Desde el principio soy
sombra y luz. Primicia de la especie.
Creado bajo el Sol,
nacido el sexto día por un cálido aliento.
Imagen e inmanencia. Soberano del mundo.
Tengo voz y poder entre misterio y dogmas.

Soy el barro
encendido con fulgor de la aurora,
melodía celeste, templo vivo que oficia
salmos en las alturas: la sonora plegaria
de mis labios incólumes.

Mi
columna se yergue del polvo del origen.
Caminaré seguro
hacia el nuevo horizonte en las tinieblas.
En el vasto paisaje,
mis
huesos calculados, en perfecto equilibrio,
serán
la catedral,
la
sede de la mística misión.

Mi
cerebro en la cúpula, conectando el espacio
de
quimeras, de sueños,
de
notas siderales, susurros de la esencia.
Los
ojos son ventanas
al
silencio interior, a lo oculto, a lo íntimo.

El
corazón: latido, relámpago de sangre,
viveza que recorre las arterias
con
el ritmo incesante de la vida y la muerte,
el
sagrario del tiempo.

El
pecho es el guardián de místicos altares,
tabernáculo humano
donde
reside el hálito infinito,
santuario de llantos y de risas,
de
ardiente realidad.

Mis
brazos se ennoblecen con obras inmortales.
Abrazan la emoción en su enramada firme.
Mis
palmas como cálices de amor.
Sus
caricias balsámicas.

Poseo
dos pilares,
que
afianzan mi andadura.
Me
elevan desde el lodo hasta la estrella,
para
llegar al fin dónde habita el saber.

Los
pies, como alas blancas,
peregrinos tenaces por montañas y valles,
por
rutas del destino,
bajo
rojos celajes, sin temor a tormentas.

Mi
piel, manto sagrado, caudal de sensaciones,
relieve donde el viento susurra profecías.
Sus pliegues marcarán las experiencias
del tiempo trascurrido.

Mi
cuerpo es alfaguara,
agua
que desemboca en un mar infinito.
Fui
grafismo en el cieno.
En
otra dimensión se alojará mi espíritu,
original del hálito que a mi barro dio vida.

Al
final ¿Seré légamo que alimente las flores?
¿Alcanzará mi espíritu placeres celestiales?
¿Dónde estará mi vértice?


Emma-Margarita R. A.-Valdés

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