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LOS ÚLTIMOS
TESTIGOS
Por
Emma-Margarita R. A.-Valdés
En la terraza del café La
Esperanza, bajo un sol que
agonizaba, lento y pesado
como un latido moribundo,
cuatro ancianos se reúnen
cada tarde, fieles a un
ritual que el tiempo aún no
ha conseguido borrar. Son
los últimos vestigios de una
época que olía a pan recién
hecho, a ropa tendida al sol
y a calles donde la prisa
todavía no había aprendido a
caminar. Enrique, de 78
años, contable jubilado que
manejó cifras sin calcular
el precio del espíritu;
Ofelia, de 74, maestra y
directora de escuela,
forjadora de mentes jóvenes
con paciencia de artesana;
Víctor, de 85, profesor de
literatura, guardián de
palabras que aún arden; y
Graciela, de 79, ama de
casa, el corazón resistente
de su nido.
Ofelia y Víctor, unidos por
cincuenta y dos años de amor
y promesas compartidas,
formaron una familia con
cuatro hijos (tres varones y
una mujer) y dos nietos que
prolongan, en cada gesto, la
memoria de su sangre.
Enrique, viudo y sin
descendencia, arrastra desde
la muerte de su esposa un
invierno que nunca termina.
Graciela, marcada por una
traición que la dejó sola
hace treinta y cinco años,
sacó adelante a sus dos
hijos con la ternura de
quien ama y la fortaleza de
quien no tuvo otra elección.
Ellos crecieron en años,
aunque no siempre lograron
dejar atrás el laberinto de
sus propias heridas.
Nadie habría imaginado, al
verlos llegar aquella tarde,
que cada uno cargaba una
derrota distinta. Enrique
camina despacio por la
artrosis; Víctor, por
prudencia; Ofelia, porque
nunca ha sabido correr; y
Graciela, porque lleva media
vida esperando que un hijo
llame al teléfono.
El mundo se ha convertido en
una maraña de luces
artificiales y resonancias
digitales, un paisaje donde
los recuerdos se destiñen,
igual que las viejas
fotografías. Los rascacielos
de cristal se yerguen como
una nueva Torre de Babel,
ambiciosas y vulnerables. El
aire lleva promesas rotas
vendidas por demagogos, pan
rancio envuelto en oropel.
Esta tarde, la brisa trae
olor a jazmines y
evocaciones, tejiendo el
velo del pasado. La terraza
semeja la página amarillenta
de un libro antiguo, escrita
con una tinta que ya nadie
reconoce. Las tazas y los
vasos relucen bajo la luz
del atardecer y ellos, como
figuras de un santoral
olvidado, resisten en
silencio la brisa de la
indiferencia. Los camareros
giran a su alrededor,
espectros de una modernidad
apresurada.
Durante unos segundos
ninguno habla. No era un
silencio incómodo. Era el de
quienes ya no necesitan
rellenar todos los huecos
con palabras. Bastaba ver la
plaza para saber qué pensaba
el otro.
Un camarero deja café, vino
y una pequeña fuente de
almendras tostadas.
Ofelia inicia el diálogo
como quien abre un arca de
tesoros polvorientos,
siempre con ese tono
pedagógico que arrastra
desde el aula:
-Cada vez que vengo aquí… No
sé… tengo la sensación de
caminar por un bosque
abandonado. ¿Qué fue de
aquella plaza que nos vio
crecer? Se esfumó.
-No se esfumó -la corta
Enrique, señalando con la
barbilla la esquina de
enfrente-. La enterraron
viva bajo los cimientos de
ese banco. Allí había un
quiosco. ¿Te acuerdas,
Víctor? Donde comprabas el
periódico los domingos y
tebeos para los chicos.
Ahora sólo ves gente con el
móvil. No digo que sea
malo... pero antes uno
levantaba la cabeza para
saludar. Primero termina el
mensaje y luego fíjate en
quién tienes delante. No lo
comprendo… pero… a veces yo
también lo hago, lo
confieso.
