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X -
La
asistenta había preparado una deliciosa comida y la sobremesa
se alargó hasta bien entrada la tarde. Se aproximaba el
tiempo final del encuentro, y lograda una profunda concordia, su
padre le preguntó:
-¿Cómo
ha sido tu matrimonio?. ¿Cuál fue la causa del divorcio?. No
es curiosidad, ya lo sabes, es mi anhelo de integrarme
plenamente en tu vida.
-Me
casé sin estar enamorado. Era una relación de trabajo y
sexual. Ya sabes, la ya clásica relación del jefe con la
empleada, que no es acoso por parte del jefe, sino seducción de
la empleada por afán de dinero y posición social. Yo no soy de
piedra y caí. Se quedó embarazada, por conveniencia, pero yo
no pude abandonar a mi hijo. Comprendí que mi
obligación era reconocer legalmente mi paternidad y formar una
familia. Así que me casé y le di el apellido Arcádez. No fui
feliz. Ella no era madre ni esposa. Abandonaba al pequeño en
manos de cualquier niñera, para ir a la oficina y controlar mi
negocio y a mí. Yo sufría pensando en mi hijo, si le
maltrataban o desatendían, pero me tenía maniatado, me
presionaba con un asunto pendiente sobre unos impuestos
atrasados, no disponía de dinero para pagarlos y falsifiqué
datos, un delito que sólo ella conocía. Su único afán,
disfrutar de un lujo que yo no podía soportar. Hacía ostentación
de riqueza ante su familia y amigos, introducía en mi vida a
personas de diferente educación causándome incomodidad. Teníamos
frecuentes discusiones. Cuando el niño comenzó sus estudios,
el psicólogo del colegio detectó que había sido maltratado y
tenía dificultades en la relación personal. Se fue haciendo
mayor y superando su trauma infantil. Yo siempre había
procurado apartar al niño para que no sufriese por nuestras
divergencias, pero los niños lo perciben, y eso acrecentó la
amargura que venía padeciendo. A los quince años, mi hijo
comenzó a fracasar en sus estudios, estaba irritable,
irascible, llegaba a altas horas de la noche y se encerraba en
su dormitorio. Hice lo posible por acercarme a él, pero huía,
no quería enfrentarse con nuestra realidad familiar. Presentí
que estaba jugando con la droga y le vigilé. Un día me
llamaron por teléfono, le habían detenido por robar la radio
de un coche. La droga exige dinero. Eso fue la gota que colmó
el vaso. Decidí divorciarme y ofrecer a mi hijo la estabilidad
que necesitaba y el ambiente propicio para su crecimiento
espiritual. Me di cuenta de que ella me había hecho descender
anímica, social y económicamente, tuve que darle casi todo
para conseguir a mi hijo y mi libertad. Logré, con gran
sacrificio, salvar a mi hijo del desastre. Hoy es un hombre, un
nieto del que puedes sentirte orgulloso. Su sensibilidad, su
cariño, el dolor insoportable, fueron los causantes de su
inadaptación, grandes virtudes que casi siempre se encuentran
en algunos marginados por la sociedad. En cuanto a mí, he
perdido mi vida y gran parte de mi fortuna. Espero reconquistar lo
que dejé en el camino. Para eso he vuelto a mi tierra. Mi hijo
y su familia vendrán más adelante.
Queremos educar aquí a los niños.
Se
había desahogado por primera vez. Nunca se había quejado,
nunca había relatado su odisea familiar. Ahora lo hacía de
golpe, soltando las palabras a borbotones, ansiando terminar
de una vez, como si su confesión disipara sus espesos
nubarrones, desvaneciera sus sombras.
La
voz de su padre detuvo su apasionamiento tornándole al
presente.
-Siento
mucho tu desgracia. Lamento no haber estado junto a ti. Eras muy
joven. Te fuiste y aún no habías recibido la educación
que necesitabas, en especial la formación religiosa que te
hubiera evitado caer en aquella tentación. ¡Qué sabios son
sus preceptos!.
