|
SOLEDAD EMOCIONAL
Emma-Margarita
R. A.-Valdés

Conocí a Pilar a través de Alfonso, un amigo en común. Al hablarle
de la obra que estaba escribiendo, me propuso entrevistar a una
conocida suya que, según él, vivía una soledad emocional persistente
y, aun así, se mantenía fiel con una tenacidad admirable. Se ofreció
a ponerme en contacto con ella. Pilar aceptó sin hacer preguntas.
Era una tarde otoñal y sosegada. Las hojas descendían lentamente,
como los últimos suspiros de un otoño cansado de resistir. Llegué a
su casa: un elegante chalé situado en una urbanización exclusiva,
levantado como un refugio frente al paso del tiempo. Un pequeño
jardín abrazaba la vivienda; las flores inclinaban sus corolas,
vencidas por el peso de una belleza que nadie contemplaba.
Pilar me abrió la puerta con una sonrisa tenue, casi translúcida.
-Alfonso me habló de ti -dijo con voz serena-. Cree que esta
entrevista puede hacerme bien. Yo... quiero pensar que tiene razón.
Se hizo a un lado con un gesto amable y me invitó a entrar.
El salón respiraba sobriedad y buen gusto. Las estanterías rebosaban
libros; varias fotografías enmarcadas compartían espacio con
pequeños objetos cargados de memoria. Un viejo reloj de pared
marcaba el tiempo con un tic-tac pausado, semejante al latido que
continúa más por fidelidad que por entusiasmo.
Pilar, a sus cuarenta y siete años, no era una mujer vencida; era un
paisaje al atardecer, todavía luminoso, aunque surcado por largas
sombras. Su rostro conservaba una armonía suave, mientras que en sus
ojos oscuros habitaba una melancolía antigua. El cabello negro,
recogido en un moño sencillo, evocaba a las mujeres inmortales
pintadas por Julio Romero de Torres. Vestía con una elegancia
discreta, y un perfume delicado flotaba suavemente a su alrededor.
Mientras el té reposaba, la observé desplazarse con una delicadeza
casi mecánica, colocando las tazas con una precisión aprendida tras
muchos años de rutina. Intuí que aquel encuentro no iba a ser una
entrevista, sino una travesía por honduras humanas difíciles de
nombrar.
Durante unos instantes no hablamos. El silencio no resultaba
incómodo; era un huésped antiguo que conocía bien aquella casa. Mis
ojos recorrieron despacio la estancia. Había plantas cuidadosamente
atendidas, un piano cerrado sobre el que descansaba un fino velo de
polvo y varios libros abiertos con un marcapáginas detenido a mitad
de lectura, como si alguien hubiera interrumpido la vida para
continuarla más tarde. Creo que las casas terminan pareciéndose a
quienes las habitan: conservan intacta su belleza, pero también
aprenden a convivir con las habitaciones donde ya nadie entra.
Creía saber lo que era la soledad, hasta que la vi sentada frente a
mí: erguida y serena.
-Gracias por venir -dijo al entregarme una taza de té.
Sus manos temblaron levemente, igual que las alas de un pájaro
asustado.
-Hace mucho que casi no recibo visitas. Menos aún de alguien
dispuesto a escuchar. Los días terminan siendo muy largos... y una
acaba aprendiendo a convivir con el vacío.
-Hábleme de su matrimonio. Me han dicho que usted y su esposo se
casaron profundamente enamorados. ¿Cómo recuerda aquellos primeros
años?
Una sonrisa iluminó fugazmente su rostro.
-Ah... el comienzo. Nuestro noviazgo fue pura poesía. Nos conocimos
en una biblioteca. Yo era una muchacha llena de ilusiones; él, un
joven profesor con unos ojos que parecían querer abarcar el universo
entero. Nos casamos en primavera: yo tenía veintiún años y él
veintisiete. Los primeros años fueron maravillosos. Charlábamos
hasta el amanecer, reíamos por cualquier cosa, inventábamos
canciones y soñábamos con los hijos que algún día llegarían. Éramos
dos ríos que acababan de encontrarse para caminar hacia un mismo
mar. Al año nació Jorge; un año más tarde llegó Laura.
Inmóvil, luchaba por contener las lágrimas con una quietud que
conmovía más que el propio llanto.
Yo no dije nada. Hay dolores que no admiten preguntas.
Ella respiró y dejó caer las palabras con la misma gravedad con la
que un guijarro rompe la quietud de un estanque.
-Laura murió cuando tenía doce años. Fue un accidente de coche.
Un gesto de dolor ensombreció su rostro.
