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Discurso del papa Francisco en el Congreso de EE.
UU.
Octubre 2015

Francisco es el primer papa en
dar un discurso frente al Congreso de Estados Unidos.
Durante su bienvenida hubo más de
un minuto de aplausos

Señor Vicepresidente,
Señor Presidente,
Distinguidos Miembros del Congreso,
Queridos amigos:
Les agradezco la invitación que me han hecho a que les dirija la
palabra en esta sesión conjunta del Congreso en «la tierra de
los libres y en la patria de los valientes». Me gustaría pensar
que lo han hecho porque también yo soy un hijo de este gran
continente, del que todos nosotros hemos recibido tanto y con el
que tenemos una responsabilidad común.
Cada hijo o hija de un país tiene una misión, una
responsabilidad personal y social. La de ustedes como Miembros
del Congreso, por medio de la actividad legislativa, consiste en
hacer que este País crezca como Nación. Ustedes son el rostro de
su pueblo, sus representantes. Y están llamados a defender y
custodiar la dignidad de sus conciudadanos en la búsqueda
constante y exigente del bien común, pues éste es el principal
desvelo de la política. La sociedad política perdura si se
plantea, como vocación, satisfacer las necesidades comunes
favoreciendo el crecimiento de todos sus miembros, especialmente
de los que están en situación de mayor vulnerabilidad o riesgo.
La actividad legislativa siempre está basada en la atención al
pueblo. A eso han sido invitados, llamados, convocados por las
urnas.
Se trata de una tarea que me recuerda la figura de Moisés en una
doble perspectiva. Por un lado, el Patriarca y legislador del
Pueblo de Israel simboliza la necesidad que tienen los pueblos
de mantener la conciencia de unidad por medio de una legislación
justa. Por otra parte, la figura de Moisés nos remite
directamente a Dios y por lo tanto a la dignidad trascendente
del ser humano. Moisés nos ofrece una buena síntesis de su
labor: ustedes están invitados a proteger, por medio de la ley,
la imagen y semejanza plasmada por Dios en cada rostro.
En esta perspectiva quisiera hoy no sólo dirigirme a ustedes,
sino con ustedes y en ustedes a todo el pueblo de los Estados
Unidos. Aquí junto con sus Representantes, quisiera tener la
oportunidad de dialogar con miles de hombres y mujeres que
luchan cada día para trabajar honradamente, para llevar el pan a
su casa, para ahorrar y – poco a poco – conseguir una vida mejor
para los suyos. Que no se resignan solamente a pagar sus
impuestos, sino que – con su servicio silencioso – sostienen la
convivencia. Que crean lazos de solidaridad por medio de
iniciativas espontáneas pero también a través de organizaciones
que buscan paliar el dolor de los más necesitados.
Me gustaría dialogar con tantos abuelos que atesoran la
sabiduría forjada por los años e intentan de muchas maneras,
especialmente a través del voluntariado, compartir sus
experiencias y conocimientos. Sé que son muchos los que se
jubilan pero no se retiran; siguen activos construyendo esta
tierra. Me gustaría dialogar con todos esos jóvenes que luchan
por sus deseos nobles y altos, que no se dejan atomizar por las
ofertas fáciles, que saben enfrentar situaciones difíciles,
fruto muchas veces de la inmadurez de los adultos. Con todos
ustedes quisiera dialogar y me gustaría hacerlo a partir de la
memoria de su pueblo.
Mi visita tiene lugar en un momento en que los hombres y mujeres
de buena voluntad conmemoran el aniversario de algunos ilustres
norteamericanos. Salvando los vaivenes de la historia y las
ambigüedades propias de los seres humanos, con sus muchas
diferencias y límites, estos hombres y mujeres apostaron, con
trabajo, abnegación y hasta con su propia sangre, por forjar un
futuro mejor. Con su vida plasmaron valores fundantes que viven
para siempre en el alma de todo el pueblo. Un pueblo con alma
puede pasar por muchas encrucijadas, tensiones y conflictos,
pero logra siempre encontrar los recursos para salir adelante y
hacerlo con dignidad. Estos hombres y mujeres nos aportan una
hermenéutica una manera de ver y analizar la realidad. Honrar su
memoria, en medio de los conflictos, nos ayuda a recuperar, en
el hoy de cada día, nuestras reservas culturales. Me limito a
mencionar cuatro de estos ciudadanos: Abraham Lincoln, Martin
Luther King, Dorothy Day y Thomas Merton.
