|
En su octogésimo cumpleaños, celebrado en
soledad, Magdalena se acomodó en su rincón
predilecto del salón, dentro del amplio
chalé situado en una zona residencial a las
afueras de la ciudad. La penumbra se cernía
como un velo y despertaba los espectros del
pasado, ecos de un tiempo que se extinguía.
Era el momento propicio para revisar su
existencia: la efervescencia de su juventud,
los amores, la sombra protectora de sus
padres, el compañero de vida que ya no
estaba y sus cinco hijos, que trabajaban en
tierras lejanas, forjando destinos que su
marido y ella, con sacrificios silenciosos,
habían ayudado a esculpir.
Afuera, el crepúsculo tejía su manto y las
hojas otoñales caían a manera de lágrimas
secas, susurrando lluvias pasadas y auroras
rotas. Contempló el vacío, evocando heridas
que aún sangraban. El arrepentimiento brotó,
lacerante, en su corazón.
Con el espíritu ensombrecido, anheló la
redención de sus yerros, actos y omisiones
del pasado. Se enfundó en su abrigo y
encaminó sus pasos hacia la iglesia de la
urbanización, al igual que el hijo pródigo
que regresa al hogar paterno.
Entró despacio, con el cuerpo cansado y un
peso invisible sobre los hombros que la
oprimía. Los vitrales filtraban la luz en
colores de misericordia y el incienso
flotaba en el aire como una plegaria
suspendida en el ambiente.
"Los remordimientos son como estalactitas:
crecen gota a gota en la oscuridad hasta
horadar el presente", musitó para sí. “No
desaparecen; se acumulan lentamente hasta
ocuparlo todo”.
Se acercó al altar, donde el sagrario velaba
flanqueado por dos llamas rojas que
titilaban. Sus labios temblorosos
articularon las palabras largamente
silenciadas: “He pecado contra el cielo y
contra ti”.
El confesionario la aguardaba. Tras la
rejilla, un sacerdote de mirada serena
emergió como un centinela de la gracia
redentora.
Por un instante, la tentación de huir la
asaltó. Mas una voz interior, profunda y
conocida, susurró: “Vuelve a mí de todo
corazón”. Y esa frase, que un día escuchó de
labios de su abuela, la sostuvo recordándole
que "El Señor es misericordioso y compasivo,
lento para la ira y grande en amor".
Se acercó y se arrodilló con el alma en
vilo. Comenzó a hablar, al principio con
torpeza, pero poco a poco las palabras
fluyeron como agua contenida demasiado
tiempo.
-Padre -susurró. Su voz, un hilo frágil en
la vastedad del templo-, vengo con el peso
de lo que hice y de lo que dejé de hacer. No
recuerdo cuánto tiempo ha pasado desde mi
última confesión, pero sé que es mucho.
Confieso que he cometido errores, algunos
graves, y ahora, a mi edad y en la quietud
de mis noches, la culpa se ha convertido en
un fuego lento que no se apaga.
El sacerdote inclinó la cabeza y su voz
surgió como un bálsamo. -Hija mía, el
arrepentimiento es el puente hacia la gracia
divina. “Venid a mí todos los que estáis
cansados y agobiados, que yo os aliviaré”.
-Pero el dolor persiste, es una espada
clavada en el pecho.
-El pesar no es para eliminarlo, sino para
transformarlo en sabiduría. "Bienaventurados
los que lloran, porque ellos serán
consolados".
- ¿Y cómo se vive con tanto que lamentar?
-Al igual que el alfarero con sus vasijas
rotas: recogiendo los fragmentos para crear
mosaicos nuevos. Tu vida no es una lista de
errores, es un sendero que te ha traído
hasta aquí, donde puedes renacer. Dime qué
te mortifica. Comienza por lo más antiguo,
desentierra malezas muertas para sembrar
semillas de vida.
Ella prosiguió despacio, con la mirada baja
y los dedos entrelazados en oración.
-A los dieciocho años me enfadé con mi
padre. En un arrebato llegué a odiarlo por
un instante. Me había prohibido salir con
unos amigos, aquellos que prometían
aventuras bajo la luna cómplice. "No es
seguro, hija mía", había dicho, y mi
juventud rebelde gritó: "¡Me ahogas, papá!
¡No eres más que un carcelero!". Hoy me
arrepiento de no haber visto en sus ojos el
amor protector, el temor velado tras la
severidad. Fue un momento fugaz, pero su eco
me lacera aún.
-Respecto al odio -respondió el sacerdote-
recuerda: “Perdona nuestras deudas, como
también nosotros perdonamos a nuestros
deudores”. Libera ese rencor, pues te
encadena a las tinieblas. ¿De qué más te
arrepientes?
-Hice daño por vanidad, fui la serpiente que
tienta en el Edén. Mis amigas envidiaban que
los muchachos me admiraran. Una de ellas
murmuró: “Eres la falsa moneda, que ninguno
se la queda”. Lo decía, aunque sabía que yo
los rechazaba por considerarme demasiado
joven para compromisos. Así que, dolida por
su frase, utilicé el amor de un muchacho
bueno… le di esperanzas para que me pidiera
ser su novia. Sólo para presumir ante ella.
Cuando rompí el compromiso, lo vi llorar.
Hoy daría cualquier cosa por remediar esa
herida, por haber jugado con él.