-He
llegado al conocimiento de esa verdad inmutable que esconde la
auténtica ciencia y he descubierto la felicidad que se alcanza.
-Es
un don que no todos obtienen, no porque sea difícil, sino
porque sus corazones están acorazados. Leí hace tiempo que los
corazones se unen por sus heridas, puertas que se abren para
permitir la entrada al amor, a la misericordia, a la caridad.
Por cierto -continuó su padre- al regresar de la cárcel hubo
una persona que con su cariño y sus cuidados suavizó mis días
de dura soledad doliente y calmó mi desesperación. ¿Te
acuerdas de Teresa?. Ella venía todas las tardes para hacerme
compañía y conversar. Aún sigue viniendo, pero con menos
frecuencia, sin embargo no deja pasar una semana sin visitarme.
La
imagen de Teresa volvió a su corazón y una cálida dulzura
recorrió su cuerpo. Con ella había imaginado un futuro estable
y feliz, un proyecto en común, la idea de una auténtica
familia. Desde aquel tiempo sus brazos estaban vacíos de
esperanza y aullaba en su interior un animal herido con la
espada de los sueños.
-Creo
que te sigue amando -dijo su padre tímidamente.
-Ha
pasado mucho tiempo. Se han modificado las circunstancias.
-El
amor no entiende de tiempo o circunstancias. El amor es en sí
mismo y se entrega sin límites. Teresa me habló del día en
que os confesasteis vuestro amor, en la romería de San Timoteo.
-Sí,
lo recuerdo.
Recordaba
las fiestas de San Timoteo, que culminaban con una romería en
el prado donde estaba la ermita del Santo. "Semana
Grande" anterior al 22 de Agosto. En su último verano
estuvo con Teresa durante toda la semana, asistieron juntos a la
velada literario-musical celebrada en el Teatro Colón, más
grande y mejor que el Teatro Amelia, los únicos en la villa;
bailaron en el Círculo Liceo, que tenía su sede en un edificio
al final de la Plaza de la Farola, antes de llegar al Puente
Travesía, y reunía a la alta sociedad luarquesa, mientras que
comerciantes, artesanos, marineros y a los que se consideraba de
otro estrato, celebraban los festejos en el Casino Popular,
curiosa diferencia de clases en una villa pionera en la justicia
social ; se divirtieron viendo a los chicos trepar por las cucañas,
palos largos untados de grasa o jabón, unos hincados
verticalmente en el suelo del malecón del muelle y otros
colocados horizontalmente a corta distancia de la superficie del
agua, por ellos ascendían o se deslizaban los mozos intentando
coger el codiciado premio atado a su extremidad; presenciaron la
salida de los Gigantes y Cabezudos, que el 21, durante la mañana,
recorrían las calles escoltados por la Banda "La
Lira"; ese mismo día, por la tarde, asistieron al partido
de fútbol que jugaba el equipo "Luarca C.F.";
contemplaron amartelados la colección de fuegos artificiales
que inauguraban la fiesta principal; terminaron en el Parque,
donde "La Lira" y varias orquestas llegadas de otros
lugares, en el quiosco de la música, amenizaban la verbena
hasta altas horas de la madrugada, uniendo la noche con el día
siguiente, y tomaron, como desayuno el típico humeante
chocolate con churros. Teresa le llenaba de alegría y ganas de
vivir cuando sus ojos le miraban arrobados. Bailaron hasta el
alba, hasta el momento en que se cantaba por las calles
"Asturias, patria querida", y regresaron a sus casas
acompañados de sus respectivos padres.
