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Texto del Vía Crucis con los jóvenes
en la JMJ Madrid 2011
El texto del Vía Crucis de la JMJ ha sido
compuesto por las Hermanas de la Cruz,
orden fundada por santa Ángela de la Cruz en
Sevilla en 1875
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PRIMERA ESTACIÓN: Última Cena
de Jesús con sus discípulos
Y tomando pan, después de
pronunciar la acción de gracias, lo partió
y se lo dio, diciendo: «Esto es mi cuerpo,
que se entrega por vosotros; haced esto en
memoria mía». Después de cenar, hizo lo
mismo con el cáliz, diciendo: «Este cáliz es
la nueva alianza en mi sangre, que es
derramada por vosotros» (Lc 22, 19–20).
Jesús, antes de tomar entre
sus manos el pan, acoge con amor a todos los
que están sentados en su mesa. Sin excluir a
ninguno: ni al traidor, ni al que lo va a
negar, ni a los que huirán. Los ha elegido
como nuevo pueblo de Dios. La Iglesia,
llamada a ser una.
Jesús muere para reunir a los
hijos de Dios dispersos (Jn 11, 52).
«No sólo por ellos ruego,
sino también por los que crean en mí por la
palabra de ellos, para que todos sean uno»
(Jn 17, 20–21). El amor fortalece la
unidad. Y les dice: «Que os améis unos a
otros»
(Jn 13,
34).
El amor fiel es humilde:
«También vosotros debéis
lavaros los pies unos a otros» (Jn 13, 14).
Unidos a la oración de
Cristo, oremos para que, en la tierra del
Señor, la Iglesia viva unida y en paz, cese
toda persecución y discriminación por causa
de la fe, y todos los que creen en un único
Dios vivan, en justicia, la fraternidad,
hasta que Dios nos conceda sentarnos en
torno a su única mesa. |
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SEGUNDA ESTACIÓN: El beso de
Judas
«Y, untando el pan, se lo dio a
Judas, hijo de Simón el Iscariote. Detrás del
pan, entró en él Satanás» (Jn 13, 26).
«Se acercó a Jesús… y le besó.
Pero Jesús le contestó: “Amigo, a qué vienes”» (Mt
26, 49–50).
En la Cena se respira un hálito
de misterio sagrado. Cristo está sereno,
pensativo, sufriente. Había dicho:
«Ardientemente he deseado comer
esta Pascua con vosotros, antes de padecer»
(Lc 22, 15) Y ahora, a media voz, deja
escapar su sentimiento más profundo:
«En verdad, en verdad os
digo: uno de vosotros me va a entregar»
(Jn 13, 21).
Judas se siente mal, su ambición
ha cambiado,
a precio de traición,
al Dios del Amor por el ídolo del
dinero. Jesús lo mira y él desvía la mirada. Le
llama la atención ofreciéndole pan con salsa. Y
le dice:
«Lo que vas a hacer, hazlo pronto»
(Jn 13, 27). El
corazón de Judas se había estrechado y se fue a
contar su dinero, para después entregar a Jesús
con un beso. Y Cristo, al sentir el frío del
beso traidor, no se lo reprocha, le dice:
Amigo.
Si estás sintiendo en tu carne el
frío de la traición, o el terrible sufrimiento
provocado por la división entre hermanos y la
lucha fratricida, ¡acude a Jesús!, que, en el
beso de Judas, hizo suyas las dolorosas
traiciones. |
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TERCERA ESTACIÓN: Negación de
Pedro
«¿Con que darás tu vida por mí?
En verdad en verdad te digo: no cantará el gallo
antes que me hayas negado tres veces» (Jn13,
37).
«Y saliendo afuera, lloró
amargamente» (Lc 22, 62).
Un cristiano tiene que ser un
valiente. Y ser valiente no es no tener miedos,
sino saber vencerlos.
El cristiano valiente no se
esconde por vergüenza de manifestar en público
su fe. Jesús avisó a Pedro:
«Satanás os ha reclamado para
cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti» (Lc
22, 31).
«Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo
antes de que tres veces hayas negado conocerme»
(Lc 22, 34). Y el apóstol, por
temor a unos criados, lo negó diciendo:
«No lo conozco»
(Lc 22, 57). Al
pasar Jesús por uno de los patios, lo mira…, él
se estremece recordando sus palabras…, y llora
con amargura su traición. La mirada de Dios
cambia el corazón. Pero hay que dejarse mirar.
Con la mirada de Pedro, el Señor
ha puesto sus ojos en los cristianos que se
avergüenzan de su fe, que tienen respetos
humanos, que les falta valentía para defender la
vida desde su inicio, hasta su término natural,
o quieren quedar bien con criterios no
evangélicos. El Señor los mira para que, como
Pedro, hagan acopio de valor y sean testigos
convencidos de lo que creen.
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CUARTA ESTACIÓN: Jesús,
sentenciado a muerte
«Es reo de muerte» (Mt 26, 66).
«Entonces se lo entregó para que
lo crucificaran» (Jn 19, 16).
La mayor injusticia es condenar a
un inocente indefenso. Y, un día, la maldad
juzgó y condenó a muerte a la Inocencia. ¿Por
qué condenaron a Jesús? Porque Jesús hizo suyo
todo el dolor del mundo. Al encarnarse, asume
nuestra humanidad y, con ella, las heridas del
pecado.
Cargó con los crímenes de ellos
(Is 53, 11), para curarnos por
el sacrificio de la Cruz.
Como un hombre de dolores,
acostumbrado a sufrimientos (Is 53, 3), expuso
su vida a la muerte (Is 53, 12).
Lo que más impresiona es el
silencio de Jesús. No se disculpa, es el
cordero de Dios que quita el pecado del mundo
(Jn 1, 29), fue azotado, machacado,
sacrificado.
Enmudecía y no abría la boca (Is
53, 7).
En el silencio de Dios, están
presentes todas las víctimas inocentes de las
guerras que arrasan los pueblos y siembran odios
difíciles de curar. Jesús calla en el corazón de
muchas personas que, en silencio, esperan la
salvación de Dios. |
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QUINTA ESTACIÓN: Jesús carga con
su cruz
«Terminada la burla, le quitaron
la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron
para crucificarlo» (Mc 15, 20).
«Y, cargando Él mismo con la
cruz, salió al sitio llamado “de la calavera”» (Jn
19, 17).
Cruz no sólo significa madero.
Cruz es todo lo que dificulta la vida. Entre las
cruces, la más profunda y dolorosa está
arraigada en el interior del hombre. Es el
pecado que endurece el corazón y pervierte las
relaciones humanas.
«Porque del corazón salen
pensamientos perversos, homicidas, adulterios,
fornicaciones, robos, difamaciones, blasfemias»
(Mt 15, 19).
La cruz que ha cargado Jesús
sobre sus hombros para morir en ella, es la de
todos los pecados de la Humanidad entera.
También los míos.
Él llevo nuestros pecados en su
cuerpo
(1Pe 2, 24). Jesús muere para
reconciliar a los hombres con Dios. Por eso hace
a la cruz redentora. Pero la cruz por sí sola,
no nos salva. Nos salva el Crucificado.
Cristo hizo suyo el cansancio, el
agotamiento y la desesperanza de los que no
encuentran trabajo, así como de los inmigrantes
que reciben ofertas laborales indignas o
inhumanas, que padecen actitudes racistas o
mueren en el empeño por conseguir una vida más
justa y digna. |
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SEXTA ESTACIÓN: Jesús cae bajo el
peso de la cruz
Triturado por nuestros crímenes (Is
53, 5).
Jesús cayó bajo el peso de la
cruz varias veces en el camino del Calvario
(Tradición de la Iglesia de
Jerusalén).
La Sagrada Escritura no hace
referencia a las caídas de Jesús, pero es
lógico que perdiera el equilibrio muchas veces.
La pérdida de sangre por el desgarramiento de la
piel en los azotes, los dolores musculares
insoportables, la tortura de la corona de
espinas, el peso del madero…, ¡no hay palabras
para describir el dolor que Cristo debió
experimentar! Todos, alguna vez, hemos tropezado
y caído al suelo. ¡Con qué rapidez nos
levantamos para no hacer el ridículo! Contempla
a Jesús en el suelo y todos a su alrededor
riendo con sorna y dándole algún que otro
puntapié para que se levantara. ¡Qué ridículo,
qué humillación, Dios mío! Dice el salmo:
«Pero yo soy un gusano, no un
hombre, vergüenza de la gente, desprecio del
pueblo; al verme se burlan de mí, hacen visajes,
menean la cabeza»
(Sal.22, 7–8).
