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Cardenal
Ratzinger
Papa
Benedicto XVI

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL
SACRAMENTUM CARITATIS
AL EPISCOPADO, AL CLERO, A LAS
PERSONAS CONSAGRADAS Y A LOS FIELES LAICOS
SOBRE LA EUCARISTÍA. FUENTE Y CULMEN DE LA VIDA Y DE LA MISIÓN DE LA
IGLESIA
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INTRODUCCIÓN
1.Sacramento de la
caridad,[1] la Santísima
Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el
amor infinito de Dios por cada hombre. En este admirable Sacramento se
manifiesta el amor « más grande », aquél que impulsa a « dar la vida
por los propios amigos » (cf. Jn 15,13). En efecto, Jesús «los amó
hasta el extremo» (Jn 13,1). Con esta expresión, el evangelista
presenta el gesto de infinita humildad de Jesús: antes de morir por
nosotros en la cruz, ciñéndose una toalla, lava los pies a sus
discípulos. Del mismo modo, en el Sacramento eucarístico Jesús sigue
amándonos «hasta el extremo», hasta el don de su cuerpo y de su
sangre. ¡Qué emoción debió embargar el corazón de los Apóstoles ante
los gestos y palabras del Señor durante aquella Cena! ¡Qué admiración
ha de suscitar también en nuestro corazón el Misterio eucarístico!
Alimento de la verdad
2. En el Sacramento
del altar, el Señor va al encuentro del hombre, creado a imagen y
semejanza de Dios (cf. Gn 1,27), acompañándole en su camino. En
efecto, en este Sacramento el Señor se hace comida para el hombre
hambriento de verdad y libertad. Puesto que sólo la verdad nos hace
auténticamente libres (cf. Jn 8,36), Cristo se convierte para nosotros
en alimento de la Verdad. San Agustín, con un penetrante conocimiento
de la realidad humana, ha puesto de relieve cómo el hombre se mueve
espontáneamente, y no por coacción, cuando se encuentra ante algo que
lo atrae y le despierta el deseo. Así pues, al preguntarse sobre lo
que puede mover al hombre por encima de todo y en lo más íntimo, el
santo obispo exclama: «¿Ama algo el alma con más ardor que la
verdad?».[2] En efecto,
todo hombre lleva en sí mismo el deseo inevitable de la verdad última
y definitiva. Por eso, el Señor Jesús, «el camino, la verdad y la
vida» (Jn 14,6), se dirige al corazón anhelante del hombre, que se
siente peregrino y sediento, al corazón que suspira por la fuente de
la vida, al corazón que mendiga la Verdad. En efecto, Jesucristo es la
Verdad en Persona, que atrae el mundo hacia sí. « Jesús es la estrella
polar de la libertad humana: sin él pierde su orientación, puesto que
sin el conocimiento de la verdad, la libertad se desnaturaliza, se
aísla y se reduce a arbitrio estéril. Con él, la libertad se
reencuentra ».[3] En
particular, Jesús nos enseña en el sacramento de la Eucaristía la
verdad del amor, que es la esencia misma de Dios. Ésta es la
verdad evangélica que interesa a cada hombre y a todo el hombre. Por
eso la Iglesia, cuyo centro vital es la Eucaristía, se compromete
constantemente a anunciar a todos, «a tiempo y a destiempo» (2 Tm 4,2)
que Dios es amor.[4]
Precisamente porque Cristo se ha hecho por nosotros alimento de la
Verdad, la Iglesia se dirige al hombre, invitándolo a acoger
libremente el don de Dios.
Desarrollo del rito eucarístico
3. Al observar la
historia bimilenaria de la Iglesia de Dios, guiada por la sabia acción
del Espíritu Santo, admiramos llenos de gratitud cómo se han
desarrollado ordenadamente en el tiempo las formas rituales con que
conmemoramos el acontecimiento de nuestra salvación. Desde las
diversas modalidades de los primeros siglos, que resplandecen aún en
los ritos de las antiguas Iglesias de Oriente, hasta la difusión del
ritual romano; desde las indicaciones claras del Concilio de Trento y
del Misal de san Pío V hasta la renovación litúrgica establecida por
el Concilio Vaticano II: en cada etapa de la historia de la Iglesia,
la celebración eucarística, como fuente y culmen de su vida y misión,
resplandece en el rito litúrgico con toda su riqueza multiforme. La XI
Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 2
al 23 de octubre de 2005 en el Vaticano, ha manifestado un profundo
agradecimiento a Dios por esta historia, reconociendo en ella la guía
del Espíritu Santo. En particular, los Padres sinodales han constatado
y reafirmado el influjo benéfico que ha tenido para la vida de la
Iglesia la reforma litúrgica puesta en marcha a partir del Concilio
Ecuménico Vaticano II.[5]
El Sínodo de los Obispos ha tenido la posibilidad de valorar cómo ha
sido su recepción después de la cumbre conciliar. Los juicios
positivos han sido muy numerosos. Se han constatado también las
dificultades y algunos abusos cometidos, pero que no oscurecen el
valor y la validez de la renovación litúrgica, la cual tiene aún
riquezas no descubiertas del todo. En concreto, se trata de leer los
cambios indicados por el Concilio dentro de la unidad que caracteriza
el desarrollo histórico del rito mismo, sin introducir rupturas
artificiosas.[6]
Sínodo de los Obispos y Año de la Eucaristía
4. Además, se ha de
poner de relieve la relación del reciente Sínodo de los Obispos sobre
la Eucaristía con lo ocurrido en los últimos años en la vida de la
Iglesia. Ante todo, hemos de pensar en el Gran Jubileo de 2000, con el
cual mi querido Predecesor, el Siervo de Dios Juan Pablo II, ha
introducido la Iglesia en el tercer milenio cristiano. El Año Jubilar
se ha caracterizado indudablemente por un fuerte sentido eucarístico.
No se puede olvidar que el Sínodo de los Obispos ha estado precedido,
y en cierto sentido también preparado, por el Año de la Eucaristía,
establecido con gran amplitud de miras por Juan Pablo II para toda la
Iglesia. Dicho Año, iniciado con el Congreso Eucarístico Internacional
de Guadalajara (México), en octubre de 2004, se ha concluido el 23 de
octubre de 2005, al final de la XI Asamblea Sinodal, con la
canonización de cinco Beatos que se han distinguido especialmente por
la piedad eucarística: el Obispo Józef Bilczewski, los presbíteros
Cayetano Catanoso, Segismundo Gorazdowski, Alberto Hurtado Cruchaga y
el religioso capuchino Félix de Nicosia. Gracias a las enseñanzas
expuestas por Juan Pablo II en la Carta apostólica Mane nobiscum
Domine,[7] y a las
valiosas sugerencias de la Congregación para el Culto Divino y la
Disciplina de los Sacramentos,[8]
las diócesis y las diversas entidades eclesiales han emprendido
numerosas iniciativas para despertar y acrecentar en los creyentes la
fe eucarística, para mejorar la dignidad de las celebraciones y
promover la adoración eucarística, así como para animar una
solidaridad efectiva que, partiendo de la Eucaristía, llegara a los
pobres. Por fin, es necesario mencionar la importancia de la última
Encíclica de mi venerado Predecesor, Ecclesia de Eucharistia,[9]
con la que nos ha dejado una segura referencia magisterial sobre la
doctrina eucarística y un último testimonio del lugar central que este
divino Sacramento tenía en su vida.
Objeto de la presente Exhortación
5. Esta Exhortación
apostólica postsinodal se propone retomar la riqueza multiforme de
reflexiones y propuestas surgidas en la reciente Asamblea General del
Sínodo de los Obispos —desde los Lineamenta hasta las
Propositiones, incluyendo el Instrumentum laboris, las
Relationes ante et post disceptationem, las intervenciones de los
Padres sinodales, de los auditores y de los hermanos
delegados—, con la intención de explicitar algunas líneas
fundamentales de acción orientadas a suscitar en la Iglesia nuevo
impulso y fervor por la Eucaristía. Consciente del vasto patrimonio
doctrinal y disciplinar acumulado a través de los siglos sobre este
Sacramento,[10] en el
presente documento deseo sobre todo recomendar, teniendo en cuenta el
voto de los Padres sinodales,[11]
que el pueblo cristiano profundice en la relación entre el Misterio
eucarístico, el acto litúrgico y el nuevo culto
espiritual que se deriva de la Eucaristía como sacramento de la
caridad. En esta perspectiva, deseo relacionar la presente
Exhortación con mi primera Carta encíclica
Deus caritas est, en
la que he hablado varias veces del sacramento de la Eucaristía para
subrayar su relación con el amor cristiano, tanto respecto a Dios como
al prójimo: «el Dios encarnado nos atrae a todos hacia sí. Se
entiende, pues, que el agapé se haya convertido también en un nombre
de la Eucaristía: en ella el agapé de Dios nos llega
corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros».[12]
PRIMERA PARTE
EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CREER
«Éste es el trabajo que Dios quiere: que creáis
en el que él ha enviado» (Jn6,29)
La
fe eucarística de la Iglesia
6. «Este es el
Misterio de la fe». Con esta expresión, pronunciada inmediatamente
después de las palabras de la consagración, el sacerdote proclama el
misterio celebrado y manifiesta su admiración ante la conversión
sustancial del pan y el vino en el cuerpo y la sangre del Señor Jesús,
una realidad que supera toda comprensión humana. En efecto, la
Eucaristía es « misterio de la fe » por excelencia: « es el compendio
y la suma de nuestra fe ».[13]
La fe de la Iglesia es esencialmente fe eucarística y se alimenta de
modo particular en la mesa de la Eucaristía. La fe y los sacramentos
son dos aspectos complementarios de la vida eclesial. La fe que
suscita el anuncio de la Palabra de Dios se alimenta y crece en el
encuentro de gracia con el Señor resucitado que se produce en los
sacramentos: « La fe se expresa en el rito y el rito refuerza y
fortalece la fe ».[14]
Por eso, el Sacramento del altar está siempre en el centro de la vida
eclesial; « gracias a la Eucaristía, la Iglesia renace siempre de
nuevo ».[15] Cuanto más
viva es la fe eucarística en el Pueblo de Dios, más profunda es su
participación en la vida eclesial a través de la adhesión consciente a
la misión que Cristo ha confiado a sus discípulos. La historia misma
de la Iglesia es testigo de ello. Toda gran reforma está vinculada de
algún modo al redescubrimiento de la fe en la presencia eucarística
del Señor en medio de su pueblo.
Santísima Trinidad y Eucaristía
El pan que baja del cielo
7. La primera
realidad de la fe eucarística es el misterio mismo de Dios, el amor
trinitario. En el diálogo de Jesús con Nicodemo encontramos una
expresión iluminadora a este respecto: « Tanto amó Dios al mundo, que
entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen
en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su hijo al
mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él »
(Jn 3,16-17). Estas palabras muestran la raíz última del don de Dios.
En la Eucaristía, Jesús no da « algo », sino a sí mismo; ofrece su
cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la
fuente originaria de este amor divino. Él es el Hijo eterno que el
Padre ha entregado por nosotros. En el Evangelio escuchamos también a
Jesús que, después de haber dado de comer a la multitud con la
multiplicación de los panes y los peces, dice a sus interlocutores que
lo habían seguido hasta la sinagoga de Cafarnaúm: « Es mi Padre el que
os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja
del cielo y da la vida al mundo » (Jn 6,32-33); y llega a
identificarse él mismo, la propia carne y la propia sangre, con ese
pan: « Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este
pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la
vida del mundo » (Jn 6,51). Jesús se manifiesta así como el Pan de
vida, que el Padre eterno da a los hombres.
Don gratuito de la Santísima Trinidad
8. En la Eucaristía
se revela el designio de amor que guía toda la historia de la
salvación (cf. Ef 1,10; 3,8-11). En ella, el Deus Trinitas, que
en sí mismo es amor (cf. 1 Jn 4,7-8), se une plenamente a nuestra
condición humana. En el pan y en el vino, bajo cuya apariencia Cristo
se nos entrega en la cena pascual (cf. Lc 22,14-20; 1 Co 11,23-26),
nos llega toda la vida divina y se comparte con nosotros en la forma
del Sacramento. Dios es comunión perfecta de amor entre el Padre, el
Hijo y el Espíritu Santo. Ya en la creación, el hombre fue llamado a
compartir en cierta medida el aliento vital de Dios (cf. Gn 2,7). Pero
es en Cristo muerto y resucitado, y en la efusión del Espíritu Santo
que se nos da sin medida (cf. Jn 3,34), donde nos convertimos en
verdaderos partícipes de la intimidad divina.[16]
Jesucristo, pues, « que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido
a Dios como sacrificio sin mancha » (Hb 9,14), nos comunica la misma
vida divina en el don eucarístico. Se trata de un don absolutamente
gratuito, que se debe sólo a las promesas de Dios, cumplidas por
encima de toda medida. La Iglesia, con obediencia fiel, acoge, celebra
y adora este don. El « misterio de la fe » es misterio del amor
trinitario, en el cual, por gracia, estamos llamados a participar. Por
tanto, también nosotros hemos de exclamar con san Agustín: « Ves la
Trinidad si ves el amor ».[17]
Eucaristía: Jesús,
el verdadero Cordero inmolado
La nueva y eterna alianza en la sangre del
Cordero
9. La misión para
la que Jesús ha venido entre nosotros llega a su cumplimiento en el
Misterio pascual. Desde lo alto de la cruz, donde atrae todo hacia sí
(cf. Jn 12,32), antes de « entregar el espíritu » dice: « Está
cumplido » (Jn 19,30). En el misterio de su obediencia hasta la
muerte, y una muerte de cruz (cf. Flp 2,8), se ha cumplido la nueva y
eterna alianza. La libertad de Dios y la libertad del hombre se han
encontrado definitivamente en su carne crucificada, en un pacto
indisoluble y válido para siempre. También el pecado del hombre ha
sido expiado una vez por todas por el Hijo de Dios (cf. Hb 7,27; 1 Jn
2,2; 4,10). Como he tenido ya oportunidad de decir: « En su muerte en
la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse
para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es el amor en su forma
más radical ».[18] En el
Misterio pascual se ha realizado verdaderamente nuestra liberación del
mal y de la muerte. En la institución de la Eucaristía, Jesús mismo
habló de la « nueva y eterna alianza », estipulada en su sangre
derramada (cf. Mt 26,28; Mc 14,24; Lc 22,20). Esta meta última de su
misión era ya bastante evidente al comienzo de su vida pública. En
efecto, cuando a orillas del Jordán Juan Bautista ve venir a Jesús,
exclama: « Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo »
(Jn 1,19). Es significativo que la misma expresión se repita cada vez
que celebramos la santa Misa, con la invitación del sacerdote para
acercarse a comulgar: « Éste es el Cordero de Dios, que quita el
pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor ». Jesús
es el verdadero cordero pascual que se ha ofrecido espontáneamente a
sí mismo en sacrificio por nosotros, realizando así la nueva y eterna
alianza. La Eucaristía contiene en sí esta novedad radical, que se nos
propone de nuevo en cada celebración.[19]
Institución de la Eucaristía
10. De este modo
llegamos a reflexionar sobre la institución de la Eucaristía en la
última Cena. Sucedió en el contexto de una cena ritual con la que se
conmemoraba el acontecimiento fundamental del pueblo de Israel: la
liberación de la esclavitud de Egipto. Esta cena ritual, relacionada
con la inmolación de los corderos (Ex 12,1- 28.43-51), era
conmemoración del pasado, pero, al mismo tiempo, también memoria
profética, es decir, anuncio de una liberación futura. En efecto, el
pueblo había experimentado que aquella liberación no había sido
definitiva, puesto que su historia estaba todavía demasiado marcada
por la esclavitud y el pecado. El memorial de la antigua liberación se
abría así a la súplica y a la esperanza de una salvación más profunda,
radical, universal y definitiva. Éste es el contexto en el cual Jesús
introduce la novedad de su don. En la oración de alabanza, la Berakah,
da gracias al Padre no sólo por los grandes acontecimientos de la
historia pasada, sino también por la propia « exaltación ». Al
instituir el sacramento de la Eucaristía, Jesús anticipa e implica el
Sacrificio de la cruz y la victoria de la resurrección. Al mismo
tiempo, se revela como el verdadero cordero inmolado, previsto en el
designio del Padre desde la fundación del mundo, como se lee en la
primera Carta de San Pedro (cf. 1,18-20). Situando en este
contexto su don, Jesús manifiesta el sentido salvador de su muerte y
resurrección, misterio que se convierte en el factor renovador de la
historia y de todo el cosmos. En efecto, la institución de la
Eucaristía muestra cómo aquella muerte, de por sí violenta y absurda,
se ha transformado en Jesús en un supremo acto de amor y de liberación
definitiva del mal para la humanidad.
Figura transit in veritatem
11. De este modo
Jesús inserta su novum radical dentro de la antigua cena sacrificial
judía. Para nosotros los cristianos, ya no es necesario repetir
aquella cena. Como dicen con precisión los Padres, figura transit
in veritatem: lo que anunciaba realidades futuras, ahora ha dado
paso a la verdad misma. El antiguo rito ya se ha cumplido y ha sido
superado definitivamente por el don de amor del Hijo de Dios
encarnado. El alimento de la verdad, Cristo inmolado por nosotros,
dat... figuris terminum.[20]
Con el mandato «Haced esto en conmemoración mía» (cf. Lc 22,19;
1 Co 11,25), nos pide corresponder a su don y representarlo
sacramentalmente. Por tanto, el Señor expresa con estas palabras, por
decirlo así, la esperanza de que su Iglesia, nacida de su sacrificio,
acoja este don, desarrollando bajo la guía del Espíritu Santo la forma
litúrgica del Sacramento. En efecto, el memorial de su total entrega
no consiste en la simple repetición de la última Cena, sino
propiamente en la Eucaristía, es decir, en la novedad radical del
culto cristiano. Jesús nos ha encomendado así la tarea de participar
en su « hora ». « La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de
Jesús. No recibimos solamente de modo pasivo el Logos, sino que
nos implicamos en la dinámica de su entrega ».[21])
Él « nos atrae hacia sí ».[22]
La conversión sustancial del pan y del vino en su cuerpo y en su
sangre introduce en la creación el principio de un cambio radical,
como una forma de « fisión nuclear », por usar una imagen bien
conocida hoy por nosotros, que se produce en lo más íntimo del ser; un
cambio destinado a suscitar un proceso de transformación de la
realidad, cuyo término último será la transfiguración del mundo
entero, el momento en que Dios será todo para todos (cf. 1 Co 15,28).
El
Espíritu Santo y la Eucaristía
Jesús y el Espíritu Santo
12. Con su palabra,
y con el pan y el vino, el Señor mismo nos ha ofrecido los elementos
esenciales del culto nuevo. La Iglesia, su Esposa, está llamada a
celebrar día tras día el banquete eucarístico en conmemoración suya.
Introduce así el sacrificio redentor de su Esposo en la historia de
los hombres y lo hace presente sacramentalmente en todas las culturas.
Este gran misterio se celebra en las formas litúrgicas que la Iglesia,
guiada por el Espíritu Santo, desarrolla en el tiempo y en los
diversos lugares.[23] A
este propósito es necesario despertar en nosotros la conciencia del
papel decisivo que desempeña el Espíritu Santo en el desarrollo de la
forma litúrgica y en la profundización de los divinos misterios. El
Paráclito, primer don para los creyentes,[24]
que actúa ya en la creación (cf. Gn 1,2), está plenamente presente en
toda la vida del Verbo encarnado; en efecto, Jesucristo fue concebido
por la Virgen María por obra del Espíritu Santo (cf. Mt 1,18; Lc
1,35); al comienzo de su misión pública, a orillas del Jordán, lo ve
bajar sobre sí en forma de paloma (cf. Mt 3,16 y par.); en este mismo
Espíritu actúa, habla y se llena de gozo (cf. Lc 10,21), y por Él se
ofrece a sí mismo (cf. Hb 9,14). En los llamados « discursos de
despedida » recopilados por Juan, Jesús establece una clara relación
entre el don de su vida en el misterio pascual y el don del Espíritu a
los suyos (cf. Jn 16,7). Una vez resucitado, llevando en su carne las
señales de la pasión, Él infunde el Espíritu (cf. Jn 20,22), haciendo
a los suyos partícipes de su propia misión (cf. Jn 20,21). Será el
Espíritu quien enseñe después a los discípulos todas las cosas y les
recuerde todo lo que Cristo ha dicho (cf. Jn 14,26), porque
corresponde a Él, como Espíritu de la verdad (cf. Jn 15,26), guiarlos
hasta la verdad completa (cf. Jn 16,13). En el relato de los Hechos,
el Espíritu desciende sobre los Apóstoles reunidos en oración con
María el día de Pentecostés (cf. 2,1-4), y los anima a la misión de
anunciar a todos los pueblos la buena noticia. Por tanto, Cristo
mismo, en virtud de la acción del Espíritu, está presente y operante
en su Iglesia, desde su centro vital que es la Eucaristía.
Espíritu Santo y Celebración eucarística
13. En este
horizonte se comprende el papel decisivo del Espíritu Santo en la
Celebración eucarística y, en particular, en lo que se refiere a la
transustanciación. Todo ello está bien documentado en los Padres de la
Iglesia. San Cirilo de Jerusalén, en sus Catequesis, recuerda que
nosotros « invocamos a Dios misericordioso para que mande su Santo
Espíritu sobre las ofrendas que están ante nosotros, para que Él
transforme el pan en cuerpo de Cristo y el vino en sangre de Cristo.
Lo que toca el Espíritu Santo es santificado y transformado totalmente
».[25] También san Juan
Crisóstomo hace notar que el sacerdote invoca el Espíritu Santo cuando
celebra el Sacrificio[26]:
como Elías —dice—, el ministro invoca el Espíritu Santo para que, «
descendiendo la gracia sobre la víctima, se enciendan por ella las
almas de todos ».[27] Es
muy necesario para la vida espiritual de los fieles que tomen
conciencia más claramente de la riqueza de la anáfora: junto con las
palabras pronunciadas por Cristo en la última Cena, contiene la
epíclesis, como invocación al Padre para que haga descender el don del
Espíritu a fin de que el pan y el vino se conviertan en el cuerpo y la
sangre de Jesucristo, y para que « toda la comunidad sea cada vez más
cuerpo de Cristo ».[28]
El Espíritu, que invoca el celebrante sobre los dones del pan y el
vino puestos sobre el altar, es el mismo que reúne a los fieles « en
un sólo cuerpo », haciendo de ellos una oferta espiritual agradable al
Padre.[29]
Eucaristía e
Iglesia
Eucaristía, principio causal de la Iglesia
14. Por el
Sacramento eucarístico Jesús incorpora a los fieles a su propia « hora
»; de este modo nos muestra la unión que ha querido establecer entre
Él y nosotros, entre su persona y la Iglesia. En efecto, Cristo mismo,
en el sacrificio de la cruz, ha engendrado a la Iglesia como su esposa
y su cuerpo. Los Padres de la Iglesia han meditado mucho sobre la
relación entre el origen de Eva del costado de Adán mientras dormía (cf.
