LOS ÚLTIMOS TESTIGOS

 

Por Emma-Margarita R. A.-Valdés

 

 

En la terraza del café La Esperanza, bajo un sol que agonizaba, lento y pesado como un latido moribundo, cuatro ancianos se reúnen cada tarde, fieles a un ritual que el tiempo aún no ha conseguido borrar. Son los últimos vestigios de una época que olía a pan recién hecho, a ropa tendida al sol y a calles donde la prisa todavía no había aprendido a caminar. Enrique, de 78 años, contable jubilado que manejó cifras sin calcular el precio del espíritu; Ofelia, de 74, maestra y directora de escuela, forjadora de mentes jóvenes con paciencia de artesana; Víctor, de 85, profesor de literatura, guardián de palabras que aún arden; y Graciela, de 79, ama de casa, el corazón resistente de su nido.

 

Ofelia y Víctor, unidos por cincuenta y dos años de amor y promesas compartidas, formaron una familia con cuatro hijos (tres varones y una mujer) y dos nietos que prolongan, en cada gesto, la memoria de su sangre. Enrique, viudo y sin descendencia, arrastra desde la muerte de su esposa un invierno que nunca termina. Graciela, marcada por una traición que la dejó sola hace treinta y cinco años, sacó adelante a sus dos hijos con la ternura de quien ama y la fortaleza de quien no tuvo otra elección. Ellos crecieron en años, aunque no siempre lograron dejar atrás el laberinto de sus propias heridas.

 

Nadie habría imaginado, al verlos llegar aquella tarde, que cada uno cargaba una derrota distinta. Enrique camina despacio por la artrosis; Víctor, por prudencia; Ofelia, porque nunca ha sabido correr; y Graciela, porque lleva media vida esperando que un hijo llame al teléfono.

 

El mundo se ha convertido en una maraña de luces artificiales y resonancias digitales, un paisaje donde los recuerdos se destiñen, igual que las viejas fotografías. Los rascacielos de cristal se yerguen como una nueva Torre de Babel, ambiciosas y vulnerables. El aire lleva promesas rotas vendidas por demagogos, pan rancio envuelto en oropel.

 

Esta tarde, la brisa trae olor a jazmines y evocaciones, tejiendo el velo del pasado. La terraza semeja la página amarillenta de un libro antiguo, escrita con una tinta que ya nadie reconoce.  Las tazas y los vasos relucen bajo la luz del atardecer y ellos, como figuras de un santoral olvidado, resisten en silencio la brisa de la indiferencia.  Los camareros giran a su alrededor, espectros de una modernidad apresurada.

 

Durante unos segundos ninguno habla. No era un silencio incómodo. Era el de quienes ya no necesitan rellenar todos los huecos con palabras. Bastaba ver la plaza para saber qué pensaba el otro.

 

Un camarero deja café, vino y una pequeña fuente de almendras tostadas.

 

Ofelia inicia el diálogo como quien abre un arca de tesoros polvorientos, siempre con ese tono pedagógico que arrastra desde el aula:

 

-Cada vez que vengo aquí… No sé… tengo la sensación de caminar por un bosque abandonado. ¿Qué fue de aquella plaza que nos vio crecer? Se esfumó.

 

-No se esfumó -la corta Enrique, señalando con la barbilla la esquina de enfrente-. La enterraron viva bajo los cimientos de ese banco. Allí había un quiosco. ¿Te acuerdas, Víctor? Donde comprabas el periódico los domingos y tebeos para los chicos. Ahora sólo ves gente con el móvil. No digo que sea malo... pero antes uno levantaba la cabeza para saludar. Primero termina el mensaje y luego fíjate en quién tienes delante. No lo comprendo… pero… a veces yo también lo hago, lo confieso.

 

-Y donde, querido Víctor, te gastabas la paga en tebeos que luego no leías ni leían -ríe Ofelia-. Y tú, Enrique, ten en cuenta que no todos los chavales están atendiendo el móvil, A algunos los ves leyendo en la biblioteca.

 

Víctor, a su lado, con la barba blanca y la pipa humeante, como el incienso de un altar abandonado, asiente y dice.

 

- ¿Os acordáis de los veranos? No hacían falta grandes viajes. Bastaban una tortilla, una sandía y el río para sentirnos los reyes del mundo.

