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37 - SUGERENCIAS PARA LOS TRABAJOS
En este capítulo indicamos algunas de las obras que la experiencia
universal ha probado como especialmente provechosas para el trabajo
semanal impuesto por la Legión.
Con todo, son sólo indiciaciones: las necesidades particulares
podrán reclamar obras especiales.
Lo que pide la Legión con insistencia es que no se la prive de obras
difíciles y, que requieran gran iniciativa, porque ella está
admirablemente capacitada para tales trabajos; y, por otra parte,
trabajos insignificantes o triviales repercutirían desfavorablemente
sobre el espíritu de los legionarios.
Por principio, cada praesidium debería estar realizando algún
trabajo que se pueda llamar heroico. Aún en los comienzos deberá
procurarse encontrar a dos miembros con ánimo para tal aventura,
prontos para ejecutarla: su ejemplo ofrecerá a los demás un ideal,
que les elevará casi automáticamente y, cuando se haya elevado así
el nivel general, envíense los dos primeros exploradores intrépidos
a nuevas metas difíciles, para que así se vayan elevando siempre las
normas. Porque las limitaciones naturales no existen en el orden
sobrenatural. Cuanto más se penetra en Dios más anchos son los
horizontes y mayores las posibilidades.
Pero, de pronto, suena la voz de la protesta. Muchas personas se
sienten molestas cuando ven que otros corren peligro por la
religión; y dan el grito de ¡"impropio"!, ¡"imprudente!" No habla de
esta manera el mundo cuando están en juego intereses egoístas.
Tampoco ha de quedarse atrás la Legión. Si una obra es necesaria
para las almas, y si la expresión práctica de un alto ideal es
esencial para la formación del carácter cristiano, hay que relegar
la precaución a segundo término, dando preferencia a la valentía.
Medítense bien estas palabras del cardenal Pie: "Cuando la prudencia
se haya introducido en todas partes, entonces ya no habrá valentía
en ninguna. Y nos moriremos de prudencia".
No permitamos que la Legión se muera de prudencia.
1. Apostolado en la parroquia
Algunos de los caminos en los que los legionarios pueden ayudar al
crecimiento de un verdadero espíritu de comunidad son los
siguientes:
a) Visitas a los hogares (ver No,2 de este capítulo).
b) Dirigir servicios para - litúrgicos los domingos y fiestas de
guardar en lugares donde no hay sacerdotes para celebrar la misa.
c) Dirigir clases de educación religiosa.
d) Visita y cuidados a personas impedidas, enfermos y ancianos,
incluyendo, cuando se haga necesario, la preparación para la visita
del sacerdote.
e) Rezo del rosario al velar a los difuntos y durante el entierro.
f) Formación de asociaciones católicas y asociaciones parroquiales,
incluyendo confraternizaciones o convivencias de la Iglesia; allí
donde existan, reclutar nuevos miembros y estimular a los miembros
de las existentes a que perseveren en su labor.
g) Colaboración en toda empresa apostólica y misionera patrocinada
por el párroco; y de esta manera ayudar a traer tantas almas como
sea posible al seno de la Iglesia, garantizando la perseverancia
tanto del individuo como del grupo.
Existen otros trabajos parroquiales que, aunque importantes, no
satisfarían - excepto en caso muy especiales - al trabajo
obligatorio de los legionarios veteranos. Entre estas tareas están:
preparación del altar, limpieza y decoración de la iglesia, ayudar
en los servicios de la iglesia, ayudar a misa, etc. donde fuere
necesario, los legionarios podrían organizar y controlar la
realización de estas tareas, que serían de gran provecho espiritual
para las personas que las llevasen a cabo. Los legionarios podrían
entonces hacer el trabajo más difícil, relacionado directamente con
las personas que forman la comunidad parroquial.
"Deseo, como la Madre de la Divina Gracia, trabajar por Dios. Deseo
cooperar con mis trabajos y sacrificios a mi propia salvación y a la
del mundo entero, imitando el santo entusiasmo y valor de los
Macabeos, de quienes dice la Sagrada Escritura que no pensaban solo
en ellos: se pusieron a salvar el mayor número posible de sus
hermanos" (Gratry, Mes de María).
2. La visita domiciliaria
La visita a los hogares no fue la primera empresa a que se lanzó la
Legión, pero ha llegado a ser, por tradición, su obra favorita, su
ocupación particular en todas partes, el camino a través del que ha
podido hacer el mayor bien; es algo característico de la Legión.
A través de estas visitas se puede establecer un contacto personal
con muchísimas personas, y mostrar la preocupación de la Iglesia por
cada una de estas personas y cada familia. La preocupación pastoral
de la Iglesia no se limitará sólo a las familias cristianas: esta
preocupación extenderá sus horizontes en armonía con el corazón de
Cristo, y tratará de llegar a todas las familias, en particular a
aquellas que se encuentren en situaciones difíciles o irregulares.
Para todas ellas la Iglesia tendrá una palabra de verdad, bondad,
interés, esperanza y profunda comprensión con sus circunstancias, en
algunos casos trágicas. A todas ellas ofrecerá su ayuda
desinteresada, para que de esta forma puedan acercarse más a ese
modelo de familia que el Creador pretendió desde "el principio" y
que Cristo ha renovado con su gracia redentora (FC,65).
El praesidium debe estudiar sus propios métodos de aproximación a
los hogares. Obviamente los legionarios tienen que presentarse
personalmente, y explicar por qué están allí: la entronización del
Sagrado Corazón en los hogares, llevar a cabo el censo parroquial y
la difusión de la literatura católica, descritas en las páginas
siguientes, son algunas de las formas en las que puede realizarse la
visita a los hogares.
No sólo los católicos que están viviendo la vida cristiana, sino
todos pueden ser atraídos al apostolado legionario mediante la
visita domiciliaria. Pueden establecerse contactos con personas no
católicas y no cristianas, y con católicos alejados de la Iglesia.
Habrá también que prestar atención a personas en situaciones de
matrimonio irregular, como se ha mencionado anteriormente, a
aquellos que necesitan información e instrucción, así como a los que
viven en soledad o están enfermos. Cada hogar ha de considerarse
como un objetivo para llevar a cabo un servicio.
La visita legionaria estará marcada por la humildad y la sencillez.
Las gentes pueden tener opiniones erróneas con respecto a estas
visitas y esperan que se les informe claramente; por el contrario,
los legionarios deberán escuchar en lugar de hablar. Habiendo
escuchado paciente y respetuosamente, se habrán ganado el derecho a
ser oídos.
"No se puede dejar de incluir la acción evangelizadora de la familia
en el apostolado evangelizador del seglar.
En diferentes momentos en la historia de la Iglesia, y también en el
Concilio Vaticano II, la familia ha merecido el bello nombre de
"Iglesia doméstica". Esto significa que en cada familia cristiana
deberían estar fundados los diversos aspectos de toda la Iglesia. Es
más, la familia, como la Iglesia, debería ser un lugar en el que se
transmitiera el Evangelio y del que irradiara el Evangelio.
En una familia consciente de su misión, todos sus miembros
evangelizan y son evangelizados. Los padres no sólo comunican el
Evangelio a sus hijos, sino que de sus hijos pueden recibir el
propio Evangelio, tan profundamente vivido por ellos.
Y esta familia se convierte en evangelizadora de otras familias, y
de la vecindad de la que forman parte. Aquellas familias resultantes
de un matrimonio mixto también tienen el deber de proclamar a Cristo
a sus hijos, ante la posibilidad de un bautismo común; es más,
tienen la difícil tarea de convertirse en constructores de la
unidad" (EN,71).
3. Entronización del Sagrado Corazón en los hogares
Se ha comprobado que la propagación de la entronización del Sagrado
Corazón en el hogar proporciona una oportunidad especialmente
favorable y un vehículo para establecer un contacto amistoso de las
familias.
Los ideales y los métodos que van a caracterizar esa tarea se
estudian con detalle en el capítulo 39, puntos cardinales del
apostolado legionario. A este respecto, se ha insistido
suficientemente en que, si es posible, ningún hogar debe dejar de
ser visitado, y que en cada hogar nuestros esfuerzos deben dirigirse
a conseguir que cada una de las personas, joven o no, sin excepción,
suba al menos un escalón en la vida espiritual. Los encargados de
esta tarea han de tener muy presentes las Doce promesas del Sagrado
Corazón. Incluso la décima: "Concederé a los sacerdotes la gracia de
convertir los corazones más endurecidos", pertenece en cierta medida
a aquellos que llegan como representantes del sacerdote.
Especialmente movidos por este pensamiento, los legionarios irán con
plena confianza a trabajar con los casos considerados como
"desesperados".
La visita para la entronización es la tarea más gratificante de
todas las visitas domiciliarias, creando el verdadero concepto de
devoción desde el primer momento, facilitando la amistad, y con
ella, la posibilidad de nuevas visitas, haciendo fácil el desarrollo
del apostolado legionario.