Gn 2,21-23) y de la nueva Eva, la Iglesia, del costado abierto de
Cristo, sumido en el sueño de la muerte: del costado traspasado, dice
Juan, salió sangre y agua (cf. Jn 19,34), símbolo de los sacramentos.[30]
El contemplar « al que atravesaron » (Jn 19,37) nos lleva a considerar
la unión causal entre el sacrificio de Cristo, la Eucaristía y la
Iglesia. En efecto, la Iglesia « vive de la Eucaristía ».(31) Ya que
en ella se hace presente el sacrificio redentor de Cristo, se tiene
que reconocer ante todo que « hay un influjo causal de la Eucaristía
en los orígenes mismos de la Iglesia ».(32) La Eucaristía es Cristo
que se nos entrega, edificándonos continuamente como su cuerpo. Por
tanto, en la sugestiva correlación entre la Eucaristía que edifica la
Iglesia y la Iglesia que hace a su vez la Eucaristía,(33) la primera
afirmación expresa la causa primaria: la Iglesia puede celebrar y
adorar el misterio de Cristo presente en la Eucaristía precisamente
porque el mismo Cristo se ha entregado antes a ella en el sacrificio
de la Cruz. La posibilidad que tiene la Iglesia de « hacer » la
Eucaristía tiene su raíz en la donación que Cristo le ha hecho de sí
mismo. Descubrimos también aquí un aspecto elocuente de la fórmula de
san Juan: « Él nos ha amado primero » (1Jn 4,19). Así, también
nosotros confesamos en cada celebración la primacía del don de Cristo.
En definitiva, el influjo causal de la Eucaristía en el origen de la
Iglesia revela la precedencia no sólo cronológica sino también
ontológica del habernos « amado primero ». Él es eternamente quien nos
ama primero.
Eucaristía y comunión eclesial
15. La Eucaristía
es, pues, constitutiva del ser y del actuar de la Iglesia. Por eso la
antigüedad cristiana designó con las mismas palabras Corpus Christi
el Cuerpo nacido de la Virgen María, el Cuerpo eucarístico y el
Cuerpo eclesial de Cristo.(34) Este dato, muy presente en la
tradición, ayuda a aumentar en nosotros la conciencia de que no se
puede separar a Cristo de la Iglesia. El Señor Jesús, ofreciéndose a
sí mismo en sacrificio por nosotros, ha preanunciado eficazmente en su
donación el misterio de la Iglesia. Es significativo que en la segunda
plegaria eucarística, al invocar al Paráclito, se formule de este modo
la oración por la unidad de la Iglesia: «que el Espíritu Santo
congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de
Cristo». Este pasaje permite comprender bien que la res del
Sacramento eucarístico incluye la unidad de los fieles en la comunión
eclesial. La Eucaristía se muestra así en las raíces de la Iglesia
como misterio de comunión.(35)
Ya en su Encíclica
Ecclesia de Eucharistia, el siervo de Dios Juan Pablo II llamó
la atención sobre la relación entre Eucaristía y communio. Se refirió
al memorial de Cristo como la « suprema manifestación sacramental de
la comunión en la Iglesia ».(36) La unidad de la comunión eclesial se
revela concretamente en las comunidades cristianas y se renueva en el
acto eucarístico que las une y las diferencia en Iglesias
particulares, «in quibus et ex quibus una et unica Ecclesia
catholica exsistit».(37) Precisamente la realidad de la única
Eucaristía que se celebra en cada diócesis en torno al propio Obispo
nos permite comprender cómo las mismas Iglesias particulares subsisten
in y ex Ecclesia. En efecto, « la unicidad e indivisibilidad
del Cuerpo eucarístico del Señor implica la unicidad de su Cuerpo
místico, que es la Iglesia una e indivisible. Desde el centro
eucarístico surge la necesaria apertura de cada comunidad celebrante,
de cada Iglesia particular: del dejarse atraer por los brazos abiertos
del Señor se sigue la inserción en su Cuerpo, único e indiviso ».(38)
Por este motivo, en la celebración de la Eucaristía cada fiel se
encuentra en su Iglesia, es decir, en la Iglesia de Cristo. En esta
perspectiva eucarística, comprendida adecuadamente, la comunión
eclesial se revela una realidad por su propia naturaleza católica.(39)
Subrayar esta raíz eucarística de la comunión eclesial puede
contribuir también eficazmente al diálogo ecuménico con las Iglesias y
con las Comunidades eclesiales que no están en plena comunión con la
Sede de Pedro. En efecto, la Eucaristía establece objetivamente un
fuerte vínculo de unidad entre la Iglesia católica y las Iglesias
ortodoxas que han conservado la auténtica e íntegra naturaleza del
misterio de la Eucaristía. Al mismo tiempo, el relieve dado al
carácter eclesial de la Eucaristía puede convertirse también en
elemento privilegiado en el diálogo con las Comunidades nacidas de la
Reforma.(40)
Eucaristía y sacramentos
Sacramentalidad de
la Iglesia
16. El Concilio
Vaticano II ha recordado que «los demás sacramentos, como también
todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están
unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en
efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir,
Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los
hombres por medio del Espíritu Santo. Así, los hombres son invitados y
llevados a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas
creadas junto con Cristo».(41) Esta relación íntima de la Eucaristía
con los otros sacramentos y con la existencia cristiana se comprende
en su raíz cuando se contempla el misterio de la Iglesia como
sacramento.(42) A este propósito, el Concilio Vaticano II afirma que
«La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de
la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano».(43)
Ella, como dice san Cipriano, en cuanto « pueblo convocado por el
unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»,(44) es sacramento de
la comunión trinitaria.
El hecho de que la
Iglesia sea «sacramento universal de salvación»(45) muestra cómo la «
economía » sacramental determina en último término el modo cómo
Cristo, único Salvador, mediante el Espíritu llega a nuestra
existencia en sus circunstancias específicas. La Iglesia se recibe y
al mismo tiempo se expresa en los siete sacramentos, mediante
los cuales la gracia de Dios influye concretamente en los fieles para
que toda su vida, redimida por Cristo, se convierta en culto agradable
a Dios. En esta perspectiva, deseo subrayar aquí algunos elementos,
señalados por los Padres sinodales, que pueden ayudar a comprender la
relación de todos los sacramentos con el misterio eucarístico.
I.
Eucaristía e iniciación cristiana
Eucaristía, plenitud de la iniciación
cristiana
17. Puesto que la
Eucaristía es verdaderamente fuente y culmen de la vida y de la misión
de la Iglesia, el camino de iniciación cristiana tiene como punto de
referencia la posibilidad de acceder a este sacramento. A este
respecto, como han dicho los Padres sinodales, hemos de preguntarnos
si en nuestras comunidades cristianas se percibe de manera suficiente
el estrecho vínculo que hay entre el Bautismo, la Confirmación y la
Eucaristía.(46) En efecto, nunca debemos olvidar que somos bautizados
y confirmados en orden a la Eucaristía. Esto requiere el esfuerzo de
favorecer en la acción pastoral una comprensión más unitaria del
proceso de iniciación cristiana. El sacramento del Bautismo, mediante
el cual nos conformamos con Cristo,(47) nos incorporamos a la Iglesia
y nos convertimos en hijos de Dios, es la puerta para todos los
sacramentos. Con él se nos integra en el único Cuerpo de Cristo (cf. 1
Co 12,13), pueblo sacerdotal. Sin embargo, la participación en el
Sacrificio eucarístico perfecciona en nosotros lo que nos ha sido dado
en el Bautismo. Los dones del Espíritu se dan también para la
edificación del Cuerpo de Cristo (cf. 1 Co 12) y para un mayor
testimonio evangélico en el mundo.(48) Así pues, la santísima
Eucaristía lleva la iniciación cristiana a su plenitud y es como el
centro y el fin de toda la vida sacramental.(49)
Orden de los sacramentos de la iniciación
18. A este respeto
es necesario prestar atención al tema del orden de los Sacramentos de
la iniciación. En la Iglesia hay tradiciones diferentes. Esta
diversidad se manifiesta claramente en las costumbres eclesiales de
Oriente,(50) y en la misma praxis occidental por lo que se refiere a
la iniciación de los adultos,(51) a diferencia de la de los niños.(52)
Sin embargo, no se trata propiamente de diferencias de orden
dogmático, sino de carácter pastoral. Concretamente, es necesario
verificar qué praxis puede efectivamente ayudar mejor a los fieles a
poner de relieve el sacramento de la Eucaristía como aquello a lo que
tiende toda la iniciación. En estrecha colaboración con los
competentes Dicasterios de la Curia Romana, las Conferencias
Episcopales han de verificar la eficacia de los actuales procesos de
iniciación, para ayudar cada vez más al cristiano a madurar con la
acción educadora de nuestras comunidades, y llegue a asumir en su vida
una impronta auténticamente eucarística, que le haga capaz de dar
razón de la propia esperanza de modo adecuado en nuestra época (cf. 1
P 3,15).
Iniciación, comunidad eclesial y familia
19. Se ha de tener
siempre presente que toda la iniciación cristiana es un camino de
conversión, que se debe recorrer con la ayuda de Dios y en constante
referencia a la comunidad eclesial, ya sea cuando es el adulto mismo
quien solicita entrar en la Iglesia, como ocurre en los lugares de
primera evangelización y en muchas zonas secularizadas, o bien cuando
son los padres los que piden los Sacramentos para sus hijos. A este
respecto, deseo llamar la atención de modo especial sobre la relación
que hay entre iniciación cristiana y familia. En la acción pastoral se
tiene que asociar siempre la familia cristiana al itinerario de
iniciación. Recibir el Bautismo, la Confirmación y acercarse por
primera vez a la Eucaristía, son momentos decisivos no sólo para la
persona que los recibe sino también para toda la familia, la cual ha
de ser ayudada en su tarea educativa por la comunidad eclesial, con la
participación de sus diversos miembros.(53) Quisiera subrayar aquí la
importancia de la primera Comunión. Para tantos fieles este día queda
grabado en la memoria con razón como el primer momento en que, aunque
de modo todavía inicial, se percibe la importancia del encuentro
personal con Jesús. La pastoral parroquial debe valorar adecuadamente
esta ocasión tan significativa.
II.
Eucaristía y
sacramento de la Reconciliación
Su relación intrínseca
20. Los Padres
sinodales han afirmado que el amor a la Eucaristía lleva también a
apreciar cada vez más el sacramento de la Reconciliación.(54) Debido a
la relación entre estos sacramentos, una auténtica catequesis sobre el
sentido de la Eucaristía no puede separarse de la propuesta de un
camino penitencial (cf. 1 Co 11,27-29). Efectivamente, como se
constata en la actualidad, los fieles se encuentran inmersos en una
cultura que tiende a borrar el sentido del pecado,(55) favoreciendo
una actitud superficial que lleva a olvidar la necesidad de estar en
gracia de Dios para acercarse dignamente a la comunión
sacramental.(56) En realidad, perder la conciencia de pecado comporta
siempre también una cierta superficialidad en la forma de comprender
el amor mismo de Dios. Ayuda mucho a los fieles recordar aquellos
elementos que, dentro del rito de la santa Misa, expresan la
conciencia del propio pecado y al mismo tiempo la misericordia de
Dios.(57) Además, la relación entre la Eucaristía y la Reconciliación
nos recuerda que el pecado nunca es algo exclusivamente individual;
siempre comporta también una herida para la comunión eclesial, en la
que estamos insertados por el Bautismo. Por esto la Reconciliación,
como dijeron los Padres de la Iglesia, es laboriosus quidam baptismus,(58)
subrayando de esta manera que el resultado del camino de conversión
supone el restablecimiento de la plena comunión eclesial, expresada al
acercarse de nuevo a la Eucaristía.(59)
Algunas observaciones pastorales
21. El Sínodo ha recordado que es cometido pastoral
del Obispo promover en su propia diócesis una firme recuperación de la
pedagogía de la conversión que nace de la Eucaristía, y fomentar entre
los fieles la confesión frecuente. Todos los sacerdotes deben
dedicarse con generosidad, empeño y competencia a la administración
del sacramento de la Reconciliación.(60) A este propósito se debe
procurar que los confesionarios de nuestras iglesias estén bien
visibles y sean expresión del significado de este Sacramento. Pido a
los Pastores que vigilen atentamente sobre la celebración del
sacramento de la Reconciliación, limitando la praxis de la absolución
general exclusivamente a los casos previstos,(61) siendo la
celebración personal la única forma ordinaria.(62) Frente a la
necesidad de redescubrir el perdón sacramental, debe haber siempre un
Penitenciario (63) en todas las diócesis. En fin, una praxis
equilibrada y profunda de la indulgencia, obtenida para sí o
para los difuntos, puede ser una ayuda válida para una nueva toma de
conciencia de la relación entre Eucaristía y Reconciliación. Con la
indulgencia se gana « la remisión ante Dios de la pena temporal por
los pecados, ya perdonados en lo referente a la culpa ».(64) El
recurso a las indulgencias nos ayuda a comprender que sólo con
nuestras fuerzas no podremos reparar el mal realizado y que los
pecados de cada uno dañan a toda la comunidad; por otra parte, la
práctica de la indulgencia, implicando, además de la doctrina de los
méritos infinitos de Cristo, la de la comunión de los santos, enseña «
la íntima unión con que estamos vinculados a Cristo, y la gran
importancia que tiene para los demás la vida sobrenatural de cada uno
».(65) Esta práctica de la indulgencia puede ayudar eficazmente a los
fieles en el camino de conversión y a descubrir el carácter central de
la Eucaristía en la vida cristiana, ya que las condiciones que prevé
su misma forma incluye el acercarse a la confesión y a la comunión
sacramental.
III.
Eucaristía y Unción de
los enfermos
22. Jesús no ha enviado solamente a sus discípulos
a curar a los enfermos (cf.Mt 10,8; Lc 9,2; 10,9), sino
que ha instituido también para ellos un sacramento específico: la
Unción de los enfermos.(66) La Carta de Santiago atestigua ya
la existencia de este gesto sacramental en la primera comunidad
cristiana (cf. 5,14-16). Si la Eucaristía muestra cómo los
sufrimientos y la muerte de Cristo se han transformado en amor, la
Unción de los enfermos, por su parte, asocia al que sufre al
ofrecimiento que Cristo ha hecho de sí para la salvación de todos, de
tal manera que él también pueda, en el misterio de la comunión de los
santos, participar en la redención del mundo. La relación entre estos
sacramentos se manifiesta, además, en el momento en que se agrava la
enfermedad: « A los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece,
además de la Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático ».(67)
En el momento de pasar al Padre, la comunión con el Cuerpo y la Sangre
de Cristo se manifiesta como semilla de vida eterna y potencia de
resurrección: « El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida
eterna, y yo lo resucitaré en el último día » (Jn 6,54). Puesto
que el santo Viático abre al enfermo la plenitud del misterio pascual,
es necesario asegurarle su recepción.(68) La atención y el cuidado
pastoral de los enfermos redunda sin duda en beneficio espiritual de
toda la comunidad, sabiendo que lo que hayamos hecho al más pequeño se
lo hemos hecho a Jesús mismo (cf. Mt 25,40).
IV.
Eucaristía y sacramento del Orden
In persona Christi capitis
23. La relación intrínseca entre Eucaristía y
sacramento del Orden se desprende de las mismas palabras de Jesús en
el Cenáculo: « haced esto en conmemoración mía » (Lc 22,19). En
efecto, la víspera de su muerte, Jesús instituyó la Eucaristía y fundó
al mismo tiempo el sacerdocio de la nueva Alianza. Él es
sacerdote, víctima y altar: mediador entre Dios Padre y el pueblo (cf.
Hb 5,5-10), víctima de expiación (cf. 1 Jn 2,2; 4,10) que
se ofrece a sí mismo en el altar de la cruz. Nadie puede decir « esto
es mi cuerpo » y « éste es el cáliz de mi sangre » si no es en el
nombre y en la persona de Cristo, único sumo sacerdote de la nueva y
eterna Alianza (cf. Hb 8-9). El Sínodo de los Obispos en otras
asambleas trató ya el tema del sacerdocio ordenado, tanto por lo que
se refiere a la identidad del ministerio(69) como a la formación de
los candidatos.(70) Ahora, a la luz del diálogo tenido en la última
Asamblea sinodal, creo oportuno recordar algunos valores sobre la
relación entre la Eucaristía y el Orden. Ante todo, se ha de reafirmar
que el vínculo entre el Orden sagrado y la Eucaristía se hace visible
precisamente en la Misa presidida por el Obispo o el presbítero en
la persona de Cristo como cabeza.
La doctrina de la Iglesia considera la ordenación
sacerdotal condición imprescindible para la celebración válida de la
Eucaristía.(71) En efecto, « en el servicio eclesial del ministerio
ordenado es Cristo mismo quien está presente en su Iglesia como Cabeza
de su cuerpo, Pastor de su rebaño, sumo sacerdote del sacrificio
redentor ».(72) Ciertamente, el ministro ordenado « actúa también en
nombre de toda la Iglesia cuando presenta a Dios la oración de la
Iglesia y sobre todo cuando ofrece el sacrificio eucarístico ».(73) Es
necesario, por tanto, que los sacerdotes sean conscientes de que nunca
deben ponerse ellos mismos o sus opiniones en el primer plano de su
ministerio, sino a Jesucristo. Todo intento de ponerse a sí mismos
como protagonistas de la acción litúrgica contradice la identidad
sacerdotal. Antes que nada, el sacerdote es servidor y tiene que
esforzarse continuamente en ser signo que, como dócil instrumento en
sus manos, se refiere a Cristo. Esto se expresa particularmente en la
humildad con la que el sacerdote dirige la acción litúrgica,
obedeciendo y correspondiendo con el corazón y la mente al rito,
evitando todo lo que pueda dar precisamente la sensación de un
protagonismo inoportuno. Recomiendo, por tanto, al clero profundizar
siempre en la conciencia del propio ministerio eucarístico como un
humilde servicio a Cristo y a su Iglesia. El sacerdocio, como decía
san Agustín, es amoris officium,(74) es el oficio del buen
pastor, que da la vida por las ovejas (cf. Jn 10,14-15).
Eucaristía y celibato sacerdotal
24. Los Padres sinodales han querido subrayar que
el sacerdocio ministerial requiere, mediante la Ordenación, la plena
configuración con Cristo. Respetando la praxis y las tradiciones
orientales diferentes, es necesario reafirmar el sentido profundo del
celibato sacerdotal, considerado justamente como una riqueza
inestimable y confirmado por la praxis oriental de elegir como obispos
sólo entre los que viven el celibato, y que tiene en gran estima la
opción por el celibato que hacen numerosos presbíteros. En efecto,
esta opción del sacerdote es una expresión peculiar de la entrega que
lo conforma con Cristo y de la entrega exclusiva de sí mismo por el
Reino de Dios.(75) El hecho de que Cristo mismo, sacerdote para
siempre, viviera su misión hasta el sacrificio de la cruz en estado de
virginidad es el punto de referencia seguro para entender el sentido
de la tradición de la Iglesia latina a este respecto. Así pues, no
basta con comprender el celibato sacerdotal en términos meramente
funcionales. En realidad, representa una especial conformación con el
estilo de vida del propio Cristo. Dicha opción es ante todo esponsal;
es una identificación con el corazón de Cristo Esposo que da la vida
por su Esposa. Junto con la gran tradición eclesial, con el Concilio
Vaticano II(76) y con los Sumos Pontífices predecesores míos,(77)
reafirmo la belleza y la importancia de una vida sacerdotal vivida en
el celibato, como signo que expresa la dedicación total y exclusiva a
Cristo, a la Iglesia y al Reino de Dios, y confirmo por tanto su
carácter obligatorio para la tradición latina. El celibato sacerdotal,
vivido con madurez, alegría y dedición, es una grandísima bendición
para la Iglesia y para la sociedad misma.
Escasez de clero y pastoral vocacional
25. A propósito del vínculo entre el sacramento del
Orden y la Eucaristía, el Sínodo se ha detenido sobre la preocupación
que ocasiona en muchas diócesis la escasez de sacerdotes. Esto ocurre
no sólo en algunas zonas de primera evangelización, sino también en
muchos países de larga tradición cristiana. Ciertamente, una
distribución del clero más ecuánime favorecería la solución del
problema. Es preciso, además, hacer un trabajo de sensibilización
capilar. Los Obispos han de implicar a los Institutos de Vida
consagrada y a las nuevas realidades eclesiales en las necesidades
pastorales, respetando su propio carisma, y pidan a todos los miembros
del clero una mayor disponibilidad para servir a la Iglesia allí dónde
sea necesario, aunque comporte sacrificio.(78) En el Sínodo se ha
discutido también sobre las iniciativas pastorales que se han de
emprender para favorecer, sobre todo en los jóvenes, la apertura
interior a la vocación sacerdotal. Esta situación no se puede
solucionar con simples medidas pragmáticas. Se ha de evitar que los
Obispos, movidos por comprensibles preocupaciones por la falta de
clero, omitan un adecuado discernimiento vocacional y admitan a la
formación específica, y a la ordenación, candidatos sin los requisitos
necesarios para el servicio sacerdotal.(79) Un clero no
suficientemente formado, admitido a la ordenación sin el debido
discernimiento, difícilmente podrá ofrecer un testimonio adecuado para
suscitar en otros el deseo de corresponder con generosidad a la
llamada de Cristo. La pastoral vocacional, en realidad, tiene que
implicar a toda la comunidad cristiana en todos sus ámbitos.(80)
Obviamente, en este trabajo pastoral capilar se incluye también la
acción de sensibilización de las familias, a menudo indiferentes si no
contrarias incluso a la hipótesis de la vocación sacerdotal. Que se
abran con generosidad al don de la vida y eduquen a los hijos a ser
disponibles ante la voluntad de Dios. En síntesis, hace falta sobre
todo tener la valentía de proponer a los jóvenes la radicalidad del
seguimiento de Cristo, mostrando su atractivo.
Gratitud y esperanza
26. Es necesario tener mayor fe y esperanza en la
iniciativa divina. Aunque en algunas regiones haya escasez de clero,
nunca debe faltar la confianza de que Cristo sigue suscitando hombres
que, dejando cualquier otra ocupación, se dediquen totalmente a la
celebración de los sagrados misterios, a la predicación del Evangelio
y al ministerio pastoral. Deseo aprovechar esta ocasión para dar las
gracias, en nombre de la Iglesia entera, a todos los Obispos y
presbíteros que desempeñan fielmente su propia misión con dedicación y
entrega. Naturalmente, el agradecimiento de la Iglesia es también para
los diáconos, a los cuales se les impone las manos «no para el
sacerdocio sino para el servicio».(81) Como ha recomendado la
Asamblea del Sínodo, expreso un agradecimiento especial a los
presbíteros fidei donum, que con competencia y generosa
dedicación, sin escatimar energías en el servicio a la misión de la
Iglesia, edifican la comunidad anunciando la Palabra de Dios y
partiendo el Pan de Vida.(82) En fin, hay que dar gracias a Dios por
tantos sacerdotes que han sufrido hasta el sacrificio de la propia
vida por servir a Cristo. En ellos se ve de manera elocuente lo que
significa ser sacerdote hasta el fondo. Se trata de testimonios
conmovedores que pueden inspirar a tantos jóvenes a seguir a Cristo y
a dar su vida por los demás, encontrando así la vida verdadera.
V. Eucaristía
y Matrimonio
Eucaristía, sacramento esponsal
27. La Eucaristía, sacramento de la caridad,
muestra una particular relación con el amor entre el hombre y la mujer
unidos en matrimonio. Profundizar en esta relación es una necesidad
propia de nuestro tiempo.(83) El Papa Juan Pablo II ha tenido muchas
veces ocasión de afirmar el carácter esponsal de la Eucaristía y su
peculiar relación con el sacramento del Matrimonio: « La Eucaristía es
el sacramento de nuestra redención. Es el sacramento del Esposo, de la
Esposa ».(84) Por otra parte, « toda la vida cristiana está marcada
por el amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. Ya el Bautismo,
entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio nupcial. Es, por así
decirlo, como el baño de bodas que precede al banquete de bodas, la
Eucaristía ».(85) La Eucaristía corrobora de manera inagotable la
unidad y el amor indisolubles de cada Matrimonio cristiano. En él, por
medio del sacramento, el vínculo conyugal se encuentra intrínsecamente
ligado a la unidad eucarística entre Cristo esposo y la Iglesia esposa
(cf. Ef 5,31-32). El consentimiento recíproco que marido y
mujer se dan en Cristo, y que los constituye en comunidad de vida y
amor, tiene también una dimensión eucarística. En efecto, en la
teología paulina, el amor esponsal es signo sacramental del amor de
Cristo a su Iglesia, un amor que alcanza su punto culminante en la
Cruz, expresión de sus « nupcias » con la humanidad y, al mismo
tiempo, origen y centro de la Eucaristía. Por eso, la Iglesia
manifiesta una cercanía espiritual particular a todos los que han
fundado sus familias en el sacramento del Matrimonio.(86) La familia
—iglesia doméstica (87)— es un ámbito primario de la vida de la
Iglesia, especialmente por el papel decisivo respecto a la educación
cristiana de los hijos.(88) En este contexto, el Sínodo ha recomendado
también destacar la misión singular de la mujer en la familia y en la
sociedad, una misión que debe ser defendida, salvaguardada y
promovida.(89) Ser esposa y madre es una realidad imprescindible que
nunca debe ser menospreciada.