Jesús sufre con todos los que
tropiezan en la vida y caen sin fuerzas víctimas
del alcohol, las drogas y otros vicios que les
hacen esclavos, para que, apoyados en Él, y en
quienes los socorren, se levanten. |
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SÉPTIMA ESTACIÓN: El Cirineo
ayuda a llevar la cruz
«Mientras lo conducían, echaron
mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía
del campo» (Lc 23, 26). «Y lo forzaron a llevar
su cruz» (Mt 27, 32).
Simón era un agricultor que venía
de trabajar en el campo. Le obligaron a llevar
la cruz de nuestro Señor, no movidos por la
compasión, sino por temor a que se les muriese
en el camino. Simón se resiste, pero la
imposición, por parte de los soldados, es
tajante. Tuvo que aceptar a la fuerza. Al
contacto con Jesús, va cambiando la actitud de
su corazón y termina compartiendo la situación
de aquel ajusticiado desconocido que, en
silencio, lleva un peso superior a sus débiles
fuerzas.
¡Qué importante es para los
cristianos descubrir lo que pasa a nuestro
alrededor, y tomar conciencia de las personas
que nos necesitan!.
Jesús se ha sentido aliviado
gracias a la ayuda del Cirineo. Miles de jóvenes
marginados de la sociedad, de toda raza,
condición y credo, encuentran cada día cirineos
que, en una entrega generosa, caminan con ellos
abrazando su misma cruz. |
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OCTAVA ESTACIÓN: La Verónica
enjuga el rostro de Jesús
«Jesús se volvió hacia ellas y
les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por
mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos”» (Lc
23, 27–28).
«El Señor lo guarda y lo conserva
en vida, para que sea dichoso en la tierra, y no
lo entrega a la saña de sus enemigos» (Sal 41,
3).
Le seguía una multitud del pueblo
y un grupo de mujeres que se golpeaban el pecho
y se lamentaban llorando. Jesús se volvió y les
dijo:
«No lloréis por mí, llorad por
vosotras y por vuestros hijos».
Llorad, no con llanto de tristeza
que endurece el corazón y lo predispone a
producir nuevos crímenes… Llorad con llanto
suave de súplica, pidiendo al cielo misericordia
y perdón. Una de las mujeres, conmovida al ver
el rostro del Señor lleno de sangre, tierra y
salivazos, sorteó valientemente a los soldados y
llegó hasta Él. Se quitó el pañuelo y le limpió
la cara suavemente. Un soldado la apartó con
violencia, pero, al mirar el pañuelo, vio que
llevaba plasmado el rostro ensangrentado y
doliente de Cristo.
Jesús se compadece de las mujeres
de Jerusalén, y en el paño de la Verónica deja
plasmado su rostro, que evoca el de tantos
hombres que han sido desfigurados por regímenes
ateos que destruyen a la persona y la privan de
su dignidad. |
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NOVENA ESTACIÓN: Jesús es
despojado de sus vestiduras
«Lo crucifican y se reparten sus
ropas, echándolas a suerte» (Mc 15, 24).
«De la planta del pie a la cabeza
no queda parte ilesa» (Is 1, 6).
Mientras preparan los clavos y
las cuerdas para crucificarlo, Jesús permanece
de pie. Un despiadado soldado se acerca y,
tirándole de la túnica, se la quita. Las heridas
comenzaron a sangrar de nuevo causándole un
terrible dolor. Después se repartieron los
vestidos. Jesús queda desnudo ante la plebe. Le
han despojado de todo y le hacen objeto de
burla. No hay mayor humillación, ni mayor
desprecio. Los vestidos no sólo cubren el
cuerpo, sino también el interior de la persona,
su intimidad, su dignidad. Jesús pasó por este
bochorno porque quiso cargar con todos los
pecados contra la integridad y la pureza, y
murió
para quitar los pecados de todos (Hb 9, 28).
