|
SOLEDAD INTELECTUAL
Emma-Margarita
R. A.-Valdés
La
dirección me llevó hasta las afueras de la ciudad. Allí se alzaba
una torre de cristal que reflejaba un cielo gris y uniforme, como un
faro moderno perdido en un océano de asfalto. El catedrático
Fulgencio Losada vivía en uno de los últimos pisos. Desde aquella
altura se dominaba una metrópoli inmensa, sembrada de pantallas
luminosas que competían por captar la atención de millones de
personas. Los anuncios cambiaban sin descanso, con la urgencia de
quien teme ser olvidado. Contemplándolos desde arriba, tuve la
impresión de que aquel oleaje de luces hablaba mucho, pero decía muy
poco.
Fulgencio
Losada era conocido en los círculos universitarios. Había publicado
ensayos sobre filosofía, política, historia de las ideas y
pensamiento contemporáneo que se estudiaban en varias facultades
europeas. Sin embargo, fuera de ese reducido ámbito, era un completo
desconocido. En una época en la que cualquier influencer alcanzaba
millones de seguidores con un vídeo de pocos segundos, resultaba
casi irónico que uno de los pensadores más brillantes de su
generación caminara por la calle sin que nadie lo reconociera.
Mientras
ascendía en el ascensor, deduje que resultaba paradójico encontrar a
un hombre dedicado al filosofar rodeado de empresas cuya principal
actividad consistía en captar la atención de millones de personas
durante apenas unos segundos.
Llamé a su
puerta y la abrió.
Era un
hombre de cincuenta y ocho años, de complexión delgada, cabello
completamente blanco y mirada serena. Sus ojos conservaban el brillo
de la inteligencia, aunque también dejaban entrever un cansancio
antiguo, el de quien lleva demasiado tiempo intentando explicar algo
que casi nadie comprende ni desea escuchar. No había en él la menor
afectación académica. Vestía un jersey de lana oscuro y pantalones
sencillos. Su voz era pausada, como si cada palabra hubiera
aprendido a esperar a la siguiente.
Me
estrechó la mano con cordialidad.
—Pase, por
favor.
Me recibió
en su despacho y me invitó a sentarme. El apartamento era amplio y
sobrio. Una inmensa biblioteca cubría las paredes con miles de
volúmenes de filosofía, historia, literatura, ciencia, teología,
arte, economía… Conviviendo con ellos había fotografías antiguas y
cuadernos llenos de anotaciones. Sobre el escritorio descansaba un
manuscrito inacabado, varias hojas corregidas con tinta roja y una
taza con té frío. Nada parecía colocado al azar. Todo transmitía la
sensación de una vida entregada a la reflexión.
Nos
sentamos junto al ventanal.
—Gracias
por recibirme —dije mientras encendía la grabadora.
Él esbozó
una sonrisa apenas perceptible.
—No me dé
las gracias todavía. Nadie viene por gratitud, sino por curiosidad
—respondió—. Las entrevistas suelen terminar decepcionando a alguno
de los dos.
Reímos.
Aquella breve sonrisa hizo desaparecer, por un instante, la
expresión cansada de su rostro.
—Como le
han anunciado, vengo a entrevistarle sobre la soledad. Estoy
escribiendo unos artículos acerca de sus distintas formas.
—Entonces
ha elegido un tema inagotable —respondió con seriedad.
—Sí. Pero
no de la soledad física. Me interesa esa otra que apenas se
menciona. La mayoría la identifica con la ausencia de personas. Yo
creo que existen otras mucho más difíciles de soportar. Me han
informado sobre usted, de su vida austera y retirada.
Me miró
con curiosidad.
— ¿Para
bien o para mal?
—Me
dijeron que era un hombre muy culto... y muy solo.
—La
palabra "culto" nunca me ha gustado.
— ¿Por
qué?
—Porque
parece establecer una frontera entre personas inteligentes y
personas que no lo son. Y esa frontera no existe.
Se levantó
lentamente y tomó un pequeño libro de una estantería. Era una
edición muy gastada de los “Diálogos” de Platón. Lo sostuvo entre
las manos como quien reencuentra a un viejo amigo.
—Si Platón
viviera hoy, tendría un canal de vídeos de quince segundos... y
probablemente nadie vería los diálogos completos.
Acarició
el libro con suavidad.
—La
cultura no consiste en saber muchas cosas, sino en no dejar nunca de
hacerse preguntas y de buscar las respuestas sin desanimarse.
Aquella
frase trajo a mi mente lo que dijo Jesús a quienes comenzaron a
seguirle: "¿Qué buscáis?"
Fulgencio
volvió a sentarse. Contempló el paisaje unos segundos antes de
continuar.
