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EL SENTIDO DE
LA VIDA
Por
Emma-Margarita R. A.-Valdés
Capítulo I
Ante la taza humeante,
cuando el sueño aún cuelga
de los párpados, Laura
pensaba en el sentido de su
vida, mientras el reloj la
empujaba, con prisa, a la
faena. Era ama de casa. Al
casarse, dejó su trabajo en
una oficina. A veces lo
añoraba, pero, al contemplar
su hogar, sentía que su
existencia estaba completa.
Sólo echaba de menos los
hijos. No podía tenerlos,
pero casi se había
resignado.
Algunos días, la pasión se
ausentaba, la inercia
devoraba, y el alma se
enredaba en cuestiones que
dolían más que las
respuestas.
Su marido, Carlos, al llegar
de su trabajo, tras un
saludo habitual, se
encerraba en su despacho
para escribir su tercer
libro, leer las tareas de
sus alumnos y estructurar
las próximas clases. Para
él, los días transcurrían
con una naturalidad
envidiable. Ella comprendía
tanta dedicación, pero le
gustaría que se dedicara más
a atenderla.
Cada amanecer traía consigo
la misma monotonía. Ella
insistía en buscar una
chispa de otros momentos.
Anhelaba recuperar el fulgor
de los primeros años.
Necesitaba el calor de los
vividos en su juventud,
cuando eran más libres. Al
mirarse al espejo, veía
reflejado el cansancio de
una vida sin propósito.
Quizás no hubiera una razón
para la vida —cavilaba—, ni
una nueva alegría después de
cada jornada, sino instantes
que tejen la red donde el
alma se amarra: un beso, un
abrazo en la noche, el
apretón de manos de un
amigo, la palabra sincera…
Posiblemente sea eso.
Quería latir, resucitar.
Necesitaba una risa
compartida, una pelea que no
rompe, un "te escucho" dicho
sin urgencia, eso que llena
de color el velo gris de la
rutina. Puede que la magia
del amor y la razón de la
existencia sean saber lo que
a veces se esconde en las
grietas del día, en lo que
envuelve cada minuto.
Pero ella percibía que había
ternura en esa labor simple,
hogareña, aunque sin los
hijos que la completaran.
Imaginaba que la edad adulta
no tendría nada que ver con
el aburrimiento. El sonido
del despertador a las 6:30,
la tostada y el café, las
charlas, cuando ella lavaba
los platos y él daba una
ojeada al periódico, no era
infelicidad, ni tampoco
plenitud. Era una situación
difícil de nombrar.
Ambos, en su juventud,
creían que estar juntos
sería una especie de
revelación: un proyecto
importante, una gran
historia, un viaje a alguna
parte... Pero después de
años de trabajo,
desencuentros y
reconciliaciones, lo único
que seguía intacto era la
costumbre compartida, ese
hilo invisible que unía los
días como cuentas en un
collar que alguien se olvidó
de terminar.
Él había cambiado poco. A
veces estaba más concentrado
en su trabajo que en ella,
y, sin embargo, jamás
olvidaba pequeños detalles,
casi imperceptibles. De modo
que el amor, con el paso de
los años, había aprendido a
hablar susurrando.
Los fines de semana eran
especiales. No por
extraordinarios, sino porque
no había prisas. No
madrugaban, cocinaban
juntos, hablaban de temas
sin urgencia. A veces, Laura
observaba a su marido desde
la puerta de la cocina,
mientras él cortaba verduras
con una concentración casi
poética, y se decía: ¿Él
siente también la rutina?
¿Aunque no lo diga? ¿Aunque
ni él mismo lo sepa?
Una mañana lluviosa,
descansando en el salón,
quiso saber:
— ¿Crees que el amor, el
matrimonio y la vida tienen
sentido?
—Todo tiene sentido
—respondió él.
Luego, tras meditar unos
segundos, añadió:
—Realmente, no lo sé. Pero
seguimos estando juntos,
¿no?
Sonrió. Quizás era eso lo
que importaba.
