EL
MENSAJE DE LA POPULORUM PROGRESSIO
10. A más de cuarenta años de su publicación,
la relectura de la Populorum progressio insta a permanecer fieles a
su mensaje de caridad y de verdad, considerándolo en el ámbito del
magisterio específico de Pablo VI y, más en general, dentro de la
tradición de la doctrina social de la Iglesia. Se han de valorar
después los diversos términos en que hoy, a diferencia de entonces,
se plantea el problema del desarrollo. El punto de vista correcto,
por tanto, es el de la Tradición de la fe apostólica[13], patrimonio
antiguo y nuevo, fuera del cual la Populorum progressio sería un
documento sin raíces y las cuestiones sobre el desarrollo se
reducirían únicamente a datos sociológicos.
11. La publicación de la Populorum progressio tuvo lugar poco
después de la conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II. La
misma Encíclica señala en los primeros párrafos su íntima relación
con el Concilio.[14] Veinte años después, Juan Pablo II subrayó en
la Sollicitudo rei socialis la fecunda relación de aquella Encíclica
con el Concilio y, en particular, con la Constitución pastoral
Gaudium et spes[15]. También yo deseo recordar aquí la importancia
del Concilio Vaticano II para la Encíclica de Pablo VI y para todo
el Magisterio social de los Sumos Pontífices que le han sucedido. El
Concilio profundizó en lo que pertenece desde siempre a la verdad de
la fe, es decir, que la Iglesia, estando al servicio de Dios, está
al servicio del mundo en términos de amor y verdad. Pablo VI partía
precisamente de esta visión para decirnos dos grandes verdades. La
primera es que toda la Iglesia, en todo su ser y obrar, cuando
anuncia, celebra y actúa en la caridad, tiende a promover el
desarrollo integral del hombre. Tiene un papel público que no se
agota en sus actividades de asistencia o educación, sino que
manifiesta toda su propia capacidad de servicio a la promoción del
hombre y la fraternidad universal cuando puede contar con un régimen
de libertad. Dicha libertad se ve impedida en muchos casos por
prohibiciones y persecuciones, o también limitada cuando se reduce
la presencia pública de la Iglesia solamente a sus actividades
caritativas. La segunda verdad es que el auténtico desarrollo del
hombre concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en
todas sus dimensiones[16]. Sin la perspectiva de una vida eterna, el
progreso humano en este mundo se queda sin aliento. Encerrado dentro
de la historia, queda expuesto al riesgo de reducirse sólo al
incremento del tener; así, la humanidad pierde la valentía de estar
disponible para los bienes más altos, para las iniciativas grandes y
desinteresadas que la caridad universal exige. El hombre no se
desarrolla únicamente con sus propias fuerzas, así como no se le
puede dar sin más el desarrollo desde fuera. A lo largo de la
historia, se ha creído con frecuencia que la creación de
instituciones bastaba para garantizar a la humanidad el ejercicio
del derecho al desarrollo. Desafortunadamente, se ha depositado una
confianza excesiva en dichas instituciones, casi como si ellas
pudieran conseguir el objetivo deseado de manera automática. En
realidad, las instituciones por sí solas no bastan, porque el
desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por tanto,
comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por
parte de todos. Este desarrollo exige, además, una visión
trascendente de la persona, necesita a Dios: sin Él, o se niega el
desarrollo, o se le deja únicamente en manos del hombre, que cede a
la presunción de la auto-salvación y termina por promover un
desarrollo deshumanizado. Por lo demás, sólo el encuentro con Dios
permite no «ver siempre en el prójimo solamente al otro»[17], sino
reconocer en él la imagen divina, llegando así a descubrir
verdaderamente al otro y a madurar un amor que «es ocuparse del otro
y preocuparse por el otro»[18].
12. La relación entre la Populorum progressio y el Concilio Vaticano
II no representa un fisura entre el Magisterio social de Pablo VI y
el de los Pontífices que lo precedieron, puesto que el Concilio
profundiza dicho magisterio en la continuidad de la vida de la
Iglesia[19]. En este sentido, algunas subdivisiones abstractas de la
doctrina social de la Iglesia, que aplican a las enseñanzas sociales
pontificias categorías extrañas a ella, no contribuyen a
clarificarla. No hay dos tipos de doctrina social, una preconciliar
y otra postconciliar, diferentes entre sí, sino una única enseñanza,
coherente y al mismo tiempo siempre nueva[20]. Es justo señalar las
peculiaridades de una u otra Encíclica, de la enseñanza de uno u
otro Pontífice, pero sin perder nunca de vista la coherencia de todo
el corpus doctrinal en su conjunto[21]. Coherencia no significa un
sistema cerrado, sino más bien la fidelidad dinámica a una luz
recibida. La doctrina social de la Iglesia ilumina con una luz que
no cambia los problemas siempre nuevos que van surgiendo[22]. Eso
salvaguarda tanto el carácter permanente como histórico de este
«patrimonio» doctrinal[23] que, con sus características específicas,
forma parte de la Tradición siempre viva de la Iglesia[24]. La
doctrina social está construida sobre el fundamento transmitido por
los Apóstoles a los Padres de la Iglesia y acogido y profundizado
después por los grandes Doctores cristianos. Esta doctrina se remite
en definitiva al hombre nuevo, al «último Adán, Espíritu que da
vida» (1 Co 15,45), y que es principio de la caridad que «no pasa
nunca» (1 Co 13,8). Ha sido atestiguada por los Santos y por cuantos
han dado la vida por Cristo Salvador en el campo de la justicia y la
paz. En ella se expresa la tarea profética de los Sumos Pontífices
de guiar apostólicamente la Iglesia de Cristo y de discernir las
nuevas exigencias de la evangelización. Por estas razones, la
Populorum progressio, insertada en la gran corriente de la
Tradición, puede hablarnos todavía hoy a nosotros.
13. Además de su íntima unión con toda la doctrina social de la
Iglesia, la Populorum progressio enlaza estrechamente con el
conjunto de todo el magisterio de Pablo VI y, en particular, con su
magisterio social. Sus enseñanzas sociales fueron de gran
relevancia: reafirmó la importancia imprescindible del Evangelio
para la construcción de la sociedad según libertad y justicia, en la
perspectiva ideal e histórica de una civilización animada por el
amor. Pablo VI entendió claramente que la cuestión social se había
hecho mundial [25] y captó la relación recíproca entre el impulso
hacia la unificación de la humanidad y el ideal cristiano de una
única familia de los pueblos, solidaria en la común hermandad.
Indicó en el desarrollo, humana y cristianamente entendido, el
corazón del mensaje social cristiano y propuso la caridad cristiana
como principal fuerza al servicio del desarrollo. Movido por el
deseo de hacer plenamente visible al hombre contemporáneo el amor de
Cristo, Pablo VI afrontó con firmeza cuestiones éticas importantes,
sin ceder a las debilidades culturales de su tiempo.
14. Con la Carta apostólica Octogesima adveniens, de 1971, Pablo VI
trató luego el tema del sentido de la política y el peligro que
representaban las visiones utópicas e ideológicas que comprometían
su cualidad ética y humana. Son argumentos estrechamente unidos con
el desarrollo. Lamentablemente, las ideologías negativas surgen
continuamente. Pablo VI ya puso en guardia sobre la ideología
tecnocrática[26], hoy particularmente arraigada, consciente del gran
riesgo de confiar todo el proceso del desarrollo sólo a la técnica,
porque de este modo quedaría sin orientación. En sí misma
considerada, la técnica es ambivalente. Si de un lado hay
actualmente quien es propenso a confiar completamente a ella el
proceso de desarrollo, de otro, se advierte el surgir de ideologías
que niegan in toto la utilidad misma del desarrollo, considerándolo
radicalmente antihumano y que sólo comporta degradación. Así, se
acaba a veces por condenar, no sólo el modo erróneo e injusto en que
los hombres orientan el progreso, sino también los descubrimientos
científicos mismos que, por el contrario, son una oportunidad de
crecimiento para todos si se usan bien. La idea de un mundo sin
desarrollo expresa desconfianza en el hombre y en Dios. Por tanto,
es un grave error despreciar las capacidades humanas de controlar
las desviaciones del desarrollo o ignorar incluso que el hombre
tiende constitutivamente a «ser más». Considerar ideológicamente
como absoluto el progreso técnico y soñar con la utopía de una
humanidad que retorna a su estado de naturaleza originario, son dos
modos opuestos para eximir al progreso de su valoración moral y, por
tanto, de nuestra responsabilidad.
15. Otros dos documentos de Pablo VI, aunque no tan estrechamente
relacionados con la doctrina social -la Encíclica Humanae vitae, del
25 de julio de 1968, y la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi,
del 8 de diciembre de 1975- son muy importantes para delinear el
sentido plenamente humano del desarrollo propuesto por la Iglesia.
Por tanto, es oportuno leer también estos textos en relación con la
Populorum progressio.
La
Encíclica Humanae vitae subraya el sentido unitivo y procreador a la
vez de la sexualidad, poniendo así como fundamento de la sociedad la
pareja de los esposos, hombre y mujer, que se acogen recíprocamente
en la distinción y en la complementariedad; una pareja, pues,
abierta a la vida[27]. No se trata de una moral meramente
individual: la Humanae vitae señala los fuertes vínculos entre ética
de la vida y ética social, inaugurando una temática del magisterio
que ha ido tomando cuerpo poco a poco en varios documentos y, por
último, en la Encíclica Evangelium vitae de Juan Pablo II[28]. La
Iglesia propone con fuerza esta relación entre ética de la vida y
ética social, consciente de que «no puede tener bases sólidas, una
sociedad que -mientras afirma valores como la dignidad de la
persona, la justicia y la paz- se contradice radicalmente aceptando
y tolerando las más variadas formas de menosprecio y violación de la
vida humana, sobre todo si es débil y marginada»[29].
La
Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi guarda una relación muy
estrecha con el desarrollo, en cuanto «la evangelización -escribe
Pablo VI- no sería completa si no tuviera en cuenta la interpelación
recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el
Evangelio y la vida concreta, personal y social del hombre»[30].
«Entre evangelización y promoción humana (desarrollo, liberación)
existen efectivamente lazos muy fuertes»[31]: partiendo de esta
convicción, Pablo VI aclaró la relación entre el anuncio de Cristo y
la promoción de la persona en la sociedad. El testimonio de la
caridad de Cristo mediante obras de justicia, paz y desarrollo forma
parte de la evangelización, porque a Jesucristo, que nos ama, le
interesa todo el hombre. Sobre estas importantes enseñanzas se funda
el aspecto misionero [32] de la doctrina social de la Iglesia, como
un elemento esencial de evangelización[33]. Es anuncio y testimonio
de la fe. Es instrumento y fuente imprescindible para educarse en
ella.
16. En la Populorum progressio, Pablo VI nos ha querido decir, ante
todo, que el progreso, en su fuente y en su esencia, es una
vocación: «En los designios de Dios, cada hombre está llamado a
promover su propio progreso, porque la vida de todo hombre es una
vocación»[34]. Esto es precisamente lo que legitima la intervención
de la Iglesia en la problemática del desarrollo. Si éste afectase
sólo a los aspectos técnicos de la vida del hombre, y no al sentido
de su caminar en la historia junto con sus otros hermanos, ni al
descubrimiento de la meta de este camino, la Iglesia no tendría por
qué hablar de él. Pablo VI, como ya León XIII en la Rerum novarum[35],
era consciente de cumplir un deber propio de su ministerio al
proyectar la luz del Evangelio sobre las cuestiones sociales de su
tiempo[36].
Decir que el desarrollo es vocación equivale a reconocer, por un
lado, que éste nace de una llamada trascendente y, por otro, que es
incapaz de darse su significado último por sí mismo. Con buenos
motivos, la palabra «vocación» aparece de nuevo en otro pasaje de la
Encíclica, donde se afirma: «No hay, pues, más que un humanismo
verdadero que se abre al Absoluto en el reconocimiento de una
vocación que da la idea verdadera de la vida humana»[37]. Esta
visión del progreso es el corazón de la Populorum progressio y
motiva todas las reflexiones de Pablo VI sobre la libertad, la
verdad y la caridad en el desarrollo. Es también la razón principal
por lo que aquella Encíclica todavía es actual en nuestros días.
17. La vocación es una llamada que requiere una respuesta libre y
responsable. El desarrollo humano integral supone la libertad
responsable de la persona y los pueblos: ninguna estructura puede
garantizar dicho desarrollo desde fuera y por encima de la
responsabilidad humana. Los «mesianismos prometedores, pero forjados
de ilusiones»[38] basan siempre sus propias propuestas en la
negación de la dimensión trascendente del desarrollo, seguros de
tenerlo todo a su disposición. Esta falsa seguridad se convierte en
debilidad, porque comporta el sometimiento del hombre, reducido a un
medio para el desarrollo, mientras que la humildad de quien acoge
una vocación se transforma en verdadera autonomía, porque hace libre
a la persona. Pablo VI no tiene duda de que hay obstáculos y
condicionamientos que frenan el desarrollo, pero tiene también la
certeza de que «cada uno permanece siempre, sean los que sean los
influjos que sobre él se ejercen, el artífice principal de su éxito
o de su fracaso»[39]. Esta libertad se refiere al desarrollo que
tenemos ante nosotros pero, al mismo tiempo, también a las
situaciones de subdesarrollo, que no son fruto de la casualidad o de
una necesidad histórica, sino que dependen de la responsabilidad
humana. Por eso, «los pueblos hambrientos interpelan hoy, con acento
dramático, a los pueblos opulentos»[40]. También esto es vocación,
en cuanto llamada de hombres libres a hombres libres para asumir una
responsabilidad común. Pablo VI percibía netamente la importancia de
las estructuras económicas y de las instituciones, pero se daba
cuenta con igual claridad de que la naturaleza de éstas era ser
instrumentos de la libertad humana. Sólo si es libre, el desarrollo
puede ser integralmente humano; sólo en un régimen de libertad
responsable puede crecer de manera adecuada.
18. Además de la libertad, el desarrollo humano integral como
vocación exige también que se respete la verdad. La vocación al
progreso impulsa a los hombres a «hacer, conocer y tener más para
ser más»[41]. Pero la cuestión es: ¿qué significa «ser más»? A esta
pregunta, Pablo VI responde indicando lo que comporta esencialmente
el «auténtico desarrollo»: «debe ser integral, es decir, promover a
todos los hombres y a todo el hombre»[42]. En la concurrencia entre
las diferentes visiones del hombre que, más aún que en la sociedad
de Pablo VI, se proponen también en la de hoy, la visión cristiana
tiene la peculiaridad de afirmar y justificar el valor incondicional
de la persona humana y el sentido de su crecimiento. La vocación
cristiana al desarrollo ayuda a buscar la promoción de todos los
hombres y de todo el hombre. Pablo VI escribe: «Lo que cuenta para
nosotros es el hombre, cada hombre, cada agrupación de hombres,
hasta la humanidad entera»[43]. La fe cristiana se ocupa del
desarrollo, no apoyándose en privilegios o posiciones de poder, ni
tampoco en los méritos de los cristianos, que ciertamente se han
dado y también hoy se dan, junto con sus naturales limitaciones[44],
sino sólo en Cristo, al cual debe remitirse toda vocación auténtica
al desarrollo humano integral. El Evangelio es un elemento
fundamental del desarrollo porque, en él, Cristo, «en la misma
revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta
plenamente el hombre al propio hombre»[45]. Con las enseñanzas de su
Señor, la Iglesia escruta los signos de los tiempos, los interpreta
y ofrece al mundo «lo que ella posee como propio: una visión global
del hombre y de la humanidad»[46]. Precisamente porque Dios
pronuncia el «sí» más grande al hombre[47], el hombre no puede dejar
de abrirse a la vocación divina para realizar el propio desarrollo.
La verdad del desarrollo consiste en su totalidad: si no es de todo
el hombre y de todos los hombres, no es el verdadero desarrollo.
Éste es el mensaje central de la Populorum progressio, válido hoy y
siempre. El desarrollo humano integral en el plano natural, al ser
respuesta a una vocación de Dios creador[48], requiere su
autentificación en «un humanismo trascendental, que da [al hombre]
su mayor plenitud; ésta es la finalidad suprema del desarrollo
personal»[49]. Por tanto, la vocación cristiana a dicho desarrollo
abarca tanto el plano natural como el sobrenatural; éste es el
motivo por el que, «cuando Dios queda eclipsado, nuestra capacidad
de reconocer el orden natural, la finalidad y el "bien", empieza a
disiparse»[50].
19. Finalmente, la visión del desarrollo como vocación comporta que
su centro sea la caridad. En la Encíclica Populorum progressio,
Pablo VI señaló que las causas del subdesarrollo no son
principalmente de orden material. Nos invitó a buscarlas en otras
dimensiones del hombre. Ante todo, en la voluntad, que con
frecuencia se desentiende de los deberes de la solidaridad.
Después, en el pensamiento, que no siempre sabe orientar
adecuadamente el deseo. Por eso, para alcanzar el desarrollo hacen
falta «pensadores de reflexión profunda que busquen un humanismo
nuevo, el cual permita al hombre moderno hallarse a sí mismo»[51].
Pero eso no es todo. El subdesarrollo tiene una causa más importante
aún que la falta de pensamiento: es «la falta de fraternidad entre
los hombres y entre los pueblos»[52]. Esta fraternidad, ¿podrán
lograrla alguna vez los hombres por sí solos? La sociedad cada vez
más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos. La
razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los
hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no
consigue fundar la hermandad. Ésta nace de una vocación
transcendente de Dios Padre, el primero que nos ha amado, y que nos
ha enseñado mediante el Hijo lo que es la caridad fraterna. Pablo VI,
presentando los diversos niveles del proceso de desarrollo del
hombre, puso en lo más alto, después de haber mencionado la fe, «la
unidad de la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar,
como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los
hombres»[53].
20. Estas perspectivas abiertas por la Populorum progressio siguen
siendo fundamentales para dar vida y orientación a nuestro
compromiso por el desarrollo de los pueblos. Además, la Populorum
progressio subraya reiteradamente la urgencia de las reformas[54] y
pide que, ante los grandes problemas de la injusticia en el
desarrollo de los pueblos, se actúe con valor y sin demora. Esta
urgencia viene impuesta también por la caridad en la verdad. Es la
caridad de Cristo la que nos impulsa: «caritas Christi urget nos» (2
Co 5,14). Esta urgencia no se debe sólo al estado de cosas, no se
deriva solamente de la avalancha de los acontecimientos y problemas,
sino de lo que está en juego: la necesidad de alcanzar una auténtica
fraternidad. Lograr esta meta es tan importante que exige tomarla en
consideración para comprenderla a fondo y movilizarse concretamente
con el «corazón», con el fin de hacer cambiar los procesos
económicos y sociales actuales hacia metas plenamente humanas.
CAPÍTULO
SEGUNDO
EL
DESARROLLO HUMANO EN NUESTRO TIEMPO
21. Pablo VI tenía una visión articulada del desarrollo. Con el
término «desarrollo» quiso indicar ante todo el objetivo de que los
pueblos salieran del hambre, la miseria, las enfermedades endémicas
y el analfabetismo. Desde el punto de vista económico, eso
significaba su participación activa y en condiciones de igualdad en
el proceso económico internacional; desde el punto de vista social,
su evolución hacia sociedades solidarias y con buen nivel de
formación; desde el punto de vista político, la consolidación de
regímenes democráticos capaces de asegurar libertad y paz. Después
de tantos años, al ver con preocupación el desarrollo y la
perspectiva de las crisis que se suceden en estos tiempos, nos
preguntamos hasta qué punto se han cumplido las expectativas de
Pablo VI siguiendo el modelo de desarrollo que se ha adoptado en las
últimas décadas. Por tanto, reconocemos que estaba fundada la
preocupación de la Iglesia por la capacidad del hombre meramente
tecnológico para fijar objetivos realistas y poder gestionar
constante y adecuadamente los instrumentos disponibles. La ganancia
es útil si, como medio, se orienta a un fin que le dé un sentido,
tanto en el modo de adquirirla como de utilizarla. El objetivo
exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común
como fin último, corre el riesgo de destruir riqueza y crear
pobreza. El desarrollo económico que Pablo VI deseaba era el que
produjera un crecimiento real, extensible a todos y concretamente
sostenible. Es verdad que el desarrollo ha sido y sigue siendo un
factor positivo que ha sacado de la miseria a miles de millones de
personas y que, últimamente, ha dado a muchos países la posibilidad
de participar efectivamente en la política internacional. Sin
embargo, se ha de reconocer que el desarrollo económico mismo ha
estado, y lo está aún, aquejado por desviaciones y problemas
dramáticos, que la crisis actual ha puesto todavía más de
manifiesto. Ésta nos pone improrrogablemente ante decisiones que
afectan cada vez más al destino mismo del hombre, el cual, por lo
demás, no puede prescindir de su naturaleza. Las fuerzas técnicas
que se mueven, las interrelaciones planetarias, los efectos
perniciosos sobre la economía real de una actividad financiera mal
utilizada y en buena parte especulativa, los imponentes flujos
migratorios, frecuentemente provocados y después no gestionados
adecuadamente, o la explotación sin reglas de los recursos de la
tierra, nos induce hoy a reflexionar sobre las medidas necesarias
para solucionar problemas que no sólo son nuevos respecto a los
afrontados por el Papa Pablo VI, sino también, y sobre todo, que
tienen un efecto decisivo para el bien presente y futuro de la
humanidad. Los aspectos de la crisis y sus soluciones, así como la
posibilidad de un futuro nuevo desarrollo, están cada vez más
interrelacionados, se implican recíprocamente, requieren nuevos
esfuerzos de comprensión unitaria y una nueva síntesis humanista.