—Cuando
empecé a enseñar, los alumnos discutían, se equivocaban, defendían
ideas absurdas... pero tenían hambre de entender. Podíamos discrepar
profundamente, pero compartíamos una convicción: existía la verdad y
merecía la pena buscarla. Hoy tengo la impresión de que ha dejado de
interesar. Hemos confundido información con conocimiento. Me duele
que ya casi nadie disfrute razonando.
Miré la
fotografía enmarcada que había sobre la mesa. Decenas de jóvenes
rodeaban al catedrático, entonces mucho más joven. Todos sonreían.
Él siguió
mi mirada.
—Fue mi
primera promoción.
—Parece
feliz.
—Lo era.
Sus ojos
se iluminaron.
—Cada vez
que un alumno me obligaba a replantearme una idea, volvía a casa
contento. Un profesor vive para esos momentos. ¿Y ahora? Hace mucho
tiempo que casi nadie me hace preguntas.
El
silencio se instaló entre nosotros. No era incómodo. Era una
evidencia demasiado grande para responderla deprisa. Observé la
fotografía unos instantes más: rostros jóvenes, alegres,
despreocupados. Algunos sostenían libros; otros miraban al filósofo
con la admiración de quien descubre un mundo nuevo.
—
¿Conserva el contacto con ellos?
—Con
algunos, sí. Médicos, jueces, ingenieros, profesores... Cuando nos
encontramos, casi nunca hablamos de filosofía. Hablamos de la vida.
Eso me alegra.
Colocó la
fotografía en su lugar.
—Ellos son
la prueba de que enseñar merece la pena.
Pensé que
aquella respuesta no encajaba con la imagen de un hombre derrotado y
solo.
—Entonces,
¿de dónde nace esa soledad?
—De una
paradoja. Nunca había sido tan fácil acceder al conocimiento y nunca
había encontrado a tanta gente satisfecha con saber tan poco.
No levantó
la voz. Ni siquiera parecía criticar. Era la tristeza de quien
contempla un bosque secándose lentamente.
—Me falta
el ánimo para salir a un entorno que idolatra lo efímero. A veces
me agradaría vivir de otra forma, ser más ingenuo, menos
introspectivo. Me gustaría volver a mi infancia, a jugar sin
analizar, rodeado de otros niños, con alegría y confianza.
Entendí
que su soledad se había forjado entre su lucidez y la indiferencia
del mundo. Planteaba cuestiones profundas y los oyentes respondían
con chistes o desdén. Era la soledad de quien ve lo que otros
prefieren ignorar.
— ¿Y no
cree que exagere?
—Ojalá
exagerara.
Se levantó
y se acercó a la biblioteca. Sacó un volumen de historia, luego una
novela, un tratado de física y un libro de poesía, y los dejó sobre
la mesa.
— ¿Ve
estos cuatro libros?
Asentí.
—No hablan
de lo mismo. Sin embargo, todos enseñan algo imprescindible: que la
realidad es mucho más compleja que nuestros prejuicios. Quien lee
aprende a ponerse en el lugar de otro. Quien estudia aprende a
dudar. Quien duda es mucho más difícil de manipular.
Me acordé
de una cita del libro de los Proverbios: "El ingenuo cree todo lo
que le dicen; el prudente mide bien sus pasos". No la mencioné.
Simplemente comprendí que la sabiduría bíblica conocía desde hacía
siglos lo que mi interlocutor intentaba explicarme.
— ¿Cree
que esa falta de reflexión explica muchas cosas de nuestra sociedad?
Suspiró.
Se quitó las gafas.
—Más de
las que imaginamos. Cuando una sociedad deja de amar la verdad,
termina conformándose con lo cómodo. Entonces ya no elige a los
mejores, sino a quienes mejor alimentan sus emociones. Ya no escucha
argumentos; escucha consignas.
Hizo una
pausa.
—Y eso
afecta a todo: a la educación, a la justicia, a la convivencia,
incluso a las familias. Porque dejamos de dialogar para empezar a
repetir.
Sus
palabras no encerraban superioridad, sólo una tristeza profunda.
Eran la confesión de alguien que llevaba muchos años sufriendo la
misma herida. Precisamente por eso impresionaban más.
—Vivimos
en un teatro de certezas impuestas. Los ignorantes no sólo ignoran:
militan en su ignorancia.
— ¿Qué es
para usted un intelectual?
—Una
persona que todavía cambia de opinión cuando encuentra un argumento
mejor. Siempre habrá unos pocos que preserven, pero serán
solitarios, incomprendidos… quizá perseguidos.
Me había
informado sobre el profesor. Tiempo atrás sufrió envidia y odio. Un
ayudante de cátedra lo acusó falsamente de incumplir sus
obligaciones. Designaron a un abogado del Estado para investigar la
veracidad de las acusaciones. Los alumnos declararon a su favor y se
demostró su inocencia. De no haber sido así, habría perdido su
puesto, su buen nombre y su pensión.
