LA VOZ DE LA CONCIENCIA

Emma-Margarita R. A.-Valdés

 

 

 

En su 80 cumpleaños, celebrado en soledad, Magdalena se acomodó en su rincón predilecto del salón, dentro de aquel amplio chalé situado en una zona residencial a las afueras de la ciudad. La penumbra se cernía despertando en su mente los espectros del ayer, ecos de un tiempo que se desvanecía en la niebla al alba. Era el instante propicio para abrir, uno a uno, los viejos cajones de la memoria: la efervescencia de su juventud, la protección de su familia, el compañero de vida que ya no estaba, y sus cinco hijos que trabajaban en tierras lejanas, forjando destinos que su marido y ella, con sacrificios silenciosos, habían ayudado a esculpir.

 

Afuera, el crepúsculo tejía su manto y las hojas otoñales caían susurrando lluvias pasadas y auroras rotas. Contempló el vacío, evocando heridas mal cicatrizadas que aún sangraban en silencio, mientras el arrepentimiento brotaba hiriente.

 

Con el espíritu cargado de sombras, anheló la redención por sus yerros, actos y omisiones del pasado. Se enfundó en su abrigo y encaminó sus pasos hacia la iglesia de la urbanización, como quien regresa al hogar paterno.

 

El aire frío del atardecer le acarició el rostro. Caminó despacio por calles casi desiertas. Cada paso parecía pesarle más que el anterior, como si el pasado hubiera decidido acompañarla en aquel último recorrido. Al divisar la torre de la iglesia, sintió el impulso de regresar a casa. Quedó inmóvil unos instantes. Después, respiró hondo y continuó avanzando.

 

Entró despacio, con el cuerpo cansado, como si cargara sobre los hombros un fardo invisible que oprimía su ser. Los vitrales filtraban la luz en colores de misericordia y el incienso flotaba igual que una plegaria suspendida en el ambiente.

 

"Los remordimientos son estalactitas", musitó para sí, "crecen gota a gota en la oscuridad hasta perforar el presente".

 

Se acercó al altar, donde el sagrario velaba flanqueado por dos llamas rojas que titilaban señalando la esperanza. Sus labios, temblorosos, articularon palabras largamente silenciadas: “He pecado contra el cielo y contra ti”.

 

El confesionario la aguardaba: tras la rejilla emergía la mirada serena de un sacerdote, centinela silencioso de la gracia redentora.

 

Por un momento, la tentación de huir la asaltó. Mas una voz interior, profunda, emergiendo de un pozo de sabiduría, susurró: “Vuelve a mí de todo corazón”. Y esa frase, que un día escuchó de labios de su abuela, la sostuvo en el umbral del arrepentimiento, recordándole que "El Señor es misericordioso y compasivo, lento para la ira y grande en amor". 

 

Magdalena se acercó. apoyó una mano en la madera oscura. Cerró los ojos. Recordó fugazmente la última vez que había confesado, siendo apenas una muchacha. Entonces acudía sin miedo. Ahora iban a pasar ochenta años de vida por aquella rejilla.

 

Se arrodilló con el alma en vilo. Comenzó a hablar, al principio con torpeza, pero poco a poco las palabras fluyeron en cascada.

 

—Padre —susurró, su voz era un hilo frágil en la vastedad del templo—, vengo con el peso de lo que hice y de lo que dejé de hacer. No recuerdo cuánto tiempo ha transcurrido desde mi última confesión, pero sé que es mucho. Confieso que he cometido errores, algunos graves, y ahora, a mi edad y en la quietud de mis noches, el arrepentimiento me devora, es un fuego lento que no se apaga.

 

La voz del confesor surgió suave, aliviándola.

 

—Hija mía, el arrepentimiento es el puente que une con la divinidad. “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré”.

 

—Pero el dolor persiste, es una espada clavada en mi corazón.

 

—El arrepentimiento no es para eliminar el dolor. Es para transformarlo en sabiduría. "Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados".

 

— ¿Y cómo se vive con tanto que lamentar?

 

—Haciendo lo que el alfarero hace con sus vasijas rotas: recoger los fragmentos para crear mosaicos nuevos. Tu vida no es una lista de errores, es un sendero que te ha traído hasta aquí, donde puedes renacer. Ahora, dime qué te mortifica. Comienza por el dolor más antiguo, desentierra malezas muertas para sembrar semillas de vida.

