AMANECER EN LUARCA

(Continuación)

Por

Emma-Margarita R. A.-Valdés

 

- VI -

     Después de comer un extraordinario marisco, procedente de la Cetárea, y el típico requesón, deshizo su equipaje y repasó los documentos y otros escritos relacionados con su familia. A media tarde se dirigió al lugar donde estaba la casa propiedad de sus padres. Pensaba si seguiría en pie. No se había preocupado de sus propiedades, si su padre viviera le hubiera dicho: facienda, facienda, que´l to amu t´atienda, y si non, que te vienda.

     Subió por una callejuela con innumerables escalones, la llamaban "la escalera del cojo", porque, formada por dos peldaños y un largo descansillo, al subir o bajar, parecía que las personas cojeaban. ¡Cuántas veces había disfrutado corriendo arriba y abajo con su pandilla!. Al final, cansados, se reunían en el barrio de El Pilarín, en el sótano de la casa de uno de sus amigos y representaban obras de teatro, inventadas por ellos, cobrando la entrada a los demás niños. ¿Cómo y dónde estarían ahora María, Rafael, Jorge, Elena y otros de los que había olvidado sus nombres?. 

     Llegó a su casa, era una casa hidalga, añeja, con solidez histórica y sus armas heráldicas sobre la piedra de la fachada. Aparecía vieja, vestida de musgo, descuidada, pero mantenía la belleza de sus filigranas de madera y vidrieras. No podía entrar, no tenía las llaves y, además, su ánimo no estaba dispuesto aún. Prefirió ir al cementerio, deseaba rezar ante la tumba de sus padres y de su "abbú". Subió la cuesta hasta el santuario de la Virgen de la  Atalaya, o La Blanca, y de El Cristo Nazareno. Desde el otero se dominaba la villa, el mar y el puerto, una ensenada entre la península Blanca y la punta Mujeres, según estudió en el mejor colegio privado que había entonces, el de Doña Eulalia, nombre de origen griego que lleva la Parroquia, y que significa hablar bien. En Luarca se hablaba bien, era una población culta. Se había enterado, a través de los medios de comunicación, del premio Nóbel concedido a un luarqués, Severo Ochoa, por sus descubrimientos científicos.

- VII -

     En el panorama grandioso, de notable hermosura, como una oración, se elevaba la torre de la Iglesia, en cuyo interior lucía retablos de buen gusto barroco, preciosas tallas del siglo XVIII, allí estaba la imagen de Santa Eulalia, joven y guapa extremeña, virgen y mártir, que murió en Mérida en el siglo IV, un 10 de Diciembre, y cuyo más antiguo historiador fue el poeta Prudencio, en el himno III de Peristefanon.

     Buscó los restos de la fortaleza que defendió a Luarca de los corsarios ingleses, pero no supo localizarlos. Se acercó al santuario. La puerta estaba cerrada. Hizo una conmovida plegaria y bajó al cementerio. Ante el panteón familiar sintió como una losa en su interior, el cuerpo le pesaba y respiraba con dificultad. En su pecho agitaban sus alas y picoteaban los pájaros de los afectos, tanto tiempo cautivos. Pasados los primeros momentos del encuentro, leyó la inscripción en las lápidas. No encontró el nombre de su padre. Según le dijo su "abbú" sus padres habían sido enterrados juntos. Una pregunta más a añadir ¿dónde estaba su padre, vivo o muerto?.

     La tarde llegaba a su fin. ¡Qué maravillosa la puesta del sol!, los rayos rojos rielaban como un desgarro encendido del mar bajo el amoroso rostro de fuego. Escuchó, absorto, el latido de las olas, la llamada de la tierra y percibió el intenso aroma de la madera de los cipreses. Superó las esferas de la realidad y se elevó con el éxtasis de los sentidos a la plena contemplación. Se sintió arrebatado a lo alto, abierto a la armonía cósmica, en un vuelo de gaviota sobre el cantil profundo, surcando el cielo hacia el inmenso azul.

