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EL SENTIDO DE
LA VIDA
Por
Emma-Margarita R. A.-Valdés
Capítulo I
Ante la taza humeante, con
el sueño todavía pegado a
los párpados, Laura se
preguntó una vez más por el
sentido de su vida. El reloj
marcaba el tiempo con
impaciencia. Era ama de casa
desde que se casó y dejó su
trabajo de oficina. A ratos
lo echaba de menos, pero al
mirar su hogar sabía que su
existencia tenía solidez.
Sólo la ausencia de hijos
dejaba un vacío que nunca
había logrado llenar del
todo.
Algunos días, la pasión se
apagaba, la inercia la
devoraba y el alma se
enredaba en preguntas que
dolían más que las
respuestas.
Su marido, Carlos, al llegar
de su trabajo, tras un
saludo habitual, se
encerraba en su despacho
para escribir su tercer
libro, corregir las tareas
de sus alumnos y preparar
las próximas clases. Para
él, los días
fluían
con una naturalidad
envidiable. Ella comprendía
su dedicación,
pero anhelaba que le
dedicara más tiempo a
atenderla.
La monotonía se repetía cada
día. Ella buscaba recuperar
la chispa de otros tiempos,
necesitaba recuperar el
calor de los días vividos en
su juventud, cuando eran más
libres. Al mirarse en el
espejo, veía reflejado en su
rostro el cansancio de un
quehacer sin propósito.
“Quizá la vida no guarda una
gran respuesta”, pensó.
“Solo una suma de pequeños
instantes: un beso robado,
una conversación sin prisa,
una mano que se queda cuando
todo se tambalea…
posiblemente sea eso”.
Quería latir, resucitar.
Necesitaba una risa
compartida,
discusiones que no rompieran
nada y
un "te escucho" dicho sin
urgencia, eso que llena de
color el velo gris de la
inercia.
Quizá la magia se escondía
en las grietas del día a día,
en lo que envuelve cada
minuto.
Aun así, encontraba ternura
en aquella sencillez
hogareña. Imaginaba que la
edad adulta no tendría nada
que ver con el aburrimiento.
El sonido del despertador a
las 6:30, la tostada y el
café, los diálogos fugaces
con Carlos,
mientras
ella lavaba los platos y él
daba una ojeada al
periódico. No era
infelicidad ni tampoco
plenitud.
Era algo más difícil de
nombrar.
En su juventud habían creído
que estar juntos sería una
epopeya compartida:
un proyecto importante, una
gran historia, un viaje a
alguna parte... Pero después
de años de trabajo,
desencuentros y
reconciliaciones, lo único
que permanecía intacto era
la inercia compartida, ese
hilo invisible que unía los
días como cuentas en un
collar que alguien se olvidó
de terminar.
Carlos había cambiado poco.
A veces estaba más
concentrado en su trabajo
que en ella, y, sin embargo,
nunca olvidaba los pequeños
detalles.
Con el tiempo, el amor había
aprendido a hablar en
susurros.
Los fines de semana eran
especiales. No por
extraordinarios, sino porque
no había prisas. No
madrugaban, cocinaban
juntos, hablaban sin
urgencia. A veces, Laura
lo observaba
desde la puerta de la
cocina,
cortando verduras con esa
concentración
casi poética,
y se preguntaba si él
también notaba el peso de la
costumbre.
Una mañana lluviosa,
mientras descansaban, Laura, de pronto, preguntó:
- ¿Crees que el amor, el
matrimonio y la vida tienen
sentido? -
-Todo tiene sentido
-respondió él.
Luego, tras meditar unos
segundos, dijo:
-Realmente, no lo sé. Pero
seguimos aquí ¿no?
Laura sonrió. Quizás era eso
lo que importaba.
El día siguiente Laura había
dejado una ventana abierta
toda la noche y la lluvia
había mojado el sillón.
Carlos lo notó temprano,
antes de salir para el
trabajo. No alzó la voz,
pero Laura comprendió que su
disgusto no era sólo por el
sillón mojado.
¿Habría meditado su pregunta
del día anterior?
-No cuesta mucho revisar;
¿sabes? -comentó él, a la
vez que secaba con toallas
la tela mojada.