 

-Y volvíamos a casa con las rodillas despellejadas - añade Graciela-. Veo a mis nietos; tienen juguetes que valen una fortuna, pero apenas salen a la calle.

 

-Las costumbres cambian -dice Ofelia encogiéndose de hombros-. Tampoco podemos pedirles que vivan como nosotros. Lo que sí echo de menos es que los vecinos se conocían. Mi madre podía dejarme con cualquier vecino y sabía que estaba tan segura como con ella.

 

Enrique da un sorbo a su café.

 

- En otros tiempos parecía que el reloj caminaba más despacio. Había tiempo para sentarse en un banco, hablar con cualquiera y volver a casa sin consultar la hora cada cinco minutos. Pero no era el reloj. Éramos nosotros. No íbamos con tanta prisa.

 

-Y para las sobremesas interminables -añade Víctor-. Mi padre decía que en una buena mesa se arreglaban más problemas que en muchos despachos.

 

Los cuatro ríen con esa complicidad que sólo concede una amistad de décadas.

 

Nadie habla. Enrique rompe una almendra entre los dedos mientras Víctor sopla con paciencia el humo de la pipa. En la plaza un niño persigue unas palomas sin conseguir alcanzarlas y los cuatro siguen su charla.

 

El camarero, un muchacho de poco más de veinte años, al pasar, les sonríe con un gesto amable.

 

-Que lo disfruten.

 

Enrique espera a que se marche.

 

- ¿Veis? Todavía quedan chavales educados.

 

Ofelia ladea la cabeza sin decir nada.

 

Durante unos minutos hablan de antiguos compañeros de colegio, de amigos que ya no están y de las fiestas del pueblo. Evocan nombres que se habían borrado en la carne, pero que seguían vivos en su espíritu.

 

Fue entonces cuando Enrique pasea la vista por la terraza. Observa a la gente caminar con el teléfono en la mano, apenas cruzándose una palabra. Los mira con una mezcla de nostalgia y resignación. Sin que nadie lo buscara, la conversación abandona lo anterior para detenerse en el presente.

 

Ofelia remueve lentamente el azúcar. La cucharilla golpea la porcelana con un tintineo diminuto, también ella quiere despertar los fantasmas que dormían en el fondo de la taza. Observa el río de peatones aferrados a dispositivos:

 

-Mirad cómo corren -habla con esa firmeza de maestra-. Como si los segundos les mordieran los talones. Antes las calles eran conversaciones… ahora son pantallas brillando en la ignorancia. Muchos jóvenes crecen sin referentes claros. Cuando uno educa sabe que un niño necesita límites igual que necesita cariño. Sin una cosa o la otra acaba desorientándose. Pero, bueno, tampoco voy a echarme las manos a la cabeza. También veo cariño. La frialdad puede que esté más en nuestros ojos cansados que en los suyos. También perdíamos las horas, pero de otra manera.

 

-Sí, entonces hablábamos y discutíamos -añade Enrique-. Que tampoco es tan malo.

 

Graciela, envuelta en un aura de dulzura indomable, añade con voz herida:

 

-Nos hemos convertido en extranjeros sin movernos del sitio.  A veces siento que vivo en el mismo barrio, pero ya no conozco nada. Es como entrar en casa después de muchos años y darte cuenta de que ya no huele igual. Yo imaginaba la vejez rodeada de hijos, de nietos, de conversaciones tranquilas... y, sin embargo, muchas tardes lo único que escucho es el silencio de mi casa.

 

- No somos extranjeros, Graciela. Somos traducciones antiguas de un idioma que aún vive, aunque lo hablen de otra manera. Los idiomas cambian sin dejar de ser el mismo idioma. Con las personas ocurre algo parecido. Nosotros aprendimos unas palabras y ellos otras. A veces cuesta entenderse, pero eso no significa que vivamos en mundos distintos.

 

Un músico callejero toca una melodía antigua. Por un instante, los cuatro parecen rejuvenecer.

 

- ¿Te acuerdas, Víctor? -pregunta Ofelia, sonriendo-. Tocabas esa canción cuando rebosabas de ilusiones.

 

-Y cuando tenía cintura -bromea Graciela con un guiño, arrancando una carcajada compartida.