Eucaristía y unidad del matrimonio
28. Precisamente a la luz de esta relación
intrínseca entre matrimonio, familia y Eucaristía se pueden considerar
algunos problemas pastorales. El vínculo fiel, indisoluble y exclusivo
que une a Cristo con la Iglesia, y que tiene su expresión sacramental
en la Eucaristía, se corresponde con el dato antropológico originario
según el cual el hombre debe estar unido de modo definitivo a una sola
mujer y viceversa (cf. Gn 2,24; Mt 19,5). En este orden
de ideas, el Sínodo de los Obispos ha afrontado el tema de la praxis
pastoral respecto a quien, proviniendo de culturas en que se practica
la poligamia, se encuentra con el anuncio del Evangelio. Quienes se
hallan en dicha situación, y se abren a la fe cristiana, deben ser
ayudados a integrar su proyecto humano en la novedad radical de
Cristo. En el proceso del catecumenado, Cristo los asiste en su
condición específica y los llama a la plena verdad del amor a través
de las renuncias necesarias, en vista de la comunión eclesial
perfecta. La Iglesia los acompaña con una pastoral llena de
comprensión y también de firmeza,(90) sobre todo enseñándoles la luz
de los misterios cristianos que se refleja en la naturaleza y los
afectos humanos.
Eucaristía e indisolubilidad del matrimonio
29. Puesto que la Eucaristía expresa el amor
irreversible de Dios en Cristo por su Iglesia, se entiende por qué
ella requiere, en relación con el sacramento del Matrimonio, esa
indisolubilidad a la que aspira todo verdadero amor.(91) Por tanto, es
más que justificada la atención pastoral que el Sínodo ha dedicado a
las situaciones dolorosas en que se encuentran bastantes fieles que,
después de haber celebrado el sacramento del Matrimonio, se han
divorciado y contraído nuevas nupcias. Se trata de un problema
pastoral difícil y complejo, una verdadera plaga en el contexto social
actual, que afecta de manera creciente incluso a los ambientes
católicos. Los Pastores, por amor a la verdad, están obligados a
discernir bien las diversas situaciones, para ayudar espiritualmente
de modo adecuado a los fieles implicados.(92) El Sínodo de los Obispos
ha confirmado la praxis de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura
(cf. Mc 10,2-12), de no admitir a los sacramentos a los
divorciados casados de nuevo, porque su estado y su condición de vida
contradicen objetivamente esa unión de amor entre Cristo y la Iglesia
que se significa y se actualiza en la Eucaristía. Sin embargo, los
divorciados vueltos a casar, a pesar de su situación, siguen
perteneciendo a la Iglesia, que los sigue con especial atención, con
el deseo de que, dentro de lo posible, cultiven un estilo de vida
cristiano mediante la participación en la santa Misa, aunque sin
comulgar, la escucha de la Palabra de Dios, la Adoración eucarística,
la oración, la participación en la vida comunitaria, el diálogo con un
sacerdote de confianza o un director espiritual, la entrega a obras de
caridad, de penitencia, y la tarea educativa de los hijos.
Donde existan dudas legítimas sobre la validez del
Matrimonio sacramental contraído, se debe hacer lo que sea necesario
para averiguar su fundamento. Es preciso también asegurar, con pleno
respeto del derecho canónico,(93) que haya tribunales eclesiásticos en
el territorio, su carácter pastoral, así como su correcta y pronta
actuación.(94) En cada diócesis ha de haber un número suficiente de
personas preparadas para el adecuado funcionamiento de los tribunales
eclesiásticos. Recuerdo que « es una obligación grave hacer que la
actividad institucional de la Iglesia en los tribunales sea cada vez
más cercana a los fieles ».(95) Sin embargo, se ha de evitar que la
preocupación pastoral sea interpretada como una contraposición con el
derecho. Más bien se debe partir del presupuesto de que el amor por
la verdad es el punto de encuentro fundamental entre el derecho y
la pastoral: en efecto, la verdad nunca es abstracta, sino que « se
integra en el itinerario humano y cristiano de cada fiel ».(96) Por
esto, cuando no se reconoce la nulidad del vínculo matrimonial y se
dan las condiciones objetivas que hacen la convivencia irreversible de
hecho, la Iglesia anima a estos fieles a esforzarse en vivir su
relación según las exigencias de la ley de Dios, como amigos, como
hermano y hermana; así podrán acercarse a la mesa eucarística, según
las disposiciones previstas por la praxis eclesial. Para que semejante
camino sea posible y produzca frutos, debe contar con la ayuda de los
pastores y con iniciativas eclesiales apropiadas, evitando en todo
caso la bendición de estas relaciones, para que no surjan confusiones
entre los fieles sobre del valor del matrimonio.(97)
Debido a la complejidad del contexto cultural en
que vive la Iglesia en muchos países, el Sínodo recomienda tener el
máximo cuidado pastoral en la formación de los novios y en la
verificación previa de sus convicciones sobre los compromisos
irrenunciables para la validez del sacramento del Matrimonio. Un
discernimiento serio sobre este punto podrá evitar que los dos
jóvenes, movidos por impulsos emotivos o razones superficiales, asuman
responsabilidades que luego no sabrían respetar.(98) El bien que la
Iglesia y toda la sociedad esperan del Matrimonio, y de la familia
fundada sobre él, es demasiado grande como para no ocuparse a fondo de
este ámbito pastoral específico. Matrimonio y familia son
instituciones que deben ser promovidas y protegidas de cualquier
equívoco posible sobre su auténtica verdad, porque el daño que se les
hace provoca de hecho una herida a la convivencia humana como tal.
Eucaristía y
escatología
Eucaristía: don al hombre en camino
30. Si es cierto que los sacramentos son una
realidad propia de la Iglesia peregrina en el tiempo(99) hacia la
plena manifestación de la victoria de Cristo resucitado, también es
igualmente cierto que, especialmente en la liturgia eucarística, se
nos da a pregustar el cumplimiento escatológico hacia el cual se
encamina todo hombre y toda la creación (cf. Rm 8,19 ss.). El
hombre ha sido creado para la felicidad eterna y verdadera, que sólo
el amor de Dios puede dar. Pero nuestra libertad herida se perdería si
no fuera posible, ya desde ahora, experimentar algo del cumplimiento
futuro. Por otra parte, todo hombre, para poder caminar en la justa
dirección, necesita ser orientado hacia la meta final. Esta meta
última, en realidad, es el mismo Cristo Señor, vencedor del pecado y
la muerte, que se nos hace presente de modo especial en la Celebración
eucarística. De este modo, aún siendo todavía como « extranjeros y
forasteros » (1 P 2,11) en este mundo, participamos ya por la
fe de la plenitud de la vida resucitada. El banquete eucarístico,
revelando su dimensión fuertemente escatológica, viene en ayuda de
nuestra libertad en camino.
El banquete escatológico
31. Reflexionando sobre este misterio, podemos
decir que, con su venida, Jesús se ha puesto en relación con la
expectativa del pueblo de Israel, de toda la humanidad y, en el fondo,
de la creación misma. Con el don de sí mismo, ha inaugurado
objetivamente el tiempo escatológico. Cristo ha venido para congregar
al Pueblo de Dios disperso (cf. Jn 11,52), manifestando
claramente la intención de reunir la comunidad de la alianza, para
llevar a cumplimiento las promesas que Dios hizo a los antiguos padres
(cf. Jr 23,3; 31,10; Lc 1,55.70). En la llamada de los
Doce, que tiene una clara relación con las doce tribus de Israel, y en
el mandato que se les hace en la última Cena, antes de su Pasión
redentora, de celebrar su memorial, Jesús ha manifestado que quería
trasladar a toda la comunidad fundada por Él la tarea de ser, en la
historia, signo e instrumento de esa reunión escatológica, iniciada en
Él. Así pues, en cada Celebración eucarística se realiza
sacramentalmente la reunión escatológica del Pueblo de Dios. El
banquete eucarístico es para nosotros anticipación real del banquete
final, anunciado por los profetas (cf. Is 25,6-9) y descrito en
el Nuevo Testamento como « las bodas del cordero » (Ap 19,7-9),
que se ha de celebrar en la alegría de la comunión de los santos.(100)
Oración por los difuntos
32. La Celebración eucarística, en la que
anunciamos la muerte del Señor, proclamamos su resurrección, en la
espera de su venida, es prenda de la gloria futura en la que serán
glorificados también nuestros cuerpos. La esperanza de la resurrección
de la carne y la posibilidad de encontrar de nuevo, cara a cara, a
quienes nos han precedido en el signo de la fe, se fortalece en
nosotros mediante la celebración del Memorial de nuestra salvación. En
esta perspectiva, junto con los Padres sinodales, quisiera recordar a
todos los fieles la importancia de la oración de sufragio por los
difuntos, y en particular la celebración de santas Misas por
ellos,(101) para que, una vez purificados, lleguen a la visión
beatífica de Dios. Al descubrir la dimensión escatológica que tiene la
Eucaristía, celebrada y adorada, se nos ayuda en nuestro camino y se
nos conforta con la esperanza de la gloria (cf. Rm 5,2; Tt
2,13).
Eucaristía y la Virgen María
33. La relación entre la Eucaristía y cada
sacramento, y el significado escatológico de los santos Misterios,
ofrecen en su conjunto el perfil de la vida cristiana, llamada a ser
en todo momento culto espiritual, ofrenda de sí misma agradable a
Dios. Y si bien es cierto que todos nosotros estamos todavía en camino
hacia el pleno cumplimiento de nuestra esperanza, esto no quita que se
pueda reconocer ya ahora, con gratitud, que todo lo que Dios nos ha
dado encuentra realización perfecta en la Virgen María, Madre de Dios
y Madre nuestra: su Asunción al cielo en cuerpo y alma es para
nosotros un signo de esperanza segura, ya que, como peregrinos en el
tiempo, nos indica la meta escatológica que el sacramento de la
Eucaristía nos hace pregustar ya desde ahora.
En María Santísima vemos también perfectamente
realizado el modo sacramental con que Dios, en su iniciativa
salvadora, se acerca e implica a la criatura humana. María de Nazaret,
desde la Anunciación a Pentecostés, aparece como la persona cuya
libertad está totalmente disponible a la voluntad de Dios. Su
Inmaculada Concepción se manifiesta propiamente en la docilidad
incondicional a la Palabra divina. La fe obediente es la forma que
asume su vida en cada instante ante la acción de Dios. Virgen a la
escucha, vive en plena sintonía con la voluntad divina; conserva en su
corazón las palabras que le vienen de Dios y, formando con ellas como
un mosaico, aprende a comprenderlas más a fondo (cf. Lc
2,19.51). María es la gran creyente que, llena de confianza, se pone
en las manos de Dios, abandonándose a su voluntad.(102) Este misterio
se intensifica hasta a llegar a la total implicación en la misión
redentora de Jesús. Como ha afirmado el Concilio Vaticano II, « la
Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo
fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de
Dios, estuvo de pie (cf. Jn 19,25), sufrió intensamente con su
Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de Madre que, llena de
amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima.
Finalmente, Jesucristo, agonizando en la cruz, la dio como madre al
discípulo con estas palabras: Mujer, ahí tienes a tu hijo ».(103)
Desde la Anunciación hasta la Cruz, María es aquélla que acoge la
Palabra que se hizo carne en ella y que enmudece en el silencio de la
muerte. Finalmente, ella es quien recibe en sus brazos el cuerpo
entregado, ya exánime, de Aquél que de verdad ha amado a los suyos «
hasta el extremo » (Jn 13,1).
Por esto, cada vez que en la Liturgia eucarística
nos acercamos al Cuerpo y Sangre de Cristo, nos dirigimos también a
Ella que, adhiriéndose plenamente al sacrificio de Cristo, lo ha
acogido para toda la Iglesia. Los Padres sinodales han afirmado que «
María inaugura la participación de la Iglesia en el sacrificio del
Redentor ».(104) Ella es la Inmaculada que acoge incondicionalmente el
don de Dios y, de esa manera, se asocia a la obra de la salvación.
María de Nazaret, icono de la Iglesia naciente, es el modelo de cómo
cada uno de nosotros está llamado a recibir el don que Jesús hace de
sí mismo en la Eucaristía.
SEGUNDA PARTE
EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CELEBRAR
«Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el
pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del
cielo» (Jn 6,32)
Lex orandi y lex credendi
34. El Sínodo de los Obispos ha reflexionado mucho
sobre la relación intrínseca entre fe eucarística y celebración,
poniendo de relieve el nexo entre lex orandi y lex credendi,
y subrayando la primacía de la acción litúrgica. Es necesario
vivir la Eucaristía como misterio de la fe celebrado auténticamente,
teniendo conciencia clara de que « el intellectus fidei está
originariamente siempre en relación con la acción litúrgica de la
Iglesia ».(105) En este ámbito, la reflexión teológica nunca puede
prescindir del orden sacramental instituido por Cristo mismo. Por otra
parte, la acción litúrgica nunca puede ser considerada genéricamente,
prescindiendo del misterio de la fe. En efecto, la fuente de nuestra
fe y de la liturgia eucarística es el mismo acontecimiento: el don que
Cristo ha hecho de sí mismo en el Misterio pascual.
Belleza y liturgia
35. La relación entre el misterio creído y
celebrado se manifiesta de modo peculiar en el valor teológico y
litúrgico de la belleza. En efecto, la liturgia, como también la
Revelación cristiana, está vinculada intrínsecamente con la belleza:
es veritatis splendor. En la liturgia resplandece el Misterio
pascual mediante el cual Cristo mismo nos atrae hacia sí y nos llama a
la comunión. En Jesús, como solía decir san Buenaventura, contemplamos
la belleza y el fulgor de los orígenes.(106) Este atributo al que nos
referimos no es mero esteticismo sino el modo en que nos llega, nos
fascina y nos cautiva la verdad del amor de Dios en Cristo,
haciéndonos salir de nosotros mismos y atrayéndonos así hacia nuestra
verdadera vocación: el amor.(107) Ya en la creación, Dios se deja
entrever en la belleza y la armonía del cosmos (cf. Sb 13,5;
Rm 1,19-20). Encontramos después en el Antiguo Testamento grandes
signos del esplendor de la potencia de Dios, que se manifiesta con su
gloria a través de los prodigios hechos en el pueblo elegido (cf.
Ex 14; 16,10; 24,12-18; Nm 14,20-23). En el Nuevo
Testamento se llega definitivamente a esta epifanía de belleza en la
revelación de Dios en Jesucristo.(108) Él es la plena manifestación de
la gloria divina. En la glorificación del Hijo resplandece y se
comunica la gloria del Padre (cf. Jn 1,14; 8,54; 12,28; 17,1).
Sin embargo, esta belleza no es una simple armonía de formas; « el más
bello de los hombres » (Sal 45[44],33) es también,
misteriosamente, quien no tiene « aspecto atrayente, despreciado y
evitado por los hombres [...], ante el cual se ocultan los rostros » (Is
53,2). Jesucristo nos enseña cómo la verdad del amor sabe también
transfigurar el misterio oscuro de la muerte en la luz radiante de la
resurrección. Aquí el resplandor de la gloria de Dios supera toda
belleza mundana. La verdadera belleza es el amor de Dios que se ha
revelado definitivamente en el Misterio pascual.
La belleza de la liturgia es parte de este
misterio; es expresión eminente de la gloria de Dios y, en cierto
sentido, un asomarse del Cielo sobre la tierra. El memorial del
sacrificio redentor lleva en sí mismo los rasgos de aquel resplandor
de Jesús del cual nos han dado testimonio Pedro, Santiago y Juan
cuando el Maestro, de camino hacia Jerusalén, quiso transfigurarse
ante ellos (cf. Mc 9,2). La belleza, por tanto, no es un
elemento decorativo de la acción litúrgica; es más bien un elemento
constitutivo, ya que es un atributo de Dios mismo y de su revelación.
Conscientes de todo esto, hemos de poner gran atención para que la
acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza.
La
celebración eucarística, obra del «Christus totus»
Christus totus in capite et in corpore
36. La belleza intrínseca de la liturgia tiene como
sujeto propio a Cristo resucitado y glorificado en el Espíritu Santo
que, en su actuación, incluye a la Iglesia.(109) En esta perspectiva,
es muy sugestivo recordar las palabras de san Agustín que describen
elocuentemente esta dinámica de fe propia de la Eucaristía. El gran
santo de Hipona, refiriéndose precisamente al Misterio eucarístico,
pone de relieve cómo Cristo mismo nos asimila a sí: « Este pan que
vosotros veis sobre el altar, santificado por la palabra de Dios, es
el cuerpo de Cristo. Este cáliz, mejor dicho, lo que contiene el
cáliz, santificado por la palabra de Dios, es sangre de Cristo. Por
medio de estas cosas quiso el Señor dejarnos su cuerpo y sangre, que
derramó para la remisión de nuestros pecados. Si lo habéis recibido
dignamente, vosotros sois eso mismo que habéis recibido ».(110) Por lo
tanto, « no sólo nos hemos convertido en cristianos, sino en Cristo
mismo ».(111) Podemos contemplar así la acción misteriosa de Dios que
comporta la unidad profunda entre nosotros y el Señor Jesús: « En
efecto, no se ha de creer que Cristo esté en la cabeza sin estar
también en el cuerpo, sino que está enteramente en la cabeza y en el
cuerpo ».(112)
Eucaristía y Cristo resucitado
37. Puesto que la liturgia eucarística es
esencialmente actio Dei que nos une a Jesús a través del
Espíritu, su fundamento no está sometido a nuestro arbitrio ni puede
ceder a la presión de la moda del momento. En esto también es válida
la afirmación indiscutible de san Pablo: « Nadie puede poner otro
cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo » (1 Co 3,11).
El Apóstol de los gentiles nos asegura además que, por lo que se
refiere a la Eucaristía, no nos transmite su doctrina personal, sino
lo que él, a su vez, ha recibido (cf. 1 Co 11,23). En efecto,
la celebración de la Eucaristía implica la Tradición viva. A partir de
la experiencia del Resucitado y de la efusión del Espíritu Santo, la
Iglesia celebra el Sacrificio eucarístico obedeciendo el mandato de
Cristo. Por este motivo, al inicio, la comunidad cristiana se reúne el
día del Señor para la fractio panis. El día en que Cristo ha
resucitado de entre los muertos, el domingo, es también el primer día
de la semana, el día que según la tradición veterotestamentaria
representaba el principio de la creación. Ahora, el día de la creación
se ha convertido en el día de la « nueva creación », el día de nuestra
liberación en el que conmemoramos a Cristo muerto y resucitado.(113)
Ars celebrandi
38. En los trabajos sinodales se ha insistido
varias veces en la necesidad de superar cualquier posible separación
entre el ars celebrandi, es decir, el arte de celebrar
rectamente, y la participación plena, activa y fructuosa de todos los
fieles. Efectivamente, el primer modo con el que se favorece la
participación del Pueblo de Dios en el Rito sagrado es la adecuada
celebración del Rito mismo. El ars celebrandi es la mejor
premisa para la actuosa participatio.(114) El ars celebrandi
proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud,
pues es precisamente este modo de celebrar lo que asegura desde hace
dos mil años la vida de fe de todos los creyentes, los cuales están
llamados a vivir la celebración como Pueblo de Dios, sacerdocio real,
nación santa (cf. 1 P 2,4-5.9).(115)
El Obispo, liturgo por excelencia
39. Si bien es cierto que todo el Pueblo de Dios
participa en la Liturgia eucarística, en el correcto ars celebrandi tienen un papel imprescindible los que han recibido el sacramento
del Orden. Obispos, sacerdotes y diáconos, cada uno según su propio
grado, han de considerar la celebración como su deber principal.(116)
En primer lugar el Obispo diocesano: en efecto, él, como « primer
dispensador de los misterios de Dios en la Iglesia particular a él
confiada, es el guía, el promotor y custodio de toda la vida litúrgica
».(117) Todo esto es decisivo para la vida de la Iglesia particular,
no sólo porque la comunión con el Obispo es la condición para que toda
celebración en su territorio sea legítima, sino también porque él
mismo es por excelencia el liturgo de su propia Iglesia.(118) A él
corresponde salvaguardar la unidad concorde de las celebraciones en su
diócesis. Por tanto, ha de ser un « compromiso del Obispo hacer que
los presbíteros, diáconos y los fieles comprendan cada vez mejor el
sentido auténtico de los ritos y los textos litúrgicos, y así se les
guíe hacia una celebración de la Eucaristía activa y fructuosa ».(119)
En particular, exhorto a cumplir todo lo necesario para que las
celebraciones litúrgicas oficiadas por el Obispo en la iglesia
Catedral respeten plenamente el ars celebrandi, de modo que
puedan ser consideradas como modelo para todas las iglesias de su
territorio.(120)
Respeto de los libros litúrgicos y de la
riqueza de los signos
40. Por consiguiente, al subrayar la importancia
del ars celebrandi, se pone de relieve el valor de las normas
litúrgicas.(121) El ars celebrandi ha de favorecer el sentido
de lo sagrado y el uso de las formas exteriores que educan para ello,
como, por ejemplo, la armonía del rito, los ornamentos litúrgicos, la
decoración y el lugar sagrado. Favorece la celebración eucarística que
los sacerdotes y los responsables de la pastoral litúrgica se
esfuercen en dar a conocer los libros litúrgicos vigentes y las
respectivas normas, resaltando las grandes riquezas de la
Ordenación General del Misal Romano y de la
Ordenación de las
Lecturas de la Misa. En las comunidades eclesiales se da quizás por
descontado que se conocen y aprecian, pero a menudo no es así. En
realidad, son textos que contienen riquezas que custodian y expresan
la fe, así como el camino del Pueblo de Dios a lo largo de dos
milenios de historia. Para una adecuada ars celebrandi
es
igualmente importante la atención a todas las formas de lenguaje
previstas por la liturgia: palabra y canto, gestos y silencios,
movimiento del cuerpo, colores litúrgicos de los ornamentos. En
efecto, la liturgia tiene por su naturaleza una variedad de formas de
comunicación que abarcan todo el ser humano. La sencillez de los
gestos y la sobriedad de los signos, realizados en el orden y en los
tiempos previstos, comunican y atraen más que la artificiosidad de
añadiduras inoportunas. La atención y la obediencia de la estructura
propia del ritual, a la vez que manifiestan el reconocimiento del
carácter de la Eucaristía como don, expresan la disposición del
ministro para acoger con dócil gratitud dicho don inefable.
El arte al servicio de la celebración
41. La relación profunda entre la belleza y la
liturgia nos lleva a considerar con atención todas las expresiones
artísticas que se ponen al servicio de la celebración.(122) Un
elemento importante del arte sacro es ciertamente la arquitectura
de las iglesias,(123) en las que debe resaltar la unidad entre los
elementos propios del presbiterio: altar, crucifijo, tabernáculo,
ambón, sede. A este respecto, se ha de tener presente que el objetivo
de la arquitectura sacra es ofrecer a la Iglesia, que celebra los
misterios de la fe, en particular la Eucaristía, el espacio más apto
para el desarrollo adecuado de su acción litúrgica.(124) En efecto, la
naturaleza del templo cristiano se define por la acción litúrgica
misma, que implica la reunión de los fieles (ecclesia), los
cuales son las piedras vivas del templo (cf. 1 P 2,5).
