No todos los
héroes llevan
bata, pero
Rafael sí. La
suya estaba
siempre
ligeramente
arrugada,
manchada de
humanidad, de
lágrimas, de
suspiros.
Aquella bata
había sido
testigo de
jornadas
interminables,
de consuelos
discretos, de
silencios
cargados de
empatía...
Representaba una
vida… y una
despedida.
Era un médico de
ojos atentos y
corazón
compasivo, de
los que saben
que la medicina
es amor y que
hay enfermos que
no piden cura,
sino partida.
A menudo, al
final del día,
se quedaba solo
en su despacho,
contemplando
informes médicos
que ya nada
podían cambiar.
En su mente, los
rostros de los
pacientes
seguían vivos y,
en su alma, la
pregunta
persistente de
si había hecho
lo correcto,
como una sombra
que nunca lo
abandonaba.
Desde que entró
en vigor la Ley
Orgánica de
Regulación de la
Eutanasia, tuvo
que enfrentarse
a pacientes que
solicitaban
acogerse a ella.
Su vocación, sin
embargo,
consistía en
aliviar el
sufrimiento sin
precipitar la
muerte,
procurando
siempre
alternativas que
devolvieran
sentido a la
existencia y
mantuvieran la
excelsa dignidad
del ser humano,
ofreciéndole al
enfermo el
control y la
autonomía. Lo
hacía por
inclinación: la
de quienes
comprenden que
el sufrimiento
no siempre tiene
sentido, pero sí
puede encontrar
un final noble.
Escuchaba a los
pacientes
atentamente, con
una ternura que
les serenaba;
tejía alivios
con palabras,
con cuidados,
con tiempo.
Evitar la
eutanasia era su
brújula en el
naufragio. Los
acompañaba en
momentos
esenciales, en
los que la vida
parece perder su
valor.
Recordaba, de
una manera
especial, cinco
episodios que se
grabaron en su
alma, como un
susurro que no
se olvida:
Capítulo I
La habitación
del hospital
olía a limpieza,
a historias
pasadas, a ecos
de días alegres
y tristes. Esta
mañana, tendido
en la cama
articulada,
reposaba Arturo.
Un hombre
fornido,
periodista de
guerra,
acostumbrado a
ser testigo de
horrores ajenos.
Esta vez, el
dolor era suyo.
Su espalda era
puro tormento,
un dolor
insoportable,
que le
desgarraba.
Necesitaba
morfina o morir.
Llegó la hora de
la revisión
médica, Rafael,
médico del
hospital, se
acercó a la cama
y le preguntó:
— ¿Sigue el
dolor? ¿Te lo
atenúa el
tratamiento?
La voz del
doctor poseía un
tono especial,
grave pero
dulce,
acariciadora,
tenía la
cualidad de
sosegar a los
pacientes.
Arturo no
respondió.
Rafael dijo,
sonriendo:
—Te veo bien. El
dolor sigue
fuerte, ¿verdad?
Hay otras formas
de aliviarte.
Eres joven aún.
La ciencia
avanza… a veces
más de lo que
creemos
Arturo tampoco
contestó. Giró
la cabeza sobre
la almohada y
cerró los ojos.
Mientras piensas
tu respuesta,
hablaremos de
otros asuntos.
—Estoy pensando
en lo que has
luchado en tu
trabajo, en las
experiencias que
has acumulado.
Podrías escribir
tus memorias, un
interesante
libro para
ayudar a los que
se encuentren en
las situaciones
que tú has
conocido. No
necesitas
escribirlo
físicamente. Hay
personas que se
dedican a
escribir para
ayudar a otros.
Tú contarías tus
vivencias y el
escritor las
puliría y las
escribiría ¿Qué
opinas?
Arturo pareció
revivir. Apretó
el botón de la
cama para elevar
su espalda. En
su mirada había
un nuevo brillo,
el brillo de la
ilusión.
— ¿Me ayudarías?
—preguntó al
doctor con
impaciencia.
— ¡Pues claro
que sí,
encantado! Hoy
mismo hablo con
mi amigo el
editor,
prepararemos la
entrevista con
el escritor.
—Ahora tengo que
irme, me espera
otro paciente.
Mientras
caminaba por el
largo y frío
pasillo del
hospital,
pensaba: La
ilusión es la
mejor medicina.
A veces una
razón para vivir
calma más que un
analgésico.