El día siguiente comenzó con
una pequeña discusión. Ella
había dejado abierta una
ventana la noche anterior y
la lluvia había empapado
parte del sillón. Carlos lo
notó temprano, antes de
salir para el trabajo. No
alzó la voz, pero su tono
fue el justo para que
sintiera que no era
únicamente por el sillón.
¿Habría meditado su pregunta
sobre sus vidas, hecha del
día anterior?
—No cuesta nada cerrar las
ventanas antes de dormir
—comentó él, a la vez que
secaba con toallas la tela
mojada.
Ella no respondió. Se limitó
a recoger las tazas del
desayuno, llevarlas al
fregadero, y dejarlas allí,
con un golpe que expresó más
que cualquier palabra.
No era una gran pelea.
Ninguno proyectaba irse. No
se dijeron cosas
imperdonables. Pero había
una atmósfera incómoda, una
grieta fina que se asomaba
en una pared de años. Y lo
peor: esa sensación de que
el amor, cuando se asienta,
puede volverse indiferente.
Esa noche, ella se sentó en
el sofá ya seco, encendió el
televisor y echó un vistazo
a las noticias, sin prestar
atención. Él, a su lado,
callado. Una periodista
hablaba de guerras,
edificios reducidos a
escombros, vidas rotas por
causas que nadie entendía. Y
Laura pensó: ¿Cuántas cosas
se quiebran así?
Al día siguiente, al
despertarse, encontró sobre
la almohada una nota escrita
por su marido: “Sigo
amándote, incluso cuando
parezca que no”.
Capítulo II
Los días siguientes
transcurrieron en calma
aparente. Pero una noche,
mientras cenaban, preguntó a
Carlos por el libro, por sus
alumnos, por su día. Él
respondió con monosílabos,
la vista fija en el plato.
Ella dejó los cubiertos
sobre la mesa, despacio, sin
ruido.
—A veces hablo sola
—señaló—. Aunque estés
delante.
Él levantó la vista, pero no
encontró qué decir.
Terminaron de cenar en
silencio, y ese silencio se
quedó a dormir con ellos.
Laura recibió una llamada
telefónica. Una voz
entrecortada le anunció:
—Tu tía Elena ha fallecido.
—Era la última de la familia
que aún vivía en el sur—.
Encontré una carta para ti,
entre facturas y folletos,
en la que decía: "Si
cualquier cosa me pasa, que
Laura sepa que la casa es
suya. Con todo lo que
guarda".
No había recordado esa casa
desde hacía años.
Estaba en un pueblo junto al
mar, lejos del ruido y de
los horarios, donde pasaba
los veranos en su niñez.
Recordaba las baldosas
frías, el aroma a eucalipto,
y la manera en que la tía
Elena dejaba las cosas a
medio hacer: libros con
señaladores hechos con hilos
entrelazados, frascos de
mermelada empezados, cartas
sin enviar.
Al llegar Carlos del
trabajo, le dio la noticia.
— ¿Vas a ir? —inquirió,
mirándola mientras guardaba
su abrigo.
—No sé —respondió sin
levantar la vista—. Es un
viaje largo. Y no sé si debo
hacerlo.
Él no insistió. Asintió:
—Decídelo tú, pero si vas,
yo voy. Es una buena ocasión
para descansar, lo necesito.
Deberíamos quedarnos unos
días. Pediré permiso. Los
alumnos no me añorarán.
Podré terminar el libro.
Una semana después, estaban
los dos en el coche, camino
al sur.
Al llegar, ella veía todo
más pequeño. El tiempo había
encogido al pueblo. Pero la
casa seguía allí, igual de
blanca, igual de rota. Había
polvo en los rincones y
fotos enmarcadas con gente
que ya no existía.
Él abría puertas y ventanas;
ella recorría la casa
caminando entre recuerdos.
