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MI CRUZ ACARICIO
Me arrastras con la potencia
de tu oleaje bravío.
Vísteme con la inocencia,
aléjame del umbrío
arenal de la sentencia
que merece mi vacío.

Ahora mi cruz acaricio
con espíritu sereno.
Te seguiré hasta el suplicio,
mi buen Jesús, nazareno,
y habitaré a tu servicio
alegre, de tu amor lleno.

Renuncio al mundo y riqueza,
que me hacen pobre y cautivo.
Concédeme fortaleza,
en este mundo en que vivo,
para vencer su dureza
y el dolor sea atractivo.
 
TU MESA ES ALABANZA
Abrazaré las cruces del camino,
holocausto de mi alma enamorada.
Te seguiré a través de los espinos
hasta el perfil sin límite que
aguarda.
Los cuencos de mis manos llevarán
las hogazas de amor que tú elaboras
para dar alimento celestial
a los que libres dejan sus alforjas.

Sé que vienes ungido de laureles
a compartir la mesa, con los cirios
encendidos en llamas de cipreses.
Compartes dulcedumbre de martirio.
En el festín del llanto que da Vida
cantan los salmos horas coronadas
con gotas de rubíes y amatistas.
Tu mesa compartida es alabanza.
 
Emma-Margarita R. A.-Valdés

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