A la mañana siguiente le despertó el sonido de las
gaitas y los tamboriles que formaban parte de la Procesión Cívica
que se dirigía al lugar donde se celebraría la romería; el
centro de la procesión consistía en una engalanada carroza
portadora de pellejos de vino y la simbólica T hecha de pan,
iba escoltada por los cofrades de San Timoteo y algunas
autoridades. Ese día se levantó
deprisa de la cama,
estaba ansioso por volver al lado de Teresa, deseaba hacerla su
novia y, reflexionando sobre los días anteriores, era el
momento oportuno. ¡Qué fecha inolvidable!. Teresa estaba
hermosísima, radiante. Llegaron al prado a la hora justa de
asistir a la Misa en la ermita del Santo, una Misa solemne con
la actuación del coro de la parroquia,
participaron en la procesión,
recibieron la clásica T y bebieron el "chupillo".
Empezaba la romería, el "refugallu", como diría su
padre. Los chiringuitos ofrecían bebidas y viandas, los romeros
extendían sobre la hierba sus manteles y preparaban la
suculenta comida formada, entre otros manjares, por marisco,
empanada, tortilla de patata y arroz con leche. Teresa y él
comieron con sus correspondientes familias. Abandonaron la
sobremesa y se encontraron en el lugar acordado, bajo el viejo
roble. Allí confesaron su amor y se dieron el primer beso, fue
un ligero roce de los labios, pero enardeció la sangre hasta la
extenuación. Nunca volvió a sentir la vehemencia de aquel tímido
beso. La felicidad brillaba en los enormes ojos negros de Teresa
como un diamante en una mina profunda. Tenía en la mirada el
horizonte diáfano de la inocencia y la ilusión. Eran ojos que
no habían estrenado las lágrimas del dolor. Quizá él, con su
brusca forma de apartarse, puso las primeras nubes oscuras en
sus pupilas.


-
XI -
Su
padre había conservado la alcoba que él ocupó hasta su
partida. Le pidió que volviera a ella. Aceptó entusiasmado el
ofrecimiento y se despidió hasta el día siguiente.
Llegó
al Hotel a la hora de cenar. No tenía apetito. Subió a su
habitación, se cambió de ropa, y salió sin rumbo determinado.
Inició su paseo en la calle del Malabrigo, le satisfizo ver la
Librería de Gómez, sólo había cambiado de lugar, y otra
pastelería en el mismo sitio en que estaba la conocida como
"Gayoso", ¿mantendría la misma calidad?; siguió por
la calle de la Fuente, en ella el Garage Moderno, que había
aportado, antaño, el aire de la gran capital; dio la vuelta y,
por el puente "de las escuelas", se acercó al grupo
escolar, de enseñanza gratuita, al que, cada fin de curso, a mediados de
Julio, asistía con su padre a presenciar el reparto de los
premios del Ilmo. Sr. Don Joaquín Rodríguez; continuó por el
Barrio Nuevo, el "Bosque", como le llamaban, allí había
residido la profesora que enseñó música a su padre y a todos
los niños de aquella época, una persona muy conocida por su
asidua participación en los actos sociales y culturales de la
villa. Se dirigió a la carretera "de abajo", que
llevaba al campo de fútbol y al de San Timoteo, a la izquierda
de la calzada ascendía el monte, poblado de árboles y
arbustos, frondoso bosque asturiano de castaños, encinas,
robles, fresnos y tilos. En su niñez su padre le llevaba a
"explorar", subían el terreno pendiente y le mostraba
los helechos, con sus cápsulas seminales en el envés, las
diversas familias de pájaros, y cuanto se aparecía ante su
vista. Al ir avanzando en edad, al irse independizando, paseaba
solo por esa carretera, llevaba un libro y material de dibujo,
cruzaba los sembrados del lado derecho y se sentaba sobre la
hierba junto al río, como música de fondo el mugido de las
vacas lecheras de un establo cercano y, a lo lejos, la silueta
de los hórreos, graneros sostenidos en el aire por los pilares,
columnas, en Asturias pegollos. Algunas veces se adentraba en el
campo y admiraba los hermosos caballos que pastaban en la
propiedad de un amigo de la familia, caballos llamados
asturcones por los romanos. Al empezar a caer la tarde y
oscurecerse el ambiente, imaginaba
que iba a celebrar, en la selva sagrada, el "Lucus
Asturum", los ritos de una religión desconocida, y volvía
a su casa atravesando la hondura de las sombras, acelerando el
paso por el temor de haber conjurado a los espíritus. El
penetrante olor de los manzanos y la proximidad de la carretera
disipaban sus recelos. ¡Qué momentos tan queridos!. Una
tristeza doliente se apoderó de el, la nostalgia de la dicha
perdida.

