SOLEDAD DEL SACERDOTE

Emma-Margarita R. A.-Valdés

 

 

Comenzaba a llover. Las primeras gotas, tímidas al principio, fueron convirtiéndose en un rumor continuo que empapó las calles y desdibujó los contornos de la ciudad. A pocos metros encontré una iglesia con las puertas abiertas y entré buscando refugio, aunque pronto comprendí que allí se resguardaba algo más que el cuerpo.

 

Las últimas velas consumían lentamente su cera, como si supieran que toda llama termina entregándose para dar luz. Pensé en aquellas palabras de Jesús: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas”. Allí comprendí que la oscuridad no siempre vence a la luz; a veces es la luz la que da sentido a la oscuridad. El aire olía a incienso envejecido y a piedra húmeda. Un halo tibio, casi maternal, envolvía las naves del templo. Era una presencia invisible que parecía invitar a mirar hacia dentro.

 

Entonces recordé el encargo de la revista: escribir una serie de relatos sobre las distintas formas de la soledad. Sonreí para mis adentros. Quizá el chaparrón acababa de elegir por mí el destino.

 

A unos metros del altar, un sacerdote permanecía arrodillado ante el Sagrario. Tendría unos cincuenta años. Era alto, delgado, de cabello oscuro y unos ojos claros que, incluso cerrados, transmitían una profunda paz. Su cabeza estaba inclinada con la naturalidad de quien no cumple un rito, sino de quien conversa con un Amigo invisible.

 

Me senté discretamente en el último banco para no interrumpir su oración. Durante unos minutos observé inmóvil aquella escena mientras las gotas seguían golpeando los vitrales. Existen silencios que aplastan como una losa y otros que sostienen el alma. Me pregunté cuál de ellos habitaba en aquel hombre.

 

-Podría ser el protagonista del siguiente reportaje -me dije-. La soledad del sacerdote... Si acepta concederme una entrevista.

 

Estuvo todavía unos minutos en oración. Después se incorporó despacio, hizo una profunda reverencia ante el Sagrario y se volvió. Al descubrirme, una leve sorpresa cruzó su rostro, de esas que parecen nacer antes en el corazón que en los labios. Bastó un movimiento de cabeza para que comprendiera que mi inesperada presencia no le había resultado una molestia.

 

-Buenos días -dijo acercándose con una sonrisa discreta-. Espero que la lluvia no haya sido demasiado severa con usted.

 

-Me ha obligado a buscar refugio.

 

Miró hacia las vidrieras, donde las gotas resbalaban formando pequeños ríos de luz.

 

-Entonces ha elegido un buen lugar.

 

-Me llamo Laura.

 

-Yo soy Manuel.

 

-Trabajo para una revista. Estoy escribiendo una serie de relatos sobre las distintas formas de la soledad. Al verle rezar, pensé que la de un sacerdote quizá sea una de las menos comprendidas.

 

El padre Manuel bajó ligeramente la mirada.

 

-Tal vez porque muchos la contemplan desde fuera. Y las realidades de Dios solo se comprenden cuando uno deja de ser espectador para convertirse en peregrino.

 

No había solemnidad en sus palabras, sino sencillez. Hablaba sin prisa, no porque midiera lo que decía, sino porque lo meditaba antes de decirlo.

 

- ¿Y usted cree que podría ayudarme a hacerlo?

 

-No lo sé. Pero podemos intentarlo. Si le parece, hay una pequeña sala junto a la sacristía donde hablaremos con tranquilidad. Aquí el silencio pertenece a Otro.

 

La sala era sencilla. Debía de servir para las reuniones de la comunidad. Una larga mesa ocupaba el centro, rodeada de sillas. En una esquina, dos sillones y una pequeña mesa redonda. Olía a café recién hecho y a humanidad. Un rayo de luz incidía sobre un crucifijo.

 

Me invitó a sentarme en uno de los sillones y él lo hizo en el otro. Saqué la grabadora del bolso y le pregunté:

 

- ¿Le molestaría que grabara la entrevista?

 

Sonrió con humildad.

 

-Es su trabajo. No me importa.

 

- ¿Cuántos años lleva siendo sacerdote?

 

- Canté mi primera misa hace veintitrés años . Tenía treinta y cuatro.

 

- ¿Cómo surgió su vocación?

 

- La mayoría piensa que Dios llama con un trueno. En mi caso fue más bien como una lluvia fina. Al principio apenas la notas; un día descubres que llevas mucho tiempo empapándote de ella. Él me eligió: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros".

 

- ¿Nunca dudó?

 

Miró sus manos, pensativo.