Es misión de María dar a conocer el Reino de Jesús. Hay que decir
asimismo que la Legión de María puede apropiarse especialmente la
tarea de la entronización del Sagrado Corazón, lo que le atraerá,
sin duda, gracias especiales del Espíritu Santo.
“Amar a la familia significa ser capaz de apreciar sus valores y
capacidades, alentándolos siempre. Amar a la familia significa
identificar los peligros y males que la amenazan, con el fin de
vencerlos. Amar a la familia significa luchar por crear en la misma
un ambiente favorable para su desarrollo. La familia cristiana
moderna se ve con frecuencia tentada a descorazonarse y se acobarda
cuando crecen las dificultades; es una evidente forma de amor el
devolverle las razones para que vuelva a tener confianza en sí
misma, en las riquezas que posee por naturaleza y gracia, y en la
misión que Dios le ha encomendado. A las familias de hoy día hay que
devolverles su puesto original. Deben seguir a Cristo (AAS,72)
[1980], 791)" (FC,86).
4 Hacer el censo parrroquial
El censo parroquial es medio más eficaz para ponerse en relación con
católicos que necesitan cuidados especiales, o con aquellos que se
han ido abandonando hasta entrar en la categoría de "católicos
desertores", es decir, aquellos que han perdido todo contacto con la
Iglesia. Presentándose en nombre del párroco, irán -si fuese
posible- de puerta en puerta, sin dejar ninguna. Las personas que
sean visitadas de esta manera miran como muy natural el que se les
pregunten cosas de religión, y, por regla general, contestan de
buena gana. Por las contestaciones verán el párroco y sus
legionarios que hay materia para largos y pacientes esfuerzos.
Pero el descubrir no es más que el primer paso, y el más fácil.
Devolver al redil a cada una de estas ovejas descarriadas, después
de hallarlas, ha de ser a los ojos de los legionarios como una
misión providencial que Dios ha puesto en sus manos: misión que han
de acometer con alegría y llevar adelante con ánimo invencible. Por
larga y reñida que sea la lucha, penosos los esfuerzos, duras las
contrariedades, endurecidos los corazones y negros los horizontes,
la Legión, por su parte, no deje de cumplir este cargo de confianza
con toda responsabilidad.
Y repitámoslo todos: -no sólo los indiferentes- deben ser objeto de
la afectuosa atención de los socios.
“Tenemos en el campo apostólico de la Iglesia una misión oficial, un
modo de obrar providencial, un arma particularmente nuestra: no sólo
el acercarnos a las almas en nombre de María y bajo sus auspicios,
sino también, y sobre todo, el trabajar con todas nuestras fuerzas a
fin de conseguir llenar esas almas de amor filial hacia su bendita
Madre" (Breve tratado de Mariología Marianista).
5. Visita a los hospitales, incluso a hospitales psiquiátricos
La visita a un hospital fue la primera obra emprendida por la
Legión, y durante algún tiempo no hizo otra cosa.
Como esta obra hizo brotar en sus inicios una fuente de bendiciones,
desea la Legión que sus praesidia se encarguen siempre de ella. Lo
siguiente, escrito en aquellos primeros días, refleja el espíritu
que debería caracterizar siempre este trabajo legionario:
"Luego se mencionó un nombre, y una de las presentes comenzó el
relato de su informe. Versaba sobre la visita de un hospital. Aunque
breve, revelaba que había establecido un profundo contacto con los
enfermos. Ella admitió algo confusa que los enfermos conocían los
nombres de todos sus hermanos.
Llegó el turno a su compañera de visitas. Aquí se ve que trabajan
los legionarios de dos en dos. Se me ocurre que, además de imitar en
esto a los apóstoles, tal práctica evita demoras en el cumplimiento
de la visita semanal.
Los informes van sucediéndose unos a otros, ordenadamente. Algunos
miembros tienen algo extraordinario que contar sobre lo sucedido en
las salas del hospital, y lo narran extensamente; pero la mayoría de
los informes son concisos. Muchos son divertidos; otros, patéticos;
pero todos revisten cierta belleza: la hermosa convicción de Quién
es el visitado en la persona del pobre enfermo. Esta convicción se
trasluce en todos y cada uno de los informes. ¡Sí, muchos individuos
no harían por sus parientes más allegados lo que - según los
informes - se hace con toda sencillez y naturalidad por los seres
más abandonados de nuestra ciudad!. Al delicadísimo cuidado y
ternura prodigados en estas visitas, se suman muchos favores
personales solicitados por los enfermos: escribir cartas, visitar a
parientes y amigos olvidadizos, hacer recados, etc. Nada es ingrato
ni trivial, todo merece ocupar la atención solícita de los
legionarios.
En la junta se leyó una carta que una persona del hospital había
escrito a los legionarios agradeciéndoles su visita. Una de las
frases decía: "Desde que ustedes han entrado a formar parte de mi
existencia..."; Sonaba a novelilla barata, y todos soltaron la
carcajada. Pero, más tarde mis pensamientos volaron de nuevo al lado
de aquella persona solitaria, postrada en la cama de una enfermería,
en cuya boca esas palabras cobraban tan honda significación que mi
alma se llenó de emoción. Y pensaba también que lo mismo podrían
haber afirmado todos los visitados por los legionarios en la misma
forma. ¡Qué fuerte, la organización que sabe reunir en un punto a
multitudes de personas y, desde allí, enviarlas a una misión de
ángeles, para consuelo de miles de vidas relegadas al olvido por el
mundo!" (P. Miguel Creedon, primer director espiritual del Concilium
Legionis Mariae).
El principal deber de los legionarios en sus visitas a los enfermos
será naturalmente procurar infundir en ellos el hábito de mirar sus
sufrimientos con espíritu de fe, para que así los lleven
cristianamente:
Es preciso hacerles ver que lo que consideran ellos insoportable es,
en realidad, una forma de asemejarse a Cristo paciente y, por tanto,
un gran favor. Afirma Santa Teresa: "No hay merced más señalada que
pueda hacernos Su Majestad, que la de una vida semejante a la vida
que llevó su amadísimo Hijo". Y no es difícil llevar esta convicción
a los enfermos; y, si arraiga, le quita al sufrimiento la mitad de
su amargura.
Para que los enfermos se den cuenta del inmenso tesoro espiritual
que tienen a su alcance, repítaseles a menudo lo que dijo San Pedro
de Alcántara a cierta persona que había sufrido con admirable
paciencia una dolorosísima enfermedad: "¡Feliz de ti, amigo mío!:
Dios me ha mostrado cuán grande es la gloria que por tus
padecimientos has merecido. Has ganado más que otros pueden ganar
con sus oraciones, ayunos, vigilias, disciplinas y otras obras de
penitencia".
La adquisición del tesoro espiritual mediante el padecimiento
resulta monótona; pero no debe ser monótona o rutinaria la
administración de este tesoro. Además, ganar para sí solo no tiene
tanto atractivo como cuando se piensa que se gana para sí y para
otros. Para eso, el legionario les educará en el apostolado del
sufrimiento, y les enseñará a interesarse por las realidades del
mundo espiritual, ofreciendo todo el valor de sus sufrimientos por
el remedio de las innumerables necesidades de este mundo, llevando a
cabo de esta manera una campaña irresistible: irresistible porque
combina la oración con la penitencia.
Decía Bossuet: "éstas son las manos que, levantadas en alto, se
abren paso entre más batallones que las manos que empuñan las
armas".
Los enfermos estarán más animados a perseverar si se les infunde un
interés personal en la causa por la que rezan. Importa mucho, pues,
explicarles con detalle algunas necesidades y obras, especialmente
las de la propia Legión.
El primer objetivo ha de ser hacerles miembros auxiliares, y, luego,
elevarlos al grado de adjutores. Habría que formar grupos con estos
miembros, para que ellos, a su vez, intenten conquistar a sus
compañeros. De todos modos, interesaría muchísimo estimular a los
pacientes a ayudarse mutuamente.
Y, si se consigue asociarlos de esta forma, ¿por qué no intentar
también hacerles socios activos? En muchos hospitales psiquiátricos
existen ya praesidia compuestos por los mismos pacientes. Su
presencia en tales instituciones supone un ejemplo de gran eficacia.
Estos legionarios disponen de tiempo en abundancia para dedicarlo a
actividades entre los demás internos, y ellos mismos podrán alcanzar
así altas cumbres de santidad. Para ellos, el ser miembros de la
Legión tiene un valor hasta terapéutico y recuperativo; y es tan
evidente, que en todas partes lo han reconocido los cuerpos de
sanidad de esos centros.
Al abrírseles estos nuevos horizontes en su vida, los mismos que
habían caído en los abismos de la miseria al verse inútiles y
gravosos, gustarán la dicha suprema de sentirse útiles a Dios y a
los demás.
La comunión de los santos tiene que actuar forzosamente entre los
legionarios y aquellos a quienes visitan, mediante el intercambio
fructífero de deberes y beneficios. ¿Por qué no podemos pensar que
los enfermos están pagando por los legionarios alguna porción de la
deuda de sufrimientos que ha contraído todo hombre mortal? Si la
pagáramos todos en justicia, significaría que el mundo entero estaba
enfermo y algunos tienen que llevar esa carga, para que el mundo
pueda seguir funcionando.
