|
VOLVER A EMPEZAR
Emma
Margarita R. A.- Valdés
- I –
El regreso
El coche avanzaba por las curvas de la carretera como si lo guiara
un impulso secreto. Su cuerpo, fuerte como un roble cincuentón,
curtido por vientos y azotado por tempestades, había soportado el
largo viaje impulsado por la ilusión del reencuentro.
En el retrovisor vio sus ojos llenos de los verdes húmedos y
brillantes de la juventud.
Las arrugas de su rostro eran la cartografía de antiguas batallas:
algunas guardaban la huella de la alegría; otras, el vacío de la
pérdida. Su cabello, espeso y ya gris, recordaba a las losas de
pizarra que coronaban los tejados de su tierra natal.
Volvía a casa para echar raíces de nuevo, para reconciliarse con lo
que había dejado atrás. No había perdido No había perdido aquella
raíz hecha de agua dulce y sal, de hierba y roca, de hondonada y
cumbre. Deseaba restañar el vínculo con todo aquello que lo había
formado. En el asiento del copiloto, una vieja fotografía arrugada:
él, joven, riendo junto a su madre y su primer y único amor, en el
puente sobre el río. La imagen le oprimió el pecho.
El cuerpo envejecía, pero el espíritu se alzaba, ligero, como si
despertara. Qué ironía: cuando la sabiduría clareaba el camino, la
carne empezaba a flaquear. Dolía saber que el tiempo se agotaba, que
aún había mucho por hacer y
aún
tenía fuerzas para hacerlo.
Pero también entendía que cada paso, cada tropiezo, lo había
moldeado.
Se preguntó qué huellas de su juventud conservaba. Resonaban
momentos luminosos, pero también otros que habría querido olvidar.
Y, sin embargo, entendía ahora que había sido ese dolor el que
le había otorgado
la serenidad que lo habitaba.
Recordó un atardecer en el monte. Había trepado hasta la cima,
furioso, buscando respuestas tras una pérdida. Allí, bajo un cielo
de fuego, lloró hasta quedarse vacío. Ahora comprendía que la
felicidad no era un destello efímero ni un golpe de fortuna. No
residía en el poder ni en el dinero, sino en otra parte: en la calma
íntima, en la reconciliación con lo vivido, en la capacidad de
encajar las piezas del rompecabezas. Tras peregrinar por valles de
sombra, buscaba la claridad que trasciende lo tangible.
Había llorado, vagado, caído, buscado en la oscuridad. Pero ahora,
en este coche, con la carretera abriéndose como un abrazo, sabía que
todo aquel camino lo había traído hasta aquí, que le ofrecía una
nueva página. Volver a empezar no era un sueño. Era posible.
- II – La llegada
Asomado a la ventana de su habitación en el hotel, el pueblo parecía
suspendido en un instante eterno, como si el presente se detuviera
para trasladarlo a los días de su infancia. El paisaje permanecía
intacto, pero él ya no era el mismo.
Cansado, aunque inquieto e impaciente, bajó a cenar.
La noche se aproximaba, y planeaba descansar temprano.
En el comedor, se sintió extranjero en su propia tierra,
como un jinete perdido cabalgando sobre las olas.
En su dormitorio, temió enfrentarse al insomnio o a la habitual
duermevela.
Sin embargo, durmió profundamente. Parecía que el retorno le hubiera
restaurado la paz perdida.
La mañana
llegó envuelta en una luminosidad dorada que se filtraba por las
cortinas, invitándolo a salir.
Había descansado plácidamente y se sentía relajado.
Sus raíces, largo tiempo enterradas, comenzaban a aflorar. ¡Qué
distinto era todo ahora!
Desayunó tranquilo, se cambió de ropa y, sin rumbo fijo, salió a
caminar.
Su primer destino fue el cementerio, construido sobre el acantilado,
con vistas al mar. Frente al panteón familiar,
una losa invisible le oprimió el pecho. Respiró hondo mientras los
afectos, tanto tiempo cautivos, aleteaban en su alma.
La emoción le devolvió, de golpe, los años de ausencia.
La tarde llegó a su fin. ¡Qué maravillosa puesta del sol! El mar se
tiñó de un rojo incandescente.
Absorto, escuchó el latido del mar y el susurro de la tierra,
mientras el intenso aroma de los cipreses lo envolvía.
Mientras contemplaba el horizonte encendido por el crepúsculo,
imaginó que el ruido del mundo se alejaba y sólo quedaban las olas,
el viento y aquella paz inesperada.
Se sintió arrebatado a lo alto,
como una gaviota
surcando el cielo hacia el inmenso azul.
Las campanas de la iglesia, llamando a la misa vespertina,
lo arrancaron de su trance,
le anunciaron la hora de abandonar su “monte de la transfiguración”.
