-I-
La lluvia golpeaba con suavidad los cristales del centro médico,
como un llanto contenido que no se atrevía a profanar el frío
silencio del otoño. Gotas brillantes se deslizaban por las
ventanas, empañando la claridad del exterior, mientras dentro el
olor a desinfectante se mezclaba con un tenue incienso encendido
para suavizar lo inevitable.
En la esquina de la sala de espera, sentada con las piernas
cruzadas, una joven, inquieta, pasaba las hojas de un folleto.
Tenía veinte años y un nudo en la garganta que no conseguía
deshacer.
Se llamaba Laura, y en su vientre palpitaba una pregunta que aún
no tenía respuesta.
A unos metros de ella, con la espalda recta y las manos sobre el
regazo, estaba Ofelia, de veintisiete años, vestida de rojo
oscuro. Bajo su piel había una promesa. Sus ojos no eran más
serenos que los de Laura, pero estaban firmes.
La ginecóloga se retrasaba. Las dos, unidas por el azar,
compartían la hora más densa del día.
- Tú vas antes que yo, ¿verdad? -inquirió Ofelia, sólo por
romper el silencio.
-Creo que sí -respondió Laura con timidez-. Vengo porque estoy
embarazada y quiero consultar sobre mi estado.
- ¿Primera vez? - preguntó Ofelia con la vista clavada en el
suelo.
Laura dudó y bajó el folleto.
-Sí, aunque quizá sea la última vez que venga. Iré a una
clínica.
- ¿A una clínica?
-Estoy pensando… en no tenerlo.
Ofelia ladeó la cabeza con curiosidad.
- ¿Estás sola?
-El padre desapareció en cuanto vio las dos rayitas positivas,
como si hubiera invocado un demonio en vez de un hijo.
Laura tragó saliva y su mirada se humedeció.
-Nunca pensé que me vería aquí. Creía que eso sólo les pasaba a
otras.
-A mí también me pasó -dijo Ofelia en voz baja-. Aborté. Hasta
que me convertí en “la otra”. Ahora voy a seguir adelante. Mi
pareja me propuso interrumpir el embarazo… y me ofreció
mucho dinero, pero quiero tenerlo. Ya no soy una niña y quizá
sea mi última oportunidad.
Laura bajó la vista hacia su abdomen, aún plano, pero sentía ya
el peso del futuro.
- ¿Y si opto por seguir? ¿Cómo se vive con eso? ¿Con alguien que
no quiere verlo ni nombrarlo?
Ofelia sonrió con tristeza, como quien recuerda una herida que
ya no sangra.
-Se necesita coraje. Sé que hay circunstancias duras, pero al
final es la muerte de un ser humano inocente, con un futuro por
delante. Es poner fin a una existencia que apenas comienza, pero
ya pugna por nacer. Lamento haber perdido a mi primer hijo, el
de mi único amor verdadero. El padre murió en un accidente antes
de que naciera.
La puerta del consultorio se abrió. La ginecóloga llamó a
Ofelia. Ella se levantó con la calma de quien sabe adónde va.
Antes de entrar, se volvió hacia Laura.
-Sea cual sea tu elección, que sea realmente tuya. Pero
recuerda: en tu cuerpo crece una persona diferente a ti, que no
te pertenece.
Ofelia desapareció tras la puerta blanca.
En la sala de espera, mientras la lluvia comenzaba a cesar,
Laura recapacitó. En su balanza pesaban más el egoísmo, la
seguridad y la libertad que el destino de aquel bebé. Era joven,
debía terminar su carrera, divertirse. Un niño era una
responsabilidad que no quería asumir. Diría a la doctora que
quería abortar.
-II-
Pasaron tres semanas desde aquella mañana lluviosa. El sol caía
sobre los tejados semejante a miel tibia. Ofelia se presentó en
el despacho de Gerardo, su amante, con una carpeta liviana, pero
cargada de significado, que contenía las últimas ecografías, un
formulario judicial y una determinación firme.
Él la vio entrar con ademanes de superioridad, con esa
arrogancia que le era habitual, y enarcó una ceja, molesto por
la interrupción.
- ¿Qué haces aquí? -masculló-. Te dije que no vinieras al
despacho.
-Vengo a que hablemos. O más bien, a que me escuches -respondió
ella, segura. Tomó asiento sin pedir permiso.
Gerardo bufó. La miró con atención, sorprendido.
Ofelia colocó la carpeta sobre la mesa.
- ¿Qué es eso?
