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ENCUENTRO CON PROFESORES UNIVERSITARIOS JÓVENES
DISCURSO DEL
SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Basílica de San Lorenzo de El Escorial
Viernes 19 de agosto de 2011
Señor Cardenal Arzobispo de Madrid,
Queridos Hermanos en el Episcopado,
Queridos Padres Agustinos,
Queridos Profesores y Profesoras,
Distinguidas Autoridades,
Amigos todos
Esperaba con
ilusión este encuentro con vosotros, jóvenes profesores de las
universidades españolas, que prestáis una espléndida
colaboración en la difusión de la verdad, en circunstancias no
siempre fáciles. Os saludo cordialmente y agradezco las amables
palabras de bienvenida, así como la música interpretada, que ha
resonado de forma maravillosa en este monasterio de gran belleza
artística, testimonio elocuente durante siglos de una vida de
oración y estudio. En este emblemático lugar, razón y fe se han
fundido armónicamente en la austera piedra para modelar uno de
los monumentos más renombrados de España.
Saludo
también con particular afecto a aquellos que en estos días
habéis participado en Ávila en el Congreso Mundial de
Universidades Católicas, bajo el lema: “Identidad y misión de la
Universidad Católica”.
Al estar
entre vosotros, me vienen a la mente mis primeros pasos como
profesor en la Universidad de Bonn. Cuando todavía se apreciaban
las heridas de la guerra y eran muchas las carencias materiales,
todo lo suplía la ilusión por una actividad apasionante, el
trato con colegas de las diversas disciplinas y el deseo de
responder a las inquietudes últimas y fundamentales de los
alumnos. Esta “universitas” que entonces viví, de profesores y
estudiantes que buscan juntos la verdad en todos los saberes, o
como diría Alfonso X el Sabio, ese “ayuntamiento de maestros y
escolares con voluntad y entendimiento de aprender los saberes”
(Siete Partidas, partida II, tít. XXXI), clarifica el sentido y
hasta la definición de la Universidad.
En el lema de
la presente Jornada Mundial de la Juventud: “Arraigados y
edificados en Cristo, firmes en la fe” (cf. Col 2, 7), podéis
también encontrar luz para comprender mejor vuestro ser y
quehacer. En este sentido, y como ya escribí en el Mensaje a los
jóvenes como preparación para estos días, los términos
“arraigados, edificados y firmes” apuntan a fundamentos sólidos
para la vida (cf. n. 2).
Pero, ¿dónde
encontrarán los jóvenes esos puntos de referencia en una
sociedad quebradiza e inestable? A veces se piensa que la misión
de un profesor universitario sea hoy exclusivamente la de formar
profesionales competentes y eficaces que satisfagan la demanda
laboral en cada preciso momento. También se dice que lo único
que se debe privilegiar en la presente coyuntura es la mera
capacitación técnica. Ciertamente, cunde en la actualidad esa
visión utilitarista de la educación, también la universitaria,
difundida especialmente desde ámbitos extrauniversitarios. Sin
embargo, vosotros que habéis vivido como yo la Universidad, y
que la vivís ahora como docentes, sentís sin duda el anhelo de
algo más elevadoque corresponda a todas las dimensiones que
constituyen al hombre. Sabemos que cuando la sola utilidad y el
pragmatismo inmediato se erigen como criterio principal, las
pérdidas pueden ser dramáticas: desde los abusos de una ciencia
sin límites, más allá de ella misma, hasta el totalitarismo
político que se aviva fácilmente cuando se elimina toda
referencia superior al mero cálculo de poder. En cambio, la
genuina idea de Universidad es precisamente lo que nos preserva
de esa visión reduccionista y sesgada de lo humano.
En efecto, la
Universidad ha sido, y está llamada a ser siempre, la casa donde
se busca la verdad propia de la persona humana. Por ello, no es
casualidad que fuera la Iglesia quien promoviera la institución
universitaria, pues la fe cristiana nos habla de Cristo como el
Logos por quien todo fue hecho (cf. Jn 1,3), y del ser humano
creado a imagen y semejanza de Dios. Esta buena noticia descubre
una racionalidad en todo lo creado y contempla al hombre como
una criatura que participa y puede llegar a reconocer esa
racionalidad. La Universidad encarna, pues, un ideal que no debe
desvirtuarse ni por ideologías cerradas al diálogo racional, ni
por servilismos a una lógica utilitarista de simple mercado, que
ve al hombre como mero consumidor.
