Capítulo I
La
lluvia besaba los cristales de la clínica con la nostalgia
líquida de un sollozo perdido en el cielo frío del otoño, como
un llanto tímido que no se atrevía a romper el silencio. Gotas
diamantinas brillaban a contraluz en el ambiente sombrío. Su
lento descenso invitaba a la reflexión. Se deslizaba por las
ventanas, enturbiando su transparencia, y dentro, el olor a
desinfectante se mezclaba con un incienso tenue que alguien
había encendido para intentar suavizar lo inevitable.
En la
esquina de la sala de espera, sentada, con las piernas cruzadas,
una joven de mirada inquieta pasaba las páginas de un folleto
sin leerlas. Tenía veinte años y un nudo en la garganta que ni
las lágrimas lograban desatar. Su nombre era Gloria, y en su
vientre latía una pregunta sin respuesta.
A unos
metros de ella, con la espalda recta y las manos sobre el
regazo, estaba Ofelia, de veintisiete años, vestida de rojo
oscuro. Bajo su piel, había una promesa. Sus ojos no eran más
serenos que los de Gloria, pero sí estaban decididos.
La
ginecóloga se retrasaba. Las dos mujeres, unidas por el azar,
compartían la espera más densa del día.
— ¿Tú
vas antes que yo? ¿No? —inquirió Ofelia, por decir algo; sólo
deseaba conversar con otra quizá con el mismo problema.
Creo
que no —respondió Gloria con timidez—. Vengo porque estoy
embarazada y quiero consultar sobre mi estado.
—
¿Primera vez? —preguntó sin levantar la voz ni la vista del
suelo.
Gloria
dudó. Bajó el folleto.
—Sí. Y
quizás la última que venga a la consulta. Iré a una clínica
— ¿A
una clínica?
—Estoy
pensando… en no tenerlo.
Ofelia
giró la cabeza, con un punto de curiosidad.
—
¿Estás sola?
—El
padre desapareció en cuanto vio las dos rayitas, como si hubiera
invocado un demonio en vez de un hijo
Gloria
tragó saliva. Su mirada se humedeció.
—Nunca
pensé que me vería aquí. Creía que eso les pasaba a otras.
—A mí
también me pasó eso en otra ocasión y aborté. Hasta que fui la
“otra” —declaró Ofelia—. Ahora he decidido seguir. Mi amante me
propuso abortar, me ofreció mucho dinero, pero quiero tener un
hijo. Ya no soy una niña y quizá sea mi última oportunidad.
Gloria
bajó la mirada hacia su abdomen. No estaba aún abultado, pero
sentía ya el peso del futuro.
— ¿Y
si decido seguir? ¿Cómo se vive con eso? ¿Con alguien que no
quiere verlo ni nombrarlo?
Ofelia
sonrió, no como consuelo, sino como quien recuerda una herida
que ya no sangra.
—Se
actúa con coraje. Sé que hay circunstancias que obligan, pero es
la muerte de un ser humano, inocente, con un futuro. El aborto
pone fin a una existencia que apenas comienza, una que aún no ha
dicho su primera palabra, pero ya sueña con existir. Lamento
haber perdido mi anterior hijo, el de mi único amor verdadero.
Ya no tiene voz, pero sigue latiendo en mi memoria. El padre
murió en un accidente, no llegó a saberlo.
La
puerta del consultorio se abrió. La ginecóloga llamó a Ofelia.
Ella se levantó con la calma majestuosa de una ola que sabe
adónde va, que no teme romper contra la orilla.
Antes
de entrar, volvió la vista hacia Gloria.
—Sea
cual sea tu decisión, que sea tuya. Pero recuerda esto: en tu
vientre crece una persona diferente a ti, que no es tuya, que es
una nueva vida.
Ofelia
desapareció tras la puerta blanca.
Y en
la sala de espera, mientras la lluvia comenzaba a cesar, Gloria
recapacitó. Pesaban más el egoísmo, la seguridad y la libertad
que lo que crecía dentro de ella: el destino de su bebé. Era
joven, debería terminar su carrera, divertirse como las demás
chicas. Un hijo era un estorbo y una responsabilidad que no
quería aceptar. Diría a la doctora que su objetivo era el
aborto.
Capítulo II
Pasaron tres semanas desde aquella mañana lluviosa, en la
clínica. El sol caía sobre los tejados como miel tibia. Ofelia
se presentó en el despacho donde Gerardo, su amante, trabajaba.
Llevaba en la mano una carpeta de cartulina con sus últimas
ecografías, un formulario judicial y una decisión firme. Una
carpeta liviana en peso, pero cargada de significado.
