamá" todos los días. Hay personas que
sueñan con tener una casa grande; yo sólo sueño con volver a ser
madre.
Sacó el
teléfono del bolso y, durante unos segundos, contempló la fotografía
de un niño con uniforme escolar. Me la enseñó. La forma en que la
miraba decía mucho más que cualquier imagen.
El niño
sonreía mostrando los dos dientes delanteros ligeramente separados y
el uniforme demasiado grande para su cuerpo. No era sólo un retrato;
era el pedazo de vida que había dejado al otro lado del mar.
—A veces me
pregunta cuándo voy a volver. Yo siempre le digo que pronto. No
quiero que piense que lo he abandonado. El otro día me dijo: “Mamá,
cuando vengas, ¿me vas a reconocer?”. —Wendy bajó la mirada—. Me
quedé sin palabras. Siento que me estoy perdiendo su infancia. Cada
día que pasa tengo más miedo de que, cuando consiga traerlo, ya no
seamos los mismos.
Quedamos en
silencio. Ella acariciaba la pantalla con la yema de los dedos como
si pudiera rozar el rostro del niño. Entendí que, para muchos
emigrantes, el teléfono móvil no es un objeto: es la única ventana
abierta hacia la vida que dejaron atrás. Hay abrazos que se reducen
a una videollamada, hay cumpleaños que caben en una pantalla de
apenas unos centímetros y hay niños que aprenden a besarla aún antes
que al rostro de su madre.
—Es un niño
precioso —comenté.
Hizo una
pausa y prosiguió con tono más resuelto:
—Después tuve
dos relaciones. Una por amor, otra por interés, no le voy a mentir.
El amor fue bonito, pero duró poco. El último me dio techo, trabajo
y estabilidad. Trabajaba en su tienda de comidas. Era un hombre
bueno, pero no lo amaba. Y cuando uno no ama, hasta el pan dulce
sabe amargo.
— ¿Y ahora?
—pregunté—. ¿Estás sola?
—Sí, pero
acompañada de mi silencio —dijo, riendo con ironía—. Cuido a una
anciana en una casa grande; casi no salgo, no conozco a nadie. Eres
extranjera en todas partes. Ella me trata bien y me paga lo que dice
la ley. Tengo techo, comida y comodidades que nunca tuve. En
Ecuador, todo era lucha: con mi familia, con las murmuraciones de la
gente, hasta con mi última pareja. —Su voz se quebró un instante,
pero se recompuso con dignidad.
En sus ojos
convivían el cansancio y el orgullo. Me incliné hacia adelante,
intentando acercarme un poco sin presionarla. Afuera, las hojas
otoñales giraban con un vals efímero; adentro, el ambiente suspendía
el tiempo en un lazo intangible.
— ¿Qué fue lo
más duro para ti?
—Lo más duro
al llegar —dijo Wendy, bajando la mirada— fue no tener personas
conocidas. Al principio, fui a un piso compartido; me dejaron dormir
en un sofá en el salón, aunque me cobraron un buen dinero. Tardé en
encontrar trabajo; hasta pensé en regresar a mi país.
— ¿Por qué
decidiste quedarte?
—Yo tengo
mucha fe en Dios; mi vida está en sus manos. Había encomendado mi
viaje a Él y, si lo había permitido, era para mi bien.
Sus palabras
sonaban con la serenidad de una oración.
—Sin embargo
—continuó—, por las noches, cuando todo queda en calma, el vacío se
hace más pesado. Rezo y pregunto a Dios si vale la pena. El recuerdo
de mi pequeño, creciendo lejos, me llena de tristeza. No vine a dar
compasión —agregó—. Vine a luchar. Estoy segura de que acabaré
trayéndolo. Y cuando eso ocurra, todo este vacío habrá valido la
pena. Aprendí que uno puede empezar de cero. Aunque duela. Aunque
sangre. Aunque parezca imposible.
— ¿Quieres
decirme algo más? —pregunté, sin esperar nuevas revelaciones.
—Sí. Sé que
algunos piensan que venimos a quitar trabajo, que nos llevamos el
dinero a otro país, que traemos una raza inferior, que somos
incultos, que nuestra moral es baja porque la mayoría de las mujeres
venimos con hijos sin estar casadas, y otras cosas más. Entiendo que
algunos puedan pensar así, pero ruego que nos comprendan: nosotros
no venimos por gusto; lo hacemos porque los gobiernos nos han
empobrecido, a pesar de nuestra riqueza natural. No puedo cambiar lo
que piensan; solo pedir que antes de juzgarnos recuerden que nadie
abandona a un hijo, a sus padres y a su tierra por capricho. Que
piensen que, quizá en un futuro, también tengan que emigrar.
La abracé con
fuerza, transmitiéndole el calor de la acogida. Se emocionó, lloró
sobre mi hombro y dijo:
—La verdad es
que yo no he notado rechazo alguno, para qué voy a mentir.
Advertí,
mientras Wendy se secaba las lágrimas con el dorso de la mano, que
incluso cuando la vida golpea con dureza, la gratitud sigue
encontrando un rincón donde florecer.
En ese
instante, la cafetería dejó de ser un lugar cualquiera para
convertirse en un refugio donde la soledad encontraba, por un
momento, un eco de comprensión. En el abrazo de dos extrañas
comenzaba a tejerse una esperanza.
Mientras
regresaba a casa comprendí que las historias compartidas pueden
tender puentes sobre el abismo y acercar orillas que parecían
condenadas a no encontrarse jamás. Quizá el verdadero hogar sea el
instante en el que alguien te escuche sin juzgarte.
Emigrar no
consiste únicamente en cruzar una frontera. Es aprender a vivir con
el corazón dividido entre dos tierras, con un pie en el presente y
el otro en la memoria. Quien abandona su país pierde mucho más que
una dirección o un paisaje: deja atrás la voz cotidiana de quienes
ama, las costumbres que daban sentido a los días y esa sencilla
felicidad de sentirse en casa sin necesidad de explicarse. Tal vez
la patria verdadera no sea un lugar, sino aquel donde uno es amado y
reconocido.
Emma-Margarita
R. A.-Valdés

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