     Las campanas de la Iglesia, llamando a la Misa vespertina, le anunciaron la hora de abandonar su monte de la transfiguración. Observó los lechos de piedra enrojecidos por el crepúsculo y la negra sombra de los monumentos, luz y oscuridad en el jardín de mármol donde duermen los ramos de flores. ¿Habrían cruzado las almas el laberinto final y alcanzado el valle de las viñas doradas?.

     Bajó por el sendero que en Jueves Santo, a las nueve de la noche, se transformaba en río luminoso con los penitentes que ascendían, partiendo de la Iglesia, por El Pilarín, La Esperanza y La Carril, sobre el Cambaral, siguiendo la imagen del Nazareno. Temblorosas llamas palpitaban en las lomas, tras los cristales de las ventanas. Los corazones alcanzaban la cumbre del perdón. ¡Ráfagas telúricas que agitan el ramaje de los remordimientos y mueven a la penitencia!. Desde su arribada al pasado, la melancolía dominaba todos sus pensamientos.

- VIII -

     Cuando llegó al Hotel tenía un aviso, la Sra. Vda. de Casares había telefoneado preguntando por él y dejado su número con el encargo de que la llamara. No tenía ni idea de quién podría ser. La llamaría enseguida, no le gustaban los enigmas de la penumbra. La voz, al otro lado del teléfono, sonaba gastada, con un temblor de pétalos nostálgicos.

     -No sé si te acuerdas de mí. Soy Rosa, la hermana de Teresa. Me enteré de tu llegada por la dueña del Hotel. ¿Vas a quedarte mucho tiempo?.

     El nombre de Teresa le golpeó en el corazón, fue su primer amor. Ansiaba saber más sobre Teresa, o quizá deseaba volver al arrobamiento de su mirada, ¿sería aún posible?.

     Contestó a la pregunta con la voz alterada, conteniendo la emoción.

     -Me das una alegría. Acabo de llegar y estoy impaciente por encontrar a los amigos de entonces, saber qué ha sido de ellos, recordar tiempos pasados y recuperar lo perdido. ¿Cómo está tu familia? ¿Y tu hermana?

     Esperaba anhelante las noticias como la tierra reseca espera el agua. Un calor de labios ausentes se acercaba a su piel turbándole.

     -Mi padre murió hace cinco años y mi marido hace tres. Teresa sigue soltera, ha tenido con quien casarse, pero ella no ha querido comprometerse con nadie.

     -Siento lo de tu padre y tu marido. Saluda a tu madre y a Teresa. ¿Residís en la misma casa?. Me gustaría visitaros.

     -Yo vivo en mi casa, en la Avenida de Galicia, y Teresa en la de nuestros padres.

     Tenía que ver a Teresa. Se encontraba prisionero de la angustia deshojada en las noches insomnes sufriendo la distancia. Cuando partió, camino de la lucha, sin ancla definida, dejó libres las manos de ella para que asieran los claveles de la felicidad. ¿Pudo haber llegado a su corazón el relámpago del quejido?. Las almas son una nota de un arpegio peregrino en el pentagrama oculto del espacio, en la armónica sinfonía del cosmos. Vino a su mente una vieja canción asturiana: amores que he tenido, amores tengo, a todos los olvido y a ti no puedo.