 

Enrique, removiendo las hojas del pasado, con su verbo práctico y calculador, comenta:

 

-Quizá eso es lo que más echo de menos. Entonces albergábamos proyectos realizables, paz y certidumbre. Actualmente hablan de libertad, pero a veces me pregunto si no estarán atados a cosas que ni siquiera perciben. Las cuentas no salen. Nunca salen. Prometen una cosa y hacen la contraria. Si yo hubiera llevado así la contabilidad, habría acabado en el juzgado. Prometen “Sea vuestro sí, sí; y vuestro no, no”. Y resulta que es un “tal vez” oportunista. ¿Cómo van a echar raíces los adolescentes en terreno tan inestable?

 

-Ah, Enrique, tienes razón -responde Ofelia-. Este entorno es un desierto donde los oasis son espejismos. Los líderes mienten sin rubor, prometen justicia mientras urden sobornos y privilegios. El oro va a sus bolsillos y el pueblo mendiga migajas. Acumulan riquezas en paraísos fiscales. “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen” Yo también uso la Biblia –hace un guiño-. Nosotros somos reliquias en un museo abandonado. A veces pienso que enseñamos cosas que ya casi nadie quiere escuchar.

 

Graciela interviene, frágil pero llena de la calidez de una madre:

 

- Yo de política entiendo poco, pero estos gobernantes venden paraísos con discursos dulces y venenosos. Y la gente se lo cree. O no se lo cree, pero vota igual porque no hay otro remedio. Eso es peor.

 

-No, Graciela -la corrige Víctor con suavidad-. Lo peor es que ya no se esfuerzan en disimular. Se sientan en los debates y dicen "he cometido errores" como quien dice "he perdido las llaves". Y al día siguiente, los mismos errores.

 

-Y los mismos errores con más ceros -añade Enrique con ironía, aflorando su escepticismo contable:

 

- ¿Recordáis cuando un apretón de manos valía más que un contrato? Las palabras ya no tienen peso; actualmente las lanzan como polvo al viento. Las noticias son monedas falsas: mucho brillo, poca verdad. “No hurtarás”, clama el Antiguo Libro…, y “No codiciarás los bienes ajenos”. Y, ya ves, nos roban la serenidad, nos agobian con impuestos. Pagábamos poco y disfrutábamos de muchas ventajas. Hoy, en las alcancías llenadas con sudor los ahorros se evaporan. He llevado cuentas toda mi vida. Sé sumar y sé restar. Y cada año me cuesta más entender por qué, trabajando igual, el dinero alcanza para menos.

 

-Y la confianza -agrega Graciela interrumpiendo -. No es sólo el dinero; es que ya no sabes a quién creer. La falsedad se sirve en bandeja de plata alemana.

 

Víctor sorbe su vino lentamente:

 

-La corrupción se exhibe hoy sin pudor, la mentira se disfraza de virtud y la hipocresía se pule con marketing, prometiendo cielos para ganar votos mientras entregan infiernos, porque, aunque la corrupción siempre ha existido, lo novedoso es que ya casi no necesita esconderse, recordando aquella aguda frase de Quevedo: los tiempos cambian poco, cambian las máscaras.

 

-Bueno -apunta Ofelia con un deje de ironía-. Se les ve mucho el plumero.

 

Las horas descienden tranquilas, como una bendición. La ciudad vibra, parpadea, se transforma. Las farolas se encienden una a una. Pero en la mesa, en este rincón de memoria y afecto, el reloj se detiene reverente.

 

El violinista irrumpe con una canción moderna y enérgica, quebrando la quietud.

 

Víctor rompe el silencio:

 

-Habláis de ilusiones fracasadas. ¿Sabéis lo que más me hiere, que me desgarra? Que mis hijos hicieron lo que les pedimos… y aun así el trabajo les da la espalda, les cierra las puertas.

 

Ofelia le toma la mano en un gesto solidario.

 

-Mi hijo mayor, ingeniero, con un magnífico expediente, -prosigue Víctor-, encadena entrevistas: “Ya le llamaremos”, dicen. Y no llaman. Y, si llaman, le ofrecen sueldos de becario. El segundo… -y aquí su queja se vuelve ceniza- doctor en filosofía, brillante… Le piden que sea “más práctico”, que la reflexión sobra: pensar no sirve para nada. Eso, para un padre y para un profesor, duele más de lo que parece.