Jesús padece con los sufrimientos
de las víctimas de genocidios humanos, donde el
hombre se ensaña con brutal violencia, en las
violaciones y abusos sexuales, en los crímenes
contra niños y adultos. ¡Cuántas personas
desnudadas de su dignidad, de su inocencia, de
su confianza en el hombre!
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DÉCIMA ESTACIÓN: Jesús es clavado
en la cruz
Y cuando llegaron al lugar
llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a
Él y a los malhechores, uno a la derecha y otro
a la izquierda (Lc 23, 33).
Habían conducido a Jesús hasta el
Gólgota. No iba solo, lo acompañaban dos
ladrones que también serían crucificados.
Lo crucificaron; y, con Él, a
otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús (Jn
19, 18).
¡Qué imagen tan simbólica! El
Cordero que quita el pecado del mundo se hace
pecado y paga por los demás. El gran pecado del
mundo es la mentira de Satanás, y a Jesús lo
condenan por declarar la Verdad: su ser Hijo de
Dios. La verdad es el argumento para justificar
la crucifixión. Es imposible describir lo que
padeció físicamente el cuerpo de Cristo colgando
de la cruz, lo que sufrió moralmente al verse
desnudo crucificado entre dos malhechores y
sentimentalmente, al encontrarse abandonado de
los suyos.
Jesús en la cruz acoge el sufrimiento de todos
los que viven clavados a situaciones dolorosas,
como tantos padres y madres de familia, y tantos
jóvenes, que, por falta de trabajo, viven en la
precariedad, en la pobreza y la desesperanza,
sin los recursos necesarios para sacar adelante
a sus familias y llevar una vida digna. |
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UNDÉCIMA ESTACIÓN. Jesús muere en
la cruz
«Jesús, clamando con voz potente,
dijo: “Padre, a tus manos encomiendo mi
espíritu”. Y, dicho esto, expiró» (Lc 23, 46).
«Pero al llegar a Jesús, viendo
que ya había muerto, no le quebraron las
piernas» (Jn 19, 33).
Era sábado, el día de la
preparación para la fiesta de la Pascua. Pilatos
autorizó que les quebraran las piernas para
acelerarles la muerte y no quedaran colgados
durante la fiesta. Jesús ya había muerto, y un
soldado, para asegurarse,
le traspasó el corazón con una
lanza.
Así se cumplieron las Escrituras:
No le quebrarán ni un hueso.
El sol se oscureció y el velo del
Templo se rasgó por la mitad. Tembló la tierra…
Es momento sagrado de contemplación. Es momento
de adoración, de situarse frente al cuerpo de
nuestro Redentor: sin vida, machacado,
triturado, colgado…, pagando el precio de
nuestras maldades, de mis maldades… Señor,
pequé, ¡ten misericordia de mí, pecador! Amén.
Jesús muere por mí. Jesús me
alcanza la misericordia del Padre. Jesús paga
todo lo que yo debía. ¿Qué hago yo por Él?.
Ante el drama de tantas personas crucificadas
por diferentes discapacidades, ¿lucho por
extender y proclamar la dignidad de la persona y
el Evangelio de la vida?.
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DUODÉCIMA ESTACIÓN: El
descendimiento de la cruz
«Pilatos mandó que se lo
entregaran» (Mt 27, 57).
«José, tomando el cuerpo de
Jesús, lo envolvió en una sábana limpia» (Mt 27,
59).
Cristo ha muerto y hay que
bajarlo de la cruz. Acerquémonos a la Virgen y
compartamos su dolor. ¡Qué pasaría por su mente!
«¿Quién me lo bajará? ¿Dónde lo
colocaré?»
Y repetiría de nuevo como en
Nazaret: «¡Hágase!». Pero ahora está más unida a
la entrega incondicional de su Hijo:
«Todo está consumado».
Entonces aparecieron José de
Arimatea y Nicodemo, que, aunque pertenecientes
al Sanedrín, no habían tenido parte en la muerte
del Señor. Son ellos quienes piden a Pilatos el
cuerpo del Maestro para colocarlo en un sepulcro
nuevo, de su propiedad, que estaba cerca del
Calvario.
