El
consultorio olía a desinfectante, un olor que se pegaba a la
piel, semejante a una segunda capa. En aquella sala blanca y
estéril, el reloj parecía medir la espera, no el tiempo. Gema
aguardaba impaciente los resultados de los análisis, con el
corazón latiéndole desbocado. La enfermera pronunció su nombre
con una voz gris, impersonal, como si fuera un número en una
lista.
-Pasa
-dijo el médico. Su tono sonaba a preludio sombrío.
No la
miró de inmediato; se demoró repasando unos papeles, esos
documentos que a veces parecen tener más poder que una vida
entera. Ella escrutaba su rostro en busca de un indicio, una
grieta que le revelara si debía prepararse para resistir o para
derrumbarse.
-Hemos
encontrado algo -dijo por fin, alzando la vista-. No es
definitivo, pero... no es grave, es serio. Necesitamos actuar
rápido.
Hablaba con una calma ensayada, profesional. Sin embargo, sus
ojos no sabían mentir. Las frases caían como piedras envueltas
en algodón: "hay algo", "no es grave, es serio". La palabra
"algo" flotó en el aire, densa y amorfa.
Gema
pensó, desconcertada: ¿Qué podía ser ese "algo" capaz de torcer
el curso de su existencia?
-¿Grave? -preguntó, y su voz sonó hueca.
-Depende. No quiero alarmarte... -hizo una pausa mínima, casi
imperceptible-. Todo apunta a un cáncer de mama. Necesitamos
confirmarlo y actuar rápido
Lo
dijo con un tono neutro, casi clínico. Pero las palabras se
instalaron en su pecho como una flor negra.
-Quiero que lo entiendas -continuó el médico-. Hay opciones:
tratamientos, terapias. Un buen pronóstico si actuamos pronto.
Le
habló de porcentajes, de esperanza, de supervivencia. Los datos
flotaban, le parecían hojas muertas en un viento frío.
La
reacción de Gema fue un torbellino de negación, un rechazo feroz
que le apretaba el estómago.
-No
puede ser... -murmuró-. Debe de haber un error.
Su voz
era un hilo quebradizo, a punto de romperse.
El
médico negó con la cabeza, con una mezcla de compasión y firmeza
inquebrantable.
-Lo
siento. Los resultados son claros.
Ella
rechazaba la idea con rabia ciega y lágrimas que caían como una
lluvia torrencial, empañando su visión.
Salió
a la calle con un papel doblado en la mano: una sentencia
escrita en términos clínicos, un pronóstico que no cabía en el
bolsillo de su chaqueta. El sol brillaba con una crueldad
luminosa, indiferente. El mundo seguía su curso inalterable,
ajeno a su tormenta interior. Le vino a la mente una frase del
Apocalipsis: “Recuerda, pues, de dónde has caído, y
arrepiéntete, y haz las primeras obras”.
¿De
qué debía arrepentirse? ¿De haber amado la vida con pasión
desmedida? ¿De haber formado una familia con su marido y sus
cuatro hijos, tejiendo un tapiz de risas y rutinas cotidianas?
¿De haber plantado un jardín que quizá ya no vería florecer en
primavera?
A sus
cuarenta y siete años, cuando la fortaleza debería estar en su
plenitud, sentía que comenzaba a desmoronarse.
Al
regresar a casa, el chalé parecía suspendido en el crepúsculo.
Las gemelas, Lucía y Sara, de siete años, corrían por el jardín,
cual mariposas inconscientes. Carlos, de dieciocho, estudiaba
frente a la ventana de su habitación. Miguel, de veintiuno,
llegaría pronto de la universidad. Al entrar, dejó caer las
llaves en el jarrón de la entrada, produciendo un ruido metálico
que sonó a campana fúnebre.
Mario,
su marido, la esperaba en la puerta, con el cuerpo tenso y el
alma en vilo.
-Dime…
habla -dijo él.
-Cáncer de mama -dijo ella, y las dos palabras resonaron en el
salón como un disparo.
-No.
Tú no. No puede ser. Eres el aliento de la casa, eres nuestra
vida -exclamó. La abrazó, sintiendo cómo temblaba su mundo
entero. Mientras le decía al oído: “El Señor es mi luz y mi
salvación; ¿a quién temeré?”