Nos preocupa justamente la complejidad y gravedad de la situación
económica actual, pero hemos de asumir con realismo, confianza y
esperanza las nuevas responsabilidades que nos reclama la situación
de un mundo que necesita una profunda renovación cultural y el
redescubrimiento de valores de fondo sobre los cuales construir un
futuro mejor. La crisis nos obliga a revisar nuestro camino, a
darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso, a
apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar las negativas.
De este modo, la crisis se convierte en ocasión de discernir y
proyectar de un modo nuevo. Conviene afrontar las dificultades del
presente en esta clave, de manera confiada más que resignada.
22. Hoy, el cuadro del desarrollo se despliega en múltiples ámbitos.
Los actores y las causas, tanto del subdesarrollo como del
desarrollo, son múltiples, las culpas y los méritos son muchos y
diferentes. Esto debería llevar a liberarse de las ideologías, que
con frecuencia simplifican de manera artificiosa la realidad, y a
examinar con objetividad la dimensión humana de los problemas. Como
ya señaló Juan Pablo II[55], la línea de demarcación entre países
ricos y pobres ahora no es tan neta como en tiempos de la Populorum
progressio. La riqueza mundial crece en términos absolutos, pero
aumentan también las desigualdades. En los países ricos, nuevas
categorías sociales se empobrecen y nacen nuevas pobrezas. En las
zonas más pobres, algunos grupos gozan de un tipo de superdesarrollo
derrochador y consumista, que contrasta de modo inaceptable con
situaciones persistentes de miseria deshumanizadora. Se sigue
produciendo «el escándalo de las disparidades hirientes»[56].
Lamentablemente, hay corrupción e ilegalidad tanto en el
comportamiento de sujetos económicos y políticos de los países
ricos, nuevos y antiguos, como en los países pobres. La falta de
respeto de los derechos humanos de los trabajadores es provocada a
veces por grandes empresas multinacionales y también por grupos de
producción local. Las ayudas internacionales se han desviado con
frecuencia de su finalidad por irresponsabilidades tanto en los
donantes como en los beneficiarios. Podemos encontrar la misma
articulación de responsabilidades también en el ámbito de las causas
inmateriales o culturales del desarrollo y el subdesarrollo. Hay
formas excesivas de protección de los conocimientos por parte de los
países ricos, a través de un empleo demasiado rígido del derecho a
la propiedad intelectual, especialmente en el campo sanitario. Al
mismo tiempo, en algunos países pobres perduran modelos culturales y
normas sociales de comportamiento que frenan el proceso de
desarrollo.
23. Hoy, muchas áreas del planeta se han desarrollado, aunque de
modo problemático y desigual, entrando a formar parte del grupo de
las grandes potencias destinado a jugar un papel importante en el
futuro. Pero se ha de subrayar que no basta progresar sólo desde el
punto de vista económico y tecnológico. El desarrollo necesita ser
ante todo auténtico e integral. El salir del atraso económico, algo
en sí mismo positivo, no soluciona la problemática compleja de la
promoción del hombre, ni en los países protagonistas de estos
adelantos, ni en los países económicamente ya desarrollados, ni en
los que todavía son pobres, los cuales pueden sufrir, además de
antiguas formas de explotación, las consecuencias negativas que se
derivan de un crecimiento marcado por desviaciones y desequilibrios.
Tras el derrumbe de los sistemas económicos y políticos de los
países comunistas de Europa Oriental y el fin de los llamados
«bloques contrapuestos», hubiera sido necesario un replanteamiento
total del desarrollo. Lo pidió Juan Pablo II, quien en 1987 indicó
que la existencia de estos «bloques» era una de las principales
causas del subdesarrollo[57], pues la política sustraía recursos a
la economía y a la cultura, y la ideología inhibía la libertad. En
1991, después de los acontecimientos de 1989, pidió también que el
fin de los bloques se correspondiera con un nuevo modo de proyectar
globalmente el desarrollo, no sólo en aquellos países, sino también
en Occidente y en las partes del mundo que se estaban
desarrollando[58]. Esto ha ocurrido sólo en parte, y sigue siendo un
deber llevarlo a cabo, tal vez aprovechando precisamente las medidas
necesarias para superar los problemas económicos actuales.
24. El mundo que Pablo VI tenía ante sí, aunque el proceso de
socialización estuviera ya avanzado y pudo hablar de una cuestión
social que se había hecho mundial, estaba aún mucho menos integrado
que el actual. La actividad económica y la función política se
movían en gran parte dentro de los mismos confines y podían contar,
por tanto, la una con la otra. La actividad productiva tenía lugar
predominantemente en los ámbitos nacionales y las inversiones
financieras circulaban de forma bastante limitada con el extranjero,
de manera que la política de muchos estados podía fijar todavía las
prioridades de la economía y, de algún modo, gobernar su curso con
los instrumentos que tenía a su disposición. Por este motivo, la
Populorum progressio asignó un papel central, aunque no exclusivo, a
los «poderes públicos»[59].
En
nuestra época, el Estado se encuentra con el deber de afrontar las
limitaciones que pone a su soberanía el nuevo contexto
económico-comercial y financiero internacional, caracterizado
también por una creciente movilidad de los capitales financieros y
los medios de producción materiales e inmateriales. Este nuevo
contexto ha modificado el poder político de los estados.
Hoy, aprendiendo también la lección que proviene de la crisis
económica actual, en la que los poderes públicos del Estado se ven
llamados directamente a corregir errores y disfunciones, parece más
realista una renovada valoración de su papel y de su poder, que han
de ser sabiamente reexaminados y revalorizados, de modo que sean
capaces de afrontar los desafíos del mundo actual, incluso con
nuevas modalidades de ejercerlos. Con un papel mejor ponderado de
los poderes públicos, es previsible que se fortalezcan las nuevas
formas de participación en la política nacional e internacional que
tienen lugar a través de la actuación de las organizaciones de la
sociedad civil; en este sentido, es de desear que haya mayor
atención y participación en la res publica por parte de los
ciudadanos.
25. Desde el punto de vista social, a los sistemas de protección y
previsión, ya existentes en tiempos de Pablo VI en muchos países,
les cuesta trabajo, y les costará todavía más en el futuro, lograr
sus objetivos de verdadera justicia social dentro de un cuadro de
fuerzas profundamente transformado. El mercado, al hacerse global,
ha estimulado, sobre todo en países ricos, la búsqueda de áreas en
las que emplazar la producción a bajo coste con el fin de reducir
los precios de muchos bienes, aumentar el poder de adquisición y
acelerar por tanto el índice de crecimiento, centrado en un mayor
consumo en el propio mercado interior. Consecuentemente, el mercado
ha estimulado nuevas formas de competencia entre los estados con el
fin de atraer centros productivos de empresas extranjeras, adoptando
diversas medidas, como una fiscalidad favorable y la falta de
reglamentación del mundo del trabajo. Estos procesos han llevado a
la reducción de la red de seguridad social a cambio de la búsqueda
de mayores ventajas competitivas en el mercado global, con grave
peligro para los derechos de los trabajadores, para los derechos
fundamentales del hombre y para la solidaridad en las tradicionales
formas del Estado social. Los sistemas de seguridad social pueden
perder la capacidad de cumplir su tarea, tanto en los países pobres,
como en los emergentes, e incluso en los ya desarrollados desde hace
tiempo. En este punto, las políticas de balance, con los recortes al
gasto social, con frecuencia promovidos también por las
instituciones financieras internacionales, pueden dejar a los
ciudadanos impotentes ante riesgos antiguos y nuevos; dicha
impotencia aumenta por la falta de protección eficaz por parte de
las asociaciones de los trabajadores. El conjunto de los cambios
sociales y económicos hace que las organizaciones sindicales tengan
mayores dificultades para desarrollar su tarea de representación de
los intereses de los trabajadores, también porque los gobiernos, por
razones de utilidad económica, limitan a menudo las libertades
sindicales o la capacidad de negociación de los sindicatos mismos.
Las redes de solidaridad tradicionales se ven obligadas a superar
mayores obstáculos. Por tanto, la invitación de la doctrina social
de la Iglesia, empezando por la Rerum novarum[60], a dar vida a
asociaciones de trabajadores para defender sus propios derechos ha
de ser respetada, hoy más que ayer, dando ante todo una respuesta
pronta y de altas miras a la urgencia de establecer nuevas sinergias
en el ámbito internacional y local.
La
movilidad laboral, asociada a la desregulación generalizada, ha sido
un fenómeno importante, no exento de aspectos positivos porque
estimula la producción de nueva riqueza y el intercambio entre
culturas diferentes. Sin embargo, cuando la incertidumbre sobre las
condiciones de trabajo a causa de la movilidad y la desregulación se
hace endémica, surgen formas de inestabilidad psicológica, de
dificultad para crear caminos propios coherentes en la vida,
incluido el del matrimonio. Como consecuencia, se producen
situaciones de deterioro humano y de desperdicio social. Respecto a
lo que sucedía en la sociedad industrial del pasado, el paro provoca
hoy nuevas formas de irrelevancia económica, y la actual crisis sólo
puede empeorar dicha situación. El estar sin trabajo durante mucho
tiempo, o la dependencia prolongada de la asistencia pública o
privada, mina la libertad y la creatividad de la persona y sus
relaciones familiares y sociales, con graves daños en el plano
psicológico y espiritual. Quisiera recordar a todos, en especial a
los gobernantes que se ocupan en dar un aspecto renovado al orden
económico y social del mundo, que el primer capital que se ha de
salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad:
«Pues el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida
económico-social»[61].
26. En el plano cultural, las diferencias son aún más acusadas que
en la época de Pablo VI. Entonces, las culturas estaban generalmente
bien definidas y tenían más posibilidades de defenderse ante los
intentos de hacerlas homogéneas. Hoy, las posibilidades de
interacción entre las culturas han aumentado notablemente, dando
lugar a nuevas perspectivas de diálogo intercultural, un diálogo
que, para ser eficaz, ha de tener como punto de partida una toma de
conciencia de la identidad específica de los diversos
interlocutores. Pero no se ha de olvidar que la progresiva
mercantilización de los intercambios culturales aumenta hoy un doble
riesgo. Se nota, en primer lugar, un eclecticismo cultural asumido
con frecuencia de manera acrítica: se piensa en las culturas como
superpuestas unas a otras, sustancialmente equivalentes e
intercambiables. Eso induce a caer en un relativismo que en nada
ayuda al verdadero diálogo intercultural; en el plano social, el
relativismo cultural provoca que los grupos culturales estén juntos
o convivan, pero separados, sin diálogo auténtico y, por lo tanto,
sin verdadera integración. Existe, en segundo lugar, el peligro
opuesto de rebajar la cultura y homologar los comportamientos y
estilos de vida. De este modo, se pierde el sentido profundo de la
cultura de las diferentes naciones, de las tradiciones de los
diversos pueblos, en cuyo marco la persona se enfrenta a las
cuestiones fundamentales de la existencia[62]. El eclecticismo y el
bajo nivel cultural coinciden en separar la cultura de la naturaleza
humana. Así, las culturas ya no saben encontrar su lugar en una
naturaleza que las transciende[63], terminando por reducir al hombre
a mero dato cultural. Cuando esto ocurre, la humanidad corre nuevos
riesgos de sometimiento y manipulación.
27. En muchos países pobres persiste, y amenaza con acentuarse, la
extrema inseguridad de vida a causa de la falta de alimentación: el
hambre causa todavía muchas víctimas entre tantos Lázaros a los que
no se les consiente sentarse a la mesa del rico epulón, como en
cambio Pablo VI deseaba[64]. Dar de comer a los hambrientos (cf. Mt
25,35.37.42) es un imperativo ético para la Iglesia universal, que
responde a las enseñanzas de su Fundador, el Señor Jesús, sobre la
solidaridad y el compartir. Además, en la era de la globalización,
eliminar el hambre en el mundo se ha convertido también en una meta
que se ha de lograr para salvaguardar la paz y la estabilidad del
planeta. El hambre no depende tanto de la escasez material, cuanto
de la insuficiencia de recursos sociales, el más importante de los
cuales es de tipo institucional. Es decir, falta un sistema de
instituciones económicas capaces, tanto de asegurar que se tenga
acceso al agua y a la comida de manera regular y adecuada desde el
punto de vista nutricional, como de afrontar las exigencias
relacionadas con las necesidades primarias y con las emergencias de
crisis alimentarias reales, provocadas por causas naturales o por la
irresponsabilidad política nacional e internacional. El problema de
la inseguridad alimentaria debe ser planteado en una perspectiva de
largo plazo, eliminando las causas estructurales que lo provocan y
promoviendo el desarrollo agrícola de los países más pobres mediante
inversiones en infraestructuras rurales, sistemas de riego,
transportes, organización de los mercados, formación y difusión de
técnicas agrícolas apropiadas, capaces de utilizar del mejor modo
los recursos humanos, naturales y socio-económicos, que se puedan
obtener preferiblemente en el propio lugar, para asegurar así
también su sostenibilidad a largo plazo. Todo eso ha de llevarse a
cabo implicando a las comunidades locales en las opciones y
decisiones referentes a la tierra de cultivo. En esta perspectiva,
podría ser útil tener en cuenta las nuevas fronteras que se han
abierto en el empleo correcto de las técnicas de producción agrícola
tradicional, así como las más innovadoras, en el caso de que éstas
hayan sido reconocidas, tras una adecuada verificación,
convenientes, respetuosas del ambiente y atentas a las poblaciones
más desfavorecidas. Al mismo tiempo, no se debería descuidar la
cuestión de una reforma agraria ecuánime en los países en
desarrollo. El derecho a la alimentación y al agua tiene un papel
importante para conseguir otros derechos, comenzando ante todo por
el derecho primario a la vida. Por tanto, es necesario que madure
una conciencia solidaria que considere la alimentación y el acceso
al agua como derechos universales de todos los seres humanos, sin
distinciones ni discriminaciones[65]. Es importante destacar,
además, que la vía solidaria hacia el desarrollo de los países
pobres puede ser un proyecto de solución de la crisis global actual,
como lo han intuido en los últimos tiempos hombres políticos y
responsables de instituciones internacionales. Apoyando a los países
económicamente pobres mediante planes de financiación inspirados en
la solidaridad, con el fin de que ellos mismos puedan satisfacer las
necesidades de bienes de consumo y desarrollo de los propios
ciudadanos, no sólo se puede producir un verdadero crecimiento
económico, sino que se puede contribuir también a sostener la
capacidad productiva de los países ricos, que corre peligro de
quedar comprometida por la crisis.
28. Uno de los aspectos más destacados del desarrollo actual es la
importancia del tema del respeto a la vida, que en modo alguno puede
separarse de las cuestiones relacionadas con el desarrollo de los
pueblos. Es un aspecto que últimamente está asumiendo cada vez mayor
relieve, obligándonos a ampliar el concepto de pobreza [66] y de
subdesarrollo a los problemas vinculados con la acogida de la vida,
sobre todo donde ésta se ve impedida de diversas formas.
La
situación de pobreza no sólo provoca todavía en muchas zonas un alto
índice de mortalidad infantil, sino que en varias partes del mundo
persisten prácticas de control demográfico por parte de los
gobiernos, que con frecuencia difunden la contracepción y llegan
incluso a imponer también el aborto. En los países económicamente
más desarrollados, las legislaciones contrarias a la vida están muy
extendidas y han condicionado ya las costumbres y la praxis,
contribuyendo a difundir una mentalidad antinatalista, que muchas
veces se trata de transmitir también a otros estados como si fuera
un progreso cultural.
Algunas organizaciones no gubernamentales, además, difunden el
aborto, promoviendo a veces en los países pobres la adopción de la
práctica de la esterilización, incluso en mujeres a quienes no se
pide su consentimiento. Por añadidura, existe la sospecha fundada de
que, en ocasiones, las ayudas al desarrollo se condicionan a
determinadas políticas sanitarias que implican de hecho la
imposición de un fuerte control de la natalidad. Preocupan también
tanto las legislaciones que aceptan la eutanasia como las presiones
de grupos nacionales e internacionales que reivindican su
reconocimiento jurídico.
La
apertura a la vida está en el centro del verdadero desarrollo.
Cuando una sociedad se encamina hacia la negación y la supresión de
la vida, acaba por no encontrar la motivación y la energía necesaria
para esforzarse en el servicio del verdadero bien del hombre. Si se
pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida,
también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la
vida social[67]. La acogida de la vida forja las energías morales y
capacita para la ayuda recíproca. Fomentando la apertura a la vida,
los pueblos ricos pueden comprender mejor las necesidades de los que
son pobres, evitar el empleo de ingentes recursos económicos e
intelectuales para satisfacer deseos egoístas entre los propios
ciudadanos y promover, por el contrario, buenas actuaciones en la
perspectiva de una producción moralmente sana y solidaria, en el
respeto del derecho fundamental de cada pueblo y cada persona a la
vida.
29. Hay otro aspecto de la vida de hoy, muy estrechamente unido con
el desarrollo: la negación del derecho a la libertad religiosa. No
me refiero sólo a las luchas y conflictos que todavía se producen en
el mundo por motivos religiosos, aunque a veces la religión sea
solamente una cobertura para razones de otro tipo, como el afán de
poder y riqueza. En efecto, hoy se mata frecuentemente en el nombre
sagrado de Dios, como muchas veces ha manifestado y deplorado
públicamente mi predecesor Juan Pablo II y yo mismo[68]. La
violencia frena el desarrollo auténtico e impide la evolución de los
pueblos hacia un mayor bienestar socioeconómico y espiritual. Esto
ocurre especialmente con el terrorismo de inspiración
fundamentalista[69], que causa dolor, devastación y muerte, bloquea
el diálogo entre las naciones y desvía grandes recursos de su empleo
pacífico y civil. No obstante, se ha de añadir que, además del
fanatismo religioso que impide el ejercicio del derecho a la
libertad de religión en algunos ambientes, también la promoción
programada de la indiferencia religiosa o del ateísmo práctico por
parte de muchos países contrasta con las necesidades del desarrollo
de los pueblos, sustrayéndoles bienes espirituales y humanos. Dios
es el garante del verdadero desarrollo del hombre en cuanto,
habiéndolo creado a su imagen, funda también su dignidad
trascendente y alimenta su anhelo constitutivo de «ser más». El ser
humano no es un átomo perdido en un universo casual[70], sino una
criatura de Dios, a quien Él ha querido dar un alma inmortal y al
que ha amado desde siempre. Si el hombre fuera fruto sólo del azar o
la necesidad, o si tuviera que reducir sus aspiraciones al horizonte
angosto de las situaciones en que vive, si todo fuera únicamente
historia y cultura, y el hombre no tuviera una naturaleza destinada
a transcenderse en una vida sobrenatural, podría hablarse de
incremento o de evolución, pero no de desarrollo. Cuando el Estado
promueve, enseña, o incluso impone formas de ateísmo práctico, priva
a sus ciudadanos de la fuerza moral y espiritual indispensable para
comprometerse en el desarrollo humano integral y les impide avanzar
con renovado dinamismo en su compromiso en favor de una respuesta
humana más generosa al amor divino[71]. Y también se da el caso de
que países económicamente desarrollados o emergentes exporten a los
países pobres, en el contexto de sus relaciones culturales,
comerciales y políticas, esta visión restringida de la persona y su
destino. Éste es el daño que el «superdesarrollo»[72] produce al
desarrollo auténtico, cuando va acompañado por el «subdesarrollo
moral»[73].
30. En esta línea, el tema del desarrollo humano integral adquiere
un alcance aún más complejo: la correlación entre sus múltiples
elementos exige un esfuerzo para que los diferentes ámbitos del
saber humano sean interactivos, con vistas a la promoción de un
verdadero desarrollo de los pueblos. Con frecuencia, se cree que
basta aplicar el desarrollo o las medidas socioeconómicas
correspondientes mediante una actuación común. Sin embargo, este
actuar común necesita ser orientado, porque «toda acción social
implica una doctrina»[74]. Teniendo en cuenta la complejidad de los
problemas, es obvio que las diferentes disciplinas deben colaborar
en una interdisciplinariedad ordenada. La caridad no excluye el
saber, más bien lo exige, lo promueve y lo anima desde dentro. El
saber nunca es sólo obra de la inteligencia. Ciertamente, puede
reducirse a cálculo y experimentación, pero si quiere ser sabiduría
capaz de orientar al hombre a la luz de los primeros principios y de
su fin último, ha de ser «sazonado» con la «sal» de la caridad. Sin
el saber, el hacer es ciego, y el saber es estéril sin el amor. En
efecto, «el que está animado de una verdadera caridad es ingenioso
para descubrir las causas de la miseria, para encontrar los medios
de combatirla, para vencerla con intrepidez»[75]. Al afrontar los
fenómenos que tenemos delante, la caridad en la verdad exige ante
todo conocer y entender, conscientes y respetuosos de la competencia
específica de cada ámbito del saber. La caridad no es una añadidura
posterior, casi como un apéndice al trabajo ya concluido de las
diferentes disciplinas, sino que dialoga con ellas desde el
principio. Las exigencias del amor no contradicen las de la razón.