Estamos en el ciento cincuenta aniversario del asesinato del
Presidente Abraham Lincoln, el defensor de la libertad, que ha
trabajado incansablemente para que esta Nación, por la gracia de
Dios, tenga una nueva aurora de libertad». Construir un futuro
de libertad exige amor al bien común y colaboración con un
espíritu de subsidiaridad y solidaridad.

Todos conocemos y estamos sumamente preocupados por la
inquietante situación social y política de nuestro tiempo. El
mundo es cada vez más un lugar de conflictos violentos, de odio
nocivo, de sangrienta atrocidad, cometida incluso en el nombre
de Dios y de la religión. Somos conscientes de que ninguna
religión es inmune a diversas formas de aberración individual o
de extremismo ideológico. Esto nos urge a estar atentos frente a
cualquier tipo de fundamentalismo de índole religiosa o del tipo
que fuere. Combatir la violencia perpetrada bajo el nombre de
una religión, una ideología, o un sistema económico y, al mismo
tiempo, proteger la libertad de las religiones, de las ideas, de
las personas requiere un delicado equilibrio en el que tenemos
que trabajar. Y, por otra parte, puede generarse una tentación a
la que hemos de prestar especial atención: el reduccionismo
simplista que divide la realidad en buenos y malos; permítanme
usar la expresión: en justos y pecadores. El mundo contemporáneo
con sus heridas, que sangran en tantos hermanos nuestros, nos
convoca a afrontar todas las polarizaciones que pretenden
dividirlo en dos bandos. Sabemos que en el afán de querer
liberarnos del enemigo exterior podemos caer en la tentación de
ir alimentando el enemigo interior. Copiar el odio y la
violencia del tirano y del asesino es la mejor manera de ocupar
su lugar. A eso este pueblo dice: No.
Nuestra respuesta, en cambio, es de esperanza y de
reconciliación, de paz y de justicia. Se nos pide tener el
coraje y usar nuestra inteligencia para resolver las crisis
geopolíticas y económicas que abundan hoy. También en el mundo
desarrollado las consecuencias de estructuras y acciones
injustas aparecen con mucha evidencia. Nuestro trabajo se centra
en devolver la esperanza, corregir las injusticias, mantener la
fe en los compromisos, promoviendo así la recuperación de las
personas y de los pueblos. Ir hacia delante juntos, en un
renovado espíritu de fraternidad y solidaridad, cooperando con
entusiasmo al bien común.
El reto que tenemos que afrontar hoy nos pide una renovación del
espíritu de colaboración que ha producido tanto bien a lo largo
de la historia de los Estados Unidos. La complejidad, la
gravedad y la urgencia de tal desafío exige poner en común los
recursos y los talentos que poseemos y empeñarnos en sostenernos
mutuamente, respetando las diferencias y las convicciones de
conciencia.
En estas tierras, las diversas comunidades religiosas han
ofrecido una gran ayuda para construir y reforzar la sociedad.
Es importante, hoy como en el pasado, que la voz de la fe, que
es una voz de fraternidad y de amor, que busca sacar lo mejor de
cada persona y de cada sociedad, pueda seguir siendo escuchada.
Tal cooperación es un potente instrumento en la lucha por
erradicar las nuevas formas mundiales de esclavitud, que son
fruto de grandes injusticias que pueden ser superadas sólo con
nuevas políticas y consensos sociales.
Apelo aquí a la historia política de los Estados Unidos, donde
la democracia está radicada en la mente del Pueblo. Toda
actividad política debe servir y promover el bien de la persona
humana y estar fundada en el respeto de su dignidad. "Sostenemos
como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados
iguales; que han sido dotados por el Creador de ciertos derechos
inalienables; que entre estos está la vida, la libertad y la
búsqueda de la felicidad" (Declaración de Independencia, 4 julio
1776). Si es verdad que la política debe servir a la persona
humana, se sigue que no puede ser esclava de la economía y de
las finanzas. La política responde a la necesidad imperiosa de
convivir para construir juntos el bien común posible, el de una
comunidad que resigna intereses particulares para poder
compartir, con justicia y paz, sus bienes, sus intereses, su
vida social. No subestimo la dificultad que esto conlleva, pero
los aliento en este esfuerzo.