 

-Muchas veces. La fe no elimina las dudas; enseña a caminar con ellas. Hasta san Pedro dudó cuando caminó sobre las aguas. Lo importante no es no hundirse, sino volver a confiar en Cristo.

 

- ¿Y nunca pensó en abandonar?

 

Respondió sin vacilar:

 

-Abandonar, no. Alguna vez pensé que no estaba a la altura. Todos los sacerdotes descubrimos muy pronto que somos vasijas de barro. San Pablo ya lo decía: “Llevamos este tesoro en vasijas de barro”. Quizá nos hizo frágiles para que nadie confundiera el don con quien lo lleva.

 

- ¿Qué hacía antes de abrazar el sacerdocio?

 

-Había terminado la carrera de ingeniero aeroespacial, trabajaba en una empresa, tenía novia y proyectos humanos, pero Dios había preparado otro camino mejor para mí. No era un santo… era un chico como tantos otros: "No he venido a llamar a justos, sino a pecadores". Tenía un desasosiego que reflejó muy bien San Agustín: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti". Y supe que tenía que ir al seminario. Y nunca dejé de caminar en esa dirección.

 

- ¿No echa de menos una esposa, una familia, unos hijos?

 

-Claro que sí -dijo con firmeza-. Especialmente en las noches de invierno, cuando la parroquia queda vacía y solo se oye el viento. O cuando veo a un padre jugar con su hijo en el parque. Y duele. Es un deseo inscrito en la naturaleza humana. El amor conyugal y la paternidad son dones inmensos del Creador. Renunciar a ellos no significa dejar de anhelarlos, sino ofrecer ese anhelo como sacrificio por un bien mayor. No es una negación del amor, sino otra manera de amar. Intento suplir esa ausencia con el cariño de mis feligreses y con la certeza de que, si soy fiel a mi vocación, colaboro humildemente en su felicidad aquí y, sobre todo, en su salvación.

 

No hablé durante unos segundos. Aquella respuesta no era la que esperaba. Había en sus palabras una serenidad difícil de discutir, aunque no lograban disipar mis dudas.

 

-A mí me parece que los sacerdotes deberían poder casarse -dije al fin-. ¿No dijo Dios: "No es bueno que el hombre esté solo"? ¿Y no ordenó también: "Creced y multiplicaos"? Si el matrimonio es una vocación querida por Dios, ¿por qué impedir que ustedes puedan vivirla?

 

El padre Manuel curvó sus labios con una expresión afable, como quien ha escuchado esa pregunta con frecuencia.

 

-No se les impide. La Iglesia católica de rito latino pide el celibato, y quien desea recibir el sacerdocio lo acepta libremente. Nadie es ordenado contra su voluntad. Antes de ser sacerdote, cada hombre decide si está dispuesto a entregar también esa parte de su vida. Además, existen sacerdotes católicos casados en algunos ritos orientales y, en casos excepcionales, también en el rito latino. No es un dogma de fe, sino una disciplina eclesial.

 

Hizo una breve pausa. Entrelazó los dedos y continuó:

 

-El Señor dijo que hay quienes renuncian al matrimonio "por el Reino de los Cielos". No lo impuso; lo propuso como un camino posible. El celibato no pretende afirmar que el matrimonio sea inferior. Al contrario, precisamente porque el matrimonio es un bien tan grande, su renuncia adquiere sentido como signo de una entrega total. Es una forma de decirle al Señor: "Quiero que Tú seas mi única riqueza".

 

Y prosiguió:

 

-Sin amor, sería una carga insoportable; vivido como respuesta a una llamada, puede convertirse en una fuente de libertad difícil de explicar. Él nos amó hasta el extremo y así debemos amarle: "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos".

 

-Lo comprendo... o al menos intento comprenderlo -contesté-. Pero debe de haber noches en las que la soledad pese demasiado.

 

-Las hay -admitió sin vacilar-. Sería deshonesto negarlo. Existen momentos de cansancio, de vacío y de nostalgia, como los hay en un matrimonio, en la viudedad o en cualquier vida humana. La diferencia es que, cuando se ofrece a Dios, deja de ser un desierto estéril para convertirse en un lugar de encuentro.

 

Me miró un instante y dijo:

 

-A veces la soledad pesa; otras veces es en ella donde el Señor habla con más claridad. Recuerde: “A la sombra de tus alas canto con júbilo. Mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene”.

 

Mientras le veía rezar pensé que el ambiente parecía envolverlo. Dígame una cosa... ¿también Dios guarda silencio con usted? En esos momentos ¿se siente abandonado?

 

Contempló el crucifijo de la pared.

 

-Muchas veces. Pero con los años descubrí que no siempre es ausencia. También una madre calla mientras vela el sueño de su hijo. Hay silencios que abandonan y otros que acompañan. Aprendí que Dios acostumbra a hablar desde esos silencios que acompañan.