El saber humano es insuficiente y las conclusiones de las ciencias
no podrán indicar por sí solas la vía hacia el desarrollo integral
del hombre. Siempre hay que lanzarse más allá: lo exige la caridad
en la verdad[76]. Pero ir más allá nunca significa prescindir de las
conclusiones de la razón, ni contradecir sus resultados. No existe
la inteligencia y después el amor: existe el amor rico en
inteligencia y la inteligencia llena de amor.
31. Esto significa que la valoración moral y la investigación
científica deben crecer juntas, y que la caridad ha de animarlas en
un conjunto interdisciplinar armónico, hecho de unidad y distinción.
La doctrina social de la Iglesia, que tiene «una importante
dimensión interdisciplinar»[77], puede desempeñar en esta
perspectiva una función de eficacia extraordinaria. Permite a la fe,
a la teología, a la metafísica y a las ciencias encontrar su lugar
dentro de una colaboración al servicio del hombre. La doctrina
social de la Iglesia ejerce especialmente en esto su dimensión
sapiencial. Pablo VI vio con claridad que una de las causas del
subdesarrollo es una falta de sabiduría, de reflexión, de
pensamiento capaz de elaborar una síntesis orientadora[78], y que
requiere «una clara visión de todos los aspectos económicos,
sociales, culturales y espirituales»[79]. La excesiva sectorización
del saber[80], el cerrarse de las ciencias humanas a la
metafísica[81], las dificultades del diálogo entre las ciencias y la
teología, no sólo dañan el desarrollo del saber, sino también el
desarrollo de los pueblos, pues, cuando eso ocurre, se obstaculiza
la visión de todo el bien del hombre en las diferentes dimensiones
que lo caracterizan. Es indispensable «ampliar nuestro concepto de
razón y de su uso»[82] para conseguir ponderar adecuadamente todos
los términos de la cuestión del desarrollo y de la solución de los
problemas socioeconómicos.
32. Las grandes novedades que presenta hoy el cuadro del desarrollo
de los pueblos plantean en muchos casos la exigencia de nuevas
soluciones. Éstas han de buscarse, a la vez, en el respeto de las
leyes propias de cada cosa y a la luz de una visión integral del
hombre que refleje los diversos aspectos de la persona humana,
considerada con la mirada purificada por la caridad. Así se
descubrirán singulares convergencias y posibilidades concretas de
solución, sin renunciar a ningún componente fundamental de la vida
humana.
La
dignidad de la persona y las exigencias de la justicia requieren,
sobre todo hoy, que las opciones económicas no hagan aumentar de
manera excesiva y moralmente inaceptable las desigualdades [83] y
que se siga buscando como prioridad el objetivo del acceso al
trabajo por parte de todos, o lo mantengan. Pensándolo bien, esto es
también una exigencia de la «razón económica». El aumento sistémico
de las desigualdades entre grupos sociales dentro de un mismo país y
entre las poblaciones de los diferentes países, es decir, el aumento
masivo de la pobreza relativa, no sólo tiende a erosionar la
cohesión social y, de este modo, poner en peligro la democracia,
sino que tiene también un impacto negativo en el plano económico por
el progresivo desgaste del «capital social», es decir, del conjunto
de relaciones de confianza, fiabilidad y respeto de las normas, que
son indispensables en toda convivencia civil.
La
ciencia económica nos dice también que una situación de inseguridad
estructural da origen a actitudes antiproductivas y al derroche de
recursos humanos, en cuanto que el trabajador tiende a adaptarse
pasivamente a los mecanismos automáticos, en vez de dar espacio a la
creatividad. También sobre este punto hay una convergencia entre
ciencia económica y valoración moral. Los costes humanos son siempre
también costes económicos y las disfunciones económicas comportan
igualmente costes humanos.
Además, se ha de recordar que rebajar las culturas a la dimensión
tecnológica, aunque puede favorecer la obtención de beneficios a
corto plazo, a la larga obstaculiza el enriquecimiento mutuo y las
dinámicas de colaboración. Es importante distinguir entre
consideraciones económicas o sociológicas a corto y largo plazo.
Reducir el nivel de tutela de los derechos de los trabajadores y
renunciar a mecanismos de redistribución del rédito con el fin de
que el país adquiera mayor competitividad internacional, impiden
consolidar un desarrollo duradero. Por tanto, se han de valorar
cuidadosamente las consecuencias que tienen sobre las personas las
tendencias actuales hacia una economía de corto, a veces brevísimo
plazo. Esto exige «una nueva y más profunda reflexión sobre el
sentido de la economía y de sus fines»[84], además de una honda
revisión con amplitud de miras del modelo de desarrollo, para
corregir sus disfunciones y desviaciones. Lo exige, en realidad, el
estado de salud ecológica del planeta; lo requiere sobre todo la
crisis cultural y moral del hombre, cuyos síntomas son evidentes en
todas las partes del mundo desde hace tiempo.
33. Más de cuarenta años después de la Populorum progressio, su
argumento de fondo, el progreso, sigue siendo aún un problema
abierto, que se ha hecho más agudo y perentorio por la crisis
económico-financiera que se está produciendo. Aunque algunas zonas
del planeta que sufrían la pobreza han experimentado cambios
notables en términos de crecimiento económico y participación en la
producción mundial, otras viven todavía en una situación de miseria
comparable a la que había en tiempos de Pablo VI y, en algún caso,
puede decirse que peor. Es significativo que algunas causas de esta
situación fueran ya señaladas en la Populorum progressio, como por
ejemplo, los altos aranceles aduaneros impuestos por los países
económicamente desarrollados, que todavía impiden a los productos
procedentes de los países pobres llegar a los mercados de los países
ricos. En cambio, otras causas que la Encíclica sólo esbozó, han
adquirido después mayor relieve. Este es el caso de la valoración
del proceso de descolonización, por entonces en pleno auge. Pablo VI
deseaba un itinerario autónomo que se recorriera en paz y libertad.
Después de más de cuarenta años, hemos de reconocer lo difícil que
ha sido este recorrido, tanto por nuevas formas de colonialismo y
dependencia de antiguos y nuevos países hegemónicos, como por graves
irresponsabilidades internas en los propios países que se han
independizado.
La
novedad principal ha sido el estallido de la interdependencia
planetaria, ya comúnmente llamada globalización. Pablo VI lo había
previsto parcialmente, pero es sorprendente el alcance y la
impetuosidad de su auge. Surgido en los países económicamente
desarrollados, este proceso ha implicado por su naturaleza a todas
las economías. Ha sido el motor principal para que regiones enteras
superaran el subdesarrollo y es, de por sí, una gran oportunidad.
Sin embargo, sin la guía de la caridad en la verdad, este impulso
planetario puede contribuir a crear riesgo de daños hasta ahora
desconocidos y nuevas divisiones en la familia humana. Por eso, la
caridad y la verdad nos plantean un compromiso inédito y creativo,
ciertamente muy vasto y complejo. Se trata de ensanchar la razón y
hacerla capaz de conocer y orientar estas nuevas e imponentes
dinámicas, animándolas en la perspectiva de esa «civilización del
amor», de la cual Dios ha puesto la semilla en cada pueblo y en cada
cultura.
CAPÍTULO TERCERO
FRATERNIDAD, DESARROLLO ECONÓMICO Y SOCIEDAD CIVIL
34. La caridad en la verdad pone al hombre ante la sorprendente
experiencia del don. La gratuidad está en su vida de muchas maneras,
aunque frecuentemente pasa desapercibida debido a una visión de la
existencia que antepone a todo la productividad y la utilidad. El
ser humano está hecho para el don, el cual manifiesta y desarrolla
su dimensión trascendente. A veces, el hombre moderno tiene la
errónea convicción de ser el único autor de sí mismo, de su vida y
de la sociedad. Es una presunción fruto de la cerrazón egoísta en sí
mismo, que procede -por decirlo con una expresión creyente- del
pecado de los orígenes. La sabiduría de la Iglesia ha invitado
siempre a no olvidar la realidad del pecado original, ni siquiera en
la interpretación de los fenómenos sociales y en la construcción de
la sociedad: «Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida,
inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la
educación, de la política, de la acción social y de las
costumbres»[85]. Hace tiempo que la economía forma parte del
conjunto de los ámbitos en que se manifiestan los efectos
perniciosos del pecado. Nuestros días nos ofrecen una prueba
evidente. Creerse autosuficiente y capaz de eliminar por sí mismo el
mal de la historia ha inducido al hombre a confundir la felicidad y
la salvación con formas inmanentes de bienestar material y de
actuación social. Además, la exigencia de la economía de ser
autónoma, de no estar sujeta a «injerencias» de carácter moral, ha
llevado al hombre a abusar de los instrumentos económicos incluso de
manera destructiva. Con el pasar del tiempo, estas posturas han
desembocado en sistemas económicos, sociales y políticos que han
tiranizado la libertad de la persona y de los organismos sociales y
que, precisamente por eso, no han sido capaces de asegurar la
justicia que prometían. Como he afirmado en la Encíclica Spe salvi,
se elimina así de la historia la esperanza cristiana[86], que no
obstante es un poderoso recurso social al servicio del desarrollo
humano integral, en la libertad y en la justicia. La esperanza
sostiene a la razón y le da fuerza para orientar la voluntad[87].
Está ya presente en la fe, que la suscita. La caridad en la verdad
se nutre de ella y, al mismo tiempo, la manifiesta. Al ser un don
absolutamente gratuito de Dios, irrumpe en nuestra vida como algo
que no es debido, que trasciende toda ley de justicia. Por su
naturaleza, el don supera el mérito, su norma es sobreabundar. Nos
precede en nuestra propia alma como signo de la presencia de Dios en
nosotros y de sus expectativas para con nosotros. La verdad que,
como la caridad es don, nos supera, como enseña San Agustín[88].
Incluso nuestra propia verdad, la de nuestra conciencia personal,
ante todo, nos ha sido «dada». En efecto, en todo proceso cognitivo
la verdad no es producida por nosotros, sino que se encuentra o,
mejor aún, se recibe. Como el amor, «no nace del pensamiento o la
voluntad, sino que en cierto sentido se impone al ser humano»[89].
Al
ser un don recibido por todos, la caridad en la verdad es una fuerza
que funda la comunidad, unifica a los hombres de manera que no haya
barreras o confines. La comunidad humana puede ser organizada por
nosotros mismos, pero nunca podrá ser sólo con sus propias fuerzas
una comunidad plenamente fraterna ni aspirar a superar las
fronteras, o convertirse en una comunidad universal. La unidad del
género humano, la comunión fraterna más allá de toda división, nace
de la palabra de Dios-Amor que nos convoca. Al afrontar esta
cuestión decisiva, hemos de precisar, por un lado, que la lógica del
don no excluye la justicia ni se yuxtapone a ella como un añadido
externo en un segundo momento y, por otro, que el desarrollo
económico, social y político necesita, si quiere ser auténticamente
humano, dar espacio al principio de gratuidad como expresión de
fraternidad.
35. Si hay confianza recíproca y generalizada, el mercado es la
institución económica que permite el encuentro entre las personas,
como agentes económicos que utilizan el contrato como norma de sus
relaciones y que intercambian bienes y servicios de consumo para
satisfacer sus necesidades y deseos. El mercado está sujeto a los
principios de la llamada justicia conmutativa, que regula
precisamente la relación entre dar y recibir entre iguales. Pero la
doctrina social de la Iglesia no ha dejado nunca de subrayar la
importancia de la justicia distributiva y de la justicia social para
la economía de mercado, no sólo porque está dentro de un contexto
social y político más amplio, sino también por la trama de
relaciones en que se desenvuelve. En efecto, si el mercado se rige
únicamente por el principio de la equivalencia del valor de los
bienes que se intercambian, no llega a producir la cohesión social
que necesita para su buen funcionamiento. Sin formas internas de
solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede cumplir
plenamente su propia función económica. Hoy, precisamente esta
confianza ha fallado, y esta pérdida de confianza es algo realmente
grave.
Pablo VI subraya oportunamente en la Populorum progressio que el
sistema económico mismo se habría aventajado con la práctica
generalizada de la justicia, pues los primeros beneficiarios del
desarrollo de los países pobres hubieran sido los países ricos[90].
No se trata sólo de remediar el mal funcionamiento con las ayudas.
No se debe considerar a los pobres como un «fardo»[91], sino como
una riqueza incluso desde el punto de vista estrictamente económico.
No obstante, se ha de considerar equivocada la visión de quienes
piensan que la economía de mercado tiene necesidad estructural de
una cuota de pobreza y de subdesarrollo para funcionar mejor. Al
mercado le interesa promover la emancipación, pero no puede lograrlo
por sí mismo, porque no puede producir lo que está fuera de su
alcance. Ha de sacar fuerzas morales de otras instancias que sean
capaces de generarlas.
36. La actividad económica no puede resolver todos los problemas
sociales ampliando sin más la lógica mercantil. Debe estar ordenada
a la consecución del bien común, que es responsabilidad sobre todo
de la comunidad política. Por tanto, se debe tener presente que
separar la gestión económica, a la que correspondería únicamente
producir riqueza, de la acción política, que tendría el papel de
conseguir la justicia mediante la redistribución, es causa de graves
desequilibrios.
La
Iglesia sostiene siempre que la actividad económica no debe
considerarse antisocial. Por eso, el mercado no es ni debe
convertirse en el ámbito donde el más fuerte avasalle al más débil.
La sociedad no debe protegerse del mercado, pensando que su
desarrollo comporta ipso facto la muerte de las relaciones
auténticamente humanas. Es verdad que el mercado puede orientarse en
sentido negativo, pero no por su propia naturaleza, sino por una
cierta ideología que lo guía en este sentido. No se debe olvidar que
el mercado no existe en su estado puro, se adapta a las
configuraciones culturales que lo concretan y condicionan. En
efecto, la economía y las finanzas, al ser instrumentos, pueden ser
mal utilizados cuando quien los gestiona tiene sólo referencias
egoístas. De esta forma, se puede llegar a transformar medios de por
sí buenos en perniciosos. Lo que produce estas consecuencias es la
razón oscurecida del hombre, no el medio en cuanto tal. Por eso, no
se deben hacer reproches al medio o instrumento sino al hombre, a su
conciencia moral y a su responsabilidad personal y social.
La
doctrina social de la Iglesia sostiene que se pueden vivir
relaciones auténticamente humanas, de amistad y de sociabilidad, de
solidaridad y de reciprocidad, también dentro de la actividad
económica y no solamente fuera o «después» de ella. El sector
económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por
naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque es
humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente.
El
gran desafío que tenemos, planteado por las dificultades del
desarrollo en este tiempo de globalización y agravado por la crisis
económico-financiera actual, es mostrar, tanto en el orden de las
ideas como de los comportamientos, que no sólo no se pueden olvidar
o debilitar los principios tradicionales de la ética social, como la
trasparencia, la honestidad y la responsabilidad, sino que en las
relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del
don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio
en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del
hombre en el momento actual, pero también de la razón económica
misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo.
37. La doctrina social de la Iglesia ha sostenido siempre que la
justicia afecta a todas las fases de la actividad económica, porque
en todo momento tiene que ver con el hombre y con sus derechos. La
obtención de recursos, la financiación, la producción, el consumo y
todas las fases del proceso económico tienen ineludiblemente
implicaciones morales. Así, toda decisión económica tiene
consecuencias de carácter moral. Lo confirman las ciencias sociales
y las tendencias de la economía contemporánea. Hace algún tiempo,
tal vez se podía confiar primero a la economía la producción de
riqueza y asignar después a la política la tarea de su distribución.
Hoy resulta más difícil, dado que las actividades económicas no se
limitan a territorios definidos, mientras que las autoridades
gubernativas siguen siendo sobre todo locales. Además, las normas de
justicia deben ser respetadas desde el principio y durante el
proceso económico, y no sólo después o colateralmente. Para eso es
necesario que en el mercado se dé cabida a actividades económicas de
sujetos que optan libremente por ejercer su gestión movidos por
principios distintos al del mero beneficio, sin renunciar por ello a
producir valor económico. Muchos planteamientos económicos
provenientes de iniciativas religiosas y laicas demuestran que esto
es realmente posible.
En
la época de la globalización, la economía refleja modelos
competitivos vinculados a culturas muy diversas entre sí. El
comportamiento económico y empresarial que se desprende tiene en
común principalmente el respeto de la justicia conmutativa.
Indudablemente, la vida económica tiene necesidad del contrato para
regular las relaciones de intercambio entre valores equivalentes.
Pero necesita igualmente leyes justas y formas de redistribución
guiadas por la política, además de obras caracterizadas por el
espíritu del don. La economía globalizada parece privilegiar la
primera lógica, la del intercambio contractual, pero directa o
indirectamente demuestra que necesita a las otras dos, la lógica de
la política y la lógica del don sin contrapartida.
38. En la Centesimus annus, mi predecesor Juan Pablo II señaló esta
problemática al advertir la necesidad de un sistema basado en tres
instancias: el mercado, el Estado y la sociedad civil[92]. Consideró
que la sociedad civil era el ámbito más apropiado para una economía
de la gratuidad y de la fraternidad, sin negarla en los otros dos
ámbitos. Hoy podemos decir que la vida económica debe ser
comprendida como una realidad de múltiples dimensiones: en todas
ellas, aunque en medida diferente y con modalidades específicas,
debe haber respeto a la reciprocidad fraterna. En la época de la
globalización, la actividad económica no puede prescindir de la
gratuidad, que fomenta y extiende la solidaridad y la
responsabilidad por la justicia y el bien común en sus diversas
instancias y agentes. Se trata, en definitiva, de una forma concreta
y profunda de democracia económica. La solidaridad es en primer
lugar que todos se sientan responsables de todos[93]; por tanto no
se la puede dejar solamente en manos del Estado. Mientras antes se
podía pensar que lo primero era alcanzar la justicia y que la
gratuidad venía después como un complemento, hoy es necesario decir
que sin la gratuidad no se alcanza ni siquiera la justicia. Se
requiere, por tanto, un mercado en el cual puedan operar libremente,
con igualdad de oportunidades, empresas que persiguen fines
institucionales diversos. Junto a la empresa privada, orientada al
beneficio, y los diferentes tipos de empresa pública, deben poderse
establecer y desenvolver aquellas organizaciones productivas que
persiguen fines mutualistas y sociales. De su recíproca interacción
en el mercado se puede esperar una especie de combinación entre los
comportamientos de empresa y, con ella, una atención más sensible a
una civilización de la economía. En este caso, caridad en la verdad
significa la necesidad de dar forma y organización a las iniciativas
económicas que, sin renunciar al beneficio, quieren ir más allá de
la lógica del intercambio de cosas equivalentes y del lucro como fin
en sí mismo.
39. Pablo VI pedía en la Populorum progressio que se llegase a un
modelo de economía de mercado capaz de incluir, al menos
tendencialmente, a todos los pueblos, y no solamente a los
particularmente dotados. Pedía un compromiso para promover un mundo
más humano para todos, un mundo «en donde todos tengan que dar y
recibir, sin que el progreso de los unos sea un obstáculo para el
desarrollo de los otros»[94]. Así, extendía al plano universal las
mismas exigencias y aspiraciones de la Rerum novarum, escrita como
consecuencia de la revolución industrial, cuando se afirmó por
primera vez la idea -seguramente avanzada para aquel tiempo- de que
el orden civil, para sostenerse, necesitaba la intervención
redistributiva del Estado. Hoy, esta visión de la Rerum novarum,
además de puesta en crisis por los procesos de apertura de los
mercados y de las sociedades, se muestra incompleta para satisfacer
las exigencias de una economía plenamente humana. Lo que la doctrina
de la Iglesia ha sostenido siempre, partiendo de su visión del
hombre y de la sociedad, es necesario también hoy para las dinámicas
características de la globalización.
Cuando la lógica del mercado y la lógica del Estado se ponen de
acuerdo para mantener el monopolio de sus respectivos ámbitos de
influencia, se debilita a la larga la solidaridad en las relaciones
entre los ciudadanos, la participación y el sentido de pertenencia,
que no se identifican con el «dar para tener», propio de la lógica
de la compraventa, ni con el «dar por deber», propio de la lógica de
las intervenciones públicas, que el Estado impone por ley. La
victoria sobre el subdesarrollo requiere actuar no sólo en la mejora
de las transacciones basadas en la compraventa, o en las
transferencias de las estructuras asistenciales de carácter público,
sino sobre todo en la apertura progresiva en el contexto mundial a
formas de actividad económica caracterizada por ciertos márgenes de
gratuidad y comunión. El binomio exclusivo mercado-Estado corroe la
sociabilidad, mientras que las formas de economía solidaria, que
encuentran su mejor terreno en la sociedad civil aunque no se
reducen a ella, crean sociabilidad. El mercado de la gratuidad no
existe y las actitudes gratuitas no se pueden prescribir por ley.
