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LOS ÚLTIMOS
TESTIGOS
Por
Emma-Margarita R. A.-Valdés
En la terraza del café La
Esperanza, bajo un sol que
se rinde como un latido
cansado, cuatro ancianos se
reúnen cada tarde. Son
vestigios de una época
extinguida, de un tiempo que
olía a pan recién hecho y a
calles sin prisa. Enrique,
de 78 años, contable
jubilado, que manejó cifras
sin calcular el precio del
espíritu;
Ofelia, de 74, maestra y
directora de escuela,
forjadora de mentes jóvenes;
Víctor, de 85, profesor de
literatura, guardián de
palabras que arden; y
Graciela, de 79, ama de
casa, corazón de nido.
Ofelia y
Víctor, unidos por 52 años
de promesas susurradas,
vieron nacer cuatro hijos
-tres varones, ríos
caudalosos, y una mujer,
flor en el desierto- además
de dos nietos que llevan en
sus risas la esencia de su
linaje. Enrique, viudo
solitario, sin herederos,
perdió a su esposa hace 8
años, en un invierno que
heló su corazón. Graciela,
divorciada desde hace 35 por
una traición que partió su
mundo, crió dos hijos con
tacto de seda y voluntad de
acero: un niño y una niña
que crecieron en estatura,
pero no siempre en sosiego,
niños eternos en el
laberinto de sus propias
heridas.
El mundo se ha
transformado en una maraña
de luces artificiales y
resonancias digitales, un
paisaje extraño que difumina
sus memorias más queridas.
Las torres de cristal se
yerguen como una nueva Torre
de Babel, ambiciosas y
vulnerables. El aire lleva
promesas rotas vendidas por
demagogos, pan rancio
envuelto en oropel.
La tarde exhala jazmines y
evocaciones,
hilos de niebla que
tejen el velo del recuerdo.
La terraza despliega una
página amarillenta de un
libro reimpreso en tinta
impersonal. Las tazas y
vasos relucen como reliquias
sagradas, y ellos, siluetas
de un santoral olvidado,
irradian luz en el
crepúsculo, velas que
resisten la brisa de la
indiferencia. Los camareros
flotan alrededor, espectros
de una modernidad
apresurada.
Ofelia inicia
el diálogo como quien abre
un arca de tesoros
polvorientos teñidos de
melancolía, siempre con ese
tono pedagógico que arrastra
de su trabajo en el aula:
-Cada vez que
vengo, siento que camino
dentro de un sueño borroso.
Las risas de antes se
deshacen. ¿Qué fue de
aquella plaza que nos vio
crecer?
Víctor, a su
lado, con barba blanca y
pipa humeante, incienso de
un altar abandonado, asiente
con un gesto amoroso.
Enrique
sonríe con ese temblor de
quien recuerda demasiado.
Habla con la experiencia de
haber equilibrado libros
contables toda su vida:
-La enterraron bajo bancos
y oficinas. Donde había un
quiosco lleno de periódicos,
revistas y tebeos, sólo ves
gente hipnotizada por sus
pantallas… No sé si
llamarlos falsos ídolos o
nuevas ventanas. No lo
comprendo … pero admito que
a veces me quedo mirando
esos colores.
Ofelia
remueve el azúcar en su
taza, mira el río de
peatones aferrados a
dispositivos, sus amuletos
fugaces.
-Mirad cómo corren -habla
con esa dulzura firme de
maestra-. Como si la vida
les mordiera los talones.
Antes las calles eran
conversaciones vivas… ahora
son pantallas brillando en
silencio.
Y sin embargo… también veo
cariño. La frialdad… puede
que esté más en nuestros
ojos cansados que en los
suyos.
Graciela, envuelta en un
aura de dulzura indomable,
añade con voz herida, su
tono maternal cargado de la
resiliencia de quien ha
criado sola:
- Nos hemos
convertido en extranjeros
sin movernos del sitio, en
un lugar cuyo mapa cambia
cada día. Imaginé la vejez
en una colina contemplando
el horizonte, un balcón de
nubes con resonancia de
risas lejanas... Pero ha
resultado ser un túnel
oscuro, donde nada conserva
el tacto de lo que amé.
Un músico callejero toca
una melodía antigua. Los
cuatro parecen rejuvenecer
un instante.
- ¿Te
acuerdas, Víctor? -pregunta
Ofelia, sonriendo-. Tocabas
esa canción cuando rebosabas
de ilusiones.
-Y cuando
tenía cintura -bromea
Graciela con un guiño,
arrancando una carcajada
compartida.
Enrique,
removiendo hojas del pasado,
con su verbo práctico y
calculador, comenta:
-Quizá eso es
lo que más echo de menos.
Entonces albergábamos
proyectos realizables, paz y
certidumbre. Hablan de
libertad, pero viven atados
a discursos huecos y modas
destructivas.