-Y donde, querido Víctor, te
gastabas la paga en tebeos
que luego no leías ni leían
-ríe Ofelia-. Y tú, Enrique,
ten en cuenta que no todos
los chavales están
atendiendo el móvil, A
algunos los ves leyendo en
la biblioteca.
Víctor, a su lado, con la
barba blanca y la pipa
humeante, como el incienso
de un altar abandonado,
asiente y dice.
- ¿Os acordáis de los
veranos? No hacían falta
grandes viajes. Bastaban una
tortilla, una sandía y el
río para sentirnos los reyes
del mundo.
-Y volvíamos a casa con las
rodillas despellejadas -
añade Graciela-. Veo a mis
nietos; tienen juguetes que
valen una fortuna, pero
apenas salen a la calle.
-Las costumbres cambian
-dice Ofelia encogiéndose de
hombros-. Tampoco podemos
pedirles que vivan como
nosotros. Lo que sí echo de
menos es que los vecinos se
conocían. Mi madre podía
dejarme con cualquier vecino
y sabía que estaba tan
segura como con ella.
Enrique da un sorbo a su
café.
-
En otros tiempos parecía
que el reloj caminaba más
despacio. Había tiempo para
sentarse en un banco, hablar
con cualquiera y volver a
casa sin consultar la hora
cada cinco minutos. Pero no
era el reloj. Éramos
nosotros. No íbamos con
tanta prisa.
-Y para las sobremesas
interminables -añade
Víctor-. Mi padre decía que
en una buena mesa se
arreglaban más problemas que
en muchos despachos.
Los cuatro ríen con esa
complicidad que sólo concede
una amistad de décadas.
Nadie habla. Enrique rompe
una almendra entre los dedos
mientras Víctor sopla con
paciencia el humo de la
pipa. En la plaza un niño
persigue unas palomas sin
conseguir alcanzarlas y los
cuatro siguen su charla.
El camarero, un muchacho de
poco más de veinte años, al
pasar, les sonríe con un
gesto amable.
-Que lo disfruten.
Enrique espera a que se
marche.
- ¿Veis? Todavía quedan
chavales educados.
Ofelia ladea la cabeza sin
decir nada.
Durante unos minutos hablan
de antiguos compañeros de
colegio, de amigos que ya no
están y de las fiestas del
pueblo. Evocan nombres que
se habían borrado en la
carne, pero que seguían
vivos en su espíritu.
Fue entonces cuando Enrique
pasea la vista por la
terraza. Observa a la gente
caminar con el teléfono en
la mano, apenas cruzándose
una palabra. Los mira con
una mezcla de nostalgia y
resignación. Sin que nadie
lo buscara, la conversación
abandona lo anterior para
detenerse en el presente.
Ofelia remueve lentamente el
azúcar. La cucharilla golpea
la porcelana con un tintineo
diminuto, también ella
quiere despertar los
fantasmas que dormían en el
fondo de la taza. Observa el
río de peatones aferrados a
dispositivos:
-Mirad cómo corren -habla
con esa firmeza de maestra-.
Como si los segundos les
mordieran los talones. Antes
las calles eran
conversaciones… ahora son
pantallas brillando en la
ignorancia. Muchos jóvenes
crecen sin referentes
claros. Cuando uno educa
sabe que un niño necesita
límites igual que necesita
cariño. Sin una cosa o la
otra acaba desorientándose.
Pero, bueno, tampoco voy a
echarme las manos a la
cabeza. También veo cariño.
La frialdad puede que esté
más en nuestros ojos
cansados que en los suyos.
También perdíamos las horas,
pero de otra manera.
-Sí, entonces hablábamos y
discutíamos -añade Enrique-.
Que tampoco es tan malo.