Sin embargo, tanto el mercado como la política tienen necesidad de
personas abiertas al don recíproco.
40. Las actuales dinámicas económicas internacionales,
caracterizadas por graves distorsiones y disfunciones, requieren
también cambios profundos en el modo de entender la empresa.
Antiguas modalidades de la vida empresarial van desapareciendo,
mientras otras más prometedoras se perfilan en el horizonte. Uno de
los mayores riesgos es sin duda que la empresa responda casi
exclusivamente a las expectativas de los inversores en detrimento de
su dimensión social. Debido a su continuo crecimiento y a la
necesidad de mayores capitales, cada vez son menos las empresas que
dependen de un único empresario estable que se sienta responsable a
largo plazo, y no sólo por poco tiempo, de la vida y los resultados
de su empresa, y cada vez son menos las empresas que dependen de un
único territorio. Además, la llamada deslocalización de la actividad
productiva puede atenuar en el empresario el sentido de
responsabilidad respecto a los interesados, como los trabajadores,
los proveedores, los consumidores, así como al medio ambiente y a la
sociedad más amplia que lo rodea, en favor de los accionistas, que
no están sujetos a un espacio concreto y gozan por tanto de una
extraordinaria movilidad. El mercado internacional de los capitales,
en efecto, ofrece hoy una gran libertad de acción. Sin embargo,
también es verdad que se está extendiendo la conciencia de la
necesidad de una «responsabilidad social» más amplia de la empresa.
Aunque no todos los planteamientos éticos que guían hoy el debate
sobre la responsabilidad social de la empresa son aceptables según
la perspectiva de la doctrina social de la Iglesia, es cierto que se
va difundiendo cada vez más la convicción según la cual la gestión
de la empresa no puede tener en cuenta únicamente el interés de sus
propietarios, sino también el de todos los otros sujetos que
contribuyen a la vida de la empresa: trabajadores, clientes,
proveedores de los diversos elementos de producción, la comunidad de
referencia. En los últimos años se ha notado el crecimiento de una
clase cosmopolita de manager, que a menudo responde sólo a las
pretensiones de los nuevos accionistas de referencia compuestos
generalmente por fondos anónimos que establecen su retribución. Pero
también hay muchos managers hoy que, con un análisis más previsor,
se percatan cada vez más de los profundos lazos de su empresa con el
territorio o territorios en que desarrolla su actividad. Pablo VI
invitaba a valorar seriamente el daño que la trasferencia de
capitales al extranjero, por puro provecho personal, puede ocasionar
a la propia nación[95]. Juan Pablo II advertía que invertir tiene
siempre un significado moral, además de económico[96]. Se ha de
reiterar que todo esto mantiene su validez en nuestros días a pesar
de que el mercado de capitales haya sido fuertemente liberalizado y
la moderna mentalidad tecnológica pueda inducir a pensar que
invertir es sólo un hecho técnico y no humano ni ético. No se puede
negar que un cierto capital puede hacer el bien cuando se invierte
en el extranjero en vez de en la propia patria. Pero deben quedar a
salvo los vínculos de justicia, teniendo en cuenta también cómo se
ha formado ese capital y los perjuicios que comporta para las
personas el que no se emplee en los lugares donde se ha
generado[97]. Se ha de evitar que el empleo de recursos financieros
esté motivado por la especulación y ceda a la tentación de buscar
únicamente un beneficio inmediato, en vez de la sostenibilidad de la
empresa a largo plazo, su propio servicio a la economía real y la
promoción, en modo adecuado y oportuno, de iniciativas económicas
también en los países necesitados de desarrollo. Tampoco hay motivos
para negar que la deslocalización, que lleva consigo inversiones y
formación, puede hacer bien a la población del país que la recibe.
El trabajo y los conocimientos técnicos son una necesidad universal.
Sin embargo, no es lícito deslocalizar únicamente para aprovechar
particulares condiciones favorables, o peor aún, para explotar sin
aportar a la sociedad local una verdadera contribución para el
nacimiento de un sólido sistema productivo y social, factor
imprescindible para un desarrollo estable.
41. A este respecto, es útil observar que la
iniciativa empresarial tiene, y debe asumir cada vez más, un
significado polivalente. El predominio persistente del binomio
mercado-Estado nos ha acostumbrado a pensar exclusivamente en el
empresario privado de tipo capitalista por un lado y en el directivo
estatal por otro. En realidad, la iniciativa empresarial se ha de
entender de modo articulado. Así lo revelan diversas motivaciones
metaeconómicas. El ser empresario, antes de tener un significado
profesional, tiene un significado humano[98]. Es propio de todo
trabajo visto como «actus personae»[99] y por eso es bueno que todo
trabajador tenga la posibilidad de dar la propia aportación a su
labor, de modo que él mismo «sea consciente de que está trabajando
en algo propio»[100]. Por eso, Pablo VI enseñaba que «todo
trabajador es un creador»[101]. Precisamente para responder a las
exigencias y a la dignidad de quien trabaja, y a las necesidades de
la sociedad, existen varios tipos de empresas, más allá de la pura
distinción entre «privado» y «público». Cada una requiere y
manifiesta una capacidad de iniciativa empresarial específica. Para
realizar una economía que en el futuro próximo sepa ponerse al
servicio del bien común nacional y mundial, es oportuno tener en
cuenta este significado amplio de iniciativa empresarial. Esta
concepción más amplia favorece el intercambio y la mutua
configuración entre los diversos tipos de iniciativa empresarial,
con transvase de competencias del mundo non profit al profit y
viceversa, del público al propio de la sociedad civil, del de las
economías avanzadas al de países en vía de desarrollo.
También la «autoridad política» tiene un significado polivalente,
que no se puede olvidar mientras se camina hacia la consecución de
un nuevo orden económico-productivo, socialmente responsable y a
medida del hombre. Al igual que se pretende cultivar una iniciativa
empresarial diferenciada en el ámbito mundial, también se debe
promover una autoridad política repartida y que ha de actuar en
diversos planos. El mercado único de nuestros días no elimina el
papel de los estados, más bien obliga a los gobiernos a una
colaboración recíproca más estrecha. La sabiduría y la prudencia
aconsejan no proclamar apresuradamente la desaparición del Estado.
Con relación a la solución de la crisis actual, su papel parece
destinado a crecer, recuperando muchas competencias. Hay naciones
donde la construcción o reconstrucción del Estado sigue siendo un
elemento clave para su desarrollo. La ayuda internacional,
precisamente dentro de un proyecto inspirado en la solidaridad para
solucionar los actuales problemas económicos, debería apoyar en
primer lugar la consolidación de los sistemas constitucionales,
jurídicos y administrativos en los países que todavía no gozan
plenamente de estos bienes. Las ayudas económicas deberían ir
acompañadas de aquellas medidas destinadas a reforzar las garantías
propias de un Estado de derecho, un sistema de orden público y de
prisiones respetuoso de los derechos humanos y a consolidar
instituciones verdaderamente democráticas. No es necesario que el
Estado tenga las mismas características en todos los sitios: el
fortalecimiento de los sistemas constitucionales débiles puede ir
acompañado perfectamente por el desarrollo de otras instancias
políticas no estatales, de carácter cultural, social, territorial o
religioso. Además, la articulación de la autoridad política en el
ámbito local, nacional o internacional, es uno de los cauces
privilegiados para poder orientar la globalización económica. Y
también el modo de evitar que ésta mine de hecho los fundamentos de
la democracia.
42. A veces se perciben actitudes fatalistas
ante la globalización, como si las dinámicas que la producen
procedieran de fuerzas anónimas e impersonales o de estructuras
independientes de la voluntad humana[102]. A este respecto, es bueno
recordar que la globalización ha de entenderse ciertamente como un
proceso socioeconómico, pero no es ésta su única dimensión. Tras
este proceso más visible hay realmente una humanidad cada vez más
interrelacionada; hay personas y pueblos para los que el proceso
debe ser de utilidad y desarrollo[103], gracias a que tanto los
individuos como la colectividad asumen sus respectivas
responsabilidades. La superación de las fronteras no es sólo un
hecho material, sino también cultural, en sus causas y en sus
efectos. Cuando se entiende la globalización de manera determinista,
se pierden los criterios para valorarla y orientarla. Es una
realidad humana y puede ser fruto de diversas corrientes culturales
que han de ser sometidas a un discernimiento. La verdad de la
globalización como proceso y su criterio ético fundamental vienen
dados por la unidad de la familia humana y su crecimiento en el
bien. Por tanto, hay que esforzarse incesantemente para favorecer
una orientación cultural personalista y comunitaria, abierta a la
trascendencia, del proceso de integración planetaria.
A
pesar de algunos aspectos estructurales innegables, pero que no se
deben absolutizar, «la globalización no es, a priori, ni buena ni
mala. Será lo que la gente haga de ella»[104]. Debemos ser sus
protagonistas, no las víctimas, procediendo razonablemente, guiados
por la caridad y la verdad. Oponerse ciegamente a la globalización
sería una actitud errónea, preconcebida, que acabaría por ignorar un
proceso que tiene también aspectos positivos, con el riesgo de
perder una gran ocasión para aprovechar las múltiples oportunidades
de desarrollo que ofrece. El proceso de globalización, adecuadamente
entendido y gestionado, ofrece la posibilidad de una gran
redistribución de la riqueza a escala planetaria como nunca se ha
visto antes; pero, si se gestiona mal, puede incrementar la pobreza
y la desigualdad, contagiando además con una crisis a todo el mundo.
Es necesario corregir las disfunciones, a veces graves, que causan
nuevas divisiones entre los pueblos y en su interior, de modo que la
redistribución de la riqueza no comporte una redistribución de la
pobreza, e incluso la acentúe, como podría hacernos temer también
una mala gestión de la situación actual. Durante mucho tiempo se ha
pensado que los pueblos pobres deberían permanecer anclados en un
estadio de desarrollo preestablecido o contentarse con la
filantropía de los pueblos desarrollados. Pablo VI se pronunció
contra esta mentalidad en la Populorum progressio. Los recursos
materiales disponibles para sacar a estos pueblos de la miseria son
hoy potencialmente mayores que antes, pero se han servido de ellos
principalmente los países desarrollados, que han podido aprovechar
mejor la liberalización de los movimientos de capitales y de
trabajo. Por tanto, la difusión de ámbitos de bienestar en el mundo
no debería ser obstaculizada con proyectos egoístas, proteccionistas
o dictados por intereses particulares. En efecto, la participación
de países emergentes o en vías de desarrollo permite hoy gestionar
mejor la crisis. La transición que el proceso de globalización
comporta, conlleva grandes dificultades y peligros, que sólo se
podrán superar si se toma conciencia del espíritu antropológico y
ético que en el fondo impulsa la globalización hacia metas
de humanización solidaria. Desgraciadamente, este espíritu se ve con
frecuencia marginado y entendido desde perspectivas ético-culturales
de carácter individualista y utilitarista. La globalización es un
fenómeno multidimensional y polivalente, que exige ser comprendido
en la diversidad y en la unidad de todas sus dimensiones, incluida
la teológica. Esto consentirá vivir y orientar la globalización de
la humanidad en términos de relacionalidad, comunión y
participación.
CAPÍTULO
CUARTO
DESARROLLO DE LOS PUEBLOS, DERECHOS Y DEBERES, AMBIENTE
43. «La solidaridad universal, que es un hecho y un beneficio para
todos, es también un deber».[105] En la actualidad, muchos pretenden
pensar que no deben nada a nadie, si no es a sí mismos. Piensan que
sólo son titulares de derechos y con frecuencia les cuesta madurar
en su responsabilidad respecto al desarrollo integral propio y
ajeno. Por ello, es importante urgir una nueva reflexión sobre los
deberes que los derechos presuponen, y sin los cuales éstos se
convierten en algo arbitrario[106]. Hoy se da una profunda
contradicción. Mientras, por un lado, se reivindican presuntos
derechos, de carácter arbitrario y voluptuoso, con la pretensión de
que las estructuras públicas los reconozcan y promuevan, por otro,
hay derechos elementales y fundamentales que se ignoran y violan en
gran parte de la humanidad[107]. Se aprecia con frecuencia una
relación entre la reivindicación del derecho a lo superfluo, e
incluso a la transgresión y al vicio, en las sociedades opulentas, y
la carencia de comida, agua potable, instrucción básica o cuidados
sanitarios elementales en ciertas regiones del mundo subdesarrollado
y también en la periferia de las grandes ciudades. Dicha relación
consiste en que los derechos individuales, desvinculados de un
conjunto de deberes que les dé un sentido profundo, se desquician y
dan lugar a una espiral de exigencias prácticamente ilimitada y
carente de criterios. La exacerbación de los derechos conduce al
olvido de los deberes. Los deberes delimitan los derechos porque
remiten a un marco antropológico y ético en cuya verdad se insertan
también los derechos y así dejan de ser arbitrarios. Por este
motivo, los deberes refuerzan los derechos y reclaman que se los
defienda y promueva como un compromiso al servicio del bien. En
cambio, si los derechos del hombre se fundamentan sólo en las
deliberaciones de una asamblea de ciudadanos, pueden ser cambiados
en cualquier momento y, consiguientemente, se relaja en la
conciencia común el deber de respetarlos y tratar de conseguirlos.
Los gobiernos y los organismos internacionales pueden olvidar
entonces la objetividad y la cualidad de «no disponibles» de los
derechos. Cuando esto sucede, se pone en peligro el verdadero
desarrollo de los pueblos[108]. Comportamientos como éstos
comprometen la autoridad moral de los organismos internacionales,
sobre todo a los ojos de los países más necesitados de desarrollo.
En efecto, éstos exigen que la comunidad internacional asuma como un
deber ayudarles a ser «artífices de su destino»[109], es decir, a
que asuman a su vez deberes. Compartir los deberes recíprocos
moviliza mucho más que la mera reivindicación de derechos.
44. La concepción de los derechos y de los deberes respecto al
desarrollo, debe tener también en cuenta los problemas relacionados
con el crecimiento demográfico. Es un aspecto muy importante del
verdadero desarrollo, porque afecta a los valores irrenunciables de
la vida y de la familia[110]. No es correcto considerar el aumento
de población como la primera causa del subdesarrollo, incluso desde
el punto de vista económico: baste pensar, por un lado, en la
notable disminución de la mortalidad infantil y al aumento de la
edad media que se produce en los países económicamente desarrollados
y, por otra, en los signos de crisis que se perciben en la
sociedades en las que se constata una preocupante disminución de la
natalidad. Obviamente, se ha de seguir prestando la debida atención
a una procreación responsable que, por lo demás, es una contribución
efectiva al desarrollo humano integral. La Iglesia, que se interesa
por el verdadero desarrollo del hombre, exhorta a éste a que respete
los valores humanos también en el ejercicio de la sexualidad: ésta
no puede quedar reducida a un mero hecho hedonista y lúdico, del
mismo modo que la educación sexual no se puede limitar a una
instrucción técnica, con la única preocupación de proteger a los
interesados de eventuales contagios o del «riesgo» de procrear. Esto
equivaldría a empobrecer y descuidar el significado profundo de la
sexualidad, que debe ser en cambio reconocido y asumido con
responsabilidad por la persona y la comunidad. En efecto, la
responsabilidad evita tanto que se considere la sexualidad como una
simple fuente de placer, como que se regule con políticas de
planificación forzada de la natalidad. En ambos casos se trata de
concepciones y políticas materialistas, en las que las personas
acaban padeciendo diversas formas de violencia. Frente a todo esto,
se debe resaltar la competencia primordial que en este campo tienen
las familias[111] respecto del Estado y sus políticas restrictivas,
así como una adecuada educación de los padres.
La
apertura moralmente responsable a la vida es una riqueza social y
económica. Grandes naciones han podido salir de la miseria gracias
también al gran número y a la capacidad de sus habitantes. Al
contrario, naciones en un tiempo florecientes pasan ahora por una
fase de incertidumbre, y en algún caso de decadencia, precisamente a
causa del bajo índice de natalidad, un problema crucial para las
sociedades de mayor bienestar. La disminución de los nacimientos, a
veces por debajo del llamado «índice de reemplazo generacional»,
pone en crisis incluso a los sistemas de asistencia social, aumenta
los costes, merma la reserva del ahorro y, consiguientemente, los
recursos financieros necesarios para las inversiones, reduce la
disponibilidad de trabajadores cualificados y disminuye la reserva
de «cerebros» a los que recurrir para las necesidades de la nación.
Además, las familias pequeñas, o muy pequeñas a veces, corren el
riesgo de empobrecer las relaciones sociales y de no asegurar formas
eficaces de solidaridad. Son situaciones que presentan síntomas de
escasa confianza en el futuro y de fatiga moral. Por eso, se
convierte en una necesidad social, e incluso económica, seguir
proponiendo a las nuevas generaciones la hermosura de la familia y
del matrimonio, su sintonía con las exigencias más profundas del
corazón y de la dignidad de la persona. En esta perspectiva, los
estados están llamados a establecer políticas que promuevan la
centralidad y la integridad de la familia, fundada en el matrimonio
entre un hombre y una mujer, célula primordial y vital de la
sociedad[112], haciéndose cargo también de sus problemas económicos
y fiscales, en el respeto de su naturaleza relacional.
45. Responder a las exigencias morales más profundas de la persona
tiene también importantes efectos beneficiosos en el plano
económico. En efecto, la economía tiene necesidad de la ética para
su correcto funcionamiento; no de una ética cualquiera, sino de una
ética amiga de la persona. Hoy se habla mucho de ética en el campo
económico, bancario y empresarial. Surgen centros de estudio y
programas formativos de business ethics; se difunde en el mundo
desarrollado el sistema de certificaciones éticas, siguiendo la
línea del movimiento de ideas nacido en torno a la responsabilidad
social de la empresa. Los bancos proponen cuentas y fondos de
inversión llamados «éticos». Se desarrolla una «finanza ética»,
sobre todo mediante el microcrédito y, más en general, la
microfinanciación. Dichos procesos son apreciados y merecen un
amplio apoyo. Sus efectos positivos llegan incluso a las áreas menos
desarrolladas de la tierra. Conviene, sin embargo, elaborar un
criterio de discernimiento válido, pues se nota un cierto abuso del
adjetivo «ético» que, usado de manera genérica, puede abarcar
también contenidos completamente distintos, hasta el punto de hacer
pasar por éticas decisiones y opciones contrarias a la justicia y al
verdadero bien del hombre.
En
efecto, mucho depende del sistema moral de referencia. Sobre este
aspecto, la doctrina social de la Iglesia ofrece una aportación
específica, que se funda en la creación del hombre «a imagen de
Dios» (Gn 1,27), algo que comporta la inviolable dignidad de la
persona humana, así como el valor trascendente de las normas morales
naturales. Una ética económica que prescinda de estos dos pilares
correría el peligro de perder inevitablemente su propio significado
y prestarse así a ser instrumentalizada; más concretamente, correría
el riesgo de amoldarse a los sistemas económico-financieros
existentes, en vez de corregir sus disfunciones. Además, podría
acabar incluso justificando la financiación de proyectos no éticos.
Es necesario, pues, no recurrir a la palabra «ética» de una manera
ideológicamente discriminatoria, dando a entender que no serían
éticas las iniciativas no etiquetadas formalmente con esa
cualificación. Conviene esforzarse -la observación aquí es esencial-
no sólo para que surjan sectores o segmentos «éticos» de la economía
o de las finanzas, sino para que toda la economía y las finanzas
sean éticas y lo sean no por una etiqueta externa, sino por el
respeto de exigencias intrínsecas de su propia naturaleza. A este
respecto, la doctrina social de la Iglesia habla con claridad,
recordando que la economía, en todas sus ramas, es un sector de la
actividad humana[113].
46. Respecto
al tema de la relación entre empresa y ética, así como de la
evolución que está teniendo el sistema productivo, parece que la
distinción hasta ahora más difundida entre empresas destinadas al
beneficio (profit) y organizaciones sin ánimo de lucro (non profit)
ya no refleja plenamente la realidad, ni es capaz de orientar
eficazmente el futuro. En estos últimos decenios, ha ido surgiendo
una amplia zona intermedia entre los dos tipos de empresas. Esa zona
intermedia está compuesta por empresas tradicionales que, sin
embargo, suscriben pactos de ayuda a países atrasados; por
fundaciones promovidas por empresas concretas; por grupos de
empresas que tienen objetivos de utilidad social; por el amplio
mundo de agentes de la llamada economía civil y de comunión. No se
trata sólo de un «tercer sector», sino de una nueva y amplia
realidad compuesta, que implica al sector privado y público y que no
excluye el beneficio, pero lo considera instrumento para objetivos
humanos y sociales. Que estas empresas distribuyan más o menos los
beneficios, o que adopten una u otra configuración jurídica prevista
por la ley, es secundario respecto a su disponibilidad para concebir
la ganancia como un instrumento para alcanzar objetivos de
humanización del mercado y de la sociedad. Es de desear que estas
nuevas formas de empresa encuentren en todos los países también un
marco jurídico y fiscal adecuado. Así, sin restar importancia y
utilidad económica y social a las formas tradicionales de empresa,
hacen evolucionar el sistema hacia una asunción más clara y plena de
los deberes por parte de los agentes económicos. Y no sólo esto. La
misma pluralidad de las formas institucionales de empresa es lo que
promueve un mercado más cívico y al mismo tiempo más competitivo.
