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Cuando te conocí
vibré con tu presencia,
mi
alicaída esencia
voló
rauda hacia ti.
En
mi interior temí
por
mi alma devastada,
primavera agostada
en
un antiguo amor,
de
cuyo gran dolor
yacía atormentada.
Mi
mente era morada
de amargos pensamientos.
Con
largos sufrimientos
y la
ilusión perdida,
ansiaba estar dormida,
olvidar los tormentos,
borrar los pensamientos
y
jamás despertar.
Ilógico abrigar
una
nueva pasión.
Despierto el corazón
volvería a llorar.
En
extraño lugar
feliz en desventura...,
aislada la ternura,
vivía complacida
en
soledad sumida,
bañada en amargura,
En
esta singladura
carente de esperanza,
perdida la confianza,
temí
celos de amor
previendo su dolor
hiriera mi bonanza.
Del
alma la mudanza
es
un divino don,
una
mágica unción
curando nuestras llagas,
las
manos de las sagas
limpiando el corazón.
Feliz renovación
del
ente inmaterial,
es
hálito inmortal
que
en nuestro ser profundo
construye un nuevo mundo,
eterno es su caudal.
Al
soplo celestial
en
amor renacía.
Así,
en un blanco día
surgido en negra noche,
tu
ardiente y firme broche
prendió en mí la alegría.
Vehemente algarabía
fundido el frío hielo.
Las
dos almas en vuelo,
cita
de amor naciente,
se
unieron dulcemente
en
renovado cielo.
Sin
el aciago velo
fue
nuestro amor ardiente,
unión de cuerpo y mente,
ideal y sensitivo,
salvaje y primitivo,
inefable, ¡infrecuente!.
 
Emma-Margarita R. A.-Valdés
 
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