Graciela, envuelta en un
aura de dulzura indomable,
añade con voz herida:
-Nos hemos convertido en
extranjeros sin movernos del
sitio. A veces siento que
vivo en el mismo barrio,
pero ya no conozco nada. Es
como entrar en casa después
de muchos años y darte
cuenta de que ya no huele
igual. Yo imaginaba la vejez
rodeada de hijos, de nietos,
de conversaciones
tranquilas... y, sin
embargo, muchas tardes lo
único que escucho es el
silencio de mi casa.
- No somos extranjeros,
Graciela. Somos traducciones
antiguas de un idioma que
aún vive, aunque lo hablen
de otra manera. Los idiomas
cambian sin dejar de ser el
mismo idioma. Con las
personas ocurre algo
parecido. Nosotros
aprendimos unas palabras y
ellos otras. A veces cuesta
entenderse, pero eso no
significa que vivamos en
mundos distintos.
Un músico callejero toca una
melodía antigua. Por un
instante, los cuatro parecen
rejuvenecer.
- ¿Te acuerdas, Víctor?
-pregunta Ofelia,
sonriendo-. Tocabas esa
canción cuando rebosabas de
ilusiones.
-Y cuando tenía cintura
-bromea Graciela con un
guiño, arrancando una
carcajada compartida.
Enrique, removiendo las
hojas del pasado, con su
verbo práctico y calculador,
comenta:
-Quizá eso es lo que más
echo de menos. Entonces
albergábamos proyectos
realizables, paz y
certidumbre. Actualmente
hablan de libertad,
pero a veces me pregunto
si no estarán atados a cosas
que ni siquiera perciben.
Las cuentas no salen. Nunca
salen. Prometen una cosa y
hacen la contraria. Si yo
hubiera llevado así la
contabilidad, habría acabado
en el juzgado. Prometen “Sea
vuestro sí, sí; y vuestro
no, no”. Y resulta que es un
“tal vez” oportunista. ¿Cómo
van a echar raíces los
adolescentes en terreno tan
inestable?
-Ah, Enrique, tienes razón
-responde Ofelia-. Este
entorno es un desierto donde
los oasis son espejismos.
Los líderes mienten sin
rubor, prometen justicia
mientras urden sobornos y
privilegios. El oro va a sus
bolsillos y el pueblo
mendiga migajas. Acumulan
riquezas en paraísos
fiscales. “No os hagáis
tesoros en la tierra, donde
la polilla y el orín
corrompen” Yo también uso la
Biblia –hace un guiño-.
Nosotros somos reliquias en
un museo abandonado. A veces
pienso que enseñamos cosas
que ya casi nadie quiere
escuchar.
Graciela interviene, frágil
pero llena de la calidez de
una madre:
-
Yo de política entiendo
poco, pero estos gobernantes
venden paraísos con
discursos dulces y
venenosos. Y la gente se lo
cree. O no se lo cree, pero
vota igual porque no hay
otro remedio. Eso es peor.
-No, Graciela -la corrige
Víctor con suavidad-. Lo
peor es que ya no se
esfuerzan en disimular. Se
sientan en los debates y
dicen "he cometido errores"
como quien dice "he perdido
las llaves". Y al día
siguiente, los mismos
errores.
-Y los mismos errores con
más ceros -añade Enrique con
ironía, aflorando su
escepticismo contable:
- ¿Recordáis cuando un
apretón de manos valía más
que un contrato? Las
palabras ya no tienen peso;
actualmente las lanzan como
polvo al viento. Las
noticias son monedas falsas:
mucho brillo, poca verdad.
“No hurtarás”, clama el
Antiguo Libro…, y “No
codiciarás los bienes
ajenos”. Y, ya ves, nos
roban la serenidad, nos
agobian con impuestos.
Pagábamos poco y
disfrutábamos de muchas
ventajas. Hoy, en las
alcancías llenadas con sudor
los ahorros se evaporan. He
llevado cuentas toda mi
vida. Sé sumar y sé restar.
Y cada año me cuesta más
entender por qué, trabajando
igual, el dinero alcanza
para menos.
-Y la confianza -agrega
Graciela interrumpiendo -.
No es sólo el dinero; es que
ya no sabes a quién creer.
