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DE CELESTIAL ESTIRPE
Sobre el Evangelio de San Juan, capítulo VIII
Por:
Emma-Margarita R. A.-Valdés

A una mujer adúltera
pusieron en el centro ante Jesús.
Por la ley de Moisés
sería apedreada, pues faltó a su virtud.
Sólo la hembra comete el adulterio,
el varón está exento, es práctica común.
Con labios engañosos y doble corazón
le dicen a Jesús: ¿y tú qué harías?.
Permanece en silencio
sólo traza en el suelo una grafía.
Desean derribarle, esperan que responda
y en que rompa la ley de Dios confían.
Insisten y Él les dice
que el justo tire la primera piedra.
Mas ninguno está libre de pecado,
les grita la conciencia.
Despacio, poco a poco, se van yendo
por el túnel oscuro de pública vergüenza.
Nadie la ha condenado.
Jesús, que la perdona, dice que se arrepienta.
Vuelve Jesús al templo a predicar.
Él es la luz del mundo, el que le siga
jamás caminará entre las tinieblas,
tendrá luz de la Vida.
No dan su testimonio como válido,
son dos testigos los que se precisan.
Su testigo es Dios Padre,
no saben que es el Padre quien le envía.
Los que escuchan y siguen la Palabra
gozarán la Verdad y serán libres,
no probarán la muerte,
serán como lo fueron en el lejano origen.
Jesús, Verbo encarnado,
existió antes que Abraham y aún existe,
Él es y sigue siendo,
en Trinidad, de celestial estirpe.
  
Emma-Margarita R. A.-Valdés


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