Magdalena, algo más reconfortada, siguió:
-Y luego el amor, el primero, el inmaculado,
lo dejé por mi carrera, por escalar montañas
que sólo ofrecían vientos helados de
soledad. Me dijo: “Elige, Magdalena: yo o
tus sueños". Cegada por el brillo de lo
material, lo abandoné, como Pedro que negó
al Maestro tres veces. Ahora, en las noches
solitarias aún lamento aquella decisión, su
añoranza vive en mi interior. Ojalá hubiera
elegido con sabiduría, en lugar de perseguir
vanas glorias.
-Continúa, tranquila. Tómate tu tiempo -dijo
el confesor.
-Más adelante me volví a enamorar, como una
mariposa atraída por una llama que promete
calor, pero quema. Antes de casarnos quedé
embarazada. Mi novio me ofreció casarse de
palabra, pero me presionaba para que
abortara con excusas envueltas en temor.
Cedí, arrastrada por mi posición social, la
necesidad de conservar mi trabajo para
ayudar a mi familia y la imposibilidad de
atender al hijo, imaginando un futuro donde
el niño sería una carga en vez de una
bendición. Todo me ataba, no encontraba
salida, y aborté. Ese acto me marcó y aún
sangra en las noches de insomnio.
Se produjo un denso silencio, como si el
templo se transformara en una masa opaca.
El sacerdote habló con gravedad.
-Hija, el aborto es una herida profunda, un
acto que clama al cielo, un pecado grave que
implica terminar con una vida inocente, una
criatura de Dios. Recuerda las palabras:
"Antes que te formase en el vientre te
conocí". "Porque tú formaste mis
entrañas...”. “El Señor me ha llamado desde
el vientre; Desde la matriz de mi madre ha
mencionado mi nombre”. Dice Éxodo
20:13: "No matarás". Pero el Señor es rico
en misericordia: “Aunque tus pecados sean
como la escarlata, quedarán blancos como la
nieve”. El pesar verdadero lava esas manchas
y en tu contrición encuentra el camino a la
sanación. Libera esa culpa, ofrécela en
sacrificio, y ora por el alma de ese
inocente, que ahora descansa en los brazos
del Padre eterno. ¿Qué más pesa en tu
conciencia?
Con lágrimas rodando por sus mejillas,
Magdalena dijo:
-Un año después nos casamos, pero mi marido
no quería a mi madre en casa, alegando que
su presencia era una espina en nuestro nido.
Por complacerlo, la aparté cuando más me
necesitaba. Tiempo después volví a su lado y
la cuidé hasta su último aliento, pero aquel
abandono inicial me lacera. Sé que falté al
mandamiento de honrar a los padres.
El sacerdote respondió con serenidad:-El
abandono de los ancianos es una falta contra
la caridad, pero tu retorno a su lado es
como el del hijo pródigo que regresa. Has
rectificado el camino, y en eso reside la
gracia. Dime si hay más sombras que disipar,
para que la luz de la absolución te envuelva
con un manto de paz.
Magdalena, más aliviada, prosiguió su
confesión, las palabras brotando cual
manantial purificador.
-También abandoné a una antigua amiga,
aquella que había compartido risas y
confidencias. La relegué por nuevos círculos
que brillaban falsamente. La traté como a un
vestido viejo, desechado al olvido, y ahora,
en la soledad de mis días, anhelo sus
abrazos. Me pregunto por qué el orgullo me
cegó.
El sacerdote, con voz suave, respondió: -El
abandono de los lazos fraternos es podar
ramas vivas de un árbol que da fruto.
Recuerda las palabras de Proverbios: “Hay
amigo más unido que un hermano”. El orgullo
es el velo que oscurece el amor, pero la
rectificación lo rasga. Busca reconectar
esos hilos rotos, ofrece disculpas en
ofrendas de paz, y verás cómo el Señor, que
une lo disperso, restaura lo que el tiempo
ha erosionado. ¿Qué más te aflige, hija, en
este camino de luz?
Con un suspiro que parecía exhalar faltas
acumuladas, Magdalena continuó: -Finalmente,
el odio a mi marido, que me traicionó con
las mentiras habituales en estos casos;
sabía, por el abandono con que me trataba,
que existía otra mujer. La desolación de su
engaño me transformó en un pozo de rencor,
un abismo donde cada día alimentaba el
veneno que me corroía. Lo perdoné, pero aún
en las noches revivo el eco de aquella
herida. Me arrepiento de haberla alimentado,
en lugar de sanarla y dejarla como una
cicatriz.
El sacerdote, inclinando la cabeza, replicó:
-El odio es un fuego que consume al que lo
enciende. El Señor nos llama a amar incluso
a los enemigos: “Amad a vuestros enemigos y
orad por los que os persiguen”. Transforma
ese rencor en oración, ofrécelo al pie de la
cruz, donde el amor vence a la traición.
Recoge los pedazos de tu corazón herido y
permite que Dios los recomponga. ¿Quieres
decirme algo más?
-No. He desahogado mi angustia y confesado
mi culpa. Estoy tranquila.
-Has desenterrado las raíces de tu tormento
-afirmó el sacerdote-. "Yo soy el que borro
tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me
acordaré de tus pecados". Así dice el Señor.
Perdónate también a ti misma. Convierte este
pesar en obras: ayuda a los hermanos
necesitados, visita a los ancianos solos.
Que tu experiencia sirva para aliviar el
dolor ajeno.
Entonces, alzando la mano, pronunció la
absolución:
-En el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo. Ve en paz y no peques más,
porque “quien está en Cristo es una nueva
criatura: las cosas viejas pasaron; he aquí,
todo ha sido hecho nuevo”.
|