La falsedad se sirve en
bandeja de plata alemana.
Víctor sorbe su vino
lentamente:
-La corrupción se exhibe hoy
sin pudor, la mentira se
disfraza de virtud y la
hipocresía se pule con
marketing, prometiendo
cielos para ganar votos
mientras entregan infiernos,
porque, aunque la corrupción
siempre ha existido, lo
novedoso es que ya casi no
necesita esconderse,
recordando aquella aguda
frase de Quevedo: los
tiempos cambian poco,
cambian las máscaras.
-Bueno -apunta Ofelia con un
deje de ironía-. Se les ve
mucho el plumero.
Las horas descienden
tranquilas, como una
bendición.
La ciudad vibra,
parpadea, se transforma. Las
farolas se encienden una a
una. Pero en la mesa, en
este rincón de memoria y
afecto, el reloj se detiene
reverente.
El violinista irrumpe con
una canción moderna y
enérgica, quebrando
la quietud.
Víctor rompe el silencio:
-Habláis de ilusiones
fracasadas. ¿Sabéis lo que
más me hiere, que me
desgarra? Que mis hijos
hicieron lo que les pedimos…
y aun así el trabajo les da
la espalda, les cierra las
puertas.
Ofelia le toma la mano en un
gesto solidario.
-Mi hijo mayor, ingeniero,
con un magnífico expediente,
-prosigue Víctor-, encadena
entrevistas: “Ya le
llamaremos”, dicen. Y no
llaman. Y, si llaman, le
ofrecen sueldos de becario.
El segundo… -y aquí su queja
se vuelve ceniza- doctor en
filosofía, brillante… Le
piden que sea “más
práctico”, que la reflexión
sobra: pensar no sirve para
nada. Eso, para un padre y
para un profesor, duele más
de lo que parece.
Calla un momento. Con
tristeza añade. Su voz
tiembla.
-A veces siento que los
preparé para un planeta que
ya no existe.
Ofelia observa a una joven
madre empujando un
cochecito:
-Cada vez nacen menos niños.
En la escuela lo vemos año
tras año. Cada curso hay
menos que el anterior. Al
principio parecía una
casualidad; después
comprendimos que era una
tendencia. Un colegio nota
antes que nadie cuando una
sociedad deja de tener
hijos. No me sorprende dada
la situación actual, la
falta de apoyo a las
familias, la exaltación del
egoísmo, de la independencia
y de tantos otros factores
que impiden formar familias.
La vida se ha convertido en
un bien desechable. Se habla
del derecho a interrumpirla.
No somos actores ni editores
de la existencia, arrancando
páginas que incomodan. Se
han asesinado millones de
niños inocentes.
-No lo entiendo -dice
Graciela, con la voz más
baja de lo habitual-. No
entiendo cómo se puede
hablar de quitar una vida
como si se hablara de quitar
una muela. "Antes que te
formase en el vientre, te
conocí y antes que nacieses,
te santifiqué”. -cita con
bondad imitando a sus
amigos-, “El Señor da, y el
Señor quita”. Nuestros días
están contados. ¿Qué mano
humana puede matar, por
misericordiosa que se crea?
El aborto... me cuesta
entender que se debata en
titulares y pasillos. La
existencia no es mera
biología, es una promesa. Yo
sólo sé que cuando una mujer
espera un hijo ya habla de
él como si lo conociera. Le
pone nombre, le compra ropa,
imagina cómo será.
Nadie respondió
inmediatamente. El tintinear
de una cucharilla ocupó el
lugar de las palabras.
Incluso Enrique, que casi
siempre tenía algo que
decir, permaneció
contemplando el café.
El sol se va ocultando tras
los edificios, tiñendo el
cielo de naranja y púrpura.
-Pero hay casos, Graciela
-dice Víctor con un tono que
no es de desafío, sino de
duda-. Hay casos que no
caben en una frase de la
Biblia, por muy cierta que
sea.
