SOLEDAD EXISTENCIAL

 

Emma-Margarita R. A.-Valdés

Hace unos días, un correo electrónico irrumpió en mi buzón, enviado por una familia que imploraba mi ayuda: "Entreviste a nuestro único hijo", suplicaban. El mensaje llevaba el peso de quienes han agotado todos los gritos. Su hijo, Tomás, quería contar su historia para que otros no cayeran en la misma grieta invisible que lo había atrapado. No era un caso evidente de acoso ni de problemas académicos graves; era algo más profundo: soledad existencial. Accedí a escucharlo. Su historia es cruda, pero necesaria.

 Antes de la entrevista, busqué contexto: hablé con uno de sus profesores. "Tomás es inteligente, pero reservado", me dijo. "Le cuesta relacionarse. Parece triste, pero no molesta, así que nunca supimos que estaba tan mal". La frase "no molesta" se me clavó en el pecho, como si su invisibilidad fuera una virtud académica, un silencio premiado.

 Me encuentro sentada frente a un joven de dieciséis años en una salita cargada de intimidad familiar. La lluvia azota las ventanas, creando un ambiente que refleja el torbellino interior de Tomás. Sus padres, Marisa y Aldo, me recibieron con gratitud y angustia. Marisa, una mujer de unos cuarenta años con ojeras que narran noches sin dormir, murmuró: "Gracias por venir. Tomás ha pasado por mucho, incluso intentó quitarse la vida, pero quiere hablar. Cree que su voz puede ayudar a otros". Aldo, más reservado, asintió, cargando un peso sin nombre, y me guió hasta donde Tomás aguardaba mi entrevista, como un guardián de sombras.

 Tomás es delgado, con el cabello revuelto como un mar en tormenta y ojos que sostienen un mundo de dolor. Oculta las manos bajo las mangas de su sudadera negra, como si quisiera esconderse de sí mismo. Acaba de sobrevivir a lo que llama "su apagón": un intento de suicidio, una pausa en el pulso de la existencia. Al sentarme frente a él, esboza una sonrisa frágil. "Hola. Gracias por escucharme. No sé si mi historia es interesante, pero... es auténtica."

 Me observa con timidez desde el borde de la silla, como un pájaro al filo del nido.

 -No sé por dónde empezar -dice.

 -Donde el corazón te guíe -respondo-. Esto no es una entrevista común.

 -Supongo que debería decir que estoy cansado. No físicamente… cansado de existir. No me pasa nada grave: no he vivido una guerra, no me maltratan, no me falta comida ni casa. Y aun así… duele. Y eso me hace sentir peor, porque pienso que no tengo derecho a sentirme así. -Tomás suspira y mira al suelo-. Es como estar en una habitación llena de gente y ser invisible. No es que no tenga amigos o familia, es que nada llena el vacío. Me pregunto: ¿para qué estoy aquí? ¿Qué sentido tiene todo esto? Todo empezó hace un par de años, en clases de filosofía. Leí a Nietzsche, a Camus... Sus palabras alteraron mi realidad, me dejaron expuesto ante el abismo.

 Lo dejo hablar. A veces, el silencio es un puente.

 -Recuerdo una cita del Eclesiastés: "Vanidad de vanidades, todo es vanidad". Ese eco resonaba en mi mente mientras leía, recordándome que incluso los sabios antiguos enfrentaron la futilidad de la existencia.

 -En el instituto dicen que soy raro. Da igual si hablo o no. Es como caminar por un pasillo lleno de gente que me atraviesa sin verme. Soy… transparente. Cuando era pequeño tenía amigos. Ya no sé dónde se fueron. O dónde me fui yo. Mis días son iguales. Al volver a casa, me encierro en mi cuarto, mi refugio, un santuario de aislamiento.

 -¿Y tus padres? -pregunto.

 -Trabajan. Mucho. No es culpa suya, lo sé, es necesario. En casa es como si cada uno hablara un idioma diferente. Me preguntan: “¿Qué tal el día?” y respondo “bien” porque es más fácil. ¿Para qué decir otra cosa? 

-¿Hablabas con ellos de verdad?

 -Hablábamos de cosas normales: el colegio, los deberes. Pero nunca nada… real. Nunca dije: "Papá, mamá, me siento vacío. No entiendo el sentido de nada." Siempre era nada. Tenía miedo de estropear algo si decía la verdad. Pero hace unos meses, exploté. Mamá preguntó: "¿Cómo te ha ido el día, hijo?". Respondí: "Mal. Siento que no pertenezco a nada. ¿Por qué nací? ¿Para qué sirve sufrir así?". Papá frunció el ceño: "Tomás, no digas tonterías. Tienes todo: casa, comida, estudios. Hay gente que pasa hambre. Sé agradecido". Mamá añadió: "Cariño, si estás triste, ve al médico. Quizá necesitas vitaminas." Grité: "¡No son vitaminas! ¡Es que nada tiene sentido! ¡Me siento solo todo el tiempo!". Se miraron preocupados: "Hablaremos con el psicólogo del colegio". Pero no lo hicieron, pensaron que era una fase.