Prometen transparencia
quienes traman oscuridad;
igualdad, quienes siembran
divisiones. “Sea vuestro sí,
sí; y vuestro no, no”. Y es
un “tal vez” oportunista.
Con tanto terreno inestable,
¿cómo van a echar raíces los
jóvenes?
-Ah, Enrique,
tienes razón -responde
Ofelia,
asintiendo con
empatía-. Este mundo es un
desierto, los oasis son
espejismos. Los líderes
mienten sin rubor, prometen
justicia mientras urden
sobornos y privilegios. “No
os hagáis tesoros en la
tierra, donde la polilla y
el orín corrompen”. Ellos
acumulan riquezas en
paraísos fiscales. Ahora
domina la demagogia, frases
vacías que inflaman
multitudes como fuego en
paja". Nosotros somos
reliquias en un museo
olvidado.
Graciela,
frágil pero llena de la
calidez de una madre,
interviene:
-Estos
políticos venden edenes
ilusorios con discursos
dulces y venenosos.
El oro va a sus bolsillos y
el pueblo mendiga migajas.
“Vanidad de vanidades, todo
es vanidad”. Visten trajes
elegantes, ocupan cargos
públicos y desfilan ante
séquitos de cámaras,
ocultando la verdad.
Enrique, con ironía, su
escepticismo contable
aflorando:
- ¿Recordáis
cuando un apretón de manos
valía más que un contrato?
Las palabras han perdido
peso... actualmente las
lanzan como polvo al viento.
Las noticias son monedas
falsas: mucho brillo, poca
claridad. “No hurtarás”,
clama el Antiguo Libro…, y
“No codiciarás los bienes
ajenos”. Nos roban la
serenidad, nos agobian con
impuestos. Pagábamos poco y
disfrutábamos de muchas
ventajas. Hoy, en las
alcancías llenadas con
sudor, los ahorros se
evaporan, a modo que la
herrumbre corroyera no solo
el metal, sino el alma.
-Y la confianza -agrega
Graciela interrumpiendo -.
La falacia se sirve en
bandeja de plata alemana.
Víctor sorbe
su vino lentamente,
invocando fragmentos
de épocas perdidas:
-La corrupción se exhibe
sin vergüenza. Y la mentira…
ah, la mentira se disfraza
de virtud, engañando
corazones vírgenes en los
lances demagógicos. Prometen
cielos con el fin de ganar
votos, paro dan sombras. ¿No
es esa la política actual?
Falsedad pulida con
marketing.
Las horas caen al igual que
una bendición cansada. La
ciudad vibra, parpadea, se
transforma. Las farolas se
encienden una a una. Pero en
la mesa, en ese rincón de
memoria y afecto, el reloj
se detiene reverente.
El violinista ejecuta una
canción moderna y enérgica,
quebrando la
quietud.
Víctor rompe el silencio:
-Habláis de
ilusiones perdidas -dice
Víctor, influido por la
música que le habla de
juventud actual Su tono
reflexivo-.
¿Sabéis lo que más me
hiere, que me desgarra el
corazón? Que mis hijos
hicieron lo que les pedimos…
y aun así el trabajo les da
la espalda, les cierra las
puertas.
Ofelia le
toma la mano en ademán
solidario.
-Mi hijo
mayor, ingeniero -prosigue
Víctor-, encadena
entrevistas: “Ya le
llamaremos”, dicen. Y no
llaman. Pero, si le llaman,
le ofrecen sueldos de
becario. El segundo… -y aquí
su queja se vuelve ceniza-
doctor en filosofía,
brillante… pero parece que
al hombre no le importa
pensar. Le piden que sea
“más práctico”, piensan que
la reflexión sobra.
Su voz
tiembla:
-A veces
siento que los preparé para
un planeta que ya no existe.
Ofelia
observa a una joven
madre empujando un cochecito
y piensa con dolor: ya casi
no hay niños. No se
sorprende dada la situación
actual, la falta de apoyo a
las familias, la exaltación
del egoísmo, de la
independencia y de tantos
otros factores que impiden
formar hogares.
-A veces, -comenta Ofelia
elevando el tono- siento que
la humanidad ha convertido
la vida en un bien
desechable. Se habla del
derecho a interrumpirla al
inicio o al final, como si
quisiéramos ser no solo
actores, sino autores y
editores, arrancando páginas
que incomodan. Se han
asesinado millones de niños
inocentes.
Graciela alza una mirada
serena. Su verdad es un
rumor de cielo, suave y
devota.
- “Antes que te formase en
el vientre, te conocí, y
antes que nacieses, te
santifiqué”. -cita con
dulzura, mezclando las
palabras de Jeremías con el
aroma del jazmín-. “El Señor
da, y el Señor quita”.
