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Sus fieles seguidores, sus hermanos,
volvieron al cenáculo afligidos,
asustados, temiendo ser cogidos
y recibir la muerte por villanos.

Van a ungir el cadáver con sus manos
las mujeres, ahogando sus plañidos,
no están todos los ritos conseguidos
y piensan que los riesgos no son vanos.

Al llegar al sepulcro se asombraron
por encontrar la piedra removida
y a un ángel que les dice: No está aquí.

Alteradas, corriendo, se alejaron
con el alma exaltada, conmovida,
a ver entre los vivos al
Rabbí.

Jesucristo se muestra a las mujeres,
les anuncia su marcha a Galilea,
que lo digan sin miedo a la asamblea,
allí se informarán de sus poderes.

Todos dudan, pues son los pareceres
femeninos, y su dolor sortea,
con locas fantasías, la marea
de impaciencias, deseos y
quereres.

Juan y Pedro deciden comprobarlo.
Allí estaban los lienzos recogidos
y el sepulcro vacío, abandonado.

Los soldados dispuestos a velarlo
huyeron del lugar, despavoridos,
¡el Mesías había resucitado!.

Los once a Galilea se encaminan
al cerro que Jesús les ha indicado,
cuando le ven venir, resucitado,
ante su gloria espléndida se inclinan.

Cuarenta días junto a Él se hacinan,
les promete que siempre irá a su lado,
que no teman, poder le ha sido dado,
sus palabras la inmensidad dominan.

Su mandato es que vayan por el mundo
bautizando en la Santa Trinidad
y salvando a las almas en su nombre.

Enviará al Espíritu fecundo
que con sus siete dones da la paz
y diviniza el ámbito del hombre.
  
En mp3, recitada por la autora. Pulsar
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Emma-Margarita
R. A.-Valdés

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