EL SENTIDO DE LA VIDA

Por Emma-Margarita R. A.-Valdés

 

Capítulo I

 

Ante la taza humeante, cuando el sueño aún cuelga de los párpados, Laura pensaba en el sentido de su vida, mientras el reloj la empujaba, con prisa, a la faena. Era ama de casa. Al casarse, dejó su trabajo en una oficina. A veces lo añoraba, pero, al contemplar su hogar, sentía que su existencia estaba completa. Sólo echaba de menos los hijos. No podía tenerlos, pero casi se había resignado.

 

Algunos días, la pasión se ausentaba, la inercia devoraba, y el alma se enredaba en cuestiones que dolían más que las respuestas.

 

Su marido, Carlos, al llegar de su trabajo, tras un saludo habitual, se encerraba en su despacho para escribir su tercer libro, leer las tareas de sus alumnos y estructurar las próximas clases. Para él, los días transcurrían con una naturalidad envidiable. Ella comprendía tanta dedicación, pero le gustaría que se dedicara más a atenderla.

 

Cada amanecer traía consigo la misma monotonía. Ella insistía en buscar una chispa de otros momentos. Anhelaba recuperar el fulgor de los primeros años. Necesitaba el calor de los vividos en su juventud, cuando eran más libres. Al mirarse al espejo, veía reflejado el cansancio de una vida sin propósito.

 

Quizás no hubiera una razón para la vida —cavilaba—, ni una nueva alegría después de cada jornada, sino instantes que tejen la red donde el alma se amarra: un beso, un abrazo en la noche, el apretón de manos de un amigo, la palabra sincera… Posiblemente sea eso.

 

Quería latir, resucitar. Necesitaba una risa compartida, una pelea que no rompe, un "te escucho" dicho sin urgencia, eso que llena de color el velo gris de la rutina. Puede que la magia del amor y la razón de la existencia sean saber lo que a veces se esconde en las grietas del día, en lo que envuelve cada minuto.

 

Pero ella percibía que había ternura en esa labor simple, hogareña, aunque sin los hijos que la completaran. Imaginaba que la edad adulta no tendría nada que ver con el aburrimiento. El sonido del despertador a las 6:30, la tostada y el café, las charlas, cuando ella lavaba los platos y él daba una ojeada al periódico, no era infelicidad, ni tampoco plenitud. Era una situación difícil de nombrar.

 

Ambos, en su juventud, creían que estar juntos sería una especie de revelación: un proyecto importante, una gran historia, un viaje a alguna parte... Pero después de años de trabajo, desencuentros y reconciliaciones, lo único que seguía intacto era la costumbre compartida, ese hilo invisible que unía los días como cuentas en un collar que alguien se olvidó de terminar.

 

Él había cambiado poco. A veces estaba más concentrado en su trabajo que en ella, y, sin embargo, jamás olvidaba pequeños detalles, casi imperceptibles. De modo que el amor, con el paso de los años, había aprendido a hablar susurrando.

 

Los fines de semana eran especiales. No por extraordinarios, sino porque no había prisas. No madrugaban, cocinaban juntos, hablaban de temas sin urgencia. A veces, Laura observaba a su marido desde la puerta de la cocina, mientras él cortaba verduras con una concentración casi poética, y se decía: ¿Él siente también la rutina? ¿Aunque no lo diga? ¿Aunque ni él mismo lo sepa?

 

Una mañana lluviosa, descansando en el salón, quiso saber:

 

— ¿Crees que el amor, el matrimonio y la vida tienen sentido?

 

—Todo tiene sentido —respondió él.

 

Luego, tras meditar unos segundos, añadió:

 

—Realmente, no lo sé. Pero seguimos estando juntos, ¿no?

 

Sonrió. Quizás era eso lo que importaba.

 

El día siguiente comenzó con una pequeña discusión. Ella había dejado abierta una ventana la noche anterior y la lluvia había empapado parte del sillón. Carlos lo notó temprano, antes de salir para el trabajo. No alzó la voz, pero su tono fue el justo para que sintiera que no era únicamente por el sillón. ¿Habría meditado su pregunta sobre sus vidas, hecha del día anterior?

 

—No cuesta nada cerrar las ventanas antes de dormir —comentó él, a la vez que secaba con toallas la tela mojada.

 

Ella no respondió. Se limitó a recoger las tazas del desayuno, llevarlas al fregadero, y dejarlas allí, con un golpe que expresó más que cualquier palabra.