Tocaba los objetos como si
quisiera escuchar su
historia: una tetera
antigua, el chal doblado, la
caja de madera con cartas
amarillentas. Una de ellas
era de su madre, escrita con
caligrafía firme. Leyó: "El
sentido de la vida no
siempre se encuentra donde
lo buscamos. A veces está en
lo que dejamos olvidado. A
veces, en lo que volvemos a
ver"
Esa noche, después de cenar,
salió al jardín trasero.
Carlos la siguió.
— ¿Y? —indagó—. ¿Sientes
algo distinto?
Admiró un cielo lleno de
estrellas, que no veía en la
ciudad. Luego habló, sin
énfasis:
—Sí. Aquí siento paz. Creo
que quiero quedarme. Tal
vez, en este lugar,
encuentre la razón de la
existencia.
Él no cuestionó cuánto se
quedarían. Sólo dijo:
—Entonces nos quedamos.
Y así fue. No como una
decisión definitiva, sino
como una pausa. Una tregua
para respirar.
La rutina, en la casa del
sur, no tardó en instalarse.
Levantarse cada día sin
hora, desayunar frente al
jardín, leer, caminar hasta
el mar. Su marido ayudaba
con arreglos menores y ella
se afanaba en dejar la casa
limpia como una patena.
Pero el ambiente se alteró.
Era como si aquel aire
marino obligara a salir a la
superficie todo aquello que
la prisa había mantenido
oculto durante años.
Carlos había dejado su
trabajo. Seguía escribiendo
su libro, pero cada día le
dedicaba menos horas.
Algunas noches se quedaba
despierto más de lo normal,
con sus ojos fijos en el
techo.
Ella, por el contrario,
tenía una energía que no
reconocía desde hacía años.
Se había ilusionado con la
casa y con el entorno: un
apacible lugar, casi
aislado, sin vecinos
próximos, cerca del mar y
del pueblo.
Capítulo III
Una mañana, al cavar en el
jardín para plantar unas
flores, Laura sintió que la
pala chocaba con un objeto
duro. Era una vieja caja de
hojalata, oxidada, pero
intacta. Al abrirla,
encontró fotografías en
sepia con rostros medio
borrados, monedas fuera de
circulación y un papel
doblado tantas veces que
parecía susurrar secretos.
Lo desplegó con emoción.
Allí leyó una frase escrita
con lápiz, en una letra casi
infantil: "No olvides soñar
despierta".
No había firma, pero supo
que era suyo. De cuando el
mundo era juego y la
fantasía era posible. La
memoria le devolvió una
imagen: una niña de trenzas
sueltas enterrando la caja
en el jardín, guardando un
deseo bajo tierra para
encontrarlo años después, o
como una promesa que no
quería romper.
Entró corriendo a la casa y
se lo mostró. Él lo leyó.
Luego, la abrazó dulcemente.
Carlos la observaba con una
mezcla de curiosidad y
ternura. Ella había cambiado
desde su llegada. Él
también. Ya no escribía con
urgencia, ni con la presión
de publicar. Ahora lo hacía
cuando sentía el impulso. Y,
a veces, no escribía, leía.
Un atardecer, cuando
paseaban por la orilla del
mar, Laura le comentó:
—He reflexionado sobre
quedarme. Me gustaría vivir
aquí. Tal vez no para
siempre, pero sí por ahora.
La tomó de la mano. Dirigió
la mirada al horizonte, al
mar tranquilo, como buscando
en él una respuesta que el
mar no podía darle.
—De acuerdo —dijo, con la
misma calma de aquella
primera vez.
Permaneció pensativo unos
momentos.
Añadió:
—Me han ofrecido dar clases
en el colegio del pueblo, no
pagan mucho, pero con ese
sueldo y los ahorros que
tenemos, viviremos sin
estrecheces. No te lo dije
porque no sabía tus planes y
no quería influir en tu
decisión. Más adelante, si
decidimos quedarnos aquí,
podemos vender o alquilar el
piso de la ciudad.
Y esa certeza, dicha sin
solemnidad, les pareció
suficiente.
