SOLEDAD TRASCENDENTE

 

Emma-Margarita R. A.-Valdés

 

En las profundidades de un bosque gallego, donde los pinos centenarios susurraban plegarias al viento, vivía el Padre Manuel, un hombre de cincuenta años que había abandonado el mundo por un amor más alto: el de Dios. Antiguo profesor en una bulliciosa universidad, Manuel había elegido el sacerdocio y, tras un proceso de discernimiento y acuerdo formal con el obispo, obtuvo permiso explícito para vivir en soledad, sin profesión pública de votos.

Vivía en estricta separación del mundo, inmerso en el silencio, la oración constante y la penitencia. Había construido una pequeña capilla en su humilde cabaña de piedra, rodeada de niebla y musgo, donde el eco de la civilización se perdía entre las raíces antiguas.

Cada amanecer, se levantaba con el primer rayo de sol que se filtraba a través de las hojas, arrodillándose en oración ante un crucifijo tallado por sus propias manos. Pero en las noches más oscuras, cuando el viento aullaba como un lamento olvidado, Manuel a veces se preguntaba si su elección no era también una forma de escapar de las heridas que el mundo le había infligido: la pérdida de un amor terrenal en su juventud, que aún latía como una espina en su pecho.

Llamé a la puerta de su cabaña con un golpe suave, que rompió el silencio como una gota en un estanque. Manuel abrió, con una barba gris que enmarcaba una sonrisa serena y ojos que parecían haber visto más allá del horizonte, aunque en ese momento parpadearon con un atisbo de sorpresa, como si mi llegada desenterrara recuerdos enterrados.

-Buenos días, padre -dije, presentándome como la periodista en busca de voces solitarias-. He oído de su retiro. ¿Me concedería una charla sobre esta vida que ha elegido?

-Él inclinó la cabeza, invitándome a entrar con un gesto simple, aunque su mano tembló ligeramente al cerrar la puerta, revelando una vulnerabilidad que contrastaba con su aura de paz.

-Pasa, hermana. Dios envía visitantes cuando el corazón lo necesita. Siéntate junto al fuego.

La cabaña era un refugio ascético: un colchón de paja en el suelo, un altar con velas parpadeantes, libros de teología apilados como pilares de fe, y un aroma que evocaba la eternidad, mezclado con el sutil olor a humedad que recordaba la fragilidad de todo lo humano.

-¿Por qué dejarlo todo? -pregunté, mientras él avivaba las brasas-. ¿No extraña su misión en la parroquia, los fieles que escuchaban sus homilías, el confesionario, los jóvenes que acudían por consejos? ¿El amor humano? ¿Sus clases en la universidad?

El Padre Manuel se sentó frente a mí, cruzando las manos en el regazo, pero noté cómo sus dedos se entrelazaban con más fuerza de lo necesario, como si contuviera un torrente interior.

-No lo dejé todo; lo cambié por algo mayor. En la ciudad, enseñaba sobre Dios, pero el ruido, las clases abarrotadas, los debates interminables, el afán por el éxito, ahogaban Su voz. Aquí, en esta soledad, Dios me habla en el viento, en el canto de los búhos al atardecer, en el silencio que llena el vacío. Es un amor que no pide, solo da. El retiro no es huida, sino encuentro. Cada día, sin distracciones, moldeo mi alma como arcilla en las manos del Creador. Las horas no las mide el reloj, sino el ritmo de las oraciones. Como dice el Evangelio: "Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en secreto". Además, muchas personas vienen buscando lo que les falta, y yo las ayudo a encontrarlo. Sin embargo, confieso que. en los primeros años, el aislamiento me asaltaba con visiones de mi vida pasada: risas de estudiantes, el roce de una mano querida... Dudas que, aunque disipadas ahora, me recordaron que la fe no es un escudo inquebrantable, sino una llama que debe avivarse cada día.

Fuera, el viento agitaba las ramas como un coro invisible, acompañando sus palabras. Un pájaro pió en la distancia, y Manuel sonrió, como si reconociera un mensaje divino.

-No tengo radio ni noticias del mundo -continuó-. Leo las Escrituras cuando la luz del día lo permite y, en la noche, contemplo las estrellas como promesas eternas.

-¿No le pesa esta ausencia de compañía? -insistí, fascinada por su calma y su fe inquebrantable, pero también escéptica ante lo que parecía una idealización de la soledad.

-No. El amor a Dios es como un río subterráneo: fluye en lo profundo, nutriendo sin ser visto. Al principio, el silencio me aterrorizaba, como un espejo que reflejaba mis dudas. Pero ahora, mis dudas se han disipado. Recuerdo mi última clase: hablaba de fe, pero mi corazón estaba seco. Aquí, en soledad, he encontrado el manantial. Como promete el Señor: "El que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial de agua que salta hasta la vida eterna". Y sin embargo, en momentos de debilidad, me pregunto si este manantial no se secará algún día, si el mundo que dejé atrás no me llamará de nuevo.

Mientras charlábamos, compartió un té de hierbas recolectadas del bosque, y por un momento, su mirada se suavizó, como si mi presencia evocara ecos de su vida pasada. De pronto, un trueno lejano retumbó haciendo que ambos nos sobresaltáramos. Manuel rió suavemente, rompiendo la tensión con un toque de humanidad inesperada.

-¿Y tú, viajera? -me preguntó de pronto-. ¿Buscas respuestas en las historias ajenas porque temes escuchar tu propio silencio? En el silencio puedes oír la voz de Dios, entender la razón de tu existencia, comprender la creación y, especialmente, sentir el amor divino en la redención realizada por Cristo. "Detente y reconoce que yo soy Dios" 

Su pregunta me dejó inquieta, resonando como un eco en mi mente, y por primera vez me confronté con mi propia agitación interior: ¿era mi carrera periodística una huida similar, persiguiendo voces ajenas para evitar la mía?

Me quedé unas horas, absorbiendo su quietud, pero cuando llegó el momento de partir, una lluvia repentina azotó el bosque, obligándome a refugiarme de nuevo en la cabaña. Mientras las gotas tamborileaban en el techo como un rosario interminable, Manuel me ofreció un libro antiguo de sus estantes, un diario de sus primeros años en soledad, lleno de anotaciones crudas sobre luchas internas y visiones celestiales. "Léelo", dijo. "Quizá encuentres en mis sombras la luz que buscas".

-Prueba el sabor de la soledad divina -continuó-. No es amarga; es el vino de la eternidad, que embriaga el alma con paz.

Aquella noche, bajo la luz titilante de una vela, devoré sus palabras, y algo se rompió en mí: el muro de mi escepticismo. Al amanecer, con el bosque lavado por la tormenta, decidí quedarme unos días más, no como periodista, sino como peregrina. Manuel, con una sonrisa que ahora parecía compartida, me guió en mis primeras oraciones silenciosas. Comprendí que su retiro no era solo suyo, era una puerta abierta al infinito, invitando a otros a cruzar el umbral. En esa soledad compartida, encontré no solo a Dios, sino a mí misma, transformada por el eco de una fe que, imperfecta y humana, fluía eterna como el río subterráneo que él tanto amaba.

 

Emma-Margarita R. A.-Valdés

 

 

 

 

 

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