El mismo principio vale para todo el arte sacro,
especialmente la pintura y la escultura, en los que la iconografía
religiosa se ha de orientar a la mistagogía sacramental. Un
conocimiento profundo de las formas que el arte sacro ha producido a
lo largo de los siglos puede ser de gran ayuda para los que tienen la
responsabilidad de encomendar a arquitectos y artistas obras
relacionadas con la acción litúrgica. Por tanto, es indispensable que
en la formación de los seminaristas y de los sacerdotes se incluya la
historia del arte como materia importante, con especial referencia a
los edificios de culto, según las normas litúrgicas. Es necesario que
en todo lo que concierne a la Eucaristía haya gusto por la belleza. Se
debe también respetar y cuidar los ornamentos, la decoración, los
vasos sagrados, para que, dispuestos de modo orgánico y ordenado entre
sí, fomenten el asombro ante el misterio de Dios, manifiesten la
unidad de la fe y refuercen la devoción.(125)
El canto litúrgico
42. En el ars celebrandi
desempeña un papel
importante el canto litúrgico.(126) Con razón afirma san Agustín en un
famoso sermón: « El hombre nuevo conoce el cántico nuevo. El cantar es
función de alegría y, si lo consideramos atentamente, función de amor
».(127) El Pueblo de Dios reunido para la celebración canta las
alabanzas de Dios. La Iglesia, en su bimilenaria historia, ha
compuesto y sigue componiendo música y cantos que son un patrimonio de
fe y de amor que no se ha de perder. Ciertamente, no podemos decir que
en la liturgia sirva cualquier canto. A este respecto, se ha de evitar
la fácil improvisación o la introducción de géneros musicales no
respetuosos del sentido de la liturgia. Como elemento litúrgico, el
canto debe estar en consonancia con la identidad propia de la
celebración.(128) Por consiguiente, todo —el texto, la melodía, la
ejecución— ha de corresponder al sentido del misterio celebrado, a las
partes del rito y a los tiempos litúrgicos.(129) Finalmente, si bien
se han de tener en cuenta las diversas tendencias y tradiciones tan
loables, deseo, como han pedido los Padres sinodales, que se valore
adecuadamente el canto gregoriano(130) como canto propio de la
liturgia romana.(131)
Estructura de la
celebración eucarística
43. Después de haber recordado los elementos
básicos del ars celebrandi puestos de relieve en los trabajos
sinodales, quisiera llamar la atención de modo más concreto sobre
algunas partes de la estructura de la celebración eucarística que
requieren un especial cuidado en nuestro tiempo, para ser fieles a la
intención profunda de la renovación litúrgica deseada por el Concilio
Vaticano II, en continuidad con toda la gran tradición eclesial.
Unidad intrínseca de la acción litúrgica
44. Ante todo, hay que considerar la unidad
intrínseca del rito de la santa Misa. Se ha de evitar que, tanto en la
catequesis como en el modo de la celebración, se dé lugar a una visión
yuxtapuesta de las dos partes del rito. La liturgia de la Palabra y la
liturgia eucarística —además de los ritos de introducción y
conclusión— « están estrechamente unidas entre sí y forman un único
acto de culto ».(132) En efecto, la Palabra de Dios y la Eucaristía
están intrínsecamente unidas. Escuchando la Palabra de Dios nace o se
fortalece la fe (cf. Rm 10,17); en la Eucaristía, el Verbo
hecho carne se nos da como alimento espiritual.(133) Así pues, « la
Iglesia recibe y ofrece a los fieles el Pan de vida en las dos mesas
de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo ».(134) Por tanto, se ha
de tener constantemente presente que la Palabra de Dios, que la
Iglesia lee y proclama en la liturgia, lleva a la Eucaristía como a su
fin connatural.
Liturgia de la Palabra
45. Junto con el Sínodo, pido que la liturgia de la
Palabra se prepare y se viva siempre de manera adecuada. Por tanto,
recomiendo vivamente que en la liturgia se ponga gran atención a la
proclamación de la Palabra de Dios por parte de lectores bien
instruidos. Nunca olvidemos que « cuando se leen en la Iglesia las
Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su Pueblo, y Cristo, presente
en su palabra, anuncia el Evangelio ».(135) Si las circunstancias lo
aconsejan, se puede pensar en unas breves moniciones que ayuden a los
fieles a una mejor disposición. Para comprenderla bien, la Palabra de
Dios ha de ser escuchada y acogida con espíritu eclesial y siendo
conscientes de su unidad con el Sacramento eucarístico. En efecto, la
Palabra que anunciamos y escuchamos es el Verbo hecho carne (cf. Jn 1,14), y hace referencia intrínseca a la persona de Cristo y a su
permanencia de manera sacramental. Cristo no habla en el pasado, sino
en nuestro presente, ya que Él mismo está presente en la acción
litúrgica. En esta perspectiva sacramental de la revelación
cristiana,(136) el conocimiento y el estudio de la Palabra de Dios nos
permite apreciar, celebrar y vivir mejor la Eucaristía. A este
respecto, se aprecia también en toda su verdad la afirmación, según la
cual « desconocer la Escritura es desconocer a Cristo ».(137)
Para lograr todo esto es necesario ayudar a los
fieles a apreciar los tesoros de la Sagrada Escritura en el
leccionario, mediante iniciativas pastorales, celebraciones de la
Palabra y la lectura meditada (lectio divina). Tampoco se ha de
olvidar promover las formas de oración conservadas en la tradición, la
Liturgia de las Horas, sobre todo Laudes, Vísperas, Completas y
también las celebraciones de vigilias. El rezo de los Salmos, las
lecturas bíblicas y las de la gran tradición del Oficio divino pueden
llevar a una experiencia profunda del acontecimiento de Cristo y de la
economía de la salvación, que a su vez puede enriquecer la comprensión
y la participación en la celebración eucarística.(138)
Homilía
46. La necesidad de mejorar la calidad de la
homilía está en relación con la importancia de la Palabra de Dios. En
efecto, ésta « es parte de la acción litúrgica »; (139) tiene el
cometido de favorecer una mejor comprensión y eficacia de la Palabra
de Dios en la vida de los fieles. Por eso los ministros ordenados han
de « preparar la homilía con esmero, basándose en un conocimiento
adecuado de la Sagrada Escritura ».(140) Han de evitarse homilías
genéricas o abstractas. En particular, pido a los ministros un
esfuerzo para que la homilía ponga la Palabra de Dios proclamada en
estrecha relación con la celebración sacramental(141) y con la vida de
la comunidad, de modo que la Palabra de Dios sea realmente sustento y
vigor de la Iglesia.(142) Se ha de tener presente, por tanto, la
finalidad catequética y exhortativa de la homilía. Es conveniente que,
partiendo del leccionario trienal, se prediquen a los fieles homilías
temáticas que, a lo largo del año litúrgico, traten los grandes temas
de la fe cristiana, según lo que el Magisterio propone en los cuatro «
pilares » del Catecismo
de la Iglesia Católica y en su reciente Compendio:
la profesión de la fe, la celebración del misterio cristiano, la vida
en Cristo y la oración cristiana.(143)
Presentación de las ofrendas
47. Los Padres sinodales han puesto también su
atención en la presentación de las ofrendas. Ésta no es sólo como un «
intervalo » entre la liturgia de la Palabra y la eucarística. Entre
otras razones, porque eso haría perder el sentido de un único rito con
dos partes interrelacionadas. En realidad, este gesto humilde y
sencillo tiene un sentido muy grande: en el pan y el vino que llevamos
al altar toda la creación es asumida por Cristo Redentor para ser
transformada y presentada al Padre.(144) En este sentido, llevamos
también al altar todo el sufrimiento y el dolor del mundo, conscientes
de que todo es precioso a los ojos de Dios. Este gesto, para ser
vivido en su auténtico significado, no necesita ser enfatizado con
añadiduras superfluas. Permite valorar la colaboración originaria que
Dios pide al hombre para realizar en él la obra divina y dar así pleno
sentido al trabajo humano, que mediante la celebración eucarística se
une al sacrificio redentor de Cristo.
Plegaria eucarística
48. La Plegaria eucarística es « el centro y la
cumbre de toda la celebración ».(145) Su importancia merece ser
subrayada adecuadamente. Las diversas Plegarias eucarísticas que hay
en el Misal nos han sido transmitidas por la tradición viva de la
Iglesia y se caracterizan por una riqueza teológica y espiritual
inagotable. Se ha de procurar que los fieles las aprecien. La Ordenación General del Misal Romano nos ayuda en esto,
recordándonos los elementos fundamentales de toda Plegaria
eucarística: acción de gracias, aclamación, epíclesis, relato de la
institución y consagración, anámnesis, oblación, intercesión y
doxología conclusiva.(146) En particular, la espiritualidad
eucarística y la reflexión teológica se iluminan al contemplar la
profunda unidad de la anáfora, entre la invocación del Espíritu Santo
y el relato de la institución,(147) en la que « se realiza el
sacrificio que el mismo Cristo instituyó en la última Cena ».(148) En
efecto, « la Iglesia, por medio de determinadas invocaciones, implora
la fuerza del Espíritu Santo para que los dones que han presentado los
hombres queden consagrados, es decir, se conviertan en el Cuerpo y
Sangre de Cristo, y para que la víctima inmaculada que se va a recibir
en la Comunión sea para la salvación de quienes la reciben ».(149)
Rito de la paz
49. La Eucaristía es por su naturaleza sacramento
de paz. Esta dimensión del Misterio eucarístico se expresa en la
celebración litúrgica de manera específica con el rito de la paz. Se
trata indudablemente de un signo de gran valor (cf. Jn 14,27).
En nuestro tiempo, tan lleno de conflictos, este gesto adquiere,
también desde el punto de vista de la sensibilidad común, un relieve
especial, ya que la Iglesia siente cada vez más como tarea propia
pedir a Dios el don de la paz y la unidad para sí misma y para toda la
familia humana. La paz es ciertamente un anhelo irreprimible en el
corazón de cada uno. La Iglesia se hace portavoz de la petición de paz
y reconciliación que surge del alma de toda persona de buena voluntad,
dirigiéndola a Aquél que « es nuestra paz » (Ef 2,14), y que
puede pacificar a los pueblos e individuos aun cuando fracasan las
iniciativas humanas. Por ello se comprende la intensidad con que se
vive frecuentemente el rito de la paz en la celebración litúrgica. A
este propósito, sin embargo, durante el Sínodo de los Obispos se ha
visto la conveniencia de moderar este gesto, que puede adquirir
expresiones exageradas, provocando cierta confusión en la asamblea
precisamente antes de la Comunión. Sería bueno recordar que el alto
valor del gesto no queda mermado por la sobriedad necesaria para
mantener un clima adecuado a la celebración, limitando por ejemplo el
intercambio de la paz a los más cercanos.(150)
Distribución y recepción de la Eucaristía
50. Otro momento de la celebración, al que es
necesario hacer referencia, es la distribución y recepción de la santa
Comunión. Pido a todos, en particular a los ministros ordenados y a
los que, debidamente preparados, están autorizados para el ministerio
de distribuir la Eucaristía en caso de necesidad real, que hagan lo
posible para que el gesto, en su sencillez, corresponda a su valor de
encuentro personal con el Señor Jesús en el Sacramento. Respecto a las
prescripciones para una praxis correcta, me remito a los documentos
emanados recientemente.(151) Todas las comunidades cristianas han de
atenerse fielmente a las normas vigentes, viendo en ellas la expresión
de la fe y el amor que todos han de tener respecto a este sublime
Sacramento. Tampoco se descuide el tiempo precioso de acción de
gracias después de la Comunión: además de un canto oportuno, puede ser
también muy útil permanecer recogidos en silencio.(152)
A este propósito, quisiera llamar la atención sobre
un problema pastoral con el que nos encontramos frecuentemente en
nuestro tiempo. Me refiero al hecho de que en algunas circunstancias,
como por ejemplo en las santas Misas celebradas con ocasión de bodas,
funerales o acontecimientos análogos, además de fieles practicantes,
asisten también a la celebración otros que tal vez no se acercan al
altar desde hace años, o quizás están en una situación de vida que no
les permite recibir los sacramentos. Otras veces sucede que están
presentes personas de otras confesiones cristianas o incluso de otras
religiones. Situaciones similares se producen también en iglesias que
son meta de visitantes, sobre todo en las grandes ciudades de en las
que abunda el arte. En estos casos, se ve la necesidad de usar
expresiones breves y eficaces para hacer presente a todos el sentido
de la comunión sacramental y las condiciones para recibirla. Donde se
den situaciones en las que no sea posible garantizar la debida
claridad sobre el sentido de la Eucaristía, se ha de considerar la
conveniencia de sustituir la Eucaristía con una celebración de la
Palabra de Dios.(153)
Despedida: « Ite, missa est »
51. Quisiera detenerme ahora en lo que los Padres
sinodales han dicho sobre el saludo de despedida al final de la
Celebración eucarística. Después de la bendición, el diácono o el
sacerdote despide al pueblo con las palabras: Ite, missa est.
En este saludo podemos apreciar la relación entre la Misa celebrada y
la misión cristiana en el mundo. En la antigüedad, « missa »
significaba simplemente «terminada». Sin embargo, en el uso cristiano
ha adquirido un sentido cada vez más profundo. La expresión «missa» se
transforma, en realidad, en «misión». Este saludo expresa
sintéticamente la naturaleza misionera de la Iglesia. Por tanto,
conviene ayudar al Pueblo de Dios a que, apoyándose en la liturgia,
profundice en esta dimensión constitutiva de la vida eclesial. En este
sentido, sería útil disponer de textos debidamente aprobados para la
oración sobre el pueblo y la bendición final que expresen dicha
relación.(154)
Actuosa
participatio
Auténtica participación
52. El Concilio Vaticano II puso un énfasis
particular en la participación activa, plena y fructuosa de todo el
Pueblo de Dios en la celebración eucarística.(155) Ciertamente, la
renovación llevada a cabo en estos años ha favorecido notables
progresos en la dirección deseada por los Padres conciliares. Pero no
hemos de ocultar el hecho de que, a veces, ha surgido alguna
incomprensión precisamente sobre el sentido de esta participación. Por
tanto, conviene dejar claro que con esta palabra no se quiere hacer
referencia a una simple actividad externa durante la celebración. En
realidad, la participación activa deseada por el Concilio se ha de
comprender en términos más sustanciales, partiendo de una mayor toma
de conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida
cotidiana. Sigue siendo totalmente válida la recomendación de la
Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium, que exhorta a los fieles a no asistir
a la liturgia eucarística « como espectadores mudos o extraños », sino
a participar « consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada
».(156) El Concilio prosigue la reflexión: los fieles, « instruidos
por la Palabra de Dios, reparen sus fuerzas en el banquete del Cuerpo
del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al
ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino
también juntamente con él, y se perfeccionen día a día, por Cristo
Mediador, en la unidad con Dios y entre sí ».(157)
Participación y ministerio sacerdotal
53. La belleza y armonía de la acción litúrgica se
manifiestan de manera significativa en el orden con el cual cada uno
está llamado a participar activamente. Eso comporta el reconocimiento
de las diversas funciones jerárquicas implicadas en la celebración
misma. Es útil recordar que, de por sí, la participación activa no es
lo mismo que desempeñar un ministerio particular. Sobre todo, no ayuda
a la participación activa de los fieles una confusión ocasionada por
la incapacidad de distinguir las diversas funciones que corresponden a
cada uno en la comunión eclesial.(158) En particular, es preciso que
haya claridad sobre las tareas específicas del sacerdote. Éste es,
como atestigua la tradición de la Iglesia, quien preside de modo
insustituible toda la celebración eucarística, desde el saludo inicial
a la bendición final. En virtud del Orden sagrado que ha recibido, él
representa a Jesucristo, cabeza de la Iglesia y, en la manera que le
es propia, también a la Iglesia misma.(159) En efecto, toda
celebración de la Eucaristía está dirigida por el Obispo, « ya sea
personalmente, ya por los presbíteros, sus colaboradores ».(160) Es
ayudado por el diácono, que tiene algunas funciones específicas en la
celebración: preparar el altar y prestar servicio al sacerdote,
proclamar el Evangelio, predicar eventualmente la homilía, enunciar
las intenciones en la oración universal, distribuir la Eucaristía a
los fieles.(161) En relación con estos ministerios vinculados al
sacramento del Orden, hay también otros ministerios para el servicio
litúrgico, que desempeñan religiosos y laicos preparados, lo que es de
alabar.(162)
Celebración eucarística e inculturación
54. A partir de las afirmaciones fundamentales del
Concilio Vaticano II, se ha subrayado varias veces la importancia de
la participación activa de los fieles en el Sacrificio eucarístico.
Para favorecerla se pueden permitir algunas adaptaciones apropiadas a
los diversos contextos y culturas.(163) El hecho de que haya habido
algunos abusos no disminuye la claridad de este principio, que se debe
mantener de acuerdo con las necesidades reales de la Iglesia, que vive
y celebra el mismo misterio de Cristo en situaciones culturales
diferentes. En efecto, el Señor Jesús, precisamente en el misterio de
la Encarnación, naciendo de mujer como hombre perfecto (cf. Ga
4,4), está en relación directa no sólo con las expectativas expresadas
en el Antiguo Testamento, sino también con las de todos los pueblos.
Con eso, Él ha manifestado que Dios quiere encontrarnos en nuestro
contexto vital. Por tanto, para una participación más eficaz de los
fieles en los santos Misterios, es útil proseguir el proceso de
inculturación en el ámbito de la celebración eucarística, teniendo en
cuenta las posibilidades de adaptación que ofrece la Ordenación
General del Misal Romano,(164) interpretadas a la luz de los
criterios fijados por la IV Instrucción de la Congregación para el
Culto divino y la Disciplina de los Sacramentos, Varietates
legitimae, del 25 de enero de 1994,(165) y de las directrices
dadas por el Papa Juan Pablo II en las Exhortaciones apostólicas
postsinodales Ecclesia in Africa, Ecclesia
in America,
Ecclesia in Asia, Ecclesia in Oceania,
Ecclesia in Europa.(166) Para lograr este objetivo, encomiendo
a las Conferencias Episcopales que favorezcan el adecuado equilibrio
entre los criterios y normas ya publicadas y las nuevas
adaptaciones,(167) siempre de acuerdo con la Sede Apostólica.
Condiciones personales para una « actuosa
participatio »
55. Al considerar el tema de la
actuosa
participatio de los fieles en el rito sagrado, los Padres
sinodales han resaltado también las condiciones personales de cada uno
para una fructuosa participación.(168) Una de ellas es ciertamente el
espíritu de conversión continua que ha de caracterizar la vida de cada
fiel. No se puede esperar una participación activa en la liturgia
eucarística cuando se asiste superficialmente, sin antes examinar la
propia vida. Favorece dicha disposición interior, por ejemplo, el
recogimiento y el silencio, al menos unos instantes antes de comenzar
la liturgia, el ayuno y, cuando sea necesario, la confesión
sacramental. Un corazón reconciliado con Dios permite la verdadera
participación. En particular, es preciso persuadir a los fieles de que
no puede haber una actuosa participatio en los santos Misterios
si no se toma al mismo tiempo parte activa en la vida eclesial en su
totalidad, la cual comprende también el compromiso misionero de llevar
el amor de Cristo a la sociedad.
Sin duda, la plena participación en la Eucaristía
se da cuando nos acercamos también personalmente al altar para recibir
la Comunión.(169) No obstante, se ha de poner atención para que esta
afirmación correcta no induzca a un cierto automatismo entre los
fieles, como si por el sólo hecho de encontrarse en la iglesia durante
la liturgia se tenga ya el derecho o quizás incluso el deber de
acercarse a la Mesa eucarística. Aun cuando no es posible acercarse a
la comunión sacramental, la participación en la santa Misa sigue
siendo necesaria, válida, significativa y fructuosa. En estas
circunstancias, es bueno cultivar el deseo de la plena unión con
Cristo, practicando, por ejemplo, la comunión espiritual, recordada
por Juan Pablo II(170) y recomendada por los Santos maestros de la
vida espiritual.(171)
Participación de los cristianos no católicos
56. Al tratar el tema de la participación nos
encontramos inevitablemente con el de los cristianos pertenecientes a
Iglesias o Comunidades eclesiales que no están en plena comunión con
la Iglesia Católica. A este respecto, se ha de decir que la unión
intrínseca que se da entre Eucaristía y unidad de la Iglesia nos lleva
a desear ardientemente, por un lado, el día en que podamos celebrar
junto con todos los creyentes en Cristo la divina Eucaristía y
expresar así visiblemente la plenitud de la unidad que Cristo ha
querido para sus discípulos (cf. Jn 17,21). Por otro lado, el
respeto que debemos al sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo nos
impide hacer de él un simple « medio » que se usa indiscriminadamente
para alcanzar esta misma unidad.(172) En efecto, la Eucaristía no sólo
manifiesta nuestra comunión personal con Jesucristo, sino que implica
también la plena communio con la Iglesia. Éste es, pues, el
motivo por el cual, con dolor pero no sin esperanza, pedimos a los
cristianos no católicos que comprendan y respeten nuestra convicción,
basada en la Biblia y en la Tradición. Nosotros sostenemos que la
comunión eucarística y la comunión eclesial se corresponden tan
íntimamente que hace imposible generalmente por parte de los
cristianos no católicos la participación en una sin tener la otra.
Menos sentido tendría aún una concelebración propia y verdadera con
ministros de Iglesias o Comunidades eclesiales no en plena comunión
con la Iglesia Católica. No obstante, es verdad que, de cara a la
salvación, existe la posibilidad de admitir individualmente a
cristianos no católicos a la Eucaristía, al sacramento de la
Penitencia y a la Unción de los enfermos. Pero eso sólo en situaciones
determinadas y excepcionales, caracterizadas por condiciones bien
precisas.(173) Éstas están indicadas claramente en el Catecismo
de la Iglesia Católica(174) y en su Compendio.(175) Todos tienen el deber de atenerse fielmente a
ellas.
Participación a través de los medios de
comunicación social
57. Debido al gran desarrollo de los medios de
comunicación social, la palabra « participación » ha adquirido en las
últimas décadas un sentido más amplio que en el pasado. Todos
reconocemos con satisfacción que estos instrumentos ofrecen también
nuevas posibilidades en lo que se refiere a la Celebración
eucarística.(176) Eso exige a los agentes pastorales del sector una
preparación específica y un acentuado sentido de responsabilidad. En
efecto, la santa Misa que se transmite por televisión adquiere
inevitablemente una cierta ejemplaridad. Por tanto, se ha de poner una
especial atención en que la celebración, además de hacerse en lugares
dignos y bien preparados, respete las normas litúrgicas.
Por lo que se refiere al valor de la participación
en la santa Misa que los medios de comunicación hacen posible, quien
ve y oye dichas transmisiones ha de saber que, en condiciones
normales, no cumple con el precepto dominical. En efecto, el lenguaje
de la imagen representa la realidad, pero no la reproduce en sí
misma.(177) Si es loable que ancianos y enfermos participen en la
santa Misa festiva a través de las transmisiones radiotelevisivas, no
puede decirse lo mismo de quien, mediante tales transmisiones,
quisiera dispensarse de ir al templo para la celebración eucarística
en la asamblea de la Iglesia viva.