47. La potenciación de los diversos tipos de empresas y, en
particular, de los que son capaces de concebir el beneficio como un
instrumento para conseguir objetivos de humanización del mercado y
de la sociedad, hay que llevarla a cabo incluso en países excluidos
o marginados de los circuitos de la economía global, donde es muy
importante proceder con proyectos de subsidiaridad convenientemente
diseñados y gestionados, que tiendan a promover los derechos, pero
previendo siempre que se asuman también las correspondientes res-ponsabilidades.
En las iniciativas para el desarrollo debe quedar a salvo el
principio de la centralidad de la persona humana, que es quien debe
asumirse en primer lugar el deber del desarrollo. Lo que interesa
principalmente es la mejora de las condiciones de vida de las
personas concretas de una cierta región, para que puedan satisfacer
aquellos deberes que la indigencia no les permite observar
actualmente. La preocupación nunca puede ser una actitud abstracta.
Los programas de desarrollo, para poder adaptarse a las situaciones
concretas, han de ser flexibles; y las personas que se beneficien
deben implicarse directamente en su planificación y convertirse en
protagonistas de su realización. También es necesario aplicar los
criterios de progresión y acompañamiento -incluido el seguimiento de
los resultados-, porque no hay recetas universalmente válidas. Mucho
depende de la gestión concreta de las intervenciones. «Constructores
de su propio desarrollo, los pueblos son los primeros responsables
de él. Pero no lo realizarán en el aislamiento»[114]. Hoy, con la
consolidación del proceso de progresiva integración del planeta,
esta exhortación de Pablo VI es más válida todavía. Las dinámicas de
inclusión no tienen nada de mecánico. Las soluciones se han de
ajustar a la vida de los pueblos y de las personas concretas,
basándose en una valoración prudencial de cada situación. Al lado de
los macroproyectos son necesarios los microproyectos y, sobre todo,
es necesaria la movilización efectiva de todos los sujetos de la
sociedad civil, tanto de las personas jurídicas como de las personas
físicas.
La
cooperación internacional necesita personas que participen en el
proceso del desarrollo económico y humano, mediante la solidaridad
de la presencia, el acompañamiento, la formación y el respeto. Desde
este punto de vista, los propios organismos internacionales deberían
preguntarse sobre la eficacia real de sus aparatos burocráticos y
administrativos, frecuentemente demasiado costosos. A veces, el
destinatario de las ayudas resulta útil para quien lo ayuda y, así,
los pobres sirven para mantener costosos organismos burocráticos,
que destinan a la propia conservación un porcentaje demasiado
elevado de esos recursos que deberían ser destinados al desarrollo.
A este respecto, cabría desear que los organismos internacionales y
las organizaciones no gubernamentales se esforzaran por una
transparencia total, informando a los donantes y a la opinión
pública sobre la proporción de los fondos recibidos que se destina a
programas de cooperación, sobre el verdadero contenido de dichos
programas y, en fin, sobre la distribución de los gastos de la
institución misma.
48. El tema del desarrollo está también muy unido hoy a los deberes
que nacen de la relación del hombre con el ambiente natural. Éste es
un don de Dios para todos, y su uso representa para nosotros una
responsabilidad para con los pobres, las generaciones futuras y toda
la humanidad. Cuando se considera la naturaleza, y en primer lugar
al ser humano, fruto del azar o del determinismo evolutivo,
disminuye el sentido de la responsabilidad en las conciencias. El
creyente reconoce en la naturaleza el maravilloso resultado de la
intervención creadora de Dios, que el hombre puede utilizar
responsablemente para satisfacer sus legítimas necesidades
-materiales e inmateriales- respetando el equilibrio inherente a la
creación misma. Si se desvanece esta visión, se acaba por considerar
la naturaleza como un tabú intocable o, al contrario, por abusar de
ella. Ambas posturas no son conformes con la visión cristiana de la
naturaleza, fruto de la creación de Dios.
La
naturaleza es expresión de un proyecto de amor y de verdad. Ella nos
precede y nos ha sido dada por Dios como ámbito de vida. Nos habla
del Creador (cf. Rm 1,20) y de su amor a la humanidad. Está
destinada a encontrar la «plenitud» en Cristo al final de los
tiempos (cf. Ef 1,9-10; Col 1,19-20). También ella, por tanto, es
una «vocación»[115]. La naturaleza está a nuestra disposición no
como un «montón de desechos esparcidos al azar»,[116] sino como un
don del Creador que ha diseñado sus estructuras intrínsecas para que
el hombre descubra las orientaciones que se deben seguir para
«guardarla y cultivarla» (cf. Gn 2,15). Pero se ha de subrayar que
es contrario al verdadero desarrollo considerar la naturaleza como
más importante que la persona humana misma. Esta postura conduce a
actitudes neopaganas o de nuevo panteísmo: la salvación del hombre
no puede venir únicamente de la naturaleza, entendida en sentido
puramente naturalista. Por otra parte, también es necesario refutar
la posición contraria, que mira a su completa tecnificación, porque
el ambiente natural no es sólo materia disponible a nuestro gusto,
sino obra admirable del Creador y que lleva en sí una «gramática»
que indica finalidad y criterios para un uso inteligente, no
instrumental y arbitrario. Hoy, muchos perjuicios al desarrollo
provienen en realidad de estas maneras de pensar distorsionadas.
Reducir completamente la naturaleza a un conjunto de simples datos
fácticos acaba siendo fuente de violencia para con el ambiente,
provocando además conductas que no respetan la naturaleza del hombre
mismo. Ésta, en cuanto se compone no sólo de materia, sino también
de espíritu, y por tanto rica de significados y fines trascendentes,
tiene un carácter normativo incluso para la cultura. El hombre
interpreta y modela el ambiente natural mediante la cultura, la cual
es orientada a su vez por la libertad responsable, atenta a los
dictámenes de la ley moral. Por tanto, los proyectos para un
desarrollo humano integral no pueden ignorar a las generaciones
sucesivas, sino que han de caracterizarse por la solidaridad y la
justicia intergeneracional, teniendo en cuenta múltiples aspectos,
como el ecológico, el jurídico, el económico, el político y el
cultural[117].
49. Hoy, las cuestiones relacionadas con el cuidado y salvaguardia
del ambiente han de tener debidamente en cuenta los problemas
energéticos. En efecto, el acaparamiento por parte de algunos
estados, grupos de poder y empresas de recursos energéticos no
renovables, es un grave obstáculo para el desarrollo de los países
pobres. Éstos no tienen medios económicos ni para acceder a las
fuentes energéticas no renovables ya existentes ni para financiar la
búsqueda de fuentes nuevas y alternativas. La acumulación de
recursos naturales, que en muchos casos se encuentran precisamente
en países pobres, causa explotación y conflictos frecuentes entre
las naciones y en su interior. Dichos conflictos se producen con
frecuencia precisamente en el territorio de esos países, con graves
consecuencias de muertes, destrucción y mayor degradación aún. La
comunidad internacional tiene el deber imprescindible de encontrar
los modos institucionales para ordenar el aprovechamiento de los
recursos no renovables, con la participación también de los países
pobres, y planificar así conjuntamente el futuro.
En
este sentido, hay también una urgente necesidad moral de una
renovada solidaridad, especialmente en las relaciones entre países
en vías de desarrollo y países altamente industrializados[118]. Las
sociedades tecnológicamente avanzadas pueden y deben disminuir el
propio gasto energético, bien porque las actividades manufactureras
evolucionan, bien porque entre sus ciudadanos se difunde una mayor
sensibilidad ecológica. Además, se debe añadir que hoy se puede
mejorar la eficacia energética y al mismo tiempo progresar en la
búsqueda de energías alternativas. Pero es también necesaria una
redistribución planetaria de los recursos energéticos, de manera que
también los países que no los tienen puedan acceder a ellos. Su
destino no puede dejarse en manos del primero que llega o depender
de la lógica del más fuerte. Se trata de problemas relevantes que,
para ser afrontados de manera adecuada, requieren por parte de todos
una responsable toma de conciencia de las consecuencias que
afectarán a las nuevas generaciones, y sobre todo a los numerosos
jóvenes que viven en los pueblos pobres, los cuales «reclaman tener
su parte activa en la construcción de un mundo mejor»[119].
50. Esta responsabilidad es global, porque no concierne sólo a la
energía, sino a toda la creación, para no dejarla a las nuevas
generaciones empobrecida en sus recursos. Es lícito que el hombre
gobierne responsablemente la naturaleza para custodiarla, hacerla
productiva y cultivarla también con métodos nuevos y tecnologías
avanzadas, de modo que pueda acoger y alimentar dignamente a la
población que la habita. En nuestra tierra hay lugar para todos: en
ella toda la familia humana debe encontrar los recursos necesarios
para vivir dignamente, con la ayuda de la naturaleza misma, don de
Dios a sus hijos, con el tesón del propio trabajo y de la propia
inventiva. Pero debemos considerar un deber muy grave el dejar la
tierra a las nuevas generaciones en un estado en el que puedan
habitarla dignamente y seguir cultivándola. Eso comporta «el
compromiso de decidir juntos después de haber ponderado
responsablemente la vía a seguir, con el objetivo de fortalecer esa
alianza entre ser humano y medio ambiente que ha de ser reflejo del
amor creador de Dios, del cual procedemos y hacia el cual
caminamos»[120]. Es de desear que la comunidad internacional y cada
gobierno sepan contrarrestar eficazmente los modos de utilizar el
ambiente que le sean nocivos. Y también las autoridades competentes
han de hacer los esfuerzos necesarios para que los costes económicos
y sociales que se derivan del uso de los recursos ambientales
comunes se reconozcan de manera transparente y sean sufragados
totalmente por aquellos que se benefician, y no por otros o por las
futuras generaciones. La protección del entorno, de los recursos y
del clima requiere que todos los responsables internacionales actúen
conjuntamente y demuestren prontitud para obrar de buena fe, en el
respeto de la ley y la solidaridad con las regiones más débiles del
planeta[121]. Una de las mayores tareas de la economía es
precisamente el uso más eficaz de los recursos, no el abuso,
teniendo siempre presente que el concepto de eficiencia no es
axiológicamente neutral.
51. El modo en que el hombre trata el ambiente influye en la manera
en que se trata a sí mismo, y viceversa. Esto exige que la sociedad
actual revise seriamente su estilo de vida que, en muchas partes del
mundo, tiende al hedonismo y al consumismo, despreocupándose de los
daños que de ello se derivan[122]. Es necesario un cambio efectivo
de mentalidad que nos lleve a adoptar nuevos estilos de vida, «a
tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del
bien, así como la comunión con los demás hombres para un crecimiento
común sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de
los ahorros y de las inversiones»[123]. Cualquier menoscabo de la
solidaridad y del civismo produce daños ambientales, así como la
degradación ambiental, a su vez, provoca insatisfacción en las
relaciones sociales. La naturaleza, especialmente en nuestra época,
está tan integrada en la dinámica social y culturales que
prácticamente ya no constituye una variable independiente. La
desertización y el empobrecimiento productivo de algunas áreas
agrícolas son también fruto del empobrecimiento de sus habitantes y
de su atraso. Cuando se promueve el desarrollo económico y cultural
de estas poblaciones, se tutela también la naturaleza. Además,
muchos recursos naturales quedan devastados con las guerras. La paz
de los pueblos y entre los pueblos permitiría también una mayor
salvaguardia de la naturaleza. El acaparamiento de los recursos,
especialmente del agua, puede provocar graves conflictos entre las
poblaciones afectadas. Un acuerdo pacífico sobre el uso de los
recursos puede salvaguardar la naturaleza y, al mismo tiempo, el
bienestar de las sociedades interesadas.
La
Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y la debe
hacer valer en público. Y, al hacerlo, no sólo debe defender la
tierra, el agua y el aire como dones de la creación que pertenecen a
todos. Debe proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de
sí mismo. Es necesario que exista una especie de ecología del hombre
bien entendida. En efecto, la degradación de la naturaleza está
estrechamente unida a la cultura que modela la convivencia humana:
cuando se respeta la «ecología humana»[124] en la sociedad, también
la ecología ambiental se beneficia. Así como las virtudes humanas
están interrelacionadas, de modo que el debilitamiento de una pone
en peligro también a las otras, así también el sistema ecológico se
apoya en un proyecto que abarca tanto la sana convivencia social
como la buena relación con la naturaleza.
Para salvaguardar la naturaleza no basta intervenir con incentivos o
desincentivos económicos, y ni siquiera basta con una instrucción
adecuada. Éstos son instrumentos importantes, pero el problema
decisivo es la capacidad moral global de la sociedad. Si no se
respeta el derecho a la vida y a la muerte natural, si se hace
artificial la concepción, la gestación y el nacimiento del hombre,
si se sacrifican embriones humanos a la investigación, la conciencia
común acaba perdiendo el concepto de ecología humana y con ello de
la ecología ambiental. Es una contradicción pedir a las nuevas
generaciones el respeto al ambiente natural, cuando la educación y
las leyes no las ayudan a respetarse a sí mismas. El libro de la
naturaleza es uno e indivisible, tanto en lo que concierne a la
vida, la sexualidad, el matrimonio, la familia, las relaciones
sociales, en una palabra, el desarrollo humano integral. Los deberes
que tenemos con el ambiente están relacionados con los que tenemos
para con la persona considerada en sí misma y en su relación con los
otros. No se pueden exigir unos y conculcar otros. Es una grave
antinomia de la mentalidad y de la praxis actual, que envilece a la
persona, trastorna el ambiente y daña a la sociedad.
52. La verdad, y el amor que ella desvela, no se pueden producir,
sólo se pueden acoger. Su última fuente no es, ni puede ser, el
hombre, sino Dios, o sea Aquel que es Verdad y Amor. Este principio
es muy importante para la sociedad y para el desarrollo, en cuanto
que ni la Verdad ni el Amor pueden ser sólo productos humanos; la
vocación misma al desarrollo de las personas y de los pueblos no se
fundamenta en una simple deliberación humana, sino que está inscrita
en un plano que nos precede y que para todos nosotros es un deber
que ha de ser acogido libremente. Lo que nos precede y constituye
-el Amor y la Verdad subsistentes- nos indica qué es el bien y en
qué consiste nuestra felicidad. Nos señala así el camino hacia el
verdadero desarrollo.
CAPÍTULO
QUINTO
LA
COLABORACIÓN DE LA FAMILIA HUMANA
Una de las pobrezas más hondas 53. soledad. Ciertamente, también las que
el hombre puede experimentar es la otras pobrezas, incluidas las
materiales, nacen del aislamiento, del no ser amados o de la
dificultad de amar. Con frecuencia, son provocadas por el rechazo
del amor de Dios, por una tragedia original de cerrazón del hombre
en sí mismo, pensando ser autosuficiente, o bien un mero hecho
insignificante y pasajero, un «extranjero» en un universo que se ha
formado por casualidad. El hombre está alienado cuando vive solo o
se aleja de la realidad, cuando renuncia a pensar y creer en un
Fundamento[125]. Toda la humanidad está alienada cuando se entrega a
proyectos exclusivamente humanos, a ideologías y utopías
falsas[126]. Hoy la humanidad aparece mucho más interactiva que
antes: esa mayor vecindad debe transformarse en verdadera comunión.
El desarrollo de los pueblos depende sobre todo de que se reconozcan
como parte de una sola familia, que colabora con verdadera comunión
y está integrada por seres que no viven simplemente uno junto al
otro[127].
Pablo VI señalaba que «el mundo se encuentra en un lamentable vacío
de ideas»[128]. La afirmación contiene una constatación, pero sobre
todo una aspiración: es preciso un nuevo impulso del pensamiento
para comprender mejor lo que implica ser una familia; la interacción
entre los pueblos del planeta nos urge a dar ese impulso, para que
la integración se desarrolle bajo el signo de la solidaridad[129] en
vez del de la marginación. Dicho pensamiento obliga a una
profundización crítica y valorativa de la categoría de la relación.
Es un compromiso que no puede llevarse a cabo sólo con las ciencias
sociales, dado que requiere la aportación de saberes como la
metafísica y la teología, para captar con claridad la dignidad
trascendente del hombre.
La
criatura humana, en cuanto de naturaleza espiritual, se realiza en
las relaciones interpersonales. Cuanto más las vive de manera
auténtica, tanto más madura también en la propia identidad personal.
El hombre se valoriza no aislándose sino poniéndose en relación con
los otros y con Dios. Por tanto, la importancia de dichas relaciones
es fundamental. Esto vale también para los pueblos.
Consiguientemente, resulta muy útil para su desarrollo una visión
metafísica de la relación entre las personas. A este respecto, la
razón encuentra inspiración y orientación en la revelación
cristiana, según la cual la comunidad de los hombres no absorbe en
sí a la persona anulando su autonomía, como ocurre en las diversas
formas del totalitarismo, sino que la valoriza más aún porque la
relación entre persona y comunidad es la de un todo hacia otro
todo[130]. De la misma manera que la comunidad familiar no anula en
su seno a las personas que la componen, y la Iglesia misma valora
plenamente la «criatura nueva» (Ga 6,15; 2 Co 5,17), que por el
bautismo se inserta en su Cuerpo vivo, así también la unidad de la
familia humana no anula de por sí a las personas, los pueblos o las
culturas, sino que los hace más transparentes los unos con los
otros, más unidos en su legítima diversidad.
El
tema del desarrollo coincide 54. todas las personas y de todos los con
el de la inclusión relacional de pueblos en la única comunidad de la
familia humana, que se construye en la solidaridad sobre la base de
los valores fundamentales de la justicia y la paz. Esta perspectiva
se ve iluminada de manera decisiva por la relación entre las
Personas de la Trinidad en la única Sustancia divina. La Trinidad es
absoluta unidad, en cuanto las tres Personas divinas son
relacionalidad pura. La transparencia recíproca entre las Personas
divinas es plena y el vínculo de una con otra total, porque
constituyen una absoluta unidad y unicidad. Dios nos quiere también
asociar a esa realidad de comunión: «para que sean uno, como
nosotros somos uno» (Jn 17,22). La Iglesia es signo e instrumento de
esta unidad[131]. También las relaciones entre los hombres a lo
largo de la historia se han beneficiado de la referencia a este
Modelo divino. En particular, a la luz del misterio revelado de la
Trinidad, se comprende que la verdadera apertura no significa
dispersión centrífuga, sino compenetración profunda. Esto se
manifiesta también en las experiencias humanas comunes del amor y de
la verdad. Como el amor sacramental une a los esposos
espiritualmente en «una sola carne» (Gn 2,24; Mt 19,5; Ef 5,31), y
de dos que eran hace de ellos una unidad relacional y real, de
manera análoga la verdad une los espíritus entre sí y los hace
pensar al unísono, atrayéndolos y uniéndolos en ella.
55. La revelación cristiana sobre la unidad del género humano
presupone una interpretación metafísica del humanum, en la que la
relacionalidad es elemento esencial. También otras culturas y otras
religiones enseñan la fraternidad y la paz y, por tanto, son de gran
importancia para el desarrollo humano integral. Sin embargo, no
faltan actitudes religiosas y culturales en las que no se asume
plenamente el principio del amor y de la verdad, terminando así por
frenar el verdadero desarrollo humano e incluso por impedirlo. El
mundo de hoy está siendo atravesado por algunas culturas de
trasfondo religioso, que no llevan al hombre a la comunión, sino que
lo aíslan en la búsqueda del bienestar individual, limitándose a
gratificar las expectativas psicológicas. También una cierta
proliferación de itinerarios religiosos de pequeños grupos, e
incluso de personas individuales, así como el sincretismo religioso,
pueden ser factores de dispersión y de falta de compromiso. Un
posible efecto negativo del proceso de globalización es la tendencia
a favorecer dicho sincretismo[132], alimentando formas de «religión»
que alejan a las personas unas de otras, en vez de hacer que se
encuentren, y las apartan de la realidad. Al mismo tiempo, persisten
a veces parcelas culturales y religiosas que encasillan la sociedad
en castas sociales estáticas, en creencias mágicas que no respetan
la dignidad de la persona, en actitudes de sumisión a fuerzas
ocultas. En esos contextos, el amor y la verdad encuentran
dificultad para afianzarse, perjudicando el auténtico desarrollo.