¿Y qué puede aportar el legionario en este contrato invisible?
Asumir parte de lo que a ellos les corresponde en el apostolado. El
enfermo no puede -y a veces no quiere- cumplir este aspecto
fundamental de sus obligaciones de cristiano.
De esta manera cada uno saldría magníficamente favorecido a expensas
del otro. Pero no se trata simplemente de un intercambio
perfectamente equilibrado. Porque los beneficios de cada uno
sobrepasan - y en mucho - sus pérdidas, en virtud de este principio
cristiano: el que da, recibe como vuelta el ciento por uno.
"San Ignacio de Antioquia decía: "soy trigo de Jesucristo y, para
poder ser amasado como pan digno de Dios, es menester que me
trituren los dientes de los leones". No lo dudemos: la mejor de las
cruces, la más segura y divina, es la que Jesucristo mismo nos manda
sin consultarnos a nosotros. Acrecentad vuestra fe en esta doctrina
tan querida de los santos formados en el molde de Nazaret. Adorad,
bendecid y alabad a Dios en todas las contradicciones y pruebas que
procedan directamente de su mano, y, venciendo las repugnancias de
vuestra propia naturaleza, decid de todo corazón: fiat!; o mejor
todavía: Magnificat! " (Mateo Crawley - Boevey).
6. Obras para los más miserables y rechazados de la población
Esta clase de obras exigirá que los socios realicen visitas por
tugurios, casas de huéspedes, posadas, cárceles, refugios, etc., y
hasta, a veces, que lleven la dirección de asilos, la cual puede
estar en manos de legionarios residentes o externos.
Tan pronto como la Legión tuviera, en cualquiera de sus centros,
socios dotados de suficiente experiencia y empuje, es preciso
dedicarse a estas obras en pro de los más necesitados miembros de
Cristo; obras como, por desgracia, demasiado descuidadas, para
vergüenza del nombre de católico.
No debería haber abismo donde la Legión no quiera penetrar en busca
de la oveja descarriada. Vanos temores serán el primer obstáculo;
pero, vanos o fundados, alguien tiene que emprender la obra. Y, si
los legionarios capaces y entrenados, con la fuerza de su disciplina
y de su espíritu, no pueden intentarlo, ¿Quién podrá?
Mientras la Legión no pueda afirmar en cada uno de sus centros -y
con toda certeza- que los socios conocen personalmente, y con
eficacia apostólica, a cada individuo de los niveles más degradados,
el trabajo de dicho centro debe considerarse como a medias, y hay
que multiplicar los esfuerzos hasta conseguirlo.
Ningún aventurero en busca de las cosas peregrinas y preciosas de la
tierra ha de perseguir el anhelo de su corazón con más afán que el
legionario a estos desgraciados del mundo. Los esfuerzos del
legionario son, tal vez, para estos desamparados la única
oportunidad de su vida eterna; la misma cárcel viene a serles una
bendición disfrazada: tan inaccesibles muestran frecuentemente a
toda saludable influencia.
Además, trabajos serios, como estos, deben acometerse con espíritu
de campaña militar. El legionario tendrá que hacer frente a todas
las incomodidades que se le presenten: aguantar el impacto de
palabras injuriosas, o, tal vez, cosas peores: los "tiros" de los
desprecios o la "artillería" de las calumnias; cosas que humillarán
y dolerán, pero que no deben intimidarlo, ni siquiera
desconcertarle. ¡Aquí, la realidad de la prueba del buen soldado,
que tantas veces había pasado por la mente y los labios del
legionario! ¿Hablas de "guerra"? pues ya suenan las armas y sangran
las heridas. ¿Hablas de ir en busca de la gente más depravada? Ahora
que la encuentras, ¿A qué viene el quejarse? ¿Por qué extrañarse de
que los malos se porten mal, y los peores vilmente? .
En fin, siempre que surja alguna dificultad extraordinaria o tenga
el legionario que enfrentarse a algún peligro, diga para sus
adentros: "¡estamos en guerra!" esta frase -capaz de llevar a toda
una nación, destrozada por la guerra, a sacrificios heroicos-
debería dar al legionario un temple de acero y mantenerle en su
puesto, aunque, en parecidas circunstancias, la mayor parte de los
hombres desertaría.
Si ha de haber algo de sinceridad en nuestras palabras cuando
hablamos de almas preciosas e inmortales, tenemos que estar
dispuestos a pagar algún precio por su rescate. ¿Qué precio? ¿Pagado
por quién? Si alguna vez fuere preciso exigir a personas seglares
que den la cara en algún peligro, ¿a quiénes habrá que acudir sino a
aquellas que se esfuerzan por hacerse dignas del título de
legionarios de María? Y, si se precisaran sacrificios, ¿a quiénes se
les pedirán, si no es a aquellos fieles cuya dicha mayor es
mostrarse soldados valientes de la Reina del Calvario? ¿Retroceder
los legionarios, al exigírseles algún sacrificio? ¡Jamás!.
Pero lo que si puede fallar es una acertada dirección, por cierta
preocupación falsa de los dirigentes para con sus subordinados.
Exhortamos a los directores espirituales y a los demás oficiales a
que implanten normas que tengan alguna pequeña relación con las del
Coliseo. Esta palabra pude sonar como irreal en estos días tan
llenos de estadísticas. Pero el Coliseo fue también una estadística:
la estadística de muchos seres humanos - ni más fuertes ni más
débiles que los legionarios de María, que amaban y que se decían a
sí mismos: ¿Qué precio pagará un hombre por su alma? El Coliseo no
hace más que resumir en una sola palabra lo que se esfuerzan por
expresar muchas en el capítulo del Manual titulado Servicio
Legionario, capítulo que intenta algo más que dar rienda suelta al
sentimiento.
Trabajar por las clases menesterosas o abandonadas, siempre
resultará tares ardua y larga. La clave será: paciencia a toda
prueba. Se trata de personas que se levantarán sólo después de
muchas caídas y recaídas; y, si se empieza por exigirles una
disciplina severa, todo se echará a perder: uno por uno se irán
marchando aquellos a quienes la obra estaba destinada a salvar, y
quedarán sólo los que menos cuidado necesitan. Procédase por
consiguiente, a base del principio de valores inversos; es decir:
interesarse ante todo por aquellos que aun el más optimista daría
por desahuciados, y cuya perversión mental y endurecimiento de
corazón parecen legitimar esta calificación. Vengan, si vinieren,
contrariedades, negras ingratitudes y aparentes fracasos: a todos
estos seres viles, malévolos, naturalmente aborrecibles, los
desechados por otras asociaciones y reprobados por la sociedad en
general, la basura de las ciudades, hay que tomarlos entre manos y
perseverar con ellos denodadamente, aunque cada uno de ellos reclame
-como reclamarán muchos- la vida entera de un legionario.
Esta empresa, llevada con normas tan sublimes, pide -ya se ve-
cualidades heroicas y miras puramente sobrenaturales. Pero, en
recompensa con estos trabajos, se les verá a esos pobrecitos morir
por fin en amistad con Dios. Y entonces, que dicha haber cooperado
con Aquél que
"tomó a los hombres en el fango,
y, con larga paciencia y largo tiempo,
se hizo un pueblo para su alabanza.
¡De los hombres de barro hizo su pueblo!"
(Cardenal Newman, sueño de Geroncio)
Nos hemos alargado al tratar de este género de apostolado porque
encarna todo el espíritu de la Legión. Ocupa el puesto clave entre
los servicios prestados a la Iglesia. Y constituye una afirmación
solemne del principio católico: que aun los más degradados de los
hombres son acreedores a nuestro respeto y amor, independientemente
de sus méritos personales o de la simpatía que sintamos nosotros por
ellos, porque en ellos hemos de ver, reverenciar y amar al mismo
Jesucristo.
La prueba de la sinceridad de este amor es que se manifieste en
circunstancias que lo pongan a prueba. Y la prueba contundente
consiste en amar a aquellos que la naturaleza humana, de por sí,
rechaza, a los que el mundo desprecia. Este es el crisol donde se
probará si nuestro amor a los hombres es falso o auténtico; aquí
está el punto de apoyo para la verdadera fe y el eje del
cristianismo: sin este ideal católico, un amor tal jamás podría
subsistir; el amor, arrancado de la raíz que le da fuerza y vida,
sería quimérico. Si el evangelio fuera "la humanidad por la
humanidad", habría que juzgar todas las cosas -y hasta las personas-
por su manifiesta utilidad social; y en este caso -concluyendo
lógicamente en conformidad con ese modo de pensar-, cuanto se ve sin
valor ni utilidad para la humanidad habría que mirarlo como mira el
cristianismo el pecado: algo que hay que eliminar a todo trance.
Aquellos que, por su capacidad de sacrificio como verdaderos
cristianos, aman a los demás con sus más nobles sentimientos,
realizan un servicio supremo a la Iglesia.
