AMANECER EN LUARCA

(Continuación)

Por

Emma-Margarita R. A.-Valdés

 

- X -

     La asistenta había preparado una deliciosa comida y la sobremesa se alargó hasta bien entrada la tarde. Se aproximaba el tiempo final del encuentro, y lograda una profunda concordia, su padre le preguntó:

     -¿Cómo ha sido tu matrimonio?. ¿Cuál fue la causa del divorcio?. No es curiosidad, ya lo sabes, es mi anhelo de integrarme plenamente en tu vida.

     -Me casé sin estar enamorado. Era una relación de trabajo y sexual. Ya sabes, la ya clásica relación del jefe con la empleada, que no es acoso por parte del jefe, sino seducción de la empleada por afán de dinero y posición social. Yo no soy de piedra y caí. Se quedó embarazada, por conveniencia, pero yo no pude abandonar a mi hijo. Comprendí que mi obligación era reconocer legalmente mi paternidad y formar una familia. Así que me casé y le di el apellido Arcádez. No fui feliz. Ella no era madre ni esposa. Abandonaba al pequeño en manos de cualquier niñera, para ir a la oficina y controlar mi negocio y a mí. Yo sufría pensando en mi hijo, si le maltrataban o desatendían, pero me tenía maniatado, me presionaba con un asunto pendiente sobre unos impuestos atrasados, no disponía de dinero para pagarlos y falsifiqué datos, un delito que sólo ella conocía. Su único afán, disfrutar de un lujo que yo no podía soportar. Hacía ostentación de riqueza ante su familia y amigos, introducía en mi vida a personas de diferente educación causándome incomodidad. Teníamos frecuentes discusiones. Cuando el niño comenzó sus estudios, el psicólogo del colegio detectó que había sido maltratado y tenía dificultades en la relación personal. Se fue haciendo mayor y superando su trauma infantil. Yo siempre había procurado apartar al niño para que no sufriese por nuestras divergencias, pero los niños lo perciben, y eso acrecentó la amargura que venía padeciendo. A los quince años, mi hijo comenzó a fracasar en sus estudios, estaba irritable, irascible, llegaba a altas horas de la noche y se encerraba en su dormitorio. Hice lo posible por acercarme a él, pero huía, no quería enfrentarse con nuestra realidad familiar. Presentí que estaba jugando con la droga y le vigilé. Un día me llamaron por teléfono, le habían detenido por robar la radio de un coche. La droga exige dinero. Eso fue la gota que colmó el vaso. Decidí divorciarme y ofrecer a mi hijo la estabilidad que necesitaba y el ambiente propicio para su crecimiento espiritual. Me di cuenta de que ella me había hecho descender anímica, social y económicamente, tuve que darle casi todo para conseguir a mi hijo y mi libertad. Logré, con gran sacrificio, salvar a mi hijo del desastre. Hoy es un hombre, un nieto del que puedes sentirte orgulloso. Su sensibilidad, su cariño, el dolor insoportable, fueron los causantes de su inadaptación, grandes virtudes que casi siempre se encuentran en algunos marginados por la sociedad. En cuanto a mí, he perdido mi vida y gran parte de mi fortuna. Espero reconquistar lo que dejé en el camino. Para eso he vuelto a mi tierra. Mi hijo y su familia vendrán más adelante. Queremos educar aquí a los niños.

     Se había desahogado por primera vez. Nunca se había quejado, nunca había relatado su odisea familiar. Ahora lo hacía de golpe, soltando las palabras a borbotones, ansiando terminar de una vez, como si su confesión disipara sus espesos nubarrones, desvaneciera sus sombras.

     La voz de su padre detuvo su apasionamiento tornándole al presente.

     -Siento mucho tu desgracia. Lamento no haber estado junto a ti. Eras muy joven. Te fuiste y aún no habías recibido la educación que necesitabas, en  especial la formación religiosa que te hubiera evitado caer en aquella tentación. ¡Qué sabios son sus preceptos!.

     -He llegado al conocimiento de esa verdad inmutable que esconde la auténtica ciencia y he descubierto la felicidad que se alcanza.

     -Es un don que no todos obtienen, no porque sea difícil, sino porque sus corazones están acorazados. Leí hace tiempo que los corazones se unen por sus heridas, puertas que se abren para permitir la entrada al amor, a la misericordia, a la caridad. Por cierto -continuó su padre- al regresar de la cárcel hubo una persona que con su cariño y sus cuidados suavizó mis días de dura soledad doliente y calmó mi desesperación. ¿Te acuerdas de Teresa?. Ella venía todas las tardes para hacerme compañía y conversar. Aún sigue viniendo, pero con menos frecuencia, sin embargo no deja pasar una semana sin visitarme.