Con
delicadeza, dije:
—Sé que
tuvo graves problemas en la universidad. Quizá esa experiencia
explique, al menos en parte, su aislamiento.
Me miró
con expresión de dolor contenido. Desvió la vista hacia la
estantería y, tras unos segundos, respondió.
—La
hostilidad de los ignorantes no nace del odio, sino del miedo. El
razonamiento ajeno los desnuda y les recuerda su propia fragilidad.
Detrás de muchas envidias se oculta algo peor que la ignorancia: la
soberbia. Así ha sido el ser humano desde los primeros tiempos.
Acudió a
mi memoria la historia de Caín y Abel.
Miré el
manuscrito abierto sobre el escritorio, lleno de correcciones. Quise
dejar atrás aquel suceso y cambié de tema.
— ¿Es su
próximo libro?
Curvó los
labios con cierta melancolía.
—Tal vez
sea el último.
— ¿Está
terminado?
—Hace dos
años.
— ¿Y por
qué no lo publica?
Respondió
con una sencillez que me desarmó.
—Porque
empiezo a sospechar que el problema ya no es la falta de libros,
sino la falta de lectores. No de personas que pasen los ojos por las
páginas. De lectores. De aquellos que aún están dispuestos a dejar
que un buen libro les cambie la vida.
Esta
afirmación me dolió. Recapacité en tantas horas perdidas deslizando
el dedo por una pantalla mientras una buena lectura esperaba en la
estantería. Entonces recordé otra frase de la Escritura: "Donde esté
tu tesoro, allí estará también tu corazón".
El
silencio volvió a instalarse entre nosotros. La luz del atardecer se
apagaba y el reflejo de la ciudad entraba por el ventanal como un
rumor lejano.
Me atreví
a hacerle una pregunta más personal:
—Profesor... ¿ha sido feliz?
No la
esperaba. Me observó con sorpresa.
—Mucho. He
tenido el privilegio de dedicar mi vida a lo que amaba. Pocos pueden
decir eso. No puedo quejarme.
—Entonces... ¿qué le entristece?
Por
primera vez bajó la mirada.
—Que
empiezo a sentirme extranjero en mi propia época.
Me
impresionó más que cualquier discurso. No hablaba de política ni de
ideologías. Hablaba de pertenencia.
—
¿Extranjero?
—Tengo la
sensación de que vivimos rodeados de ruido y, sin embargo, cada vez
cuesta más mantener una conversación. Todo debe ser rápido,
sencillo, emocional. Argumentar se ha convertido en una pérdida de
tiempo. Las redes son el espejo de Narciso, todos se ahogan creyendo
contemplarse. El razonamiento sin oyentes es solo un eco en el
desierto. A veces creo que la ignorancia no es el fracaso del
hombre, sino su elección natural. Pensar duele, y nadie quiere
sufrir.
Se levantó
y caminó despacio hasta la ventana. Apoyó una mano sobre el cristal.
—No me
preocupa que la gente ignore muchas cosas. Todos somos ignorantes en
casi todo. Me preocupa que hayamos dejado de avergonzarnos de la
ignorancia.
Me hizo
recordar otra frase de la Escritura: "El principio de la sabiduría
es el temor del Señor; los necios desprecian la sabiduría y la
instrucción". No la enfoqué como una censura. La entendí como una
llamada a la humildad, porque sólo quien reconoce que no sabe puede
empezar a aprender.
— ¿Y cree
que eso explica lo que ocurre en la sociedad?
Se volvió
hacia mí.
—Explíquemelo usted.
Me
sorprendió. Permanecí callada unos segundos.
—Veo
demasiada crispación. Poca capacidad para escuchar. Muchas personas
hablan. Pocas dialogan. Casi nunca discrepan.
Él
asintió.
—Exactamente. No necesitamos ciudadanos que piensen igual. Una
democracia puede sobrevivir a la pobreza, pero no a la desaparición
del juicio crítico. Cuando las emociones sustituyen a la razón,
otros empiezan a decidir por nosotros.
No hizo
falta decir quiénes. Los dos lo sabíamos. Miré de nuevo el
manuscrito.
— ¿Todavía
escribe todos los días?
—Sí.
— ¿Incluso
aunque crea que no lo publicarán ni lo leerán?
—Claro.
Hoy es muy difícil que una editorial publique por su cuenta un libro
que no sea popular. Si yo financiara la edición, mis libros verían
la luz. A esto se llama “autoedición”, y así llegan al mercado
millones de libros, muchos de escaso valor, hasta ahogar, entre esa
maraña, los que realmente importan para la mente y el alma.
—Escribo
—continuó— porque es una forma de ser fiel a uno mismo. Hay personas
que rezan. Otras escribimos.