 -¿Tenías amigos? -insisto.

 Se encoge de hombros.

 -Compañeros, conocidos… gente que te habla cuando hace falta. Pero amigos… no.

 -¿Nadie notó que sufrías? -pregunto con suavidad.

 -Hubo señales. Pero nadie las interpretó. Dejé el equipo de baloncesto. Empecé a suspender. Ya no salía de casa. Dormía mal. Había días que no hablaba con nadie. Pensaba que era temporal, como una nube pasajera. -Mira al suelo-. Me repetía: "Si desaparezco, todo seguirá igual". Y cuanto más lo pensaba, más cierto parecía.

 ¿Y los profesores notaban tu estado de ánimo? -pregunto

 -La profe de literatura es maja. Un día, después de clase, me quedé para hablarle sobre El extranjero de Camus, que nos había asignado. "Me siento como Meursault", le dije. Como si nada importara”. Ella me miró preocupada: “Tomás, es una novela existencialista. Es normal que te haga pensar, pero la vida cobra sentido en las relaciones, en los logros. ¿Estás bien? ¿Quieres hablar con el orientador?”. Yo negué: “No, sólo... quería saber si usted lo ha sentido alguna vez”. Sonrió: “Todos tenemos días grises, pero hay que seguir adelante”. Salí sintiéndome más solo. Ni los adultos. entendían mi vacío.

 -¿Y tus amigos? ¿Cómo son? -prosigo.

 Tengo un grupo: Pablo, Sara y Lucas. Son buenos amigos, pero superficiales. Una vez, en el recreo, intenté abrirme. Estábamos sentados en el patio, comiendo bocadillos. Pablo dijo: “Tío, ¿viste el último partido de fútbol? ¡Qué golazos!”. Yo respondí: Sí, guay, pero... ¿alguna vez os preguntáis por qué existimos? ¿No os sentís solos, incluso aquí juntos? Sara rió: “Tomás, siempre con tus rollos filosóficos. ¿Estás fumado o qué? no pienses tanto”. Lucas añadió: ”La vida es para disfrutarla. Vamos a echar un partidito después de clase”. -Me sentí invisible. No me tomaban en serio. Era como si mis preguntas fueran un chiste".

 Y continúo: "¿Cuándo llegó el momento de… intentarlo?"

 Tomás hace una pausa, sus ojos se humedecen. Le doy espacio. La lluvia afuera arrecia; un coro de gotas martillea el silencio, como si el cielo llorara las palabras no dichas.

 -Fue acumulativo -responde-. Cada diálogo me hacía sentir más aislado. En el instituto me evitaban porque era "un bajón". Para los profesores, era "problemático". Para los amigos, "un rarito". Para mis padres, "un ingrato". La soledad se volvió desesperación. Me preguntaba: ¿si nadie me entiende, para qué seguir? Busqué en Internet sobre suicidio, pero no encontré respuestas, solo números de ayuda que ignoré.

 -Después… el apagón -dice, y su voz se quiebra como una rama seca-. Fue una noche cualquiera. Mis padres habían salido a cenar. Subí a mi habitación, cerré la puerta y me enfrenté al espejo. Ese reflejo no era yo. Era un extraño. Encontré una caja de pastillas que mamá guardaba para el insomnio. Las miré y pensé: "Esto acabará con el dolor". Tomé unas cuantas. Me tumbé en la cama, esperando el fin.

 Tomas respira hondo, como si cada palabra extrajera un fragmento de su alma. Lo miro con respeto. Está diciendo verdades que muchos adultos no podrían pronunciar.

 -Mis padres volvieron antes. Mamá entró a darme las buenas noches y me encontró inconsciente, con la caja vacía a mi lado. Gritó: "¡Aldo, llama a emergencias! ¡Tomás, no!". Papá, alterado: "¡Dios mío, ¿qué has hecho, hijo?". Me llevaron al hospital. Me lavaron el estómago, me salvaron. Desperté con tubos en el brazo y el pitido de máquinas como un lamento mecánico. Mis padres estaban allí, sus rostros pálidos como fantasmas. Mamá lloraba; papá, con los puños cerrados, contenía un mar de culpa.

 -¿Cómo te sentiste al despertar? -indago, mi pluma suspendida sobre el papel.

