La siguiente
dirección me llevó a un barrio periférico. La torre de cristal se
alzaba en las afueras de la ciudad, un espinazo de vidrio y acero
contra un cielo plomizo. En uno de sus apartamentos vivía el
profesor Fulgencio Losada. Desde sus ventanas se divisaba un
horizonte saturado de carteles luminosos, que gritaban mensajes
vacíos a una multitud que ya no escuchaba. Su nombre resonaba entre
los círculos académicos, pero para el gran público era un completo
desconocido.
Me recibió en
su despacho y me invitó a sentarme.
-Gracias por
recibirme -dije, mientras encendía la grabadora.
-No me
agradezca. Nadie viene por gratitud, sino por curiosidad -respondió.
Sonrió apenas, con una mezcla de compasión y cansancio. ¿Qué desea
saber?
Tenía 58 años,
divorciado, y su figura parecía confundirse con el mobiliario. El
estudio estaba abarrotado de libros que trepaban por las paredes
como enredaderas de papel. Las estanterías gemían bajo el peso de
volúmenes antiguos y ensayos recientes. Sobre el escritorio, un
manuscrito inconcluso -reliquia de tiempos pasados- y una taza de té
frío eran testigos de noches en vela, dedicadas a verdades que pocos
querían oír.
Su soledad se
había forjado en la brecha entre su lucidez y la indiferencia del
mundo. Solía cuestionar temas en conversaciones que terminaban en
silencios incómodos o en debates. Hablaba de ciencia, de política,
de la manipulación mediática, y los oyentes respondían con chistes o
desdén. Era la soledad de quien ve lo que otros evitan mirar. Con el
tiempo, sus advertencias se volvieron profecías cumplidas.
Descubrió que
la hostilidad de los ignorantes no brota del odio, sino del miedo.
El pensamiento ajeno los desnuda, les recuerda su fragilidad, y por
eso atacan. Empezó a medir el silencio -cada vez más largo, más
pesado- y comprendió que, detrás de muchas miradas, se ocultaba algo
peor que la ignorancia: la soberbia.
-¿Cómo se
enfrenta a esta soledad? -pregunté, mientras el rumor del tráfico
ascendía como un coro de banalidades.
Su voz se
quebró ligeramente. Tamborileaba los dedos sobre un libro abierto.
-Cada día es
un eco de incomprensión -murmuró-. Al amanecer, me despierto con
preguntas que nadie responde. Nada comparto con el mundo. Me falta
ánimo para salir a un entorno que idolatra lo efímero. A veces
participo en foros en línea; los debates fugaces son mi único
alimento. Las ideas duelen cuando rebotan en el vacío. El verdadero
intelectual no pertenece a ninguna multitud, porque toda multitud es
una forma de renuncia. Su destino no es convencer, sino resistir. La
soledad, créame, es el último privilegio de los que aún se atreven a
pensar. Sin embargo, a
veces me gustaría vivir de otra forma, ser más ingenuo, menos
introspectivo. Me gustaría volver a mi infancia, a jugar sin
analizar, rodeado de otros niños con los mismos sentimientos, con
alegría y confianza.
Él sonrió con
amargura y continuó:
-Pero sigamos
con la entrevista. Información no es conocimiento. Las redes son el
espejo de Narciso: todos se ahogan creyendo contemplarse. Nunca hubo
tantos datos y tan poca comprensión. Nunca tanta voz y tan poca
palabra.
Guardé
silencio. Había algo doloroso en aquella lucidez: una verdad que
prefería no admitir.
-¿Y usted qué
hace ante todo eso? -pregunté.
-Nada.
Observo. Escribir ya no tiene sentido. El pensamiento sin oídos es
solo un eco en el desierto. A veces creo que la ignorancia no es el
fracaso del hombre, sino su elección natural. Pensar duele, y nadie
quiere sufrir.
Usted hablaba
de la decadencia del pensamiento, de la mentira colectiva. -dije-.
¿Entonces no hay esperanza?
Fulgencio miró
por la ventana. La ciudad hervía en luces, pantallas y ruido.
-La esperanza
-respondió- es el narcótico de los conformistas. No hay evolución
donde no hay pensamiento. Hoy pensar se considera de mala educación.
Lo llaman negatividad, pero no es más que conciencia despierta en un
mundo dormido.
-¿Qué opina de
la sociedad actual? -pregunté, observando sus ojos agudos como
bisturís, que parecían abrir la realidad misma
-Vivimos en
un teatro de certezas impuestas. Los ignorantes no sólo ignoran:
militan en su ignorancia. Hablar de historia, de poder o de verdad,
es convertirse en hereje. La inteligencia se ha vuelto ofensiva.
Quizá la sociedad actual sea feliz. A mí también me gustaría ser
feliz, dejar de pensar.
Se inclinó
hacia mí, mirándome con ojos cansados, con una calma que helaba.
-Siempre
habrá unos pocos que preserven la verdad, pero serán solitarios,
incomprendidos…quizá perseguidos.
-Confiemos en
que perseveren -dije, levantándome para despedirme.
La entrevista
había terminado. Guardé mis cosas. Al llegar a la puerta, Losada
añadió suavemente:
-Escriba lo
que quiera. Al final, sus lectores sólo verán lo que sus prejuicios
les permitan ver. Las palabras son sombras en la caverna.
Salí de la
torre de cristal y me sumergí en el murmullo de la ciudad. Encendí
la radio del coche. Un tertuliano vociferaba siguiendo el guión de
turno. Por primera vez, no me sonó a debate, sino a un eco de un
pensamiento impuesto, a un eco programado. Miré el perfil de la
torre, que se perdía en la oscuridad, y comprendí que la prisión de
Fulgencio Losada no eran sus libros, sino un mundo que había
olvidado cómo pensar. La soledad más profunda no es la de estar
solo, sino oír una nota de disonancia en un coro que cree cantar en
armonía.