Durante
unos segundos permanecí inmóvil. Aquella frase, pronunciada por un
hombre que se confesaba agnóstico, tenía una hondura inesperada.
— ¿Nunca
ha sentido el deseo de creer?
No
respondió inmediatamente. Sus ojos seguían fijos en la ciudad. Quizá
había cruzado una frontera que no debería. Cuando ya creía que no
contestaría, habló con una voz casi apagada.
—He pasado
por situaciones duras, demasiadas. Sueños rotos… He visto demasiada
belleza y demasiado sufrimiento. No sé conciliar ambas cosas. No he
recibido el don de la fe.
No era una
respuesta de un incrédulo. Era la confesión de un hombre que seguía
buscando
— ¿Ha
rezado alguna vez? “Pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá”.
—Sí, en la
edad de mi inocencia. Después sólo refunfuñar…
Sonreí.
Aquel no era el momento de responder. Era el momento de escuchar.
Entonces
él hizo una pregunta que cambió por completo el rumbo de la
entrevista:
—Y
usted... ¿por qué sonríe tanto durante toda la conversación?
Me
sorprendió. No era consciente de haber sonreído. Bajé la vista unos
segundos.
—Porque,
aunque comparto muchas de sus preocupaciones, no comparto su
desesperanza. Creo que usted mantiene la esperanza.
Me observó
con una mezcla de curiosidad y respeto. Esperó en silencio. Por
primera vez, era yo quien debía responder.
— ¿Y de
dónde nace esa esperanza?
No quise
contestar de inmediato. Miré los libros que cubrían las paredes, el
manuscrito inacabado, la taza de té ya frío y la fotografía de
aquellos alumnos que un día llenaron su casa de ilusiones. Luego
levanté la vista.
—Creo que
el ser humano puede perder muchas cosas: poder, salud, incluso
libertad. Pero mientras conserve el deseo de buscar la verdad, nunca
estará completamente perdido.
Sonrió con
tristeza.
—Ahora ya
no estoy seguro de que la sociedad quiera encontrarla. La esperanza
es el narcótico de los conformistas. No hay evolución donde no hay
pensamiento. Hoy pensar se considera de mala educación. Lo llaman
negatividad, pero no es más que conciencia despierta en un mundo
dormido.
Su
reflexión no sonaba a reproche. Sonaba a duelo.
— ¿Y
usted? —inquirí— ¿Ha dejado de buscar?
Negó
lentamente con la cabeza.
—No. Sería
traicionarme a mí mismo.
Supe
entonces que aquel hombre seguía buscando. No había encontrado la
esperanza, pero tampoco había renunciado. Recordé, casi sin darme
cuenta, una frase del Evangelio: "La verdad os hará libres". No las
pronuncié. Intuí que la verdad no necesitaba imponerse; bastaba con
permanecer esperando a quien la busca de corazón.
Apagué la
grabadora. La entrevista había terminado. Nos levantamos al mismo
tiempo. Mientras me acompañaba hasta la puerta, dijo en voz baja
antes de despedirnos:
— ¿Sabe
cuál es la peor soledad? No es vivir sin compañía. Ni siquiera vivir
sin amor. Es vivir rodeado de personas que han dejado de hacerse
preguntas.
Aquella
frase me acompañó hasta el ascensor. Cuando las puertas se cerraron,
aún lo veía inmóvil en el umbral de su casa. Detrás quedaban miles
de libros. Delante, una multitud que parecía no tener tiempo para
abrir ninguno. La real derrota no sería la desaparición de los
intelectuales, sino el día en que nadie los entendiera ni los echara
de menos.
Al salir a
la calle, las pantallas seguían parpadeando con noticias, anuncios y
consignas con una rapidez vertiginosa. Decenas de personas caminaban
absortas en sus teléfonos. Nunca habíamos estado tan comunicados y
tan poco dispuestos a escucharnos. Recordé otra frase de la
Escritura que tantas veces había leído sin detenerme en ella: "Mi
pueblo perece por falta de conocimiento". Palabras que no hablaban
de ignorancia. Hablaban del drama de olvidar aquello que da sentido
a la vida.
Mientras
arrancaba el coche comprendí que Fulgencio no estaba solo porque
supiera más que otros, sino porque seguía creyendo que pensar era un
deber y que una sociedad que renuncia a la cultura termina
renunciando, sin advertirlo, a una parte de su libertad. La soledad
más profunda no es la de estar solo, sino oír una nota disonante en
un coro que cree cantar en armonía.
Contemplé
una última vez la torre de cristal. Allí arriba quedaba un hombre
que seguía haciendo preguntas. Y mientras existiera una sola persona
dispuesta a buscar la verdad con humildad, aún habría motivos para
la esperanza.
Emma-Margarita
R. A.-Valdés
|