"Es difícil -diréis- soportar al delincuente. Por eso mismo debéis
frecuentar su amistad, a fin de alejarle de las veredas del vicio y
conducirle por el camino de la virtud. ¿Qué no hace caso de lo que
decís, ni sigue vuestros consejos? ¿Cómo lo sabéis? ¿Le habéis
suplicado y procurado convencer? Hemos razonado con él -me diréis-
muchas veces. ¿Cuántas veces?, me pregunto yo. -Oh, muchas, una y
otra vez- ¿Eso llamáis muchas veces? Aunque tuvierais que seguir
porfiando con él toda la vida, no habría por qué desistir ni
desesperarse. ¿No veis cómo el mismo Dios no deja nunca de avisarnos
por medio de sus profetas, de sus apóstoles y evangelistas? ¿Y con
qué resultados? ¿Acaso nos portamos en todo conforme a su santa
voluntad? ¿Le obedecemos? ¡Ay, cuán lejos estamos! Pero Él, no
obstante, sigue persiguiéndonos con sus ruegos incesantemente. ¿Y
por qué? Porque nada hay tan precioso como un alma. A ver: ¿de qué
le sirve a uno ganar el mundo entero si pierde su alma? (Mt 16,26)"
(San Juan Crisóstomo).
7. Obras dirigidas a la juventud
“Los niños son ciertamente el objeto del amor tierno y generoso de
nuestro Señor Jesucristo. A los niños les dio su bendición, incluso
más, les prometió el Reino de los Cielos (cf. Mt 19, 13-15; Mc 10,
14). Jesús exaltó en particular el papel activo que los pequeños
tienen en el Reino de Dios. Son el símbolo elocuente y la imagen
clarísima de las condiciones tanto morales como espirituales
esenciales para entrar en el Reino de Dios y para vivir en la
confianza lógica y total en el Señor: ¡en verdad os digo que a menos
que os volváis como niños, jamás entraréis en el Reino de los
Cielos. Aquel que tenga la humildad de este pequeño, será el más
grande en el Reino de Dios! (Mt 18, 3-5; cf.Lc 9,48)” (CL, 47).
Si podemos garantizar preservar a los jóvenes en la fe y en la
inocencia, ¡qué glorioso futuro nos espera! Entonces, como un
gigante, con aires nuevos, la Iglesia podría lanzarse a esta misión
de convertir el mundo pagano y hacer una buena labor con él. Pero,
como sucede, gran parte de sus esfuerzos hay que invertirlos en la
difícil curación de sus dolencias internas.
Otra razón para emprender obras en beneficio de la juventud es que
más fácilmente se preserva lo que se tiene que se recobra lo
perdido. La Legión -claro está- atenderá a ambas obras, porque las
dos son necesarias; pero de ningún modo descuidará la más fácil: la
de prevenir. Muchos niños se pueden salvar del desastre de tener que
ser luego rescatados de un submundo de depravación.
He aquí algunos aspectos del problema:
a) Asistencia de los niños a la misa. Trazando un programa de
trabajo para legionarios, un prelado puso en primer lugar el
promover entre los niños una especie de cruzada en pro de la
asistencia a la Eucaristía dominical. Estaba convencido de que el
faltar por parte de los niños a este deber cristiano era una de las
causas principales de sus futuros tropiezos. Sería de una gran
eficacia recorrer con este objeto los domingos por la mañana los
hogares de los niños. Los nombres de los niños pueden saberse
fácilmente, por ejemplo, consultando las listas escolares.
Tengamos siempre en cuenta que los niños no suelen ser malos por
naturaleza. Cuando se les ve descuidados en este deber elemental de
la piedad católica, seguro que son víctimas de la indiferencia y del
mal ejemplo de sus padres. Comiencen, pues, los legionarios por
reflexionar sobre esta circunstancia agravante.
Tratándose especialmente de niños, las visitas hechas con
irregularidad o durante un período demasiado corto conseguirán muy
poco o nada.
b) Visita a los hogares de los niños. Salta a la vista una nota
psicológica importante, que conviene subrayar: en cuanto los
legionarios manifiesten su deseo de hablar con los niños, se asegura
su acercamiento a familias que frecuentemente resultarían
inaccesibles, por razones muy diversas. Así es el amor natural de
los padres para con sus hijos: se muestran más solícitos por su bien
que por el de ellos mismos; y, aunque ellos se abandonen, raras
veces dejarán de desvelarse por su hijo. El corazón más duro empieza
a ablandarse en cuanto piensa en el hijo. Muchos, insensibles por sí
a toda influencia religiosa, quieren que sus hijos no sean en esto
como ellos, y se gozan instintivamente al ver que Dios se los
bendice. Y, así, personas que rechazarían un mensaje espiritual, lo
acogerán gustosos si se trata de sus hijos.
Una vez admitido en alguna de estas casas, un legionario competente
sabrá arreglárselas de modo que todos los miembros de la familia
perciban la irradiación de su apostolado. Interesarse sinceramente
por los niños casi siempre hará favorable impresión en los padres;
hay que aprovechar hábilmente esta impresión para sembrar en ellos
el germen de lo sobrenatural. De este modo los niños vendrán a ser,
no sólo la llave de la casa, sino también la llave del corazón y,
con el tiempo, del alma de sus padres.
c) La catequesis de los niños. Esta obra tan importante debería ser
reforzada con la visita a las casas de aquellos niños que no asistan
con regularidad a la catequesis, y aun de todos los niños en
general, manifestando el interés que se les tiene personalmente, y
estableciendo contacto con los miembros de sus familias. La Legión
podrá hacer las veces de centro local de la Archicofradía de la
Doctrina Cristiana (Véase el apéndice 8).
He aquí un ejemplo que pone de relieve la eficacia de la Legión,
cuando aplica sus métodos a la catequesis de una parroquia numerosa.
A pesar de los esfuerzos continuos de los sacerdotes, y no obstante
sus explicaciones y exhortaciones, el término medio de asistencia a
la catequesis de los niños había bajado hasta 50. Entonces se fundó
un praesidium; éste asumió la labor de instrucción y, además, la de
visitar las casas de los niños. Un año de trabajo bastó para elevar
la cifra de 50 a 600. Y no entran en cuenta para nada los beneficios
espirituales conferidos a muchísimos familiares despreocupados de
dichos niños.
En toda empresa legionaria la consigna debe ser ésta: "¿Con qué ojos
miraría la santísima Virgen a estos hijos suyos, cómo los trataría?"
En la catequesis infantil, más que en otra obra alguna, esta
consigna no debe olvidarse nunca. Es tendencia natural impacientarse
con los niños; mayor defecto sería el instruirlos como si se hablara
de negocios o de cultura, porque los niños tomarían la catequesis
como una asignatura más de su escuela, y, así, no se cosecharía ni
una décima parte de los frutos. Repitamos: "¿Cómo instruiría la
Madre de Jesús a estos niños, viendo como ve en cada uno de ellos a
su amadísimo Hijo?"
Al educar a los niños, la memorización y las ayudas audio-visuales
desempeñan un importante papel. Se requiere especial cuidado en la
selección del material catequético que ha de acoplarse a las
enseñanzas de la Iglesia.
Aquella persona que enseñe la doctrina de Cristo ganará una
indulgencia parcial, así como la persona que reciba la instrucción (EI,
20).
d) La escuela estatal o no católica. La vida religiosa del niño que
no frecuenta una escuela católica peligra en todo momento, y
fácilmente se desviará en su juventud, viniendo a ser luego un serio
problema. La Legión secundará las medidas adoptadas por las
autoridades eclesiásticas de cada localidad y las aplicará con toda
su eficacia apostólica.
e) Asociaciones para la juventud. Los niños educados en buenas
escuelas entran en crisis al salir de ellas. Se alejan de su
saludable influencia, de sus medidas protectoras, de sus minuciosas
atenciones; para algunos, además, la escuela fue su único apoyo,
pues en sus hogares no había ni influencia religiosa ni principio de
autoridad.
Las cosas se ponen aun más complejas: esos jóvenes se ven privados
de la ayuda de la escuela católica precisamente en la edad de
mayores dificultades morales; en la edad crítica en que ya no son
unos niños y tampoco han llegado a ser adultos. Es muy difícil
hallar medios apropiados para asegurar esta fase final de la
adolescencia, y es muy común -por desgracia- que no se les provea de
ninguno, y que, cuando alguna organización adulta venga en su ayuda,
resulte que ya todo es inútil, una vez que se han degustado los
peligrosos encantos de la libertad.
Por eso, deben prolongarse cuanto sea posible los cuidados que estos
niños recibieron en la escuela. Y creemos que un buen método sería
que la Legión contribuyera a formar asociaciones juveniles, o, por
lo menos, secciones juveniles dentro de las asociaciones ya
existentes. Procúrese que las autoridades interesadas den a los
legionarios los nombres de los adolescentes, antes de que estos
terminen ese período escolar. Y los legionarios vayan luego a
visitarlos en sus casas, para conocerlos y para persuadirles a
entrar en alguna asociación. Los niños o jóvenes que rechacen la
invitación, y quienes no asistan a ella con regularidad, deberán ser
objeto de visitas especiales por parte de los legionarios.