- ¿Y eso justifica que se
convierta en ley? -pregunta
Ofelia-, matar a un inocente
es asesinato, se llame como
se llame.
-No lo sé -admite Víctor.
No estoy de acuerdo con el
aborto -tercia Enrique-,
pero tampoco me gusta que
usen el dolor de una madre
para hacer política. Eso es
feo. En esta sociedad que
corre al abismo, ¿podrá la
ética resistir el vendaval
de lo conveniente?
Graciela los mira
directamente a los ojos. Se
lleva la mano al pecho,
donde guarda, bajo la blusa,
una medallita gastada de
tanto tocarla.
-"La vida y la muerte puse
delante de ti... escoge,
pues, la vida”-. Que así
suceda, amigos míos. Yo rezo
por eso cada noche. No sé
explicarlo mejor.
Enrique musita, su
pragmatismo tiñendo la
locución:
-Es una frontera delgada.
Normalizan acabar con la
existencia por sufrimiento,
eliminando al que sufre. La
moral se nubla. Yo siempre
he pensado una cosa: cuando
una sociedad empieza a
decidir quién merece seguir
viviendo y quién no,
conviene tener mucho
cuidado. Es una puerta que
cuesta abrir, pero más
cuesta volver a cerrarla.
Contra el dolor hay
eutanasia, pero es cara y
casi no la aplican. A
nuestra edad, estamos en
peligro… quizá un día nos
quiten de en medio… nos
eutanasien…
-Excepto si tienes dinero y
pagas… -afirma Ofelia
sonriendo con reticencia.
Un silencio los envuelve,
más elocuente que cualquier
réplica. No es de acuerdo,
sino de profundo respeto por
la complejidad del designio
humano y divino. El
crepúsculo avanza y, en sus
corazones, las preguntas
siguen vivas, tan antiguas y
nuevas.
El camarero recoge las tazas
vacías y pregunta si desean
otra ronda. Nadie responde
enseguida. A veces una
pregunta sencilla es más
fácil de contestar que las
anteriores.
Sí, otra -dice Víctor.
Graciela, pensativa y
ausente, impregnada de
noches insomnes:
-Y mi hijo… -se rompe como
una rama seca-. Todo empezó
con los botellones. Decíamos
“cosas de muchachos”, pero
no lo eran. Vive de noche,
rehúye el día y abre
botellas tal si abriera sus
venas.
Aprieta el pañuelo, húmedo
de lágrimas.
-Es mi hijo, sangre de mi
sangre… y a veces no lo
reconozco. Y luego me siento
culpable por pensar eso.
Porque una madre nunca deja
de ver al niño que fue,
aunque tenga el pelo blanco.
¿Sabéis qué hago algunas
noches?
Los tres negaron con la
cabeza.
-Dejo encendida la luz del
recibidor. Como cuando tenía
dieciocho años. Sé que no
sirve para nada... pero una
madre no se cansa de
esperar.
Las sombras se alargan sobre
la mesa.
Enrique deja la cucharilla
sobre el plato sin hacer
ruido. Víctor baja la vista.
Ofelia acaricia la mano de
su amiga. Ninguno encuentra
una frase capaz de aliviar
tantos años de preocupación
y penas.
Ofelia, con la experiencia
de haber guiado generaciones
y cargando sus propias
cruces, murmura:
-Tu hijo ha sido arrastrado
por la corriente. No es un
mal muchacho. No cargues
sobre tus hombros toda la
culpa. Hay hijos que, aun
creciendo rodeados de amor,
acaban perdiéndose. Los
criamos convencidos de que
el esfuerzo bastaría para
abrirles el camino, pero el
mundo cambia. Les prometen
un futuro lleno de
oportunidades y encuentran
incertidumbre, soledad y
demasiadas puertas cerradas.
Tu hijo no nació para
hacerse daño; simplemente
llegó un momento en que dejó
de ver una salida y tomó el
camino equivocado.