Por este motivo, aunque es verdad que, por un lado, el desarrollo
necesita de las religiones y de las culturas de los diversos
pueblos, por otro lado, sigue siendo verdad también que es necesario
un adecuado discernimiento. La libertad religiosa no significa
indiferentismo religioso y no comporta que todas las religiones sean
iguales[133]. El discernimiento sobre la contribución de las
culturas y de las religiones es necesario para la construcción de la
comunidad social en el respeto del bien común, sobre todo para quien
ejerce el poder político. Dicho discernimiento deberá basarse en el
criterio de la caridad y de la verdad. Puesto que está en juego el
desarrollo de las personas y de los pueblos, tendrá en cuenta la
posibilidad de emancipación y de inclusión en la óptica de una
comunidad humana verdaderamente universal. El criterio para evaluar
las culturas y las religiones es también «todo el hombre y todos los
hombres». El cristianismo, religión del «Dios que tiene un rostro
humano»[134], lleva en sí mismo un criterio similar.
56. La religión cristiana y las otras religiones pueden contribuir
al desarrollo solamente si Dios tiene un lugar en la esfera pública,
con específica referencia a la dimensión cultural, social, económica
y, en particular, política. La doctrina social de la Iglesia ha
nacido para reivindicar esa «carta de ciudadanía»[135] de la
religión cristiana. La negación del derecho a profesar públicamente
la propia religión y a trabajar para que las verdades de la fe
inspiren también la vida pública, tiene consecuencias negativas
sobre el verdadero desarrollo. La exclusión de la religión del
ámbito público, así como, el fundamentalismo religioso por otro
lado, impiden el encuentro entre las personas y su colaboración para
el progreso de la humanidad. La vida pública se empobrece de
motivaciones y la política adquiere un aspecto opresor y agresivo.
Se corre el riesgo de que no se respeten los derechos humanos, bien
porque se les priva de su fundamento trascendente, bien porque no se
reconoce la libertad personal. En el laicismo y en el
fundamentalismo se pierde la posibilidad de un diálogo fecundo y de
una provechosa colaboración entre la razón y la fe religiosa. La
razón necesita siempre ser purificada por la fe, y esto vale también
para la razón política, que no debe creerse omnipotente. A su vez,
la religión tiene siempre necesidad de ser purificada por la razón
para mostrar su auténtico rostro humano. La ruptura de este diálogo
comporta un coste muy gravoso para el desarrollo de la humanidad.
57. El diálogo fecundo entre fe y razón hace más eficaz el ejercicio
de la caridad en el ámbito social y es el marco más apropiado para
promover la colaboración fraterna entre creyentes y no creyentes, en
la perspectiva compartida de trabajar por la justicia y la paz de la
humanidad. Los Padres conciliares afirmaban en la Constitución
pastoral Gaudium et spes: «Según la opinión casi unánime de
creyentes y no creyentes, todo lo que existe en la tierra debe
ordenarse al hombre como su centro y su culminación»[136]. Para los
creyentes, el mundo no es fruto de la casualidad ni de la necesidad,
sino de un proyecto de Dios. De ahí nace el deber de los creyentes
de aunar sus esfuerzos con todos los hombres y mujeres de buena
voluntad de otras religiones, o no creyentes, para que nuestro mundo
responda efectivamente al proyecto divino: vivir como una familia,
bajo la mirada del Creador. Sin duda, el principio de
subsidiaridad[137], expresión de la inalienable libertad humana. La
subsidiaridad es ante todo una ayuda a la persona, a través de la
autonomía de los cuerpos intermedios. Dicha ayuda se ofrece cuando
la persona y los sujetos sociales no son capaces de valerse por sí
mismos, implicando siempre una finalidad emancipadora, porque
favorece la libertad y la participación a la hora de asumir
responsabilidades. La subsidiaridad respeta la dignidad de la
persona, en la que ve un sujeto siempre capaz de dar algo a los
otros. La subsidiaridad, al reconocer que la reciprocidad forma
parte de la constitución íntima del ser humano, es el antídoto más
eficaz contra cualquier forma de asistencialismo paternalista. Ella
puede dar razón tanto de la múltiple articulación de los niveles y,
por ello, de la pluralidad de los sujetos, como de su coordinación.
Por tanto, es un principio particularmente adecuado para gobernar la
globalización y orientarla hacia un verdadero desarrollo humano.
Para no abrir la puerta a un peligroso poder universal de tipo
monocrático, el gobierno de la globalización debe ser de tipo
subsidiario, articulado en múltiples niveles y planos diversos, que
colaboren recíprocamente. La globalización necesita ciertamente una
autoridad, en cuanto plantea el problema de la consecución de un
bien común global; sin embargo, dicha autoridad deberá estar
organizada de modo subsidiario y con división de poderes[138], tanto
para no herir la libertad como para resultar concretamente eficaz.
58. El principio de subsidiaridad debe mantenerse íntimamente unido
al principio de la solidaridad y viceversa, porque así como la
subsidiaridad sin la solidaridad desemboca en el particularismo
social, también es cierto que la solidaridad sin la subsidiaridad
acabaría en el asistencialismo que humilla al necesitado. Esta regla
de carácter general se ha de tener muy en cuenta incluso cuando se
afrontan los temas sobre las ayudas internacionales al desarrollo.
Éstas, por encima de las intenciones de los donantes, pueden
mantener a veces a un pueblo en un estado de dependencia, e incluso
favorecer situaciones de dominio local y de explotación en el país
que las recibe. Las ayudas económicas, para que lo sean de verdad,
no deben perseguir otros fines. Han de ser concedidas implicando no
sólo a los gobiernos de los países interesados, sino también a los
agentes económicos locales y a los agentes culturales de la sociedad
civil, incluidas las Iglesias locales. Los programas de ayuda han de
adaptarse cada vez más a la forma de los programas integrados y
compartidos desde la base. En efecto, sigue siendo verdad que el
recurso humano es más valioso de los países en vías de desarrollo:
éste es el auténtico capital que se ha de potenciar para asegurar a
los países más pobres un futuro verdaderamente autónomo. Conviene
recordar también que, en el campo económico, la ayuda principal que
necesitan los países en vías de desarrollo es permitir y favorecer
cada vez más el ingreso de sus productos en los mercados
internacionales, posibilitando así su plena participación en la vida
económica internacional. En el pasado, las ayudas han servido con
demasiada frecuencia sólo para crear mercados marginales de los
productos de esos países. Esto se debe muchas veces a una falta de
verdadera demanda de estos productos: por tanto, es necesario ayudar
a esos países a mejorar sus productos y a adaptarlos mejor a la
demanda. Además, algunos han temido con frecuencia la competencia de
las importaciones de productos, normalmente agrícolas, provenientes
de los países económicamente pobres. Sin embargo, se ha de recordar
que la posibilidad de comercializar dichos productos significa a
menudo garantizar su supervivencia a corto o largo plazo. Un
comercio internacional justo y equilibrado en el campo agrícola
puede reportar beneficios a todos, tanto en la oferta como en la
demanda. Por este motivo, no sólo es necesario orientar
comercialmente esos productos, sino establecer reglas comerciales
internacionales que los sostengan, y reforzar la financiación del
desarrollo para hacer más productivas esas economías.
59. La cooperación para el desarrollo no debe contemplar solamente
la dimensión económica; ha de ser una gran ocasión para el encuentro
cultural y humano. Si los sujetos de la cooperación de los países
económicamente desarrollados, como a veces sucede, no tienen en
cuenta la identidad cultural propia y ajena, con sus valores
humanos, no podrán entablar diálogo alguno con los ciudadanos de los
países pobres. Si éstos, a su vez, se abren con indiferencia y sin
discernimiento a cualquier propuesta cultural, no estarán en
condiciones de asumir la responsabilidad de su auténtico
desarrollo[139]. Las sociedades tecnológicamente avanzadas no deben
confundir el propio desarrollo tecnológico con una presunta
superioridad cultural, sino que deben redescubrir en sí mismas
virtudes a veces olvidadas, que las han hecho florecer a lo largo de
su historia. Las sociedades en crecimiento deben permanecer fieles a
lo que hay de verdaderamente humano en sus tradiciones, evitando que
superpongan automáticamente a ellas las formas de la civilización
tecnológica globalizada. En todas las culturas se dan singulares y
múltiples convergencias éticas, expresiones de una misma naturaleza
humana, querida por el Creador, y que la sabiduría ética de la
humanidad llama ley natural[140]. Dicha ley moral universal es
fundamento sólido de todo diálogo cultural, religioso y político,
ayudando al pluralismo multiforme de las diversas culturas a que no
se alejen de la búsqueda común de la verdad, del bien y de Dios. Por
tanto, la adhesión a esa ley escrita en los corazones es la base de
toda colaboración social constructiva. En todas las culturas hay
costras que limpiar y sombras que despejar. La fe cristiana, que se
encarna en las culturas trascendiéndolas, puede ayudarlas a crecer
en la convivencia y en la solidaridad universal, en beneficio del
desarrollo comunitario y planetario.
60. En la búsqueda de soluciones para la crisis económica actual, la
ayuda al desarrollo de los países pobres debe considerarse un
verdadero instrumento de creación de riqueza para todos. ¿Qué
proyecto de ayuda puede prometer un crecimiento de tan significativo
valor -incluso para la economía mundial- como la ayuda a
poblaciones que se encuentran todavía en una fase inicial o poco
avanzada de su proceso de desarrollo económico? En esta perspectiva,
los estados económicamente más desarrollados harán lo posible por
destinar mayores porcentajes de su producto interior bruto para
ayudas al desarrollo, respetando los compromisos que se han tomado
sobre este punto en el ámbito de la comunidad internacional. Lo
podrán hacer también revisando sus políticas internas de asistencia
y de solidaridad social, aplicando a ellas el principio de
subsidiaridad y creando sistemas de seguridad social más integrados,
con la participación activa de las personas y de la sociedad civil.
De esta manera, es posible también mejorar los servicios sociales y
asistenciales y, al mismo tiempo, ahorrar recursos, eliminando
derroches y rentas abusivas, para destinarlos a la solidaridad
internacional. Un sistema de solidaridad social más participativo y
orgánico, menos burocratizado pero no por ello menos coordinado,
podría revitalizar muchas energías hoy adormecidas en favor también
de la solidaridad entre los pueblos.
Una posibilidad de ayuda para el desarrollo podría venir de la
aplicación eficaz de la llamada subsidiaridad fiscal, que permitiría
a los ciudadanos decidir sobre el destino de los porcentajes de los
impuestos que pagan al Estado. Esto puede ayudar, evitando
degeneraciones particularistas, a fomentar formas de solidaridad
social desde la base, con obvios beneficios también desde el punto
de vista de la solidaridad para el desarrollo.
61. Una solidaridad más amplia a nivel internacional se manifiesta
ante todo en seguir promoviendo, también en condiciones de crisis
económica, un mayor acceso a la educación que, por otro lado, es una
condición esencial para la eficacia de la cooperación internacional
misma. Con el término «educación» no nos referimos sólo a la
instrucción o a la formación para el trabajo, que son dos causas
importantes para el desarrollo, sino a la formación completa de la
persona. A este respecto, se ha de subrayar un aspecto problemático:
para educar es preciso saber quién es la persona humana, conocer su
naturaleza. Al afianzarse una visión relativista de dicha naturaleza
plantea serios problemas a la educación, sobre todo a la educación
moral, comprometiendo su difusión universal. Cediendo a este
relativismo, todos se empobrecen más, con consecuencias negativas
también para la eficacia de la ayuda a las poblaciones más
necesitadas, a las que no faltan sólo recursos económicos o
técnicos, sino también modos y medios pedagógicos que ayuden a las
personas a lograr su plena realización humana.
Un
ejemplo de la importancia de este problema lo tenemos en el fenómeno
del turismo internacional[141], que puede ser un notable factor de
desarrollo económico y crecimiento cultural, pero que en ocasiones
puede transformarse en una forma de explotación y degradación moral.
La situación actual ofrece oportunidades singulares para que los
aspectos económicos del desarrollo, es decir, los flujos de dinero y
la aparición de experiencias empresariales locales significativas,
se combinen con los culturales, y en primer lugar el educativo. En
muchos casos es así, pero en muchos otros el turismo internacional
es una experiencia deseducativa, tanto para el turista como para las
poblaciones locales. Con frecuencia, éstas se encuentran con
conductas inmorales, y hasta perversas, como en el caso del llamado
turismo sexual, al que se sacrifican tantos seres humanos, incluso
de tierna edad. Es doloroso constatar que esto ocurre muchas veces
con el respaldo de gobiernos locales, con el silencio de aquellos
otros de donde proceden los turistas y con la complicidad de tantos
operadores del sector. Aún sin llegar a ese extremo, el turismo
internacional se plantea con frecuencia de manera consumista y
hedonista, como una evasión y con modos de organización típicos de
los países de origen, de forma que no se favorece un verdadero
encuentro entre personas y culturas. Hay que pensar, pues, en un
turismo distinto, capaz de promover un verdadero conocimiento
recíproco, que nada quite al descanso y a la sana diversión: hay que
fomentar un turismo así, también a través de una relación más
estrecha con las experiencias de cooperación internacional y de
iniciativas empresariales para el desarrollo.
62. Otro aspecto digno de atención, hablando del desarrollo humano
integral, es el fenómeno de las migraciones. Es un fenómeno que
impresiona por sus grandes dimensiones, por los problemas sociales,
económicos, políticos, culturales y religiosos que suscita, y por
los dramáticos desafíos que plantea a las comunidades nacionales y a
la comunidad internacional. Podemos decir que estamos ante un
fenómeno social de que marca época, que requiere una fuerte y
clarividente política de cooperación internacional para afrontarlo
debidamente. Esta política hay que desarrollarla partiendo de una
estrecha colaboración entre los países de procedencia y de destino
de los emigrantes; ha de ir acompañada de adecuadas normativas
internacionales capaces de armonizar los diversos ordenamientos
legislativos, con vistas a salvaguardar las exigencias y los
derechos de las personas y de las familias emigrantes, así como las
de las sociedades de destino. Ningún país por sí solo puede ser
capaz de hacer frente a los problemas migratorios actuales. Todos
podemos ver el sufrimiento, el disgusto y las aspiraciones que
conllevan los flujos migratorios. Como es sabido, es un fenómeno
complejo de gestionar; sin embargo, está comprobado que los
trabajadores extranjeros, no obstante las dificultades inherentes a
su integración, contribuyen de manera significativa con su trabajo
al desarrollo económico del país que los acoge, así como a su país
de origen a través de las remesas de dinero. Obviamente, estos
trabajadores no pueden ser considerados como una mercancía o una
mera fuerza laboral. Por tanto no deben ser tratados como cualquier
otro factor de producción. Todo emigrante es una persona humana que,
en cuanto tal, posee derechos fundamentales inalienables que han de
ser respetados por todos y en cualquier situación[142].
63. Al considerar los problemas del desarrollo, se ha de resaltar
relación entre pobreza y desocupación. Los pobres son en muchos
casos el resultado de la violación de la dignidad del trabajo
humano, bien porque se limitan sus posibilidades (desocupación,
subocupación), bien porque se devalúan «los derechos que fluyen del
mismo, especialmente el derecho al justo salario, a la seguridad de
la persona del trabajador y de su familia»[143]. Por esto, ya el 1
de mayo de 2000, mi predecesor Juan Pablo II, de venerada memoria,
con ocasión del Jubileo de los Trabajadores, lanzó un llamamiento
para «una coalición mundial a favor del trabajo decente»[144],
alentando la estrategia de la Organización Internacional del
Trabajo. De esta manera, daba un fuerte apoyo moral a este objetivo,
como aspiración de las familias en todos los países del mundo. Pero
¿qué significa la palabra «decencia» aplicada al trabajo? Significa
un trabajo que, en cualquier sociedad, sea expresión de la dignidad
esencial de todo hombre o mujer: un trabajo libremente elegido, que
asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al
desarrollo de su comunidad; un trabajo que, de este modo, haga que
los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación; un
trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y
escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un
trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y
hacer oír su voz; un trabajo que deje espacio para reencontrarse
adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar
y espiritual; un trabajo que asegure una condición digna a los
trabajadores que llegan a la jubilación.
64. En la reflexión sobre el tema del trabajo, es oportuno hacer un
llamamiento a las organizaciones sindicales de los trabajadores,
desde siempre alentadas y sostenidas por la Iglesia, ante la urgente
exigencia de abrirse a las nuevas perspectivas que surgen en el
ámbito laboral. Las organizaciones sindicales están llamadas a
hacerse cargo de los nuevos problemas de nuestra sociedad, superando
las limitaciones propias de los sindicatos de clase. Me refiero, por
ejemplo, a ese conjunto de cuestiones que los estudiosos de las
ciencias sociales señalan en el conflicto entre persona-trabajadora
y persona-consumidora. Sin que sea necesario adoptar la tesis de que
se ha efectuado un desplazamiento de la centralidad del trabajador a
la centralidad del consumidor, parece en cualquier caso que éste es
también un terreno para experiencias sindicales innovadoras. El
contexto global en el que se desarrolla el trabajo requiere
igualmente que las organizaciones sindicales nacionales, ceñidas
sobre todo a la defensa de los intereses de sus afiliados, vuelvan
su mirada también hacia los no afiliados y, en particular, hacia los
trabajadores de los países en vía de desarrollo, donde tantas veces
se violan los derechos sociales. La defensa de estos trabajadores,
promovida también mediante iniciativas apropiadas en favor de los
países de origen, permitirá a las organizaciones sindicales poner de
relieve las auténticas razones éticas y culturales que las han
consentido ser, en contextos sociales y laborales diversos, un
factor decisivo para el desarrollo. Sigue siendo válida la
tradicional enseñanza de la Iglesia, que propone la distinción de
papeles y funciones entre sindicato y política. Esta distinción
permitirá a las organizaciones sindicales encontrar en la sociedad
civil el ámbito más adecuado para su necesaria actuación en defensa
y promoción del mundo del trabajo, sobre todo en favor de los
trabajadores explotados y no representados, cuya amarga condición
pasa desapercibida tantas veces ante los ojos distraídos de la
sociedad.
65. Además, se requiere que las finanzas mismas, que han de renovar
necesariamente sus estructuras y modos de funcionamiento tras su
mala utilización, que ha dañado la economía real, vuelvan a ser un
instrumento encaminado a producir mejor riqueza y desarrollo. Toda
la economía y todas las finanzas, y no sólo algunos de sus sectores,
en cuanto instrumentos, deben ser utilizados de manera ética para
crear las condiciones adecuadas para el desarrollo del hombre y de
los pueblos. Es ciertamente útil, y en algunas circunstancias
indispensable, promover iniciativas financieras en las que predomine
la dimensión humanitaria. Sin embargo, esto no debe hacernos olvidar
que todo el sistema financiero ha de tener como meta el
sostenimiento de un verdadero desarrollo. Sobre todo, es preciso que
el intento de hacer el bien no se contraponga al de la capacidad
efectiva de producir bienes. Los agentes financieros han de
redescubrir el fundamento ético de su actividad para no abusar de
aquellos instrumentos sofisticados con los que se podría traicionar
a los ahorradores. Recta intención, transparencia y búsqueda de los
buenos resultados son compatibles y nunca se deben separar. Si el
amor es inteligente, sabe encontrar también los modos de actuar
según una conveniencia previsible y justa, como muestran de manera
significativa muchas experiencias en el campo del crédito
cooperativo.
Tanto una regulación del sector capaz de salvaguardar a los sujetos
más débiles e impedir escandalosas especulaciones, cuanto la
experimentación de nuevas formas de finanzas destinadas a favorecer
proyectos de desarrollo, son experiencias positivas que se han de
profundizar y alentar, reclamando la propia responsabilidad del
ahorrador. También la experiencia de la microfinanciación, que hunde
sus raíces en la reflexión y en la actuación de los humanistas
civiles -pienso sobre todo en el origen de los Montes de Piedad-, ha
de ser reforzada y actualizada, sobre todo en los momentos en que
los problemas financieros pueden resultar dramáticos para los
sectores más vulnerables de la población, que deben ser protegidos
de la amenaza de la usura y la desesperación. Los más débiles deben
ser educados para defenderse de la usura, así como los pueblos
pobres han de ser educados para beneficiarse realmente del
microcrédito, frenando de este modo posibles formas de explotación
en estos dos campos. Puesto que también en los países ricos se dan
nuevas formas de pobreza, la microfinanciación puede ofrecer ayudas
concretas para crear iniciativas y sectores nuevos que favorezcan a
las capas más débiles de la sociedad, también ante una posible fase
de empobrecimiento de la sociedad.
