Asomada a mi estática ventana
miro la calle gris,
veo el paisaje desde mi atalaya,
la huellas invisibles
del lento paso de la vida extraña,
taconeo de pies sobre el asfalto
hacia el punto final de la jornada.
Ir y venir continuo
cual toros sin cabestro, en su mortal andanza.
¿En pos de qué destino, de qué meta,
se moviliza el alma?
Fachadas enlucidas de humo y polvo,
árboles verdinegros, mortecinos,
metálicos adornos,
bancos de piedra en un jardín desértico…
Un paisaje monótono
con una luz difusa, aire contaminado
y ruidos angustiosos.
Negra noche sin luna, sin estrellas,
se ilumina con luces de múltiples colores.
Un tráfico incesante que enajena,
faros rojos y blancos,
cual la vida y la muerte que aletea.
Luces en las ventanas,
flores marchitas, desagradables rejas,
seres encarcelados, vidas entrelazadas
con los sueños de realidad diversa.
Nuevo día traerá la noche negra,
será igual que la noche la mañana.
Se abrirá mi ventana con la espera
de encontrar el edén imaginado
lejos de la tristeza.
Y volverá otra vez la noche oscura
sin luna y sin estrellas.