Él la
vio entrar con ademanes que denotaban superioridad. Enarcó una
ceja, molesto por la interrupción en su rutina y por ser ella la
que la interrumpía. Gerardo tenía esa actitud de quien confunde
ignorar con hacer desaparecer y eso era lo que deseaba de
Ofelia, que desapareciera.
— ¿Qué
haces aquí? —masculló él, sin invitarla a sentarse—. Te dije que
no vinieras al despacho.
—Vengo
a que hablemos. O más bien, a que me escuches —respondió ella,
segura—. Tomó asiento sin pedir permiso.
Gerardo bufó. La miró con atención y muy sorprendido.
Ofelia
puso sobre la mesa la carpeta.
— ¿Qué
es eso?
—Tu
nombre. Tu responsabilidad. Tu obligación —profirió ella,
empujando los papeles hacia él—. Estoy embarazada. Vas a
reconocer a tu hijo. No porque quieras —sé que no quieres—.
Porque la ley lo exige. Porque es tuyo, aunque te tapes los
oídos.
— ¿Me
estás amenazando? Sabes bien que soy un hombre casado. Fuiste
solo mi amante, nada más. Te advertí sobre ello. No tengo
obligación alguna contigo. Eres mayorcita y sabes los resultados
de tus acciones. Me dijiste que tomabas la píldora. ¿Has dejado
de tomarla para chantajearme?
—Eso
es cosa mía —respondió Ofelia desafiante.
—No,
no es cosa tuya, me estás involucrando en ello. Realmente es
cosa tuya, no te obligué, tú lo quisiste. Si te tiras de un
quinto piso, eres tú la que toma la decisión y sabes los
resultados, el quinto piso no tiene la culpa —sonrió con sorna.
—Es
curioso —continuó él—, da la casualidad de que se quedan
embarazadas las que se relacionan con hombres acaudalados… A
ellos les piden reconozcan al hijo para vivir a su costa, sin
dar un palo al agua —sonrió con acritud—. Yo no soy responsable
de tus actos.
Ofelia
estalló, perdió el control, alzó la voz:
—La
ley me ampara, y haré que caiga sobre ti con todo su peso.
—Eres
peor que una prostituta —afirmó Gerardo con crueldad—. Ellas
ejercen su trabajo sin chantajear... Sin hacer la vida imposible
al cliente. Saben lo que están haciendo y no exigen
responsabilidades, es su trabajo, simplemente. Tú también
cumplías tu papel: amante, meretriz, lo que fuera…
Ofelia
le dio un fuerte sopapo y subrayó:
—Sí,
soy todo eso que dices, pero me vas a pagar cada mes lo que la
justicia te ordene y lo que, además, yo te exija. Como ves, yo
también sé hacer negocios. —La mueca de su rostro mostraba la
seguridad en el éxito.
Gerardo, estático, reprimía el deseo de abofetearla. Sabía que
la ley no siempre era justa, que muchas veces protegía en
exceso, sobre todo a las mujeres, y que esta vez no tenía
escapatoria. Dijo:
—
¿Cuánto quieres? Dame una cifra, pero no me pidas que reconozca
a tu hijo, digo tuyo porque tú preparaste su nacimiento, no yo.
Ofelia
rió a carcajadas.
—Prefiero el goteo mensual y el reconocimiento, lo que tiene más
ventajas, recibirá parte de tu herencia, y otros beneficios
interesantes.
— ¡Eso
es inmoral, degradante, despreciable, infamante, indecente! Eres
peor que una puta —exclamó Gerardo colérico.
—Nos
veremos en los tribunales, queridísimo Gerardo…
Salió
del despacho con la espalda recta y el paso templado, no como
quien escapa, sino como quien dicta su propia sentencia. En su
interior daba la razón a Gerardo, él no tenía culpa alguna, ella
lo buscó intencionadamente, le engañó para tener seguridad
económica y una herencia para su hijo…sabía las consecuencias
cuando hizo lo que hizo.
Ofelia
se alejaba. El sonido de sus pasos sobre el mármol resonaba como
un tambor de guerra suave pero definitivo.
Capítulo III
La
lluvia había cesado. Un pálido sol caía sobre el asfalto. El
otoño llegaba a su fin. Las plazas estaban llenas de hojas
muertas, recuerdo de ráfagas de viento sobre los jardines. Las
ramas desnudas parecían dedos de ancianos, pidiendo algo al
cielo.
En el
hospital público de la ciudad, Gloria acunaba entre sus brazos a
su hijo recién nacido. Había decidido, finalmente, no abortar.
Lo llamó Miguel, como el segundo nombre de su ex: José Miguel.