Pero
ella negó con la cabeza:
-No me
vengas con citas ahora, Mario. Tengo miedo. -No puedo aceptarlo
-balbuceó ella entre lágrimas-. No ahora, cuando los niños aún
me necesitan.
Mario
respondió:
-Siempre hemos tenido fe, nos hemos consagrado a Dios. No dudes
porque haya surgido una prueba.
El
silencio que siguió fue más elocuente que cualquier lamento.
Días
después, comenzó el tratamiento. El hospital tenía el olor
metálico de las esperas largas. En la sala de oncología, el
tiempo parecía haberse coagulado. Observaba las manos de las
enfermeras, expertas en movimientos suaves: agujas que entraban
en la piel con la precisión de un ritual antiguo.
El
suero descendía lentamente, gota a gota, un rosario líquido que
contaba el tiempo hacia la esperanza o el abismo.
Ella
pensó en las palabras del profeta Isaías: “No temas, porque yo
estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te
fortalezco”. Pero le sonaban huecas.
El
primer mareo llegó antes de que terminara la sesión. El cuerpo
dejó de responderle con claridad, y la sensación de control se
deshizo.
A su
lado, otra mujer sonreía con la serenidad de quien ya ha librado
muchas batallas.
-El
miedo pasa -le dijo en voz baja-. Luego solo queda el deseo de
seguir viendo amanecer.
Asintió, sin confiar del todo.
En
casa, las náuseas se mezclaban con un cansancio viscoso, como si
cada célula del cuerpo se negara a obedecer.
Mario
se convirtió en su sombra: preparaba sopas, cambiaba las
sábanas, sostenía su mano en la oscuridad de la madrugada. Pero
había un temor que no podía ocultar.
Una
noche, mientras él le acariciaba la cabeza, los mechones
comenzaron a desprenderse, suaves, igual que pétalos marchitos.
Ella los observó caer sobre la almohada con una calma extraña.
-Ya
está empezando -dijo.
Mario
apretó los labios.
-Eres
hermosa -susurró-. "Hasta los cabellos de vuestra cabeza están
todos contados".
Ella
sonrió apenas, con ironía tierna.
-Entonces el Señor sabrá que va perdiendo la cuenta.
Carlos, el mayor, comenzó a llegar más tarde a casa. No
soportaba verla enferma. Miguel la ayudaba con el ordenador,
buscando remedios, dietas, testimonios. Las gemelas la miraban
con una mezcla de curiosidad y recelo.
-Mamá,
¿te duele? -preguntó Lucía una tarde.
-A
veces. Pero el dolor también enseña a querer mejor.
Sara
le trajo un dibujo: un sol enorme y, debajo, una mujer sin pelo,
pero con una sonrisa amplia. “Eres tú cuando sanes”, decía con
letras torcidas.
Esa
noche, Gema lo pegó en el espejo del baño. Y, al mirarse
reflejada, recordó otra frase, esta vez del Evangelio:
“Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”.
Cerró los ojos. Y por primera vez, desde el diagnóstico, sintió
una paz frágil, pero verdadera, una semilla en la tierra negra.
Los
días se fueron volviendo etapas de un mismo invierno. Cada ciclo
de quimioterapia era un descenso al fondo del cuerpo, un
peregrinaje por la fragilidad. El hospital se convirtió en su
segundo hogar, y las enfermeras, en guardianas de una fe
callada.
Cada
sesión era una prueba. El médico hablaba de niveles, de
marcadores, de respuestas positivas. Ella apenas oía: prefería
mirar por la ventana y seguir el vuelo de los pájaros. “¿No se
venden dos pajarillos por un cuarto? Y uno de ellos no caerá a
tierra sin que vuestro Padre lo permita”. Sentía que, si esos
pajarillos sobrevivían al viento, ella también podría hacerlo.
Una
tarde, en la sala de oncología, la mujer que siempre la
acompañaba ya no estaba. En su lugar, una silla vacía. Sintió
una punzada en el pecho, no de alarma, sino de comprensión: no
todos llegan, pero todos dejan huella. Triste, musitó: “Aunque
ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque
tú estarás conmigo”.
A
veces, Gema se sentía como Job bajo la tormenta: “Desnuda salí
del vientre de mi madre, y desnuda volveré allá”. Lo murmuraba
cuando el espejo le devolvía una imagen que no reconocía.
Llegó
la operación. Fue un éxito, según afirmó el doctor.