 

Ella prosiguió despacio, con la mirada baja, los dedos entrelazados en oración.

 

—A mis dieciocho años, me enfadé con mi padre, y en un arrebato casi lo odié. Me había negado la salida con amigos efímeros, aquellos que prometían aventuras bajo la luna cómplice. "No es seguro, hija mía", había dicho, y mi juventud rebelde gritó: "¡Me ahogas! ¡No eres más que un carcelero!". Ahora, me arrepiento de no haber visto en sus ojos el cariño protector, el temor tras la severidad. Fue un instante fugaz, mas su eco me lacera aún.

 

—En cuanto al odio —replicó el sacerdote—, recuerda: “Perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Libera ese rencor, pues te encadena a las tinieblas. ¿De qué más te arrepientes?

 

—Hice daño por vanidad, fui la serpiente que tienta en el Edén. Mis amigas envidiaban que los muchachos me admiraran. Una de ellas murmuró: “Eres la falsa moneda, que ninguno se la queda”. Lo decía, aunque sabía que yo los rechazaba por considerarme demasiado joven para compromisos. Así que, dolida por su frase, utilicé el amor de un muchacho guapo y rico, deseado por las cicas … le infundí esperanzas solo para que me pidiera formalmente ser su novia y así lo hizo. Presumí de mi compromiso ante mi amiga. Un mes después, le dije que lo había pensado y rompía la relación, lo vi llorar, y una pena profunda me invadió. Hoy daría cualquier cosa por remediar esa herida, por haber jugado con un ser puro y bueno.

 

Reconfortada, continuó:

 

—Y luego, el verdadero, aquel que no muere, el inmaculado, lo dejé por mi carrera, por escalar montañas que sólo ofrecían vientos helados de soledad.  Me dijo: “Elige, Magdalena: yo o tus sueños". Yo, cegada por el brillo de lo material, lo abandoné, como Pedro que negó al Maestro tres veces. Ahora, en las noches solitarias, me arrepiento. Aquella relación casta se hundió con la distancia, pero su añoranza sigue en mí. Ojalá hubiera elegido con sabiduría, padre, en lugar de perseguir vanas glorias.

 

—Continúa, hija, desahógate y tranquilízate.

 

—Más adelante me volví a enamorar. Una mariposa atraída por una llama que promete calor, pero quema. Antes de casarnos, me quedé embarazada, un fruto inesperado. Mi novio ofreció ficticiamente casarse conmigo, con palabras huecas, pero me animaba a abortar, susurrando excusas envueltas en temor. Yo cedí, arrastrada por mi posición social, por la necesidad del dinero de mi trabajo, que me ataba con cadenas de oro, y por la imposibilidad de atender al hijo, imaginando un futuro donde el niño sería una carga en vez de una bendición. Aborté, y en ese acto manché mi alma con una culpa que aún sangra en las noches de insomnio.

 

Se produjo un espeso silencio. Parecía que el templo se transformaba en una masa opaca.

 

Magdalena no pudo continuar. Las palabras quedaron suspendidas entre sollozos. Sólo se oía el leve crepitar de los cirios. El confesor aguardó en silencio. Sabía que, a veces, las lágrimas completan una confesión antes que las palabras.

 

Tras la pausa, el confesor, con la voz grave de un profeta en el desierto, respondió:

 

—El aborto es una herida profunda, un acto que clama al cielo, un pecado grave que implica terminar con una vida inocente, una criatura de Dios. Recuerda las palabras: "Antes que te formase en el vientre te conocí". "Porque tú formaste mis entrañas...”. “El Señor me ha llamado desde el vientre; Desde la matriz de mi madre”. Dice Éxodo 20:13: "No matarás". Pero el Señor, que es rico en piedad, dice en Isaías: “Aunque tus pecados sean como la escarlata, quedarán blancos como la nieve”. El arrepentimiento verdadero lava esas manchas y en tu dolor encuentra el camino a la sanación. Libera esa culpa, ofrécela en sacrificio, y ora por ese inocente, que ahora descansa en los brazos del Padre eterno.

 

 ¿Qué más pesa en tu conciencia?