A cada legionario se señalará cierto número de jóvenes asociados, de
los que se hará responsable. Antes de cada reunión de la asociación
juvenil, irá el legionario a visitarlos para recordarles su
obligación de asistir. El programa anual de dicha asociación
incluirá ejercicios espirituales -cerrados, a ser posible- y alguna
función recreativa.
Éste es el medio más eficaz y, de hecho, el único concreto y bien
definido de asegurar que los jóvenes recién salidos de la escuela
sigan frecuentando los sacramentos con regularidad.
Los que salen de las escuelas de reeducación u orfanatos merecen
particular atención, pues muchas veces son huérfanos de padre y
madre, y, a veces, víctimas de padres malvados.
f) La dirección de "clubs" infantiles, de grupos de niños y niñas
"Boy Scouts", Juventudes Obreras Católicas, clases de labores, la
Santa Infancia, etc. la dirección de estas y otras obras afines
podrá constituir el trabajo semanal de unos cuantos socios del
praesidium, y también podrá ser el trabajo de especialización de
todo un praesidium, pues no parece que ofrezca inconveniente
ninguno. Es oportuno, sin embargo, reparar en una cosa: cuando un
praesidium esté dedicado exclusivamente a la dirección de una o
varias de estas obras, cuidará siempre de tener su junta particular
aparte, en rigurosa conformidad con todas las prescripciones del
reglamento. Contra lo que se ha sugerido, no basta que los socios
del praesidium encargados de estas obras se retiren en el curso de
las reuniones, como si se tratara de un número más del programa de
las mismas y, reunidos, recen las preces de la junta, lean las actas
y relaten precipitadamente algunos informes. Con este expediente tal
vez se salven los puntos más esenciales de la junta en cuanto a la
forma externa; pero bastará leer el capítulo titulado El sistema de
la Legión es invariable, para ver qué poco espíritu de esta norma se
refleja en semejante proceder.
Es voluntad de la Legión que, cuando un praesidium se halle dedicado
a alguna de las obras precedentes, se reciten las preces legionarias
al comienzo, a la mitad y al fin de cada reunión de dicha obra. Y si
no fuera posible incluir el santo rosario, díganse al menos todas
las demás oraciones de la tessera.
g) Un método de la juventud legionaria. Parece necesario indicar a
los legionarios encargados de clubs u organizaciones juveniles
algunos principios que les puedan orientar a seguir de guía en su
obra. Los métodos seguidos suelen depender de los individuos que
estén al frente de tales organizaciones, y, así, existe gran
variedad de sistemas, desde la sesión diaria hasta la semanal, y
desde el puro entretenimiento o pura instrucción técnica hasta
religión solamente. Salta a la vista que estas variantes darán
resultados muy distintos, y no siempre los mejores. Por ejemplo, la
mera diversión da como resultado una formación deficiente de los
jóvenes, aun admitiendo que, con ella, "se libran de cosas peores".
Y si, como dice el refrán, "poca diversión y mucho trabajo, chico
sin desparpajo", también se puede añadir a este dicho: "mucho jugar
y nada estudiar, el chico en golfo ha de parar".
Se ha demostrado que el método del praesidium es una buena norma
para todo género de personas y obras. ¿Acaso será igualmente posible
inventar un método sencillo que sea como una pauta de universal
aplicación a la juventud?
La experiencia ha indicado que un programa como el siguiente dará
satisfactorios resultados, y, a los praesidia encargados de grupos
juveniles, les animamos a hacer la prueba:
1. Edad máxima 21 años; edad mínima, ninguna; conviene separarlos
según las edades.
2. Cada miembro debe asistir a una sesión, que se celebrará con
regularidad cada semana. Si un grupo se reúne más de una vez por
semana, estas serán de aplicación opcional en las reuniones
adicionales.
3 Cada miembro dirá la Catena Legionis diariamente.
4. En la sesión semanal, el altar legionario se colocará sobre una
mesa -como en las juntas del praesidium-, o aparte, o en un sitio
elevado para mayor seguridad.
5. En cada sesión se dirán las oraciones legionarias, incluyendo el
rosario, divididas como en la junta del praesidium.
6. La duración total de la sesión no será menor de una hora y media,
pero podrá prolongarse más.
7. Se dedicará media hora por lo menos a fines administrativos y
educativos. El resto del tiempo se puede dedicar, si se quiere, a
recreo. Por "fines administrativos" queremos decir el manejo de los
negocios que naturalmente acompañan a la organización de ciertos
grupos, por ejemplo: de un club de fútbol u otros deportes, etc.
"los fines educativos" comprenden cualquier elemento de formación o
educación, religiosa o profana, que se pueda aplicar.
8. Cada miembro irá a comulgar por lo menos una vez al mes.
9. Se animará a los miembros a comprometerse como auxiliar de la
Legión, y se les inculcará profundamente la idea de servir al
prójimo y a la sociedad.
“Sería fácil detenerme en lo mucho que nos enseña la actividad
extraordinaria de San Juan Bosco. Entresacaré aquí sólo una lección
por su extrema y perenne importancia: su manera de concebir las
relaciones mutuas entre maestros y discípulos, superiores y
subordinados, directores y dirigidos, en una escuela, colegio o
seminario. Aborrecía sumamente -y con razón- ese espíritu de
retraimiento, ese mantenerse a distancia, y esa exagerada gravedad,
que impulsa a los profesores y superiores - ya por cierta
convicción, ya por falta de consideración, y a veces por puro
egoísmo-, a convertirse en seres casi inaccesibles para aquellos
cuya educación y formación les ha sido confiada por Dios. San Juan
Bosco jamás echó en olvido estas palabras de la Sagrada Escritura:
¿Te han puesto para presidir? No te conviertas en un engreído. Sé
entre los demás como uno de ellos. Atiéndeles (Si 32,1)" (Cardenal
Francis Bourne).
8. La librería ambulante
Algunos legionarios podrían llevar alguna librería ambulante por
lugares públicos, deteniéndose principalmente en calles muy
concurridas, o cerca de ellas. La experiencia ha demostrado el valor
inmenso que tiene esto como obra legionaria. No hay medio más eficaz
de ejercer un apostolado dirigido a los buenos, los malos y los
mediocres, así como de atraer hacia la Iglesia la atención de las
masas irreflexivas. Por esto desea la Legión ansiosamente tener en
cada ciudad importante siquiera una de estas librerías.
Esta librería ambulante debe estar hecha de tal forma que permita la
mayor exhibición de títulos, y estará surtida abundantemente de
publicaciones religiosas baratas. Y se encargarán de ella los
legionarios.
Además de los que se acercan con intención de comprar, habrá
curiosos de toda clase y condición: católicos, deseosos de hablar
con sus correligionarios; mirones o indiferentes, con ganas de pasar
el rato o de ver de que se trata: y, finalmente, los que se
interesan algo por la Iglesia, pero no son miembros suyos, ni
quieren ponerse en contacto directo con ella. Todos ellos entablarán
conversación con los afectuosos y comprensivos legionarios que estén
al frente, y a los que se les habrá enseñado a considerar cada
pregunta o compra como una oportunidad de establecer un contacto
amistoso. De este contacto se servirán los legionarios para elevar
el comportamiento y forma de vida de los clientes a un plano
superior de pensamientos y acciones; a los católicos, induciéndoles
a pertenecer a alguna asociación católica; a los no católicos,
ayudándoles a comprender mejor lo que es la Iglesia. Y, así, unos se
despedirán resueltos a participar en la Eucaristía todos los días;
otros, a hacerse legionarios activos o auxiliares; algunos, a hacer
las paces con su Dios; y otros, tal vez, se llevarán en el corazón
los gérmenes de su conversión a la Iglesia. Muchos forasteros, al
ver cómo actúan los legionarios -y no lo sabrían, tal vez, si no
fuera por la librería ambulante-, cobrarán interés por la Legión, y
hasta puede ser que se decidan a fundarla en sus respectivas
localidades.
No será necesario recordar a los legionarios que el continuar con
perseverancia las relaciones iniciadas por medio de la librería
ambulante constituye una parte integral de este trabajo.
Cuando se trate de inaugurar una librería de éstas, no faltará la
objeción en el sentido de que sólo católicos con mucha cultura están
capacitados para dirigirla, y que el praesidium no dispone de esos
miembros cualificados. Sería muy útil, ciertamente, un conocimiento
superior de la doctrina católica; pero no deben retraerse de la
empresa los legionarios, aunque carezcan de él: lo que más importa
es la atracción personal. Afirma Newman: "Las personas son las que
ejercen influencia en nosotros: su voz nos ablanda, sus obras nos
inflaman; no nos convertimos por silogismos". Esto es lo mismo que
decir que la sinceridad y dulzura importan más que el mucho saber.