     La imagen de Teresa volvió a su corazón y una cálida dulzura recorrió su cuerpo. Con ella había imaginado un futuro estable y feliz, un proyecto en común, la idea de una auténtica familia. Desde aquel tiempo sus brazos estaban vacíos de esperanza y aullaba en su interior un animal herido con la espada de los sueños.

     -Creo que te sigue amando -dijo su padre tímidamente.

     -Ha pasado mucho tiempo. Se han modificado las circunstancias.

     -El amor no entiende de tiempo o circunstancias. El amor es en sí mismo y se entrega sin límites. Teresa me habló del día en que os confesasteis vuestro amor, en la romería de San Timoteo.

     -Sí, lo recuerdo.

     Recordaba las fiestas de San Timoteo, que culminaban con una romería en el prado donde estaba la ermita del Santo. "Semana Grande" anterior al 22 de Agosto. En su último verano estuvo con Teresa durante toda la semana, asistieron juntos a la velada literario-musical celebrada en el Teatro Colón, más grande y mejor que el Teatro Amelia, los únicos en la villa; bailaron en el Círculo Liceo, que tenía su sede en un edificio al final de la Plaza de la Farola, antes de llegar al Puente Travesía, y reunía a la alta sociedad luarquesa, mientras que comerciantes, artesanos, marineros y a los que se consideraba de otro estrato, celebraban los festejos en el Casino Popular, curiosa diferencia de clases en una villa pionera en la justicia social ; se divirtieron viendo a los chicos trepar por las cucañas, palos largos untados de grasa o jabón, unos hincados verticalmente en el suelo del malecón del muelle y otros colocados horizontalmente a corta distancia de la superficie del agua, por ellos ascendían o se deslizaban los mozos intentando coger el codiciado premio atado a su extremidad; presenciaron la salida de los Gigantes y Cabezudos, que el 21, durante la mañana, recorrían las calles escoltados por la Banda "La Lira"; ese mismo día, por la tarde, asistieron al partido de fútbol que jugaba el equipo "Luarca C.F."; contemplaron amartelados la colección de fuegos artificiales que inauguraban la fiesta principal; terminaron en el Parque, donde "La Lira" y varias orquestas llegadas de otros lugares, en el quiosco de la música, amenizaban la verbena hasta altas horas de la madrugada, uniendo la noche con el día siguiente, y tomaron, como desayuno el típico humeante chocolate con churros. Teresa le llenaba de alegría y ganas de vivir cuando sus ojos le miraban arrobados. Bailaron hasta el alba, hasta el momento en que se cantaba por las calles "Asturias, patria querida", y regresaron a sus casas acompañados de sus respectivos padres.  A la mañana siguiente le despertó el sonido de las gaitas y los tamboriles que formaban parte de la Procesión Cívica que se dirigía al lugar donde se celebraría la romería; el centro de la procesión consistía en una engalanada carroza portadora de pellejos de vino y la simbólica T hecha de pan, iba escoltada por los cofrades de San Timoteo y algunas autoridades. Ese día se levantó deprisa de la cama, estaba ansioso por volver al lado de Teresa, deseaba hacerla su novia y, reflexionando sobre los días anteriores, era el momento oportuno. ¡Qué fecha inolvidable!. Teresa estaba hermosísima, radiante. Llegaron al prado a la hora justa de asistir a la Misa en la ermita del Santo, una Misa solemne con la actuación del coro de la parroquia, participaron en la procesión, recibieron la clásica T y bebieron el "chupillo". Empezaba la romería, el "refugallu", como diría su padre. Los chiringuitos ofrecían bebidas y viandas, los romeros extendían sobre la hierba sus manteles y preparaban la suculenta comida formada, entre otros manjares, por marisco, empanada, tortilla de patata y arroz con leche. Teresa y él comieron con sus correspondientes familias. Abandonaron la sobremesa y se encontraron en el lugar acordado, bajo el viejo roble. Allí confesaron su amor y se dieron el primer beso, fue un ligero roce de los labios, pero enardeció la sangre hasta la extenuación. Nunca volvió a sentir la vehemencia de aquel tímido beso. La felicidad brillaba en los enormes ojos negros de Teresa como un diamante en una mina profunda. Tenía en la mirada el horizonte diáfano de la inocencia y la ilusión. Eran ojos que no habían estrenado las lágrimas del dolor. Quizá él, con su brusca forma de apartarse, puso las primeras nubes oscuras en sus pupilas.

- XI -

     Su padre había conservado la alcoba que él ocupó hasta su partida. Le pidió que volviera a ella. Aceptó entusiasmado el ofrecimiento y se despidió hasta el día siguiente.