 -Aliviado… y furioso. Aliviado porque fallé, porque una parte de mí aún buscaba respuestas y quería vivir. Furioso porque ahora todos me veían, pero por lástima, no por comprensión. El psicólogo del hospital habló de depresión, terapia, medicamentos. "Es un desequilibrio químico", dijo. Pero yo sabía que era más: un desequilibrio existencial. Mis padres cambiaron. Mamá dejó de trabajar tanto. Papá empezó a preguntar de verdad, no solo por costumbre. "Háblanos, hijo", decían". Queremos entender".

 Tomás alza la vista, y un atisbo de luz cruza sus ojos, como un rayo entre nubes.

 -Cuando estuve a punto de desaparecer, entendí algo: la gente cree que el suicidio es querer morir, pero no era mi caso. Yo no quería morir. Solo quería dejar de sufrir. Nadie quiere dejar de existir; lo que quiere es dejar de padecer.

 -Después, en el hospital, me visitó un sacerdote. No lo esperaba. No soy religioso. Pero aquel hombre, el padre Emmanuel, no vino a juzgarme ni a decirme que "todo estaría bien". Se sentó a mi lado y dijo: "No vengo a convencerte de nada. Solo a escucharte". Fue lo primero honesto que alguien me dijo en mucho tiempo. No negó mi dolor. Me dijo: "A veces, quien más sufre es quien más ha amado en silencio, pero aún no lo sabe". Leyó unas citas del Evangelio: "La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no han podido apagarla". “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”. “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”. No sé por qué, pero esas palabras me golpearon, como una chispa en mi pecho que no se había apagado.

 Si -dije pensativa- es una frase profunda. ¿Qué más te dijo?

 -También me dijo: "Jesús no vino por los perfectos, sino por los que se sienten rotos. No estás maldito por sentir dolor. Estás vivo". Y añadió: "Dios no te pide que seas fuerte, Tomás. Solo que no te rindas". Esa noche me hice una pregunta nueva: ¿y si mi vida aún puede significar algo? Por primera vez, quise seguir hablando, entender, no desaparecer. Le pedí que volviera, y él asintió con una sonrisa.

 -Ahora voy a terapia. Encontré un foro en línea donde otros comparten sus vacíos. No soy el único. Eso ayuda. Mis amigos, al principio, se alejaron, asustados. Luego volvieron y empezamos a hablar de verdad, no solo de fútbol. Ahora sé que el sentido no se encuentra, se construye, conexión a conexión. El padre Emmanuel sigue visitándome, es el único que me orienta y me comprende. Me regaló un Evangelio que estoy leyendo. Siento que es una filosofía de vida que me hace bien. Leo poesía también, sobre renacer.

 La lluvia amaina, dejando un silencio renovado, como una página en blanco. Tomás sonríe débilmente. "Gracias por escucharme. Si esto ayuda a alguien, valdrá la pena. Por eso acepté esta entrevista. No quiero contar mi vida, sino decirle a alguien que se siente como yo: no estás roto. No eres débil. Solo estás cansado. Y se puede salir del cansancio. Pero no solo".

 Me quedo sin palabras. Entiendo algo: si escribo esta historia, no será sobre un chico que intentó morir, sino sobre un joven que, desde las sombras, elige aprender a vivir. Sería injusto reducirlo a su dolor. Es un sobreviviente de algo invisible: el aislamiento que crece en el silencio.

 Me despido de la familia, llevando sus ecos en el pecho. La soledad existencial no es un veredicto; es un llamado a tejer puentes. Tomás, con su historia cruda, se convierte en un faro para los perdidos. Porque a veces, la distancia entre salvar a alguien y perderlo está en una pregunta hecha a tiempo: "¿Cómo estás… de verdad?".  Él no lo sabe, pero ya está salvando a alguien. Quizás a ti que lees. Quizás, incluso, a mí.

 Sola, conduciendo, recordando al padre Emmanuel, pienso en el salmo: "Gustad y ved cuán bueno es el Señor; dichoso el que confía en él". Tomás, en su vulnerabilidad, ha empezado a saborear esa confianza, no en respuestas absolutas, sino en las conexiones que tejen el sentido de la existencia. Y, al compartir, no solo se salva a sí mismo, sino que ilumina el camino para otros perdidos en la misma grieta. El peligro no está en los que gritan. El verdadero peligro está en los que callan. Porque el dolor que no se dice, se pudre. 

 

Emma-Margarita R. A.-Valdés

 
     

 

Entrada a VOCES EN SOLEDAD

 

Contenido

 

Relatos

 

Novedades. Comunicados

 

Si quiere enviar un mensaje recomendando

Universo Literario, pulse AQUÍ

 

Añada Universo Literario a sus Favoritos

 

Todos los derechos reservados © - Emma-Margarita R. A.-Valdés