En esta sede quiero recordar también la marcha que, cincuenta
años atrás, Martin Luther King encabezó desde Selma a
Montgomery, en la campaña por realizar el «sueño» de plenos
derechos civiles y políticos para los afro-americanos. Su sueño
sigue resonando en nuestros corazones. Me alegro de que Estados
Unidos siga siendo para muchos la tierra de los «sueños». Sueños
que movilizan a la acción, a la participación, al compromiso.
Sueños que despiertan lo que de más profundo y auténtico hay en
los pueblos.
En los últimos siglos, millones de personas han alcanzado esta
tierra persiguiendo el sueño de poder construir su propio futuro
en libertad. Nosotros, pertenecientes a este continente, no nos
asustamos de los extranjeros, porque muchos de nosotros hace
tiempo fuimos extranjeros. Les hablo como hijo de inmigrantes,
como muchos de ustedes que son descendientes de inmigrantes.
Trágicamente, los derechos de cuantos vivieron aquí mucho antes
que nosotros no siempre fueron respetados. A estos pueblos y a
sus naciones, desde el corazón de la democracia norteamericana,
deseo reafirmarles mi más alta estima y reconocimiento. Aquellos
primeros contactos fueron bastantes convulsos y sangrientos,
pero es difícil enjuiciar el pasado con los criterios del
presente. Sin embargo, cuando el extranjero nos interpela, no
podemos cometer los pecados y los errores del pasado. Debemos
elegir la posibilidad de vivir ahora en el mundo más noble y
justo posible, mientras formamos las nuevas generaciones, con
una educación que no puede dar nunca la espalda a los "vecinos",
a todo lo que nos rodea. Construir una nación nos lleva a
pensarnos siempre en relación con otros, saliendo de la lógica
de enemigo para pasar a la lógica de la recíproca subsidiaridad,
dando lo mejor de nosotros. Confío que lo haremos.
Nuestro mundo está afrontando una crisis de refugiados sin
precedentes desde los tiempos de la II Guerra Mundial. Lo que
representa grandes desafíos y decisiones difíciles de tomar. A
lo que se suma, en este continente, las miles de personas que se
ven obligadas a viajar hacia el norte en búsqueda de una vida
mejor para sí y para sus seres queridos, en un anhelo de vida
con mayores oportunidades. ¿Acaso no es lo que nosotros queremos
para nuestros hijos? No debemos dejarnos intimidar por los
números, más bien mirar a las personas, sus rostros, escuchar
sus historias mientras luchamos por asegurarles nuestra mejor
respuesta a su situación. Una respuesta que siempre será humana,
justa y fraterna. Cuidémonos de una tentación contemporánea:
descartar todo lo que moleste. Recordemos la regla de oro:
"Hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan
con ustedes" (Mt 7,12).
Esta regla nos da un parámetro de acción bien preciso: tratemos
a los demás con la misma pasión y compasión con la que queremos
ser tratados. Busquemos para los demás las mismas posibilidades
que deseamos para nosotros. Acompañemos el crecimiento de los
otros como queremos ser acompañados. En definitiva: queremos
seguridad, demos seguridad; queremos vida, demos vida; queremos
oportunidades, brindemos oportunidades. El parámetro que usemos
para los demás será el parámetro que el tiempo usará con
nosotros. La regla de oro nos recuerda la responsabilidad que
tenemos de custodiar y defender la vida humana en todas las
etapas de su desarrollo.
Esta certeza es la que me ha llevado, desde el principio de mi
ministerio, a trabajar en diferentes niveles para solicitar la
abolición mundial de la pena de muerte. Estoy convencido que
este es el mejor camino, porque cada vida es sagrada, cada
persona humana está dotada de una dignidad inalienable y la
sociedad sólo puede beneficiarse en la rehabilitación de
aquellos que han cometido algún delito. Recientemente, mis
hermanos Obispos aquí, en los Estados Unidos, han renovado el
llamamiento para la abolición de la pena capital. No sólo me uno
con mi apoyo, sino que animo y aliento a cuantos están
convencidos de que una pena justa y necesaria nunca debe excluir
la dimensión de la esperanza y el objetivo de la
rehabilitación.