-Durante meses conservé su habitación exactamente igual. Cada mañana
abría la ventana para que entrara el sol y cambiaba las flores del
jarrón como si fuese a regresar del colegio en cualquier momento.
Todavía conservo una caja con sus dibujos infantiles, solamente para
comprobar que aún recuerdo el olor de aquellos años. Algunas tardes
me parecía escuchar sus pasos en la escalera y mi corazón corría más
deprisa que la razón. Pero regresaba la realidad... una realidad que
pesa más que cualquier grito.
Desvió la vista hacia el techo.
-Yo sólo era capaz de repetir unas palabras de Job: “El Señor me lo
dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor”. Las
pronunciaba con los labios, pero necesité muchos años para
aceptarlas.
Era evidente que aquella herida había cicatrizado por fuera, aunque
seguía abierta en lo más profundo del alma.
-Era nuestra única niña, el centro de nuestra vida, el pulso de
nuestro hogar. Cuando murió, no sólo perdimos una hija; también
perdimos el lenguaje con el que nos habíamos amado durante tantos
años. Desde entonces, algo comenzó a resquebrajarse en nuestra
casa... y también en nuestro matrimonio.
Su voz se quebró.
-Carlos, mi marido, no pudo asimilarlo. Se atrincheró en sus clases
y en la escritura. Creó un mundo paralelo de palabras y personajes
que encarnaban pasiones ajenas... mientras la nuestra se apagaba.
Sus novelas crecían y nosotros nos íbamos empequeñeciendo. Una tarde
intenté acercarme a él:
-Carlos, no podemos seguir así.
-Escribiendo encuentro un pedazo de felicidad.
-Le pregunté: ¿Y cuál es mi felicidad sin ti? No contestó. A veces
creo que aquel fue el verdadero principio de nuestra distancia.
- ¿Qué ocurrió? -pregunté.
-Su primera novela obtuvo un importante premio literario. Yo me
alegré; sabía cuánto había luchado por conseguirlo. Pero aquel
reconocimiento lo desarraigó de nuestra vida. La escritura se
convirtió en su santuario... y también en su pretexto. De ser un
refugio, pasó a ser su casa, y yo me quedé viviendo fuera de ella.
Pilar respiró hondo antes de responder.
-Nuestra convivencia continuó igual por fuera. Compartíamos la mesa,
las responsabilidades y el mismo techo. Nunca hubo grandes
discusiones ni portazos. Era una distancia que crecía poco a poco,
como una grieta en el hielo. Hay matrimonios que se rompen en un
instante; el nuestro se fue desgastando. Nunca volvió a preguntarme
cómo estaba. Sin embargo, cuando enfermaba, era el primero en
llevarme una taza de caldo o acercarme una manta. Nunca dejó de
cuidarme.
- ¿Y su hijo Jorge? -pregunté con suavidad.
Su expresión se iluminó por un instante.
-Tiene veinticinco años. Es ingeniero y vive en Filipinas. Se casó
muy joven y ya nos ha dado un nieto. Lo vemos pocas veces; veintidós
horas de vuelo convierten cualquier visita en un acontecimiento
extraordinario. Hablamos por videollamada. Cuando aparece su imagen
en la pantalla, la casa parece llenarse otra vez de voces. Cuando
viene, es una fiesta.
Guardó unos segundos de pausa.
-Es ley de vida. Los hijos nacen para marcharse. Lo difícil no es
aceptar la distancia; lo difícil es aprender a convivir con ella.
Le pregunté entonces: Pilar, el año pasado celebraron sus bodas de
plata. ¿Qué significado tienen hoy para usted?
Respondió sin precipitación, como quien ha meditado esa respuesta
durante muchos años.
-Significa ser fiel a un juramento pronunciado delante de Dios. “Lo
que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Sigo creyendo en
esas palabras con la misma fuerza que el día de mi boda. El
matrimonio no es un contrato que se rompe cuando llegan los
inviernos; es una alianza que también atraviesa las tormentas.
Bajó ligeramente la mirada.
-No me casé para ser feliz: me casé para amar. Durante mucho tiempo
confundí ambas cosas. Luego comprendí que amar, algunas veces,
también significa quedar cuando el corazón deja de recibir aquello
que esperaba. Nadie me advirtió de que amar... también puede doler.
El reloj volvió a hacerse presente con su invariable tic-tac.
- ¿Cuándo llegó la incomunicación?
-No sabría señalar un día concreto. La incomunicación nunca llama a
la puerta; entra despacio y se instala sin hacer ruido. Es como
vivir en una casa llena de ecos, pero sin voces.