-No todos los jóvenes están
extraviados -dice Víctor,
suavizando el tono-. Algunos
luchan, otros se equivocan,
como nosotros, y otros
aciertan sin que nos demos
cuenta. Es fácil ver lo que
se rompe; más difícil, lo
que se mantiene en pie.
En ese momento una pareja
pasó junto a la terraza. Él
llevaba un carrito de bebé
mientras ella sostenía dos
bolsas de la compra. Reían
por algo que sólo ellos
entendían.
Enrique los siguió con la
mirada.
-Bueno... quizá tampoco todo
está tan mal.
-Quizá somos los últimos
testigos -continúa Enrique
con ternura-. Guardianes de
una época, de un período de
paz y prosperidad que se
apagó demasiado deprisa.
Pero no por eso debemos
condenarlos. Cada generación
tiene sus batallas. Las
nuestras ya las peleamos. En
estos momentos les toca a
ellos.
La conversación se vuelve
íntima, la noche enciende la
ciudad. Víctor, con ojos
empañados, comenta:
-Me lastima ver cómo se ha
quebrado el concepto de
hogar. Mis nietos me hablan
de "poliamor" y "relaciones
abiertas”. Y yo me pregunto
si eso es libertad o es otra
forma de no querer
comprometerse. He pasado
media vida enseñando
novelas. Cambiaban los
siglos, cambiaban los
países... pero casi todas
empezaban o terminaban
hablando de una familia. Me
pregunto qué escribirán los
novelistas dentro de cien
años.
Ofelia suspira con
preocupación:
- ¿Sabéis qué más me
inquieta de estos momentos?
Que muchos jóvenes no desean
formar un hogar, piensan que
es una carga y no un
refugio. “Por tanto dejará
el hombre a su padre y a su
madre, y se unirá a su
mujer” … “los dos se harán
una sola carne” -recita con
certeza -. Así crecimos, así
se nos enseñó.
Víctor asiente.
-Pareciera que el matrimonio
no es una alianza sagrada,
sino un accesorio optativo
-murmura Graciela-. Muchos
eligen unirse sin promesa,
sin compromiso. Y lo dicen
con orgullo. “El amor no
busca lo suyo", decía mi
abuela. Y cada uno busca lo
suyo. ¿O no? ¿Y la caridad?
Mi madre dejaba siempre un
plato más por si traía a
alguien a comer. Yo ya no
hago eso. Ni mis hijos
tampoco.
-Bueno, no era todo perfecto
-dice Ofelia con un
suspiro-. Había matrimonios
infelices que duraban por
obligación. No sé si eso era
mejor.
Enrique sonrió.
-No, perfecto no. ¿Te
acuerdas de Julián?
Los cuatro rieron.
-Llevaba cuarenta años
casado y seguía
escondiéndose para fumar
porque le tenía miedo a su
mujer.
Graciela interviene con
delicadeza maternal:
-Lo que me sorprende es cómo
se miden con la misma medida
las uniones de siempre y las
nuevas, al mismo nivel.
“Varón y hembra los creó”,
reza el Génesis… Así es el
orden de las cosas. No juzgo
-aclara, con un gesto
pacífico-, pero me cuesta
entenderlo. No crecimos con
la idea de que dos hombres
pudieran casarse.
Víctor bebe un sorbo de vino
y, mientras juega con la
copa, deja escapar un
pensamiento que llevaba años
guardado con cautela, y lo
suelta citando estudios como
un erudito:
-Se debate si la
homosexualidad es genética,
se sabe que no existe un gen
de la homosexualidad, como
no existe gen de violencia o
de inteligencia.
El móvil de Graciela vibra.
Lo saca del bolso, lo mira y
lo vuelve a guardar sin
coger la llamada. Lo hace
dos veces mientras hablan
los demás. Nadie pregunta
por qué. Todos lo saben.