La sabiduría tiende con frecuencia a abismarse en profundidades
difíciles de entender, o a seguir caminos intrincados que no llevan
a ninguna parte; mientras que un sencillo "No lo sé", confesando la
propia limitación, mantendrá el diálogo sobre terreno firme.
Pero con la práctica se verá que la mayor parte de las dificultades
provienen de una enorme ignorancia en materia de religión, y que un
legionario medianamente formado puede muy bien con ellas. Si se
presentan cuestiones más complejas, se someterán al praesidium o al
director espiritual.
Querer atacar a la Iglesia por razón de los errores, persecuciones y
falta de celo que se hayan producido en ella, es llevar camino de
nunca acabar la disputa, y confundir lastimosamente los términos. Y,
si hubiese alguna parte de verdad en los reproches, la cuestión
resultaría aún más confusa. Dar cumplida respuesta a la crítica
hostil, en este y otros puntos de menos importancia, es del todo
imposible, aunque se eche mano de una vasta erudición. El único
partido que debe tomar el legionario es insistir en reducir la
controversia a términos más concretos y sencillos.
Dios ha dejado al mundo un mensaje: lo que llamamos religión. Pues
esta religión es la Voz del mismo Dios, que necesariamente ha de ser
una voz clara, consistente, infalible en sus enseñanzas, y que
afirme tener el apoyo de la autoridad divina.
Ahora bien: estas características sólo se encuentran en la Iglesia
católica. Ninguna otra corporación o sistema religioso afirma tener
dichas cualidades. Fuera de la Iglesia católica reinan la
contradicción y la confusión; de manera que, como valientemente se
expresa Newman: "o la religión católica es en verdad la venida del
mundo invisible a este mundo visible, o no hay nada positivo, nada
real, en ninguno de nuestros conceptos sobre nuestro origen y
nuestro último destino".
Tiene que haber una Iglesia verdadera, y ésta no puede ser más que
una sola; y, si no es la Iglesia católica, ¿Cuál es? Esta sencilla
manera de acercarnos a la verdad tiene un efecto arrollador, como el
cañoneo constante en un solo blanco. Su fuerza se deja sentir aun
entre los más incultos. Para los más cultos tiene este argumento una
fuerza incontrastable, y, aunque sus labios sigan acusando de
errores a la Iglesia, en lo íntimo de su corazón se ven precisados a
callar. A quien ponga tales dificultades, conviene advertirle con
brevedad y delicadeza que esas objeciones no prueban demasiado: por
qué si valieran, irían contra cualquier otro sistema religioso tanto
o más que contra la Iglesia católica. De manera que, si creen haber
demostrado la inexistencia de la Iglesia por la maldad de algunos de
los miembros del clero, no ha hecho más que probar la falsedad de
todas las religiones del mundo.
Ya pasó el día en que un protestante reclamaba para su propia secta
particular el monopolio de la verdad. Hoy afirmaría, con modestia,
que todas las Iglesias poseen alguna porción de la verdad. Pero
aunque esto sea cierto: no basta una porción. Esta afirmación
equivale a decir que no hay ninguna verdad conocida ni hay modo de
hallarla. Porque, si una Iglesia tiene ciertas doctrinas que son
verdaderas, y, por consiguiente, otras que no lo son, ¿qué medios
hay para conocer cuáles son las verdaderas y cuáles no? Si empezamos
a escoger, ¿quién sabe si escogeremos las falsas? De lo que se
deduce que una Iglesia que dice de sus doctrinas: "Algunas de éstas
son verdaderas", no es ninguna ayuda, no nos guía en el camino. Nos
ha dejado exactamente en el mismo sitio donde estábamos antes sin
ella.
Repitamos, pues, la siguiente afirmación, hasta que su lógica haga
profunda mella: "No puede haber más que una sola Iglesia verdadera;
una Iglesia que no se contradice a sí misma; una Iglesia que tiene
que poseer la verdad toda entera, y que tiene que saber distinguir
entre lo verdadero y lo falso".
“El mundo no conoce amparo más fuerte que Tú, oh Reina mía. Tiene
sus apóstoles, sus profetas, sus mártires, sus confesores y sus
vírgenes, a quienes puedo recurrir en busca de auxilio; pero Tú eres
más alta que todos estos intercesores: lo que ellos pueden con tu
ayuda, Tú lo puedes sin ellos. ¿Por qué? Porque eres la Madre del
Salvador. Y porque, si Tú callas, nadie ora, nadie socorre; pero, si
Tú abres tus labios, todos rogarán por mí, todos vendrán en mi
auxilio" (San Anselmo, Oratio Eccl).
9. Contactos callejeros
El apostolado pretende llevar a cada persona la riqueza plena de la
Iglesia. El fundamento de este trabajo debe ser la relación directa,
personal y perseverante de un alma entusiasta con otra alma, lo que
llamamos con el nombre técnico de contacto. En la medida que nuestro
contacto personal se debilite, así se debilitará nuestra verdadera
influencia. Cuando las personas se vayan convirtiendo en grupos, se
nos irán escapando. Hemos de convencernos de que el grupo nos aleja
de la persona concreta. Estos grupos están compuestos de individuos
cada uno de los cuales tiene un alma sin precio. Cada miembro tiene
su propia vida, pero parte del tiempo lo pasa en el grupo -de una u
otra clase-, en la calle, o reunidos en cualquier lugar. Debemos
transformar esos grupos en individuos, para, así, poder establecer
contacto con sus almas. Así es como debe contemplar nuestra Señora a
esos grupos: Ella es la Madre de cada alma en particular, Ella debe
ver con angustia sus necesidades, y su corazón anhela encontrar a
alguien que la ayude en su labor de Madre para con ellos.
Está demostrado el valor de la librería ambulante en un lugar
público para entablar contactos. Se puede además hacer un trabajo de
apostolado con un grupo de personas acercándonos a ellas con
cortesía, y preguntándoles si podemos hablar con ellas sobre la fe.
Estos contactos pueden hacerse en la calle, parques, lugares
públicos, en los alrededores de las estaciones de tren o de
autobuses, y en cualesquiera otros lugares donde se congregue la
gente. La experiencia nos ha demostrado que tales acercamientos son
generalmente bien recibidos. Los legionarios que emprendan este
trabajo no deberán olvidar que su palabra y su talante son sus
instrumentos de trabajo. Por ello, deberán actuar con sencillez y
ser respetuosos. En su conversación, eviten cualquier palabra que
pueda ser interpretada como un enfrentamiento con la otra persona, o
cualquier cosa que pueda sonar como un sermón, o exigir algo como si
fuera un deber, o mostrar algún indicio de superioridad. Crean
firmemente que María, Reina de los Apóstoles, dará fuerza a sus
débiles palabras, y que Ella desea infinitamente que su apostolado
dé fruto.
10. El apostolado a favor de la empleada de hogar católica
Esta obra puede formar parte del trabajo anterior, o puede
constituir una actividad especial por sí sola.
Con sobrada frecuencia, la sirvienta católica, colocada en el seno
de una familia indiferente u hostil a la fe, considerada como una
máquina, aislada, recién llegada del campo, arrojada a la ciudad,
sin amistades, y forzada a trabar relaciones fortuitas llenas de
graves peligros, pertenece a una de las clases más abandonadas de la
sociedad. El apostolado que se ejerza para con estas sirvientas será
realmente notable.
La visita semanal de legionarias que se interesen por su bien será
para esta persona un rayo de luz. El fin de la visita consistirá por
lo común en facilitar a la muchacha el ingreso en alguna asociación
parroquial, contraer amistades buenas, pertenecer a sociedades de
probada seriedad, si las hay; hasta, en muchos casos, el ingreso en
la Legión. ¡Cuántos pasos se enderezarán con este trabajo, por
sendas nuevas y más felices! ¡A cuántas almas no se conducirá a
puerto seguro y hasta a la misma santidad!
"A primera vista nos parecerá ciertamente lo más natural que Dios
debería haber rodeado a su excelsa Madre de gran pompa y
magnificencia, al menos durante alguna época de su vida terrena.
¡Cuán distinta la realidad, tal como lo dispuso la Divina
Providencia! Allí vemos a María en su humilde casita de Nazaret
ocupándose en los más sencillos quehaceres domésticos, barriendo el
suelo, lavando la ropa, guisando la comida, yendo y viniendo del
pozo con un cántaro en la cabeza, entretenida con aquella labor que
nosotros -a despecho el ejemplo de Jesús, María y José- tenemos la
osadía de llamar baja y despreciable. Las manos de María se
enrojecían y se encallecían con el trabajo; Ella misma se sentiría
muchas veces desganada y abrumada por el exceso de trabajo; tuvo los
desvelos de la mujer de un artesano pobre" (Vasall-Phillips, La
Madre de Cristo).
11. Trabajo a favor de los soldados y personal del ejército
Las condiciones de la vida de estos hombres les llevan a descuidar
la religión, y los exponen a muchos peligros. Por eso es doblemente
deseable el apostolado entre ellos.
a) No siempre será fácil a los civiles el acceso a los cuarteles.