-Tu nombre. Tu responsabilidad. Tu obligación -dijo, empujando
los papeles hacia él-. Estoy embarazada. Vas a reconocer a tu
hijo. No porque quieras, sino porque la ley lo exige. Es tuyo,
aunque te tapes los oídos.
- ¿Me estás amenazando? Sabes que estoy casado. Fuiste sólo una
aventura, nada más. Te advertí. Eres mayorcita y sabes los
resultados de tus acciones. Me dijiste que tomabas la píldora.
¿La dejaste de tomar para chantajearme?
-Eso es cosa mía.
-No, me estás involucrando. Tú lo quisiste. Si te tiras de un
quinto piso, la decisión es tuya y las consecuencias también. El
edificio no tiene culpa - ironizó con sorna-. Es curioso cómo se
quedan preñadas precisamente las que se relacionan con hombres
acaudalados…
Ofelia estalló y alzó la voz:
-La ley me ampara y haré que caiga sobre ti con todo su peso.
-Eres peor que una puta -escupió Gerardo-. Al menos ellas
cumplen el trato y no vienen después con demandas, no
chantajean. Saben lo que están haciendo y no exigen
responsabilidades, es su trabajo. Tú también cumplías tu papel:
amante, meretriz, lo que fuera…
Ofelia le dio una fuerte bofetada.
-Sí, soy todo eso que dices, pero me vas a pagar cada mes lo que
la justicia ordene y lo que yo exija. Ves que también sé hacer
negocios.
Gerardo, inmóvil, reprimía las ganas de devolver el golpe. Sabía
que esta vez no tenía escapatoria; la ley no siempre era justa;
muchas veces protegía en exceso a las mujeres.
- ¿Cuánto quieres? Dame una cifra, pero no me pidas que
reconozca a tu hijo. Digo tuyo porque tú preparaste su
nacimiento, no yo.
Ofelia rió con amargura.
-Prefiero el goteo mensual y el reconocimiento. Tendrá parte de
tu herencia.
- ¡Eso es inmoral y despreciable!
-Nos veremos en los tribunales, querido Gerardo.
Salió del despacho.
Sus pasos sobre el mármol sonaban secos, como una sentencia. En
su interior, sabía que Gerardo tenía razón: ella lo había
buscado intencionadamente, engañándolo para obtener seguridad
económica y una herencia para su niño.
-III-
El aguacero había cesado definitivamente. Un pálido sol caía
sobre los tejados. El otoño llegaba a su fin y las plazas se
cubrían de hojas muertas.
En el hospital público, Laura acunaba a su bebé entre sus
brazos. Había resuelto quedarse con él. Lo llamó Miguel, al
igual que el segundo nombre de su ex.
En la cama contigua reposaba Marta, que había sufrido una grave
complicación tras un aborto clandestino.
Congeniaron. Marta, entre sollozos, le confesó:
-Yo no quería perderlo, Laura, pero mi situación lo requería.
Vivo con mi madre, que depende de mí económicamente. Iba a
perder el trabajo y le habría dado un disgusto fatal para su
corazón. Muchas cosas mataron a mi hijo: la sociedad, el dinero,
el miedo, el cariño a mi madre… Yo lo arranqué de mi entraña
antes de que respirara. Y ese remordimiento no me abandona. Las
lágrimas brotaban sin tregua de sus ojos claros, ahora
enrojecidos.
Laura, conmovida, respondió:
-Se nota cuánto quieres a tu madre. Eso te honra. Te
sacrificaste por ella.
-Sí, pero no fue únicamente por eso… Hay cosas que no me
disculpan -admitió Marta.
-Yo también pensé en no tenerlo -confesó Laura-. Mi novio me
abandonó, pero el niño era mío y no quise perderlo. No fue sólo
valentía: fue amor a mí misma y a ese ser que latía en mi
vientre.
- ¿Qué vas a hacer ahora?
-Cuidar de él. Mis padres me ayudarán mientras termino la
carrera.
- ¿Y no exigirás nada al padre?
-No. Sabía a lo que me exponía. Soy la única responsable. Si él
quiere reconocerlo, es libre de hacerlo.
-Eres muy generosa, Laura. Todas podemos decir no, luchar,
razonar.
-Estoy feliz con mi hijo. Es el mejor regalo que me ha dado la
vida. Desde el primer instante, todo nuevo ser merece respeto y
protección. Es alguien distinto, con su propio latido.
Marta rompió a llorar con más fuerza, como si cada gota le
arrancara un sueño.