Enrique afirma, con su
lógica contable:
-La Organización Mundial de
la Salud (OMS) eliminó la
homosexualidad de su lista
de enfermedades mentales el
17 de mayo de 1990. Hay
testimonios de regresos
voluntarios. Lo que me
preocupa es la insistencia
en difundirla y normalizarla
en todos los medios, igual
que si fuera un mandato. Lo
apoyan los lobbies y una
trama de intereses. Es muy
perjudicial y puede llevar a
que personas heterosexuales,
por diversos motivos, se
declaren homosexuales. Somos
criaturas imitativas... Las
personas copiamos lo que
vemos. Siempre ha sido así.
Si algo aparece todos los
días en la televisión, acaba
pareciendo normal, aunque
hace años nos hubiera
sorprendido.
Víctor apostilla, con
profundidad analítica:
-El ambiente moldea más de
lo que se admite. Los
órganos tienen funciones
biológicas, pero el uso
depende de la mente. Los
nuevos estudios aseguran que
la orientación homosexual es
algo aprendido y por eso
vemos que hay más personas
con esa inclinación.
Ofelia afirma, con
preocupación:
-En España se financia el
cambio de género y se
penaliza la ayuda
psicológica, incluso si se
solicita libremente. Lo peor
es el mutismo. Se confunde
tolerancia con abandono
moral. Aplaudimos escombros
pensando que es progreso. En
una clase aprendí que cuando
un profesor calla ante una
injusticia, los alumnos
entienden que esa injusticia
es normal. Con la sociedad
pasa algo parecido
Enrique habla con su
habitual forma de transmitir
sus opiniones, calculando
las palabras:
-Si alguien lo desea, debe
tener derecho a recibir
ayuda psicológica. “Clama a
mí y yo te responderé”.
Nadie está solo si decide
dar un paso hacia su propia
verdad.
Graciela, tímidamente dice:
-La Iglesia católica sigue
lo establecido en la Biblia:
“No te echarás con varón
como con mujer, es
abominación”. Pero no
discrimina a las personas
por razón de sexo: si no
practica su tendencia
físicamente, puede tomar la
Sagrada Forma. La fe ofrece
acompañamiento, no condena.
También dice que no debemos
juzgar, y que el que esté
sin pecado tire la primera
piedra. No es fácil. Yo eso
lo aprendí en mi casa, no en
un libro. Mi madre decía:
juzga menos y reza más. No
sé de teologías, Ofelia.
Solo sé que a mi vecino
Manolo lo quise igual cuando
se fue a vivir con Andrés
que cuando vivía solo. Eso
es lo único que tengo claro.
El teléfono de Graciela
vibra por tercera vez. Todos
se quedan mirándolo. Ella
tarda en cogerlo, como quien
teme abrir una carta.
-Es él -dice, con la voz
quebrada-. Es mi hijo.
Se levanta y se aparta unos
pasos, de espaldas a ellos.
Los otros tres callan.
Regresa con los ojos
húmedos.
Ofelia extiende una mano
hacia Graciela en un gesto
de solidaridad y continúa la
conversación interrumpida:
-Y lo malo -añade con un
guiño de conformidad- es que
la sociedad calla para no
ser anticuada o
políticamente incorrecta.
Todo se normaliza, pero la
pasividad también destruye.
Graciela asiente.
-Tal vez somos los últimos
que recordamos el amor como
responsabilidad y
sacrificio. Vimos el valor
de la familia y del respeto
propio y ajeno. Y duele…
duele ver que se olvida. No
considero aceptable que dos
personas del mismo sexo
puedan contraer matrimonio.
Están las uniones de hecho,
que tienen el mismo
tratamiento legal.
Víctor deja la copa vacía
sobre la mesa, en un susurro
grave surgido de muy atrás,
de décadas de enseñanzas,
lecturas y reservas:
-Quizá lo más amargo de
envejecer no es el cuerpo
que falla, ni los amigos que
se van, ni las calles que se
alteran. Lo más amargo es
ser testigo de cómo todo
gira hacia un rumbo
incierto. Somos faros
encendidos en un mar que ya
no tiene barcos. Pero los
barcos sí están ahí. Navegan
más lejos, con otras luces.
