

Lucía el sol, brillaban las estrellas,
salía el amaranto en el parterre,
en el césped moraban esmeraldas, rubíes,
y tú, mi luna llena, envaronabas
sin darte apenas cuenta, sin conocer la historia.

Evoco nuestro parque,
tú retozabas libre y a mi me complacían
tus juegos rebosantes de vigor,
tu sonriente encanto,
los años sin inviernos de tu niñez perfecta,
las fuentes cristalinas, las gráciles alondras,
los sauces extendían sus ramas hacia el cielo,
el día era apacible.
Tú, inexperto, dejabas al tiempo hacer su viaje,
sin darte apenas cuenta,
sin saber que el instante vivido ya es pretérito,
que el futuro es presente
y quedarán sin pétalos las flores.

Cayó la noche en el jardín dormido,
y tú, mi luna nueva, confuso te extraviabas
con los ojos cegados por farolas y anuncios.
Ya no lucía el sol, ni las estrellas,
moría el amaranto en el parterre,
las ramas del los sauces colgaban sobre el suelo,
sucumbían las hojas de tu laurel ajado
y arraigaba el ciprés.

Gemía la añoranza
por el parque de escarchas matutinas,
no adornaban el césped esmeraldas, rubíes,
ni tú, mi luna, estabas en la altura;
jugabas con tinieblas
eclipsando tu limpia pubertad,
sin darte apenas cuenta, sin conocer la historia,
derrochando el momento.

Hoy aroma el sosiego a tu primer jardín.
Renace bajo tu íntimo hechizo de azahares.
Volverás luna llena, espejeando,
con primigenio sol,
a tu parque encantado florecido.



Emma-Margarita
R. A.-Valdés


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