Comenzaba a llover. Las primeras
gotas, tímidas al principio,
fueron convirtiéndose en un
rumor continuo que empapó las
calles y desdibujó los contornos
de la ciudad. A pocos metros
encontré una iglesia con las
puertas abiertas y entré
buscando refugio, aunque pronto
comprendí que allí se
resguardaba algo más que el
cuerpo.
Las últimas velas consumían
lentamente su cera, como si
supieran que toda llama termina
entregándose para dar luz. Pensé
en aquellas palabras de Jesús:
“Yo soy la luz del mundo; el que
me sigue no caminará en
tinieblas”. Allí comprendí que
la oscuridad no siempre vence a
la luz; a veces es la luz la que
da sentido a la oscuridad. El
aire olía a incienso envejecido
y a piedra húmeda. Un halo
tibio, casi maternal, envolvía
las naves del templo. Era una
presencia invisible que parecía
invitar a mirar hacia dentro.
Entonces recordé el encargo de
la revista: escribir una serie
de relatos sobre las distintas
formas de la soledad. Sonreí
para mis adentros. Quizá el
chaparrón acababa de elegir por
mí el destino.
A unos metros del altar, un
sacerdote permanecía arrodillado
ante el Sagrario. Tendría unos
cincuenta años. Era alto,
delgado, de cabello oscuro y
unos ojos claros que, incluso
cerrados, transmitían una
profunda paz. Su cabeza estaba
inclinada con la naturalidad de
quien no cumple un rito, sino de
quien conversa con un Amigo
invisible.
Me senté discretamente en el
último banco para no interrumpir
su oración. Durante unos minutos
observé inmóvil aquella escena
mientras las gotas seguían
golpeando los vitrales. Existen
silencios que aplastan como una
losa y otros que sostienen el
alma. Me pregunté cuál de ellos
habitaba en aquel hombre.
-Podría ser el protagonista del
siguiente reportaje -me dije-.
La soledad del sacerdote... Si
acepta concederme una
entrevista.
Estuvo todavía unos minutos en
oración. Después se incorporó
despacio, hizo una profunda
reverencia ante el Sagrario y se
volvió. Al descubrirme, una leve
sorpresa cruzó su rostro, de
esas que parecen nacer antes en
el corazón que en los labios.
Bastó un movimiento de cabeza
para que comprendiera que mi
inesperada presencia no le había
resultado una molestia.
-Buenos días -dijo acercándose
con una sonrisa discreta-.
Espero que la lluvia no haya
sido demasiado severa con usted.
-Me ha obligado a buscar
refugio.
Miró hacia las vidrieras, donde
las gotas resbalaban formando
pequeños ríos de luz.
-Entonces ha elegido un buen
lugar.
-Me llamo Laura.
-Yo soy Manuel.
-Trabajo para una revista. Estoy
escribiendo una serie de relatos
sobre las distintas formas de la
soledad. Al verle rezar, pensé
que la de un sacerdote quizá sea
una de las menos comprendidas.
El padre Manuel bajó ligeramente
la mirada.
-Tal vez porque muchos la
contemplan desde fuera. Y las
realidades de Dios solo se
comprenden cuando uno deja de
ser espectador para convertirse
en peregrino.
No había solemnidad en sus
palabras, sino sencillez.
Hablaba sin prisa, no porque
midiera lo que decía, sino
porque lo meditaba antes de
decirlo.
- ¿Y usted cree que podría
ayudarme a hacerlo?
-No lo sé. Pero podemos
intentarlo. Si le parece, hay
una pequeña sala junto a la
sacristía donde hablaremos con
tranquilidad. Aquí el silencio
pertenece a Otro.
La sala era sencilla. Debía de
servir para las reuniones de la
comunidad. Una larga mesa
ocupaba el centro, rodeada de
sillas. En una esquina, dos
sillones y una pequeña mesa
redonda. Olía a café recién
hecho y a humanidad. Un rayo de
luz incidía sobre un crucifijo.
Me invitó a sentarme en uno de
los sillones y él lo hizo en el
otro. Saqué la grabadora del
bolso y le pregunté:
- ¿Le molestaría que grabara la
entrevista?
Sonrió con humildad.
-Es su trabajo. No me importa.
- ¿Cuántos años lleva siendo
sacerdote?
- Canté mi primera misa hace
veintitrés años . Tenía treinta
y cuatro.
- ¿Cómo surgió su vocación?
- La mayoría piensa que Dios
llama con un trueno. En mi caso
fue más bien como una lluvia
fina. Al principio apenas la
notas; un día descubres que
llevas mucho tiempo empapándote
de ella. Él me eligió: “No me
elegisteis vosotros a mí, sino
que yo os elegí a vosotros".
- ¿Nunca dudó?
Miró sus manos, pensativo.
-Muchas veces. La fe no elimina
las dudas; enseña a caminar con
ellas. Hasta san Pedro dudó
cuando caminó sobre las aguas.
Lo importante no es no hundirse,
sino volver a confiar en Cristo.