 

Un ladrido insistente llegó desde el patio.

 

-Es Job, mi perro. Es paciente y un compañero fiel. Ya reclama su paseo. Juan, otro sacerdote, suele sacarlo a esta hora.

 

- ¿Y las tentaciones?

 

Sonrió con una mezcla de ternura y simpatía.

 

-La ordenación no nos convierte en hombres distintos; solo nos recuerda para quién vivimos. Seguimos siendo de barro, con nuestras fragilidades. A veces la tentación llega desde fuera; otras nace dentro, disfrazada de desánimo, de orgullo o de esa necesidad de sentirnos queridos y reconocidos. El demonio no suele derribar un árbol de un golpe; comienza debilitando sus raíces.

 

El teléfono sonó varias veces durante la entrevista. Llamadas de hospitales, peticiones de misas, encargos de funerales…

 

- ¿No siente cansancio de la rutina, de escuchar cientos de confesiones, de visitar enfermos, celebrar funerales y otras ocupaciones que acaban desgastando?

 

Caviló unos segundos:

 

-Cuando llegan esos momentos recuerdo las palabras del Señor: “Velad y orad para no caer en la tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil”. Entonces comprendo que la fortaleza no consiste en no caer nunca, sino en dejar que Él vuelva a levantarte.

 

-Y ¿cómo soporta la incomprensión, las burlas, las persecuciones, las sospechas… Si pudiera volver atrás ¿volvería a responder que sí?

 

Miró alrededor y después hacia la puerta de la iglesia.

 

-Con más miedo. Pero con mucho más amor.

 

- ¿Cuál es el momento más feliz de cada día?

 

Se le iluminó la mirada:

 

-Cuando consagro el pan y el vino y Cristo vuelve a hacerse presente. En ese instante comprendo que toda renuncia ha merecido la pena.

 

Se quedó callado. Comprendí que ya no estaba respondiendo a una periodista. Había regresado al altar.

 

-Si pudiera resumir en una sola frase lo que ha aprendido en estos veintitrés años de sacerdocio, ¿cuál sería?

 

-Que el Señor nunca deja solo a quien se atreve a quedarse a solas con Él.

 

-Después de tantos años confesando, ¿qué cree que necesita más el ser humano?

 

No contestó enseguida. Sus dedos abrazaron la cruz que llevaba al cuello.

 

-Ser amado sin tener que demostrar que lo merece. En el fondo, todos buscamos al Padre del hijo pródigo. Algunos han perdido la esperanza. Confiesan pecados, pero detrás de muchos pecados hay una tristeza inmensa. Por eso Jesús dijo: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. La mayor pobreza de nuestro tiempo no es material; es haber olvidado que somos hijos de Dios.

 

Apagué la grabadora. Ninguno sintió ya la necesidad de añadir nada. Hay conversaciones que terminan cuando concluye el diálogo y otras que apenas comienzan.

 

Preocupada, me atreví a decir:

 

-Padre Manuel, hace diez años que murió mi padre solo, en el hospital. Era ateo. Si alguien como usted hubiera estado a su lado, quizá... no sé…

 

-No puedo decirle que su padre esté en el cielo. No lo sé. Pero sí sé que la misericordia de Dios es infinita. Y sé también que la oración de una hija es poderosa.

 

Me acompañó hasta la puerta de la iglesia. La lluvia había cesado. Entre las nubes comenzaban a abrirse pequeños claros por los que la luz descendía sobre los tejados como una bendición. Antes de despedirme dijo:

 

-No olvide escribir esto: la peor soledad no es la del que vive solo, sino la del que ha perdido el sentido de su vida y también la del que cree que sus gritos no llegan a ningún cielo. Esa es más terrible que cualquier otra.

 

Asentí. Mientras me alejaba comprendí que aquella mañana había entrado en una iglesia buscando refugio y salía con otra certeza: la verdadera intemperie no estaba en las calles mojadas, sino en el corazón de quienes caminan lejos del Padre. Recordé las palabras del salmista: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú vas conmigo”.

 

No pude evitar preguntarme si alguien cruzaría algún día en aquella puerta para interesarse por él, para sentarse a su lado, para recordarle que también él necesitaba ser escuchado. Quizá en eso  residía su soledad más honda.

 

Miré hacia atrás una última vez. La puerta seguía abierta. Pensé que quizá aquella fuera la mejor definición de un sacerdote: un hombre que, aun con sus propias luchas, se mantiene en pie junto a una puerta abierta para recordar a los demás que la Casa del Padre nunca cierra.

 

Emma-Margarita R. A.-Valdés

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