Capítulo II
Otro caso que
recuerda con
claridad es el
de Marta,
postrada en la
cama, sumida en
una somnolencia
inducida por la
medicación.
Cuando el cáncer
regresó, lo
aceptó sin
drama. Pero el
padecer era otra
cosa. Las
noches, pozos
interminables de
gritos ahogados
y lágrimas
solitarias.
Rafael,
acostumbrado al
sufrimiento
ajeno, no pudo
evitar
estremecerse… Le
ofreció una
alternativa:
sedación
paliativa
continua. Le
habló con
claridad y
verdad, como
solía hacerlo:
—Sabes que lo
que soportas no
tiene vuelta
atrás. También
hay soluciones
drásticas. Eres
libre de elegir.
Yo no puedo
influir en tus
decisiones.
Marta suspiró.
—Lo sé —dijo.
—Te refieres a
la eutanasia. No
es una solución
para mí. Quiero
morir con
honestidad, así
que no alargues
mis días con
procedimientos
inútiles. Deja
que la
naturaleza siga
su curso.
¿Cuánto tiempo
me queda?
—Sin
tratamiento,
unos días. Quizá
algo más.
—De acuerdo
—respondió Marta
con seguridad—.
Hasta ese
momento, acepto
los cuidados
paliativos.
La luz del
atardecer se
filtraba tímida
por la ventana.
Rafael salió con
el alma
resonando como
una campana
después del
tañido. La
dignidad de
Marta se le
había quedado
pegada a los
párpados, como
una llama suave
que no se apaga.
Pensaba en su
entereza, en esa
manera de morir
que era, en
verdad, una
forma pura de
vivir.
Nunca aplicó la
eutanasia. Como
médico, su
misión era
ayudar, no
imponer un final
Capítulo III
En la siguiente
habitación
estaba Laura, de
35 años, con una
lesión medular.
Había sido
instructora de
parapente. Una
ráfaga
inesperada
cambió su camino
en un segundo.
Quedó
tetrapléjica.
Sin movilidad,
sin control de
esfínteres, sin
capacidad para
valerse. Tras
dos años de
rehabilitación,
no había
avances. “Mi
vida no es
vida”, decía.
Rafael conocía
el caso desde el
accidente. Le
propuso una
silla
automatizada,
rehabilitación
emocional,
incluso
voluntariado
online.
Laura respondió
con firmeza:
—No quiero
seguir. Esto no
es tristeza, es
humillación
diaria. Solicita
la eutanasia,
cuanto antes
mejor. ¡Ya!,
exclamó.
El doctor sacó
de su bolsillo
un archivo
digital. Le
dijo:
—Permíteme que
te muestre esto.
Míralo en tu
ordenador.
El archivo
contenía escenas
de algunos
chicos
parapléjicos
compitiendo en
deportes, otros
trabajando o
estudiando, con
sus sillas de
ruedas y sus
rostros felices.
Al principio los
miró con cierta
distancia, como
si no fueran
reales. Pero,
poco a poco, la
curiosidad
venció al
escepticismo. La
sorpresa se
transformó en
emoción.
Cuando el vídeo
terminó, los
ojos de Laura
estaban anegados
en lágrimas. Vio
en las imágenes
una posibilidad
que no se había
permitido
imaginar: verse
rodeada de
amigos, con
risas, desafíos
y motivos para
levantarse cada
mañana. Decidió
guardar la
solicitud. No
porque su cuerpo
cambiara, sino
porque cambió su
forma de
habitarlo.
Rafael, al
enterarse de su
resolución, tomó
su mano y la
apretó con
dulzura.
— ¡Ánimo! —dijo.
Te espera la
vida.
El sol entraba
como una caricia
tibia, dibujando
sobre las
sábanas el mapa
secreto de la
esperanza. La
habitación,
antes gris,
parecía brillar.
Era como si la
energía hubiera
regresado de
puntillas, con
un ramo de
posibilidades
entre las manos.
—Hasta mañana
—dijo.
—Por ahora
seguiremos con
los paliativos
—añadió—. Más
adelante, quizá
podamos pensar
en una
operación.
Tras él, se
cerró la puerta,
dejando en el
interior un
nuevo
nacimiento.
Capítulo IV
Cuando Rafael
entró en la
habitación,
encontró una
pareja anciana,
cogidos de la
mano. Reflejaban
la dulzura que
nace del amor
verdadero. Dijo:
—Soy el doctor
que sustituye al
Dr. Jiménez. He
revisado su
historial
clínico, pero
necesito conocer
su historia
personal. ¿Cuál
es la relación
entre ustedes?