Pasado algún tiempo, Laura
sintió en su interior una
renovación. No veía a Carlos
como su marido, un hombre,
un amigo o un amante, sino
como parte de sí misma. Los
años los habían unido de tal
manera que ya eran una sola
persona. Se sentía completa,
en cuerpo y en espíritu.
Había desaparecido la
sensación de lejanía, de
indiferencia. Su unión
existía más allá de las
formas.
Escribió en su cuaderno de
recetas de cocina: “He
descubierto un espacio
trascendente, espiritual. Me
parece que Dios existe, que
vive en mi interior con su
fuego, que está presente en
mi destino. No sé cómo
escribir lo que ahora me
sorprende, lo haré cuando
esté más segura”.
Capítulo IV
Al día siguiente, Laura
entró en una iglesia, movida
por un impulso inexplicable.
El sosiego del lugar, la
penumbra y el olor a
incienso, la envolvieron.
Había una luminaria roja,
titilando, que atraía su
interés. Tembló ligeramente.
Se sentó en uno de los
bancos, cabizbaja, quieta,
con la mente en blanco.
Un sacerdote pasó por su
lado. La vio. Se acercó a
ella y le preguntó:
— ¿Necesita algo? ¿Puedo
ayudarla?
Miró al sacerdote con una
mezcla de vergüenza y
franqueza. Respondió, en voz
baja, como si confesara una
culpa. Reveló, nerviosa, lo
que tantas veces la
intranquilizaba:
—No soy creyente. Nunca le
he prestado atención a la
religión. He vivido con la
certeza de que la existencia
se acaba aquí. Que no hay
otra vida. Que nuestra vida
en la tierra no tiene
significado. Sin embargo, el
cariño que siento por mi
marido no puede terminar con
la muerte, deseo continuar
con él, estamos muy unidos.
El sacerdote la observó con
afecto y tristeza. Sus oídos
habían escuchado muchas
versiones de esa misma
cuestión.
— ¡Cuánto lo lamento!
Se sentó junto a ella. Por
un instante, se mantuvo
callado.
—No es raro opinar así
—dijo al fin, con voz
serena—. Muchos lo hacen,
incluso quienes están dentro
de la Iglesia. La duda, el
vacío, el escepticismo… son
parte del camino hacia la
Verdad. Pero quizá no ha
considerado aún el apego que
siente, esa sensación de
unidad con otro ser humano…
¿de dónde supone que
proviene? Lo que usted vive
con tanta profundidad… no es
sólo suyo. Es eco de lo más
grande.
Lo miró, sin saber qué
responder.
—Eso que siente —continuó él
con un tono pausado—, esa
certeza repentina más grande
que usted misma… no es
ilusión. Es experiencia. Y
las experiencias, las
auténticas, nos abren
puertas que la lógica no
puede abrir. Usted ha
percibido a Dios, no con la
cabeza, sino con el alma.
El silencio volvió a colarse
entre ellos, pero esta vez
era distinto. No era
incómodo. Era profundo.
—No es un viejo con barba
—continuó el sacerdote— ni
un juez severo que apunta
con el dedo. Él es relación.
Es eso que une y transforma.
Es esa presencia invisible
que da valor a lo
inexplicable. Cuando amamos,
tocamos su existencia,
porque Dios es amor. Usted
lo ha encontrado sin saber
que lo buscaba.
Bajó la vista, conmovida. No
sabía si creer, pero sí
sabía que había escuchado un
mensaje que encajaba con lo
que estaba viviendo.
— ¿Y si esto es una
proyección de lo que deseo,
una necesidad de consuelo?
—murmuró.
El sacerdote sonrió, con
dulzura.
— ¿Y si el deseo mismo es la
huella de lo que ya existe?
Quedó ensimismada. Dentro de
ella comenzaba a deshacerse
una niebla que retrocedía
ante la Luz. No eran las
palabras del sacerdote, sino
cómo resonaban con lo que ya
había intuido. No se trataba
de lógica, sino de
reconocimiento. De lo que
había estado allí. Acababa
de descubrir una puerta
donde siempre creyó ver un
muro.