Después la radioterapia. Las revisiones... Mario y la familia lo
sobrellevaron con amor y fe.
Una
mañana, al terminar la revisión, el oncólogo sonrió con esa
cautela que tienen los médicos que temen dar falsas esperanzas:
-Los
últimos análisis son alentadores. La respuesta es excelente.
Ella
lo miró sin entender del todo; parecía que le hablaba en un
idioma que aún no dominaba.
-¿Eso
significa que…? – preguntó, dudosa.
-Que
hemos ganado -respondió él. No detectamos enfermedad activa.
Hemos llegado al final del camino. Aunque seguiremos haciendo
revisiones periódicas.
Cuando
salió del hospital, el cielo estaba limpio, inmenso. Miró hacia
arriba y sintió que la luz la atravesaba, sintió una corriente
viva en su interior. No era la misma mujer que había entrado
meses atrás con temblor en los huesos. Era una nueva criatura,
hecha de cicatrices y expectativa. Se sentía segura, aligerada.
El viento le acariciaba y por primera vez sintió la libertad.
En
casa, Mario la esperaba con una mirada que contenía todas las
preguntas y el recuerdo de los amaneceres que habían sobrevivido
juntos.
-Los
resultados son muy buenos -dijo ella, casi temblando-. Parece
que el mal se ha vencido.
Mario
la abrazó. Solo murmuró una oración antigua: “Y enjugará Dios
toda lágrima de los ojos de ellos…”.
Las
gemelas la esperaban con flores arrancadas del jardín, pequeñas
y torcidas, pero perfectas.
-Mamá,
¿ya te curaste? -preguntó Sara.
Gema
sonrió, acariciando las mejillas de ambas.
-Sí,
hijas mías. El Señor me ha devuelto la vida. Pero no soy la
misma: ahora sé que cada día es un milagro que se debe
agradecer.
El
cuerpo, aún marcado por la cicatriz, ya no era un recordatorio
del dolor sino un testimonio. Una línea sobre la piel que
contaba la historia de una batalla ganada sin estridencias. A
veces la tocaba con los dedos, no con vergüenza sino con
asombro: esa herida había sido su puerta de regreso al mundo.
Mario
la observaba, con la misma mirada con la que la vio por primera
vez, cuando aún no sabían que el tiempo puede ser un fuego que
purifica.
Ella
se sintió abrigada por su mirada.
-Aún
me cuesta mirarme -dijo, acercándose a él-. A veces pienso que
ya no soy completa.
Mario
sonrió con ternura.
-Completa eres tú. No hay cicatriz que cambie eso. La belleza no
se ha ido; solo ha aprendido a quedarse más dentro.
Ella
apoyó la cabeza sobre su hombro. El silencio entre ambos no era
ausencia, sino plenitud, y en él escuchó una voz interior que
parecía venir de lo alto: “He aquí, yo hago nuevas todas las
cosas”. El miedo, que había sido su compañero oscuro, se fue
desdibujando, era sólo una sombra al amanecer. Esa noche, al
mirarse en el espejo, no vio la mutilación, sino el resplandor
de lo que había sobrevivido. El pecho marcado, el cabello recién
crecido, los ojos limpios de llanto: todo en ella era una forma
nueva de hermosura.
-Mario
-susurró-, gracias por quedarte. Las flores que más amo son las
que vuelven a abrirse después del invierno. No olvides que “El
amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo
soporta”.
Ella
respiró hondo y comprendió, al fin, que el amor sabe renacer de
su propia herida.
Esa
noche, soñó con un río claro que corría desde una montaña
dorada. En la orilla, sus hijos la esperaban riendo. Cuando
despertó, comprendió que no había soñado: era la vida,
regresando, suave, sin prisa.
Pasaron los meses. Las fuerzas regresaron despacio, en oleadas.
El médico confirmó lo que ya intuía: remisión completa.
-Podemos decir que está curada -dijo con una sonrisa contenida.
No
lloró. Solo inclinó la cabeza y dijo: “He peleado la buena
batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe”.
Esa
noche, mientras la casa dormía, salió al jardín y alzó las manos
al cielo. Las estrellas titilaban promesas.
-Gracias, Señor -proclamó-. “Tú cambiaste mi lamento en danza;
me ceñiste de alegría”. Y en la noche, sintió que la vida, con
su pulso renovado, comenzaba de nuevo.
Emma-Margarita R. A.-Valdés

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