- ¿Y nunca pensó en abandonar?
Respondió sin vacilar:
-Abandonar, no. Alguna vez pensé
que no estaba a la altura. Todos
los sacerdotes descubrimos muy
pronto que somos vasijas de
barro. San Pablo ya lo decía:
“Llevamos este tesoro en vasijas
de barro”. Quizá nos hizo
frágiles para que nadie
confundiera el don con quien lo
lleva.
- ¿Qué hacía antes de abrazar el
sacerdocio?
-Había terminado la carrera de
ingeniero aeroespacial,
trabajaba en una empresa, tenía
novia y proyectos humanos, pero
Dios había preparado otro camino
mejor para mí. No era un santo…
era un chico como tantos otros:
"No he venido a llamar a justos,
sino a pecadores". Tenía un
desasosiego que reflejó muy bien
San Agustín: "Nos hiciste,
Señor, para ti, y nuestro
corazón está inquieto hasta que
descanse en ti". Y supe que
tenía que ir al seminario. Y
nunca dejé de caminar en esa
dirección.
- ¿No echa de menos una esposa,
una familia, unos hijos?
-Claro que sí -dijo con
firmeza-. Especialmente en las
noches de invierno, cuando la
parroquia queda vacía y solo se
oye el viento. O cuando veo a un
padre jugar con su hijo en el
parque. Y duele. Es un deseo
inscrito en la naturaleza
humana. El amor conyugal y la
paternidad son dones inmensos
del Creador. Renunciar a ellos
no significa dejar de
anhelarlos, sino ofrecer ese
anhelo como sacrificio por un
bien mayor. No es una negación
del amor, sino otra manera de
amar. Intento suplir esa
ausencia con el cariño de mis
feligreses y con la certeza de
que, si soy fiel a mi vocación,
colaboro humildemente en su
felicidad aquí y, sobre todo, en
su salvación.
No hablé durante unos segundos.
Aquella respuesta no era la que
esperaba. Había en sus palabras
una serenidad difícil de
discutir, aunque no lograban
disipar mis dudas.
-A mí me parece que los
sacerdotes deberían poder
casarse -dije al fin-. ¿No dijo
Dios: "No es bueno que el hombre
esté solo"? ¿Y no ordenó
también: "Creced y
multiplicaos"? Si el matrimonio
es una vocación querida por
Dios, ¿por qué impedir que
ustedes puedan vivirla?
El padre Manuel curvó sus labios
con una expresión afable, como
quien ha escuchado esa pregunta
con frecuencia.
-No se les impide. La Iglesia
católica de rito latino pide el
celibato, y quien desea recibir
el sacerdocio lo acepta
libremente. Nadie es ordenado
contra su voluntad. Antes de ser
sacerdote, cada hombre decide si
está dispuesto a entregar
también esa parte de su vida.
Además, existen sacerdotes
católicos casados en algunos
ritos orientales y, en casos
excepcionales, también en el
rito latino. No es un dogma de
fe, sino una disciplina
eclesial.
Hizo una breve pausa. Entrelazó
los dedos y continuó:
-El Señor dijo que hay quienes
renuncian al matrimonio "por el
Reino de los Cielos". No lo
impuso; lo propuso como un
camino posible. El celibato no
pretende afirmar que el
matrimonio sea inferior. Al
contrario, precisamente porque
el matrimonio es un bien tan
grande, su renuncia adquiere
sentido como signo de una
entrega total. Es una forma de
decirle al Señor: "Quiero que Tú
seas mi única riqueza".
Y prosiguió:
-Sin amor, sería una carga
insoportable; vivido como
respuesta a una llamada, puede
convertirse en una fuente de
libertad difícil de explicar. Él
nos amó hasta el extremo y así
debemos amarle: "Nadie tiene
amor más grande que el que da la
vida por sus amigos".
-Lo comprendo... o al menos
intento comprenderlo -contesté-.
Pero debe de haber noches en las
que la soledad pese demasiado.
-Las hay -admitió sin vacilar-.
Sería deshonesto negarlo.
Existen momentos de cansancio,
de vacío y de nostalgia, como
los hay en un matrimonio, en la
viudedad o en cualquier vida
humana. La diferencia es que,
cuando se ofrece a Dios, deja de
ser un desierto estéril para
convertirse en un lugar de
encuentro.
Me miró un instante y dijo:
-A veces la soledad pesa; otras
veces es en ella donde el Señor
habla con más claridad.
Recuerde: “A la sombra de tus
alas canto con júbilo. Mi alma
está unida a ti, y tu diestra me
sostiene”.
Mientras le veía rezar pensé que
el ambiente parecía envolverlo.
Dígame una cosa... ¿también Dios
guarda silencio con usted? En
esos momentos ¿se siente
abandonado?
Contempló el crucifijo de la
pared.
-Muchas veces. Pero con los años
descubrí que no siempre es
ausencia. También una madre
calla mientras vela el sueño de
su hijo. Hay silencios que
abandonan y otros que acompañan.