     Esa noche durmió inquieto. Se hallaba en una encrucijada y temía equivocarse al elegir el camino. ¿La costosa serenidad alcanzada le allanaría la senda?. Adivinaba que iba a suceder algo definitivo para su esperanza de morir viviendo. ¿O su ilusión era el canto del cisne agonizante?. Latía el espíritu sonámbulo por los arrecifes de la costa cantábrica. ¿Plegarían las alas del destino sus cansadas gaviotas?. Deseaba atravesar el pórtico de incertidumbre y miedo, caminar descalzo del mundo por la aridez de desierto hacia el último oasis, iluminar las ciegas sombras de la duda. Fluía en su interior el torrente cristalino del manantial celeste que hace florecer rosales en otoño, conocía su bondad y aceptaría sus designios. Había injertado amor en sus heridas y en sus venas la savia de sus lágrimas. ¿Brotarían nuevas hojas en su tallo descarnado?. Los escombros de su pasado en otras tierras fueron retirados y no hubo víctimas. El castillo de sus sueños se derrumbó y sólo él quedó bajo los cascotes deseando no ver más la luz, pero la luz llegó rescatándole de la muerte, bañándole en sus rayos verticales y despojándole del barro adherido a su vida.

- IX -

      Estaba amaneciendo, el cielo cubierto, plomizo, amenazaba un día lluvioso. Tenía que ir a su casa. Pensar en ello le producía ansiedad. ¿Encontraría allí la respuesta a las preguntas que estuvo formulándose durante tantos años?. Confluían en su interior todas las marejadas que le habían arrastrado y anhelaba llegar al muelle, encontrar el sosegado abrigo. Se vistió lentamente, saboreando el instante de abandonar una travesía para reanudar la dejada en otro tiempo. Iba a regresar a sus diecisiete años.

     Buscó a un cerrajero y juntos se dirigieron a la casona. La lluvia fina, menudísima, el "orbayu" que caía como una espesa bruma, como gotas de un cálido aliento, daba al musgo su verde más intenso y a las piedras de la fachada su gris más brillante. Una nítida luz tamizaba las formas, ¿perfilaría las aristas de sus incógnitas?. La gran puerta de madera se abrió fácilmente, el cerrajero comentó que la cerradura era moderna y en buen uso. Entró y vio, tras el zaguán, el gran salón donde tantas noches se celebraron maravillosas fiestas, que él observaba desde lo alto de la escalinata. ¿Quién había dejado los balcones abiertos? ¿Cuidaba la casa alguna persona?. Subió al primer piso, quería ir al despacho-biblioteca para conocer la historia de su familia. A contraluz, vio la figura de un hombre anciano sentado, que le dijo con brusquedad:

     -¿Cómo ha entrado?. ¿Quién es usted?. ¿Qué desea?.

     -Esas preguntas debo hacérselas yo, pues soy el propietario de este edificio.

     El anciano permaneció callado, sorprendido, temeroso, suspicaz. Luego preguntó

     -¿Me puede decir su nombre y apellidos?

     -Soy Miguel Arcádez Valdés

     El desconocido se levantó con ímpetu y exclamó:

     -¡Hijo!. ¡Qué alegría!. ¡Cuántos años sin saber de ti!. Los he contado uno a uno, ¡hace treinta y ocho!. Toda una vida. ¡Qué alegría! ¡Qué alegría! ¡Qué alegría! –repetía incansable.

     -La abuela me escribió diciéndome que habías muerto. ¿Por qué lo hizo?. Y si estabas vivo ¿por qué no me escribiste?.

     -Es una larga y penosa historia que ya te contaré. Ahora ven y abrázame, hijo.

     El abrazo fue largo e intenso, la emoción les anegó y se desbordó en llanto. El padre, conmovido, propuso

     -Vamos a celebrarlo, pero primero pasemos a la capilla para dar gracias a Dios por tu regreso. ¡Se lo he pedido tantas veces!.

     Mientras bajaba por la amplia escalera de caoba, pensaba en la edad que tendría su padre. Él había salido de Luarca a los diecisiete años, su padre contaba cuarenta, y estuvo ausente treinta y ocho, por lo que contaría unos setenta y ocho años. Para esa edad estaba muy avejentado.