     Llegó al Hotel a la hora de cenar. No tenía apetito. Subió a su habitación, se cambió de ropa, y salió sin rumbo determinado. Inició su paseo en la calle del Malabrigo, le satisfizo ver la Librería de Gómez, sólo había cambiado de lugar, y otra pastelería en el mismo sitio en que estaba la conocida como "Gayoso", ¿mantendría la misma calidad?; siguió por la calle de la Fuente, en ella el Garage Moderno, que había aportado, antaño, el aire de la gran capital; dio la vuelta y, por el puente "de las escuelas", se acercó al grupo escolar, de enseñanza gratuita, al que, cada fin de curso, a mediados de Julio, asistía con su padre a presenciar el reparto de los premios del Ilmo. Sr. Don Joaquín Rodríguez; continuó por el Barrio Nuevo, el "Bosque", como le llamaban, allí había residido la profesora que enseñó música a su padre y a todos los niños de aquella época, una persona muy conocida por su asidua participación en los actos sociales y culturales de la villa. Se dirigió a la carretera "de abajo", que llevaba al campo de fútbol y al de San Timoteo, a la izquierda de la calzada ascendía el monte, poblado de árboles y arbustos, frondoso bosque asturiano de castaños, encinas, robles, fresnos y tilos. En su niñez su padre le llevaba a "explorar", subían el terreno pendiente y le mostraba los helechos, con sus cápsulas seminales en el envés, las diversas familias de pájaros, y cuanto se aparecía ante su vista. Al ir avanzando en edad, al irse independizando, paseaba solo por esa carretera, llevaba un libro y material de dibujo, cruzaba los sembrados del lado derecho y se sentaba sobre la hierba junto al río, como música de fondo el mugido de las vacas lecheras de un establo cercano y, a lo lejos, la silueta de los hórreos, graneros sostenidos en el aire por los pilares, columnas, en Asturias pegollos. Algunas veces se adentraba en el campo y admiraba los hermosos caballos que pastaban en la propiedad de un amigo de la familia, caballos llamados asturcones por los romanos. Al empezar a caer la tarde y oscurecerse el ambiente, imaginaba  que iba a celebrar, en la selva sagrada, el "Lucus Asturum", los ritos de una religión desconocida, y volvía a su casa atravesando la hondura de las sombras, acelerando el paso por el temor de haber conjurado a los espíritus. El penetrante olor de los manzanos y la proximidad de la carretera disipaban sus recelos. ¡Qué momentos tan queridos!. Una tristeza doliente se apoderó de el, la nostalgia de la dicha perdida.

- XII -

     Volvió al Hotel con el espíritu inquieto. En el día siguiente anidarían los sueños sus pájaros confusos. ¿Dolería la espina del grito agudo de su madre?. ¿Asomaría el rencor por las vidrieras?. ¿Florecerían las zarzas bajo la lluvia pálida de la niebla?. Al filo de la madrugada, en la habitación impersonal, yacía deshojando las flores de la duda. Recordó que en Luarca había un monumento llamado el Crucero, antigua cruz resto de un Calvario de piedra. ¿Qué resto de su calvario personal quedaría en pie?. Cruzaría el Puente Viejo, ¿el puente viejo de su historia?, y rezaría ante el Señor clavado en la Cruz y, en el lado más dulce, ante la Virgen Madre y el Niño. Les ofrecería su libertad de decisión y dejaría el destino en sus manos porque, aclarado el misterio del pasado, crecía la incertidumbre del futuro. Temía cometer otro error. Un solo error modificó la vida de su familia, y un solo error alteró la suya. El error nace como la hiedra, como la hiedra asciende adhiriéndose a la piel desnuda, enroscándose como ofidio venenoso, sus hojas invaden la mirada, sus raíces adventicias aprisionan las sienes, su beso verde enmudece el grito, impone su presencia cubriendo los anhelos y ahoga el alma con su espeso follaje. No culpaba a su madre por no haber renunciado a sus deseos, por haber sido egoísta anteponiendo su placer a su familia, por no haber cumplido sus promesas matrimoniales, por no haberle hecho partícipe de sus proyectos, ¿pensaba, acaso, llevarle engañado a otro país, alejarle de su padre?. Sin embargo no la juzgaba, pero él se consideraba culpable de su propio error, de su desliz, de su flaqueza moral frente a las exigencias de su cuerpo, que arrastró a él y a su hijo a muchos años de infelicidad. Cortaría las ramas del error y se pondría en manos de la Providencia. Esperaba redimir los fantasmas de lunas peregrinas y sembrar jazmines en su mar. Con estos pensamientos se durmió.