Observó los lechos de piedra enrojecidos por el crepúsculo y la
negra proyección de los monumentos, luz y oscuridad en el jardín de
mármol donde duermen los ramos de flores. ¿Las almas habrían cruzado
el laberinto final y alcanzado el valle de las viñas doradas? Desde
su retorno, la melancolía teñía cada rincón de su mente.
Regresó al hotel a la hora de cenar. No tenía apetito. Subió a su
habitación, se asomó a la ventana. Allí estaba el paisaje de antaño,
inmutable. Anhelaba atravesar el umbral de la incertidumbre y del
miedo, caminar descalzo por la aridez del desierto hacia el último
oasis, disipar las tinieblas. En su interior fluía el torrente
cristalino que hace florecer rosales en otoño. ¿Brotarían nuevas
hojas en su tallo descarnado? El castillo de sus sueños se había
derrumbado, dejándolo bajo los escombros. Pero la luz llegó,
rescatándolo, bañándolo en sus rayos y despojándolo del barro
pegado a su piel.
Al filo de la madrugada, en la impersonal habitación, yacía
deshojando recuerdos. Había cometido una falta y
temía
volver a caer en ella.
Un solo desliz le transformó; un solo error hirió a quien más amaba.
El
error se enreda como la hiedra, asfixiando con su follaje venenoso.
En busca de aventura y riqueza, dejó atrás lo más valioso: su amor,
su familia, su tierra. Ganó mucho dinero, pero no paz ni felicidad.
Sabía que sus seres queridos sufrieron su ausencia. Ahora, esperaba
compensarles, expresarles su cariño y arrepentimiento. Deseaba
reconquistar lo perdido.
Atravesó su lejanía vagando tras el brillo de un espejismo,
consumido por la melodía mágica del ayer. Confiaba en recuperarlo,
pues ambos habían sufrido y los corazones se unen por sus heridas,
puertas abiertas al perdón y a la compasión. En sus brazos latía el
aullido de un animal herido. Pensó en aquella tarde en la que se
dieron el primer beso, un roce tímido de los labios que enardeció su
sangre hasta la extenuación. Nunca volvió a sentir la vehemencia de
aquel instante,
la vibración del deseo en sus labios, el atisbo de plenitud en su
ardor.
Fue el día del adiós, al comienzo del otoño.
En su memoria, ella permanecía intacta bajo el mismo roble,
ruborizada, temblorosa, como si el tiempo no hubiera pasado.
El amor existe por sí mismo y se entrega sin límites, ajeno al
tiempo y a las circunstancias.
Comprendió entonces que no sólo había vuelto por su tierra, sino
también por recuperar lo que un día perdió.
- III – El encuentro
Al caer la tarde, mientras cruzaba el viejo puente, la vio. Su
corazón se detuvo un instante. Por un lado, quería huir, temía el
reencuentro; por otro, anhelaba sentirla a su lado. No sabía qué
había sido de su vida.
¿Se habría casado? ¿Lo odiaría? El arrobamiento de antaño renació en
él.
Ella avanzaba despacio, con la misma
manera de andar que él recordaba: firme, sencilla, sin artificios.
Sus ojos se encontraron.
No hubo reproche ni palabra
alguna. Sólo un silencio espeso, lleno de lo no dicho en años.
La expresión de sus rostros revelaba éxtasis, entrega total, olvido
de sí mismos, emoción y gozo del encuentro. Una agitación encendió
la sangre
y
despertó el secreto vínculo largamente guardado.
Ambos escuchaban, sin hablar, el vuelo de sus pensamientos.
Se contemplaron con hondura, y en sus
pupilas se transparentaron los sentimientos atesorados durante la
ausencia. Una ráfaga de fuego los atravesó.
Caminaron juntos por el paseo tantas veces transitado. Entre
palabras y silencios,
lo vivido reverdeció con fuerza renovada. Era como
el roble de su tierra: firme, profundo.
Al acercarse más, dudaron un instante
antes de extender las manos; al rozarse, la piel habló por ellos.
Percibieron el peso de los días perdidos y, al mismo tiempo, la
certeza de que aún quedaba algo por vivir.
-No sabía si volverías -murmuró ella,
apenas audible.
-No sabía si me esperarías -respondió
él.
Sonrieron. En esa sonrisa cabía toda
la juventud perdida, la pena sufrida y toda la esperanza renacida.
Comprendieron que nunca se habían despedido.
Desde la distancia, ecos de amor callado habían recorrido sus venas,
brasas que ahora se avivaban con la pasión recobrada.
Y un
rumor antiguo les anunció que algo seguía vivo.
Había regresado con el sol del verano y jamás volvería a
instalarse el invierno en sus vidas. Así resplandeció un nuevo
amanecer.
Emma
Margarita R. A.- Valdés
Reservados todos los Derechos de Autor.
Prohibida su reproducción sin expreso consentimiento.
email de la Autora:
universo@universoliterario.net |