|
LA PLAYA DE TORREMOLINOS
1
— LA BAJADA A LA PLAYA
Por la escalinata de la iglesia de San Miguel
Hermosa mañana de sol y calma. Inicio lentamente el descenso
a la playa.
Pasado el primer recodo del camino me sorprende un estallido
de luz, color y música. Un brillante cuadro sonoro con el
fulgor de encaladas fachadas enmarcadas por el mar y el
monte. Innumerables tenderetes, con diversidad de objetos,
muestran sus expositores pletóricos de mercancías. Sacuden
el ansia reprimida de los veraneantes, ávidos de fantasías.
Forman como un enorme collar cuyas cuentas se derraman hasta
el final del camino.
Envuelve el paisaje los tambores de los juglares callejeros
mendigando sus vacaciones. Un acordeón desgarra un viejo
tango; sus rancias notas contrastan fuertemente con la
luminosidad del lugar, como si llegaran de un antro nocturno
inundado de humo y alcohol.
Surge un sentimiento extraño ante esta mezcla de acordeón,
tenderetes, tango, sevillanas, alegría, nostalgia, luz…

Sigo descendiendo, embriagándome con aromas de flores y
cremas veraniegas, entre relojes, cuadros y exóticos objetos
destinados a convertirse en recuerdos de unas vacaciones.
Empapa el ambiente la fuerte y ronca voz de un cantante de
rock, que emula a los principales del momento. Le acompaña
una guitarrista semidesnuda. Sus tostados y juveniles
cuerpos se agitan convulsivamente al compás de la música,
mientras van cayendo gotas de dinero en la funda de la
guitarra. Son la dádiva de los veraneantes a cambio de
disfrutar, por un instante, de un voluptuoso sueño.
Continúo avanzando. Veo, en un ángulo, casi escondida, una
vieja gitana ataviada con ropa negra absorbiendo todo el
calor del sol. Contempla estática nuestra pintoresca
procesión tras el delirio del verano. Su mano morena está
extendida y abierta, ejerce su oficio. Me estremece una
ráfaga de tristeza.
De
pronto me sacan de mis pensamientos el estruendo de los
platillos y las castañuelas, el son del tambor y los niños
bailando, acompañados de un extraño mono saltarín
cómicamente vestido. Me detengo un momento. Debo seguir
caminando.
El
siguiente paso se cubre de encajes, puntillas, mantelerías,
colchas…, todo un vaporoso mundo blanco de artística
filigrana y, a su lado, otra vez la nota negra de una mujer
morena, recia, firme. En su rostro las arrugas de su
constante lucha por la vida, de sus amargas vivencias. Es la
oscura sombra de la supervivencia entre la blancura del
ambiente alegre y despreocupado.
Al
final, doblando la esquina de una vieja pensión sin
estrellas y de un inoportuno olor a pollo asado, tropiezo de
frente con un hermoso chalecito, cuajado de flores de todos
los colores, llenas de vigor, pletóricas, exuberantes,
alimentadas con el clima, el paisaje, la luz, la música, la
alegría…
Me
siento igual que esas flores, mi piel está despertando del
letargo invernal, caliente, latiendo, no sé si por el sol o
por el torbellino de sensaciones que en la bajada a la playa
me inundaron.
¡Por fin, el mar! Inmenso, majestuoso, como esperando;
eternamente azul, azul, azul...

2
— LA PLAYA
Horizonte grandioso, impresionante, infinito. ¡Qué bella,
qué perfecta es tu creación, Dios mío!
Numerosos puntos blancos se deslizan suavemente por la
azogada superficie del agua, veleros como alas de gaviotas
surcan el horizonte. Riente rumor de pequeñas olas que lamen
la superficie de la arena.
Tactac… las pelotas rebotan sobre raquetas de madera. Voces
salpicando el aire aquí y allá. Incesante ir y venir de
cuerpos ataviados con bañadores multicolores cubriendo
parcialmente la bronceada piel. Carne por todas partes:
blanca, cual ternera de Ávila; roja, de vaca vieja; negra,
de toro bravo sacrificado en una plaza muy española. Es
curioso que, cuando los seres humanos son sólo carne, cuando
han desaparecido las etiquetas del ropaje, aún permanecen
las diferencias atávicas.

Y
olores, olores de todo tipo de cremas: a almendras, a macho
cabrío, a condimento casero (como si algo se estuviera
asando continuamente), a espeto y, a veces, a perfume
francés.
Pechos desnudos de mujer, muchos pechos, por todas partes,
algunos erguidos, otros colgantes, otros turgentes (producto
de cirugía), muy pocos bellos, pero todos incómodos, nunca
indiferentes.
Tangas de hilo, mínimos bañadores que son disfraces de un
desnudo total; diminutas fronteras de tela que pretenden
poner límites al pudor mientras convierten la playa en un
escaparate de carne al sol. La moda ha decretado que
cubrirse es casi una extravagancia y exhibirse, una forma de
libertad; generosa en sus concesiones, parece haber abolido
hasta los últimos vestigios del misterio.
Torsos masculinos, unos robustos, morenos, musculosos, otros
pálidos y enclenques. Por lo general, los hombres tienen más
pudor, llevan bañadores amplios que apenas dejan vislumbrar
su hombría.

Parejas que se masajean abrillantando la piel. ¡Qué hermosa
es la piel! ¡Qué perfecta es!
Niños inquietos, juguetones, ruidosos, gritando al contacto
del agua, que es también, como ellos, juguetona.
Pasa un adolescente aireando música. ¡Qué buen invento los
auriculares! El ruido contamina la armonía del conjunto,
emponzoñando la naturaleza con el grito de la civilización.
Siento calor; el mar está en calma, seductor. Voy a dejarme
abrazar por el agua fresca y azul, azul, azul...

Emma-Margarita R. A.-Valdés
|