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SANTA MISA
CON LOS SEMINARISTAS
HOMILÍA
DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Catedral de Santa María la Real de la Almudena de Madrid
Sábado 20 de agosto de 2011
Señor Cardenal Arzobispo de Madrid,
Venerados hermanos en el Episcopado,
Queridos sacerdotes y religiosos,
Queridos rectores y formadores,
Queridos seminaristas,
Amigos todos
Me alegra profundamente celebrar la Santa Misa con todos
vosotros, que aspiráis a ser sacerdotes de Cristo para el
servicio de la Iglesia y de los hombres, y agradezco las amables
palabras de saludo con que me habéis acogido. Esta Santa Iglesia
Catedral de Santa María La Real de la Almudena es hoy como un
inmenso cenáculo donde el Señor celebra con deseo ardiente su
Pascua con quienes un día anheláis presidir en su nombre los
misterios de la salvación. Al veros, compruebo de nuevo cómo
Cristo sigue llamando a jóvenes discípulos para hacerlos
apóstoles suyos, permaneciendo así viva la misión de la Iglesia
y la oferta del evangelio al mundo. Como seminaristas, estáis en
camino hacia una meta santa: ser prolongadores de la misión que
Cristo recibió del Padre. Llamados por Él, habéis seguido su voz
y atraídos por su mirada amorosa avanzáis hacia el ministerio
sagrado. Poned vuestros ojos en Él, que por su encarnación es el
revelador supremo de Dios al mundo y por su resurrección es el
cumplidor fiel de su promesa. Dadle gracias por esta muestra de
predilección que tiene con cada uno de vosotros.
La primera lectura que hemos escuchado nos muestra a Cristo como
el nuevo y definitivo sacerdote, que hizo de su existencia una
ofrenda total. La antífona del salmo se le puede aplicar
perfectamente, cuando, al entrar en el mundo, dirigiéndose a su
Padre, dijo: “Aquí estoy para hacer tu voluntad” (cf. Sal 39,
8-9). En todo buscaba agradarle: al hablar y al actuar,
recorriendo los caminos o acogiendo a los pecadores. Su vivir
fue un servicio y su desvivirse una intercesión perenne,
poniéndose en nombre de todos ante el Padre como Primogénito de
muchos hermanos. El autor de la carta a los Hebreos afirma que
con esa entrega perfeccionó para siempre a los que estábamos
llamados a compartir su filiación (cf. Heb 10,14).
La Eucaristía, de cuya institución nos habla el evangelio
proclamado (cf. Lc 22,14-20), es la expresión real de esa
entrega incondicional de Jesús por todos, también por los que le
traicionaban. Entrega de su cuerpo y sangre para la vida de los
hombres y para el perdón de sus pecados. La sangre, signo de la
vida, nos fue dada por Dios como alianza, a fin de que podamos
poner la fuerza de su vida, allí donde reina la muerte a causa
de nuestro pecado, y así destruirlo. El cuerpo desgarrado y la
sangre vertida de Cristo, es decir su libertad entregada, se han
convertido por los signos eucarísticos en la nueva fuente de la
libertad redimida de los hombres. En Él tenemos la promesa de
una redención definitiva y la esperanza cierta de los bienes
futuros. Por Cristo sabemos que no somos caminantes hacia el
abismo, hacia el silencio de la nada o de la muerte, sino
viajeros hacia una tierra de promisión, hacia Él que es nuestra
meta y también nuestro principio.
Queridos amigos, os preparáis para ser apóstoles con Cristo y
como Cristo, para ser compañeros de viaje y servidores de los
hombres. ¿Cómo vivir estos años de preparación? Ante todo, deben
ser años de silencio interior, de permanente oración, de
constante estudio y de inserción paulatina en las acciones y
estructuras pastorales de la Iglesia. Iglesia que es comunidad e
institución, familia y misión, creación de Cristo por su Santo
Espíritu y a la vez resultado de quienes la conformamos con
nuestra santidad y con nuestros pecados. Así lo ha querido Dios,
que no tiene reparo en hacer de pobres y pecadores sus amigos e
instrumentos para la redención del género humano. La santidad de
la Iglesia es ante todo la santidad objetiva de la misma persona
de Cristo, de su evangelio y de sus sacramentos, la santidad de
aquella fuerza de lo alto que la anima e impulsa. Nosotros
debemos ser santos para no crear una contradicción entre el
signo que somos y la realidad que queremos significar.
Meditad bien este misterio de la Iglesia, viviendo los años de
vuestra formación con profunda alegría, en actitud de docilidad,
de lucidez y de radical fidelidad evangélica, así como en
amorosa relación con el tiempo y las personas en medio de las
que vivís. Nadie elige el contexto ni a los destinatarios de su
misión. Cada época tiene sus problemas, pero Dios da en cada
tiempo la gracia oportuna para asumirlos y superarlos con amor y
realismo. Por eso, en cualquier circunstancia en la que se
halle, y por dura que esta sea, el sacerdote ha de fructificar
en toda clase de obras buenas, guardando para ello siempre vivas
en su interior las palabras del día de su Ordenación, aquellas
con las que se le exhortaba a configurar su vida con el misterio
de la cruz del Señor.