Nuestros días están
contados. ¿Qué mano humana
puede segar la vida, por
misericordiosa que se crea?
El aborto... me cuesta
entender que se debata en
titulares y pasillos. La
vida no es solo biología; es
una promesa.
Víctor responde,
contemplando el sol que se
oculta:
-Graciela, eres un faro en
esta niebla. Pero en esta
sociedad que corre al
abismo, ¿podrá la ética
resistir el vendaval de lo
conveniente?
Graciela sonríe:
-"La vida y la muerte puse
delante de ti... escoge,
pues, la vida”-. Que así
suceda, amigos míos.
Enrique musita, su
pragmatismo tiñendo la
locución:
-Es una frontera delgada.
Normalizan acabar con la
existencia por sufrimiento,
¿verdad? Se ve el
sufrimiento como un enemigo
a eliminar, incluso
eliminando al que sufre. La
moral se nubla. Contra el
dolor hay eutanasia, pero es
cara y casi no la aplican. A
nuestra edad, estamos en
peligro… quizá un día nos
quiten de en medio…
-Excepto si tienes dinero
y pagas… -afirma Ofelia, con
un toque de ironía
educativa.
Un silencio los envuelve,
más elocuente que cualquier
réplica. No es un silencio
de acuerdo, sino de profundo
respeto por la complejidad
del designio humano y
divino. El crepúsculo avanza
y, en sus corazones, la
pregunta seguía viva, tan
antigua y nueva.
Graciela, pensativa y
ausente, impregnada de
noches insomnes:
- Y mi hijo…
-se rompe como una rama
seca-. Todo empezó con los
botellones. Decíamos “cosas
de jóvenes”, pero no lo
eran. Vive de noche, rehúye
el día y abre botellas tal
si abriera sus venas.
Aprieta el
pañuelo, húmedo de lágrimas.
-Es mi hijo,
sangre de mi sangre… y a
veces no lo reconozco.
Las sombras
se alargan sobre la mesa.
Ofelia, con
la experiencia de haber
guiado generaciones, pero
carga sus propias cruces,
murmura:
-Los criamos para un futuro
que se nos escapó entre los
dedos. Nos prometieron
prosperidad … y nos dieron
desierto.
Enrique, con
ternura que humedece sus
ojos:
-Somos los
últimos testigos -declara-
guardianes de un período de
paz y prosperidad. Nuestro
deber es apoyarnos. Ser una
luz tenue en un tiempo que
se apagó demasiado deprisa.
La charla se
vuelve íntima, la noche
enciende la ciudad. Víctor,
con ojos empañados, mira a
sus amigos y comenta:
-Me lastima
ver que se ha quebrado el
concepto de familia. Mis
nietos me hablan de "poliamor"
y "relaciones abiertas”.
Ofelia, con la
mirada fija en el horizonte,
suspira con preocupación:
- ¿Sabéis qué
más me inquieta de estos
tiempos? Que muchos jóvenes
no desean formar un hogar.
Como si el hogar fuera una
carga y no un refugio. “Por
tanto dejará el hombre a su
padre y a su madre, y se
unirá a su mujer” … “los dos
se harán una sola carne”
-recita con certeza -. Así
crecimos, así se nos enseñó.
Víctor
asiente.
-Pareciera
que el matrimonio no es
alianza sagrada, sino un
accesorio optativo. Muchos
eligen unirse sin promesa,
sin compromiso. Y lo dicen
con orgullo. “El amor… no
busca lo suyo”, recordaba mi
abuela -murmuró-. Y ahora
cada uno busca lo suyo.
Graciela, con
manos entrelazadas a modo de
quien protege un relicario
invisible, interviene con
delicadeza maternal:
-Lo que me
sorprende es cómo se mira
con la misma luz las uniones
de siempre y las nuevas, en
el mismo nivel. “Varón y
hembra los creó”, rezaba el
Génesis… Era nuestra
referencia. No juzgo
-aclara, con un gesto
pacífico -, pero me cuesta
entenderlo. No crecimos con
esa idea.
Víctor
bebe un sorbo de vino y,
mientras juega con la copa,
deja escapar un pensamiento
que llevaba años habitando
en cautela,
citando estudios como un
erudito:
-Se debate si
la homosexualidad es
genética. Se sabe que no
existe un gen ni varios
genes de homosexualidad, al
igual que no existe gen de
violencia, o de
inteligencia.
Enrique
afirma, con su lógica
contable:
-
La Organización Mundial de
la Salud (OMS) eliminó la
homosexualidad de su lista
de enfermedades mentales el
17 de mayo de 1990.
Hay testimonios de regresos
voluntarios. Me preocupa la
obstinación en difundir las
prácticas homosexuales en
los medios de comunicación,
en las películas, en las
series; lo apoyan los
lobbies y una trama de
intereses. Es muy
perjudicial y hace que
personas heterosexuales, por
diversos motivos, se
declaren homosexuales. Somos
criaturas imitativas...