« Actuosa participatio » de los enfermos
58. Teniendo presente la condición de los que no
pueden ir a los lugares de culto por motivos de salud o edad, quisiera
llamar la atención de toda la comunidad eclesial sobre la necesidad
pastoral de asegurar la asistencia espiritual a los enfermos, tanto a
los que están en su casa como a los que están hospitalizados. En el
Sínodo de los Obispos se ha hecho referencia a ellos varias veces. Se
ha de procurar que estos hermanos y hermanas nuestros puedan recibir
con frecuencia la Comunión sacramental. Al reforzar así la relación
con Cristo crucificado y resucitado, podrán sentir su propia vida
integrada plenamente en la vida y la misión de la Iglesia mediante la
ofrenda del propio sufrimiento en unión con el sacrificio de nuestro
Señor. Se ha de reservar una atención particular a los discapacitados;
si lo permite su condición, la comunidad cristiana ha de favorecer su
participación en la celebración en un lugar de culto. A este respecto,
se ha de procurar que los edificios sagrados no tengan obstáculos
arquitectónicos que impidan el acceso de los minusválidos. Se ha de
dar también la comunión eucarística, cuando sea posible, a los
discapacitados mentales, bautizados y confirmados: ellos reciben la
Eucaristía también en la fe de la familia o de la comunidad que los
acompaña.(178)
Atención a los presos
59. La tradición espiritual de la Iglesia,
siguiendo una indicación específica de Cristo (cf. Mt 25,36),
ha reconocido en la visita a los presos una de las obras de
misericordia corporal. Los que se encuentran en esta situación tienen
una necesidad especial de ser visitados por el Señor mismo en el
sacramento de la Eucaristía. Sentir la cercanía de la comunidad
eclesial, participar en la Eucaristía y recibir la santa Comunión en
un período de la vida tan particular y doloroso puede ayudar sin duda
en el propio camino de fe y favorecer la plena reinserción social de
la persona. Interpretando los deseos manifestados en la asamblea
sinodal pido a las diócesis que, en lo posible, pongan los medios
adecuados para una actividad pastoral que se ocupe de atender
espiritualmente a los presos.(179)
Los emigrantes y su participación en la
Eucaristía
60. Al plantearse el problema de los que se ven
obligados a dejar la propia tierra por diversos motivos, el Sínodo ha
expresado particular gratitud a los que se dedican a la atención
pastoral de los emigrantes. En este contexto, se ha de prestar una
atención especial a los emigrantes que pertenecen a las Iglesias
católicas orientales y a los que, lejos de su propia casa, tienen
dificultades para participar en la liturgia eucarística según el
propio rito de pertenencia. Por eso, donde sea posible, se les conceda
poder ser asistidos por sacerdotes de su rito. En todo caso, pido a
los Obispos que acojan en la caridad de Cristo a estos hermanos. El
encuentro entre los fieles de diversos ritos puede convertirse también
en ocasión de enriquecimiento recíproco. Pienso particularmente en el
beneficio que puede aportar, sobre todo para el clero, el conocimiento
de las diversas tradiciones.(180)
Las grandes concelebraciones
61. La asamblea sinodal ha considerado la calidad
de la participación en las grandes celebraciones que tienen lugar en
circunstancias particulares, en las que, además de un gran número de
fieles, concelebran muchos sacerdotes.(181) Por un lado, es fácil
reconocer el valor de estos momentos, especialmente cuando el Obispo
preside rodeado de su presbiterio y de los diáconos. Por otro, en
estas circunstancias se pueden producir problemas por lo que se
refiere a la expresión sensible de la unidad del presbiterio,
especialmente en la Plegaria eucarística y en la distribución de la
santa Comunión. Se ha de evitar que estas grandes concelebraciones
produzcan dispersión. Para ello, se han de prever modos adecuados de
coordinación y disponer el lugar de culto de manera que permita a los
presbíteros y a los fieles una participación plena y real. En todo
caso, se ha de tener presente que se trata de concelebraciones de
carácter excepcional y limitadas a situaciones extraordinarias.
Lengua latina
62. No obstante, lo dicho anteriormente no debe
ofuscar el valor de estas grandes liturgias. En particular, pienso en
las celebraciones que tienen lugar durante encuentros internacionales,
hoy cada vez más frecuentes. Éstas han de ser valoradas debidamente.
Para expresar mejor la unidad y universalidad de la Iglesia, quisiera
recomendar lo que ha sugerido el Sínodo de los Obispos, en sintonía
con las normas del Concilio Vaticano II: (182) exceptuadas las
lecturas, la homilía y la oración de los fieles, sería bueno que
dichas celebraciones fueran en latín; también se podrían rezar en
latín las oraciones más conocidas(183) de la tradición de la Iglesia
y, eventualmente, utilizar cantos gregorianos. Más en general, pido
que los futuros sacerdotes, desde el tiempo del seminario, se preparen
para comprender y celebrar la santa Misa en latín, además de utilizar
textos latinos y cantar en gregoriano; se procurará que los mismos
fieles conozcan las oraciones más comunes en latín y que canten en
gregoriano algunas partes de la liturgia.(184)
Celebraciones eucarísticas en pequeños grupos
63. Una situación muy distinta es la que se da en
algunas circunstancias pastorales en las que, precisamente para lograr
una participación más consciente, activa y fructuosa, se favorecen las
celebraciones en pequeños grupos. Aun reconociendo el valor formativo
que tienen estas iniciativas, conviene precisar que han de estar en
armonía con el conjunto del proyecto pastoral de la diócesis. En
efecto, dichas experiencias perderían su carácter pedagógico si se las
considerara como antagonistas o paralelas respecto a la vida de la
Iglesia particular. A este respecto, el Sínodo ha subrayado algunos
criterios a los que atenerse: los grupos pequeños han de servir para
unificar la comunidad parroquial, no para fragmentarla; esto debe ser
evaluado en la praxis concreta; estos grupos tienen que favorecer la
participación fructuosa de toda la asamblea y preservar en lo posible
la unidad de cada familia en la vida litúrgica.(185)
La celebración
participada interiormente
Catequesis mistagógica
64. La gran tradición litúrgica de la Iglesia nos
enseña que, para una participación fructuosa, es necesario esforzarse
en corresponder personalmente al misterio que se celebra mediante el
ofrecimiento a Dios de la propia vida, en unión con el sacrificio de
Cristo por la salvación del mundo entero. Por este motivo, el Sínodo
de los Obispos ha recomendado que los fieles tengan una actitud
coherente entre las disposiciones interiores y los gestos y las
palabras. Si faltara ésta, nuestras celebraciones, por muy animadas
que fueren, correrían el riesgo de caer en el ritualismo. Así pues, se
ha de promover una educación en la fe eucarística que disponga a los
fieles a vivir personalmente lo que se celebra. Ante la importancia
esencial de esta participatio personal y consciente, ¿cuáles
pueden ser los instrumentos formativos idóneos? A este respecto, los
Padres sinodales han propuesto unánimemente una catequesis de carácter
mistagógico que lleve a los fieles a adentrarse cada vez más en los
misterios celebrados.(186) En particular, por lo que se refiere a la
relación entre el ars celebrandi y la actuosa participatio,
se ha de afirmar ante todo que « la mejor catequesis sobre la
Eucaristía es la Eucaristía misma bien celebrada ».(187) En efecto,
por su propia naturaleza, la liturgia tiene una eficacia propia para
introducir a los fieles en el conocimiento del misterio celebrado.
Precisamente por ello, el itinerario formativo del cristiano en la
tradición más antigua de la Iglesia, aun sin descuidar la comprensión
sistemática de los contenidos de la fe, tuvo siempre un carácter de
experiencia, en el cual era determinante el encuentro vivo y
persuasivo con Cristo, anunciado por auténticos testigos. En este
sentido, el que introduce en los misterios es ante todo el testigo.
Dicho encuentro ahonda en la catequesis y tiene su fuente y su culmen
en la celebración de la Eucaristía. De esta estructura fundamental de
la experiencia cristiana nace la exigencia de un itinerario
mistagógico, en el cual se han de tener siempre presentes tres
elementos:
a) Ante todo, la interpretación de los
ritos a la luz de los acontecimientos salvíficos, según la
tradición viva de la Iglesia. Efectivamente, la celebración de la
Eucaristía contiene en su infinita riqueza continuas referencias a la
historia de la salvación. En Cristo crucificado y resucitado podemos
celebrar verdaderamente el centro que recapitula toda la realidad (cf.Ef
1,10). Desde el principio, la comunidad cristiana ha leído los
acontecimientos de la vida de Jesús, y en particular el misterio
pascual, en relación con todo el itinerario veterotestamentario.
b) Además, la catequesis mistagógica ha de
introducir en el significado de los signos contenidos en los ritos.
Este cometido es particularmente urgente en una época como la actual,
tan imbuida por la tecnología, en la cual se corre el riesgo de perder
la capacidad perceptiva de los signos y símbolos. Más que informar, la
catequesis mistagógica debe despertar y educar la sensibilidad de los
fieles ante el lenguaje de los signos y gestos que, unidos a la
palabra, constituyen el rito.
c) Finalmente, la catequesis mistagógica ha
de enseñar el significado de los ritos en relación con la vida
cristiana en todas sus facetas, como el trabajo y los compromisos,
el pensamiento y el afecto, la actividad y el descanso. Forma parte
del itinerario mistagógico subrayar la relación entre los misterios
celebrados en el rito y la responsabilidad misionera de los fieles. En
este sentido, el resultado final de la mistagogía es tomar conciencia
de que la propia vida es transformada progresivamente por los santos
misterios que se celebran. El objetivo de toda la educación cristiana,
por otra parte, es formar al fiel como « hombre nuevo », con una fe
adulta, que lo haga capaz de testimoniar en el propio ambiente la
esperanza cristiana que lo anima.
Para desarrollar en nuestras comunidades eclesiales
esta tarea educativa, hay que contar con formadores bien preparados.
Ciertamente, todo el Pueblo de Dios ha de sentirse comprometido en
esta formación. Cada comunidad cristiana está llamada a ser ámbito
pedagógico que introduce en los misterios que se celebran en la fe. A
este respecto, durante el Sínodo los Padres han subrayado la
conveniencia de una mayor participación de las comunidades de vida
consagrada, de los movimientos y demás grupos que, por sus propios
carismas, pueden aportar un renovado impulso a la formación
cristiana.(188) También en nuestro tiempo el Espíritu Santo prodiga la
efusión de sus dones para sostener la misión apostólica de la Iglesia,
a la cual corresponde difundir la fe y educarla hasta su madurez.(189)
Veneración de la Eucaristía
65. Un signo convincente de la eficacia que la
catequesis eucarística tiene en los fieles es sin duda el crecimiento
en ellos del sentido del misterio de Dios presente entre nosotros. Eso
se puede comprobar a través de manifestaciones específicas de
veneración de la Eucaristía, hacia la cual el itinerario mistagógico
debe introducir a los fieles.(190) Pienso, en general, en la
importancia de los gestos y de la postura, como arrodillarse durante
los momentos principales de la plegaria eucarística. Para adecuarse a
la legítima diversidad de los signos que se usan en el contexto de las
diferentes culturas, cada uno ha de vivir y expresar que es consciente
de encontrarse en toda celebración ante la majestad infinita de Dios,
que llega a nosotros de manera humilde en los signos sacramentales.
Adoración y piedad eucarística
Relación intrínseca entre celebración y
adoración
66. Uno de los momentos más intensos del Sínodo fue
cuando, junto con muchos fieles, nos desplazamos a la Basílica de San
Pedro para la adoración eucarística. Con este gesto de oración, la
asamblea de los Obispos quiso llamar la atención, no sólo con
palabras, sobre la importancia de la relación intrínseca entre
celebración eucarística y adoración. En este aspecto significativo de
la fe de la Iglesia se encuentra uno de los elementos decisivos del
camino eclesial realizado tras la renovación litúrgica querida por el
Concilio Vaticano II. Mientras la reforma daba sus primeros pasos, a
veces no se percibió de manera suficientemente clara la relación
intrínseca entre la santa Misa y la adoración del Santísimo
Sacramento. Una objeción difundida entonces se basaba, por ejemplo, en
la observación de que el Pan eucarístico no habría sido dado para ser
contemplado, sino para ser comido. En realidad, a la luz de la
experiencia de oración de la Iglesia, dicha contraposición se mostró
carente de todo fundamento. Ya decía san Agustín: «nemo autem
illam carnem manducat, nisi prius adoraverit; [...] peccemus
non adorando –
Nadie come de esta carne sin antes adorarla [...], pecaríamos si no la adoráramos».(191)
En efecto, en la Eucaristía el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro
y desea unirse a nosotros; la adoración eucarística no es si no la
continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí
misma el acto más grande de adoración de la Iglesia.(192) Recibir la
Eucaristía significa adorar al que recibimos. Precisamente así, y sólo
así, nos hacemos una sola cosa con Él y, en cierto modo, pregustamos
anticipadamente la belleza de la liturgia celestial. La adoración
fuera de la santa Misa prolonga e intensifica lo acontecido en la
misma celebración litúrgica. En efecto, « sólo en la adoración puede
madurar una acogida profunda y verdadera. Y precisamente en este acto
personal de encuentro con el Señor madura luego también la misión
social contenida en la Eucaristía y que quiere romper las barreras no
sólo entre el Señor y nosotros, sino también y sobre todo las barreras
que nos separan a los unos de los otros ».(193)
Práctica de la adoración eucarística
67. Por tanto, unido a la asamblea sinodal,
recomiendo ardientemente a los Pastores de la Iglesia y al Pueblo de
Dios la práctica de la adoración eucarística, tanto personal como
comunitaria.(194) A este respecto, será de gran ayuda una catequesis
adecuada en la que se explique a los fieles la importancia de este
acto de culto que permite vivir más profundamente y con mayor fruto la
celebración litúrgica. Además, cuando sea posible, sobre todo en los
lugares más poblados, será conveniente indicar las iglesias u
oratorios que se pueden dedicar a la adoración perpetua. Recomiendo
también que en la formación catequética, sobre todo en el ciclo de
preparación para la Primera Comunión, se inicie a los niños en el
significado y belleza de estar junto a Jesús, fomentando el asombro
por su presencia en la Eucaristía.
Además, quisiera expresar admiración y apoyo a los
Institutos de vida consagrada cuyos miembros dedican una parte
importante de su tiempo a la adoración eucarística. De este modo
ofrecen a todos el ejemplo de personas que se dejan plasmar por la
presencia real del Señor. Al mismo tiempo, deseo animar a las
asociaciones de fieles, así como a las Cofradías, que tienen esta
práctica como un compromiso especial, siendo así fermento de
contemplación para toda la Iglesia y llamada a la centralidad de
Cristo para la vida de los individuos y de las comunidades.
Formas de devoción eucarística
68. La relación personal que cada fiel establece
con Jesús, presente en la Eucaristía, lo pone siempre en contacto con
toda la comunión eclesial, haciendo que tome conciencia de su
pertenencia al Cuerpo de Cristo. Por eso, además de invitar a los
fieles a encontrar personalmente tiempo para estar en oración ante el
Sacramento del altar, pido a las parroquias y a otros grupos
eclesiales que promuevan momentos de adoración comunitaria.
Obviamente, conservan todo su valor las formas de devoción eucarística
ya existentes. Pienso, por ejemplo, en las procesiones eucarísticas,
sobre todo la procesión tradicional en la solemnidad del Corpus
Christi, en la práctica piadosa de las Cuarenta Horas, en los
Congresos eucarísticos locales, nacionales e internacionales, y en
otras iniciativas análogas. Estas formas de devoción, debidamente
actualizadas y adaptadas a las diversas circunstancias, merecen ser
cultivadas también hoy.(195)
Lugar del sagrario en la iglesia
69. Sobre la importancia de la reserva eucarística
y de la adoración y veneración del sacramento del sacrificio de
Cristo, el Sínodo de los Obispos ha reflexionado sobre la adecuada
colocación del sagrario en nuestras iglesias.(196) En efecto, esto
ayuda a reconocer la presencia real de Cristo en el Santísimo
Sacramento. Por tanto, es necesario que el lugar en que se conservan
las especies eucarísticas sea identificado fácilmente por cualquiera
que entre en la iglesia, gracias también a la lamparilla encendida.
Para ello, se ha de tener en cuenta la estructura arquitectónica del
edificio sacro: en las iglesias donde no hay capilla del Santísimo
Sacramento, y el sagrario está en el altar mayor, conviene seguir
usando dicha estructura para la conservación y adoración de la
Eucaristía, evitando poner delante la sede del celebrante. En las
iglesias nuevas conviene prever que la capilla del Santísimo esté
cerca del presbiterio; si esto no fuera posible, es preferible poner
el sagrario en el presbiterio, suficientemente alto, en el centro del
ábside, o bien en otro punto donde resulte bien visible. Todos estos
detalles ayudan a dar dignidad al sagrario, del cual debe cuidarse
también el aspecto artístico. Obviamente, se ha tener en cuenta lo que
dice a este respecto la Ordenación General del Misal Romano.(197)
En todo caso, el juicio último en esta materia corresponde al Obispo
diocesano.
TERCERA
PARTE
EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE VIVIR
«El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por
el Padre; del mismo modo, el que come, vivirá por mí» (Jn 6,57)
Forma eucarística de
la vida cristiana
El culto espiritual – logiké latreía (Rm
12,1)
70. El Señor Jesús, que por nosotros se ha hecho
alimento de verdad y de amor, hablando del don de su vida nos asegura
que « quien coma de este pan vivirá para siempre » (Jn 6,51).
Pero esta « vida eterna » se inicia en nosotros ya en este tiempo por
el cambio que el don eucarístico realiza en nosotros: « El que come
vivirá por mí » (Jn 6,57). Estas palabras de Jesús nos permiten
comprender cómo el misterio « creído » y « celebrado » contiene en sí
un dinamismo que hace de él principio de vida nueva en nosotros y
forma de la existencia cristiana. En efecto, comulgando el Cuerpo y la
Sangre de Jesucristo se nos hace partícipes de la vida divina de un
modo cada vez más adulto y consciente. Análogamente a lo que san
Agustín dice en las Confesiones sobre el Logos eterno, alimento
del alma, poniendo de relieve su carácter paradójico, el santo Doctor
imagina que se le dice: « Soy el manjar de los grandes: creces, y me
comerás, sin que por eso me transforme en ti, como el alimento de tu
carne; sino que tú te transformarás en mí ».(198) En efecto, no es el
alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos
nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados
misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; « nos atrae
hacia sí ».(199)
La Celebración eucarística aparece aquí con toda su
fuerza como fuente y culmen de la existencia eclesial, ya que expresa,
al mismo tiempo, tanto el inicio como el cumplimiento del nuevo y
definitivo culto, la logiké latreía.(200) A este respecto, las
palabras de san Pablo a los Romanos son la formulación más sintética
de cómo la Eucaristía transforma toda nuestra vida en culto espiritual
agradable a Dios: « Os exhorto, por la misericordia de Dios, a
presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios;
éste es vuestro culto razonable » (Rm 12,1). En esta
exhortación se ve la imagen del nuevo culto como ofrenda total de la
propia persona en comunión con toda la Iglesia. La insistencia del
Apóstol sobre la ofrenda de nuestros cuerpos subraya la concreción
humana de un culto que no es para nada desencarnado. A este propósito,
el santo de Hipona nos sigue recordando que « éste es el sacrificio de
los cristianos: es decir, el llegar a ser muchos en un solo cuerpo en
Cristo. La Iglesia celebra este misterio con el sacramento del altar,
que los fieles conocen bien, y en el que se les muestra claramente que
en lo que se ofrece ella misma es ofrecida ».(201) En efecto, la
doctrina católica afirma que la Eucaristía, como sacrificio de Cristo,
es también sacrificio de la Iglesia, y por tanto de los fieles.(202)
La insistencia sobre el sacrificio —« hacer sagrado »— expresa aquí
toda la densidad existencial que se encuentra implicada en la
transformación de nuestra realidad humana ganada por Cristo (cf.
Flp 3,12).
Eficacia integradora del culto eucarístico
71. El nuevo culto cristiano abarca todos los
aspectos de la vida, transfigurándola: « Cuando comáis o bebáis o
hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios » (1
Co 10,31). El cristiano está llamado a expresar en cada acto de su
vida el verdadero culto a Dios. De aquí toma forma la naturaleza
intrínsecamente eucarística de la vida cristiana. La Eucaristía, al
implicar la realidad humana concreta del creyente, hace posible, día a
día, la transfiguración progresiva del hombre, llamado a ser por
gracia imagen del Hijo de Dios (cf. Rm 8,29 s.). Todo lo que
hay de auténticamente humano —pensamientos y afectos, palabras y
obras— encuentra en el sacramento de la Eucaristía la forma adecuada
para ser vivido en plenitud. Aparece aquí todo el valor antropológico
de la novedad radical traída por Cristo con la Eucaristía: el culto a
Dios en la vida humana no puede quedar relegado a un momento
particular y privado, sino que, por su naturaleza, tiende a impregnar
cualquier aspecto de la realidad del individuo. El culto agradable a
Dios se convierte así en un nuevo modo de vivir todas las
circunstancias de la existencia, en la que cada detalle queda exaltado
al ser vivido dentro de la relación con Cristo y como ofrenda a Dios.
La gloria de Dios es el hombre viviente (cf. 1 Co 10,31). Y la
vida del hombre es la visión de Dios.(203)
« Iuxta dominicam viventes » – Vivir según el
domingo
72. Esta novedad radical que la Eucaristía
introduce en la vida del hombre ha estado presente en la conciencia
cristiana desde el principio. Los fieles han percibido en seguida el
influjo profundo que la Celebración eucarística ejercía sobre su
estilo de vida. San Ignacio de Antioquía expresaba esta verdad
calificando a los cristianos como « los que han llegado a la nueva
esperanza », y los presentaba como los que viven « según el domingo »
(iuxta dominicam viventes).(204) Esta fórmula del gran mártir
antioqueno ilumina claramente la relación entre la realidad
eucarística y la vida cristiana en su cotidianidad. La costumbre
característica de los cristianos de reunirse el primer día después del
sábado para celebrar la resurrección de Cristo —según el relato de san
Justino mártir(205)— es el hecho que define también la forma de la
existencia renovada por el encuentro con Cristo. La fórmula de san
Ignacio —« vivir según el domingo »— subraya también el valor
paradigmático que este día santo posee respecto a cualquier otro día
de la semana. En efecto, su diferencia no está simplemente en dejar
las actividades habituales, como una especie de paréntesis dentro del
ritmo normal de los días. Los cristianos siempre han vivido este día
como el primero de la semana, porque en él se hace memoria de la
radical novedad traída por Cristo. Así pues, el domingo es el día en
que el cristiano encuentra esa forma eucarística de su existencia y a
la que está llamado a vivir constantemente. « Vivir según el domingo »
quiere decir vivir conscientes de la liberación traída por Cristo y
desarrollar la propia vida como ofrenda de sí mismos a Dios, para que
su victoria se manifieste plenamente a todos los hombres a través de
una conducta renovada íntimamente.
Vivir el precepto dominical
73. Los Padres sinodales, conscientes de este nuevo
principio de vida que la Eucaristía pone en el cristiano, han
reafirmado la importancia del precepto dominical para todos los
fieles, como fuente de libertad auténtica, para poder vivir cada día
según lo que han celebrado en el « día del Señor ». En efecto, la vida
de fe peligra cuando ya no se siente el deseo de participar en la
Celebración eucarística, en que se hace memoria de la victoria
pascual. Participar en la asamblea litúrgica dominical, junto con
todos los hermanos y hermanas con los que se forma un solo cuerpo en
Jesucristo, es algo que la conciencia cristiana reclama y que al mismo
tiempo la forma. Perder el sentido del domingo, como día del Señor
para santificar, es síntoma de una pérdida del sentido auténtico de la
libertad cristiana, la libertad de los hijos de Dios.(206) A este
respecto, son hermosas las observaciones de mi venerado predecesor
Juan Pablo II en la Carta apostólica Dies Domini.(207) a propósito de las diversas dimensiones del
domingo para los cristianos: es dies Domini, con referencia a
la obra de la creación; dies Christi como día de la nueva
creación y del don del Espíritu Santo que hace el Señor Resucitado; dies Ecclesiae como día en que la comunidad cristiana se congrega
para la celebración; dies hominis como día de alegría, descanso
y caridad fraterna.