Ella no respondió.
Recogió las tazas del
desayuno y las dejó en el
fregadero con más fuerza de
la necesaria. Aquel golpe
expresó más que cualquier
palabra.
No fue una gran pelea.
Ninguno pensó en marcharse. No se dijeron cosas imperdonables.
Pero había una atmósfera
incómoda, una grieta fina
que se asomaba en una pared
de años
y la incómoda sensación de
que el amor, cuando se
asienta, puede volverse
indiferencia.
Esa noche, ella se sentó en
el sofá ya seco, encendió el
televisor y echó un vistazo
a las noticias, sin prestar
atención. Carlos no habló.
Una periodista hablaba de
guerras, edificios reducidos
a escombros, muertes, sueños
rotos por causas que nadie
entendía. Y Laura pensó
cuántas cosas se rompen sin
que nadie entienda por qué.
Al día siguiente, al
despertarse,
encontró una nota sobre su
almohada:
“Sigo amándote, incluso
cuando parezca que no”.
Capítulo II
Laura recibió una llamada
telefónica. Una voz
entrecortada le anunció:
-Tu tía Elena ha fallecido.
-Era la última de la familia
de Laura, que aún vivía en
el sur-. Encontré una carta
para ti, entre facturas y
folletos, en la que decía:
"Si cualquier cosa me pasa,
que Laura sepa que la casa
es suya. Con todo lo que
guarda".
No había pensado en ella
durante años.
Estaba en un pueblo junto al
mar, lejos del ruido y de
los horarios, donde pasaba
los veranos en su niñez.
Recordaba las baldosas
frías, el aroma a eucalipto
y la forma en que tía Elena
dejaba las cosas a medias:
libros con marcapáginas
hechos con hilos
entrelazados, frascos de
mermelada empezados, cartas
sin enviar.
Cuando Carlos llegó, se lo
contó.
- ¿Vas a ir? -inquirió él,
colgando el abrigo.
-No sé. Es un viaje largo.
-No insisto. Pero si vas, yo
voy contigo. Necesito
descansar. Puedo pedir unos
días libres y terminar el
libro allí.
Una semana después viajaban
hacia el sur.
Al llegar, Laura veía todo
más pequeño, el tiempo había
encogido al pueblo. Pero la
casa seguía allí, blanca,
aunque más gastada.
Había polvo y fotos
enmarcadas con gente que ya
se había ido.
Carlos abrió puertas y
ventanas para airear la
estancia, Laura caminaba en
trance. Tocaba los objetos
como si quisieran contarle
una historia: la tetera
antigua, el chal doblado, la
caja de madera con cartas
amarillentas. Una de ellas
era de su madre, escrita con
caligrafía firme. Leyó: "La
razón de la vida no siempre
se encuentra donde la
buscamos. A veces está en lo
que dejamos olvidado. A
veces, en lo que volvemos a
ver"
Esa noche salió al jardín
trasero y Carlos la siguió.
- ¿Y? -le preguntó-.
¿Sientes algo distinto?
Laura contempló un cielo
lleno de estrellas, que no
veía en la ciudad. Luego
habló, sin énfasis:
-Sí. Aquí siento paz. Creo
que quiero quedarme
un tiempo.
Tal vez, en este lugar,
encuentre la razón de lo que
busco.
Carlos no cuestionó cuánto
se quedarían. Sólo dijo:
-Entonces nos quedamos.
Y así fue. No como una
decisión definitiva, sino
como una pausa. Un
aislamiento para respirar.
La rutina regresó, pero más
sosegada. Desayunaban frente
al jardín, paseaban hasta el
mar, leían. Carlos arreglaba
pequeñas cosas de la casa y
Laura
se afanaba en dejar todo
limpio como una patena.
El aire del lugar parecía
sacar a la superficie lo que
antes quedaba oculto
entre el ajetreo del mundo.
Carlos seguía escribiendo su
libro, pero cada día le
dedicaba menos horas.
Algunas noches se quedaba
despierto más de lo normal,
con sus ojos fijos en el
techo.
Ella, por el contrario,
tenía una energía que creía
perdida desde hacía años. Se
había ilusionado con la casa
y con el entorno.