-
XII -
Volvió
al Hotel con el espíritu inquieto. En el día siguiente anidarían
los sueños sus pájaros confusos. ¿Dolería la espina del
grito agudo de su madre?. ¿Asomaría el rencor por las
vidrieras?. ¿Florecerían las zarzas bajo la lluvia pálida de
la niebla?. Al filo de la madrugada, en la habitación
impersonal, yacía deshojando las flores de la duda. Recordó
que en Luarca había un monumento llamado el Crucero, antigua
cruz resto de un Calvario de piedra. ¿Qué resto de su calvario
personal quedaría en pie?. Cruzaría el Puente Viejo, ¿el
puente viejo de su historia?, y rezaría ante el Señor clavado
en la Cruz y, en el lado más dulce, ante la Virgen Madre y el
Niño. Les ofrecería su libertad de decisión y dejaría el
destino en sus manos porque, aclarado el misterio del pasado,
crecía la incertidumbre del futuro. Temía cometer otro error.
Un solo error modificó la vida de su familia, y un solo error
alteró la suya. El error nace como la hiedra, como la hiedra
asciende adhiriéndose a la piel desnuda, enroscándose como
ofidio venenoso, sus hojas invaden la mirada, sus raíces
adventicias aprisionan las sienes, su beso verde enmudece el
grito, impone su presencia cubriendo los anhelos y ahoga el alma
con su espeso follaje. No culpaba a su madre por no haber
renunciado a sus deseos, por haber sido egoísta anteponiendo su
placer a su familia, por no haber cumplido sus promesas
matrimoniales, por no haberle hecho partícipe de sus proyectos,
¿pensaba, acaso, llevarle engañado a otro país, alejarle de
su padre?. Sin embargo no la juzgaba, pero él se consideraba
culpable de su propio error, de su desliz, de su flaqueza moral
frente a las exigencias de su cuerpo, que arrastró a él y a su
hijo a muchos años de infelicidad. Cortaría las ramas del
error y se pondría en manos de la Providencia. Esperaba redimir
los fantasmas de lunas peregrinas y sembrar jazmines en su mar.
Con estos pensamientos se durmió.

-
XIII -
Comenzó
el día sosegado, apaciguado. Recogió su escaso equipaje y se
dirigió a la casa de su padre. A "su casa". Aquella
había sido siempre su casa. Abrió la puerta con la llave que
su padre le había dado y se sintió, otra vez, en familia. Le
asaltó la imagen de su madre, como un arracimado abrazo cariñoso.
Jamás la olvidaría. Saludó a su padre y subió a su alcoba.
Era una estancia con una habitación interior, comunicada, por
una puerta de dos hojas, con otra exterior, desde cuyo balcón
se disfrutaba de una espléndida vista al mar. Allí estaban,
como las dejó, todas sus cosas. En una ocasión alguien le dijo
que el banquero de Luarca conservaba, con el más exquisito
cuidado y venerable respeto, la cama en la que expiró Gaspar
Melchor de Jovellanos, en un dormitorio dedicado a su recuerdo.
