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FIESTA DE ACOGIDA DE LOS
JÓVENES
DISCURSO DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
Plaza de Cibeles,
Madrid
Jueves 18 de agosto de 2011
Queridos
amigos:
Agradezco las
cariñosas palabras que me han dirigido los jóvenes
representantes de los cinco continentes. Y saludo con afecto a
todos los que estáis aquí congregados, jóvenes de Oceanía,
África, América, Asia y Europa; y también a los que no pudieron
venir. Siempre os tengo muy presentes y rezo por vosotros. Dios
me ha concedido la gracia de poder veros y oíros más de cerca, y
de ponernos juntos a la escucha de su Palabra.
En la lectura
que se ha proclamado antes, hemos oído un pasaje del Evangelio
en que se habla de acoger las palabras de Jesús y de ponerlas en
práctica. Hay palabras que solamente sirven para entretener, y
pasan como el viento; otras instruyen la mente en algunos
aspectos; las de Jesús, en cambio, han de llegar al corazón,
arraigar en él y fraguar toda la vida. Sin esto, se quedan
vacías y se vuelven efímeras. No nos acercan a Él. Y, de este
modo, Cristo sigue siendo lejano, como una voz entre otras
muchas que nos rodean y a las que estamos tan acostumbrados. El
Maestro que habla, además, no enseña lo que ha aprendido de
otros, sino lo que Él mismo es, el único que conoce de verdad el
camino del hombre hacia Dios, porque es Él quien lo ha abierto
para nosotros, lo ha creado para que podamos alcanzar la vida
auténtica, la que siempre vale la pena vivir en toda
circunstancia y que ni siquiera la muerte puede destruir. El
Evangelio prosigue explicando estas cosas con la sugestiva
imagen de quien construye sobre roca firme, resistente a las
embestidas de las adversidades, contrariamente a quien edifica
sobre arena, tal vez en un paraje paradisíaco, podríamos decir
hoy, pero que se desmorona con el primer azote de los vientos y
se convierte en ruinas.
Queridos
jóvenes, escuchad de verdad las palabras del Señor para que sean
en vosotros «espíritu y vida» (Jn 6,63), raíces que alimentan
vuestro ser, pautas de conducta que nos asemejen a la persona de
Cristo, siendo pobres de espíritu, hambrientos de justicia,
misericordiosos, limpios de corazón, amantes de la paz. Hacedlo
cada día con frecuencia, como se hace con el único Amigo que no
defrauda y con el que queremos compartir el camino de la vida.
Bien sabéis que, cuando no se camina al lado de Cristo, que nos
guía, nos dispersamos por otras sendas, como la de nuestros
propios impulsos ciegos y egoístas, la de propuestas halagadoras
pero interesadas, engañosas y volubles, que dejan el vacío y la
frustración tras de sí.
Aprovechad
estos días para conocer mejor a Cristo y cercioraros de que,
enraizados en Él, vuestro entusiasmo y alegría, vuestros deseos
de ir a más, de llegar a lo más alto, hasta Dios, tienen siempre
futuro cierto, porque la vida en plenitud ya se ha aposentado
dentro de vuestro ser. Hacedla crecer con la gracia divina,
generosamente y sin mediocridad, planteándoos seriamente la meta
de la santidad. Y, ante nuestras flaquezas, que a veces nos
abruman, contamos también con la misericordia del Señor, siempre
dispuesto a darnos de nuevo la mano y que nos ofrece el perdón
en el sacramento de la Penitencia.
Al edificar
sobre la roca firme, no solamente vuestra vida será sólida y
estable, sino que contribuirá a proyectar la luz de Cristo sobre
vuestros coetáneos y sobre toda la humanidad, mostrando una
alternativa válida a tantos como se han venido abajo en la vida,
porque los fundamentos de su existencia eran inconsistentes. A
tantos que se contentan con seguir las corrientes de moda, se
cobijan en el interés inmediato, olvidando la justicia
verdadera, o se refugian en pareceres propios en vez de buscar
la verdad sin adjetivos.
Sí, hay
muchos que, creyéndose dioses, piensan no tener necesidad de más
raíces ni cimientos que ellos mismos. Desearían decidir por sí
solos lo que es verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo o
lo injusto; decidir quién es digno de vivir o puede ser
sacrificado en aras de otras preferencias; dar en cada instante
un paso al azar, sin rumbo fijo, dejándose llevar por el impulso
de cada momento. Estas tentaciones siempre están al acecho. Es
importante no sucumbir a ellas, porque, en realidad, conducen a
algo tan evanescente como una existencia sin horizontes, una
libertad sin Dios. Nosotros, en cambio, sabemos bien que hemos
sido creados libres, a imagen de Dios, precisamente para que
seamos protagonistas de la búsqueda de la verdad y del bien,
responsables de nuestras acciones, y no meros ejecutores ciegos,
colaboradores creativos en la tarea de cultivar y embellecer la
obra de la creación. Dios quiere un interlocutor responsable,
alguien que pueda dialogar con Él y amarle. Por Cristo lo
podemos conseguir verdaderamente y, arraigados en Él, damos alas
a nuestra libertad. ¿No es este el gran motivo de nuestra
alegría? ¿No es este un suelo firme para edificar la
civilización del amor y de la vida, capaz de humanizar a todo
hombre?
Queridos
amigos: sed prudentes y sabios, edificad vuestras vidas sobre el
cimiento firme que es Cristo. Esta sabiduría y prudencia guiará
vuestros pasos, nada os hará temblar y en vuestro corazón
reinará la paz. Entonces seréis bienaventurados, dichosos, y
vuestra alegría contagiará a los demás. Se preguntarán por el
secreto de vuestra vida y descubrirán que la roca que sostiene
todo el edificio y sobre la que se asienta toda vuestra
existencia es la persona misma de Cristo, vuestro amigo, hermano
y Señor, el Hijo de Dios hecho hombre, que da consistencia a
todo el universo. Él murió por nosotros y resucitó para que
tuviéramos vida, y ahora, desde el trono del Padre, sigue vivo y
cercano a todos los hombres, velando continuamente con amor por
cada uno de nosotros.
Encomiendo
los frutos de esta Jornada Mundial de la Juventud a la Santísima
Virgen María, que supo decir «sí» a la voluntad de Dios, y nos
enseña como nadie la fidelidad a su divino Hijo, al que siguió
hasta su muerte en la cruz. Meditaremos todo esto más
detenidamente en las diversas estaciones del Via crucis. Y
pidamos que, como Ella, nuestro «sí» de hoy a Cristo sea también
un «sí» incondicional a su amistad, al final de esta Jornada y
durante toda nuestra vida. Muchas gracias.
(Tomado de la web del Vaticano)

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