     Permanecieron largo rato en la capilla privada, parecía como si su padre temiera enfrentarse a exponer lo sucedido, a retroceder en el tiempo. Una vez en el salón, ante unos vasos de sidra fresca y espumosa, acompañados con queso y pan del lugar, su padre comenzó a hablar:

     -Me has preguntado por qué no te escribí. Como te dije es una larga y triste historia. Comenzaré por tu salida urgente de España. Tenía un motivo para esconderte en un lugar donde no consiguieran alejarte de mí y poder recuperarte pasado algún tiempo. Tu madre quería llevarte a Inglaterra, con la familia de un amigo suyo. Un amigo muy íntimo. Ella iba a dejarme.

     Hablaba con la voz entrecortada. Él había comprendido lo que insinuaba su padre.

     -Me doy cuenta, padre, de las circunstancias. Mi madre iba a marcharse a Inglaterra con otro hombre y quería llevarme con ella. ¿No fue así?. Pero, según la abuela, murió poco después de mi marcha, en un accidente de tráfico. ¿Por qué no me comunicaste lo sucedido?, ¿por qué no me llamaste para que viniera?.

     -Las cosas no fueron tan sencillas. Cuando tu madre volvió de Madrid y vio que tú no estabas, que yo te había enviado lejos, se enfureció. Discutimos. Ella dijo que iba a buscarte y te encontraría. Se dirigió, nerviosa, a la escalera. Su zapato de tacón alto se enganchó en la alfombra y cayó, dio varias vueltas causándose fractura de cráneo. Me acerqué a ella, la tomé en mis brazos y, con mucho cuidado, la llevé a la habitación. Llamé a un médico, aunque ya nada se podía hacer, pero siempre anida una esperanza y yo la quería demasiado para imaginar que podía perderla de ese modo definitivo. El médico extendió el certificado de defunción. Su amigo, el inglés, acudió a la policía acusándome de asesinato. Yo era inocente, pero las cosas se complicaron y me condenaron. No quise causarte dolor, por eso no sólo no te escribí, sino que preferí desaparecer de tu vida dejándote un buen recuerdo. Al salir de la cárcel, mi primer pensamiento fue buscarte, ya serías un hombre y lo entenderías, creerías en mí y volveríamos a estar unidos. Quise localizarte, pero no lo conseguí. ¡Qué alegría tenerte tan cerca! ¡Haberte encontrado y poder contarte la verdad de lo sucedido, antes de que otras personas deformen la historia!. Siempre hay bífidas lenguas segregando maldad. Tú sabes que soy creyente y no juro en vano, pero creo que en este momento debo hacerlo para que estés seguro de mi inocencia y...

     Él le cortó la frase. Abrazándole con fuerza le dijo,

     -No es necesario, te creo porque he conocido tu bondad y sigue asomando en tu mirada.

     Disimulando su enternecimiento, ocultando la humedad de sus ojos, salieron en silencio a la gran terraza que ocupaba toda la parte posterior del edificio. Se veían las casitas blancas descender hasta el puerto y la playa. Estaba escampando. El mar presentaba un color verde esmeralda. Las olas habían suavizado su braveza. Le apeteció ir "a salear", como en otro tiempo. La brisa traía el conocido aroma a brea, moluscos, espuma marina y algas carnosas; aquellas algas con las que había vestido de imaginarias sandalias sus pies descalzos sobre la arena. En las ráfagas de aire llegaban memorias perdidas: las rederas tejiendo y remendando, las competiciones náuticas, la famosa regata de bateles. Visualizó una escena veraniega de esas experiencias que no se olvidan. Era el 15 de Agosto, atávica festividad de la Virgen del Mar, en esa fecha salía, todos los años, partía de la Iglesia hacia el mar abierto, la procesión marinera -curiosamente embarcaban la imagen de la Virgen del Rosario, no la del Carmen, como es costumbre en otros lugares-. Discurría por el barrio del Muelle. El Paseo del Muelle aparecía engalanado con arcos, flores y banderitas. El trono era llevado al Muelle Nuevo a hombros de marineros uniformados, siempre cara al mar. A él le gustaba escoltarla a bordo de una lancha motora, pero un día el Cantábrico, bravío y altanero, presentó su rostro encrespado y el vaporcillo estuvo a punto de zozobrar. El miedo irracional se apoderó de su cuerpo produciéndole un escalofrío que sólo cesó al atracar. ¡Qué comportamiento extraño tenía la mente!. La tensión espiritual había alcanzado su punto álgido y allí estaba aturdido con sus pensamientos intrascendentes. ¿Sería una forma de autodefensa?.