En una
cama contigua reposaba Marta. Que había ido al hospital por
haber tenido una grave complicación derivada de un aborto
clandestino.
Gloria
congenió con ella. Hablaron de sus circunstancias y de su
futuro. Marta, alentada por la amabilidad de Gloria, decidió
verter en ella todas sus inquietudes y problemas.
—No
deseaba abortar —amiga Gloria—, pero mi situación lo requería.
Vivo con mi madre, que depende económicamente de mí. Yo iba a
perder el trabajo y ¿de qué viviríamos? Por otro lado, si mi
madre se enterase, tendría un disgusto fatal para su corazón.
Puedo decir que a mi hijo lo mataron la sociedad, el dinero, el
amor a mi madre y otras muchas circunstancias. Yo lo maté, lo
arranqué de la vida antes de que respirara. No nació por mi
culpa. Y esa culpa sigue en mí.
Las
lágrimas brotaban sin tregua de sus ojos claros, ahora
enrojecidos por su continuo llanto.
Gloria
no sabía qué decirle ni en qué parte de su relato podría
apoyarse para consolarla. Al fin comentó:
—Veo
el gran amor que profesas a tu madre, eso te honra. No has
querido darle un disgusto que iba a causarle daño. Te
sacrificaste.
—Sí
—respondió Marta—, pero, en realidad no fue solo por eso,
también por otras cosas… que no me disculpan.
—Yo
también pensé abortar. Mi novio me dejó, no estaba preparado
para ser padre, pero el niño era mío y no quise perderlo. No fue
valentía lo que me detuvo, fue amor. No al padre. A mí misma. A
mi hijo. A ese algo que latía en mi vientre como un tambor
suave, pero persistente.
— ¿Qué
vas a hacer ahora?
—Cuidar a mi hijo.
— ¿Y
no vas a exigir a su padre que se ocupe de él? —preguntó Marta.
—No.
Lo dejo como está. Mis padres fueron comprensivos y van a cuidar
del niño mientras sigo yendo a clase.
—Me
refería a acudir al sistema judicial para que lo reconozca y te
ayude con su crianza.
—Sé a
qué te refieres, pero yo sabía a lo que me exponía, soy la única
responsable, podía haber dicho que no. Si él desease reconocerlo
y ayudar, es libre para hacerlo.
—Eres
muy generosa, Gloria. Una buena persona. Realmente todas podemos
decir no, luchar, razonar... Opino que sólo en el caso de
violación tendríamos derecho a reclamar ante los tribunales.
—Yo
estoy feliz con mi hijo. Es el mejor regalo que me ha dado. No
le guardo rencor. Ahora sé que, desde el primer instante, todo
nuevo ser merece respeto y protección. Tiene ya su propio
patrimonio genético, distinto del mío, y su propio sistema
inmunológico, diferente también.
—Estoy
segura, Marta, que tendrás una nueva oportunidad y, esa vez, lo
lograrás.
—Ya no
podré ser madre. Aquella decisión me costó todo. A causa del
aborto mal hecho, no podré tener hijos.
—Lloró
con gran desconsuelo, como si cada lágrima le arrancara un sueño
del alma.
Lo
siento muchísimo. No sé qué decirte. A veces se está mejor sola.
Tú, al menos, tienes un destino que no ha sido arrebatado en la
operación, disfrútalo, hay mucho por qué vivir y para qué.
Recuerdo que decía un sacerdote: no tengo hijos físicamente,
pero tengo muchos hijos espirituales que me llenan de orgullo.
Mi ministerio merece la pena.
Marta
asintió con la cabeza, sin pronunciar palabra, la emoción
paralizaba su voz.
Capítulo IV
Han
pasado veinticinco años. El día es claro, salpicado de nubes
inciertas, como presagios suspendidos. Es el fin del verano. El
sol incendia cuerpos y paisajes: unos son brasas, otros hielo.
La vida sigue, el pasado permanece: fruta dulce o ácida del
árbol que brotó de cada semilla.
Se
vislumbra el otoño. Las flores amarillas se preparan para danzar
en los jardines, llevadas por el viento. El aire pesa, como un
baúl antiguo cargado de memorias.
Gloria
reside en una casa modesta con patio, macetas rebosantes de
albahaca y juguetes desperdigados como girasoles. Está feliz con
su segundo hijo y con su nuevo amor: su esposo, un hombre bueno,
está encariñado con Miguel, como si fuera sangre de su sangre.
La situación económica es desahogada. La rutina es amorosa: el
café de media mañana, las tostadas con mermelada que él prepara
con torpeza encantadora.