 

Calla un momento. Con tristeza añade. Su voz tiembla.

 

-A veces siento que los preparé para un planeta que ya no existe.

 

Ofelia observa a una joven madre empujando un cochecito:

 

-Cada vez nacen menos niños. En la escuela lo vemos año tras año. Cada curso hay menos que el anterior. Al principio parecía una casualidad; después comprendimos que era una tendencia. Un colegio nota antes que nadie cuando una sociedad deja de tener hijos. No me sorprende dada la situación actual, la falta de apoyo a las familias, la exaltación del egoísmo, de la independencia y de tantos otros factores que impiden formar familias. La vida se ha convertido en un bien desechable. Se habla del derecho a interrumpirla. No somos actores ni editores de la existencia, arrancando páginas que incomodan. Se han asesinado millones de niños inocentes.

 

-No lo entiendo -dice Graciela, con la voz más baja de lo habitual-. No entiendo cómo se puede hablar de quitar una vida como si se hablara de quitar una muela. "Antes que te formase en el vientre, te conocí y antes que nacieses, te santifiqué”. -cita con bondad imitando a sus amigos-, “El Señor da, y el Señor quita”. Nuestros días están contados. ¿Qué mano humana puede matar, por misericordiosa que se crea? El aborto... me cuesta entender que se debata en titulares y pasillos. La existencia no es mera biología, es una promesa. Yo sólo sé que cuando una mujer espera un hijo ya habla de él como si lo conociera. Le pone nombre, le compra ropa, imagina cómo será.

 

Nadie respondió inmediatamente. El tintinear de una cucharilla ocupó el lugar de las palabras. Incluso Enrique, que casi siempre tenía algo que decir, permaneció contemplando el café.

 

El sol se va ocultando tras los edificios, tiñendo el cielo de naranja y púrpura.

 

-Pero hay casos, Graciela -dice Víctor con un tono que no es de desafío, sino de duda-. Hay casos que no caben en una frase de la Biblia, por muy cierta que sea.

 

- ¿Y eso justifica que se convierta en ley? -pregunta Ofelia-, matar a un inocente es asesinato, se llame como se llame.

 

-No lo sé -admite Víctor.

 

No estoy de acuerdo con el aborto -tercia Enrique-, pero tampoco me gusta que usen el dolor de una madre para hacer política. Eso es feo. En esta sociedad que corre al abismo, ¿podrá la ética resistir el vendaval de lo conveniente?

 

Graciela los mira directamente a los ojos. Se lleva la mano al pecho, donde guarda, bajo la blusa, una medallita gastada de tanto tocarla.

 

-"La vida y la muerte puse delante de ti... escoge, pues, la vida”-. Que así suceda, amigos míos. Yo rezo por eso cada noche. No sé explicarlo mejor.

 

Enrique musita, su pragmatismo tiñendo la locución:

 

-Es una frontera delgada. Normalizan acabar con la existencia por sufrimiento, eliminando al que sufre. La moral se nubla. Yo siempre he pensado una cosa: cuando una sociedad empieza a decidir quién merece seguir viviendo y quién no, conviene tener mucho cuidado. Es una puerta que cuesta abrir, pero más cuesta volver a cerrarla. Contra el dolor hay eutanasia, pero es cara y casi no la aplican. A nuestra edad, estamos en peligro… quizá un día nos quiten de en medio… nos eutanasien…

 

 -Excepto si tienes dinero y pagas… -afirma Ofelia sonriendo con reticencia.

 

Un silencio los envuelve, más elocuente que cualquier réplica. No es de acuerdo, sino de profundo respeto por la complejidad del designio humano y divino. El crepúsculo avanza y, en sus corazones, las preguntas siguen vivas, tan antiguas y nuevas.

 

El camarero recoge las tazas vacías y pregunta si desean otra ronda. Nadie responde enseguida. A veces una pregunta sencilla es más fácil de contestar que las anteriores.

 

Sí, otra -dice Víctor.

 

Graciela, pensativa y ausente, impregnada de noches insomnes:

 

-Y mi hijo… -se rompe como una rama seca-. Todo empezó con los botellones. Decíamos “cosas de muchachos”, pero no lo eran. Vive de noche, rehúye el día y abre botellas tal si abriera sus venas.

