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INICIO DEL MINISTERIO PETRINO DEL OBISPO
DE ROMA
(es el nombre dado por el Vaticano a la ceremonia)
MISA
SOLEMNE
Plaza de
San Pedro. Martes 19 de marzo de 2013. Solemnidad de San
José
"Es una coincidencia muy importante celebrar la
inauguración de mi pontificado en el día de San José, el
patrón de la Iglesia Universal y el santo de mi venerado
predecesor".
La Misa es la de la Solemnidad de San José con sus
propias lecturas (es decir, las lecturas no están
directamente relacionadas con el rito de la Inauguración
del Pontificado).
El Papa Francisco ofició la misa en latín, pero leyó su
homilía en italiano.
Las lecturas fueron en diferentes idiomas: la primera en
inglés, el salmo cantado por un niño del coro de la
Capilla Sixtina en italiano y la segunda lectura, en
español. El Evangelio en griego. El Papa pronuncia la
homilía en italiano y no imparte la comunión.
La concelebran todos los cardenales. También ofician el
secretario del Colegio Cardenalicio, el prepósito de la
Compañía de Jesús, el español Adolfo Nicolás, y el
General de los Franciscanos, el también español Javier
Rodríguez Carballo.
El rito de la Oración de los fieles o peticiones durante
la misa de inicio del ministerio petrino como obispo de
Roma del Papa Francisco fue leído en cinco idiomas,
ruso, francés, árabe, swahili y chino. En un gesto hacia
los fieles de regiones donde la Iglesia católica tiene
relaciones no siempre fáciles con el poder. Así, la
primera petición fue en ruso, dedicada a la Iglesia para
que sus pastores y fieles vivan la obediencia
incondicional al Evangelio; la segunda en francés, por
el nuevo Papa Francisco "para que Dios omnipotente con
su gracia lo custodie en el ejercicio de su ministerio
de Sucesor del apóstol Pedro y de pastor de la Iglesia
universal"; la tercera fue en árabe, por los
responsables de las naciones para que "Dios omnipotente
con su sabiduría ilumine sus mentes y las guíe hacia la
construcción de la civilización del amor"; la cuarta, en
swahili, por "los pobres y los que sufren en la tierra"
para que "Dios omnipotente con su providencia, les done
consolación y esperanza mediante la caridad de los
hermanos", y la última en chino, por la familia de Dios
convocada para que "transforme la vida de todos a
semejanza del Señor Jesús".

LECTURAS
DE LA MISA
Primera lectura: Del segundo libro de Samuel (7, 4-5.
12-14. 16):
En
aquellos días, el Señor le habló al profeta Natán y le
dijo: “Ve y dile a mi siervo David que el Señor le manda
decir esto: ‘Cuando tus días se hayan cumplido y
descanses para siempre con tus padres, engrandeceré a tu
hijo, sangre de tu sangre, y consolidaré su reino. El me
construirá una casa y yo consolidaré su trono para
siempre. Yo seré para él un padre y él será para mí un
hijo. Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante
mí, y tu trono será estable eternamente’ ”.
Palabra
de Dios.
Segunda lectura: De la carta de San Pablo a los Romanos
(4, 13. 16-18. 22):
Hermanos: La promesa que Dios hizo a Abraham y a sus
descendientes, de que ellos heredarían el mundo, no
dependía de la observancia de la ley, sino de la
justificación obtenida
mediante la fe. En esta forma, por medio de la fe, que
es gratuita, queda asegurada la promesa para todos sus
descendientes, no sólo para aquellos que cumplen la ley,
sino también para todos los que tienen la fe de
Abraham. Entonces, él es
padre de todos nosotros, como dice la Escritura: Te he
constituido padre de todos los pueblos.
Así
pues, Abraham es nuestro padre delante de aquel Dios en
quien creyó y que da la vida a los muertos y llama a la
existencia a las cosas que todavía no existen. El,
esperando contra toda esperanza, creyó que habría de ser
padre de muchos pueblos, conforme a lo que Dios le había
prometido: Así de numerosa será tu descendencia. Por
eso, Dios le acreditó esta fe como justicia. Palabra de
Dios.