— ¿Y qué debo hacer… si
quiero creer? —articuló,
casi en un susurro.
Él se inclinó un poco hacia
ella, con una bondad
profunda en la voz, y
susurró:
—No hace falta que lo
entienda hoy. Solamente abra
su corazón. Diga: “Aquí
estoy, Señor. No sé cómo
seguirte, pero anhelo
conocerte”. Él no necesita
certeza, necesita
sinceridad. El resto vendrá.
Sintió que sus ojos se
humedecían. No era tristeza,
era una sensación nueva. Los
cerró un instante, respiró
hondo, y murmuró para sí
misma:
—Aquí estoy.
El sacerdote colocó
suavemente una mano sobre su
hombro.
— ¿Quiere que oremos juntos?
Ella asintió. Por primera
vez se permitió
arrodillarse. No sabía qué
palabras usar, así que
escuchó. El entorno la
envolvía con un manto
cálido, una presencia viva.
No era imaginación. Era
real. Como el amor.
Al salir de la iglesia, el
sol brillaba con una
claridad nueva. El mundo no
había progresado, pero ella
sí. Sin embargo, seguía
pensando en cuál era la
razón de vivir. Si Dios la
había creado, ¿para qué? No
había tenido hijos, ni había
hecho cosa alguna que
mejorara el mundo, o ¿quizás
sí?
Capítulo V
Pasaron algunos meses. El
proceso de conversión no fue
inmediato, pero tampoco fue
difícil. Cada paso era un
resplandor dentro de ella.
Volvió a hablar con el
sacerdote. Tenía muchos
interrogantes. Él la
acompañó con paciencia, sin
imponer, guiando. Comenzó a
asistir a la catequesis para
adultos, a misa, a leer los
Evangelios. Su lectura le
aportó un conocimiento que
antes no había tenido.
Hubo, sin embargo, noches en
que la fe no bastaba. Una
madrugada, ella despertó con
la vieja duda intacta, como
si los meses no hubieran
pasado: ¿y si todo esto era,
otra vez, una forma de
consuelo? Se quedó mirando
el techo hasta que amaneció,
sin despertar a Carlos, sin
rezar siquiera. Por la
mañana, fue a misa igual. No
porque hubiera vencido la
duda, sino porque había
aprendido a caminar con
ella.
Unos meses después, se
bautizó. El día de su
bautismo fue íntimo, pero
profundamente emotivo. Él
estaba allí, conmovido,
sosteniéndole la mano cuando
el agua caía sobre su
cabeza. Ella tembló, no de
frío, sino de un fuego
interior: una certeza nueva,
un renacer.
Luego vino la confirmación,
y después, la primera
comunión. Se preparó con
dedicación. Aprendió a orar,
a confiar, a guardar calma
interior. Cuando recibió por
primera vez la Eucaristía,
lloró sin contenerse. Sintió
que su cuerpo era habitado
por algo inmenso que no
podía controlar, pero que no
daba miedo. Se sabía amada,
y eso bastaba.
Carlos, aunque no era
creyente, la acompañaba a
misa los domingos. Veía en
ella una honda
transformación: estaba más
serena, más atenta, más
presente. En las noches,
después de cenar, su mujer
le leía los pasajes del
Evangelio que la habían
impresionado. Él escuchaba
con respeto, sorprendido por
la paz y el discernimiento
que esos pasajes le
transmitían.
Una tarde, mientras
caminaban juntos por el
parque, ella le comentó:
—Antes afirmaba que te amaba
con todo mi corazón. Pero
ahora… siento que te amo
más, porque ya no te
necesito para completarme.
El Señor me ha llenado, y
desde esa plenitud, puedo
amarte libremente.
Carlos se detuvo, no supo
qué decir. Pero la abrazó
con fuerza. La entendía sin
palabras.
Él nunca había sido
religioso. Ni siquiera en su
infancia. Todo era lo que se
podía ver, tocar, explicar.