Miró un instante hacia la ventana.
-Mi marido está... pero ya no está del todo conmigo. Escribe
historias en las que yo ya no tengo sitio. Intenté entrar en su
mundo, leer sus novelas,
acompañarlo. Pero su universo era un castillo con el puente
levantado, y yo me había quedado al otro lado del foso.
Asomó una sonrisa apenas perceptible, con un gesto irónico que
curvaba sus labios.
-Después llegaron las tertulias literarias, los viajes, las
presentaciones. Regresaba muchas noches casi al amanecer, oliendo a
aplausos, como un héroe de sus propias novelas. Yo le preguntaba
cómo había ido todo. “Interesante”, respondía. Únicamente esa
palabra. Una vez le dije, sonriendo: “Deberías escribir una novela
sobre una mujer que espera cada noche en casa hasta convertirse en
un fantasma”. Pero nunca escribió esa historia. Quizá porque era la
nuestra.
Y añadió con una entereza que me estremeció:
-Muchas noches repetía para mí las palabras del salmista: “Aunque
camine por valle de sombra de muerte, no temeré, porque tú estás
conmigo”. Sentía que ese valle no era la muerte, sino la distancia
entre dos personas que un día se amaron con toda el alma. No es
estar sola. Tampoco es el aislamiento. Es compartir la vida con
alguien... y sentir frío. Es despertar cada mañana junto a la
persona que amas y echar de menos una palabra, una mirada, una
caricia. Es un invierno instalado en el alma. Un sol que ilumina...
pero ya no calienta.
Un brillo distinto asomó a sus ojos.
-Sin embargo, hay días en que vuelven a mi memoria aquellas palabras
del Cantar de los Cantares: “Las aguas caudalosas no podrán apagar
el amor”. El tiempo, el dolor y el silencio pueden cubrirlo de
cenizas, pero el verdadero siempre conserva alguna brasa esperando
el momento de volver a dar calor.
Su voz descendió hasta convertirse casi en un susurro.
-Una noche le pregunté: “Carlos... ¿todavía me quieres?”. Ni
siquiera levantó la vista del manuscrito.
-Claro.
-Fue la respuesta más triste que he escuchado en toda mi vida. A
veces una sola palabra puede levantar un muro.
No continuó enseguida. Miró la taza de té ya casi vacía, como si
también ella hubiera aprendido a callar.
-Carlos dejó de escucharme... pero Dios nunca dejó de hacerlo. Él ha
recogido mis lágrimas en el silencio de la noche, cuando nadie podía
comprenderlas. Sólo sabía repetir una frase del salmo: “Tú has
contado mis pasos errantes; recoge mis lágrimas en tu odre”. Nunca
le pedí que cambiara a mi marido. Le pedía que no endureciera mi
corazón; el mayor peligro no era dejar de sentirme amada, sino dejar
de saber amar.
- ¿Pensó alguna vez en separarse?
-Jamás.
La respuesta fue firme, sin vacilaciones.
-El matrimonio nunca ha sido para mí un simple acuerdo entre dos
personas. Siempre lo he entendido como un trenzado de tres dobleces:
él, yo y Dios. “Un cordón de tres dobleces no se rompe pronto”.
Muchas veces esa tercera hebra ha sido la única que ha impedido que
todo se deshiciera.
Quedó unos instantes pensativa.
-Siempre me han acompañado las palabras de san Pablo: “El amor todo
lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. Durante
años pensé que ese pasaje hablaba de un amor perfecto. Hoy sé que
habla de un amor herido.
Continuó:
-Curiosamente, el sufrimiento también educa. Va limando el orgullo,
las exigencias y esa necesidad de que todo suceda como uno desea. Al
final descubres que la entrega no consiste en recibir, sino en
permanecer.
La serenidad con la que pronunciaba aquellas palabras les otorgaba
una fuerza inesperada.
- ¿Cómo definiría la soledad emocional?
-No es estar sola, no es aislamiento. Es estar acompañada y sentir
frío. Un sol que ilumina sin calentar.
- ¿Intentó recuperarlo?
Esbozó una sonrisa cansada.
-Mil veces. Pero ¿cómo abrir una puerta que lleva décadas
oxidándose? Cada vez que intentaba hablar, él respondía igual:
“Ahora no. Después hablamos”. Y ese “después” acabó ocupando años
enteros. Durante mucho tiempo luché y esperé. Más tarde aprendí a
convivir con aquella ausencia que se sentaba cada noche a nuestra
mesa. Había dejado de buscar lo que ya no podía recuperar. No era
resignación. Era aceptación. Y ambas cosas se parecen mucho desde
fuera, aunque por dentro sean completamente distintas.