Por eso, un trabajo eficaz con los soldados requeriría la formación
de praesidia entre los mismos soldados. Hay experiencia de esto en
muchos lugares, con notable éxito.
b) El trabajo con los marineros requerirá la visita a los barcos y
el procurarles en tierra todas las facilidades que se pueda. Los
praesidia que se entreguen a este trabajo debieran afiliarse a la
internacio-nalmente conocida asociación Apostolatus Maris, que tiene
ramificaciones en le mayoría de los países marítimos.
c) Los legionarios deben respetar absolutamente la disciplina
militar o naval, en todas sus reglas o tradiciones. Deberán aspirar
a lograr para su apostolado la categórica afirmación de que su
trabajo eleva a los hombres en todos los órdenes, y representa un
bien neto en su servicio, y aun más que un bien: una verdadera
necesidad.
d) El apostolado legionario debe ocuparse también de la gente que
vive trashumando, como los gitanos y el personal del circo, etc. Los
emigrantes y refugiados deberían también ser parte de este
apostolado.
“Entre los grandes cambios que han tenido lugar en el mundo
contemporáneo, la emigración ha producido un nuevo fenómeno: los
llamados no católicos son cada vez más numerosos en países
tradicionalmente cristianos, creando unas buenas oportunidades para
establecer contactos, e intercambios culturales, llamando a la
Iglesia a la hospitalidad, al diálogo, a la ayuda y, en una palabra
a la fraternidad. Entre los emigrantes, los refugiados ocupan un
lugar muy especial y merecen la atención principal. Hoy hay muchos
millones de refugiados en el mundo, y su número crece
constantemente. Han escapado huyendo de lugares de presión política,
de miseria, desde el hambre hasta situaciones de proporciones
catastróficas. La Iglesia debe hacerles parte de su preocupación, de
su total preocupación apostólica" (RM, 36,g).
12. Difusión de literatura católica
Las vidas de incontables personas, como San Agustín de Hipona y San
Ignacio de Loyola, vienen a demostrar que la lectura de libros
prestigiosos, recomendados por personas, cuya opinión ellos
respetaban, demostró ser instrumento que les condujo a alcanzar
metas más altas. La difusión de literatura católica ofrece grandes
oportunidades para establecer contactos apostólicos con una gran
variedad de personas, con quienes puede tratarse fácilmente temas de
la fe católica. Si no siguen una educación religiosa adecuada, una
vez alcanzada la mayoría de edad, las personas que viven en un mundo
secularizado están en una gran desventaja. La Iglesia les enseña un
mundo y ellos viven en otro. La voz del mundo secularizado les habla
más alto que la voz de la Iglesia. Hay que corregir este
desequilibrio. El mandato del cristiano es ganar el mundo
secularizado para Cristo. Esto exige que conozcamos bien los
verdaderos valores y actitudes, es decir, los valores y actitudes
cristianos.
Sin subestimar otras clases de comunicación, el leer seriamente -es
decir, el leer para aprender- es una fuente de ideas verdaderamente
rica e influyente. Leer poco, pero con regularidad, es mucho más
efectivo que leer mucho pero sólo en ocasiones, cuando apetece
hacerlo. Existe un verdadero problema cuando se trata de conseguir
gente que lea libros religiosos. Hay que fomentar su interés, y, si
se mantiene este interés, el material de lectura debe estar al
alcance de cada lector. Aquí hay una oportunidad para los católicos
que quieran ser verdaderos apóstoles. Al igual que los libros y
folletos religiosos, existen periódicos y revistas católicas, cuyo
objetivo es: 1) proporcionar una síntesis razonada de temas actuales
y una evaluación en profundidad sobre éstos; 2) actuar como
correctivo necesario ante opiniones distorsionadas o silencios
calculados; 3) revisar y proporcionar directrices sobre ofertas
actuales en los medios de comunicación; 4) desarrollar un saludable
orgullo y la preocupación y el interés por los temas de la Iglesia
universal; y 5) cultivar la afición a una lectura constante de temas
importantes.
Además de la palabra impresa, el material audio-visual desempeña un
papel muy valioso en el mantenimiento de la fe.
Antes de utilizar cualquier tipo de material que tenga que ver con
la religión, conviene siempre asegurarse de buena fuente que este
material está de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia. Las
supuestas publicaciones católicas deben ser merecedoras de este
nombre. "No son los nombres los que garantizan las ideas, sino las
ideas las que garantizan a los nombres" (San Juan Crisóstomo).
Entre los medios ya ensayados y probados de distribuir literatura
católica están los siguientes: 1) conseguir suscriptores casa por
casa; 2) repartir periódicos o revistas en los hogares; 3) contar
con personal en quioscos y librerías católicas; 4) montar una
librería ambulante o un quiosco portátil en lugares públicos; 5)
utilizar la reunión de lo patricios para recomendar material de
lectura.
La presentación de libros y revistas en escaparates y puestos ha de
ser atractiva y ha de mantenerse bien atendida. En publicidad
católica, unos métodos descuidados no dan resultados positivos.
Durante las visitas para la distribución de literatura católica, los
legionarios tratarán de seguir un apostolado dirigido a influir en
todos y cada uno de los miembros de la familia.
“María es la compañera inseparable de Jesús. Siempre y en todas
partes, la Madre está al lado de su Hijo. Por lo tanto, lo que nos
une con Dios, lo que nos pone en posesión de las cosas del cielo, no
es Cristo sólo, sino aquella pareja bendita, la Mujer y su Prole.
Separar, pues, a María de Jesús en el culto religioso es destruir el
orden establecido por el mismo Dios" (Terriern, La Madre de los
hombres).
13. Promover la práctica de la misa diaria y la devoción hacia la
Sagrada Eucaristía
"Sería de desear que el mayor número posible de fieles pudieran
tomar parte activa todos los días en el sacrificio de la misa, y
participar también de la sagrada comunión, dando gracias a Dios por
recibir de Él tan valiosos dones. Éstas son las palabras que deben
tener en cuenta: Jesucristo y la Iglesia desean que todos los fieles
se aproximen al sagrado banquete todos los días. Lo fundamental de
este deseo es que se unan a Dios por el sacramento, y se fortalezcan
con él, para evitar la codicia, para purificar las pequeñas faltas
de cada día, y para tomar precauciones contra pecados más graves, de
los que la debilidad humana no está del todo libre (AAS, 38 [1905],
401). Se necesita aún más. Las leyes litúrgicas establecen que la
sagrada Eucaristía se mantenga en las Iglesias con el máximo honor y
en el lugar más importante. Los fieles no dejarán de hacerle una
visita siempre que puedan. Esta visita es una prueba de gratitud,
una muestra de amor, la observancia de la debida adoración a Cristo
nuestro Señor presente en la sagrada Eucaristía" (MF,66).
Esto no se hará como un trabajo legionario, sino como algo que hay
que tener presente y practicarlo asiduamente, como parte y sustento
de todas las actividades legionarias (ver capítulo 8: El legionario
y la Eucaristía).
“Vemos como la Eucaristía -sacrificio y sacramento- es, por la
abundancia de los tesoros que encierra, cifra perfecta de todo
cuanto la Cruz ofrendó a Dios y consiguió para los hombres. Es a un
mismo tiempo la Sangre del Calvario y el rocío de cielo: la Sangre
que clama pidiendo misericordia, y el rocío vivificante que da la
vida a la planta mustia y caída. Es nuestro rescate y nuestra
bendición; la vida y el precio de ella. Ni valió más la Cruz, ni la
Cena, ni las dos juntas: ambas se prolongan en la Eucaristía,
henchidas de todas las esperanzas del género humano. Por eso se
llama a la misa "el Misterio de nuestra fe" y con razón: no sólo
porque en ella resumido todo el dogma cristiano, el dogma de nuestra
ruina en Adán y queda nuestra rehabilitación en Jesucristo, sino
también- y principalmente- porque mediante la misa se continúa entre
nosotros aquel drama, aquella acción heroica por la que fue llevada
a cabo la obra de nuestra excelsa restauración y el sobreabundante
resarcimiento de nuestras anteriores pérdidas. No es una simple
repetición a modo simbólico: realiza realmente entre nosotros lo que
realizó Jesucristo mismo" (De la Taille, El Misterio de la fe).
14. El reclutamiento y cuidado posterior de los auxiliares
Todo praesidium que sepa apreciar el poder de la oración, pondrá
gran empeño en la formación de un núcleo bien nutrido de socios
auxiliares. Es deber de cada legionario reclutarlos y mantenerse en
contacto con ellos.
Pensar en la generosidad de estos auxiliares, que han entregado a la
Legión muchas de las mejores aspiraciones de sus almas. ¡Qué
gérmenes de santidad no encierran! La Legión ha contraído con ellos
una deuda de gratitud inmensa: ¿qué mejor manera de pagar esa deuda
que elevando a tales auxiliares hasta la perfección? Los socios
activos y los auxiliares son todos igualmente de la familia de la
Legión. Los activos son los hijos mayores; y, por consiguiente, la
Madre de la Legión -como cualquier otra madre- espera naturalmente
su ayuda en la educación de los hijos menores. Pero María no estará
simplemente mirando a ver cómo trabajan los socios activos en la
perfección de los auxiliares, sino que dará a sus desvelos doble
eficacia, y hará que para los unos y para los otros sean fuentes de
insospechadas grandezas. Si en el alma del auxiliar se levanta el
hermoso edificio de la santidad, el alma del activo obtendrá la
recompensa del buen constructor.