Y quién sabe… es posible que
algún día vuelvan a nuestras
costas.
Ofelia inhala profundamente:
-Hemos visto prosperidad,
orden, uniones fuertes,
valores sólidos. Lo hemos
visto, lo hemos vivido y lo
vemos disiparse. Lo que
ocurre ahora no es progreso:
es pérdida de raíces, de
responsabilidad, de sentido.
Y, si una civilización
pierde eso…, pierde su alma.
Pero meditemos: “El Señor es
mi pastor; nada me falta”
-quizá en la fe hallemos
guía.
Una calma triste los une.
Ninguno habla desde el
desprecio, sino desde la
herida de quienes ven
transformarse el suelo bajo
sus pies.
Víctor, con un atisbo de
esperanza, dice al fin:
-Tal vez no todo está
perdido. Las nuevas
generaciones tienen valores…
sólo que distintos. Machado
escribió que todo pasa y
todo queda. Quizá lo nuestro
sea quedarse viendo cómo
pasa.
Ofelia asiente:
-"No juzguéis". Quizá hemos
sido demasiado severos.
Graciela dice con calidez:
-Al final, lo que importa es
el amor. En todas sus formas
debe revestirse de belleza y
responsabilidad. Aunque no
siempre lo entendamos.
Enrique levanta su copa:
-Brindo por el entendimiento
de las generaciones. Todos
buscamos lo mismo: felicidad
y sentido.
En la mesa contigua una
pareja joven ayuda a su hija
pequeña a beber de un vaso
demasiado grande para sus
manos. La niña ríe cada vez
que derrama unas gotas y sus
padres lo hacen con ella.
Los cuatro ancianos
contemplan la escena sin
decir nada. Tal vez el mundo
no es exactamente el mismo,
piensa Enrique, pero aún
siguen cosas que merece la
pena conservar.
El músico callejero entona
una balada melancólica. En
sus notas hay un eco de sus
propios lamentos.
Los cuatro se levantan
despacio. Caminan hacia la
noche con el calor de haber
compartido el mismo nudo de
nostalgia y desconsuelo en
la garganta. La luna llena
ilumina sus pasos.
Permanecen unos segundos
ante la mesa. Ninguno dice
que quizá algún día estos
asientos quedarán vacíos
para siempre.
El camarero regresa a
recoger la mesa. Quedan
cuatro tazas vacías, una
copa y tres almendras
olvidadas. Mientras apila
los platos recuerda, sin
proponérselo, algunos
fragmentos de la
conversación que ha ido
escuchando durante la tarde.
Sonríe al pensar en su
abuelo, muerto hace dos
inviernos, que hablaba con
aquella misma mezcla de
severidad y ternura. Saca el
teléfono del bolsillo. Duda
unos segundos y escribe un
mensaje:
“Mamá, ¿cómo está el abuelo?
Hace días que no voy a
verlo. Mañana paso por
casa”.
Permanece un instante
mirando la pantalla. Borra
el mensaje despacio. Su
abuelo ya no está. Guarda el
móvil y continúa trabajando.
La plaza sigue llena de
gente apresurada, pero, por
un momento, le parece que el
tiempo camina un poco más
despacio.
Los cuatro ancianos son
quizá los primeros puentes
hacia un futuro incierto: el
lugar donde la sabiduría
madura y la energía juvenil
puedan volver a encontrarse.
La ciudad sigue su ritmo
implacable, ajena al rumor
de sus palabras. Los
semáforos cambian de color,
los escaparates prolongan la
luz del día y los teléfonos
arden en las manos como
pequeñas hogueras. Ellos
avanzan despacio bajo la
luna, cuatro sombras que el
tiempo se resiste a borrar.
Son los últimos testigos de
un mundo que se desvanece,
pero también la memoria viva
de cuanto ese mundo fue.
Mientras ellos caminen,
mientras alguien conserve
sus recuerdos y los
pronuncie en voz alta, su
historia no habrá
desaparecido del todo.
Emma-Margarita R. A.-Valdés |