- Estoy segura, Marta, de que tendrás una nueva oportunidad y,
esa vez, lo lograrás.
-A causa del aborto mal hecho, ya no podré tener descendencia.
-Lo siento muchísimo -dijo Laura-. Pero aún tienes un camino por
delante. Recuerdo las palabras de un sacerdote: “No tengo hijos
físicos, pero tengo muchos espirituales”.
Marta asintió en silencio, conmovida.
-IV-
Han pasado veinticinco años. El día es claro, salpicado de nubes
inciertas. El verano llega a su fin. La historia sigue, el
pasado permanece. Las flores amarillas se preparan para danzar
en los jardines. El aire pesa como un baúl antiguo cargado de
memorias.
Laura vive en una casa modesta con patio, macetas de albahaca y
juguetes desperdigados. Está feliz con su segundo hijo y con su
esposo, un hombre bueno que quiere a Miguel. La economía es
desahogada y la rutina, tierna: el café de media mañana, las
tostadas con mermelada que él prepara con torpeza encantadora.
Se conocieron en una feria del libro, cuando Laura apenas
lograba dormir tres horas seguidas. Él vio al niño como parte de
ella, no como una carga. Y ahí comenzó algo que ninguno de los
dos esperaba.
Laura observa a su primer hijo dormido y la invade un vértigo
dulce. El mundo le ha dado más de lo que pidió. Recuerda el día
en que entró en la clínica con la intención de abortar. Pero no
lo hizo. Y ahora lo contempla, hombre ya, inteligente y
trabajador, con un futuro brillante y noble. A sus veinticinco
años ocupa un puesto importante en una gran empresa.
-¡Ojalá me regale nietos pronto! -piensa ilusionada.
¿Qué habría sido de ella si hubiera seguido adelante con aquella
mala decisión? La atraviesa una punzada de tristeza y gratitud.
Sin él, su vida habría sido otra; quizá más fácil, pero menos
plena; sin ilusión, sin esperanza.
Al otro lado de la ciudad, Ofelia vive sola en un pequeño
apartamento, acompañada de una gata gris y muchos libros.
Trabaja en una editorial. Tiene días luminosos, pero también
noches en las que la memoria la desgarra. En el cajón de su mesa
de noche guarda, como una reliquia,
una ecografía. Una tarde, tras
la discusión con Gerardo, conduce con rabia y sufre un
accidente. Cuando despierta en el hospital, su vientre está
vacío. La culpa la acompaña desde entonces: siente que el
destino le devuelve el golpe.
Lejos de la ciudad, Marta encuentra su camino. Inspirada por la
conversación con Laura, ingresa en las Hijas de la Caridad.
Ahora es madre espiritual de muchos niños a los que enseña y
acompaña. Ha transformado su herida en vocación y vive en paz.
Se siente completa. La llena de alegría verlos revolotear a su
alrededor. ¿Y sus abrazos? Son como el abrazo de Dios: caricia,
amor, entrega… el abrazo de un Padre misericordioso que la ama y
siempre está con ella.
EPÍLOGO
Hubo una vez una voz que nunca llegó a pronunciarse. Un nombre
que no se escribió en ningún registro, pero estaba escrito en el
cielo. Un corazón que latió en la penumbra y fue silenciado
antes del amanecer. La tierra no lo conoció, pero fue tierra
suya. El tiempo no llegó a pertenecerle, pero ya había comenzado
a pertenecer al tiempo.
En cada aborto no muere una idea ni una posibilidad. Muere
alguien real, aunque invisible. Alguien que recibió la pena más
absoluta. Alguien a quien sólo Dios lloró. Y ese dolor divino
aún recorre los pasillos del alma humana, preguntando: “¿Dónde
está tu hermano?”
La sangre que debía nutrirlo se convirtió en veredicto. El
útero, su primer refugio, se transformó en tumba. No hubo
juicio, ni defensa. Solamente una decisión envuelta en
eufemismos, flores falsas sobre una lápida anónima.
No hay libertad auténtica que se construya sobre el cadáver de
un inocente.
El derecho a vivir es el primero e irrenunciable.
Tres mujeres, tres caminos. Una abrazó la vida y halló una dicha
que no esperaba. Otra perdió aquello que pretendió
negociar y arrastra el eco de su falta. La tercera transformó su
cicatriz en abrazo para los que no tienen madre.
Así transcurre la existencia: entre decisiones, pérdidas y
redenciones que nadie puede desandar.



Emma-Margarita R. A.-Valdés

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