- XIII -

     Comenzó el día sosegado, apaciguado. Recogió su escaso equipaje y se dirigió a la casa de su padre. A "su casa". Aquella había sido siempre su casa. Abrió la puerta con la llave que su padre le había dado y se sintió, otra vez, en familia. Le asaltó la imagen de su madre, como un arracimado abrazo cariñoso. Jamás la olvidaría. Saludó a su padre y subió a su alcoba. Era una estancia con una habitación interior, comunicada, por una puerta de dos hojas, con otra exterior, desde cuyo balcón se disfrutaba de una espléndida vista al mar. Allí estaban, como las dejó, todas sus cosas. En una ocasión alguien le dijo que el banquero de Luarca conservaba, con el más exquisito cuidado y venerable respeto, la cama en la que expiró Gaspar Melchor de Jovellanos, en un dormitorio dedicado a su recuerdo. Su padre hizo lo mismo con sus cosas. Allí estaban fotografías, invitaciones de la fiesta organizada con motivo de su bautizo, diplomas del colegio, recordatorios de su primera comunión, varios números antiguos del periódico "El Eco de Luarca", en los que aparecían noticias y efemérides relacionadas con su familia, y gran cantidad de objetos y libros. Examinó los libros, cuidadosamente colocados en las estanterías del gabinete, muchos de ellos eran de texto, otros de aventuras, novelas policíacas, algunos de autores clásicos y allí, destacándose con fuerza, un libro de poesía, las rimas de Bécquer, regalo de Teresa por su último cumpleaños. Lo había leído innumerables veces, sentado en la terraza, frente al mar. Lo tomó en las manos, lo abrió, percibió el atrayente aroma de ella y sintió ascender, por las aristas frágiles del cuerpo, la humedad salobre de su orilla. Vivió su lejanía vagando por el fulgor llameante de su espejismo, sufriendo esa locura melódica que sólo entona el canto mágico del amor. Vino a su mente el dicho asturiano: quien tá enamorau non tien otro cuidáu. Pasó el resto de la mañana ordenando papeles ante la que había sido su mesa de estudiante. Colocó sus efectos personales y, a la hora de comer, bajó al salón. Su padre le esperaba tomando un aperitivo.

     -¿Ya te has instalado en tu estancia? -le preguntó.

     -Sí. Agradezco profundamente esta prueba de amor paterno. Nunca lo hubiera imaginado. Especialmente encontrarte. Hablo todos los días con mi hijo y le conté lo sucedido. Le telefoneo a la misma hora. Se siente intranquilo por mí, porque, según dice, estoy solo y lejos. Ahora puede tranquilizarse, he recuperado mi familia. Quiere hablar contigo, con su abuelo.

     -¿A qué hora le llamas? Ya estoy impaciente.

     -Por la diferencia horaria, la hora de comer allá es aquí casi la hora de cenar. Luego le llamaremos.

     La comida discurrió en un ambiente cordial. Tenían pendientes muchos asuntos. Se enteró del infarto que produjo la muerte de su abuela, ella siempre había sufrido arteriosclerosis, una enfermedad muy corriente en Asturias, producida por los hábitos alimenticios. Hablaron de personas conocidas y de acontecimientos destacados.

- XIV -

     A la hora de la merienda, costumbre que se mantenía, llamaron a la puerta. La asistenta salió a abrir. Su padre le dijo:

     -Debe ser Teresa.

     El corazón le dio un vuelco. Por un lado quería alejarse, temía el encuentro, y por otro deseaba sentirla a su lado.

     -Buenas tardes -dijo Teresa, con una sonrisa entre tímida y audaz.

     Estaba nerviosa, anhelante, temiendo aparecer ajada, envejecida, incluso fea, ante los ojos de él. Ella no sabía que el amor ve a la persona amada siempre igual. Su mirada va más allá de las formas. Y él la seguía viendo bajo el viejo roble, ruborizada, temblorosa.

     La expresión de sus rostros traslucía el éxtasis del alma, la sumisa entrega, el total olvido de sí mismos, la intensidad de su emoción, el gozo del encuentro. Un estremecimiento oceánico elevó la sangre con la brisa del amor, arrebatándoles con el sutil desvelamiento del secreto vínculo, largo tiempo mantenido. Ambos oían, sin palabras, el vuelo de sus pensamientos.

     Recordaban el día del adiós, al comienzo del otoño; la vibración del deseo en aquel beso saciador de sus frondas de anhelos, el atisbo de plenitud en el tímido roce de sus labios. Despertaba su sensibilidad dormida.

     Nunca se habían despedido. Desde la distancia, resonancias de amoroso silencio recorrían caminos de sus venas, ecos de llamas sobre ascuas ardientes enardecidas con vaharadas de su pasión. Ahora un rumor de ángeles anunciaba el paraíso en el umbral de la armonía.

     Él había regresado con el sol del verano y jamás volvería a entrar el invierno en sus vidas. Resplandecía un nuevo amanecer en Luarca.

FIN

...Capítulos anteriores

Relatos       Contenido

Libros de Emma-Margarita R. A.-Valdés

Si quiere enviar un mensaje recomendando

 estas páginas, pulse AQUÍ

Añada este sitio a sus Favoritos