66. La interrelación mundial ha hecho surgir un nuevo poder
político, el de los consumidores y sus asociaciones. Es un fenómeno
en el que se debe profundizar, pues contiene elementos positivos que
hay que fomentar, como también excesos que se han de evitar. Es
bueno que las personas se den cuenta de que comprar es siempre un
acto moral, y no sólo económico. El consumidor tiene una
responsabilidad social específica, que se añade a la responsabilidad
social de la empresa. Los consumidores deben ser constantemente
educados[145] para el papel que ejercen diariamente y que pueden
desempeñar respetando los principios morales, sin que disminuya la
racionalidad económica intrínseca en el acto de comprar. También en
el campo de las compras, precisamente en momentos como los que se
están viviendo, en los que el poder adquisitivo puede verse reducido
y se deberá consumir con mayor sobriedad, es necesario abrir otras
vías como, por ejemplo, formas de cooperación para las
adquisiciones, como ocurre con las cooperativas de consumo, que
existen desde el s. XIX, gracias también a la iniciativa de los
católicos. Además, es conveniente favorecer formas nuevas de
comercialización de productos provenientes de áreas deprimidas del
planeta para garantizar una retribución decente a los productores, a
condición de que se trate de un mercado transparente, que los
productores reciban no sólo mayores márgenes de ganancia sino
también mayor formación, profesionalidad y tecnología y, finalmente,
que dichas experiencias de economía para el desarrollo no estén
condicionadas por visiones ideológicas partidistas. Es de desear un
papel más incisivo de los consumidores como factor de democracia
económica, siempre que ellos mismos no estén manipulados por
asociaciones escasamente representativas.
67. Ente el imparable aumento de la interdependencia mundial, y
también en presencia de una recesión de alcance global, se siente
mucho la urgencia de la reforma tanto de la Organización de las
Naciones Unidas como de la arquitectura económica y financiera
internacional, para que se dé una concreción real al concepto de
familia de naciones. Y se siente la urgencia de encontrar formas
innovadoras para poner en práctica el principio de la
responsabilidad de proteger[146] y dar también una voz eficaz en las
decisiones comunes a las naciones más pobres. Esto aparece necesario
precisamente con vistas a un ordenamiento político, jurídico y
económico que incremente y oriente la colaboración internacional
hacia el desarrollo solidario de todos los pueblos. Para gobernar la
economía mundial, para sanear las economías afectadas por la crisis,
para prevenir su empeoramiento y mayores desequilibrios
consiguientes, para lograr un oportuno desarme integral, la
seguridad alimenticia y la paz, para garantizar la salvaguardia del
ambiente y regular los flujos migratorios, urge la presencia de una
verdadera Autoridad política mundial, como fue ya esbozada por mi
Predecesor, el Beato Juan XXIII. Esta Autoridad deberá estar
regulada por el derecho, atenerse de manera concreta a los
principios de subsidiaridad y de solidaridad, estar ordenada a la
realización del bien común[147], comprometerse en la realización de
un auténtico desarrollo humano integral inspirado en los valores de
la caridad en la verdad. Dicha Autoridad, además, deberá estar
reconocida por todos, gozar de poder efectivo para garantizar a cada
uno la seguridad, el cumplimiento de la justicia y el respeto de los
derechos[148]. Obviamente, debe tener la facultad de hacer respetar
sus propias decisiones a las diversas partes, así como las medidas
de coordinación adoptadas en los diferentes foros internacionales.
En efecto, cuando esto falta, el derecho internacional, no obstante
los grandes progresos alcanzados en los diversos campos, correría el
riesgo de estar condicionado por los equilibrios de poder entre los
más fuertes. El desarrollo integral de los pueblos y la colaboración
internacional exigen el establecimiento de un grado superior de
ordenamiento internacional de tipo subsidiario para el gobierno de
la globalización[149], que se lleve a cabo finalmente un orden
social conforme al orden moral, así como esa relación entre esfera
moral y social, entre política y mundo económico y civil, ya
previsto en el Estatuto de las Naciones Unidas.
CAPÍTULO
SEXTO
EL
DESARROLLO DE LOS PUEBLOS Y LA TÉCNICA
68. El tema del desarrollo de los pueblos está íntimamente unido al
del desarrollo de cada hombre. La persona humana tiende por
naturaleza a su propio desarrollo. Éste no está garantizado por una
serie de mecanismos naturales, sino que cada uno de nosotros es
consciente de su capacidad de decidir libre y responsablemente.
Tampoco se trata de un desarrollo a merced de nuestro capricho, ya
que todos sabemos que somos un don y no el resultado de una
autogeneración. Nuestra libertad está originariamente caracterizada
por nuestro ser, con sus propias limitaciones. Ninguno da forma a la
propia conciencia de manera arbitraria, sino que todos construyen su
propio «yo» sobre la base de un «sí mismo» que nos ha sido dado. No
sólo las demás personas se nos presentan como no disponibles, sino
también nosotros para nosotros mismos. El desarrollo de la persona
se degrada cuando ésta pretende ser la única creadora de sí misma.
De modo análogo, también el desarrollo de los pueblos se degrada
cuando la humanidad piensa que puede recrearse utilizando los
«prodigios» de la tecnología. Lo mismo ocurre con el desarrollo
económico, que se manifiesta ficticio y dañino cuando se apoya en
los «prodigios» de las finanzas para sostener un crecimiento
antinatural y consumista. Ante esta pretensión prometeica, hemos de
fortalecer el aprecio por una libertad no arbitraria, sino
verdaderamente humanizada por el reconocimiento del bien que la
precede. Para alcanzar este objetivo, es necesario que el hombre
entre en sí mismo para descubrir las normas fundamentales de la ley
moral natural que Dios ha inscrito en su corazón.
69. El problema del desarrollo en la actualidad está estrechamente
unido al progreso tecnológico y a sus aplicaciones deslumbrantes en
campo biológico. La técnica - conviene subrayarlo - es un hecho
profundamente humano, vinculado a la autonomía y libertad del
hombre. En la técnica se manifiesta y confirma el dominio del
espíritu sobre la materia. «Siendo éste [el espíritu] "menos esclavo
de las cosas, puede más fácilmente elevarse a la adoración y a la
contemplación del Creador"»[150]. La técnica permite dominar la
materia, reducir los riesgos, ahorrar esfuerzos, mejorar las
condiciones de vida. Responde a la misma vocación del trabajo
humano: en la técnica, vista como una obra del propio talento, el
hombre se reconoce a sí mismo y realiza su propia humanidad. La
técnica es el aspecto objetivo del actuar humano[151], cuyo origen y
razón de ser está en el elemento subjetivo: el hombre que trabaja.
Por eso, la técnica nunca es sólo técnica. Manifiesta quién es el
hombre y cuáles son sus aspiraciones de desarrollo, expresa la
tensión del ánimo humano hacia la superación gradual de ciertos
condicionamientos materiales. La técnica, por lo tanto, se inserta
en el mandato de cultivar y custodiar la tierra (cf. Gn 2,15), que
Dios ha confiado al hombre, y se orienta a reforzar esa alianza
entre ser humano y medio ambiente que debe reflejar el amor creador
de Dios.
70. El desarrollo tecnológico puede alentar la idea de la
autosuficiencia de la técnica, cuando el hombre se pregunta sólo por
el cómo, en vez de considerar los porqués que lo impulsan a actuar.
Por eso, la técnica tiene un rostro ambiguo. Nacida de la
creatividad humana como instrumento de la libertad de la persona,
puede entenderse como elemento de una libertad absoluta, que desea
prescindir de los límites inherentes a las cosas. El proceso de
globalización podría sustituir las ideologías por la técnica[152],
transformándose ella misma en un poder ideológico, que expondría a
la humanidad al riesgo de encontrarse encerrada dentro de un a
priori del cual no podría salir para encontrar el ser y la verdad.
En ese caso, cada uno de nosotros conocería, evaluaría y decidiría
los aspectos de su vida desde un horizonte cultural tecnocrático, al
que perteneceríamos estructuralmente, sin poder encontrar jamás un
sentido que no sea producido por nosotros mismos. Esta visión
refuerza mucho hoy la mentalidad tecnicista, que hace coincidir la
verdad con lo factible. Pero cuando el único criterio de verdad es
la eficiencia y la utilidad, se niega automáticamente el desarrollo.
En efecto, el verdadero desarrollo no consiste principalmente en
hacer. La clave del desarrollo está en una inteligencia capaz de
entender la técnica y de captar el significado plenamente humano del
quehacer del hombre, según el horizonte de sentido de la persona
considerada en la globalidad de su ser. Incluso cuando el hombre
opera a través de un satélite o de un impulso electrónico a
distancia, su actuar permanece siempre humano, expresión de una
libertad responsable. La técnica atrae fuertemente al hombre, porque
lo rescata de las limitaciones físicas y le amplía el horizonte.
Pero la libertad humana es ella misma sólo cuando responde a esta
atracción de la técnica con decisiones que son fruto de la
responsabilidad moral. De ahí la necesidad apremiante de una
formación para un uso ético y responsable de la técnica. Conscientes
de esta atracción de la técnica sobre el ser humano, se debe
recuperar el verdadero sentido de la libertad, que no consiste en la
seducción de una autonomía total, sino en la respuesta a la llamada
del ser, comenzando por nuestro propio ser.
71. Esta posible desviación de la mentalidad técnica de su
originario cauce humanista se muestra hoy de manera evidente en la
tecnificación del desarrollo y de la paz. El desarrollo de los
pueblos es considerado con frecuencia como un problema de ingeniería
financiera, de apertura de mercados, de bajadas de impuestos, de
inversiones productivas, de reformas institucionales, en definitiva
como una cuestión exclusivamente técnica. Sin duda, todos estos
ámbitos tienen un papel muy importante, pero deberíamos preguntarnos
por qué las decisiones de tipo técnico han funcionado hasta ahora
sólo en parte. La causa es mucho más profunda. El desarrollo nunca
estará plenamente garantizado plenamente por fuerzas que en gran
medida son automáticas e impersonales, ya provengan de las leyes de
mercado o de políticas de carácter internacional. El desarrollo es
imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes
políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al
bien común. Se necesita tanto la preparación profesional como la
coherencia moral. Cuando predomina la absolutización de la técnica
se produce una confusión entre los fines y los medios, el empresario
considera como único criterio de acción el máximo beneficio en la
producción; el político, la consolidación del poder; el científico,
el resultado de sus descubrimientos. Así, bajo esa red de relaciones
económicas, financieras y políticas persisten frecuentemente
incomprensiones, malestar e injusticia; los flujos de conocimientos
técnicos aumentan, pero en beneficio de sus propietarios, mientras
que la situación real de las poblaciones que viven bajo y casi
siempre al margen de estos flujos, permanece inalterada, sin
posibilidades reales de emancipación.
72. También la paz corre a veces el riesgo de ser considerada como
un producto de la técnica, fruto exclusivamente de los acuerdos
entre los gobiernos o de iniciativas tendentes a asegurar ayudas
económicas eficaces. Es cierto que la construcción de la paz
necesita una red constante de contactos diplomáticos, intercambios
económicos y tecnológicos, encuentros culturales, acuerdos en
proyectos comunes, como también que se adopten compromisos
compartidos para alejar las amenazas de tipo bélico o cortar de raíz
las continuas tentaciones terroristas. No obstante, para que esos
esfuerzos produzcan efectos duraderos, es necesario que se sustenten
en valores fundamentados en la verdad de la vida. Es decir, es
preciso escuchar la voz de las poblaciones interesadas y tener en
cuenta su situación para poder interpretar de manera adecuada sus
expectativas. Todo esto debe estar unido al esfuerzo anónimo de
tantas personas que trabajan decididamente para fomentar el
encuentro entre los pueblos y favorecer la promoción del desarrollo
partiendo del amor y de la comprensión recíproca. Entre estas
personas encontramos también fieles cristianos, implicados en la
gran tarea de dar un sentido plenamente humano al desarrollo y la
paz.
73. El desarrollo tecnológico está relacionado con la influencia
cada vez mayor de los medios de comunicación social. Es casi
imposible imaginar ya la existencia de la familia humana sin su
presencia. Para bien o para mal, se han introducido de tal manera en
la vida del mundo, que parece realmente absurda la postura de
quienes defienden su neutralidad y, consiguientemente, reivindican
su autonomía con respecto a la moral de las personas. Muchas veces,
tendencias de este tipo, que enfatizan la naturaleza estrictamente
técnica de estos medios, favorecen de hecho su subordinación a los
intereses económicos, al dominio de los mercados, sin olvidar el
deseo de imponer parámetros culturales en función de proyectos de
carácter ideológico y político. Dada la importancia fundamental de
los medios de comunicación en determinar los cambios en el modo de
percibir y de conocer la realidad y la persona humana misma, se hace
necesaria una seria reflexión sobre su influjo, especialmente sobre
la dimensión ético-cultural de la globalización y el desarrollo
solidario de los pueblos. Al igual que ocurre con la correcta
gestión de la globalización y el desarrollo, el sentido y la
finalidad de los medios de comunicación debe buscarse en su
fundamento antropológico. Esto quiere decir que pueden ser ocasión
de humanización no sólo cuando, gracias al desarrollo tecnológico,
ofrecen mayores posibilidades para la comunicación y la información,
sino sobre todo cuando se organizan y se orientan bajo la luz de una
imagen de la persona y el bien común que refleje sus valores
universales. El mero hecho de que los medios de comunicación social
multipliquen las posibilidades de interconexión y de circulación de
ideas, no favorece la libertad ni globaliza el desarrollo y la
democracia para todos. Para alcanzar estos objetivos se necesita que
los medios de comunicación estén centrados en la promoción de la
dignidad de las personas y de los pueblos, que estén expresamente
animados por la caridad y se pongan al servicio de la verdad, del
bien y de la fraternidad natural y sobrenatural. En efecto, la
libertad humana está intrínsecamente ligada a estos valores
superiores. Los medios pueden ofrecer una valiosa ayuda al aumento
de la comunión en la familia humana y al ethos de la sociedad,
cuando se convierten en instrumentos que promueven la participación
universal en la búsqueda común de lo que es justo.
74. En la actualidad, la bioética es un campo prioritario y crucial
en la lucha cultural entre el absolutismo de la técnica y la
responsabilidad moral, y en el que está en juego la posibilidad de
un desarrollo humano e integral. Éste es un ámbito muy delicado y
decisivo, donde se plantea con toda su fuerza dramática la cuestión
fundamental: si el hombre es un producto de sí mismo o si depende de
Dios. Los descubrimientos científicos en este campo y las
posibilidades de una intervención técnica han crecido tanto que
parecen imponer la elección entre estos dos tipos de razón: una
razón abierta a la trascendencia o una razón encerrada en la
inmanencia. Estamos ante un aut aut decisivo. Pero la racionalidad
del quehacer técnico centrada sólo en sí misma se revela como
irracional, porque comporta un rechazo firme del sentido y del
valor. Por ello, la cerrazón a la trascendencia tropieza con la
dificultad de pensar cómo es posible que de la nada haya surgido el
ser y de la casualidad la inteligencia[153]. Ante estos problemas
tan dramáticos, razón y fe se ayudan mutuamente. Sólo juntas
salvarán al hombre. Atraída por el puro quehacer técnico, la razón
sin la fe se ve avocada a perderse en la ilusión de su propia
omnipotencia. La fe sin la razón corre el riesgo de alejarse de la
vida concreta de las personas[154].
75. Pablo VI había percibido y señalado ya el alcance mundial de la
cuestión social[155]. Siguiendo esta línea, hoy es preciso afirmar
que la cuestión social se ha convertido radicalmente en una cuestión
antropológica, en el sentido de que implica no sólo el modo mismo de
concebir, sino también de manipular la vida, cada día más expuesta
por la biotecnología a la intervención del hombre. La fecundación in
vitro, la investigación con embriones, la posibilidad de la
clonación y de la hibridación humana nacen y se promueven en la
cultura actual del desencanto total, que cree haber desvelado
cualquier misterio, puesto que se ha llegado ya a la raíz de la
vida. Es aquí donde el absolutismo de la técnica encuentra su máxima
expresión. En este tipo de cultura, la conciencia está llamada
únicamente a tomar nota de una mera posibilidad técnica. Pero no han
de minimizarse los escenarios inquietantes para el futuro del
hombre, ni los nuevos y potentes instrumentos que la «cultura de la
muerte» tiene a su disposición. A la plaga difusa, trágica, del
aborto, podría añadirse en el futuro, aunque ya subrepticiamente in
nuce, una sistemática planificación eugenésica de los nacimientos.
Por otro lado, se va abriendo paso una mens eutanasica,
manifestación no menos abusiva del dominio sobre la vida, que en
ciertas condiciones ya no se considera digna de ser vivida. Detrás
de estos escenarios hay planteamientos culturales que niegan la
dignidad humana. A su vez, estas prácticas fomentan una concepción
materialista y mecanicista de la vida humana. ¿Quién puede calcular
los efectos negativos sobre el desarrollo de esta mentalidad? ¿Cómo
podemos extrañarnos de la indiferencia ante tantas situaciones
humanas degradantes, si la indiferencia caracteriza nuestra actitud
ante lo que es humano y lo que no lo es? Sorprende la selección
arbitraria de aquello que hoy se propone como digno de respeto.
Muchos, dispuestos a escandalizarse por cosas secundarias, parecen
tolerar injusticias inauditas. Mientras los pobres del mundo siguen
llamando a la puerta de la opulencia, el mundo rico corre el riesgo
de no escuchar ya estos golpes a su puerta, debido a una conciencia
incapaz de reconocer lo humano. Dios revela el hombre al hombre; la
razón y la fe colaboran a la hora de mostrarle el bien, con tal que
lo quiera ver; la ley natural, en la que brilla la Razón creadora,
indica la grandeza del hombre, pero también su miseria, cuando
desconoce el reclamo de la verdad moral.
76. Uno de los aspectos del actual espíritu tecnicista se puede
apreciar en la propensión a considerar los problemas y los fenómenos
que tienen que ver con la vida interior sólo desde un punto de vista
psicológico, e incluso meramente neurológico. De esta manera, la
interioridad del hombre se vacía y el ser conscientes de la
consistencia ontológica del alma humana, con las profundidades que
los Santos han sabido sondear, se pierde progresivamente. El
problema del desarrollo está estrechamente relacionado con el
concepto que tengamos del alma del hombre, ya que nuestro yo se ve
reducido muchas veces a la psique, y la salud del alma se confunde
con el bienestar emotivo. Estas reducciones tienen su origen en una
profunda incomprensión de lo que es la vida espiritual y llevan a
ignorar que el desarrollo del hombre y de los pueblos depende
también de las soluciones que se dan a los problemas de carácter
espiritual. El desarrollo debe abarcar, además de un progreso
material, uno espiritual, porque el hombre es «uno en cuerpo y
alma»[156], nacido del amor creador de Dios y destinado a vivir
eternamente. El ser humano se desarrolla cuando crece
espiritualmente, cuando su alma se conoce a sí misma y la verdad que
Dios ha impreso germinalmente en ella, cuando dialoga consigo mismo
y con su Creador. Lejos de Dios, el hombre está inquieto y se hace
frágil. La alienación social y psicológica, y las numerosas neurosis
que caracterizan las sociedades opulentas, remiten también a este
tipo de causas espirituales. Una sociedad del bienestar,
materialmente desarrollada, pero que oprime el alma, no está en sí
misma bien orientada hacia un auténtico desarrollo. Las nuevas
formas de esclavitud, como la droga, y la desesperación en la que
caen tantas personas, tienen una explicación no sólo sociológica o
psicológica, sino esencialmente espiritual. El vacío en que el alma
se siente abandonada, contando incluso con numerosas terapias para
el cuerpo y para la psique, hace sufrir. No hay desarrollo pleno ni
un bien común universal sin el bien espiritual y moral de las
personas, consideradas en su totalidad de alma y cuerpo.
77. El absolutismo de la técnica tiende a producir una incapacidad
de percibir todo aquello que no se explica con la pura materia. Sin
embargo, todos los hombres tienen experiencia de tantos aspectos
inmateriales y espirituales de su vida. Conocer no es sólo un acto
material, porque lo conocido esconde siempre algo que va más allá
del dato empírico. Todo conocimiento, hasta el más simple, es
siempre un pequeño prodigio, porque nunca se explica completamente
con los elementos materiales que empleamos. En toda verdad hay
siempre algo más de lo que cabía esperar, en el amor que recibimos
hay siempre algo que nos sorprende. Jamás deberíamos dejar de
sorprendernos ante estos prodigios. En todo conocimiento y acto de
amor, el alma del hombre experimenta un «más» que se asemeja mucho a
un don recibido, a una altura a la que se nos lleva. También el
desarrollo del hombre y de los pueblos alcanza un nivel parecido, si
consideramos la dimensión espiritual que debe incluir necesariamente
el desarrollo para ser auténtico. Para ello se necesitan unos ojos
nuevos y un corazón nuevo, que superen la visión materialista de los
acontecimientos humanos y que vislumbren en el desarrollo ese «algo
más» que la técnica no puede ofrecer. Por este camino se podrá
conseguir aquel desarrollo humano e integral, cuyo criterio
orientador se halla en la fuerza impulsora de la caridad en la
verdad.
