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Tras la Sagrada Cena en la
parroquia,
donde el pan es su carne,
donde el vino es su sangre,
porteadores
fieles
cargan sobre sus
hombros
la imagen venerada de Jesús
Nazareno,
que transciende su material
presencia.
Los ramos de oración y
sufrimiento
son testigos de amor.
En nuevo huerto de Getsemaní
inicia
el recorrido.
Las velas
encendidas
son fulgores de gloria en el
sendero,
son fuego de luarqueses que
se eleva
hasta su santa efigie.
Transita por El Parque el
Nazareno.
Las risas y los juegos de
los niños
resurgen vigorosas.
Dejemos que los niños se le
acerquen.
Sube por
La
Carril
la procesión de luces y de
sombras.
Se mece el Nazareno.
Una brisa süave acaricia las
almas.
El Faro emite el sol de la
Verdad.
Pasa despacio por el
Cementerio,
lleva en la Cruz las almas
redimidas.
Se acerca el Nazareno a la
Atalaya.
Es lugar del encuentro
con los brazos abiertos de
la Madre.
Señora de la Blanca,
la Virgen que veneran los
luarqueses.
Las velas, que encendidas le
siguieron
en continuo ascender,
iluminan oscuras realidades.
Emergen, a
sus
pies,
lágrimas del pasado hecho
presente.
El Calvario es silencio.
Abajo el mar se rompe entre
los riscos.
Espuma de agua y sal
purifica las huellas
dejadas a lo largo del
camino.

De la iglesia Santa Eulalia
sale Jesús Nazareno,
lo lleva en la procesión
el hombro del
costalero,
que, en el alma y el
espíritu,
porta luz de mar y cielo.
Calle Párroco Camino
acoge el primer trayecto,
de ahí hacia el bello parque
en el que mora el recuerdo
del tiempo azul de la
infancia,
de risa, amistad y juego.
El Nazareno sonríe,
la inocencia es un trofeo
de las almas elegidas
para habitar en el cielo.
Él desea que los niños
vivan alegres, sin miedo.
Sube por el Cambaral
el buen Jesús Nazareno,
le siguen en procesión
las almas de su fiel pueblo.
Las olas del mar elevan
su oración de espuma al
cielo
Ascienden luces de gloria
iluminando el sendero
y en los balcones de Luarca
brillan de amor los luceros,
son los cirios de luarqueses
inflamados en su fuego.
Alcanza, en La Atalaya,
las puertas del cementerio.
El Salvador sus pecados
lleva al hombro en el
madero.
Él es el Dios del amor,
que los rescata del cieno.
Llega a la santa capilla,
es el lugar del encuentro,
allí está su madre blanca
con su corazón abierto.
La Madre de los luarqueses,
que en la Cruz dio el
Nazareno.
Las oraciones se elevan
en un celestial concierto,
es el sentir de las almas,
su canto es ofrecimiento
al que es la luz y la vida,
al buen Jesús Nazareno. |