EVANGELIO
Santo Evangelio según San Mateo
(1, 16. 18-21. 24):
Jacob
engendró a José, el esposo de María, de la cual nació
Jesús, llamado Cristo.
Cristo
vino al mundo de la siguiente manera: Estando María, su
madre, desposada con José y antes de que vivieran
juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo,
estaba esperando un hijo. José, su esposo, que era
hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó
dejarla en secreto. Mientras pensaba en estas cosas, un
ángel del Señor le dijo en sueños: “José, hijo de David,
no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa,
porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo.
Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús,
porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Cuando
José despertó de aquel sueño, hizo lo que le había
mandado el ángel del Señor. Palabra del Señor.
(El
Evangelio se
lee en griego, como en las solemnidades más importantes,
para manifestar que la Iglesia universal se compone de
las grandes tradiciones de Oriente y Occidente.

HOMILÍA
Queridos hermanos y hermanas:
Doy gracias al Señor por poder celebrar esta Santa Misa
de comienzo del ministerio petrino en la solemnidad de
san José, esposo de la Virgen María y patrono de la
Iglesia universal: es una coincidencia muy rica de
significado, y es también el onomástico de mi venerado
Predecesor: le estamos cercanos con la oración, llena de
afecto y gratitud.
Saludo con afecto a los hermanos Cardenales y Obispos, a
los presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas y a
todos los fieles laicos. Agradezco por su presencia a
los representantes de las otras Iglesias y Comunidades
eclesiales, así como a los representantes de la
comunidad judía y otras comunidades religiosas. Dirijo
un cordial saludo a los Jefes de Estado y de Gobierno, a
las delegaciones oficiales de tantos países del mundo y
al Cuerpo Diplomático.
Hemos escuchado en el Evangelio que «José hizo lo que el
ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer»
(Mt 1,24). En estas palabras se encierra ya la la misión
que Dios confía a José, la de ser custos, custodio.
Custodio ¿de quién? De María y Jesús; pero es una
custodia que se alarga luego a la Iglesia, como ha
señalado el beato Juan Pablo II: «Al igual que cuidó
amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la
educación de Jesucristo, también custodia y protege su
cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es
figura y modelo» (Exhort. ap.
Redemptoris Custos,
1).
¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con
humildad, en silencio, pero con una presencia constante
y una fidelidad y total, aun cuando no comprende. Desde
su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el
Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo
momento con esmero y amor. Está junto a María, su
esposa, tanto en los momentos serenos de la vida como en
los difíciles, en el viaje a Belén para el censo y en
las horas temblorosas y gozosas del parto; en el momento
dramático de la huida a Egipto y en la afanosa búsqueda
de su hijo en el Templo; y después en la vida cotidiana
en la casa de Nazaret, en el taller donde enseñó el
oficio a Jesús.
¿Cómo vive José su vocación como custodio de María, de
Jesús, de la Iglesia? Con la atención constante a Dios,
abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no
tanto al propio; y eso es lo que Dios le pidió a David,
como hemos escuchado en la primera Lectura: Dios no
quiere una casa construida por el hombre, sino la
fidelidad a su palabra, a su designio; y es Dios mismo
quien construye la casa, pero de piedras vivas marcadas
por su Espíritu. Y José es «custodio» porque sabe
escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y
precisamente por eso es más sensible aún a las personas
que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los
acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe
tomar las decisiones más sensatas. En él, queridos
amigos, vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con
disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál
es el centro de la vocación cristiana: Cristo. Guardemos
a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, para
salvaguardar la creación.