¿Son matrimonio,
amigos o
familiares?
—Hago estas
preguntas para
conocer mejor a
mis pacientes y
así poder
aplicar el
tratamiento
adecuado,
considerando
también su
estado
emocional.
Él reposaba
dulcemente.
Tenía ochenta y
dos años y los
pulmones
cansados.
—Yo me llamo
Juan y ella es
Luisa. Acabamos
de casarnos por
lo civil y por
la iglesia,
aquí, con el
sacerdote
destinado a este
hospital, el
capellán.
Llevamos muchos
años juntos y,
ni ella ni yo,
queremos morir
sin arreglar
nuestros asuntos
en la tierra y
en el cielo.
— ¿Cuánto tiempo
me queda?
—preguntó Juan.
—Por el
historial, no
mucho.
Nunca mentía,
creía que las
personas debían
conocer la
verdad sobre
cómo y cuándo
llegaría el
final. Era su
manera de lidiar
con la
incertidumbre,
una
incertidumbre
que, como una
enredadera,
ascendía al
cerebro,
trayendo consigo
la inquietud
propia de no
saber qué depara
el futuro.
—Doctor —dijo
Juan, con tono
suplicante—. No
quiero que
adelanten mi
muerte, ni que
la retrasen
sometiéndome a
un sufrimiento
innecesario. Sé
que no estaré
mucho tiempo
más. Lo que
dure, quiero
estar al lado de
Luisa, con su
cariño de
siempre.
Despedirnos con
un beso, el
último de un
amor pleno que
seguirá en la
eternidad.
Rafael se
emocionó. Luisa
y Juan le
recordaban a sus
padres y al amor
que compartían.
Sus ojos, llenos
de nostalgia, se
humedecieron con
antiguas
lágrimas. Al
cerrar la
puerta, pensó: a
veces, curar no
es sólo tratar
el cuerpo: es
entender lo que
el espíritu
necesita.
Juan murió tres
días después. Lo
hizo con una
sonrisa en los
labios, como
quien, tras el
azul intenso del
cielo, encuentra
la paz que
conocía.
Capítulo V
Ernesto tenía
cincuenta y dos
años y usaba
bastón por una
lesión en la
columna, pero su
alma bailaba.
Era profesor de
literatura, y
cada miércoles
organizaba
pequeñas
tertulias sobre
poesía, estilo
literario que
practicaba con
pasión.
Una tarde,
cuando paseaba
por el jardín de
su casa, cayó al
suelo, con tan
mala fortuna
que, del golpe,
entró en coma.
La caída fue
como si el
tiempo se
detuviera.
Ernesto yacía
entre los
rosales que él
mismo había
plantado.
En el hospital,
los diagnósticos
no tardaron en
llegar:
traumatismo
craneoencefálico
severo. El golpe
lo había sumido
en un coma del
que, según los
neurólogos,
sería difícil
regresar.
La familia,
cansada de ver
el cuerpo
inmóvil de
Ernesto día tras
día, comenzó a
hablar en voz
baja. ¿Qué
sentido tenía
prolongar una
vida sin
consciencia? Fue
su hermana,
Clara, quien
primero
pronunció la
palabra que lo
cambiaría todo:
eutanasia.
El doctor, con
muchos años de
servicio en
aquel hospital,
escuchó la
propuesta con el
ceño fruncido y
el corazón
encogido. Guardó
un silencio más
largo de lo
habitual. Con
firmeza dijo:
—Ernesto no está
muerto. Y
mientras haya un
latido, una
mínima
posibilidad, no
voy a permitir
que lo
desconecten.
Habló como si se
tratara de un
amigo cercano.
—Pero doctor
—insistió Clara,
con profunda
tristeza—, no
puede hablar, no
puede moverse.
Esto no es vida.
Él la miró.
Sabía que tenía
parte de razón,
pero también
sabía que los
milagros no
siempre se
anuncian con
trompetas.
Algunos llegan
sin previo
aviso. Recordó
el caso de
Munira Abdulla,
que despertó del
coma 27 años
después de
sufrir un
accidente de
tránsito; tenía
32 años y una
lesión cerebral
grave. También
pensó en Martín
Pistorius, que
salió del coma a
los 10 años, y
en tantos otros…
Pasó el tiempo.