Cuando Laura empezó a
hablarle de Dios, con ese
brillo nuevo en el rostro,
no la contradijo, pero
tampoco la siguió. Sin
embargo, lo que más le
impactó no fueron sus
palabras, sino su evolución.
Ya no reaccionaba con
ansiedad ni tristeza ante
las pequeñas frustraciones.
Había una solidez en ella
que la sostenía desde
dentro.
Siguió yendo con ella a misa
los domingos. Al principio,
lo hizo por cariño, sin
esperar recompensa. Se
sentaba callado, analizaba
todos los detalles. Pero,
poco a poco, una inquietud
comenzó a moverse dentro de
él. No era emoción, ni
tampoco nostalgia. Era más
hondo: una pregunta sin
respuesta, una sed que no
había notado hasta entonces.
Un día, al salir de la misa,
le comentó:
—No sé qué me pasa. No puedo
explicarlo. Pero siento que
estoy vacío. Como si me
estuviera perdiendo lo más
esencial.
Ella lo miró, con esa
ternura nueva que le brotaba
desde que había encontrado
la Luz.
—Tal vez no te falta nada
—le habló suavemente—. Tal
vez estás escuchando por
primera vez esa música que
te llama.
Carlos reflexionó. Pidió
hablar con el mismo
sacerdote que había
acompañado a su mujer.
Comenzaron a reunirse cada
semana. No fue fácil para
él, al principio. Era
escéptico, racional,
crítico. Pero el sacerdote
le escuchaba con paciencia y
le respondía con claridad.
Le recomendó leer el
Evangelio, poco a poco,
meditando cada palabra, cada
situación, analizando el
mensaje.
Durante semanas leyó el
Evangelio con actitud
crítica. Cerraba el libro
convencido de haber
encontrado
contradicciones... y volvía
a abrirlo al día siguiente.
Durante la lectura, hubo
momentos en los que oró
intensamente.
Capítulo VI
Meses después, él también
pidió ser bautizado.
Laura lloró cuando lo supo.
No porque quisiera
convertirlo, sino porque se
alegraba de que la gracia,
que la había elevado a ella,
ahora tocaba al ser que más
amaba.
El día del bautismo, ella le
tomó la mano. Cuando el agua
tocó su cabeza, él tuvo un
sentimiento extraño, no una
revelación ni un destello,
era más sutil: una armonía
que no venía de él, una
presencia que no necesitaba
ser entendida, sólo acogida.
Su mente, tan racional, tan
contenida, se abría a una
música callada que sonaba en
su interior.
La vida de ambos comenzó a
transformarse de manera
profunda y sencilla. Cada
día estaba teñido de una paz
nueva que únicamente la fe
podría darles. Ya no vivían
tan apresurados, ni tan
absorbidos por el estrés de
los compromisos cotidianos.
Aunque no todo era perfecto,
habían encontrado lo que los
sustentaba, un ancla
invisible que los unía y les
daba esperanza, incluso en
medio de las dificultades.
Él seguía siendo racional en
muchos aspectos. De hecho,
sus conversaciones se habían
vuelto más profundas. Ya no
sólo hablaban del trabajo o
de los amigos, sino también
de la inmortalidad del alma,
de lo que significa el amor
eterno.
Terminó la novela que estaba
escribiendo. Modificó
algunos capítulos y también
el final. El argumento ya no
era tan materialista como al
principio: había introducido
una nueva dimensión
trascendente.
Una noche, mientras
caminaban por el parque,
descubriendo las estrellas,
Carlos le comentó:
—Antes asumía que la muerte
era un final. Pero ahora…
siento que es un paso, como
cuando pasas de un cuarto a
otro en una casa. No la
temo. No porque tenga
respuestas, sino porque
percibo el más allá de lo
que puedo ver.