En estos tiempos en que las cuestiones sociales son tan
importantes, no puedo dejar de nombrar a la Sierva de Dios
Dorothy Day, fundadora del Movimiento del trabajador católico.
Su activismo social, su pasión por la justicia y la causa de los
oprimidos estaban inspirados en el Evangelio, en su fe y en el
ejemplo de los santos.
¡Cuánto se ha progresado, en este sentido, en tantas partes del
mundo! ¡Cuánto se viene trabajando en estos primeros años del
tercer milenio para sacar a las personas de la extrema pobreza!
Sé que comparten mi convicción de que todavía se debe hacer
mucho más y que, en momentos de crisis y de dificultad
económica, no se puede perder el espíritu de solidaridad
internacional. Al mismo tiempo, quiero alentarlos a recordar
cuán cercanos a nosotros son hoy los prisioneros de la trampa de
la pobreza. También a estas personas debemos ofrecerles
esperanza. La lucha contra la pobreza y el hambre ha de ser
combatida constantemente, en sus muchos frentes, especialmente
en las causas que las provocan. Sé que gran parte del pueblo
norteamericano hoy, como ha sucedido en el pasado, está
haciéndole frente a este problema.
No es necesario repetir que parte de este gran trabajo está
constituido por la creación y distribución de la riqueza. El
justo uso de los recursos naturales, la aplicación de soluciones
tecnológicas y la guía del espíritu emprendedor son parte
indispensable de una economía que busca ser moderna pero
especialmente solidaria y sustentable. «La actividad
empresarial, que es una noble vocación orientada a producir
riqueza y a mejorar el mundo para todos, puede ser una manera
muy fecunda de promover la región donde instala sus
emprendimientos, sobre todo si entiende que la creación de
puestos de trabajo es parte ineludible de su servicio al bien
común» (Laudato si’, 129). Y este bien común incluye también la
tierra, tema central de la Encíclica que he escrito
recientemente para "entrar en diálogo con todos acerca de
nuestra casa común" (ibíd., 3). "Necesitamos una conversación
que nos una a todos, porque el desafío ambiental que vivimos, y
sus raíces humanas, nos interesan y nos impactan a todos" (ibíd.,
14).
En Laudato si, aliento el esfuerzo valiente y responsable para
«reorientar el rumbo» (N. 61) y para evitar las más grandes
consecuencias que surgen del degrado ambiental provocado por la
actividad humana. Estoy convencido de que podemos marcar la
diferencia y no tengo alguna duda de que los Estados Unidos –y
este Congreso– están llamados a tener un papel importante. Ahora
es el tiempo de acciones valientes y de estrategias para
implementar una «cultura del cuidado» (ibíd., 231) y una
«aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver
la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la
naturaleza» (ibíd., 139). La libertad humana es capaz de limitar
la técnica (cf. ibíd., 112); de interpelar "nuestra inteligencia
para reconocer cómo deberíamos orientar, cultivar y limitar
nuestro poder" (ibíd., 78); de poner la técnica al "servicio de
otro tipo de progreso más sano, más humano, más social, más
integral" (ibíd., 112). Sé y confío que sus excelentes
instituciones académicas y de investigación pueden hacer una
contribución vital en los próximos años.
Un siglo atrás, al inicio de la Gran Guerra, «masacre inútil»,
en palabras del Papa Benedicto XV, nace otro gran
norteamericano, el monje cisterciense Thomas Merton. Él sigue
siendo fuente de inspiración espiritual y guía para muchos. En
su autobiografía escribió: "Aunque libre por naturaleza y a
imagen de Dios, con todo, y a imagen del mundo al cual había
venido, también fui prisionero de mi propia violencia y egoísmo.
El mundo era trasunto del infierno, abarrotado de hombres como
yo, que le amaban y también le aborrecían. Habían nacido para
amarle y, sin embargo, vivían con temor y ansias desesperadas y
enfrentadas". Merton fue sobre todo un hombre de oración, un
pensador que desafió las certezas de su tiempo y abrió
horizontes nuevos para las almas y para la Iglesia; fue también
un hombre de diálogo, un promotor de la paz entre pueblos y
religiones.