Por tanto, este día se muestra como fiesta
primordial en la que cada fiel, en el ambiente en que vive, puede ser
anunciador y custodio del sentido del tiempo. En efecto, de este día
brota el sentido cristiano de la existencia y un nuevo modo de vivir
el tiempo, las relaciones, el trabajo, la vida y la muerte. Por tanto,
es bueno que en el día del Señor los grupos eclesiales organicen en
torno a la Celebración eucarística dominical manifestaciones propias
de la comunidad cristiana: encuentros de amistad, iniciativas para
formar la fe de niños, jóvenes y adultos, peregrinaciones, obras de
caridad y diversos momentos de oración. Ante estos valores tan
importantes —aún cuando el sábado por la tarde, desde las primeras
Vísperas, ya pertenezca al domingo y esté permitido cumplir el
precepto dominical— es preciso recordar que el domingo merece ser
santificado en sí mismo, para que no termine siendo un día « vacío de
Dios ».(208)
Sentido del descanso y del trabajo
74. Es particularmente urgente en nuestro tiempo
recordar que el día del Señor es también el día de descanso del
trabajo. Esperamos con gran interés que la sociedad civil lo reconozca
también así, a fin de que sea posible liberarse de las actividades
laborales sin sufrir por ello perjuicio alguno. En efecto, los
cristianos, en cierta relación con el sentido del sábado en la
tradición judía, han considerado el día del Señor también como el día
del descanso del trabajo cotidiano. Esto tiene un significado propio,
al ser una relativización del trabajo, que debe estar orientado
al hombre: el trabajo es para el hombre y no el hombre para el
trabajo. Es fácil intuir cómo así se protege al hombre en cuanto se
emancipa de una posible forma de esclavitud. Como he tenido ocasión de
afirmar, « el trabajo reviste una importancia primaria para la
realización del hombre y el desarrollo de la sociedad, y por eso es
preciso que se organice y desarrolle siempre en el pleno respeto de la
dignidad humana y al servicio del bien común. Al mismo tiempo, es
indispensable que el hombre no se deje dominar por el trabajo, que no
lo idolatre, pretendiendo encontrar en él el sentido último y
definitivo de la vida ».(209) En el día consagrado a Dios es donde el
hombre comprende el sentido de su vida y también de la actividad
laboral.(210)
Asambleas dominicales en ausencia de
sacerdote
75. Al profundizar en el sentido de la Celebración
dominical para la vida del cristiano, se plantea espontáneamente el
problema de las comunidades cristianas en las que falta el sacerdote y
donde, por consiguiente, no es posible celebrar la santa Misa en el
día del Señor. A este respecto, se ha de reconocer que nos encontramos
ante situaciones bastante diferentes entre sí. El Sínodo, ante todo,
ha recomendado a los fieles acercarse a una de las iglesias de la
diócesis en que esté garantizada la presencia del sacerdote, aún
cuando eso requiera un cierto sacrificio.(211) En cambio, allí donde
las grandes distancias hacen prácticamente imposible la participación
en la Eucaristía dominical, es importante que las comunidades
cristianas se reúnan igualmente para alabar al Señor y hacer memoria
del día dedicado a Él. Sin embargo, esto debe realizarse en el
contexto de una adecuada instrucción acerca de la diferencia entre la
santa Misa y las asambleas dominicales en ausencia de sacerdote. La
atención pastoral de la Iglesia se expresa en este caso vigilando que
la liturgia de la Palabra, organizada bajo la dirección de un diácono
o de un responsable de la comunidad, al que se le haya confiado
debidamente este ministerio por la autoridad competente, se cumpla
según un ritual específico elaborado por las Conferencias episcopales
y aprobado por ellas para este fin.(212) Recuerdo que corresponde a
los Ordinarios conceder la facultad de distribuir la comunión en
dichas liturgias, valorando cuidadosamente la conveniencia de la
opción. Además, se ha de evitar que dichas asambleas provoquen
confusión sobre el papel central del sacerdote y la dimensión
sacramental en la vida de la Iglesia. La importancia del papel de los
laicos, a los que se ha de agradecer su generosidad al servicio de las
comunidades cristianas, nunca ha de ocultar el ministerio
insustituible de los sacerdotes para la vida de la Iglesia.(213) Así
pues, se ha de vigilar atentamente que las asambleas sin sacerdote no
den lugar a puntos de vista eclesiológicos en contraste con la verdad
del Evangelio y la tradición de la Iglesia. Es más, deberían ser
ocasiones privilegiadas para pedir a Dios que mande santos sacerdotes
según su corazón. A este respecto, es conmovedor lo que escribía el
Papa Juan Pablo II en la Carta a los Sacerdotes para el Jueves Santo de 1979, recordando
aquellos lugares en los que la gente, privada del sacerdote por parte
del régimen dictatorial, se reunía en una iglesia o santuario, ponía
sobre el altar la estola que conservaba todavía y recitaba las
oraciones de la liturgia eucarística, haciendo silencio « en el
momento que corresponde a la transustanciación desciende en medio de
ellos », dando así testimonio del ardor con que « desean escuchar las
palabras, que sólo los labios de un sacerdote pueden pronunciar
eficazmente ».(214) Precisamente en esta perspectiva, teniendo en
cuenta el bien incomparable que se deriva de la celebración del
Sacrificio eucarístico, pido a todos los sacerdotes una activa y
concreta disponibilidad para visitar lo más a menudo posible las
comunidades confiadas a su atención pastoral, para que no permanezcan
demasiado tiempo sin el Sacramento de la caridad.
Una forma eucarística de la vida cristiana,
la pertenencia eclesial
76. La importancia del domingo como dies
Ecclesiae nos lleva a la relación intrínseca entre la victoria de
Jesús sobre el mal y sobre la muerte y nuestra pertenencia a su Cuerpo
eclesial. En efecto, en el Día del Señor todo cristiano descubre
también la dimensión comunitaria de la propia existencia redimida.
Participar en la acción litúrgica, comulgar con el Cuerpo y la Sangre
de Cristo quiere decir, al mismo tiempo, hacer cada vez más íntima y
profunda la propia pertenencia a Él, que ha muerto por nosotros (cf.
1 Co 6,19 s.; 7,23). Verdaderamente, quién se alimenta de Cristo
vive por Él. El sentido profundo de la communio sanctorum se
entiende en relación con el Misterio eucarístico. La comunión tiene
siempre y de modo inseparable una connotación vertical y una
horizontal: comunión con Dios y comunión con los hermanos y hermanas.
Las dos dimensiones se encuentran misteriosamente en el don
eucarístico. « Donde se destruye la comunión con Dios, que es comunión
con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, se destruye también
la raíz y el manantial de la comunión con nosotros. Y donde no se vive
la comunión entre nosotros, tampoco es viva y verdadera la comunión
con el Dios Trinitario ».(215) Así pues, llamados a ser miembros de
Cristo y, por tanto, miembros los unos de los otros (cf. 1 Co
12,27), formamos una realidad fundada ontológicamente en el Bautismo y
alimentada por la Eucaristía, una realidad que requiere una respuesta
sensible en la vida de nuestras comunidades.
La forma eucarística de la vida cristiana es sin
duda una forma eclesial y comunitaria. El modo concreto en que cada
fiel puede experimentar su pertenencia al Cuerpo de Cristo se realiza
a través de la diócesis y las parroquias, como estructuras
fundamentales de la Iglesia en un territorio particular. Asociaciones,
movimientos eclesiales y nuevas comunidades —con la vitalidad de sus
carismas concedidos por el Espíritu Santo para nuestro tiempo—, así
como también los Institutos de vida consagrada, tienen el deber de
ofrecer su contribución específica para favorecer en los fieles la
percepción de perteneceral Señor (cf. Rm 14,8). El
fenómeno de la secularización, que comporta aspectos marcadamente
individualistas, ocasiona sus efectos deletéreos sobre todo en las
personas que se aíslan, y por el escaso sentido de pertenencia. El
cristianismo, desde sus comienzos, supone siempre una compañía, una
red de relaciones vivificadas continuamente por la escucha de la
Palabra, la Celebración eucarística y animadas por el Espíritu Santo.
Espiritualidad y cultura eucarística
77. Es significativo que los Padres sinodales hayan
afirmado que « los fieles cristianos necesitan una comprensión más
profunda de las relaciones entre la Eucaristía y la vida cotidiana. La
espiritualidad eucarística no es solamente participación en la Misa y
devoción al Santísimo Sacramento. Abarca la vida entera ».(216) Esta
consideración tiene hoy un particular significado para todos nosotros.
Se ha de reconocer que uno de los efectos más graves de la
secularización, mencionada antes, consiste en haber relegado la fe
cristiana al margen de la existencia, como si fuera algo inútil
respecto al desarrollo concreto de la vida de los hombres. El fracaso
de este modo de vivir « como si Dios no existiera » está ahora a la
vista de todos. Hoy se necesita redescubrir que Jesucristo no es una
simple convicción privada o una doctrina abstracta, sino una persona
real cuya entrada en la historia es capaz de renovar la vida de todos.
Por eso la Eucaristía, como fuente y culmen de la vida y de la misión
de la Iglesia, se tiene que traducir en espiritualidad, en vida «
según el Espíritu » (cf. Rm 8,4 s.;. Ga 5,16.25).
Resulta significativo que san Pablo, en el pasaje de la Carta a los
Romanos en que invita a vivir el nuevo culto espiritual, menciona al
mismo tiempo la necesidad de cambiar el propio modo de vivir y pensar:
« Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación
de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios,
lo bueno, lo que agrada, lo perfecto » (12,2). De esta manera, el
Apóstol de las gentes subraya la relación entre el verdadero culto
espiritual y la necesidad de entender de un modo nuevo la vida y
vivirla. La renovación de la mentalidad es parte integrante de la
forma eucarística de la vida cristiana, « para que ya no seamos niños
sacudidos por las olas y llevados al retortero por todo viento de
doctrina » (Ef 4,14).
Eucaristía y evangelización de las culturas
78. De todo lo expuesto se desprende que el
Misterio eucarístico nos hace entrar en diálogo con las
diferentes culturas, aunque en cierto sentido también las desafía.(217)
Se ha de reconocer el carácter intercultural de este nuevo culto, de
esta logiké latreía. La presencia de Jesucristo y la efusión
del Espíritu Santo son acontecimientos que pueden confrontarse siempre
con cada realidad cultural, para fermentarla evangélicamente. Por
consiguiente, esto comporta el compromiso de promover con convicción
la evangelización de las culturas, con la conciencia de que el mismo
Cristo es la verdad de todo hombre y de toda la historia humana. La
Eucaristía se convierte en criterio de valorización de todo lo que el
cristiano encuentra en las diferentes expresiones culturales. En este
importante proceso podemos escuchar las muy significativas palabras de
san Pablo que, en su primera Carta a los Tesalonicenses, exhorta: «
examinadlo todo, quedándoos con lo bueno » (5,21).
Eucaristía y fieles laicos
79. En Cristo, Cabeza de la Iglesia que es su
Cuerpo, todos los cristianos forman « una raza elegida, un sacerdocio
real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para
proclamar las hazañas del que nos llamó a salir de la tiniebla y a
entrar en su luz maravillosa » (1 P 2,9). La Eucaristía, como
misterio que se ha de vivir, se ofrece a cada persona en la condición
en que se encuentra, haciendo que viva cotidianamente la novedad
cristiana en su situación existencial. Puesto que el Sacrificio
eucarístico alimenta y acrecienta en nosotros lo que ya se nos ha dado
en el Bautismo, por el cual todos estamos llamados a la santidad,(218)
esto debería aflorar y manifestarse también en las situaciones o
estados de vida en que se encuentra cada cristiano. Éste, viviendo la
propia vida como vocación, se convierte día tras día en culto
agradable a Dios. Ya desde la reunión litúrgica, el Sacramento de la
Eucaristía nos compromete en la realidad cotidiana para que todo se
haga para gloria de Dios.
Puesto que el mundo es « el campo » (Mt
13,38) en el que Dios pone a sus hijos como buena semilla, los laicos
cristianos, en virtud del Bautismo y de la Confirmación, y
fortalecidos por la Eucaristía, están llamados a vivir la novedad
radical traída por Cristo precisamente en las condiciones comunes de
la vida.(219) Han de cultivar el deseo de que la Eucaristía influya
cada vez más profundamente en su vida cotidiana, convirtiéndolos en
testigos visibles en su propio ambiente de trabajo y en toda la
sociedad.(220) Animo de modo particular a las familias para que este
Sacramento sea fuente de fuerza e inspiración. El amor entre el hombre
y la mujer, la acogida de la vida y la tarea educativa se revelan como
ámbitos privilegiados en los que la Eucaristía puede mostrar su
capacidad de transformar la existencia y llenarla de sentido.(221) Los
Pastores siempre han de apoyar, educar y animar a los fieles laicos a
vivir plenamente su propia vocación a la santidad en el mundo, al que
Dios ha amado tanto que le ha entregado a su Hijo para que se salve
por Él (cf. Jn 3,16).
Eucaristía y espiritualidad sacerdotal
80. La forma eucarística de la existencia cristiana
se manifiesta de modo particular en el estado de vida sacerdotal. La
espiritualidad sacerdotal es intrínsecamente eucarística. La semilla
de esta espiritualidad se puede encontrar ya en las palabras que el
Obispo pronuncia en la liturgia de la Ordenación: « Recibe la ofrenda
del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e
imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz
del Señor ».(222) El sacerdote, para dar a su vida una forma
eucarística cada vez más plena, ya en el período de formación y luego
en los años sucesivos, ha de dedicar tiempo a la vida espiritual.(223)
Él está llamado a ser siempre un auténtico buscador de Dios,
permaneciendo al mismo tiempo cercano a las preocupaciones de los
hombres. Una vida espiritual intensa le permitirá entrar más
profundamente en comunión con el Señor y le ayudará a dejarse ganar
por el amor de Dios, siendo su testigo en todas las circunstancias,
aunque sean difíciles y sombrías. Por esto, junto con los Padres del
Sínodo, recomiendo a los sacerdotes « la celebración cotidiana de la
santa Misa, aun cuando no hubiera participación de fieles ».(224) Esta
recomendación está en consonancia ante todo con el valor objetivamente
infinito de cada Celebración eucarística; y, además, está motivado por
su singular eficacia espiritual, porque si la santa Misa se vive con
atención y con fe, es formativa en el sentido más profundo de la
palabra, pues promueve la conformación con Cristo y consolida al
sacerdote en su vocación.
Eucaristía y vida consagrada
81. En el contexto de la relación entre la
Eucaristía y las diversas vocaciones eclesiales resplandece de modo
particular « el testimonio profético de las consagradas y de los
consagrados, que encuentran en la Celebración eucarística y en la
adoración la fuerza para el seguimiento radical de Cristo obediente,
pobre y casto ».(225) Los consagrados y las consagradas, incluso
desempeñando muchos servicios en el campo de la formación humana y en
la atención a los pobres, en la enseñanza o en la asistencia a los
enfermos, saben que el objetivo principal de su vida es « la
contemplación de las cosas divinas y la unión asidua con Dios ».(226)
La contribución esencial que la Iglesia espera de la vida consagrada
es más en el orden del ser que en el del hacer. En este contexto,
quisiera subrayar la importancia del testimonio virginal precisamente
en relación con el misterio de la Eucaristía. En efecto, además de la
relación con el celibato sacerdotal, el Misterio eucarístico
manifiesta una relación intrínseca con la virginidad consagrada, ya
que es expresión de la consagración exclusiva de la Iglesia a Cristo,
que ella con fidelidad radical y fecunda acoge como a su Esposo.(227)
La virginidad consagrada encuentra en la Eucaristía inspiración y
alimento para su entrega total a Cristo. Además, en la Eucaristía
obtiene consuelo e impulso para ser, también en nuestro tiempo, signo
del amor gratuito y fecundo de Dios para con la humanidad. A través de
su testimonio específico, la vida consagrada se convierte
objetivamente en referencia y anticipación de aquellas « bodas del
Cordero » (Ap 19,7-9), meta de toda la historia de la
salvación. En este sentido, es una llamada eficaz al horizonte
escatológico que todo hombre necesita para poder orientar sus propias
opciones y decisiones de vida.
Eucaristía y transformación moral
82. Descubrir la belleza de la forma eucarística de
la vida cristiana nos lleva a reflexionar también sobre la fuerza
moral que dicha forma produce para defender la auténtica libertad de
los hijos de Dios. Con esto deseo recordar una temática surgida en el
Sínodo sobre la relación entre forma eucarística de la vida y
transformación moral. El Papa Juan Pablo II afirmaba que la vida
moral « posee el valor de un ‘‘culto espiritual'' (Rm 12,1; cf.
Flp 3,3) que nace y se alimenta de aquella inagotable fuente de
santidad y glorificación de Dios que son los sacramentos,
especialmente la Eucaristía; en efecto, participando en el sacrificio
de la Cruz, el cristiano comulga con el amor de donación de Cristo y
se capacita y compromete a vivir esta misma caridad en todas sus
actitudes y comportamientos de vida ».(228) En definitiva, « en el
‘‘culto'' mismo, en la comunión eucarística, está incluido a la vez el
ser amado y el amar a los otros. Una Eucaristía que no comporte un
ejercicio práctico del amor es fragmentaria en sí misma ».(229)
Esta referencia al valor moral del culto espiritual
no se ha de interpretar en clave moralista. Es ante todo el gozoso
descubrimiento del dinamismo del amor en el corazón que acoge el don
del Señor, se abandona a Él y encuentra la verdadera libertad. La
transformación moral que comporta el nuevo culto instituido por
Cristo, es una tensión y un deseo cordial de corresponder al amor del
Señor con todo el propio ser, no obstante la conciencia de la propia
fragilidad. Todo esto está bien reflejado en el relato evangélico de
Zaqueo (cf. Lc 19,1-10). Después de haber hospedado a Jesús en
su casa, el publicano se ve completamente transformado: decide dar la
mitad de sus bienes a los pobres y devuelve cuatro veces más a quienes
había robado. El impulso moral, que nace de acoger a Jesús en nuestra
vida, brota de la gratitud por haber experimentado la inmerecida
cercanía del Señor.
Coherencia eucarística
83. Es importante notar lo que los Padres sinodales
han denominado coherencia eucarística, a la cual está llamada
objetivamente nuestra vida. En efecto, el culto agradable a Dios nunca
es un acto meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones
sociales: al contrario, exige el testimonio público de la propia fe.
Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene una
importancia particular para quienes, por la posición social o política
que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como
el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta
su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y
mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien
común en todas sus formas.(230) Estos valores no son negociables. Así
pues, los políticos y los legisladores católicos, conscientes de su
grave responsabilidad social, deben sentirse particularmente
interpelados por su conciencia, rectamente formada, para presentar y
apoyar leyes inspiradas en los valores fundados en la naturaleza
humana.(231) Esto tiene además una relación objetiva con la Eucaristía
(cf. 1 Co 11,27-29). Los Obispos han de llamar constantemente
la atención sobre estos valores. Ello es parte de su responsabilidad
para con la grey que se les ha confiado.(232)
Eucaristía,
misterio que se ha de anunciar
Eucaristía y misión
84. En la homilía durante la Celebración eucarística con la que he iniciado
solemnemente mi ministerio en la Cátedra de Pedro, decía: « Nada hay
más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio,
por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la
amistad con él ».(233) Esta afirmación asume una mayor intensidad si
pensamos en el Misterio eucarístico. En efecto, no podemos guardar
para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento. Éste exige por
su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo que el mundo necesita es
el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él. Por eso la
Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es
también de su misión: « Una Iglesia auténticamente eucarística es una
Iglesia misionera ».(234) También nosotros podemos decir a nuestros
hermanos con convicción: « Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos
para que estéis unidos con nosotros » (1 Jn 1,3).
Verdaderamente, nada hay más hermoso que encontrar a Cristo y
comunicarlo a los demás. Además, la institución misma de la Eucaristía
anticipa lo que es el corazón de la misión de Jesús: Él es el enviado
del Padre para la redención del mundo (cf. Jn 3,16-17; Rm 8,32). En la última Cena Jesús confía a sus discípulos el
Sacramento que actualiza el sacrificio que Él ha hecho de sí mismo en
obediencia al Padre para la salvación de todos nosotros. No podemos
acercarnos a la Mesa eucarística sin dejarnos llevar por ese
movimiento de la misión que, partiendo del corazón mismo de Dios,
tiende a llegar a todos los hombres. Así pues, el impulso misionero es
parte constitutiva de la forma eucarística de la vida cristiana.
Eucaristía y testimonio
85. La misión primera y fundamental que recibimos
de los santos Misterios que celebramos es la de dar testimonio con
nuestra vida. El asombro por el don que Dios nos ha hecho en Cristo
imprime en nuestra vida un dinamismo nuevo, comprometiéndonos a ser
testigos de su amor. Nos convertimos en testigos cuando, por nuestras
acciones, palabras y modo de ser, aparece Otro y se comunica. Se puede
decir que el testimonio es el medio con el que la verdad del amor de
Dios llega al hombre en la historia, invitándolo a acoger libremente
esta novedad radical. En el testimonio Dios, por así decir, se expone
al riesgo de la libertad del hombre. Jesús mismo es el testigo fiel y
veraz (cf. Ap 1,5; 3,14); ha venido para dar testimonio de la
verdad (cf. Jn 18,37). Con estas reflexiones deseo recordar un
concepto muy querido por los primeros cristianos, pero que también nos
afecta a nosotros, cristianos de hoy: el testimonio hasta el don de sí
mismos, hasta el martirio, ha sido considerado siempre en la historia
de la Iglesia como la cumbre del nuevo culto espiritual: « Presentar
vuestros cuerpos » (Rm 12,1). Se puede recordar, por ejemplo,
el relato del martirio de san Policarpo de Esmirna, discípulo de san
Juan: todo el acontecimiento dramático es descrito como una liturgia,
más aún como si el mártir mismo se convirtiera en Eucaristía.(235)
Pensemos también en la conciencia eucarística que Ignacio de Antioquía
expresa ante su martirio: él se considera « trigo de Dios » y desea
llegar a ser en el martirio « pan puro de Cristo ».(236) El cristiano
que ofrece su vida en el martirio entra en plena comunión con la
Pascua de Jesucristo y así se convierte con Él en Eucaristía. Tampoco
faltan hoy en la Iglesia mártires en los que se manifiesta de modo
supremo el amor de Dios. Sin embargo, aun cuando no se requiera la
prueba del martirio, sabemos que el culto agradable a Dios implica
también interiormente esta disponibilidad,(237) y se manifiesta en el
testimonio alegre y convencido ante el mundo de una vida cristiana
coherente allí donde el Señor nos llama a anunciarlo.
Jesucristo, único Salvador
86. Subrayar la relación intrínseca entre
Eucaristía y misión nos ayuda a redescubrir también el contenido
último de nuestro anuncio. Cuanto más vivo sea el amor por la
Eucaristía en el corazón del pueblo cristiano, tanto más clara tendrá
la tarea de la misión: llevar a Cristo. No es sólo una idea o
una ética inspirada en Él, sino el don de su misma Persona. Quien no
comunica la verdad del Amor al hermano no ha dado todavía bastante. La
Eucaristía, como sacramento de nuestra salvación, nos lleva a
considerar de modo ineludible la unicidad de Cristo y de la salvación
realizada por Él a precio de su sangre. Por tanto, la exigencia de
educar constantemente a todos al trabajo misionero, cuyo centro es el
anuncio de Jesús, único Salvador, surge del Misterio eucarístico,
creído y celebrado.(238) Así se evitará que se reduzca a una
interpretación meramente sociológica la decisiva obra de promoción
humana que comporta siempre todo auténtico proceso de evangelización.