 

Magdalena, con lágrimas que rodaban ardientes, prosiguió:

 

—Un año después del aborto, nos casamos, pero él no quería convivir con mi madre, su suegra, alegando que su presencia era una espina en nuestro nido. Por complacerlo, la aparté y la dejé sola. Tiempo después, arrepentida, volví a su lado y la cuidé hasta su último aliento. Mas ese abandono inicial me lacera, he faltado al mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre”.

 

El sacerdote, con un gesto de comprensión, replicó:

 

—El abandono de los ancianos es un pecado contra la caridad, pero tu retorno a su lado es el del hijo pródigo. Has rectificado y en eso reside la gracia.

 

 Continúa, si hay más sombras que disipar, para que la luz de la absolución te envuelva.

 

Magdalena, con el alma cada vez más liviana, prosiguió su confesión. Las palabras brotaban como un manantial purificador.

 

—También abandoné a antiguas amigas, aquellas que habían compartido risas y confidencias. Las dejé atrás por nuevos círculos que brillaban falsamente. Eran, entonces, vestidos viejos, desechados en el olvido, y ahora, en la soledad de mis días, anhelo sus voces cálidas, sus abrazos. Me pregunto por qué el orgullo me cegó.

 

El confesor, con voz suave, respondió:

 

—El abandono de los lazos fraternos es podar ramas vivas de un árbol que da fruto. Recuerda las palabras de Proverbios: “Hay amigo más unido que un hermano”. El orgullo es el velo que oscurece el amor, pero el arrepentimiento lo rasga. Busca reconectar esos hilos rotos, ofrece disculpas en ofrendas de paz, y verás cómo el Señor, que une lo disperso, restaura lo que el tiempo ha erosionado.

 

 ¿Qué más te aflige, hija, en este camino de luz?

 

Con un suspiro que parecía exhalar las faltas acumuladas, Magdalena continuó:

 

—Finalmente, el odio a mi pareja, que me traicionó con las mentiras de siempre; suponía, por la dejadez en su atención, que existía otra mujer y así era. El dolor de su engaño me hundió en un abismo de rencor que alimentaba cada día, como quien riega una planta venenosa. Lo perdoné, pero aún en las noches revivo el eco de aquella herida. Me arrepiento de haberla alimentado, padre, en lugar de sanarla y dejarla cicatrizar.

 

El sacerdote, inclinando la cabeza, replicó:

 

—El odio es un fuego que consume al que lo enciende. El Señor nos llama a amar incluso a los enemigos: “Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen”. Transforma ese rencor en oración, ofrécelo al pie de la cruz, donde el amor vence a la traición. Recoge los pedazos de tu corazón herido y permite que Dios los recomponga

 

. ¿Quieres decirme algo más?

 

—No, padre. He desahogado mi angustia y expresado mi arrepentimiento. Estoy tranquila.

 

—Has desenterrado las raíces de tu dolor —afirmó el sacerdote—. "Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados". Así dice el Señor en Isaías 43:25. Perdónate a ti misma. Convierte el arrepentimiento en acción: ayuda a los hermanos necesitados, visita ancianos solos. Que tu experiencia sirva para aliviar el dolor ajeno.

 

—Padre... también quiero dar gracias. A pesar de mis errores, Dios me concedió cinco hijos y una madre a la que pude acompañar hasta el final. No todo fue oscuridad en mi vida.

 

—Dar gracias a Dios es humildad. Reconocer los dones es otra forma de pedir perdón. Hija, Dios no ha esperado años para juzgarte. Ha esperado para abrazarte.

 

Recibe ahora la absolución: en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Ve en paz y no peques más, porque “quien está en Cristo es una nueva criatura: las cosas viejas pasaron; he aquí, todo ha sido hecho nuevo”.

 

Ella siguió unos instantes de rodillas ante el sagrario. No pidió nada. Tampoco necesitaba respuestas. Bastaba aquel silencio que ya no pesaba sobre su conciencia.

 

 Al salir del templo, el aire seguía siendo frío y las hojas continuaban cayendo lentamente, pero algo había cambiado. No era el mundo. Era ella. Por primera vez en muchos años, el pasado había dejado de perseguirla para convertirse, sencillamente, en memoria. Levantó la vista hacia el cielo y sonrió con una paz serena que hacía mucho tiempo había olvidado.

 

  

Emma-Margarita R. A.-Valdés





 

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