Su padre hizo lo mismo con sus cosas. Allí estaban fotografías,
invitaciones de la fiesta organizada con motivo de su bautizo,
diplomas del colegio, recordatorios de su primera comunión,
varios números antiguos del periódico "El Eco de Luarca",
en los que aparecían noticias y efemérides relacionadas con su
familia, y gran cantidad de objetos y libros. Examinó los
libros, cuidadosamente colocados en las estanterías del
gabinete, muchos de ellos eran de texto, otros de aventuras,
novelas policíacas, algunos de autores clásicos y allí,
destacándose con fuerza, un libro de poesía, las rimas de Bécquer,
regalo de Teresa por su último cumpleaños. Lo había leído
innumerables veces, sentado en la terraza, frente al mar. Lo tomó
en las manos, lo abrió, percibió el atrayente aroma de ella y
sintió ascender, por las aristas frágiles del cuerpo, la
humedad salobre de su orilla. Vivió su lejanía vagando por el
fulgor llameante de su espejismo, sufriendo esa locura melódica
que sólo entona el canto mágico del amor. Vino a su mente el
dicho asturiano: quien tá enamorau non tien otro cuidáu. Pasó
el resto de la mañana ordenando papeles ante la que había sido
su mesa de estudiante. Colocó sus efectos personales y, a la
hora de comer, bajó al salón. Su padre le esperaba tomando un
aperitivo.
-¿Ya
te has instalado en tu estancia? -le preguntó.
-Sí.
Agradezco profundamente esta prueba de amor paterno. Nunca lo
hubiera imaginado. Especialmente encontrarte. Hablo todos los días
con mi hijo y le conté lo sucedido. Le telefoneo a la misma
hora. Se siente intranquilo por mí, porque, según dice, estoy
solo y lejos. Ahora puede tranquilizarse, he recuperado mi
familia. Quiere hablar contigo, con su abuelo.
-¿A
qué hora le llamas? Ya estoy impaciente.
-Por
la diferencia horaria, la hora de comer allá es aquí casi la
hora de cenar. Luego le llamaremos.
La
comida discurrió en un ambiente cordial. Tenían pendientes
muchos asuntos. Se enteró del infarto que produjo la muerte de
su abuela, ella siempre había sufrido
arteriosclerosis, una
enfermedad muy corriente en Asturias, producida por los hábitos
alimenticios. Hablaron de personas conocidas y de
acontecimientos destacados.

-
XIV -
A
la hora de la merienda, costumbre que se mantenía, llamaron a
la puerta. La asistenta salió a abrir. Su padre le dijo:
-Debe
ser Teresa.
El
corazón le dio un vuelco. Por un lado quería alejarse, temía
el encuentro, y por otro deseaba sentirla a su lado.
-Buenas
tardes -dijo Teresa, con una sonrisa entre tímida y audaz.
Estaba
nerviosa, anhelante, temiendo aparecer ajada, envejecida,
incluso fea, ante los ojos de él. Ella no sabía que el amor ve
a la persona amada siempre igual. Su mirada va más allá de las
formas. Y él la seguía viendo bajo el viejo roble, ruborizada,
temblorosa.
La
expresión de sus rostros traslucía el éxtasis del alma, la
sumisa entrega, el total olvido de sí mismos, la intensidad de
su emoción, el gozo del encuentro. Un estremecimiento oceánico
elevó la sangre con la brisa del amor, arrebatándoles con el
sutil desvelamiento del secreto vínculo, largo tiempo
mantenido. Ambos oían, sin palabras, el vuelo de sus
pensamientos.
Recordaban
el día del adiós, al comienzo del otoño; la vibración del
deseo en aquel beso saciador de sus frondas de anhelos, el
atisbo de plenitud en el tímido roce de sus labios. Despertaba
su sensibilidad dormida.
Nunca
se habían despedido. Desde la distancia, resonancias de amoroso
silencio recorrían caminos de sus venas, ecos de llamas sobre
ascuas ardientes enardecidas con vaharadas de su pasión. Ahora
un rumor de ángeles anunciaba el paraíso en el umbral de la
armonía.
Él
había regresado con el sol del verano y jamás volvería a
entrar el invierno en sus vidas. Resplandecía un nuevo amanecer
en Luarca.
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