Libertad de culto
87. En este contexto, deseo hablar de lo que los
Padres han afirmado durante la asamblea sinodal sobre las graves
dificultades que afectan a la misión de aquellas comunidades
cristianas que viven en condiciones de minoría o incluso privadas de
la libertad religiosa.(239) Realmente debemos dar gracias al Señor por
todos los Obispos, sacerdotes, personas consagradas y laicos, que se
esfuerzan por anunciar el Evangelio y viven su fe arriesgando la
propia vida. En muchas regiones del mundo el mero hecho de ir a la
Iglesia es un testimonio heroico que expone a las personas a la
marginación y a la violencia. En esta ocasión, deseo confirmar también
la solidaridad de toda la Iglesia con los que sufren por la falta de
libertad de culto. Allí dónde falta la libertad religiosa, lo sabemos,
falta en definitiva la libertad más significativa, ya que en la fe el
hombre expresa su íntima convicción sobre el sentido último de su
propia vida. Pidamos, pues, que aumenten los espacios de libertad
religiosa en todos los Estados, para que los cristianos, así como
también los miembros de otras religiones, puedan vivir personal y
comunitariamente sus convicciones libremente.
Eucaristía, misterio que se ha de ofrecer al mundo
Eucaristía: pan partido para la vida del
mundo
88. « El pan que yo daré es mi carne para la vida
del mundo » (Jn 6,51). Con estas palabras el Señor revela el
verdadero sentido del don de la propia vida por todos los hombres y
nos muestran también la íntima compasión que Él tiene por cada
persona. En efecto, los Evangelios nos narran muchas veces los
sentimientos de Jesús por los hombres, de modo especial por los que
sufren y los pecadores (cf. Mt 20,34; Mc 6,54; Lc
9,41). Mediante un sentimiento profundamente humano, Él expresa la
intención salvadora de Dios para todos los hombres, a fin de que
lleguen a la vida verdadera. Cada celebración eucarística actualiza
sacramentalmente el don de la propia vida que Jesús ha hecho en la
Cruz por nosotros y por el mundo entero. Al mismo tiempo, en la
Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada
hermano y hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el
servicio de la caridad para con el prójimo, que « consiste justamente
en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada
o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del
encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en
comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces
aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y
sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo ».(240) De ese
modo, en las personas que encuentro reconozco a hermanos y hermanas
por los que el Señor ha dado su vida amándolos « hasta el extremo » (Jn
13,1). Por consiguiente, nuestras comunidades, cuando celebran la
Eucaristía, han de ser cada vez más conscientes de que el sacrificio
de Cristo es para todos y que, por eso, la Eucaristía impulsa a todo
el que cree en Él a hacerse « pan partido » para los demás y, por
tanto, a trabajar por un mundo más justo y fraterno. Pensando en la
multiplicación de los panes y los peces, hemos de reconocer que Cristo
sigue exhortando también hoy a sus discípulos a comprometerse en
primera persona: « dadles vosotros de comer » (Mt 14,16). En
verdad, la vocación de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con
Jesús, pan partido para la vida del mundo.
Implicaciones sociales del Misterio
eucarístico
89. La unión con Cristo que se realiza en el
Sacramento nos capacita también para nuevos tipos de relaciones
sociales: « la ‘‘mística'' del Sacramento tiene un carácter social ».
En efecto, « la unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos
los demás a los que Él se entrega. No puedo tener a Cristo sólo para
mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos
o lo serán »(241) A este respecto, hay que explicitar la relación
entre Misterio eucarístico y compromiso social. La Eucaristía es
sacramento de comunión entre hermanos y hermanas que aceptan
reconciliarse en Cristo, el cual ha hecho de judíos y paganos un
pueblo solo, derribando el muro de enemistad que los separaba (cf.
Ef 2,14). Sólo esta constante tensión hacia la reconciliación
permite comulgar dignamente con el Cuerpo y la Sangre de Cristo (cf. Mt 5,23- 24).(242) Cristo, por el memorial de su sacrificio,
refuerza la comunión entre los hermanos y, de modo particular, apremia
a los que están enfrentados para que aceleren su reconciliación
abriéndose al diálogo y al compromiso por la justicia. No hay duda de
que las condiciones para establecer una paz verdadera son la
restauración de la justicia, la reconciliación y el perdón.(243) De
esta toma de conciencia nace la voluntad de transformar también las
estructuras injustas para restablecer el respeto de la dignidad del
hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. La Eucaristía, a través
de la puesta en práctica de este compromiso, transforma en vida lo que
ella significa en la celebración. Como he tenido ocasión de afirmar,
la Iglesia no tiene como tarea propia emprender una batalla política
para realizar la sociedad más justa posible; sin embargo, tampoco
puede ni debe quedarse al margen de la lucha por la justicia. La
Iglesia « debe insertarse en ella a través de la argumentación
racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la
justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse ni
prosperar ».(244)
En la perspectiva de la responsabilidad social de
todos los cristianos, los Padres sinodales han recordado que el
sacrificio de Cristo es misterio de liberación que nos interpela y
provoca continuamente. Dirijo por tanto una llamada a todos los fieles
para que sean realmente operadores de paz y de justicia: « En efecto,
quien participa en la Eucaristía ha de empeñarse en construir la paz
en nuestro mundo marcado por tantas violencias y guerras, y de modo
particular hoy, por el terrorismo, la corrupción económica y la
explotación sexual ».(245) Todos estos problemas, que a su vez
engendran otros fenómenos degradantes, son los que despiertan viva
preocupación. Sabemos que estas situaciones no se pueden afrontar de
un manera superficial. Precisamente, gracias al Misterio que
celebramos, deben denunciarse las circunstancias que van contra la
dignidad del hombre, por el cual Cristo ha derramado su sangre,
afirmando así el valor tan alto de cada persona.
El alimento de la verdad y la indigencia del
hombre
90. No podemos permanecer pasivos ante ciertos
procesos de globalización que con frecuencia hacen crecer
desmesuradamente en todo el mundo la diferencia entre ricos y pobres.
Debemos denunciar a quien derrocha las riquezas de la tierra,
provocando desigualdades que claman al cielo (cf. St 5,4). Por
ejemplo, es imposible permanecer callados ante « las imágenes
sobrecogedoras de los grandes campos de prófugos o de refugiados —en
muchas partes del mundo— acogidos en precarias condiciones para
librarse de una suerte peor, pero necesitados de todo. Estos seres
humanos, ¿no son nuestros hermanos y hermanas? ¿Acaso sus hijos no
vienen al mundo con las mismas esperanzas legítimas de felicidad que
los demás? ».(246) El Señor Jesús, Pan de vida eterna, nos apremia y
nos hace estar atentos a las situaciones de pobreza en que se halla
todavía gran parte de la humanidad: son situaciones cuya causa implica
a menudo un clara e inquietante responsabilidad por parte de los
hombres. En efecto, « se puede afirmar, sobre la base de datos
estadísticos disponibles, que menos de la mitad de las ingentes sumas
destinadas globalmente a armamento sería más que suficiente para sacar
de manera estable de la indigencia al inmenso ejército de los pobres.
Esto interpela a la conciencia humana. Nuestro común compromiso por la
verdad puede y tiene que dar nueva esperanza a estas poblaciones que
viven bajo el umbral de la pobreza, mucho más a causa de situaciones
que dependen de las relaciones internacionales políticas, comerciales
y culturales, que por circunstancias incontroladas ».(247)
El alimento de la verdad nos impulsa a denunciar
las situaciones indignas del hombre, en las que a causa de la
injusticia y la explotación se muere por falta de comida, y nos da
nueva fuerza y ánimo para trabajar sin descanso en la construcción de
la civilización del amor. Los cristianos han procurado desde el
principio compartir sus bienes (cf. Hch 4,32) y ayudar a los
pobres (cf.Rm 15,26). La colecta en las asambleas litúrgicas no
sólo nos lo recuerda expresamente, sino que es también una necesidad
muy actual. Las instituciones eclesiales de beneficencia, en
particular Caritas en sus diversos ámbitos, desarrollan el
precioso servicio de ayudar a las personas necesitadas, sobre todo a
los más pobres. Estas instituciones, inspirándose en la Eucaristía,
que es el sacramento de la caridad, se convierten en su expresión
concreta; por ello merecen todo encomio y estímulo por su compromiso
solidario en el mundo.
Doctrina social de la Iglesia
91. El misterio de la Eucaristía nos capacita e
impulsa a un trabajo audaz en las estructuras de este mundo para
llevarles aquel tipo de relaciones nuevas, que tiene su fuente
inagotable en el don de Dios. La oración que repetimos en cada santa
Misa: « Danos hoy nuestro pan de cada día », nos obliga a hacer todo
lo posible, en colaboración con las instituciones internacionales,
estatales o privadas, para que cese o al menos disminuya en el mundo
el escándalo del hambre y de la desnutrición que sufren tantos
millones de personas, especialmente en los países en vías de
desarrollo. El cristiano laico en particular, formado en la escuela de
la Eucaristía, está llamado a asumir directamente la propia
responsabilidad política y social. Para que pueda desempeñar
adecuadamente sus cometidos hay que prepararlo mediante una educación
concreta a la caridad y a la justicia. Por eso, como ha pedido el
Sínodo, es necesario promover la doctrina social de la Iglesia y darla
a conocer en las diócesis y en las comunidades cristianas.(248) En
este precioso patrimonio, procedente de la más antigua tradición
eclesial, encontramos los elementos que orientan con profunda
sabiduría el comportamiento de los cristianos ante las cuestiones
sociales candentes. Esta doctrina, madurada durante toda la historia
de la Iglesia, se caracteriza por el realismo y el equilibrio,
ayudando así a evitar compromisos equívocos o utopías ilusorias.
Santificación del mundo y salvaguardia de la
creación
92. Para desarrollar una profunda espiritualidad
eucarística que pueda incidir también de manera significativa en el
campo social, se requiere que el pueblo cristiano tenga conciencia de
que, al dar gracias por medio de la Eucaristía, lo hace en nombre de
toda la creación, aspirando así a la santificación del mundo y
trabajando intensamente para tal fin.(249) La Eucaristía misma
proyecta una luz intensa sobre la historia humana y sobre todo el
cosmos. En esta perspectiva sacramental aprendemos, día a día, que
todo acontecimiento eclesial tiene carácter de signo, mediante el cual
Dios se comunica a sí mismo y nos interpela. De esta manera, la forma
eucarística de la vida puede favorecer verdaderamente un auténtico
cambio de mentalidad en el modo de ver la historia y el mundo. La
liturgia misma nos educa a todo esto cuando, durante la presentación
de las ofrendas, el sacerdote dirige a Dios una oración de bendición y
de petición sobre el pan y el vino, « fruto de la tierra », « de la
vid » y del « trabajo del hombre ». Con estas palabras, además de
incluir en la ofrenda a Dios toda la actividad y el esfuerzo humano,
el rito nos lleva a considerar la tierra como creación de Dios, que
produce todo lo necesario para nuestro sustento. La creación no es una
realidad neutral, mera materia que se puede utilizar indiferentemente
siguiendo el instinto humano. Más bien forma parte del plan bondadoso
de Dios, por el que todos nosotros estamos llamados a ser hijos e
hijas en el Unigénito de Dios, Jesucristo (cf. Ef 1,4-12). La
fundada preocupación por las condiciones ecológicas en que se
encuentra la creación en muchas partes del mundo encuentra motivos de
tranquilidad en la perspectiva de la esperanza cristiana, que nos
compromete a actuar responsablemente en defensa de la creación.(250)
En efecto, en la relación entre la Eucaristía y el universo
descubrimos la unidad del plan de Dios y se nos invita a descubrir la
relación profunda entre la creación y la « nueva creación »,
inaugurada con la resurrección de Cristo, nuevo Adán. En ella
participamos ya desde ahora en virtud del Bautismo (cf. Col
2,12 s.), y así se le abre a nuestra vida cristiana, alimentada por la
Eucaristía, la perspectiva del mundo nuevo, del nuevo cielo y de la
nueva tierra, donde la nueva Jerusalén baja del cielo, desde Dios, «
ataviada como una novia que se adorna para su esposo » (Ap
21,2).
Utilidad de un Compendio eucarístico
93. Al final de estas reflexiones, en las que he
querido fijarme en las orientaciones surgidas en el Sínodo, deseo
acoger también una petición que hicieron los Padres para ayudar al
pueblo cristiano a creer, celebrar y vivir cada vez mejor el Misterio
eucarístico. Preparado por los Dicasterios competentes se publicará un
Compendio que recogerá textos del Catecismo de la Iglesia
Católica, oraciones y explicaciones de las Plegarias Eucarísticas del
Misal, así como todo lo que pueda ser útil para la correcta
comprensión, celebración y adoración del Sacramento del altar.(251)
Espero que este instrumento ayude a que el memorial de la Pascua del
Señor se convierta cada vez más en fuente y culmen de la vida y de la
misión de la Iglesia. Esto impulsará a cada fiel a hacer de su propia
vida un verdadero culto espiritual.
CONCLUSIÓN
94. Queridos hermanos y hermanas, la Eucaristía es
el origen de toda forma de santidad, y todos nosotros estamos llamados
a la plenitud de vida en el Espíritu Santo. ¡Cuántos santos han hecho
auténtica la propia vida gracias a su piedad eucarística! Desde san
Ignacio de Antioquía a san Agustín, de san Antonio Abad a san Benito,
de san Francisco de Asís a santo Tomás de Aquino, de santa Clara de
Asís a santa Catalina de Siena, de san Pascual Bailón a san Pedro
Julián Eymard, de san Alfonso María de Ligorio al beato Carlos de
Foucauld, de san Juan María Vianney a santa Teresa de Lisieux, de san
Pío de Pietrelcina a la beata Teresa de Calcuta, del beato Piergiorgio
Frassati al beato Iván Mertz, sólo por citar algunos de los numerosos
nombres. La santidad ha tenido siempre su centro en el sacramento de
la Eucaristía.
Por eso, es necesario que en la Iglesia se crea
realmente, se celebre con devoción y se viva intensamente este santo
Misterio. El don de sí mismo que Jesús hace en el Sacramento memorial
de su pasión, nos asegura que el culmen de nuestra vida está en la
participación en la vida trinitaria, que en Él se nos ofrece de manera
definitiva y eficaz. La celebración y adoración de la Eucaristía nos
permiten acercarnos al amor de Dios y adherirnos personalmente a él
hasta unirnos con el Señor amado. El ofrecimiento de nuestra vida, la
comunión con toda la comunidad de los creyentes y la solidaridad con
cada hombre, son aspectos imprescindibles de la logiké latreía,
del culto espiritual, santo y agradable a Dios (cf. Rm 12,1),
en el que toda nuestra realidad humana concreta se transforma para su
gloria. Invito, pues, a todos los pastores a poner la máxima atención
en la promoción de una espiritualidad cristiana auténticamente
eucarística. Que los presbíteros, los diáconos y todos los que
desempeñan un ministerio eucarístico, reciban siempre de estos mismos
servicios, realizados con esmero y preparación constante, fuerza y
estímulo para el propio camino personal y comunitario de
santificación. Exhorto a todos los laicos, en particular a las
familias, a encontrar continuamente en el Sacramento del amor de
Cristo la fuerza para transformar la propia vida en un signo auténtico
de la presencia del Señor resucitado. Pido a todos los consagrados y
consagradas que manifiesten con su propia vida eucarística el
esplendor y la belleza de pertenecer totalmente al Señor.
95. A principios del s. IV, el culto cristiano
estaba todavía prohibido por las autoridades imperiales. Algunos
cristianos del Norte de África, que se sentían en la obligación de
celebrar el día del Señor, desafiaron la prohibición. Fueron
martirizados mientras declaraban que no les era posible vivir sin la
Eucaristía, alimento del Señor: sine dominico non possumus.(252)
Que estos mártires de Abitinia, junto con muchos santos y beatos que
han hecho de la Eucaristía el centro de su vida, intercedan por
nosotros y nos enseñen la fidelidad al encuentro con Cristo
resucitado. Nosotros tampoco podemos vivir sin participar en el
Sacramento de nuestra salvación y deseamos ser iuxta dominicam
viventes, es decir, llevar a la vida lo que celebramos en el día
del Señor. En efecto, este es el día de nuestra liberación definitiva.
¿Qué tiene de extraño que deseemos vivir cada día según la novedad
introducida por Cristo con el misterio de la Eucaristía?
96. Que María Santísima, Virgen inmaculada, arca de
la nueva y eterna alianza, nos acompañe en este camino al encuentro
del Señor que viene. En Ella encontramos la esencia de la Iglesia
realizada del modo más perfecto. La Iglesia ve en María, « Mujer
eucarística » —como la ha llamado el Siervo de Dios Juan Pablo II
(253)—, su icono más logrado, y la contempla como modelo insustituible
de vida eucarística. Por eso, en presencia del «verum Corpus natum
de Maria Virgine» sobre el altar, el sacerdote, en nombre de la
asamblea litúrgica, afirma con las palabras del canon: « Veneramos la
memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de
Jesucristo, nuestro Dios y Señor ».(254) Su santo nombre se invoca y
venera también en los cánones de las tradiciones cristianas
orientales. Los fieles, por su parte, « encomiendan a María, Madre de
la Iglesia, su vida y su trabajo. Esforzándose por tener los mismos
sentimientos de María, ayudan a toda la comunidad a vivir como ofrenda
viva, agradable al Padre ».(255) Ella es la Tota pulchra, Toda
hermosa, ya que en Ella brilla el resplandor de la gloria de Dios. La
belleza de la liturgia celestial, que debe reflejarse también en
nuestras asambleas, tiene un fiel espejo en Ella. De Ella hemos de
aprender a convertirnos en personas eucarísticas y eclesiales para
poder presentarnos también nosotros, según la expresión de san Pablo,
« inmaculados » ante el Señor, tal como Él nos ha querido desde el
principio (cf. Col 1,21; Ef 1,4).(256)
97. Que el Espíritu Santo, por intercesión de la
Santísima Virgen María, encienda en nosotros el mismo ardor que
sintieron los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35), y renueve
en nuestra vida el asombro eucarístico por el resplandor y la belleza
que brillan en el rito litúrgico, signo eficaz de la belleza infinita
propia del misterio santo de Dios. Aquellos discípulos se levantaron y
volvieron de prisa a Jerusalén para compartir la alegría con los
hermanos y hermanas en la fe. En efecto, la verdadera alegría está en
reconocer que el Señor se queda entre nosotros, compañero fiel de
nuestro camino. La Eucaristía nos hace descubrir que Cristo muerto y
resucitado, se hace contemporáneo nuestro en el misterio de la
Iglesia, su Cuerpo. Hemos sido hechos testigos de este misterio de
amor. Deseemos ir llenos de alegría y admiración al encuentro de la
santa Eucaristía, para experimentar y anunciar a los demás la verdad
de la palabra con la que Jesús se despidió de sus discípulos: « Yo
estoy con vosotros todos los días, hasta al fin del mundo » (Mt
28,20).
En Roma, junto a san Pedro, el 22 de Febrero,
fiesta de la Cátedra del Apóstol san Pedro, del año 2007, segundo de
mi Pontificado.
Notas
[1] Cf. Sto. Tomás de
Aquino, Summa Theologiae, III, q. 73, a. 3.
[2] In Iohannis
Evangelium Tractatus, 26,5: PL 35, 1609.
[3]
A los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para la
Doctrina de la Fe (10 febrero 2006): AAS 98 (2006),
255.
[4]
Discurso a los participantes en la III reunión del XI Consejo
Ordinario del Sínodo de los Obispos (1 junio 2006):
L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (9 junio 2006), p.
18.
[5] Cf. Propositio
2.
[6] Me refiero a la
necesidad de una hermenéutica de la continuidad con referencia también
a una correcta lectura del desarrollo litúrgico después del Concilio
Vaticano II: cf.
Discurso a la Curia Romana (22 diciembre 2005): AAS98
(2006), 44-45.
[7] Cf. AAS
97(2005), 337-352.
[8] Cf.
Año de la Eucaristía. Sugerencias y propuestas (14 octubre
2004): L'Osservatore Romano (15 octubre 2004), Suplemento.
[9] Cf. AAS
95(2003), 433-475. Recuérdese también la Instrucción de la
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,
Redemptionis Sacramentum (25 marzo 2004): AAS 96
(2004), 549-601, querida expresamente por Juan Pablo II.
[10] Por recordar sólo
los principales: Conc. Ecum. de Trento, Doctrina et canones de ss.
Missae sacrificio, DS 1738-1759; León XIII, Carta enc.
Mirae Caritatis (28 mayo 1902): ASS (1903), 115- 136,
115-136; Pío XII, Carta enc. Mediator Dei (20 noviembre 1947):
AAS 39 (1947), 521-595; Pablo VI, Carta enc. Mysterium Fidei
(3 septiembre 1965): AAS57 (1965), 753-774; Juan Pablo II,
Carta enc.
Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003): AAS 95(2003),
433-475; Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos, Instr. Eucharisticum mysterium (25 mayo 1967):
AAS 59 (1967), 539-573; Instr. Liturgiam authenticam (28
marzo 2001): AAS 93 (2001), 685-726.
[11] Cf. Propositio
1.
[12] N. 14: AAS 98
(2006), 229.
[13] Catecismo de
la Iglesia Católica, 1327.
[14] Propositio 16.
[15]
Homilía en la Misa de toma de posesión de la Cátedra de Roma (7
mayo 2005): AAS 97 (2005), 752.
[16] Cf. Propositio
4.
[17] De Trinitate, VIII,
8, 12: CCL 50, 287.
[18] Carta enc.
Deus caritas est (25 diciembre 2005), 12: AAS 98
(2006), 228.
[19] Cf. Propositio
3.
[20] Breviario Romano,
Himno en el Oficio de lectura de la solemnidad del Santísimo Cuerpo y
Sangre de Cristo.
[21] Carta enc.
Deus caritas est (25 diciembre 2005), 13: AAS 98
(2006), 228.
[22]
Homilía en la explanada de Marienfeld (21 agosto 2005): AAS
97 (2005), 891-892.
[23] Cf. Propositio
3.
[24] Cf. Misal Romano,
Plegaria Eucarística IV.
[25] Catequesis XXIII,
7: PG 33, 1114s.
[26] Cf. Sobre el
sacerdocio, VI, 4: PG 48, 681.
[27] Ibíd., III,
4: PG 48, 642.
[28] Propositio 22.
[29] Cf. Propositio
42: « Este encuentro eucarístico se realiza en el Espíritu Santo que
nos transforma y santifica. Él despierta en el discípulo la decidida
voluntad de anunciar con audacia a los demás lo que se ha escuchado y
vivido, para acompañarlos al mismo encuentro con Cristo. De este modo,
el discípulo, enviado por la Iglesia, se abre a una misión sin
fronteras ».
[30] Cf. Conc. Ecum. Vat.
II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 3; véase, por ejemplo, S.
Juan Crisóstomo, Catequesis 3,13-19: SC 50,174-177.
(31) Juan
Pablo II, Carta enc. Ecclesia de
Eucharistia (17 abril 2003), 1: AAS 95(2003) 433.
(32) Ibid-21:AAS 95 (2003), 447.
(33) Cf. Juan
Pablo II, Carta enc.
Redemptor
hominis (4 marzo 1979), 20: AAS 71 (1979), 309-316;
Carta ap.
Dominicae Cenae (24 febrero 1980), 4: AAS 72 (1980),
119-121.
(34) Cf.
Propositio 5.
(35) Cf. Sto.
Tomás de Aquino, Summa Theologiae, III, q. 80, a. 4.
(36) N. 38:
AAS 95 (2003), 458.
(37) Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 23.
(38)
Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta
Communionis notio, sobre algunos aspectos de la Iglesia como
comunión (28 mayo 1992), 11: AAS 85 (1993), 844-845.