 

Aprieta el pañuelo, húmedo de lágrimas.

 

-Es mi hijo, sangre de mi sangre… y a veces no lo reconozco. Y luego me siento culpable por pensar eso. Porque una madre nunca deja de ver al niño que fue, aunque tenga el pelo blanco. ¿Sabéis qué hago algunas noches?

 

Los tres negaron con la cabeza.

 

-Dejo encendida la luz del recibidor. Como cuando tenía dieciocho años. Sé que no sirve para nada... pero una madre no se cansa de esperar.

 

Las sombras se alargan sobre la mesa.

 

Enrique deja la cucharilla sobre el plato sin hacer ruido. Víctor baja la vista. Ofelia acaricia la mano de su amiga. Ninguno encuentra una frase capaz de aliviar tantos años de preocupación y penas.

 

Ofelia, con la experiencia de haber guiado generaciones y cargando sus propias cruces, murmura:

 

-Tu hijo ha sido arrastrado por la corriente. No es un mal muchacho. No cargues sobre tus hombros toda la culpa. Hay hijos que, aun creciendo rodeados de amor, acaban perdiéndose. Los criamos convencidos de que el esfuerzo bastaría para abrirles el camino, pero el mundo cambia. Les prometen un futuro lleno de oportunidades y encuentran incertidumbre, soledad y demasiadas puertas cerradas. Tu hijo no nació para hacerse daño; simplemente llegó un momento en que dejó de ver una salida y tomó el camino equivocado.

 

-No todos los jóvenes están extraviados -dice Víctor, suavizando el tono-. Algunos luchan, otros se equivocan, como nosotros, y otros aciertan sin que nos demos cuenta. Es fácil ver lo que se rompe; más difícil, lo que se mantiene en pie.

 

En ese momento una pareja pasó junto a la terraza. Él llevaba un carrito de bebé mientras ella sostenía dos bolsas de la compra. Reían por algo que sólo ellos entendían.

 

Enrique los siguió con la mirada.

 

-Bueno... quizá tampoco todo está tan mal.

 

-Quizá somos los últimos testigos -continúa Enrique con ternura-. Guardianes de una época, de un período de paz y prosperidad que se apagó demasiado deprisa. Pero no por eso debemos condenarlos. Cada generación tiene sus batallas. Las nuestras ya las peleamos. En estos momentos les toca a ellos.

 

La conversación se vuelve íntima, la noche enciende la ciudad. Víctor, con ojos empañados, comenta:

 

-Me lastima ver cómo se ha quebrado el concepto de hogar. Mis nietos me hablan de "poliamor" y "relaciones abiertas”. Y yo me pregunto si eso es libertad o es otra forma de no querer comprometerse. He pasado media vida enseñando novelas. Cambiaban los siglos, cambiaban los países... pero casi todas empezaban o terminaban hablando de una familia. Me pregunto qué escribirán los novelistas dentro de cien años.

 

Ofelia suspira con preocupación:

 

- ¿Sabéis qué más me inquieta de estos momentos? Que muchos jóvenes no desean formar un hogar, piensan que es una carga y no un refugio. “Por tanto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer” … “los dos se harán una sola carne” -recita con certeza -. Así crecimos, así se nos enseñó.

 

Víctor asiente.

 

-Pareciera que el matrimonio no es una alianza sagrada, sino un accesorio optativo -murmura Graciela-. Muchos eligen unirse sin promesa, sin compromiso. Y lo dicen con orgullo. “El amor no busca lo suyo", decía mi abuela. Y cada uno busca lo suyo. ¿O no? ¿Y la caridad? Mi madre dejaba siempre un plato más por si traía a alguien a comer. Yo ya no hago eso. Ni mis hijos tampoco.

 

-Bueno, no era todo perfecto -dice Ofelia con un suspiro-. Había matrimonios infelices que duraban por obligación. No sé si eso era mejor.

 

Enrique sonrió.

 

-No, perfecto no. ¿Te acuerdas de Julián?

 

Los cuatro rieron.

 

-Llevaba cuarenta años casado y seguía escondiéndose para fumar porque le tenía miedo a su mujer.