Esta obra en beneficio de los auxiliares abre tan vastos horizontes
que parece exigir que los más espirituales del praesidium se
consagren a ella por entero, con espíritu de "hermanos mayores".
"Para mí es cosa evidente: en estos días de terribles pecados y odio
contra Dios, nuestro divino Salvador quiere convocar en torno suyo
una legión de almas escogidas, entregadas en cuerpo y alma a Él y a
sus intereses, y con las cuales pueda contar en todo momento para
que le ayuden y consuelen; almas que no preguntarán: ¿Cuánto hay que
hacer?, sino más bien: ¿Cuánto puedo hacer por su amor? Una legión
de almas que se darán sin reparar en lo que cueste, con la única
aflicción de no poder hacer más, darse más, sufrir más por Aquel que
tanto hizo por ellas. En una palabra, almas que no sean como los
demás hombres, que a los ojos del mundo pasen por locos, ya que su
santo y seña es el sacrificio, no la propia comodidad" (Monseñor
O´Rahilly, Vida del Padre Guillermo Doyle).
"Entonces la legión de almas humildes, víctimas del Amor
Misericordioso, llegará a ser tan numerosa como las estrellas del
cielo y las arenas de la playa. Para Satanás será terrible, y
ayudará a la santísima Virgen a aplastar completamente su orgullosa
cabeza" (Santa Teresa de Lisieux).
15. Trabajo por las misiones
La preocupación por las misiones es una parte integrante de la vida
integralmente cristiana. Comprende la oración, el material de apoyo
y el estímulo de vocaciones misioneras, de acuerdo con las
circunstancias personales.
Los legionarios, podrían por ejemplo fundar una rama de la santa
infancia, rodeada de una multitud de niños, para fomentar en ellos
el amor a las misiones. También, podrían reunir a personas que no
tengan todas las cualidades requeridas para ser socios activos de la
Legión, y organizarlas -tal vez a base del servicio auxiliar de la
Legión-, empleándolas en coser, confeccionar vestidos, etc.
Resultaría una triple obra buena: a) santificación personal del
legionario; b) santificación de otros; c) un medio práctico de
socorrer a las misiones.
A propósito de estos trabajos, nos vemos precisados a insistir en
dos puntos -que, por otra parte, son de aplicación general-:
a) ningún praesidium podrá convertirse en agencia para recaudar
fondos a favor de nada ni de nadie;
b) la supervisión y dirección de personas empleadas en la costura se
podrá tener como trabajo suficiente para cumplir con la obligación
del trabajo semanal. En cambio, el trabajo de coser, de por sí, no
se estima suficiente para una socia adulta de la Legión, a no ser en
circunstancias muy excepcionales, como en el caso de estar
físicamente imposibilitada para hacer otra cosa.
“Las cuatro sociedades -propaganda de la Fe, San Pedro Apóstol,
Santa Infancia y la Unión Misionera- tienen el objetivo común de
fomentar un espíritu misionero universal entre el pueblo de Dios" (RM,84).
16. Promover retiros
Habiendo experimentado personalmente el beneficio de un retiro
espiritual, los legionarios deben organizarlos, propagándolos y,
allí donde todavía no estén establecidos, intentar establecerlos.
Tal es la recomendación del Papa Pío XI en la encíclica citada más
abajo, dirigida a "aquellas asociaciones de piadosos seglares que
aspiran a servir a la jerarquía apostólica mediante obras de Acción
Católica. En estos retiros verán claramente lo que valen las almas,
y se inflamarán en deseos de socorrerlas; y se llenarán del ardor
del apostolado, de su briosa actividad y de sus santos deseos.
Hay que notar el énfasis que pone el Papa en la formación de
apóstoles. Esto, a veces, no se consigue: de muchos ejercicios no
salen apóstoles, y en este caso hay que poner en tela de juicio la
utilidad de tales retiros.
La falta de posibilidad de acomodo para dormir no ha de disuadir a
los legionarios de hacer una amplia difusión de tan fructuosa
práctica. La experiencia ha demostrado que un solo día de retiro -de
la mañana a la noche- rinde muchísimo fruto, y es fácil de
organizar. De hecho, y como práctica general, no hay otra manera de
ponerlo al alcance de las masas. Para el retiro de un solo día se
puede fácilmente encontrar un edificio con jardín; y los gastos de
manutención no son elevados.
"El Divino Maestro solía convidar a sus apóstoles a la dulce soledad
del retiro: venid vosotros solos a un sitio tranquilo, y descansad
un poco (Mc 6,31). Y, al salir de este destierro para el cielo,
quiso que estos mismos apóstoles se puliesen y perfeccionasen en el
cenáculo de Jerusalén: allí, durante diez días, dedicándose a la
oración en común" (Hch 1,14), se dispusieron para recibir dignamente
al Espíritu Santo. Retiro memorable, por cierto, y prototipo de los
ejercicios espirituales: retiro del cual salió la Iglesia naciente
dotada de virtud y fuerza perenne, y donde, en presencia de la
Virgen María Madre de Dios, y bajo su patrocinio, se formaron
-juntamente con los apóstoles- aquellos otros que bien podemos
llamar los precursores de la Acción Católica" (MN).
17. Asociación pionera de abstinencia total del Sagrado Corazón
Una admirable actividad para un praesidium sería indudablemente el
reclutamiento de miembros para esta asociación. El objetivo primario
de la asociación es la gloria de Dios, fomentando la sobriedad y la
abstinencia; el medio principal para conseguir este objetivo es la
oración y el autosacrificio. Los miembros están inspirados por su
amor personal a Cristo: a) para no depender del alcohol con el fin
de hacer el bien; b) para reparar los pecados de la propia
debilidad, incluyendo sus propios pecados; c) para ganar, a través
de la oración y el autosacrificio, gracia y ayuda para aquellos que
beben excesivamente y para los que sufren como resultado de este
exceso en la bebida.
Las obligaciones principales de los miembros son: 1) abstenerse de
por vida de toda bebida alcohólica; 2) recitar la Ofrenda Heroica
(oración) dos veces por día; 3) llevar la insignia.
La ofrenda heroica es como sigue:
"Por tu mayor gloria y consuelo, Oh Sagrado Corazón deJesús
por tu amor para dar buen ejemplo, para practicar la abstención,
para reparar por Ti los pecados de la violencia incontrolada,
y para la conversión de los bebedores,
me abstendré de por vida de toda bebida alcohólica”
Existe un doble acuerdo: 1) un praesidium puede crear, con la
aprobación del director central de la Asociación Pionera, un centro
pionero; 2) en zonas donde exista ya un centro de la Asociación se
permite un praesidium, sujeto a la autorización del centro
existente, para unirse a dicho centro con el fin de promover y
reclutar miembros para la Asociación (ver apéndice 9).
18. Cada localidad tiene sus necesidades particulares
Según las circunstancias, los legionarios utilizarán cualquier otro
medio propio para el fin de la Legión, supuesta siempre la
aprobación de la directiva de la Legión y de acuerdo con la
autoridad eclesiástica. Por lo demás -y no nos cansamos de
repetirlo- deben lanzarse a toda obra nueva guiados por un espíritu
emprendedor y valiente, y con ánimo resuelto.
Toda acción heroica ejecutada en nuestra condición de católicos,
tiene un efecto que podríamos llamar electrizante con relación al
medio ambiente de cada localidad. Nadie -ni siquiera los impíos-
puede sustraerse al impacto causado por semejante heroísmo, que
impulsa a tomar la religión con más seriedad. Esas normas nuevas de
vida dejarán una huella firme en la conducta de la población entera.
"No temáis, dijo Jesús. Desterremos, pues, todo temor. No queremos
que entre nosotros haya ningún miedoso. Si alguna vez hay necesidad
de repetir estas palabras de Cristo: No temáis, es, indudablemente,
cuando se trata de la Acción Católica y de sus obras, porque el
temor priva a la mente de toda capacidad para juzgar y obrar con
acierto. De nuevo lo repito: es preciso alejar el temor; todo temor
menos uno, el que yo quisiera enseñaros: el temor de Dios. Poseídos
de este santo temor, no os detendréis ni por los hombres ni por las
revoluciones del mundo.
Y, en cuanto a la prudencia, que sea como la define y nos la
recuerda sin cesar la Sagrada Escritura: la prudencia de los hijos
de Dios, la prudencia del Espíritu. Que no sea -como de hecho no lo
es- la prudencia de la carne: flaca, perezosa, estúpida, egoísta,
indigna" (Pío XI, Discurso del 17 de mayo de 1931).