Capítulo III
Una mañana,
mientras Laura plantaba
flores, la pala chocó con
algo metálico.
Era una pequeña caja de
hojalata, oxidada, aunque
intacta. Al abrirla,
encontró fotografías sepias
con rostros medio borrados,
monedas fuera de circulación
y un papel doblado tantas
veces que parecía susurrar
secretos. Lo desplegó con
emoción. Allí leyó una frase
escrita con lápiz, en una
letra casi infantil: "No
olvides soñar despierta".
No había firma, pero supo
que era suyo. De cuando el
mundo era juego y la
fantasía parecía posible. La
memoria le devolvió su
imagen: una niña de trenzas
enterrando la caja en el
jardín, guardando un deseo
bajo tierra para encontrarlo
años después, como una
promesa que no quería
romper.
Entró corriendo en el salón
y se lo mostró a Carlos. Él
lo leyó y la abrazó
dulcemente.
Carlos la observaba con una
mezcla de curiosidad y
cariño. Ella había cambiado
desde su llegada. Él
también. Ya no escribía con
urgencia, ni con la presión
de publicar. Ahora lo hacía
cuando llegaba la
inspiración. Y, a veces, no
escribía, sólo leía.
Un atardecer, cuando
paseaban por la orilla del
mar, Laura le insinuó:
-He reflexionado sobre
quedarme. Me gustaría vivir
aquí. Tal vez no para
siempre, pero sí por ahora.
Él la tomó de la mano. Miró
al horizonte, al mar
tranquilo, como buscando una
respuesta.
-De acuerdo -dijo, con la
misma calma de aquella
primera vez.
Permaneció pensativo unos
momentos.
Añadió: -Me han ofrecido dar
clases en el colegio del
pueblo, no pagan mucho, pero
con ese sueldo y los ahorros
viviremos sin estrecheces.
No te lo dije porque no
sabía tus planes y no quería
influir en tu decisión. Más
adelante, si nos quedamos,
pido la excedencia y podemos
vender o alquilar el piso de
la ciudad.
Y esa certeza, dicha
con sencillez, les bastó.
Pasado algún tiempo, Laura
descubrió que ya no pensaba
en Carlos como alguien
separado. No porque hubieran
dejado de ser dos personas,
sino porque los años habían
tejido entre ambos una
intimidad difícil de
explicar. Se sentía
plenamente unida a él, en
cuerpo y espíritu. Había
desaparecido la sensación de
lejanía, su unión latía más
allá de las formas.
Escribió en su cuaderno de
recetas de cocina: “He
descubierto un espacio
místico. Me parece que Dios
existe, que vive en mi
interior con su fuego, que
está presente en mi destino.
No sé cómo escribir lo que
ahora me sorprende, lo haré
cuando esté más segura”.
Capítulo IV
Al día siguiente, movida por
un impulso, Laura
entró en la pequeña iglesia
del pueblo.
El silencio, la penumbra y
el olor a incienso la
envolvieron. Había una llama
roja, titilando, que atraía
su interés. Tembló
ligeramente. Se sentó en uno
de los bancos, cabizbaja,
con la mente en blanco.
Un sacerdote pasó por su
lado. La vio. Se acercó a
ella y le preguntó:
- ¿Necesita algo? ¿Puedo
ayudarla?
Miró al sacerdote con una
mezcla de vergüenza y
franqueza. Respondió, en voz
baja, como si confesara una
culpa. Reveló, nerviosa, lo
que tantas veces la
intranquilizaba:
-No soy creyente. Nunca he
reparado en la religión. He
vivido con la certeza de que
todo acaba aquí, que nuestra
presencia en la tierra no
tiene significado, y que las
religiones se formaron como
medicina para el pueblo, con
normas de conducta y
consejos para una
alimentación saludable. Sin
embargo, el cariño que
siento por mi marido no
puede terminar con la
muerte.
El sacerdote la miró con
afecto y tristeza. Sus oídos
habían escuchado muchas
versiones de esa misma
pregunta.
- ¡Cuánto lo lamento!
Se sentó junto a ella. Por
un instante, se mantuvo
callado.