CONCLUSIÓN
78. Sin Dios el hombre no sabe donde ir ni tampoco logra entender
quién es. Ante los grandes problemas del desarrollo de los pueblos,
que nos impulsan casi al desasosiego y al abatimiento, viene en
nuestro auxilio la palabra de Jesucristo, que nos hace saber: «Sin
mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Y nos anima: «Yo estoy con
vosotros todos los días, hasta el final del mundo» (Mt 28,20). Ante
el ingente trabajo que queda por hacer, la fe en la presencia de
Dios nos sostiene, junto con los que se unen en su nombre y trabajan
por la justicia. Pablo VI nos ha recordado en la Populorum
progressio que el hombre no es capaz de gobernar por sí mismo su
propio progreso, porque él solo no puede fundar un verdadero
humanismo. Sólo si pensamos que se nos ha llamado individualmente y
como comunidad a formar parte de la familia de Dios como hijos
suyos, seremos capaces de forjar un pensamiento nuevo y sacar nuevas
energías al servicio de un humanismo íntegro y verdadero. Por tanto,
la fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un humanismo
cristiano,[157] que vivifique la caridad y que se deje guiar por la
verdad, acogiendo una y otra como un don permanente de Dios. La
disponibilidad para con Dios provoca la disponibilidad para con los
hermanos y una vida entendida como una tarea solidaria y gozosa. Al
contrario, la cerrazón ideológica a Dios y el indiferentismo ateo,
que olvida al Creador y corre el peligro de olvidar también los
valores humanos, se presentan hoy como uno de los mayores obstáculos
para el desarrollo. El humanismo que excluye a Dios es un humanismo
inhumano. Solamente un humanismo abierto al Absoluto nos puede guiar
en la promoción y realización de formas de vida social y civil -en
el ámbito de las estructuras, las instituciones, la cultura y el
ethos-, protegiéndonos del riesgo de quedar apresados por las modas
del momento. La conciencia del amor indestructible de Dios es la que
nos sostiene en el duro y apasionante compromiso por la justicia,
por el desarrollo de los pueblos, entre éxitos y fracasos, y en la
tarea constante de dar un recto ordenamiento a las realidades
humanas. El amor de Dios nos invita a salir de lo que es limitado y
no definitivo, nos da valor para trabajar y seguir en busca del bien
de todos, aun cuando no se realice inmediatamente, aun cuando lo que
consigamos nosotros, las autoridades políticas y los agentes
económicos, sea siempre menos de lo que anhelamos[158]. Dios nos da
la fuerza para luchar y sufrir por amor al bien común, porque Él es
nuestro Todo, nuestra esperanza más grande.
79. El desarrollo necesita cristianos con los brazos levantados
hacia Dios en oración, cristianos conscientes de que el amor lleno
de verdad, caritas in veritate, del que procede el auténtico
desarrollo, no es el resultado de nuestro esfuerzo sino un don. Por
ello, también en los momentos más difíciles y complejos, además de
actuar con sensatez, hemos de volvernos ante todo a su amor. El
desarrollo conlleva atención a la vida espiritual, tener en cuenta
seriamente la experiencia de fe en Dios, de fraternidad espiritual
en Cristo, de confianza en la Providencia y en la Misericordia
divina, de amor y perdón, de renuncia a uno mismo, de acogida del
prójimo, de justicia y de paz. Todo esto es indispensable para
transformar los «corazones de piedra» en «corazones de carne» (Ez
36,26), y hacer así la vida terrena más «divina» y por tanto más
digna del hombre. Todo esto es del hombre, porque el hombre es
sujeto de su existencia; y a la vez es de Dios, porque Dios es el
principio y el fin de todo lo que tiene valor y nos redime: «el
mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro,
vosotros de Cristo, y Cristo de Dios» (1 Co 3,22-23). El anhelo del
cristiano es que toda la familia humana pueda invocar a Dios como
«Padre nuestro». Que junto al Hijo unigénito, todos los hombres
puedan aprender a rezar al Padre y a suplicarle con las palabras que
el mismo Jesús nos ha enseñado, que sepamos santificarlo viviendo
según su voluntad, y tengamos también el pan necesario de cada día,
comprensión y generosidad con los que nos ofenden, que no se nos
someta excesivamente a las pruebas y se nos libre del mal (cf. Mt
6,9-13).
Al
concluir el Año Paulino, me complace expresar este deseo con las
mismas palabras del Apóstol en su carta a los Romanos: «Que vuestra
caridad no sea una farsa: aborreced lo malo y apegaos a lo bueno.
Como buenos hermanos, sed cariñosos unos con otros, estimando a los
demás más que a uno mismo» (12,9-10). Que la Virgen María,
proclamada por Pablo VI Mater Ecclesiae y honrada por el pueblo
cristiano como Speculum iustitiae y Regina pacis, nos proteja y nos
obtenga por su intercesión celestial la fuerza, la esperanza y la
alegría necesaria para continuar generosamente la tarea en favor del
«desarrollo de todo el hombre y de todos los hombres»[159].
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 29 de junio, solemnidad de San
Pedro y San Pablo, del año 2009, quinto de mi Pontificado.
BENEDICTO XVI
[1] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967),
22: AAS 59 (1967), 268; Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et
spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 69.[2] Homilía para la
«Jornada del desarrollo» ( 23 agosto 1968): AAS 60 (1968), 626-627.
[3] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz
2002: AAS 94 (2002), 132-140.
[4] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 26.
[5] Cf. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963): AAS
55 (1963), 268-270.
[6] Cf. n. 16: l.c., 265.
[7] Cf. ibíd., 82: l.c., 297.
[8] Ibíd., 42: l.c., 278.
[9] Ibíd., 20: l.c., 267.
[10] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 36; Pablo VI, Carta ap. Octogesima
adveniens (14 mayo 1971), 4: AAS 63 (1971), 403-404; Juan Pablo II,
Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 43: AAS 83 (1991), 847.
[11] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 13: l.c., 263-264.
[12] Cf. Consejo Pontificio de Justicia y Paz, Compendio de la
doctrina social de la Iglesia, n. 76.
[13] Cf. Discurso en la inauguración de la V Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano y del Caribe (13 mayo 2007):
L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (25 mayo 2007), pp.
9-11.
[14] Cf. nn. 3-5: l.c., 258-260.
[15] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30
diciembre 1987) 6-7: AAS 80 (1988), 517-519.
[16] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 14: l.c., 264.
[17] Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 18: AAS 98
(2006), 232.
[18] Ibíd., 6: l.c., 222.
[19] Cf. Discurso a la Curia Romana con motivo de las felicitaciones
navideñas (22 diciembre 2005): L'Osservatore Romano, ed. en lengua
española (30 diciembre 2005), pp. 9-12.
[20] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 3:
l.c., 515.
[21] Cf. ibíd., 1: l.c., 513-514.
[22] Cf. ibíd., 3: l.c., 515.
[23] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens (14 septiembre
1981), 3: AAS 73 (1981), 583-584.
[24] Cf. Id., Carta enc. Centesimus annus, 3: l.c., 794-796.
[25] Cf. Carta enc. Populorum progressio, 3: l.c., 258.
[26] ibíd., 34: l.c., 274. Cf.
[27] Cf. nn. 8-9: AAS 60 (1968), 485-487; Benedicto XVI, Discurso a
los participantes en el Congreso Internacional con ocasión del 40
aniversario de la encíclica «Humanae vitae» (10 mayo 2008):
L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (16 mayo 2008), p. 8.
[28] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995),
93: AAS 87 (1995), 507-508.
[29] Ibíd., 101: l.c., 516-518.
[30] N. 29: AAS 68 (1976), 25.
[31] Ibíd., 31: l.c., 26.
[32] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 41:
l.c., 570-572.
[33] Ibíd.; Id., Carta enc. Centesimus annus, 5. 54: l.c., 799.
859-860.
[34] N. 15: l.c., 265.
[35] Cf. ibíd., 2: l.c., 258; León XIII, Carta enc. Rerum novarum
(15 mayo 1891): Leonis XIII P.M. Acta, XI, Romae 1892, 97-144; Juan
Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 8: l.c.,
519-520; Id., Carta enc. Centesimus annus, 5: l.c., 799.
[36] Cf. Carta enc. Populorum progressio, 2. 13: l.c., 258. 263-264.
[37] Ibíd., 42: l.c., 278.
[38] Ibíd., 11: l.c., 262; Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus
annus, 25: l.c., 822-824.
[39] Carta enc. Populorum progressio, 15: l.c., 265.
[40] Ibíd., 3: l.c., 258.
[41] Ibíd., 6: l.c., 260.
[42] Ibíd., 14: l.c., 264.
[43] Ibíd.; cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 53-62:
l.c., 859-867; Id., Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979),
13-14: AAS 71 (1979), 282-286.
[44] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 12: l.c.,
262-263.
[45] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 22.
[46] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 13: l.c., 263-264.
[47] Cf. Discurso a los participantes en la IV Asamblea Eclesial
Nacional Italiana (19 octubre 2006): L'Osservatore Romano, ed. en
lengua española (27 octubre 2006), pp. 8-10.
[48] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 16: l.c., 265.
[49] Ibíd.
[50] Discurso en la ceremonia de acogida de los jóvenes (17 julio
2008): L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (25 julio 2008),
pp. 4-5.
[51] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 20: l.c., 267.
[52] Ibíd., 66: l.c., 289-290.
[53] Ibíd., 21: l.c., 267-268.
[54] Cf. nn. 3. 29. 32: l.c., 258. 272. 273.
[55] Cf. Carta enc.Sollicitudo rei socialis, 28: l.c., 548-550.
[56] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 9: l.c., 261-262.
[57] Cf. Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 20: l.c., 536-537.
[58] Cf. Carta enc.Centesimus annus, 22-29: l.c., 819-830.
[59] Cf. nn. 23. 33: l.c., 268-269. 273-274.
[60] Cf. l.c., 135.
[61] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 63.
[62] Cf. Juan Pablo II, Carta enc.Centesimus annus, 24: l.c.,
821-822.
[63] Cf. Id., Carta enc. Veritatis splendor (6 agosto 1993), 33. 46.
51: AAS 85 (1993), 1160. 1169-1171. 1174-1175; Id., Discurso a la
Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (5
octubre 1995), 3: L'Osservatore Romano, ed. en lengua española
(13 octubre 1995), p. 7.
[64] Cf. Carta enc. Populorum progressio, 47: l.c., 280-281; Juan
Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 42: l.c., 572-574.
[65] Cf. Mensaje con ocasión de la Jornada Mundial de la
Alimentación 2007: AAS 99 (2007), 933-935.
[66] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Evangelium vitae, 18. 59. 63-64:
l.c., 419-421. 467-468. 472-475.
[67] Cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2007, 5:
L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (15 diciembre 2006), p.
5.
[68] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz
2002, 4-7. 12-15: AAS 94 (2002), 134-136. 138-140; Id., Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz 2004, 8: AAS 96 (2004), 119; Id.,
Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2005, 4: AAS 97 (2005),
177-178; Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz
2006, 9-10: AAS 98 (2006), 60-61; Id., Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz 2007, 5. 14: l.c., 5-6.
[69] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz
2002, 6: l.c., 135; Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial
de la Paz 2006, 9-10: l.c., 60-61.
[70] Cf. Homilía durante la Santa Misa en la explanada de «Isling»
de Ratisbona (12 septiembre 2006): L'Osservatore Romano, ed. en
lengua española (22 septiembre 2006), pp. 9-10.
[71] Cf. Carta enc. Deus caritas est, 1: l.c., 217-218.
[72] Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 28: l.c.,
548-550.
[73] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 19: l.c., 266-267.
[74] Ibíd., 39: l.c., 276-277.
[75]Ibíd., 75: l.c., 293-294.
[76] Cf. Carta enc. Deus caritas est, 28: l.c., 238-240.
[77] Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 59: l.c., 864.
[78] Cf. Carta enc. Populorum progressio, 40. 85: l.c., 277.
298-299.
[79] Ibíd., 13: l.c., 263-264.
[80] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Fides et ratio (14 septiembre
1998), 85: AAS 91 (1999), 72-73.
[81] Cf. ibíd., 83: l.c., 70-71.
[82] Discurso en la Universidad de Ratisbona (12 septiembre 2006):
L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (22 septiembre 2006),
pp. 11-13.
[83] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 33: l.c.,
273-274.
[84] Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2000,
15: AAS 92 (2000), 366.
[85] Catecismo de la Iglesia Católica, 407; cf. Juan Pablo II, Carta
enc. Centesimus annus, 25: l.c., 822-824.
[86] Cf. Carta enc. Spe salvi (30 noviembre 2007), 17: AAS 99
(2007), 1000.
[87] Cf. ibíd., 23: l.c., 1004-1005.
[88] San Agustín explica detalladamente esta enseñanza en el diálogo
sobre el libre albedrío (De libero arbitrio II 3, 8 ss.). Señala la
existencia en el alma humana de un «sentido interior». Este sentido
consiste en una acción que se realiza al margen de las funciones
normales de la razón, una acción previa a la reflexión y casi
instintiva, por la que la razón, dándose cuenta de su condición
transitoria y falible, admite por encima de ella la existencia de
algo externo, absolutamente verdadero y cierto. El nombre que San
Agustín asigna a veces a esta verdad interior es el de Dios
(Confesiones X, 24, 35; XII, 25, 35; De libero arbitrio II 3, 8),
pero más a menudo el de Cristo (De Magistro 11, 38; Confesiones VII,
18, 24; XI, 2, 4).
[89] Carta enc. Deus caritas est, 3: l.c., 219.
[90] Cf. n. 49: l.c., 281.
[91] Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 28: l.c., 827-828.
[92] Cf. n. 35: l.c., 836-838.
[93] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 38:
l.c., 565-566.
[94] N. 44: l.c., 279.
[95] Cf. ibíd., 24: l.c., 269.
[96] Cf. Carta enc. Centesimus annus, 36: l.c., 838-840.
[97] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 24: l.c., 269.
[98] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 32: l.c.,
832-833; Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 25: l.c.,
269-270.
[99] Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens, 24: l.c., 637-638.
[100] Ibíd., 15: l.c., 616-618.
[101] Carta enc. Populorum progressio, 27: l.c., 271.
[102] Cf. Congregación para la doctrina de la fe, Instr. Libertatis
conscientia, sobre la libertad cristiana y la liberación (22 marzo
1987), 74: AAS 79 (1987), 587.
[103] Cf. Juan Pablo II, Entrevista al periódico «La Croix», 20 de
agosto de 1997.
[104] Juan Pablo II, Discurso a la Pontificia Academia de las
Ciencias Sociales (27 abril 2001): AAS 93 (2001), 598-601.
[105] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 17: l.c., 265-266.
[106] Cf.
Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2003, 5:
AAS 95 (2003), 343.
[107] Cf. ibíd.
[108] Cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2007, 13: l.c.,
6.
[109] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 65: l.c., 289.
[110] Cf., ibíd., 36-37: l.c., 275-276.
[111] Cf. ibíd., 37: l.c., 275-276.
[112] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, sobre
el apostolado de los laicos, 11.
[113] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 14: l.c., 264;
Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 32: l.c.,
832-833.
[114] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 77: l.c., 295.
[115] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz
1990, 6: AAS 82 (1990), 150.
[116] Heráclito de Éfeso (Éfeso 535 a.C. ca. - 475 a.C. ca.),
Fragmento 22B124, en: H. Diels - w. kranz, Die Fragmente der
Vorsokratiker, Weidmann, Berlín 1952.
[117] Cf. Consejo Pontificio de Justicia y Paz, Compendio de la
doctrina social de la Iglesia, nn. 451-487.
[118] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz
1990, 10: l.c., 152-153.
[119] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 65: l.c., 289.
[120] Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2008, 7: AAS 100
(2008), 41.
[121] Cf. Discurso a los miembros de la Asamblea General de la
Organización de las Naciones Unidas (18 abril 2008): L'Osservatore
Romano, ed. en lengua española (25 abril 2008), pp. 10-11.
[122] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz
1990, 13: l.c., 154-155.
[123] Id., Carta enc. Centesimus annus, 36: l.c., 838-840.
[124] Ibíd., 38: l.c., 840-841;cf. Benedicto XVI, Mensaje para la
Jornada Mundial de la Paz 2007, 8: l.c., 6.
[125] Cf. Juan Pablo II, Carta Enc. Centesimus annus, 41: l.c.,
843-845.
[126] Ibíd.
[127] Cf. Id., Carta Enc. Evangelium vitae, 20: l.c., 422-424.
[128] Carta Enc. Populorum progressio, 85: l.c., 298-299.
[129] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz
1998, 3: AAS 90 (1998), 150; Id., Discurso a los Miembros de la
Fundación «Centesimus Annus» pro Pontífice (9 mayo 1998), 2:
L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (22 mayo 1998), p. 6;
Id., Discurso a las autoridades y al Cuerpo diplomático durante el
encuentro en el «Wiener Hofburg» (20 junio 1998), 8: L'Osservatore
Romano, ed. en lengua española (26 junio 1998), p. 10; Id., Mensaje
al Rector Magnífico de la Universidad Católica del Sagrado Corazón
(5 mayo 2000), 6: L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (26
mayo 2000), p. 3.
[130] Según Santo Tomás «ratio partis contrariatur rationi personae»
en III Sent d. 5, 3, 2; también: «Homo non ordinatur ad communitatem
politicam secundum se totum et secundum omnia sua» en Summa
Theologiae, I-II, q. 21, a. 4., ad 3um.
[131] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 1.
[132] Cf. Juan Pablo II, Discurso a la VI sesión pública de las
Academias Pontificias (8 noviembre 2001), 3: L'Osservatore Romano,
ed. en lengua española (16 noviembre 2001), p. 7.
[133] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración
Dominus Iesus, sobre la unicidad y la universalidad salvífica de
Jesucristo y de la Iglesia (6 agosto 2000), 22: AAS 92 (2000),
763-764; Id., Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al
compromiso y la conducta de los católicos en la vida política (24
noviembre 2002), 8: AAS 96 (2004), 369-370.
[134] Carta Enc. Spe salvi, 31: l.c., 1010; cf. Discurso a los
participantes en la IV Asamblea Eclesial Nacional Italiana (19
octubre 2006): l.c., 8-10.
[135] Juan Pablo II, Carta Enc. Centesimus annus, 5: l.c., 798-800;
cf. Benedicto XVI, Discurso a los participantes en la IV Asamblea
Eclesial Nacional Italiana (19 octubre 2006): l.c., 8-10.
[136] N. 12.
[137] Cf. Pío XI, Carta enc. Quadragesimo anno (15 mayo 1931): AAS
23 (1931), 203; Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 48:
l.c., 852-854; Catecismo de la Iglesia Católica, 1883.
[138] Cf. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris: l.c., 274.
[139] Cf. Pablo VI, Carta Enc. Populorum progressio, 10. 41: l.c.,
262. 277-278.
[140] Cf. Discurso a los participantes en la sesión plenaria de la
Comisión Teológica Internacional (5 octubre 2007): L'Osservatore
Romano, ed. en lengua española (12 octubre 2007), p. 3; Discurso a
los participantes en el Congreso Internacional sobre «La ley moral
natural» organizado por la Pontificia Universidad Lateranense (12
febrero 2007): L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (16
febrero 2007), p. 3.
[141] Cf. Discurso a los Obispos de Tailandia en visita «ad limina
apostolorum» (16 mayo 2008): L'Osservatore Romano, ed. en lengua
española (30 mayo 2008), p. 14.
[142] Cf. Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e
Itinerantes, Instr. Erga migrantes caritas Christi (3 mayo 2004):
AAS 96 (2004), 762-822.
[143] Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens, 8: l.c., 594-598.
[144] Jubileo de los Trabajadores. Saludos después de la Misa (1
mayo 2000): L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (5 mayo
2000), p. 6.
[145] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 36: l.c.,
838-840.
[146] Cf. Discurso a los Miembros de la Asamblea General de la
Organización de las Naciones Unidas (18 abril 2008): l.c., 10-11.
[147] Cf. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris: l.c., 293; Consejo
Pontificio Justicia y Paz, Compendio de la doctrina social de la
Iglesia, n. 441.
[148] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 82.
[149] Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Sollicitudo rei socialis, 43: l.c., 574-575.
[150] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 41: l.c., 277-278;
cf. Conc. Ecum. Vat.
II, Const. past, Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el
mundo actual, 57.
[151] Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Laborem exercens, 5: l.c., 586-589.
[152] Cf. Pablo IV, Carta apost.
Octogesima adveniens, 29: l.c., 420.
[153] Cf. Discurso a los participantes en el IV Asamblea Eclesial
Nacional Italiana, (19 octubre 2006): l.c., 8-10; Homilía durante la
Santa Misa en la explanada de «Isling» de Ratisbona (12 septiembre
2006): l.c., 9-10.
[154] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Dignitas
personae sobre algunas cuestiones de bioética (8 septiembre 2008):
AAS 100 (2008), 858-887.
[155] Cf. Carta enc. Populorum progressio, 3: l.c., 258.
Conc. Ecum. Vat. II, Const. [156] Gaudium et spes, sobre la Iglesia
en el mundo actual, 14. past.
[157] Cf. n. 42: l.c., 278.
[158] Cf. Carta enc. Spe salvi, 35: l.c., 1013-1014.
[159] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 42: l.c., 278.