Aprendí que Dios acostumbra a
hablar desde esos silencios que
acompañan.
Un ladrido insistente llegó
desde el patio.
-Es Job, mi perro. Es paciente y
un compañero fiel. Ya reclama su
paseo. Juan, otro sacerdote,
suele sacarlo a esta hora.
- ¿Y las tentaciones?
Sonrió con una mezcla de ternura
y simpatía.
-La ordenación no nos convierte
en hombres distintos; solo nos
recuerda para quién vivimos.
Seguimos siendo de barro, con
nuestras fragilidades. A veces
la tentación llega desde fuera;
otras nace dentro, disfrazada de
desánimo, de orgullo o de esa
necesidad de sentirnos queridos
y reconocidos. El demonio no
suele derribar un árbol de un
golpe; comienza debilitando sus
raíces.
El teléfono sonó varias veces
durante la entrevista. Llamadas
de hospitales, peticiones de
misas, encargos de funerales…
- ¿No siente cansancio de la
rutina, de escuchar cientos de
confesiones, de visitar
enfermos, celebrar funerales y
otras ocupaciones que acaban
desgastando?
Caviló unos segundos:
-Cuando llegan esos momentos
recuerdo las palabras del Señor:
“Velad y orad para no caer en la
tentación; el espíritu está
pronto, pero la carne es débil”.
Entonces comprendo que la
fortaleza no consiste en no caer
nunca, sino en dejar que Él
vuelva a levantarte.
-Y ¿cómo soporta la
incomprensión, las burlas, las
persecuciones, las sospechas… Si
pudiera volver atrás ¿volvería a
responder que sí?
Miró alrededor y después hacia
la puerta de la iglesia.
-Con más miedo. Pero con mucho
más amor.
- ¿Cuál es el momento más feliz
de cada día?
Se le iluminó la mirada:
-Cuando consagro el pan y el
vino y Cristo vuelve a hacerse
presente. En ese instante
comprendo que toda renuncia ha
merecido la pena.
Se quedó callado. Comprendí que
ya no estaba respondiendo a una
periodista. Había regresado al
altar.
-Si pudiera resumir en una sola
frase lo que ha aprendido en
estos veintitrés años de
sacerdocio, ¿cuál sería?
-Que el Señor nunca deja solo a
quien se atreve a quedarse a
solas con Él.
-Después de tantos años
confesando, ¿qué cree que
necesita más el ser humano?
No contestó enseguida. Sus dedos
abrazaron la cruz que llevaba al
cuello.
-Ser amado sin tener que
demostrar que lo merece. En el
fondo, todos buscamos al Padre
del hijo pródigo. Algunos han
perdido la esperanza. Confiesan
pecados, pero detrás de muchos
pecados hay una tristeza
inmensa. Por eso Jesús dijo:
“Venid a mí todos los que estáis
cansados y agobiados, y yo os
aliviaré”. La mayor pobreza de
nuestro tiempo no es material;
es haber olvidado que somos
hijos de Dios.
Apagué la grabadora. Ninguno
sintió ya la necesidad de añadir
nada. Hay conversaciones que
terminan cuando concluye el
diálogo y otras que apenas
comienzan.
Preocupada, me atreví a decir:
-Padre Manuel, hace diez años
que murió mi padre solo, en el
hospital. Era ateo. Si alguien
como usted hubiera estado a su
lado, quizá... no sé…
-No puedo decirle que su padre
esté en el cielo. No lo sé. Pero
sí sé que la misericordia de
Dios es infinita. Y sé también
que la oración de una hija es
poderosa.
Me acompañó hasta la puerta de
la iglesia. La lluvia había
cesado. Entre las nubes
comenzaban a abrirse pequeños
claros por los que la luz
descendía sobre los tejados como
una bendición. Antes de
despedirme dijo:
-No olvide escribir esto: la
peor soledad no es la del que
vive solo, sino la del que ha
perdido el sentido de su vida y
también la del que cree que sus
gritos no llegan a ningún cielo.
Esa es más terrible que
cualquier otra.
Asentí. Mientras me alejaba
comprendí que aquella mañana
había entrado en una iglesia
buscando refugio y salía con
otra certeza: la verdadera
intemperie no estaba en las
calles mojadas, sino en el
corazón de quienes caminan lejos
del Padre. Recordé las palabras
del salmista: “Aunque camine por
cañadas oscuras, nada temo,
porque Tú vas conmigo”.
No pude evitar preguntarme si
alguien cruzaría algún día en
aquella puerta para interesarse
por él, para sentarse a su lado,
para recordarle que también él
necesitaba ser escuchado. Quizá
en eso residía su soledad más
honda.
Miré hacia atrás una última vez.
La puerta seguía abierta. Pensé
que quizá aquella fuera la mejor
definición de un sacerdote: un
hombre que, aun con sus propias
luchas, se mantiene en pie junto
a una puerta abierta para
recordar a los demás que la Casa
del Padre nunca cierra.