- ¿Sabe? -dijo al fin, con
voz serena-. No es raro
opinar así. Muchos lo hacen,
incluso quienes están dentro
de la Iglesia. La duda, el
vacío, el escepticismo… son
parte del camino hacia la
Verdad. Pero quizá no ha
considerado aún el apego que
siente, esa sensación de
unidad con otro ser humano…
¿de dónde supone que
proviene? Lo que usted vive
con tanta intensidad no nace
únicamente de usted. Es eco
de lo más grande.
Laura lo miró, sin saber qué
responder.
-Eso que siente -continuó-,
esa certeza repentina más
grande que usted misma… no
es ilusión. Es experiencia.
Y las experiencias, las
auténticas, nos abren
puertas que la lógica no
puede abrir. Tal vez lo que
ha percibido sea una
dimensión de la realidad que
hasta ahora no había
contemplado.
El silencio volvió a colarse
entre ellos, pero esta vez
era distinto. No era
incómodo. Era profundo.
-Dios no es un viejo con
barba -continuó el
sacerdote- ni un juez severo
que apunta con el dedo. Él
es relación. Es eso que une
y transforma. Es esa
presencia invisible que da
valor a lo inexplicable.
Cuando amamos, tocamos su
energía, porque es amor.
Usted lo ha encontrado sin
saber que lo buscaba.
Laura bajó la vista,
conmovida. No sabía si
creer, pero sí sabía que
había escuchado un mensaje
que encajaba con lo que
estaba viviendo.
- ¿Y si esto sólo es una
proyección de lo que deseo,
una necesidad de consuelo?
-murmuró.
El sacerdote sonrió, con
dulzura. - ¿Y si el deseo
mismo es la huella de lo que
ya está?
Laura quedó ensimismada.
Dentro de ella comenzaba a
deshacerse una niebla que
retrocedía ante la Luz. No
eran las palabras del
sacerdote, sino cómo
resonaban con lo que ya
había intuido. No se trataba
de lógica, sino de
reconocimiento. De lo que
siempre había estado allí.
- ¿Y qué debo hacer… si
quiero creer? - preguntó,
casi en un susurro.
Él se inclinó un poco hacia
ella, con voz suave, y dijo:
-No hace falta que lo
entienda hoy. Abra su
corazón. Diga: “Aquí estoy,
Señor. No sé cómo seguirte,
pero anhelo conocerte”. Él
no necesita certeza,
necesita sinceridad. El
resto vendrá.
Laura sintió que sus ojos se
humedecían. No era tristeza,
era una sensación nueva.
Cerró los ojos un instante,
respiró hondo, y murmuró
para sí misma:
-Aquí estoy.
El sacerdote colocó
amistosamente una mano sobre
su hombro.
- ¿Quiere que oremos
juntos?
Ella asintió. Por primera
vez se permitió
arrodillarse. No sabía qué
palabras usar, así que
escuchó. El ambiente la
envolvía con un manto
cálido, una cercanía viva.
No le parecía una
imaginación. Era una
presencia tan intensa como
el amor que sentía por
Carlos.
Al salir de la iglesia, el
sol brillaba con una
claridad nueva. El mundo no
había cambiado, pero ella
sí. Sin embargo, seguía
preguntándose cuál era el
significado de su
nacimiento. Si Dios la había
creado, ¿para qué? No había
tenido hijos, ni había hecho
cosa alguna que mejorara el
mundo, o ¿quizás sí?
Capítulo V
Pasaron algunos meses. El
proceso de conversión no fue
inmediato, pero tampoco fue
difícil. Cada paso era un
resplandor dentro de Laura,
un camino lento pero
luminoso.
Volvió a hablar con el
sacerdote. Tenía muchas
preguntas. Él la acompañó
con paciencia, sin imponer,
guiando. Comenzó a asistir a
la catequesis para adultos,
a leer los Evangelios
y encontró respuestas donde
antes solo había vacío.
Su bautismo fue íntimo y
emotivo. Carlos estaba allí, conmovido,
sosteniéndole la mano cuando
el agua caía sobre su
cabeza. Ella tembló, no de
frío, sino de un fuego
interior: una certeza nueva,
un renacer.