 

Graciela interviene con delicadeza maternal:

 

-Lo que me sorprende es cómo se miden con la misma medida las uniones de siempre y las nuevas, al mismo nivel. “Varón y hembra los creó”, reza el Génesis… Así es el orden de las cosas. No juzgo -aclara, con un gesto pacífico-, pero me cuesta entenderlo. No crecimos con la idea de que dos hombres pudieran casarse.

 

Víctor bebe un sorbo de vino y, mientras juega con la copa, deja escapar un pensamiento que llevaba años guardado con cautela, y lo suelta citando estudios como un erudito:

 

-Se debate si la homosexualidad es genética, se sabe que no existe un gen de la homosexualidad, como no existe gen de violencia o de inteligencia.

 

El móvil de Graciela vibra. Lo saca del bolso, lo mira y lo vuelve a guardar sin coger la llamada. Lo hace dos veces mientras hablan los demás. Nadie pregunta por qué. Todos lo saben.

 

Enrique afirma, con su lógica contable:

 

-La Organización Mundial de la Salud (OMS) eliminó la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales el 17 de mayo de 1990. Hay testimonios de regresos voluntarios. Lo que me preocupa es la insistencia en difundirla y normalizarla en todos los medios, igual que si fuera un mandato. Lo apoyan los lobbies y una trama de intereses. Es muy perjudicial y puede llevar a que personas heterosexuales, por diversos motivos, se declaren homosexuales. Somos criaturas imitativas... Las personas copiamos lo que vemos. Siempre ha sido así. Si algo aparece todos los días en la televisión, acaba pareciendo normal, aunque hace años nos hubiera sorprendido.

 

Víctor apostilla, con profundidad analítica:

 

-El ambiente moldea más de lo que se admite. Los órganos tienen funciones biológicas, pero el uso depende de la mente. Los nuevos estudios aseguran que la orientación homosexual es algo aprendido y por eso vemos que hay más personas con esa inclinación.

 

Ofelia afirma, con preocupación:

 

-En España se financia el cambio de género y se penaliza la ayuda psicológica, incluso si se solicita libremente. Lo peor es el mutismo. Se confunde tolerancia con abandono moral. Aplaudimos escombros pensando que es progreso. En una clase aprendí que cuando un profesor calla ante una injusticia, los alumnos entienden que esa injusticia es normal. Con la sociedad pasa algo parecido

 

Enrique habla con su habitual forma de transmitir sus opiniones, calculando las palabras:

 

-Si alguien lo desea, debe tener derecho a recibir ayuda psicológica. “Clama a mí y yo te responderé”.  Nadie está solo si decide dar un paso hacia su propia verdad.

 

Graciela, tímidamente dice:

 

-La Iglesia católica sigue lo establecido en la Biblia: “No te echarás con varón como con mujer, es abominación”. Pero no discrimina a las personas por razón de sexo: si no practica su tendencia físicamente, puede tomar la Sagrada Forma. La fe ofrece acompañamiento, no condena. También dice que no debemos juzgar, y que el que esté sin pecado tire la primera piedra. No es fácil. Yo eso lo aprendí en mi casa, no en un libro. Mi madre decía: juzga menos y reza más. No sé de teologías, Ofelia. Solo sé que a mi vecino Manolo lo quise igual cuando se fue a vivir con Andrés que cuando vivía solo. Eso es lo único que tengo claro.

 

El teléfono de Graciela vibra por tercera vez. Todos se quedan mirándolo. Ella tarda en cogerlo, como quien teme abrir una carta.

 

-Es él -dice, con la voz quebrada-. Es mi hijo.

 

Se levanta y se aparta unos pasos, de espaldas a ellos. Los otros tres callan. Regresa con los ojos húmedos.

 

Ofelia extiende una mano hacia Graciela en un gesto de solidaridad y continúa la conversación interrumpida:

 

-Y lo malo -añade con un guiño de conformidad- es que la sociedad calla para no ser anticuada o políticamente incorrecta. Todo se normaliza, pero la pasividad también destruye.

 

Graciela asiente.

 

-Tal vez somos los últimos que recordamos el amor como responsabilidad y sacrificio. Vimos el valor de la familia y del respeto propio y ajeno.  Y duele… duele ver que se olvida. No considero aceptable que dos personas del mismo sexo puedan contraer matrimonio. Están las uniones de hecho, que tienen el mismo tratamiento legal. 

