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SOLEDAD CREATIVA
Por
Emma-Margarita
R. A.-Valdés

En las
montañas verdes de un pequeño pueblo asturiano, donde el aire se
teñía de niebla ancestral y los ríos susurraban secretos milenarios,
vivía Ofelia, una pintora de treinta y cinco años que había huido
del bullicio de la ciudad para refugiarse en una casita aislada, un
nido olvidado en las alturas. Ofelia anhelaba la soledad; no como un
castigo, sino como un elixir vital. No era para ella un vacío
estéril, sino un espacio lleno de posibilidades: un lienzo en blanco
donde derramar sus colores sin interrupciones.
Cada mañana
despertaba con el canto de los pájaros y el susurro del viento entre
los robles. Se sentaba en el porche con una taza de café humeante y
observaba cómo el sol teñía el horizonte de oro. "Aquí estoy yo,
sola con mis pensamientos", murmuraba para sí misma, sonriendo. No
necesitaba compañía; la soledad era su musa invisible, su amante
fiel, el fuego secreto de su creación.
Llamé a su
puerta. La abrió con una mezcla de curiosidad y extrañeza; sus ojos
verdes reflejaban el bosque que la rodeaba. No esperaba visitas en
aquel santuario remoto.
-Buenos días,
Ofelia -dije extendiendo mi mano-. Soy periodista y he venido a
entrevistarla sobre su vida aquí, en las montañas. Me han dicho que
ha transformado la soledad en arte, en una fuerza que trasciende el
lienzo.
Ella dudó un
segundo, como si midiera el peso de mi presencia en su equilibrio
delicado, pero luego asintió con una sonrisa leve.
-Pasa. No
recibo muchas visitas, pero hoy el viento parece traer sorpresas. Y,
por favor, tutéame.
Me condujo a
su estudio. Un cuadro a medio pintar capturaba la esencia de un
bosque etéreo bajo la luz del amanecer: sombras que danzaban como
espíritus invocados y colores que vibraban con una intensidad casi
palpable. Parecía que el lienzo respiraba.
-¿No te
sientes sola aquí arriba? -pregunté, mientras observaba los trazos
vibrantes.
Ofelia levantó
la vista sin dejar de sostener el pincel. Sonrió con serenidad.
-No. En la
ciudad no podía trabajar tranquila: el ruido de los coches, las
sirenas, la prisa constante… Todo eso me devoraba el espíritu. Pero
esta soledad… -hizo una pausa- esta soledad es la que me conforma.
Es un abrazo que me envuelve y me permite escuchar mi propia voz sin
el ruido del mundo. Una voz que grita colores y formas en el
silencio. ¿Sabes? En la ciudad, estaba rodeada de personas, pero
nunca me sentía tan viva como ahora. Aquí el tiempo no lo dictan los
relojes, sino la luz que se filtra entre las hojas. Los días no se
miden en productividad, sino en devoción: la entrega al arte que me
define.
Desde afuera
llegaron los gritos de unas gaviotas que sobrevolaban el tejado. Una
ventana entreabierta dejaba escapar el olor de la trementina, un
perfume áspero y vivo, la fragancia misma de la creación.
-No tengo
televisión ni reloj -añadió-. Pinto cuando la luz me lo permite.
La casa era un
templo silencioso: lienzos apoyados en el suelo que parecían altares
improvisados, pinceles dormidos en frascos de vidrio, una tetera que
silbaba suavemente como un mantra continuo, y una mesa de madera
artesana adornada con un jarrón con flores silvestres recogidas en
el bosque.
-¿No te pesa
el silencio? -insistí, sintiendo cómo la quietud del lugar comenzaba
a envolverme también.
-No. El ruido
me dolía más. Era una cuchilla atravesando el alma. Estar sola es
como aprender a respirar debajo del agua: al principio ahoga, luego
se vuelve natural. Recuerdo mi primera noche aquí. El silencio era
ensordecedor, un eco de todos los gritos que había dejado atrás.
Pero ahora... ahora es mi ritmo cardíaco. Es el pulso de mi
existencia auténtica.
Mientras
hablaba, el viento golpeaba las ramas de los árboles acompañando su
confesión con ruido natural. Sus palabras tenían la textura de la
roca: firmes.
Me quedé unas
horas. Parecía que le agradaba mi compañía, un interludio inesperado
dentro de su rutina sagrada. Charlamos de sus cuadros pasados, de
una exposición que había agotado su espíritu, dejando cicatrices
invisibles y dolorosas.
-¿Extrañas
algo de la ciudad? -le pregunté finalmente, mientras tomaba un té de
hierbas que me ofreció. Era un brebaje aromático que calmaba el alma
como un bálsamo antiguo.
-Solo las
tormentas humanas -respondió-. Esas que te obligan a crecer. Pero
aquí, las tormentas son de lluvia, y limpian el alma.
Sonrió con una
chispa inesperada en la mirada y devolvió la pregunta:
-¿Y tú? ¿Por
qué buscas historias como la mía? ¿Acaso te persigue tu propia
soledad? ¿Quizás te observa desde el reflejo de tu rutina, como un
espectro que no quieres enfrentar?
Su pregunta me
inquietó. Era un espejo tendido sin avisar, capaz de revelar grietas
que yo misma ignoraba. Al despedirnos, me miró con una serenidad
profunda y dijo: -Deberías probar el sabor de la soledad deseada. No
es amarga. Es como el café de la
mañana: fuerte, pero reconfortante. Un elixir que despierta al
verdadero yo.
Al marcharme,
mientras descendía por el sendero serpenteante, el bullicio de la
ciudad comenzaba a reclamar mi mente con su lista de compromisos
pendientes. Pero algo había cambiado. Una semilla que Ofelia, sin
saberlo, había plantado en mis grietas.
Al llegar al
coche, me detuve un momento a mirar el paisaje. Su casita era apenas
una mancha blanca entre la espesura. Cerrando los ojos probé, por
primera vez en años, el verdadero silencio. No era vacío: era
presencia. La misma presencia que Ofelia había convertido en su
musa.
Al abrir los
ojos, supe que no escribiría solo sobre una pintora que había
encontrado la paz en las montañas. Escribiría sobre el espejo que
todos llevamos dentro y que el ruido del mundo nos impide
contemplar. Sobre la paradoja de que a veces hay que perderse para
encontrarse, y que la compañía más auténtica puede ser la de uno
mismo.
El motor
arrancó, pero esta vez no encendí la radio. Dejé que el zumbido del
vehículo se mezclara con el eco de sus palabras. "Un elixir que
despierta al verdadero yo", había dicho. Quizás, solo quizás, estaba
lista para probarlo.

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