(39)
Propositio 5: « El término “católico” expresa la universalidad que
proviene de la unidad que la Eucaristía, que se celebra en cada
Iglesia, favorece y edifica. En la Eucaristía, las Iglesias
particulares tienen el papel de hacer visible en la Iglesia universal
su propia unidad y su diversidad. Esta relación de amor fraterno deja
entrever la comunión trinitaria. Los concilios y los sínodos expresan
en la historia este aspecto fraterno de la Iglesia ».
(40) Cf.
ibíd.
(41) Decr.
Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los
presbíteros, 5.
(42) Cf.
Propositio 14.
(43) Const.
dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 1.
(44) De
Orat. Dom., 23: PL 4, 553.
(45) Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 48; cf. también ibíd.,
9.
(46) Cf.
Propositio 13.
(47) Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 7.
(48) Cf.
ibíd., 11; Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 9.13.
(49) Cf. Juan
Pablo II, Carta ap.
Dominicae Cenae (24 febrero 1980), 7: AAS 72 (1980),
124-127; Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los
presbíteros, 5.
(50) Cf.
Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 710.
(51) Cf.
Rito de la iniciación cristiana de los adultos, Introd. gen., nn.
34-36.
(52) Cf.
Rito del Bautismo de los niños, Introd. nn. 18-19.
(53) Cf.
Propositio 15.
(54) Cf.
Propositio 7. Juan Pablo II, Carta enc. Ecclesia de
Eucharistia (17 abril 2003), 36: AAS 95 (2003),
457-458.
(55) Cf. Juan
Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Reconciliatio et paenitentia (2 diciembre 1984), 18: AAS
77 (1985), 224-228.
(56) Cf. Catecismo de
la Iglesia Católica, 1385.
(57) A este
respecto, se puede pensar en el Confiteor o en las palabras del
sacerdote y de la asamblea antes de acercarse al altar: « Señor, no
soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para
sanarme ». La liturgia prevé justamente algunas oraciones muy
bellas para el sacerdote, transmitidas por la tradición y que le
recuerdan la necesidad de ser perdonado, como, por ejemplo, las que se
pronuncian en voz baja antes de invitar a los fieles a la comunión
sacramental: « líbrame, por la recepción de tu Cuerpo y de tu
Sangre, de todas mis culpas y de todo mal. Concédeme cumplir siempre
tus mandamientos y jamás permitas que me separe de ti ».
(58) Cf. S.
Juan Damasceno, Sobre la recta fe, IV, 9: PG 94, 1124C;
S. Gregorio Nacianceno, Discurso 39, 17: PG 36, 356A;
Conc. Ecum. de Trento, Doctrina de sacramento paenitentiae, cap.
2: DS 1672.
(59) Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Cost. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11; Juan Pablo II, Exhort. ap.
postsinodal
Reconciliatio et paenitentia (2 diciembre 1984), 30: AAS
77 (1985), 256-257.
(60) Cf.
Propositio 7.
(61)Cf. Juan
Pablo II, Motu proprio
Misericordia Dei (7 abril 2002): AAS 94 (2002),
452-459.
(62) Junto con
los Padres sinodales, recuerdo que las celebraciones penitenciales no
sacramentales, mencionadas en el ritual del sacramento de la
Reconciliación, pueden ser útiles para aumentar el espíritu de
conversión y de comunión en las comunidades cristianas, preparando así
los corazones a la celebración del sacramento: cf. Propositio
7.
(63) Cf.
Código de
Derecho Canónico, can. 508.
(64) Pablo VI,
Const. ap. Indulgentiarum doctrina (1 enero 1967), Normae,
n. 1: AAS 59 (1967), 21.
(65) Ibíd.,
9: AAS 59 (1967), 18-19.
(66) Cf. Catecismo de
la Iglesia Católica, 1499-1531.
(67) Ibid.
1524
(68) Cf.
Propositio 44.
(69) Cf.
Sínodo de los Obispos, II Asamblea General, Documento sobre el
sacerdocio ministerial Ultimis temporibus (30 noviembre 1971):
AAS 63 (1971), 898-942.
(70) Cf. Juan
Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 42-69: AAS 84
(1992), 729-778.
(71) Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 10; Congregación para la
Doctrina de la Fe, Carta sobre algunas cuestiones concernientes al
ministro de la Eucaristía Sacerdotium ministeriale (6 agosto
1983): AAS 75 (1983), 1001-1009.
(72) Catecismo de
la Iglesia Católica, 1548.
(73) Ibíd
1552
(74) Cf. In
Iohannis Evangelium Tractatus 123, 5: PL 35, 1967.
(75) Cf.
Propositio 11.
(76) Cf. Decr.
Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los
presbíteros, 16.
(77) Cf. Juan
XXIII, Carta enc. Sacerdotii nostri primordia (1 agosto 1959):
AAS 51 (1959), 545-579; Pablo VI, Carta enc. Sacerdotalis
coelibatus (24 junio 1967): AAS 59 (1967), 657-697; Juan
Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 29: AAS 84 (1992),
703-705; Benedicto XVI,
Discurso a la Curia Romana ( 22 diciembre 2006):
L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (29 diciembre 2006),
p. 7.
(78) Cf.
Propositio 11.
(79) Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Decr.
Optatam totius, sobre la formación sacerdotal, 6; Código de
Derecho Canónico, can. 241, § 1 y can. 1029; Código de los
Cánones de las Iglesias Orientales, can. 342, § 1 y can. 758; Juan
Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Pastores dabo vobis (25 marzo 1992) 11.34.50: AAS 84
(1992), 673-675; 712-714; 746-748; Congregación para el Clero,
Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros
Dives Ecclesiae (31 marzo 1994), 58: LEV, 1994, pp.
56-58; Congregación para la Educación Católica,
Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional sobre las
personas con tendencias homosexuales con vistas a su admisión al
Seminario y a las Órdenes sagradas (4 noviembre 2005): AAS
97 (2005), 1007-1013.
(80) Cf.
Propositio 12; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Pastores dabo vobis (25 marzo 1992) 41: AAS 84 (1992),
726-729.
(81) Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 29.
(82) Cf.
Propositio 38.
(83) Cf. Juan
Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 57: AAS 74
(1982), 149-150.
(84) Carta ap.
Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 26: AAS 80
(1988), 1715-1716.
(85) Catecismo de
la Iglesia Católica, 1617.
(86) Cf.
Propositio 8.
(87) Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11.
(88)Cf.
Propositio 8.
(89) Cf. Juan
Pablo II, Carta ap.
Mulieris dignitatem (15 agosto 1988): AAS 80 (1988),
1653-1729; Congregación para la Doctrina de la Fe,
Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del
hombre y de la mujer en la Iglesia y en el mundo (31 mayo
2004): AAS 96 (2004), 671-687.
(90) Cf.
Propositio 9.
(91) Cf. Catecismo de
la Iglesia Católica, 1640.
(92) Cf. Juan
Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 84: AAS 74
(1982), 184-186; Congregación para la Doctrina de la Fe,
Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la
comunión eucarística por parte de los fieles divorciados y vueltos a
casarAnnus Internationalis Familiae (14 septiembre 1994):
AAS 86 (1994), 974-979.
(93) Cf.
Consejo Pontificio para los Textos Legislativos, Instrucción sobre las
normas que han de observarse en los tribunales eclesiásticos en las
causas matrimoniales
Dignitas connubii (25 enero 2005), Ciudad del Vaticano, 2005.
(94) Cf.
Propositio 40.
(95)
Discurso al Tribunal de la Rota Romana con ocasión de la inauguración
del año judicial (28
enero 2006): AAS 98 (2006), 138.
(96) Cf.
Propositio 40.
(97) Cf.
ibíd.
(98) Cf.
ibíd.
(99) Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 48.
(100) Cf.
Propositio 3.
(101) A este
propósito, quisiera recordar las palabras llenas de esperanza y de
consuelo de la Plegaria eucarística II: « Acuérdate también de
nuestros hermanos que durmieron en la esperanza de la resurrección, y
de todos los que han muerto en tu misericordia; admítelos a contemplar
la luz de tu rostro ».
(102) Cf.
Homilía (8 diciembre 2005): AAS 98 (2006), 15-16.
(103) Const.
dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 58.
(104)
Propositio 4.
(105)
Relatio post disceptationem, 4: L'Osservatore Romano (14
octubre 2005), p. 5.
(106) Cf.
Serm. 1, 7; 11, 10; 22, 7; 29, 76: Sermones dominicales ad
fidem codicum nunc denuo editi, Grottaferrata, 1977, pp.135, 209
s., 292 s., 337; Benedicto XVI,
Mensaje a los Movimientos Eclesiales y a las Nuevas Comunidades
(22 mayo 2006): AAS 98 (2006), 463.
(107) Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 22.
(108) Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 2.4.
(109)
Propositio 33.
(110) Sermo
227, 1: PL 38, 1099.
(111) S.
Agustín, In Iohannis Evangelium Tractatus, 21, 8: PL 35,
1568.
(112) Ibíd.,
28,1: PL 35, 1622.
(113) Cf.
Propositio 30. La santa Misa que la Iglesia celebra durante la
semana, y a la que se invita a los fieles a participar, tiene también
su paradigma en el día del Señor, el día de la resurrección de Cristo;
Propositio 43.
(114) Cf.
Propositio 2.
(115) Cf.
Propositio 25.
(116) Cf.
Propositio 19. La Propositio 25 especifica: « Una auténtica
acción litúrgica expresa la sacralidad del Misterio eucarístico. Ésta
debería reflejarse en las palabras y las acciones del sacerdote
celebrante mientras intercede ante Dios, tanto con los fieles como por
ellos ».
(117)
Ordenación General del Misal Romano, 22; cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 41;
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,
Instr.
Redemptionis Sacramentum (25 marzo 2004), 19-25: AAS 96
(2004), 555-557.
(118) Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Decr.
Christus Dominus, sobre la función pastoral de los obispos,
14; Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 41.
(119)
Ordenación General del Misal Romano, 22.
(120) Cf.
ibíd.
(121) Cf.
Propositio 25.
(122) Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 112-130.
(123) Cf.
Propositio 27.
(124) Cf.
ibíd.
(125) Con
referencia a estos aspectos, es necesario atenerse fielmente a lo
establecido en la Ordenación General del Misal Romano, 319-351.
(126) Cf.
Ordenación General del Misal Romano, 39-41; Conc. Ecum. Vat. II,
Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 112-118.
(127) Sermo 34,
1: PL 38, 210.
(128) Cf.
Propositio 25: « Como todas las expresiones artísticas, también el
canto debe armonizarse íntimamente con la liturgia y contribuir
eficazmente a su finalidad, es decir, ha de expresar la fe, la
oración, la admiración y el amor a Jesús presente en la Eucaristía ».
(129) Cf.
Propositio 29.
(130) Cf.
Propositio 36.
(131) Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 116;
Ordenación General del Misal Romano, 41.
(132)
Ordenación General del Misal Romano, 28; cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 56; Sagrada
Congregación de Ritos, Instr. Eucharisticum Mysterium (25 mayo
1967), 3: AAS 57 (1967), 540-543.
(133) Cf.
Propositio 18.
(134) Ibíd.
(135)
Ordenación General del Misal Romano, 29.
(136) Cf. Juan
Pablo II, Carta. enc. Fides et ratio (14
septiembre 1998), 13: AAS 91 (1999), 15-16.
(137) S.
Jerónimo, Comm. in Is., Prol.: PL 24, 17; cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 25.
(138) Cf.
Propositio 31.
(139) Cf.
Ordenación General del Misal Romano, 29; Conc. Ecum. Vat. II,
Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 7.33.52.
(140)
Propositio 19.
(141) Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 52.
(142) Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 21.
(143) Para
este fin, el Sínodo ha exhortado a elaborar elementos pastorales
basados en el leccionario trienal, que ayuden a unir intrínsecamente
la proclamación de las lecturas previstas con la doctrina de la fe:
cf. Propositio 19.
(144) Cf.
Propositio 20.
(145)
Ordenación General del Misal Romano, 78.
(146) Cf.
ibíd. 78-79.
(147) Cf.
Propositio 22.
(148)
Ordenación General del Misal Romano, 79d.
(149) Ibíd. 79c.
(150) Teniendo
en cuenta costumbres antiguas y venerables, así como los deseos
manifestados por los Padres sinodales, he pedido a los Dicasterios
competentes que estudien la posibilidad de colocar el rito de la paz
en otro momento, por ejemplo, antes de la presentación de las ofrendas
en el altar. Por lo demás, dicha opción recordaría de manera
significativa la amonestación del Señor sobre la necesidad de
reconciliarse antes de presentar cualquier ofrenda a Dios (cf.Mt
5,23 s.): cf. Propositio 23.
(151) Cf.
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,
Instr.
Redemptionis Sacramentum (25 marzo 2004), 80-96: AAS 96
(2004), 574-577.
(152) Cf.
Propositio 34.
(153) Cf.
Propositio 35.
(154) Cf.
Propositio 24.
(155) Cf.
Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 14-20; 30
s.; 48 s.; Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos, Instr.
Redemptionis Sacramentum (25 marzo 2004), 36-42: AAS 96
(2004), 561-564.
(156) N. 48.
(157) Ibíd.
(158) Cf.
Congregación para el Clero y otros Dicasterios de la Curia Romana,
Instr. Sobre algunas cuestiones acerca de la colaboración de los
fieles laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes, Ecclesiae
de mysterio (15 agosto 1997): AAS 89 (1997), 852-877.
(159) Cf.
Propositio 33.
(160)
Ordenación General del Misal Romano, 92.
(161) Cf.
ibíd., 94.
(162) Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Decr.
Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de los laicos,
24; Ordenación General del Misal Romano, nn. 95-111;
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,
Instr.
Redemptionis Sacramentum (25 marzo 2004), 43-47: AAS 96
(2004), 564-566; Propositio 33: « Se han de introducir estos
ministerios de acuerdo con un mandato específico y las exigencias
reales de la comunidad que celebra. Las personas encargadas de estos
servicios litúrgicos laicales han de ser elegidas con mucha atención,
bien preparadas y acompañadas con una formación permanente. Su
nombramiento ha de ser temporal. Dichas personas deben ser conocidas
por la comunidad y recibir de ella el debido reconocimiento ».
(163) Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 37-42.
(164) Cf. nn.
386-399.
(165) AAS 87
(1995), 288-314.
(166) Cf.
Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre
1995), 55-71; Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in America (22
enero 1999), 16.40.64.70-72: AAS 91 (1999), 752-753; 775-776;
799; 805-809; Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Asia (6
noviembre 1999), 21s.: AAS 92 (2000), 482-487; Exhort. ap.
postsinodal Ecclesia in Oceania (22 noviembre 2001), 16: AAS
94 (2002), 382- 384; Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Europa
(28 junio 2003), 58- 60: AAS 95 (2003), 685-686.
(167) Cf.
Propositio 26.
(168) Cf.
Propositio 35; Conc. Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 11.
(169) Cf. Catecismo de
la Iglesia Católica, 1388; Conc. Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 55.
(170) Cf.
Carta enc.
Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003), 34: AAS 95
(2003), 456.
(171) Así, por
ejemplo, Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, III, q. 80, a.
1,2; Sta. Teresa de Jesús, Camino de perfección, cap. 35. La
doctrina ha sido confirmada con autoridad por el Concilio de Trento,
sess. XIII, c. VIII.
(172) Cf. Juan
Pablo II, Carta enc.
Ut unum sint
(25 mayo 1995), 8: AAS 87 (1995), 925-926.
(173) Cf.
Propositio 41; Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 8,15; Juan Pablo
II, Carta enc. Ut unum sint
(25 mayo 1995), 46: AAS 87 (1995), 948; Carta enc. Ecclesia de
Eucharistia (17 abril 2003), 45-46: AAS 95 (2003), 463-
464;
Código de Derecho Canónico, can. 844 §§ 3-4; Código de los
Cánones de las Iglesias Orientales, can. 671 §§ 3-4; Consejo
Pontificio para la Unidad de los Cristianos, Directoire pour
l'application des principes et des normes sur l'œcuménisme (25
marzo 1993), 125, 129-131:AAS 85 (1993), 1087, 1088-1089.
(174) Cf. nn.
1398-1401.
(175) Cf. n.
293.
(176)Cf.
Consejo Pontificio de las Comunicaciones Sociales, Instr. past. sobre
las Comunicaciones Sociales en el 20º aniversario de la « Communio et
progressio »,
Aetatis novae (22 febrero 1992): AAS 84 (1992),
447-468.
(177) Cf.
Propositio 29.
(178) Cf.
Propositio 44.
(179) Cf.
Propositio 48.
(180) Este
conocimiento se puede adquirir también en los años de formación de los
candidatos al sacerdocio en el seminario mediante iniciativas
apropiadas: cf. Propositio 45.
(181) Cf.
Propositio 37.
(182) Cf.
Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 36 y 54.
(183)
Propositio 36.
(184) Cf.
ibíd.
(185) Cf.
Propositio 32.
(186)Cf.
Propositio 14.
(187)
Propositio 19.
(188) Cf.
Propositio 14.
(189) Cf.
Homilía en las primeras Vísperas de Pentecostés (3 junio
2006): AAS 98 (2006), 509.
(190) Cf.
Propositio 34.
(191)
Enarrationes in Psalmos 98,9 CCL XXXIX 1385; cf.
Discurso a la Curia Romana (22 diciembre 2005): AAS 98
(2006), 44-45.
(192) Cf.
Propositio 6.
(193)
Discurso a la Curia Romana (22 diciembre 2005): AAS 98
(2006), 45.
(194) Cf.
Propositio 6; Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de
los Sacramentos,
Directorio sobre la piedad popular y liturgia (17 diciembre
2001), nn. 164-165, Ciudad del Vaticano 2002; Sagrada Congregación de
Ritos, Instr. Eucharisticum Mysterium (25 mayo 1967): AAS
57 (1967), 539-573.
(195) Cf.
Relatio post disceptationem, 11: L'Osservatore Romano (14
octubre 2005), p. 5.
(196)Cf.
Propositio 28.
(197) Cf. n.
314.
(198) VII, 10,
16: PL 32, 742.
(199)
Homilía en la Explanada de Marienfeld, (21 agosto 2005):
AAS 97 (2005), 892; cf.
Homilía en la Vigilia de Pentecostés (3 junio 2006): AAS
98 (2006), 505.
(200) Cf.
Relatio post disceptationem, 6,47: L'Osservatore Romano (14
octubre 2005), pp. 5. 6; Propositio 43.
(201) De
civitate Dei, X, 6: PL 41, 284.
(202) Cf. Catecismo de
la Iglesia Católica, 1368.
(203) Cf. S.
Ireneo, Contra las herejías IV, 20, 7: PG 7, 1037.
(204) A los
Magnesios, 9,1-2: PG 5, 670.
(205) Cf. I
Apología 67, 1-6; 66: PG 6, 430 s. 427. 430.
(206) Cf.
Propositio 30.
(207) Cf.
AAS 90 (1998), 713-766.
(208)
Propositio 30.
(209)
Homilía (19 marzo 2006): AAS 98 (2006), 324.
(210) Señala a
este respecto el
Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 258: « El
descanso abre al hombre, sujeto a la necesidad del trabajo, la
perspectiva de una libertad más plena, la del Sábado eterno (cf. Hb
4,9-10). El descanso permite a los hombres recordar y revivir las
obras de Dios, desde la Creación hasta la Redención, reconocerse a sí
mismos como obra suya (cf. Ef 2,10), y dar gracias por su vida
y su subsistencia a Él, que de ellas es el Autor ».
(211) Cf.
Propositio 10.
(212) Cf.
ibíd..
(213) Cf.
Discurso a los obispos de la conferencia episcopal de Canadá – Quebec
en visita ad limina Apostolorum (11 mayo 2006):
L'Osservatore Romano (12 mayo 2006), p. 5.
(214) N. 10:
AAS 71(1979), 414-415.
(215)
Audiencia general del 29 marzo 2006: L'Osservatore Romano, ed.
en lengua española (31 marzo 2006), p. 16.
(216)
Propositio 39.
(217) Cf.
Relatio post disceptationem, 30: L'Osservatore Romano (14
octubre 2005), p. 6.
(218) Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium sobre la Iglesia, 39-42.
(219) Cf. Juan
Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Christifideles laici (30 diciembre 1988), 14.16: AAS 81
(1989), 409-413; 416-418.
(220) Cf.
Propositio 39.
(221) Cf.
ibíd.
(222)
Pontifical Romano. Ordenación del Obispo, de Presbíteros y de
Diáconos, Rito de la ordenación del presbítero, n. 150.
(223) Cf. Juan
Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Pastores dabo vobis (25 marzo 1992),19-33; 70-81: AAS
84 (1992), 686-712; 778-800.
(224)
Propositio 38.
(225)
Propositio 39. Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Vita consecrata (25 marzo 1996), 95: AAS 88 (1996),
470-471.
(226) Código de
Derecho Canónico, can. 663, § 1.
(227) Cf. Juan
Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Vita consecrata (25 marzo 1996), 34: AAS 88 (1996),
407-408.
(228) Carta
enc.
Veritatis splendor (6 agosto 1993), 107: AAS 85 (1993),
1216-1217.
(229) Carta
enc.
Deus caritas est (25 diciembre 2005), 14: AAS 98
(2006), 229.
(230) Cf. Juan
Pablo II, Carta enc. Evangelium
vitae (25 marzo 1995): AAS 87 (1995), 401-522;
Benedicto XVI,
Discurso a un congreso organizado por la Academia Pontificia para la
vida (27 febrero 2006): AAS 98 (2006), 264-265.
(231) Cf.
Congregación para la Doctrina de la Fe,
Nota doctrinal acerca de algunas cuestiones con respecto al
comportamiento de los católicos en la vida política (24 noviembre
2002): AAS 95 (2004), 359-370.
(232) Cf.
Propositio 46.
(233) AAS
(2005), 711.
(234)
Propositio 42.
(235) Cf.
Martirio de Policarpo, XV, 1: PG 5, 1039. 1042.
(236) A los
Romanos, IV,1: PG 5, 690.
(237)Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium sobre la Iglesia, 42.
(238) Cf.
Propositio 42; Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. sobre
la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia
Dominus Iesus (6 agosto 2000), 13-15: AAS 92 (2000),
754-755.
(239) Cf.
Propositio 42.
(240)Carta enc.
Deus caritas est (25 diciembre 2005), 18: AAS 98
(2006), 232.
(241) Ibíd.,
n. 14.
(242) Durante
la asamblea sinodal hemos escuchado conmovidos testimonios muy
significativos acerca de la eficacia del sacramento en la obra de
pacificación. Se afirma al respecto en la Propositio 49: «
Gracias a las celebraciones eucarísticas, pueblos en conflicto se han
podido reunir alrededor de la Palabra de Dios, escuchar su anuncio
profético de reconciliación a través del perdón gratuito, recibir la
gracia de la conversión que permite la comunión en el mismo pan y en
el mismo cáliz ».
(243) Cf.
Propositio 48.
(244) Carta
enc.
Deus caritas est (25 diciembre 2005), 28: AAS 98
(2006), 239.
(245)
Propositio 48.
(246)
Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (9
enero 2006), 28: AAS 98 (2006), 127.
(247) Ibíd.
(248) Cf.
Propositio 48. A este respecto es muy útil el
Compendio de la doctrina social de la Iglesia.
(249) Cf.
Propositio 43.
(250) Cf.
Propositio 47.
(251) Cf.
Propositio 17.
(252) Acta
SS. Saturnini, Dativi et aliorum plurimorum martyrum in Africa, 7.
9. 10: PL 8, 707.709-710.
(253) Cf.
Carta enc.
Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003), 53: AAS 95
(2003), 469.
(254)
Plegaria Eucarística I (Canon Romano).
(255)
Propositio 50.
(256) Cf.
Homilía (8 diciembre 2005): AAS 98 (2006), 15.
(Traducción
del original italiano realizada por Zenit) |

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