He ahí
vuestra importante y vital misión. Sois vosotros quienes tenéis
el honor y la responsabilidad de transmitir ese ideal
universitario: un ideal que habéis recibido de vuestros mayores,
muchos de ellos humildes seguidores del Evangelio y que en
cuanto tales se han convertido en gigantes del espíritu. Debemos
sentirnos sus continuadores en una historia bien distinta de la
suya, pero en la que las cuestiones esenciales del ser humano
siguen reclamando nuestra atención e impulsándonos hacia
adelante. Con ellos nos sentimos unidos a esa cadena de hombres
y mujeres que se han entregado a proponer y acreditar la fe ante
la inteligencia de los hombres. Y el modo de hacerlo no solo es
enseñarlo, sino vivirlo, encarnarlo, como también el Logos se
encarnó para poner su morada entre nosotros. En este sentido,
los jóvenes necesitan auténticos maestros; personas abiertas a
la verdad total en las diferentes ramas del saber, sabiendo
escuchar y viviendo en su propio interior ese diálogo
interdisciplinar; personas convencidas, sobre todo, de la
capacidad humana de avanzar en el camino hacia la verdad. La
juventud es tiempo privilegiado para la búsqueda y el encuentro
con la verdad. Como ya dijo Platón: “Busca la verdad mientras
eres joven, pues si no lo haces, después se te escapará de entre
las manos” (Parménides, 135d). Esta alta aspiración es la más
valiosa que podéis transmitir personal y vitalmente a vuestros
estudiantes, y no simplemente unas técnicas instrumentales y
anónimas, o unos datos fríos, usados sólo funcionalmente.
Por tanto, os
animo encarecidamente a no perder nunca dicha sensibilidad e
ilusión por la verdad; a no olvidar que la enseñanza no es una
escueta comunicación de contenidos, sino una formación de
jóvenes a quienes habéis de comprender y querer, en quienes
debéis suscitar esa sed de verdad que poseen en lo profundo y
ese afán de superación. Sed para ellos estímulo y fortaleza.
Para esto, es
preciso tener en cuenta, en primer lugar, que el camino hacia la
verdad completa compromete también al ser humano por entero: es
un camino de la inteligencia y del amor, de la razón y de la fe.
No podemos avanzar en el conocimiento de algo si no nos mueve el
amor; ni tampoco amar algo en lo que no vemos racionalidad: pues
“no existe la inteligencia y después el amor: existe el amor
rico en inteligencia y la inteligencia llena de amor” (Caritas
in veritate, n. 30). Si verdad y bien están unidos, también lo
están conocimiento y amor. De esta unidad deriva la coherencia
de vida y pensamiento, la ejemplaridad que se exige a todo buen
educador.
En segundo
lugar, hay que considerar que la verdad misma siempre va a estar
más allá de nuestro alcance. Podemos buscarla y acercarnos a
ella, pero no podemos poseerla del todo: más bien, es ella la
que nos posee a nosotros y la que nos motiva. En el ejercicio
intelectual y docente, la humildad es asimismo una virtud
indispensable, que protege de la vanidad que cierra el acceso a
la verdad. No debemos atraer a los estudiantes a nosotros
mismos, sino encaminarlos hacia esa verdad que todos buscamos. A
esto os ayudará el Señor, que os propone ser sencillos y
eficaces como la sal, o como la lámpara, que da luz sin hacer
ruido (cf. Mt 5,13-15).
Todo esto nos
invita a volver siempre la mirada a Cristo, en cuyo rostro
resplandece la Verdad que nos ilumina, pero que también es el
Camino que lleva a la plenitud perdurable, siendo Caminante
junto a nosotros y sosteniéndonos con su amor. Arraigados en Él,
seréis buenos guías de nuestros jóvenes. Con esa esperanza, os
pongo bajo el amparo de la Virgen María, Trono de la Sabiduría,
para que Ella os haga colaboradores de su Hijo con una vida
colmada de sentido para vosotros mismos y fecunda en frutos,
tanto de conocimiento como de fe, para vuestros alumnos. Muchas
gracias.
(Tomado de la web del Vaticano)

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