 

No era una gran pelea. Ninguno proyectaba irse. No se dijeron cosas imperdonables. Pero había una atmósfera incómoda, una grieta fina que se asomaba en una pared de años. Y lo peor: esa sensación de que el amor, cuando se asienta, puede volverse indiferente.

 

Esa noche, ella se sentó en el sofá ya seco, encendió el televisor y echó un vistazo a las noticias, sin prestar atención. Él, a su lado, callado. Una periodista hablaba de guerras, edificios reducidos a escombros, vidas rotas por causas que nadie entendía. Y Laura pensó: ¿Cuántas cosas se quiebran así?

 

Al día siguiente, al despertarse, encontró sobre la almohada una nota escrita por su marido: “Sigo amándote, incluso cuando parezca que no”.

 

 

Capítulo II

 

Los días siguientes transcurrieron en calma aparente. Pero una noche, mientras cenaban, preguntó a Carlos por el libro, por sus alumnos, por su día. Él respondió con monosílabos, la vista fija en el plato. Ella dejó los cubiertos sobre la mesa, despacio, sin ruido.

 

—A veces hablo sola —señaló—. Aunque estés delante.

 

Él levantó la vista, pero no encontró qué decir. Terminaron de cenar en silencio, y ese silencio se quedó a dormir con ellos.

 

Laura recibió una llamada telefónica. Una voz entrecortada le anunció:

 

—Tu tía Elena ha fallecido. —Era la última de la familia que aún vivía en el sur—. Encontré una carta para ti, entre facturas y folletos, en la que decía: "Si cualquier cosa me pasa, que Laura sepa que la casa es suya. Con todo lo que guarda".

 

No había recordado esa casa desde hacía años. Estaba en un pueblo junto al mar, lejos del ruido y de los horarios, donde pasaba los veranos en su niñez. Recordaba las baldosas frías, el aroma a eucalipto, y la manera en que la tía Elena dejaba las cosas a medio hacer: libros con señaladores hechos con hilos entrelazados, frascos de mermelada empezados, cartas sin enviar.

 

Al llegar Carlos del trabajo, le dio la noticia.

 

— ¿Vas a ir? —inquirió, mirándola mientras guardaba su abrigo.

 

—No sé —respondió sin levantar la vista—. Es un viaje largo. Y no sé si debo hacerlo.

 

Él no insistió. Asintió:

 

—Decídelo tú, pero si vas, yo voy. Es una buena ocasión para descansar, lo necesito. Deberíamos quedarnos unos días. Pediré permiso. Los alumnos no me añorarán. Podré terminar el libro.

 

Una semana después, estaban los dos en el coche, camino al sur.

 

Al llegar, ella veía todo más pequeño. El tiempo había encogido al pueblo. Pero la casa seguía allí, igual de blanca, igual de rota. Había polvo en los rincones y fotos enmarcadas con gente que ya no existía.

 

Él abría puertas y ventanas; ella recorría la casa caminando entre recuerdos. Tocaba los objetos como si quisiera escuchar su historia: una tetera antigua, el chal doblado, la caja de madera con cartas amarillentas. Una de ellas era de su madre, escrita con caligrafía firme. Leyó: "El sentido de la vida no siempre se encuentra donde lo buscamos. A veces está en lo que dejamos olvidado. A veces, en lo que volvemos a ver"

 

Esa noche, después de cenar, salió al jardín trasero. Carlos la siguió.

 

 — ¿Y? —indagó—. ¿Sientes algo distinto?

 

Admiró un cielo lleno de estrellas, que no veía en la ciudad. Luego habló, sin énfasis:

 

 —Sí. Aquí siento paz. Creo que quiero quedarme. Tal vez, en este lugar, encuentre la razón de la existencia.

 

Él no cuestionó cuánto se quedarían. Sólo dijo:

 

—Entonces nos quedamos.

 

Y así fue. No como una decisión definitiva, sino como una pausa. Una tregua para respirar.

 

La rutina, en la casa del sur, no tardó en instalarse. Levantarse cada día sin hora, desayunar frente al jardín, leer, caminar hasta el mar. Su marido ayudaba con arreglos menores y ella se afanaba en dejar la casa limpia como una patena.

 

Pero el ambiente se alteró. Era como si aquel aire marino obligara a salir a la superficie todo aquello que la prisa había mantenido oculto durante años.