Pero la vocación de custodiar no sólo nos atañe a
nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión
que antecede y que es simplemente humana, corresponde a
todos. Es custodiar toda la creación, la belleza de la
creación, como se nos dice en el libro del Génesis y
como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto
por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el
que vivimos. Es custodiar a la gente, el preocuparse por
todos, por cada uno, con amor, especialmente por los
niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a
menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón. Es
preocuparse uno del otro en la familia: los cónyuges se
guardan recíprocamente y luego, como padres, cuidan de
los hijos, y con el tiempo, también los hijos se
convertirán en cuidadores de sus padres. Es vivir con
sinceridad las amistades, que son un recíproco
protegerse en la confianza, en el respeto y en el bien.
En el fondo, todo está confiado a la custodia del
hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos.
Sed custodios de los dones de Dios.
Y
cuando el hombre falla en esta responsabilidad, cuando
no nos preocupamos por la creación y por los hermanos,
entonces gana terreno la destrucción y el corazón se
queda árido. Por desgracia, en todas las épocas de la
historia existen «Herodes» que traman planes de muerte,
destruyen y desfiguran el rostro del hombre y de la
mujer.
Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan
puestos de responsabilidad en el ámbito económico,
político o social, a todos los hombres y mujeres de
buena voluntad: seamos «custodios» de la creación, del
designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes
del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos
de destrucción y de muerte acompañen el camino de este
mundo nuestro. Pero, para «custodiar», también tenemos
que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio,
la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar
quiere decir entonces vigilar sobre nuestros
sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde
salen las intenciones buenas y malas: las que construyen
y las que destruyen. No debemos tener miedo de la
bondad, más aún, ni siquiera de la ternura.
Y
aquí añado entonces una ulterior anotación: el
preocuparse, el custodiar, requiere bondad, pide ser
vivido con ternura. En los Evangelios, san José aparece
como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su
alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de
los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota
fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de
compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. No
debemos tener miedo de la bondad, de la ternura.
Hoy, junto a la fiesta de San José, celebramos el inicio
del ministerio del nuevo Obispo de Roma, Sucesor de
Pedro, que comporta también un poder. Ciertamente,
Jesucristo ha dado un poder a Pedro, pero ¿de qué poder
se trata? A las tres preguntas de Jesús a Pedro sobre el
amor, sigue la triple invitación: Apacienta mis
corderos, apacienta mis ovejas. Nunca olvidemos que el
verdadero poder es el servicio, y que también el Papa,
para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese
servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe
poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de
fe, de san José y, como él, abrir los brazos para
custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y
ternura a toda la humanidad, especialmente a los más
pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo
describe en el juicio final sobre la caridad: al
hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al
enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-46). Sólo el que
sirve con amor sabe custodiar.
En la segunda Lectura, san Pablo habla de Abraham, que
«apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza»
(Rm 4,18). Apoyado en la esperanza, contra toda
esperanza. También hoy, ante tantos cúmulos de cielo
gris, hemos de ver la luz de la esperanza y dar nosotros
mismos esperanza. Custodiar la creación, cada hombre y
cada mujer, con una mirada de ternura y de amor; es
abrir un resquicio de luz en medio de tantas nubes; es
llevar el calor de la esperanza. Y, para el creyente,
para nosotros los cristianos, como Abraham, como san
José, la esperanza que llevamos tiene el horizonte de
Dios, que se nos ha abierto en Cristo, está fundada
sobre la roca que es Dios.
Custodiar a Jesús con María, custodiar toda la creación,
custodiar a todos, especialmente a los más pobres,
custodiarnos a nosotros mismos; he aquí un servicio que
el Obispo de Roma está llamado a desempeñar, pero al que
todos estamos llamados, para hacer brillar la estrella
de la esperanza: protejamos con amor lo que Dios nos ha
dado.
Imploro la intercesión de la Virgen María, de san José,
de los Apóstoles san Pedro y san Pablo, de san
Francisco, para que el Espíritu Santo acompañe mi
ministerio, y a todos vosotros os digo: Rezad por mí.
Amén.




 
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