Luego vino la confirmación,
y después, la primera
comunión. Se preparó con
dedicación. Aprendió a orar,
a confiar, a guardar
recogimiento interior.
Cuando recibió por primera
vez la Eucaristía, lloró sin
contenerse. Sintió que su
cuerpo era habitado por algo
inmenso que no podía
controlar, pero que no daba
miedo. Se sabía amada, y eso
bastaba.
Carlos, aunque no era
creyente, la acompañaba a
misa. Veía en ella una honda
transformación: más
tranquila, más atenta, más
presente. En las noches,
después de cenar, Laura le
leía los pasajes del
Evangelio que la habían
impresionado. Él escuchaba
con respeto, sorprendido por
la armonía y el
discernimiento que esos
pasajes le transmitían.
Una tarde, mientras paseaban
por el parque, ella le
comentó:
- Antes te amaba con todo mi
corazón. El Señor me ha
llenado, y desde esa
plenitud, puedo amarte
libremente.
Carlos se detuvo, no supo
qué decir. Pero la abrazó
con fuerza. La entendía sin
palabras.
Él nunca había sido
religioso, ni siquiera en su
infancia; todo era lo que se
podía ver, tocar, explicar.
Cuando Laura empezó a
hablarle de Dios, con ese
brillo nuevo en los ojos, no
la contradijo, pero tampoco
la siguió. Sin embargo, lo
que más le impactó no fueron
sus palabras, sino su
evolución: ya no reaccionaba
con ansiedad ni tristeza
ante las pequeñas
frustraciones, sino que
tenía una solidez que la
sostenía desde dentro.
Siguió yendo con ella a
misa. Al principio, lo hizo
por cariño. Se sentaba
callado, analizaba todos los
detalles. Pero, poco a poco,
una inquietud comenzó a
moverse dentro de él. No era
emoción, ni tampoco
nostalgia. Era más hondo:
una pregunta sin respuesta,
una sed que no había notado
hasta entonces.
Un día, después de misa,
manifestó a Laura:
-No sé qué me pasa. No puedo
explicarlo. Pero siento que
estoy vacío. Como si me
estuviera perdiendo lo más
esencial.
Ella lo miró, con esa
ternura nueva.
-Tal vez no te falta nada
-le habló con afecto-. Tal
vez estás escuchando esa
música que te llama.
Carlos reflexionó. Pidió
hablar con el mismo
sacerdote que había
acompañado a Laura.
Comenzaron a reunirse cada
semana. No fue fácil para
él. Era escéptico, racional,
crítico. Pero el sacerdote
le escuchaba con paciencia y
respondía con claridad a sus
preguntas. Le recomendó leer
el Evangelio, poco a poco,
meditando cada palabra, cada
situación, analizando el
mensaje.
Capítulo VI
Meses después, Carlos
también pidió ser bautizado.
Laura lloró cuando lo supo.
Se alegraba de que la gracia
que la había elevado a ella,
ahora tocaba al ser que más
amaba.
El día del bautismo de
Carlos, ella le tomó la
mano. Cuando el agua tocó su
cabeza, él cerró los ojos y
tuvo un sentimiento extraño,
no una revelación ni un
destello, era más sutil: una
presencia que no necesitaba
ser entendida, sólo acogida.
Su mente, tan racional, tan
contenida, se abría a una
música callada que sonaba en
su interior.
Ambos comenzaban a
transformarse de manera
honda y sencilla. Cada día
estaba teñido de una
placidez nueva que sólo la
fe podría darles. Ya no
vivían tan apresurados, ni
tan absorbidos por el estrés
de los compromisos
cotidianos. Aunque no todo
era perfecto, habían
encontrado lo que los
sustentaba, un ancla
invisible que los unía y les
daba esperanza, incluso en
medio de las dificultades.
Carlos seguía siendo
racional en muchos aspectos.
De hecho, sus conversaciones
con Laura se habían vuelto
más profundas. Ya no sólo
hablaban del trabajo o de
los amigos, sino también de
la inmortalidad del alma.
Carlos terminó su novela “No
digas nada”. Ya no era el
libro materialista que había
empezado. Ahora tenía una
dimensión trascendente,
nacida de la experiencia.
Una noche, mirando las
estrellas, le dijo a Laura:
- Antes
veía la muerte como un
final.
