Templo de sombra y luz

 

Por

Emma-Margarita R. A.-Valdés

 

 


Desde el principio soy

sombra y luz. Primicia de la especie.

Creado bajo el Sol,

nacido el sexto día por un cálido aliento.

Imagen e inmanencia. Soberano del mundo.

Tengo voz y poder entre misterio y dogmas.

 

Soy el barro encendido con fulgor de la aurora,

melodía celeste, templo vivo que oficia

salmos en las alturas: la sonora plegaria

de mis labios incólumes.

 

Mi columna se yergue del polvo del origen.

Caminaré seguro

hacia el nuevo horizonte en las tinieblas.

En el vasto paisaje,

mis huesos calculados, en perfecto equilibrio,

serán la catedral,

la sede de la mística misión.

 

Mi cerebro en la cúpula, conectando el espacio

de quimeras, de sueños,

de notas siderales, susurros de la esencia.

Los ojos son ventanas

al silencio interior, a lo oculto, a lo íntimo.

 

El corazón: latido, relámpago de sangre,

viveza que recorre las arterias

con el ritmo incesante de la vida y la muerte,

el sagrario del tiempo.

 

El pecho es el guardián de místicos altares,

tabernáculo humano

donde reside el hálito infinito,

santuario de llantos y de risas,

de ardiente realidad.

Mis brazos se ennoblecen con obras inmortales.

Abrazan la emoción en su enramada firme.

Mis palmas como cálices de amor.

Sus caricias balsámicas.

 

Poseo dos pilares,

que afianzan mi andadura.

Me elevan desde el lodo hasta la estrella,

para llegar al fin dónde habita el saber.

 

Los pies, como alas blancas,

peregrinos tenaces por montañas y valles,

por rutas del destino,

bajo rojos celajes, sin temor a tormentas.

 

Mi piel, manto sagrado, caudal de sensaciones,

relieve donde el viento susurra profecías.

Sus pliegues marcarán las experiencias

del tiempo trascurrido.

 

Mi cuerpo es alfaguara,

agua que desemboca en un mar infinito.

Fui grafismo en el cieno.

En otra dimensión se alojará mi espíritu,

original del hálito que a mi barro dio vida.

 

Al final ¿Seré légamo que alimente las flores?

¿Alcanzará mi espíritu placeres celestiales?

¿Dónde estará mi vértice?

 

 

Emma-Margarita R. A.-Valdés


 

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