 

Víctor deja la copa vacía sobre la mesa, en un susurro grave surgido de muy atrás, de décadas de enseñanzas, lecturas y reservas:

 

-Quizá lo más amargo de envejecer no es el cuerpo que falla, ni los amigos que se van, ni las calles que se alteran. Lo más amargo es ser testigo de cómo todo gira hacia un rumbo incierto. Somos faros encendidos en un mar que ya no tiene barcos. Pero los barcos sí están ahí. Navegan más lejos, con otras luces. Y quién sabe… es posible que algún día vuelvan a nuestras costas.

 

Ofelia inhala profundamente:

 

-Hemos visto prosperidad, orden, uniones fuertes, valores sólidos. Lo hemos visto, lo hemos vivido y lo vemos disiparse. Lo que ocurre ahora no es progreso: es pérdida de raíces, de responsabilidad, de sentido. Y, si una civilización pierde eso…, pierde su alma. Pero meditemos: “El Señor es mi pastor; nada me falta” -quizá en la fe hallemos guía.

 

Una calma triste los une. Ninguno habla desde el desprecio, sino desde la herida de quienes ven transformarse el suelo bajo sus pies.

 

Víctor, con un atisbo de esperanza, dice al fin:

 

-Tal vez no todo está perdido. Las nuevas generaciones tienen valores… sólo que distintos. Machado escribió que todo pasa y todo queda. Quizá lo nuestro sea quedarse viendo cómo pasa.

 

Ofelia asiente:

 

-"No juzguéis". Quizá hemos sido demasiado severos.

 

Graciela dice con calidez:

 

-Al final, lo que importa es el amor. En todas sus formas debe revestirse de belleza y responsabilidad. Aunque no siempre lo entendamos.

 

Enrique levanta su copa:

 

-Brindo por el entendimiento de las generaciones. Todos buscamos lo mismo: felicidad y sentido.

 

En la mesa contigua una pareja joven ayuda a su hija pequeña a beber de un vaso demasiado grande para sus manos. La niña ríe cada vez que derrama unas gotas y sus padres lo hacen con ella. Los cuatro ancianos contemplan la escena sin decir nada. Tal vez el mundo no es exactamente el mismo, piensa Enrique, pero aún siguen cosas que merece la pena conservar.

 

El músico callejero entona una balada melancólica. En sus notas hay un eco de sus propios lamentos.

 

Los cuatro se levantan despacio. Caminan hacia la noche con el calor de haber compartido el mismo nudo de nostalgia y desconsuelo en la garganta. La luna llena ilumina sus pasos. Permanecen unos segundos ante la mesa. Ninguno dice que quizá algún día estos asientos quedarán vacíos para siempre.

 

El camarero regresa a recoger la mesa. Quedan cuatro tazas vacías, una copa y tres almendras olvidadas. Mientras apila los platos recuerda, sin proponérselo, algunos fragmentos de la conversación que ha ido escuchando durante la tarde. Sonríe al pensar en su abuelo, muerto hace dos inviernos, que hablaba con aquella misma mezcla de severidad y ternura. Saca el teléfono del bolsillo. Duda unos segundos y escribe un mensaje:

 

“Mamá, ¿cómo está el abuelo? Hace días que no voy a verlo. Mañana paso por casa”.

 

Permanece un instante mirando la pantalla. Borra el mensaje despacio. Su abuelo ya no está. Guarda el móvil y continúa trabajando. La plaza sigue llena de gente apresurada, pero, por un momento, le parece que el tiempo camina un poco más despacio.

 

Los cuatro ancianos son quizá los primeros puentes hacia un futuro incierto: el lugar donde la sabiduría madura y la energía juvenil puedan volver a encontrarse.

 

La ciudad sigue su ritmo implacable, ajena al rumor de sus palabras. Los semáforos cambian de color, los escaparates prolongan la luz del día y los teléfonos arden en las manos como pequeñas hogueras. Ellos avanzan despacio bajo la luna, cuatro sombras que el tiempo se resiste a borrar. Son los últimos testigos de un mundo que se desvanece, pero también la memoria viva de cuanto ese mundo fue. Mientras ellos caminen, mientras alguien conserve sus recuerdos y los pronuncie en voz alta, su historia no habrá desaparecido del todo. 

  Emma-Margarita R. A.-Valdés

 

 

 

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