Configurarse con Cristo comporta, queridos seminaristas,
identificarse cada vez más con Aquel que se ha hecho por
nosotros siervo, sacerdote y víctima. Configurarse con Él es, en
realidad, la tarea en la que el sacerdote ha de gastar toda su
vida. Ya sabemos que nos sobrepasa y no lograremos cumplirla
plenamente, pero, como dice san Pablo, corremos hacia la meta
esperando alcanzarla (cf. Flp 3,12-14).
Pero Cristo, Sumo Sacerdote, es también el Buen Pastor, que
cuida de sus ovejas hasta dar la vida por ellas (cf. Jn 10,11).
Para imitar también en esto al Señor, vuestro corazón ha de ir
madurando en el Seminario, estando totalmente a disposición del
Maestro. Esta disponibilidad, que es don del Espíritu Santo, es
la que inspira la decisión de vivir el celibato por el Reino de
los cielos, el desprendimiento de los bienes de la tierra, la
austeridad de vida y la obediencia sincera y sin disimulo.
Pedidle, pues, a Él, que os conceda imitarlo en su caridad hasta
el extremo para con todos, sin rehuir a los alejados y
pecadores, de forma que, con vuestra ayuda, se conviertan y
vuelvan al buen camino. Pedidle que os enseñe a estar muy cerca
de los enfermos y de los pobres, con sencillez y generosidad.
Afrontad este reto sin complejos ni mediocridad, antes bien como
una bella forma de realizar la vida humana en gratuidad y en
servicio, siendo testigos de Dios hecho hombre, mensajeros de la
altísima dignidad de la persona humana y, por consiguiente, sus
defensores incondicionales. Apoyados en su amor, no os dejéis
intimidar por un entorno en el que se pretende excluir a Dios y
en el que el poder, el tener o el placer a menudo son los
principales criterios por los que se rige la existencia. Puede
que os menosprecien, como se suele hacer con quienes evocan
metas más altas o desenmascaran los ídolos ante los que hoy
muchos se postran. Será entonces cuando una vida hondamente
enraizada en Cristo se muestre realmente como una novedad y
atraiga con fuerza a quienes de veras buscan a Dios, la verdad y
la justicia.
Alentados por vuestros formadores, abrid vuestra alma a la luz
del Señor para ver si este camino, que requiere valentía y
autenticidad, es el vuestro, avanzando hacia el sacerdocio
solamente si estáis firmemente persuadidos de que Dios os llama
a ser sus ministros y plenamente decididos a ejercerlo
obedeciendo las disposiciones de la Iglesia.
Con esa confianza, aprended de Aquel que se definió a sí mismo
como manso y humilde de corazón, despojándoos para ello de todo
deseo mundano, de manera que no os busquéis a vosotros mismos,
sino que con vuestro comportamiento edifiquéis a vuestros
hermanos, como hizo el santo patrono del clero secular español,
san Juan de Ávila. Animados por su ejemplo, mirad, sobre todo, a
la Virgen María, Madre de los sacerdotes. Ella sabrá forjar
vuestra alma según el modelo de Cristo, su divino Hijo, y os
enseñará siempre a custodiar los bienes que Él adquirió en el
Calvario para la salvación del mundo. Amén.
ANUNCIO DE LA PRÓXIMA DECLARACIÓN DE SAN JUAN DE ÁVILA,
PRESBÍTERO, PATRONO DEL CLERO SECULAR ESPAÑOL, COMO DOCTOR DE LA
IGLESIA UNIVERSAL
Queridos hermanos:
Con gran gozo, quiero anunciar ahora al pueblo de Dios, en este
marco de la Santa Iglesia Catedral de Santa María La Real de la
Almudena, que, acogiendo los deseos del Señor Presidente de la
Conferencia Episcopal Española, Eminentísimo Cardenal Antonio
María Rouco Varela, Arzobispo de Madrid, de los demás Hermanos
en el Episcopado de España, así como de un gran número de
Arzobispos y Obispos de otras partes del mundo, y de muchos
fieles, declararé próximamente a San Juan de Ávila, presbítero,
Doctor de la Iglesia universal.
Al hacer pública esta noticia aquí, deseo que la palabra y el
ejemplo de este eximio Pastor ilumine a los sacerdotes y a
aquellos que se preparan con ilusión para recibir un día la
Sagrada Ordenación.
Invito a todos a que vuelvan la mirada hacia él, y encomiendo a
su intercesión a los Obispos de España y de todo el mundo, así
como a los presbíteros y seminaristas, para que perseverando en
la misma fe de la que él fue maestro, modelen su corazón según
los sentimientos de Jesucristo, el Buen Pastor, a quien sea la
gloria y el honor por los siglos de los siglos. Amén.
(Tomado de la web del Vaticano)

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