Ahora siento que es un paso,
como cuando pasas de un
cuarto a otro en una
vivienda. No la temo. No
porque tenga respuestas,
sino porque percibo el más
allá de lo que puedo ver.
Para mí -continuó diciendo-,
el significado está en lo
cotidiano: en la oración,
como contrapeso a la maldad,
y en tratar a los demás con
cariño y respeto, ayudando a
quienes nos rodean. Sé que
lo que hago tiene un eco
eterno. No hacen falta
grandes logros ni
reconocimiento; cada gesto
es una semilla sembrada en
la eternidad.
He estudiado mucho sobre
esto -Carlos hizo una pausa-
Opino que Dios, al crear el
universo, pudo haber
estableció leyes con sus
consecuencias, igual que en
la física: toda acción tiene
una reacción. Estas leyes
rigen tanto a la naturaleza
como a las personas, porque
ambas forman una sola
unidad; por eso, si una
transgrede una ley, la
consecuencia afecta a las
dos. Todo en el cosmos está
interrelacionado, y de ahí
vienen las catástrofes
naturales, las epidemias y
las guerras: son fruto de
nuestros actos. La Virgen,
en sus apariciones, lo
anuncia y pide conversión.
Entonces -preguntó Laura-
¿lo que hacemos repercute en
el universo? O sea, que cada
persona origina el bien o el
mal en el mundo, que sus
oraciones y sus acciones
influyen.
Eso pienso -respondió
Carlos-. Por eso es
importante el desagravio,
como el que hacen las
monjas, los sacerdotes y
tantos que rezan y se
ofrecen para reparar las
faltas. Confiemos en que la
humanidad recapacite y logre
el indulto que Dios desea
concedernos
Ya entiendo -asintió Laura-.
Tenemos una misión: con
oraciones y buenos actos
ayudamos a lograr la armonía
universal. Puede ser esta
una razón más del propósito
de nuestras conductas:
colaborar.
Él afirmó y respondió:
Como dice un salmo: Yo soy
el Señor, Dios tuyo… escucha
mi voz… ¡Ojalá me escuchase
mi pueblo y caminase Israel
por mi camino! Los
alimentaría con flor de
harina, los saciaría con
miel silvestre.
Días después, Carlos
concluyó su novela. No era
como las anteriores: ni
crítica literaria, ni
investigación sobre
símbolos, ni ensayo
académico, sino una
narración tejida de
experiencia y búsqueda.
Hablaba de dos personas que,
sin buscarla, hallaron la fe
donde menos la esperaban: en
lo cotidiano, en lo
imperfecto, en el otro.
También abordaba la historia
de los pueblos, las guerras,
sus causas y consecuencias,
el comportamiento humano, y
otros temas de gran interés
para los lectores y para el
mundo.
EPÍLOGO
La novela se publicó y tuvo
una acogida inesperada:
recibió elogios unánimes de
la crítica y resultó un
auténtico revulsivo,
reavivando el interés por
los conflictos mundiales y
el impacto de las acciones
humanas. En el ámbito
académico, "No digas nada"
se convirtió en un referente
para quienes buscaban
significado más allá de lo
visible.
Laura, por fin, encontró el
proyecto de su existencia.
Tras años de búsqueda,
comprendió que su entrega no
se limitaba a la creencia
que practicaba, sino que
cobraba forma concreta en su
compromiso con los demás. Su
colaboración en la
parroquia, encargándose de
la catequesis para niños, se
convirtió en algo más que
una tarea: fue una entrega
con valor reparador. Era, en
cierto modo, una respuesta
íntima al dolor de no haber
tenido hijos propios; pero
esa ausencia, lejos de ser
una herida abierta, se
transformó a través de los
niños en una presencia
luminosa. No los veía como
sustitución, sino como un
regalo inesperado, una
compensación que le permitía
vivir la maternidad desde
otro lugar.
Al final, Laura y Carlos
encontraron,
por caminos distintos, lo
que tanto buscaron.
Comprendieron que el sentido
de la vida se revela en el
amor, en la entrega y en la
respuesta libre a la llamada
de Dios.
Emma-Margarita R. A.-Valdés |