Para mí —continuó diciendo—,
el significado de la vida
está en lo cotidiano, en lo
simple. En la oración, como
contrapeso a la maldad, en
la manera en que tratas a
los demás con cariño y
respeto, en cómo ayudar a
quienes nos rodean. Sé que
lo que hago tiene un eco
eterno. No se necesitan
grandes logros, ni
reconocimiento, cada gesto
es una semilla sembrada en
la eternidad.
—He estudiado mucho sobre
esto. A veces pienso —dijo
Carlos tras un largo
silencio— que Dios puso unas
leyes y las penas
correspondientes. Que el
universo posee una armonía
moral. Cuando el ser humano
se aparta del bien, no sólo
se hiere a sí mismo; de
algún modo, toda la creación
se resiente. La Escritura
insiste siempre en la
conversión y en la
responsabilidad de nuestros
actos. Somos una unidad. Hoy
la humanidad infringe muchas
leyes divinas, de ahí las
catástrofes naturales, las
epidemias, las guerras... La
Virgen, en sus apariciones,
lo anuncia y pide la
conversión.
Entonces ¿lo que hacemos
repercute en el universo?
—preguntó Laura—. O sea, que
cada persona origina el bien
o el mal en el mundo, que
sus oraciones y sus acciones
influyen.
Eso pienso —respondió
Carlos—. Por eso es
importante el desagravio,
como lo que están haciendo
las monjas, los sacerdotes y
tantos que rezan y se
ofrecen para reparar las
faltas. Confiemos en que la
humanidad recapacite y logre
el indulto que Dios está
deseando conceder.
Ya entiendo — asintió—,
tenemos una misión. Con
oraciones y buenos actos
estamos ayudando a lograr la
armonía universal. Esto
puede ser una razón más del
destino y el sentido de
nuestras vidas: colaborar.
Él afirmó y respondió:
Como dice un salmo: Yo soy
el Señor, Dios tuyo… escucha
mi voz… ¡Ojalá me escuchase
mi pueblo y caminase Israel
por mi camino! Los
alimentaría con flor de
harina, los saciaría con
miel silvestre.
Días después, concluyó su
novela “No digas nada”. La
obra no era como las
anteriores, ni una crítica
literaria ni una
investigación sobre símbolos
ni un ensayo académico. Era
una narración tejida de
experiencia y búsqueda, de
existencia y trascendencia.
Hablaba de dos personas que,
sin buscar, hallaron la fe
donde menos la esperaban: en
lo cotidiano, en lo
imperfecto, en el otro. En
el libro hablaba, también,
de la historia de los
pueblos, de las guerras y de
las causas que las motivaron
y sus consecuencias, del
comportamiento humano, y de
unos temas de gran interés
para los lectores y para el
mundo.
EPÍLOGO
La novela se publicó. Su
éxito fue inesperado e
inmediato. Encontró miles de
lectores en distintos países
y despertó un inesperado
interés por las preguntas
esenciales que plantea la
existencia humana. Algunos
críticos la calificaron como
una de las obras
espirituales más sugerentes
de los últimos años. “No
digas nada” se consideró una
obra fundamental para
comprender los aspectos
trascendentes de la
historia, las heridas
espirituales, la violencia,
el precio de la libertad y
de la lealtad, y otros temas
primordiales.
Laura, por fin, encontró el
sentido que había buscado
durante años. Comprendió que
su fe cobraba forma concreta
en el servicio a los demás.
La catequesis de los niños
dejó de ser una tarea para
convertirse en una forma de
amor y entrega. Guiarlos en
sus primeros pasos hacia la
fe tenía para ella un valor
inmenso, casi reparador. Era
una respuesta íntima al
dolor de no haber tenido
hijos. Aquella ausencia dejó
de ser una herida: a través
de ellos, descubrió una
nueva forma de maternidad,
hecha de cuidado, ternura y
entrega.
Y entendieron que la razón
de vivir nunca había estado
en el camino, sino en Aquel
que había caminado siempre
junto a ellos.
Al final, Laura y Carlos
encontraron el sentido de
sus vidas.
Emma-Margarita R. A.-Valdés |