 

Carlos había dejado su trabajo. Seguía escribiendo su libro, pero cada día le dedicaba menos horas. Algunas noches se quedaba despierto más de lo normal, con sus ojos fijos en el techo.

 

Ella, por el contrario, tenía una energía que no reconocía desde hacía años. Se había ilusionado con la casa y con el entorno: un apacible lugar, casi aislado, sin vecinos próximos, cerca del mar y del pueblo.

 

 

Capítulo III

 

Una mañana, al cavar en el jardín para plantar unas flores, Laura sintió que la pala chocaba con un objeto duro. Era una vieja caja de hojalata, oxidada, pero intacta. Al abrirla, encontró fotografías en sepia con rostros medio borrados, monedas fuera de circulación y un papel doblado tantas veces que parecía susurrar secretos. Lo desplegó con emoción. Allí leyó una frase escrita con lápiz, en una letra casi infantil: "No olvides soñar despierta".

 

No había firma, pero supo que era suyo. De cuando el mundo era juego y la fantasía era posible. La memoria le devolvió una imagen: una niña de trenzas sueltas enterrando la caja en el jardín, guardando un deseo bajo tierra para encontrarlo años después, o como una promesa que no quería romper.

 

Entró corriendo a la casa y se lo mostró. Él lo leyó. Luego, la abrazó dulcemente.

 

Carlos la observaba con una mezcla de curiosidad y ternura. Ella había cambiado desde su llegada. Él también. Ya no escribía con urgencia, ni con la presión de publicar. Ahora lo hacía cuando sentía el impulso. Y, a veces, no escribía, leía.

 

Un atardecer, cuando paseaban por la orilla del mar, Laura le comentó:

 

—He reflexionado sobre quedarme. Me gustaría vivir aquí. Tal vez no para siempre, pero sí por ahora.

 

La tomó de la mano. Dirigió la mirada al horizonte, al mar tranquilo, como buscando en él una respuesta que el mar no podía darle.

 

—De acuerdo —dijo, con la misma calma de aquella primera vez.

 

Permaneció pensativo unos momentos.

 

Añadió:

 

—Me han ofrecido dar clases en el colegio del pueblo, no pagan mucho, pero con ese sueldo y los ahorros que tenemos, viviremos sin estrecheces. No te lo dije porque no sabía tus planes y no quería influir en tu decisión. Más adelante, si decidimos quedarnos aquí, podemos vender o alquilar el piso de la ciudad.

 

 Y esa certeza, dicha sin solemnidad, les pareció suficiente.

 

Pasado algún tiempo, Laura sintió en su interior una renovación. No veía a Carlos como su marido, un hombre, un amigo o un amante, sino como parte de sí misma. Los años los habían unido de tal manera que ya eran una sola persona. Se sentía completa, en cuerpo y en espíritu. Había desaparecido la sensación de lejanía, de indiferencia. Su unión existía más allá de las formas.

 

Escribió en su cuaderno de recetas de cocina: “He descubierto un espacio trascendente, espiritual. Me parece que Dios existe, que vive en mi interior con su fuego, que está presente en mi destino. No sé cómo escribir lo que ahora me sorprende, lo haré cuando esté más segura”.

 

 

Capítulo IV

 

Al día siguiente, Laura entró en una iglesia, movida por un impulso inexplicable. El sosiego del lugar, la penumbra y el olor a incienso, la envolvieron. Había una luminaria roja, titilando, que atraía su interés. Tembló ligeramente. Se sentó en uno de los bancos, cabizbaja, quieta, con la mente en blanco.

 

Un sacerdote pasó por su lado. La vio. Se acercó a ella y le preguntó:

 

— ¿Necesita algo? ¿Puedo ayudarla?

 

Miró al sacerdote con una mezcla de vergüenza y franqueza. Respondió, en voz baja, como si confesara una culpa. Reveló, nerviosa, lo que tantas veces la intranquilizaba:

 

—No soy creyente. Nunca le he prestado atención a la religión. He vivido con la certeza de que la existencia se acaba aquí. Que no hay otra vida. Que nuestra vida en la tierra no tiene significado. Sin embargo, el cariño que siento por mi marido no puede terminar con la muerte, deseo continuar con él, estamos muy unidos.

 

El sacerdote la observó con afecto y tristeza. Sus oídos habían escuchado muchas versiones de esa misma cuestión.