Me aventuré a formular la pregunta que había evitado desde el
principio.
-Pilar... al final de todo lo vivido... ¿sigue amando a su marido?
Cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, había en ellos una paz
difícil de explicar.
-Sí.
Lo dijo con seguridad.
-Ya no es la pasión de la juventud. Tampoco la ilusión de los
primeros años. Ni siquiera es costumbre. Es algo más profundo. Es un
vínculo que permanece cuando casi todo lo demás ha cambiado.
Y agregó:
-Elegí amar. Y esa decisión continúa sosteniéndome. El amor
verdadero no desaparece, evoluciona. Con los años se vuelve hondura,
se vuelve ternura. Es una unión distinta con el ser amado, que funde
dos en uno, que no nace del cuerpo, sino del espíritu. Quizá sea
entonces cuando empieza a parecerse al de Dios.
Sus palabras fueron haciéndose más pausadas. Sus ojos fijos en algo
más allá, perdidos en un horizonte invisible:
-Carlos escribió, en la dedicatoria de su último libro: "Para ti, mi
amor, que sostienes el silencio cuando yo escribo”.
-¿Y cree que él todavía la ama?
Sonrió con una ternura que me conmovió.
-A su manera... sí. -afirmó sin vacilar-. No lo dice... pero lo sé.
Quizá ya no sabe cómo decirlo. O quizá yo he dejado de saber cómo
escucharlo.
Hizo una breve pausa. Aquella respuesta quedó suspendida en el aire.
Al cabo de unos segundos añadió con dulzura.
-Algunas noches, cuando cree que estoy dormida, me arropa con mucho
cuidado para no despertarme. Otras mañanas encuentro el café
preparado antes de que salga de casa. Son gestos pequeños, casi
invisibles. Muchos pensarían que no significan nada. Para mí son las
brasas que todavía quedan bajo las cenizas.
La tarde comenzaba a apagarse. Las sombras del jardín se alargaban
sobre el césped.
Formulé la última pregunta.
-Pilar... ¿se considera una mujer feliz?
No respondió inmediatamente. Miró hacia la ventana. Las últimas
hojas del otoño caían sobre el césped, como si también ellas
aceptaran el paso del tiempo.
-No soy infeliz. Perdí una hija. Apenas puedo abrazar a mi hijo. El
sueño se fue desdibujando con los años. Y, sin embargo, sigo en pie.
¿Sabes qué he descubierto? Que la soledad emocional no mata. Revela.
Nos obliga a mirarnos sin disfraces. Nos enseña que existen formas
de amar que no hacen ruido, pero sostienen una vida entera con un
sentimiento profundo, indescriptible.
Se llevó una mano al pecho.
-Cuando me miro al espejo ya no encuentro a la muchacha de veintiún
años que bailaba en primavera. Veo a una mujer que ha aprendido a
habitar el tiempo sin luchar contra él. Los años han dibujado surcos
en mi piel, pero también han ensanchado mi alma.
El viejo reloj volvió a hacerse dueño del ambiente, como si su
sonido aprobara sus palabras. Su tic-tac marcarba algo más que el
paso de los segundos.
Nos levantamos. Nos abrazamos durante unos instantes. Al salir, el
aire frío del otoño acarició mi rostro con el eco de sus palabras. Y
yo que escribía sobre soledades ajenas, me encontré cuestionando la
mía: ¿cuántas grietas habitan en mis propios lazos?
Mientras descendía lentamente por la calle cubierta de hojas secas
comprendí que existen heridas que nunca sangran y, sin embargo,
acompañan toda una vida. Pensé en cuántos matrimonios continúan
compartiendo techo, mesa y apellido mientras habitan continentes
distintos. Desde fuera parecen hogares completos; por dentro,
algunos atraviesan largos inviernos donde apenas sobrevive una
pequeña llama. La verdadera soledad no consiste siempre en carecer
de compañía, sino en dejar de creer que el amor puede seguir
creciendo cuando ha dejado de parecerse al que un día soñamos.
Seguí caminando. Volví la vista hacia la casa. Una luz brillaba
detrás de la ventana.
Me pregunté si aquel invierno era realmente invisible o si somos
nosotros quienes, por miedo, preferimos no verlo. Pilar no estaba
rota. Había aprendido a amar de otra manera. Y seguía haciéndolo...
incluso en el corazón del frío.

Emma-Margarita
R. A.-Valdés

|