UN PASEO POR EL PARQUE

Emma-Margarita R. A.-Valdés

 

 

¡Qué mañana tan espléndida! El sol brilla y el aire cálido me envuelve con una ternura casi olvidada. Es primavera y todo parece despertar tras los días grises que quedaron atrás. Hace años que no salgo a pasear sin mirar el reloj. Esta mañana de primavera, el sol parece haber decidido esperar por mí. Siento el deseo de salir, de sumergirme en la brisa fresca y en los aromas de la estación. Me visto con las prendas más alegres de mi armario, aunque en el fondo sé que no son más que colores sobre una existencia monocromática, a causa de un trabajo que, sin darme cuenta, me impidió vivir plenamente.

 

Camino sin prisa hacia el parque con un libro bajo el brazo, dispuesta a disfrutar del placer del arte y para sentirme acompañada. Años atrás, habría ido con él. Pero el tiempo es una sombra escurridiza y la vida no espera.

 

El parque muestra el abandono de los últimos meses, aunque la primavera comienza a rescatarlo. Entre la tierra reseca brotan pequeños brotes verdes y algunas flores se empeñan en devolverle la alegría. Un olor a tierra húmeda se extiende por el ambiente templado de la mañana y se mezcla con el de la madera desgastada de los bancos. Aun así, hay algo hermoso en su imperfección, una alegría palpable. A mi alrededor, los chavales corren y ríen, ajenos a cualquier tristeza, mientras sus madres conversan mirándolos llenas de ternura. Y comprendo lo que algunos llaman la alegría de vivir.

 

Mis ojos se posan en un niño de rizos oscuros y sonrisa despreocupada. Corre, cae, se levanta riendo. Algo en su risa despierta un eco antiguo en mí, un destello de una historia que nunca fue. Mis pensamientos me traicionan. Imagino, por un instante, que ese pequeño es mío, que es nuestro, fruto del amor que un día tuvimos y que nunca llegó a consumarse.

 

Cierro los ojos y me dejo arrastrar por la memoria. Vuelvo a aquel día. Él estaba frente a mí, con esa expresión entre ilusionada y temerosa. “¿Y si lo intentamos?”, dijo. “¿Y si formamos una familia?” Yo lo amaba, pero mi respuesta salió rápida: “No es el momento. Tengo que enfocarme en mi carrera”. Lo dije con una seguridad que hoy me estremece. Pero no miré sus ojos lo suficiente para notar cómo se apagaban.

 

Pensé que era lo mejor. Me convencí de que había tomado la decisión correcta. Durante años dirigí equipos, inauguré proyectos y crucé aeropuertos convencida de que el éxito podía llenar cualquier vacío. Llegaron los ascensos, los viajes, los premios... y, casi sin advertirlo, también el silencio. Pero nunca volvió otra pregunta como aquella.

 

Años después, entendí que se alejaba la vida que no me atreví a vivir. Hoy estoy sola en una casa vacía, sin la risa de la inocencia, con el cuerpo estéril y el alma sedienta de amor. En aquel tiempo pensé que siempre habría otro momento. No imaginé que los años fueran cerrando, uno tras otro, las puertas que creía eternamente abiertas.

 

Abro los ojos. El niño sigue jugando sin saber que fue mío en un mundo que nunca existió. Sonrío con amargura. No se puede llorar por lo que nunca se tuvo…

 

Este chiquillo despertó en mi corazón un sentimiento dormido: el anhelo de una familia, la calidez de un hogar que no tuve. Fue un instante luminoso, pleno de sol.

 

Ahora lo comprendo. Mi culpa es el egoísmo. Me di cuenta, demasiado tarde, de que había confundido el éxito con la plenitud. Me habían ofrecido un trabajo mejor pagado y con mayor relevancia, y lo había aceptado encantada y orgullosa.

 

Durante aquel breve intervalo, en el que soñé con la maternidad, fui feliz. Pero la felicidad es efímera, apenas se posa. Cuando creemos abrazarla, ya ha emprendido el vuelo, es un destello que se apaga en la sombra. El niño seguirá jugando, ajeno a mi triste mirada cargada de anhelos, mientras la mente me susurrará, cruel y clara, que el tiempo jamás desanda sus pasos.

 

 Me alejo del parque, sintiendo que el viento arrastra no solo las hojas secas, sino también los restos de un sueño que nunca llegué a abrazar. Sé que el pasado no se repite, pero, por primera vez, me pregunto si aún queda algo por qué vivir.

 

Al volver la vista, el niño seguía corriendo entre las flores. Sonreí. La vida no siempre concede aquello que soñamos, pero aún puede florecer una primavera tardía.

 

Me voy con una certeza extraña: tal vez el destino no devuelve lo que dejamos ir, pero sí ofrece caminos nuevos. Y esta vez, no pienso ignorarlos. 

Emma-Margarita R. A.-Valdés

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