 

— ¡Cuánto lo lamento!

 

Se sentó junto a ella. Por un instante, se mantuvo callado.

 

 —No es raro opinar así —dijo al fin, con voz serena—. Muchos lo hacen, incluso quienes están dentro de la Iglesia. La duda, el vacío, el escepticismo… son parte del camino hacia la Verdad. Pero quizá no ha considerado aún el apego que siente, esa sensación de unidad con otro ser humano… ¿de dónde supone que proviene? Lo que usted vive con tanta profundidad… no es sólo suyo. Es eco de lo más grande.

 

Lo miró, sin saber qué responder.

 

—Eso que siente —continuó él con un tono pausado—, esa certeza repentina más grande que usted misma… no es ilusión. Es experiencia. Y las experiencias, las auténticas, nos abren puertas que la lógica no puede abrir. Usted ha percibido a Dios, no con la cabeza, sino con el alma.

 

El silencio volvió a colarse entre ellos, pero esta vez era distinto. No era incómodo. Era profundo.

 

—No es un viejo con barba —continuó el sacerdote— ni un juez severo que apunta con el dedo. Él es relación. Es eso que une y transforma. Es esa presencia invisible que da valor a lo inexplicable. Cuando amamos, tocamos su existencia, porque Dios es amor. Usted lo ha encontrado sin saber que lo buscaba.

 

Bajó la vista, conmovida. No sabía si creer, pero sí sabía que había escuchado un mensaje que encajaba con lo que estaba viviendo.

 

— ¿Y si esto es una proyección de lo que deseo, una necesidad de consuelo? —murmuró.

 

El sacerdote sonrió, con dulzura.

 

— ¿Y si el deseo mismo es la huella de lo que ya existe?

 

Quedó ensimismada. Dentro de ella comenzaba a deshacerse una niebla que retrocedía ante la Luz. No eran las palabras del sacerdote, sino cómo resonaban con lo que ya había intuido. No se trataba de lógica, sino de reconocimiento. De lo que había estado allí. Acababa de descubrir una puerta donde siempre creyó ver un muro.

 

— ¿Y qué debo hacer… si quiero creer? —articuló, casi en un susurro.

 

Él se inclinó un poco hacia ella, con una bondad profunda en la voz, y susurró:

 

—No hace falta que lo entienda hoy. Solamente abra su corazón. Diga: “Aquí estoy, Señor. No sé cómo seguirte, pero anhelo conocerte”. Él no necesita certeza, necesita sinceridad. El resto vendrá.

 

Sintió que sus ojos se humedecían. No era tristeza, era una sensación nueva. Los cerró un instante, respiró hondo, y murmuró para sí misma:

 

—Aquí estoy.

 

El sacerdote colocó suavemente una mano sobre su hombro.

 

— ¿Quiere que oremos juntos?

 

Ella asintió. Por primera vez se permitió arrodillarse. No sabía qué palabras usar, así que escuchó. El entorno la envolvía con un manto cálido, una presencia viva. No era imaginación. Era real. Como el amor.

 

Al salir de la iglesia, el sol brillaba con una claridad nueva. El mundo no había progresado, pero ella sí. Sin embargo, seguía pensando en cuál era la razón de vivir. Si Dios la había creado, ¿para qué? No había tenido hijos, ni había hecho cosa alguna que mejorara el mundo, o ¿quizás sí?

 

 

Capítulo V

 

Pasaron algunos meses. El proceso de conversión no fue inmediato, pero tampoco fue difícil. Cada paso era un resplandor dentro de ella.

 

Volvió a hablar con el sacerdote. Tenía muchos interrogantes. Él la acompañó con paciencia, sin imponer, guiando. Comenzó a asistir a la catequesis para adultos, a misa, a leer los Evangelios. Su lectura le aportó un conocimiento que antes no había tenido.

 

Hubo, sin embargo, noches en que la fe no bastaba. Una madrugada, ella despertó con la vieja duda intacta, como si los meses no hubieran pasado: ¿y si todo esto era, otra vez, una forma de consuelo? Se quedó mirando el techo hasta que amaneció, sin despertar a Carlos, sin rezar siquiera. Por la mañana, fue a misa igual. No porque hubiera vencido la duda, sino porque había aprendido a caminar con ella.

