SOLEDAD INTELECTUAL

 

Emma-Margarita R. A.-Valdés



 

La siguiente dirección me llevó a un barrio periférico. La torre de cristal se alzaba en las afueras de la ciudad, un espinazo de vidrio y acero contra un cielo plomizo. En uno de sus apartamentos vivía el profesor Fulgencio Losada. Desde sus ventanas se divisaba un horizonte saturado de carteles luminosos, que gritaban mensajes vacíos a una multitud que ya no escuchaba. Su nombre resonaba entre los círculos académicos, pero para el gran público era un completo desconocido.

Me recibió en su despacho y me invitó a sentarme.

-Gracias por recibirme -dije, mientras encendía la grabadora.

-No me agradezca. Nadie viene por gratitud, sino por curiosidad -respondió. Sonrió apenas, con una mezcla de compasión y cansancio. ¿Qué desea saber?

Tenía 58 años, divorciado, y su figura parecía confundirse con el mobiliario. El estudio estaba abarrotado de libros que trepaban por las paredes como enredaderas de papel. Las estanterías gemían bajo el peso de volúmenes antiguos y ensayos recientes. Sobre el escritorio, un manuscrito inconcluso -reliquia de tiempos pasados- y una taza de té frío eran testigos de noches en vela, dedicadas a verdades que pocos querían oír.

Su soledad se había forjado en la brecha entre su lucidez y la indiferencia del mundo. Solía cuestionar temas en conversaciones que terminaban en silencios incómodos o en debates. Hablaba de ciencia, de política, de la manipulación mediática, y los oyentes respondían con chistes o desdén. Era la soledad de quien ve lo que otros evitan mirar. Con el tiempo, sus advertencias se volvieron profecías cumplidas.

Descubrió que la hostilidad de los ignorantes no brota del odio, sino del miedo. El pensamiento ajeno los desnuda, les recuerda su fragilidad, y por eso atacan. Empezó a medir el silencio -cada vez más largo, más pesado- y comprendió que, detrás de muchas miradas, se ocultaba algo peor que la ignorancia: la soberbia.

-¿Cómo se enfrenta a esta soledad? -pregunté, mientras el rumor del tráfico ascendía como un coro de banalidades.

Su voz se quebró ligeramente. Tamborileaba los dedos sobre un libro abierto.

-Cada día es un eco de incomprensión -murmuró-. Al amanecer, me despierto con preguntas que nadie responde. Nada comparto con el mundo. Me falta ánimo para salir a un entorno que idolatra lo efímero.  A veces participo en foros en línea; los debates fugaces son mi único alimento. Las ideas duelen cuando rebotan en el vacío. El verdadero intelectual no pertenece a ninguna multitud, porque toda multitud es una forma de renuncia. Su destino no es convencer, sino resistir. La soledad, créame, es el último privilegio de los que aún se atreven a pensar. Sin embargo, a veces me gustaría vivir de otra forma, ser más ingenuo, menos introspectivo. Me gustaría volver a mi infancia, a jugar sin analizar, rodeado de otros niños con los mismos sentimientos, con alegría y confianza.

Él sonrió con amargura y continuó:

-Pero sigamos con la entrevista. Información no es conocimiento. Las redes son el espejo de Narciso: todos se ahogan creyendo contemplarse. Nunca hubo tantos datos y tan poca comprensión. Nunca tanta voz y tan poca palabra.

Guardé silencio. Había algo doloroso en aquella lucidez: una verdad que prefería no admitir.

-¿Y usted qué hace ante todo eso? -pregunté.

-Nada. Observo. Escribir ya no tiene sentido. El pensamiento sin oídos es solo un eco en el desierto. A veces creo que la ignorancia no es el fracaso del hombre, sino su elección natural. Pensar duele, y nadie quiere sufrir.

Usted hablaba de la decadencia del pensamiento, de la mentira colectiva. -dije-. ¿Entonces no hay esperanza?

Fulgencio miró por la ventana. La ciudad hervía en luces, pantallas y ruido.

-La esperanza -respondió- es el narcótico de los conformistas. No hay evolución donde no hay pensamiento. Hoy pensar se considera de mala educación. Lo llaman negatividad, pero no es más que conciencia despierta en un mundo dormido.

-¿Qué opina de la sociedad actual? -pregunté, observando sus ojos agudos como bisturís, que parecían abrir la realidad misma

 -Vivimos en un teatro de certezas impuestas. Los ignorantes no sólo ignoran: militan en su ignorancia. Hablar de historia, de poder o de verdad, es convertirse en hereje. La inteligencia se ha vuelto ofensiva. Quizá la sociedad actual sea feliz. A mí también me gustaría ser feliz, dejar de pensar.

 Se inclinó hacia mí, mirándome con ojos cansados, con una calma que helaba.

 -Siempre habrá unos pocos que preserven la verdad, pero serán solitarios, incomprendidos…quizá perseguidos.

 -Confiemos en que perseveren -dije, levantándome para despedirme.

 La entrevista había terminado. Guardé mis cosas. Al llegar a la puerta, Losada añadió suavemente:

 -Escriba lo que quiera. Al final, sus lectores sólo verán lo que sus prejuicios les permitan ver. Las palabras son sombras en la caverna.

 Salí de la torre de cristal y me sumergí en el murmullo de la ciudad. Encendí la radio del coche. Un tertuliano vociferaba siguiendo el guión de turno. Por primera vez, no me sonó a debate, sino a un eco de un pensamiento impuesto, a un eco programado. Miré el perfil de la torre, que se perdía en la oscuridad, y comprendí que la prisión de Fulgencio Losada no eran sus libros, sino un mundo que había olvidado cómo pensar. La soledad más profunda no es la de estar solo, sino oír una nota de disonancia en un coro que cree cantar en armonía.

 

Emma-Margarita R. A.-Valdés

 


 

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