     Su padre, tras el largo silencio, añadió:

     -Tú eras y sigues siendo lo más importante de mi existencia. No podía consentir que te alejaran de mí. Por eso te envié a un lugar donde pudiera encontrarte cuando ella estuviera lejos, reanudar nuestra vida y construir tu futuro. Todo se torció, afrellóse.

     Afloraba la hondura de los sentimientos de su padre al pronunciar palabras en bable. Siempre había utilizado el bable en la situación fuerte, una forma de expresión contundente. El bable, derivado de la lengua latina española, había sido desplazado de los documentos públicos por el castellano en el siglo XV. El Fueru d´Aviles, del siglo XII, era el primer escrito que se conservaba.

     La conversación discurría densa y lenta, con largas pausas, absteniéndose de hablar, reprimiendo la pasión.

     -Ya todo ha pasado -continuó su padre- aunque siempre queda un poso amargo y una gran añoranza. Quiero y necesito saber de ti, de lo que te ha sucedido en estos años y de tus proyectos. Cuéntame lo que desees compartir con un padre que te quiere y te ha evocado tanto... y que también ha estado ausente de tu entorno para ayudarte, para asesorarte...- nuevamente las lágrimas inundaros su amorosa y triste mirada-.

     Miguel dibujó, distante y a grandes rasgos, su historia, y continuó:

     -He regresado para volver a empezar en el punto en que me fui. He dejado atrás experiencias, amigos y amores. Mis tíos han muerto. Han sido unos padres para mí. No vine antes por no dejarlos solos. Quise mostrarles mi cariño y mi agradecimiento cuidándoles hasta el final de sus días.

     - Eso te honra. El que nun ye agradecíu, al diañu ye parecíu. Además has sido un buen ejemplo para tu hijo, porque según dice un refrán asturiano: fíu fuiste, pá serás; lo que tu fagas con tos vieyos, los tos fíos contigo farán.

     -Estoy seguro, padre, de que podremos ahuyentar los espectros del pasado y corregir el rumbo seguido hasta ahora, aunque el viento silbe en las jarcias. Navegar hacia la paz, la armonía.

     Su padre asintió con la cabeza. La temperatura estaba descendiendo, la humedad calaba hasta los huesos y le hacía temblar. ¿O acaso era la tensión acumulada?. Conocía la fortaleza de su padre, descendía de los astures, pueblo celta, indómito, guerrero, robusto, sufrido, sobrio, con imaginación y talento. Renacería de la ceniza. Alcanzaría el equilibrio. Con su ayuda cambiaría el sistema de referencia, dejaría fluir su ritmo interno y escucharía la vida.

     -Tienes mucho que contarme- dijo su padre cariñosamente- ¡Cuántos años han pasado!. Quiero saber más de ti. ¡Eres mi hijo!. Háblame con detalle de tu matrimonio, de tu hijo...   

     Contestó evadiendo entrar en detalles: 

     -Te he dicho que me he casado y divorciado. Mi hijo ha cumplido veintiocho años, está casado y tiene dos hijos, una niña de dos años y un niño de cinco meses.

     -Mereció la pena seguir viviendo, aunque hubo un tiempo  en que deseaba morir. Esta alegría compensa tanto dolor. ¿Tienes aquí alguna fotografía?.

     -Sólo las que llevo en la cartera. Tengo más en el Hotel.

     Al ver la familia que había surgido de pronto en su vejez, no pudo evitar la conmoción y rompió a llorar. Durante varias horas estuvieron narrando lo sucedido en sus vidas.   

 

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