Cristo ha fracasado, haciendo suyos todos los
fracasos de la Humanidad. El Hijo del hombre ha
sido eliminado y ha compartido la suerte de los
que, por distintas razones, han sido
considerados la escoria de la Humanidad, porque
no saben, no pueden, no valen. Son, entre otros,
las víctimas del sida, que, con las llagas de su
cruz, esperan que alguien se ocupe de ellos.
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DECIMOTERCERA ESTACIÓN: Jesús en
brazos de su madre
«Una espada te traspasará el
alma» (Lc 2, 34).
«Ved si hay dolor como el dolor
que me atormenta» (Lam 2, 12).
Aunque todos somos culpables de
la muerte de Jesús, en estos momentos tan
dolorosos la Virgen necesita nuestro amor y
cercanía. Nuestra conciencia de pecadores
arrepentidos le servirá de consuelo. Con actitud
filial, situémonos a su lado, y aprendamos a
recibir a Jesús con la ternura y amor con que
ella recibió en sus brazos al cuerpo destrozado
y sin vida de su Hijo.
«¿Hay dolor semejante a mi
dolor?»
Y, mientras preparaban el cuerpo
del Señor
según se acostumbra a enterrar entre los
judíos
(Jn 19, 40) para darle
sepultura, María, adorando el Misterio que había
guardado en su corazón sin entenderlo, repetiría
conmovida con el profeta:
«Pueblo mío, ¿qué te he hecho?,
¿en qué te he molestado? ¡Respóndeme!»
(Mq 6, 3).
Al contemplar el dolor de la
Virgen, hacemos memoria del dolor y la soledad
de tantos padres y madres que han perdido a sus
hijos por el hambre, mientras sociedades
opulentas, engullidas por el dragón del
consumismo, de la perversión materialista, se
hunden en el nihilismo de la vaciedad de su
vida. |
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DECIMOCUARTA ESTACIÓN: Jesús es
colocado en el sepulcro
«Y como para los judíos era el
día de la Preparación, y el sepulcro estaba
cerca, pusieron allí a Jesús» (Jn 19, 42).
«José de Arimatea rodó una piedra
grande a la entrada del sepulcro y se marchó» (Mt
27, 60).
Por la proximidad de la fiesta, se dieron
prisa en preparar el cuerpo del Señor para
colocarlo en el sepulcro que ofrecieron José y
Nicodemo. El sepulcro era nuevo, a nadie se
había enterrado en él. Una vez colocado el
cuerpo sobre la roca, José hizo rodar la piedra
de la puerta, quedando la entrada totalmente
cerrada.
Si el grano de trigo no muere…
Y, después del ruido de la piedra
al cerrar el acceso al sepulcro, María, en el
silencio de su soledad, aprieta la espiga que ya
lleva en su corazón como primicia de la
Resurrección.
En esta espiga recordamos el trabajo humilde
y sacrificado de tantas vidas gastadas en una
entrega sacrificada al servicio de Dios y del
prójimo, de tantas vidas que esperan ser
fecundas uniéndose a la muerte de Jesús.
Recordamos a los buenos
samaritanos, que aparecen en cualquier rincón de
la tierra para compartir las consecuencias de
las fuerzas de la naturaleza: terremotos,
huracanes, maremotos… |
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ORACIÓN DEL PAPA A LA VIRGEN
«Madre y Señora nuestra, que
permaneciste firme en la fe, unida a la Pasión de tu
Hijo: al concluir este Vía Crucis, ponemos en ti
nuestra mirada y nuestro corazón. Aunque no somos
dignos, te acogemos en nuestra casa, como hizo el
apóstol Juan, y te recibimos como Madre nuestra. Te
acompañamos en tu soledad y te ofrecemos nuestra
compañía para seguir sosteniendo el dolor de tantos
hermanos nuestros que completan en su carne lo que
falta a la Pasión de Cristo, por su cuerpo, que es
la Iglesia. Míralos con amor de madre, enjuga sus
lágrimas, sana sus heridas y acrecienta su
esperanza, para que experimenten siempre que la Cruz
es el camino hacia la gloria, y la Pasión, el
preludio de la Resurrección».
  
Fuente: Alfa y Omega |
  
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