|
SOLEDAD
IMPUESTA
Emma-Margarita
R. A.-Valdés

La siguiente
dirección
me
llevó
al
corazón
de
la
ciudad,
a un
edificio
vetusto
de
muros
frágiles
donde
los
ruidos
ajenos
irrumpen
como
crueles
heraldos
del
propio
exilio
interior.
Desde
las
ventanas,
el
mar
se
divisaba
en
la
distancia,
lamiendo
las
rocas
con
un
murmullo
eterno
que
arrastraba
secretos
sepultados
en
las
profundidades
del
olvido.
José, de 82
años
y
viudo,
me
abrió
las
puertas
de
un
salón
donde
los
muebles
se
erguían
como
centinelas
de
visitas
eternamente
postergadas.
Las
cortinas
blancas,
empañadas
por
el
polvo
y la
niebla
urbana,
languidecían
sin
el
toque
de
una
mano
amorosa
que
restaurara
su
pureza.
Se
palpaba
la
orfandad
en
los
detalles
cotidianos,
abandonados
al
capricho
del
tiempo.
Sobre
la
repisa,
una
fotografía
desvaída
custodiaba
la
imagen
de
una
mujer
joven
y un
niño
radiante,
mudos
guardianes
de
un
ayer
que
se
disipaba
como
bruma
al
alba.
A su
lado,
objetos
dispersos,
tal
vez
reliquias
de
viajes
o
instantes
eternos,
susurraban
historias
silenciadas.
Su soledad no
era
un
sendero
elegido,
sino
una
escultura
tallada
por
el
cincel
inexorable
del
tiempo.
Su
esposa
se
desvaneció
como
una
ola
que
se
retrae
hacia
el
horizonte
infinito,
y su
único
hijo
partió
al
extranjero,
tejiendo
allí
una
familia
que
José
apenas
conoce.
El
abismo
se
abrió
por
una
opinión
sincera
sobre
la
novia
-hoy
esposa-
de
su
hijo,
quien,
indiscretamente,
se
lo
reveló.
Con
los
años,
la
verdad
de
José
se
confirmó,
pero
el
eco
del
daño
resonaba
irreparable,
dejando
un
vacío
que
las
llamadas
esporádicas
apenas
rozaban
como
gotas
en
un
océano
de
silencio.
Sus ojos, profundos
como
abismos,
reflejaban
un
hueco
que
ni
el
sol
podía
llenar.
Observé
cómo
su
mano
temblaba
ligeramente
al
servirme
un
té
aguado.
Un
gesto
que
intentaba
disimular.
"¿Cómo enfrenta
esta
vida
que
no
pidió?"
-inquirí,
mientras
el
aroma
salino
se
filtraba
como
un
espectro
impregnando
el
aire
con
su
salobre
melancolía.
Bajó la mirada.
Su voz tembló
al
responder,
sus
dedos
se
aferraron
al
brazo
del
sillón
mientras
murmuraba
que
era
su
destino,
que
cada
segundo
era
una
gota
de
dolor.
Y
prosiguió,
describiendo
su
rutina
con
una
franqueza
desgarradora:
-Al
amanecer
me
levanto
sin
ganas;
nada
me
espera,
nada
tengo
que
hacer.
Me
falta
fuerza
para
arreglar
mi
piso.
Por
suerte,
una
asistenta
viene
dos
días
a la
semana
para
limpiar
y
preparar
comidas
que
duran
varios
días.
También
voluntarios
de
la
parroquia
me
traen
alimentos.
Pero
vivir
sin
compañía…
eso
no
lo
arregla
nadie.
Aunque
aún
me
muevo,
lo
hago
con
gran
dificultad:
los
huesos
me
duelen
y
tengo
problemas
de
salud.
-¿Los recuerdos
le
acompañan,
o lo
hieren
o
hace
tiempo
que
no
piensa
en
el
pasado?
-pregunté,
sabiendo
que
serían
sus
únicos
compañeros
en
las
horas
muertas.
-Sí, los recuerdos
viven
en
mi
mente,
incluso
en
mis
sueños.
Mi
vida
ahora
es
un
naufragio
constante.
Cada
objeto
de
esta
casa
guarda
una
historia:
ecos
de
abrazos,
risas
compartidas,
ahora
convertidas
en
susurros.
Créame,
mi
existencia
es
como
un
desierto
que
devora
todo
lo
amado.
Pero
en
este
aislamiento,
he
aprendido
a
navegar:
recolecto
memorias
como
conchas
en
la
playa
y,
en
las
veladas
solitarias,
dialogo
mentalmente
con
mis
seres
queridos,
con
mi
esposa,
con
mi
hijo.
El
abandono
es
elocuente.
La
soledad
no
es
enemiga,
es
una
maestra
severa
que
enseña
a
valorar
lo
efímero,
que
invita
a
danzar
con
los
fantasmas
hasta
que
el
corazón
halle
paz.
En
instantes
de
flaqueza,
me
pregunto
si
no
debí
silenciar
aquella
verdad
y
hoy
mi
hijo
estaría
más
cerca,
su
esposa
más
conciliadora.
Sin
embargo,
creo
que
obré
con
rectitud,
fiel
a mi
esencia.
Afuera, la
ciudad
rugía
con
su
ritmo
implacable,
con
su
desinterés
habitual:
vecinos
que
no
se
saludan,
vidas
que
se
cruzan
sin
tocarse.
En
medio
de
ese
ruido,
de
esa
indiferencia,
comprendí
que
la
vejez
no
debería
vivirse
sin
compañía,
y
que
los
puentes
afectivos
no
se
improvisan:
se
construyen
a
tiempo.
José hablaba
sin
pausa,
dejando
que
sus
palabras
se
desbordaran
como
un
río
caudaloso,
fluían
con
una
mezcla
de
cansancio
y
lucidez
golpeando
contra
mi
alma.
En
su
voz
se
revelaba
cómo
la
soledad
involuntaria
puede
transformarse
en
un
tormento
sutil,
una
ausencia
de
cariño
y
conexión,
agravada
por
el
eco
de
decisiones
pasadas.
Hablar
parecía
abrirle
heridas,
pero
también
aliviarlo.
Al marcharme,
le
di
un
cálido
abrazo
que
él
devolvió
con
avidez,
revelando
su
hambre
de
afecto,
su
sed
profunda
de
contacto
humano.
Sentí
entonces
el
peso
de
sus
ausencias
mezclarse
con
las
mías,
y
comprendí
que,
en
un
mundo
tan
frío
e
individualista,
la
soledad
no
siempre
se
elige,
que
duele
como
una
espina
clavada
en
el
alma…
pero
la
ternura,
oh,
la
ternura
cura
como
un
bálsamo.
Al cerrarse la
puerta,
oí
un
suspiro
ahogado.
No
supe
si
era
de
alivio
o de
nostalgia,
pero
llevaba
dentro
una
verdad
sencilla,
un
recordatorio
de
que,
incluso
en
la
impuesta
quietud,
la
esperanza
de
conexión
persiste
como
una
ola
distante.
 
Emma-Margarita
R. A.-Valdés

Entrada a
VOCES EN SOLEDAD
Contenido
Relatos
Novedades. Comunicados

Si quiere enviar un mensaje recomendando
Universo Literario, pulse
AQUÍ
Añada Universo Literario a sus Favoritos

   |