En tal perspectiva de diálogo, deseo reconocer los esfuerzos que
se han realizado en los últimos meses y que ayudan a superar las
históricas diferencias ligadas a dolorosos episodios del pasado.
Es mi deber construir puentes y ayudar lo más posible a que
todos los hombres y mujeres puedan hacerlo. Cuando países que
han estado en conflicto retoman el camino del diálogo, que
podría haber estado interrumpido por motivos legítimos, se abren
nuevos horizontes para todos. Esto ha requerido y requiere
coraje, audacia, lo cual no significa falta de responsabilidad.
Un buen político es aquel que, teniendo en mente los intereses
de todos, toma el momento con un espíritu abierto y pragmático.
Un buen político opta siempre por generar procesos más que por
ocupar espacios (cf. Evangelii gaudium, 222-223).
Igualmente, ser un agente de diálogo y de paz significa estar
verdaderamente determinado a atenuar y, en último término, a
acabar con los muchos conflictos armados que afligen nuestro
mundo. Y sobre esto hemos de ponernos un interrogante: ¿por qué
las armas letales son vendidas a aquellos que pretenden infligir
un sufrimiento indecible sobre los individuos y la sociedad?
Tristemente, la respuesta, que todos conocemos, es simplemente
por dinero; un dinero impregnado de sangre, y muchas veces de
sangre inocente. Frente al silencio vergonzoso y cómplice, es
nuestro deber afrontar el problema y acabar con el tráfico de
armas.
Tres hijos y una hija de esta tierra, cuatro personas, cuatro
sueños: Abraham Lincoln, la libertad; Martin Luther King, una
libertad que se vive en la pluralidad y la no exclusión; Dorothy
Day, la justicia social y los derechos de las personas; y Thomas
Merton, la capacidad de diálogo y la apertura a Dios. Cuatro
representantes del pueblo norteamericano.
Terminaré mi visita a su País en Filadelfia, donde participaré
en el Encuentro Mundial de las Familias. He querido que en todo
este Viaje Apostólico la familia fuese un tema recurrente. Cuán
fundamental ha sido la familia en la construcción de este País.
Y cuán digna sigue siendo de nuestro apoyo y aliento. No puedo
esconder mi preocupación por la familia, que está amenazada,
quizás como nunca, desde el interior y desde el exterior. Las
relaciones fundamentales son puestas en duda, como el mismo
fundamento del matrimonio y de la familia. No puedo más que
confirmar no sólo la importancia, sino por sobre todo, la
riqueza y la belleza de vivir en familia.
De modo particular quisiera llamar su atención sobre aquellos
componentes de la familia que parecen ser los más vulnerables,
es decir, los jóvenes. Muchos tienen delante un futuro lleno de
innumerables posibilidades, muchos otros parecen desorientados y
sin sentido, prisioneros en un laberinto de violencia, de abuso
y desesperación. Sus problemas son nuestros problemas. No nos es
posible eludirlos. Hay que afrontarlos juntos, hablar y buscar
soluciones más allá del simple tratamiento nominal de las
cuestiones. Aun a riesgo de simplificar, podríamos decir que
existe una cultura tal que empuja a muchos jóvenes a no poder
formar una familia porque están privados de oportunidades de
futuro. Sin embargo, esa misma cultura concede a muchos otros,
por el contrario, tantas oportunidades, que también ellos se ven
disuadidos de formar una familia.
Una Nación es considerada grande cuando defiende la libertad,
como hizo Abraham Lincoln; cuando genera una cultura que permita
a sus hombres "soñar" con plenitud de derechos para sus hermanos
y hermanas, como intentó hacer Martin Luther King; cuando lucha
por la justicia y la causa de los oprimidos, como hizo Dorothy
Day en su incesante trabajo; siendo fruto de una fe que se hace
diálogo y siembra paz, al estilo contemplativo de Merton.
Me he animado a esbozar algunas de las riquezas de su patrimonio
cultural, del alma de su pueblo. Me gustaría que esta alma siga
tomando forma y crezca, para que los jóvenes puedan heredar y
vivir en una tierra que ha permitido a muchos soñar. Que Dios
bendiga a América.

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