 

Unos meses después, se bautizó. El día de su bautismo fue íntimo, pero profundamente emotivo. Él estaba allí, conmovido, sosteniéndole la mano cuando el agua caía sobre su cabeza. Ella tembló, no de frío, sino de un fuego interior: una certeza nueva, un renacer.

 

Luego vino la confirmación, y después, la primera comunión. Se preparó con dedicación. Aprendió a orar, a confiar, a guardar calma interior. Cuando recibió por primera vez la Eucaristía, lloró sin contenerse. Sintió que su cuerpo era habitado por algo inmenso que no podía controlar, pero que no daba miedo. Se sabía amada, y eso bastaba.

 

Carlos, aunque no era creyente, la acompañaba a misa los domingos. Veía en ella una honda transformación: estaba más serena, más atenta, más presente. En las noches, después de cenar, su mujer le leía los pasajes del Evangelio que la habían impresionado. Él escuchaba con respeto, sorprendido por la paz y el discernimiento que esos pasajes le transmitían.

 

Una tarde, mientras caminaban juntos por el parque, ella le comentó:

 

—Antes afirmaba que te amaba con todo mi corazón. Pero ahora… siento que te amo más, porque ya no te necesito para completarme. El Señor me ha llenado, y desde esa plenitud, puedo amarte libremente.

 

Carlos se detuvo, no supo qué decir. Pero la abrazó con fuerza. La entendía sin palabras.

 

Él nunca había sido religioso. Ni siquiera en su infancia. Todo era lo que se podía ver, tocar, explicar. Cuando Laura empezó a hablarle de Dios, con ese brillo nuevo en el rostro, no la contradijo, pero tampoco la siguió. Sin embargo, lo que más le impactó no fueron sus palabras, sino su evolución. Ya no reaccionaba con ansiedad ni tristeza ante las pequeñas frustraciones. Había una solidez en ella que la sostenía desde dentro.

 

Siguió yendo con ella a misa los domingos. Al principio, lo hizo por cariño, sin esperar recompensa. Se sentaba callado, analizaba todos los detalles. Pero, poco a poco, una inquietud comenzó a moverse dentro de él. No era emoción, ni tampoco nostalgia. Era más hondo: una pregunta sin respuesta, una sed que no había notado hasta entonces.

 

Un día, al salir de la misa, le comentó:

 

—No sé qué me pasa. No puedo explicarlo. Pero siento que estoy vacío. Como si me estuviera perdiendo lo más esencial.

 

Ella lo miró, con esa ternura nueva que le brotaba desde que había encontrado la Luz.

 

—Tal vez no te falta nada —le habló suavemente—. Tal vez estás escuchando por primera vez esa música que te llama.

 

Carlos reflexionó. Pidió hablar con el mismo sacerdote que había acompañado a su mujer. Comenzaron a reunirse cada semana. No fue fácil para él, al principio. Era escéptico, racional, crítico. Pero el sacerdote le escuchaba con paciencia y le respondía con claridad. Le recomendó leer el Evangelio, poco a poco, meditando cada palabra, cada situación, analizando el mensaje.

 

Durante semanas leyó el Evangelio con actitud crítica. Cerraba el libro convencido de haber encontrado contradicciones... y volvía a abrirlo al día siguiente. Durante la lectura, hubo momentos en los que oró intensamente.

 

 

Capítulo VI

 

Meses después, él también pidió ser bautizado.

 

Laura lloró cuando lo supo. No porque quisiera convertirlo, sino porque se alegraba de que la gracia, que la había elevado a ella, ahora tocaba al ser que más amaba.

 

El día del bautismo, ella le tomó la mano. Cuando el agua tocó su cabeza, él tuvo un sentimiento extraño, no una revelación ni un destello, era más sutil: una armonía que no venía de él, una presencia que no necesitaba ser entendida, sólo acogida. Su mente, tan racional, tan contenida, se abría a una música callada que sonaba en su interior.

 

La vida de ambos comenzó a transformarse de manera profunda y sencilla. Cada día estaba teñido de una paz nueva que únicamente la fe podría darles. Ya no vivían tan apresurados, ni tan absorbidos por el estrés de los compromisos cotidianos. Aunque no todo era perfecto, habían encontrado lo que los sustentaba, un ancla invisible que los unía y les daba esperanza, incluso en medio de las dificultades.

 

Él seguía siendo racional en muchos aspectos. De hecho, sus conversaciones se habían vuelto más profundas. Ya no sólo hablaban del trabajo o de los amigos, sino también de la inmortalidad del alma, de lo que significa el amor eterno.