Se
conocieron en una feria del libro, cuando Gloria apenas lograba
dormir tres horas seguidas. Él miró al niño como si fuera una
extensión de ella, no una carga. Y ahí, el milagro.
Gloria
observa a su hijo dormido y le invade un vértigo dulce. El mundo
le ha dado más de lo que pidió. Recuerda el día en que fue a la
clínica con la intención de abortar. Pero no lo hizo. Y ahora lo
contempla, hombre ya, inteligente y trabajador, con un futuro
brillante y noble. A sus veinticuatro años tiene un puesto de
directivo en una gran empresa.
— ¡Ojalá
me regale nietos pronto! —piensa con una sonrisa suave.
¿Qué
habría sido de ella si hubiera abortado? La invade una punzada
de tristeza y gratitud. Sin él, habría existido vacía, sin
ilusión, sin esperanza.
Al
otro lado de la ciudad, Ofelia apaga la luz de su departamento.
Está sola, trabaja en una editorial pequeña, convive con una
gata gris y un ejército de libros subrayados como si de su alma
se tratara.
Tiene
días luminosos: ríe, va al cine. Pero hay noches donde la
memoria muerde. En el cajón de su mesa de noche yace una
ecografía. No por masoquismo, sino por amor. Un amor que no
alcanzó forma, pero que aún la habita. Mira ese papel como quien
visita una tumba sin nombre.
Una
tarde, tras otra discusión con Gerardo, condujo a gran
velocidad, con rabia, por una carretera solitaria. El coche dio
vueltas como un carrusel maldito. Cuando despertó, en la camilla
del hospital, su vientre estaba silencioso.
La
culpa la quema. Quiso usar a su hijo como moneda de cambio con
Gerardo, un hombre que no quería hacerse cargo de él. Ella le
había chantajeado. Y en su fuero más íntimo, sentía que el
destino le había devuelto el golpe.
Ni
libros ni trabajo logran llenar ese vacío. Piensa en su hijo
todos los días. Se despierta preguntándose qué edad tendría, qué
nombre le habría dado.
Lejos
de la ciudad, Marta habita otro mundo. Después de hablar con
Gloria y oír sobre aquel sacerdote que era padre de muchos hijos
espirituales, decidió compensar su imposibilidad de tener hijos
propios. Tomó el hábito de las Hijas de la Caridad, y halló
sentido en enseñar, en acompañar, en guiar.
Ahora
es madre de muchos hijos... Tiene la certeza de estar donde
debe, con la paz de haber transformado la ausencia en vocación.
Es feliz. Se siente completa. La llena de alegría ver a los
niños revolotear a su alrededor. ¿Y sus abrazos? Son como el
abrazo de Dios, caricia, amor, entrega… Sabe que la felicidad es
sencilla, ella la siente, tiene la paz que da la confianza en un
Padre misericordioso que la ama y siempre está con ella.
EPÍLOGO
Hubo
una vez una voz que no llegó a pronunciarse. Un nombre que no se
escribió en ningún registro, pero estaba escrito en el cielo. Un
corazón que latía en la penumbra, como una luciérnaga atrapada
en un frasco sellado antes del amanecer.
La
tierra no lo conoció, pero fue tierra suya. El tiempo no le
perteneció, pero su tiempo ya había comenzado. Era pequeño como
un susurro y, sin embargo, podría llegar a ser voz. Porque en
cada aborto no muere una idea, ni una promesa, ni una esperanza.
Muere alguien. Alguien real, aunque invisible. Alguien que
recibió la pena más absoluta. Alguien a quien solo Dios lloró. Y
ese llanto divino aún recorre los pasillos del alma humana,
preguntando: “¿Dónde está tu hermano?”
La
sangre que debía nutrirlo se volvió sentencia. El calor que
debía protegerlo se tornó cuchilla. Y el útero, ese primer
templo, se transformó en tumba.
No
hubo juicio. No hubo defensa. Solo una decisión envuelta en
eufemismos, como flores falsas sobre una lápida sin nombre. Se
habló de derechos, de libertad, de futuro… Pero no hay opción
que justifique matar. No hay libertad que nazca de la muerte de
otro. No hay decisión que borre a quien ya es. No hay oscuridad
que apague del todo la luz de una vida que existió. Es la
negación más brutal del primer y más fundamental derecho: el de
vivir. Y aunque sus pies no tocaron el suelo, dejan huellas en
la eternidad.
Tres
mujeres, tres caminos. Un hijo que vivió, otro que nunca nació,
y muchos que encontraron abrigo en un corazón herido. Así se
traza la vida: con pérdidas, decisiones y, a veces, redención.



Emma-Margarita R. A.-Valdés

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