Víctor
apostilla, con profundidad
analítica:
- Los órganos
tienen funciones biológicas,
pero el uso depende de la
mente, no de genes. El
ambiente moldea
orientaciones. Según los
nuevos estudios, la
orientación homosexual es
algo aprendido y por eso
vemos que ahora hay más
personas con esa
inclinación.
Ofelia
afirma, con un toque de
preocupación educativa:
-En España
financian cambios de género,
pero penalizan terapias de
orientación sexual, incluso
si se solicitan libremente.
Lo peor es el silencio. Se
confunde tolerancia con
abandono moral. Aplaudimos
escombros pensando que es
progreso.
Enrique habla
con su habitual forme de
transmitir sus opiniones,
calculando las palabras:
-Si alguien
lo desea, debe tener derecho
a ayuda psicológica. “Clama
a mí y yo te responderé”.
Nadie está solo si decide
dar un paso hacia su propia
verdad.
Graciela,
tímidamente dice:
-La Iglesia
católica sigue lo
establecido en la Biblia”: “No
te echarás con varón como
con mujer, es abominación”.
Pero no discrimina a las
personas por razón de sexo,
así, si no practica su
tendencia físicamente, puede
recibir la Sagrada Forma. La
fe ofrece acompañamiento, no
condena.
Ofelia
extiende una mano hacia
Graciela con un gesto de
solidaridad.
-Y lo malo
-añade Ofelia, con un guiño-
es que la sociedad calla
para no parecer anticuada o
políticamente incorrecta.
Todo se normaliza, pero el
silencio también destruye.
Graciela
asiente, con un dolor que
nacía de haber visto
demasiado.
-Tal vez
somos los últimos que
recordamos el amor como
responsabilidad y
sacrificio. Los últimos que
vimos el valor de la
familia, del matrimonio, del
respeto propio y ajeno. Y
duele… duele ver que se
pierde, es arena que
arrastra las olas. No
considero normal que dos del
mismo sexo puedan unirse en
matrimonio. Están las
uniones de hecho, que tienen
el mismo tratamiento legal
que los matrimonios.
Víctor deja
la copa vacía sobre la mesa,
en un susurro grave que
parece surgir de muy atrás,
de décadas de enseñanzas,
lecturas y silencios:
-Quizá lo más
amargo de envejecer no es el
cuerpo que falla, ni los
amigos que se van, ni las
calles que se alteran. Lo
más amargo es ser testigo de
cómo el mundo gira hacia un
rumbo incierto. Somos faros
encendidos en un mar que ya
no tiene barcos. Pero los
barcos sí están ahí. Navegan
más lejos, con otras luces.
Y quién sabe… es posible que
algún día vuelvan a nuestras
costas.
Ofelia
inhala, solemne:
-Hemos visto
prosperidad, orden, familias
fuertes, valores sólidos. Lo
hemos visto, lo hemos
vivido… y lo vemos
disiparse. Lo que está
ocurriendo no es progreso:
es pérdida. Pérdida de
raíces, de responsabilidad,
de sentido. Y, si una
civilización pierde eso…,
pierde su alma. Pero
recordemos: “El Señor es mi
pastor; nada me faltará”
-quizá en la fe hallemos
guía.
Un silencio
triste se posa. Ninguno
hablaba desde el desprecio,
sino desde la herida de
quienes ven transformarse el
suelo bajo sus pies.
Víctor rompió
el silencio, con un atisbo
de ilusión:
-Tal vez no
todo está perdido. Los
jóvenes tienen valores.
Sólo… distintos.
Ofelia
asiente:
-"No juzguéis
…". Hemos sido demasiado
severos.
Graciela, con
su calidez maternal
iluminando el momento:
-Al final, lo
que importa es el amor. En
todas sus formas debe
revestirse de belleza
Enrique
levanta su copa:
-Brindo por
el entendimiento de las
generaciones. Buscamos lo
mismo: felicidad y sentido.
El músico
callejero entona una balada
melancólica, sus notas
fueron un eco de sus propios
lamentos.
Los cuatro se
levantan despacio. Caminan
hacia la noche con el calor
de haber compartido el mismo
nudo de nostalgia y
desconsuelo en la garganta.
La luna llena ilumina sus
pasos. Eran los últimos
testigos de una era, pero
quizá los primeros puentes
hacia un futuro incierto: un
punto donde la sabiduría
madura y la energía juvenil
volvieran a encontrarse en
la eterna búsqueda de
dignidad humana.
La ciudad
seguía su ritmo implacable,
ajena a los ecos de su
conversación, que el viento
nocturno se llevaba como
hojas secas.
Emma-Margarita R. A.-Valdés
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