Primavera. Luego
verano. Las
flores del
jardín de
Ernesto seguían
creciendo,
cuidadas por
manos ajenas. En
la habitación
307 del
hospital, el
cuerpo de
Ernesto
permanecía
quieto, pero no
vacío. Rafael,
siempre que
podía, le
hablaba. Era
conveniente. Le
leía fragmentos
de varios
poetas, le
comentaba sobre
las tertulias de
los “Miércoles
de Poesía”. Como
si esas palabras
fueran semillas.
Y una mañana de
otoño, cuando
los árboles del
hospital
comenzaban a
dejar caer sus
hojas, Ernesto
movió un dedo.
Al principio,
nadie lo notó.
Fue apenas un
reflejo. Pero al
día siguiente,
movió el
párpado. Luego,
sus labios
intentaron
formar una
palabra.
Rafael estaba
allí. Había
aprendido a
reconocer los
pequeños
milagros. Se
acercó, le tomó
la mano, y con
voz suave le
dijo:
—Bienvenido de
vuelta,
profesor.
Los
especialistas
comenzaron a
reconocer que el
progreso era
innegable. El
diagnóstico
seguía siendo
grave. Pero la
conciencia,
contra todo
pronóstico,
comenzaba a
regresar.
Quince días
después, Ernesto
pudo pronunciar
su primera
palabra. Fue un
susurro apenas
audible, rasposo
y débil. Pero
cuando lo hizo,
el médico estaba
allí. La
quietud de la
habitación se
quebró con una
sola palabra:
— ¿Miércoles?
Rafael contuvo
la emoción.
Sabía bien lo
que esa palabra
significaba:
Ernesto no había
olvidado sus
tertulias.
Los familiares,
al enterarse,
volvieron al
hospital con una
mezcla de
vergüenza y
alivio. Clara
lloró junto a la
cama, pidiendo
perdón con la
mirada. El
doctor no dijo
nada. No hacía
falta. Sólo
colocó sobre la
mesa un pequeño
cuaderno, uno
que había
rescatado de la
casa de Ernesto,
lleno de
anotaciones
literarias y
frases
dispersas.
—Todavía tienes
cosas que
escribir —dijo.
Y Ernesto,
débil, pero
consciente,
asintió.
El médico, desde
la puerta,
sonrió. El alma
no se jubila
—pensó—. Sólo
necesita nuevos
escenarios donde
bailar.
EPÍLOGO
Rafael camina
por los pasillos
vacíos del
hospital. Las
luces
fluorescentes
zumban
suavemente, como
si también
guardaran
recuerdos. El
silencio lo
acompaña, como
un viejo amigo
que conoce
demasiadas
historias.
Entra en su
despacho. Sobre
el escritorio
descansa un
cuaderno. Lo
abre. Sus
páginas rebosan
nombres, fechas,
notas y frases
que no caben en
ningún
diagnóstico. Son
huellas. Ecos.
Retazos de vida
que no aparecen
en un informe ni
se archivan en
un expediente.
Cierra el
cuaderno. Mira
por la ventana.
Afuera, amanece.
El cielo empieza
a desteñirse en
tonos suaves,
como si la noche
se rindiera poco
a poco a la
esperanza.
Y entonces, como
otras veces, se
dijo:
—La existencia
siempre nos
lleva hacia
aquello para lo
que fuimos
llamados
En su infancia,
los hospitales
le producían
rechazo. Nunca
se vio a sí
mismo como
enfermero o
médico. Quería
ser detective,
desvelar
misterios,
descifrar lo
oculto. Pero la
enfermedad
incurable de su
madre, y aquella
prolongada
estancia en los
pasillos del
dolor, lo
llevaron hacia
otro destino,
hacia la
medicina, para
ayudar, curar.
Como aquellos
médicos que
intentaron
sostener lo
insostenible.
Y ahora, tantos
años después, se
siente útil.
La vida no se
mide en años, ni
en salud, ni
siquiera en
momentos felices
—piensa—. Se
mide en esos
instantes
esenciales que
nos muestran
como realmente
somos: humanos.
Cuando alguien
nos abraza nos
recuerda que aún
estamos aquí,
completos,
vivos.
Sonríe. Ha sido
testigo de esos
instantes. Y
mientras quede
uno más por
vivir, su
vocación seguirá
latiendo. Y
entonces, como
otras veces,
repitió: la
existencia
siempre nos
lleva hacia
aquello para lo
que fuimos
llamados.