 

Terminó la novela que estaba escribiendo. Modificó algunos capítulos y también el final. El argumento ya no era tan materialista como al principio: había introducido una nueva dimensión trascendente.

 

Una noche, mientras caminaban por el parque, descubriendo las estrellas, Carlos le comentó:

 

—Antes asumía que la muerte era un final. Pero ahora… siento que es un paso, como cuando pasas de un cuarto a otro en una casa. No la temo. No porque tenga respuestas, sino porque percibo el más allá de lo que puedo ver.

 

Para mí —continuó diciendo—, el significado de la vida está en lo cotidiano, en lo simple. En la oración, como contrapeso a la maldad, en la manera en que tratas a los demás con cariño y respeto, en cómo ayudar a quienes nos rodean. Sé que lo que hago tiene un eco eterno. No se necesitan grandes logros, ni reconocimiento, cada gesto es una semilla sembrada en la eternidad.

 

—He estudiado mucho sobre esto. A veces pienso —dijo Carlos tras un largo silencio— que Dios puso unas leyes y las penas correspondientes. Que el universo posee una armonía moral. Cuando el ser humano se aparta del bien, no sólo se hiere a sí mismo; de algún modo, toda la creación se resiente. La Escritura insiste siempre en la conversión y en la responsabilidad de nuestros actos. Somos una unidad. Hoy la humanidad infringe muchas leyes divinas, de ahí las catástrofes naturales, las epidemias, las guerras... La Virgen, en sus apariciones, lo anuncia y pide la conversión.

 

Entonces ¿lo que hacemos repercute en el universo? —preguntó Laura—. O sea, que cada persona origina el bien o el mal en el mundo, que sus oraciones y sus acciones influyen.

 

Eso pienso —respondió Carlos—. Por eso es importante el desagravio, como lo que están haciendo las monjas, los sacerdotes y tantos que rezan y se ofrecen para reparar las faltas. Confiemos en que la humanidad recapacite y logre el indulto que Dios está deseando conceder.

 

Ya entiendo — asintió—, tenemos una misión. Con oraciones y buenos actos estamos ayudando a lograr la armonía universal. Esto puede ser una razón más del destino y el sentido de nuestras vidas: colaborar.

 

Él afirmó y respondió:

 

Como dice un salmo: Yo soy el Señor, Dios tuyo… escucha mi voz… ¡Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino! Los alimentaría con flor de harina, los saciaría con miel silvestre.

 

Días después, concluyó su novela “No digas nada”. La obra no era como las anteriores, ni una crítica literaria ni una investigación sobre símbolos ni un ensayo académico. Era una narración tejida de experiencia y búsqueda, de existencia y trascendencia. Hablaba de dos personas que, sin buscar, hallaron la fe donde menos la esperaban: en lo cotidiano, en lo imperfecto, en el otro. En el libro hablaba, también, de la historia de los pueblos, de las guerras y de las causas que las motivaron y sus consecuencias, del comportamiento humano, y de unos temas de gran interés para los lectores y para el mundo.

 

 

EPÍLOGO

 

La novela se publicó. Su éxito fue inesperado e inmediato. Encontró miles de lectores en distintos países y despertó un inesperado interés por las preguntas esenciales que plantea la existencia humana. Algunos críticos la calificaron como una de las obras espirituales más sugerentes de los últimos años. “No digas nada” se consideró una obra fundamental para comprender los aspectos trascendentes de la historia, las heridas espirituales, la violencia, el precio de la libertad y de la lealtad, y otros temas primordiales.

 

Laura, por fin, encontró el sentido que había buscado durante años. Comprendió que su fe cobraba forma concreta en el servicio a los demás. La catequesis de los niños dejó de ser una tarea para convertirse en una forma de amor y entrega. Guiarlos en sus primeros pasos hacia la fe tenía para ella un valor inmenso, casi reparador. Era una respuesta íntima al dolor de no haber tenido hijos. Aquella ausencia dejó de ser una herida: a través de ellos, descubrió una nueva forma de maternidad, hecha de cuidado, ternura y entrega.

 

Y entendieron que la razón de vivir nunca había estado en el camino, sino en Aquel que había caminado siempre junto a ellos.

 

Al final, Laura y Carlos encontraron el sentido de sus vidas.

 Emma-Margarita R. A.-Valdés

 

 

 

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