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CEREMONIA DE DESPEDIDA
DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Aeropuerto internacional Barajas de Madrid
Domingo 21 de agosto de 2011
Majestades,
Distinguidas Autoridades nacionales, autonómicas y locales,
Señor Cardenal Arzobispo de Madrid y Presidente de la
Conferencia Episcopal Española,
Señores Cardenales y Hermanos en el Episcopado,
Amigos todos:
Ha llegado el
momento de despedirnos. Estos días pasados en Madrid, con una
representación tan numerosa de jóvenes de España y todo el
mundo, quedarán hondamente grabados en mi memoria y en mi
corazón.
Majestad, el
Papa se ha sentido muy bien en España. También los jóvenes
protagonistas de esta Jornada Mundial de la Juventud han sido
muy bien acogidos aquí y en tantas ciudades y localidades
españolas, que han podido visitar en los días previos a la
Jornada.
Gracias a
Vuestra Majestad por sus cordiales palabras y por haber querido
acompañarme tanto en el recibimiento como, ahora, al despedirme.
Gracias a las Autoridades nacionales, autonómicas y locales, que
han mostrado con su cooperación fina sensibilidad por este
acontecimiento internacional. Gracias a los miles de
voluntarios, que han hecho posible el buen desarrollo de todas
las actividades de este encuentro: los diversos actos
literarios, musicales, culturales y religiosos del «Festival
joven», las catequesis de los Obispos y los actos centrales
celebrados con el Sucesor de Pedro. Gracias a las fuerzas de
seguridad y del orden, así como a los que han colaborado
prestando los más variados servicios: desde el cuidado de la
música y de la liturgia, hasta el transporte, la atención
sanitaria y los avituallamientos.
España es una
gran Nación que, en una convivencia sanamente abierta, plural y
respetuosa, sabe y puede progresar sin renunciar a su alma
profundamente religiosa y católica. Lo ha manifestado una vez
más en estos días, al desplegar su capacidad técnica y humana en
una empresa de tanta trascendencia y de tanto futuro, como es el
facilitar que la juventud hunda sus raíces en Jesucristo, el
Salvador.
Una palabra
de especial gratitud se debe a los organizadores de la Jornada:
al Cardenal Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos y
a todo el personal de ese Dicasterio; al Señor Cardenal
Arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, junto con sus
Obispos auxiliares y toda la archidiócesis; en particular, al
Coordinador General de la Jornada, Monseñor César Augusto Franco
Martínez, y a sus colaboradores, tantos y tan generosos. Los
Obispos han trabajado con solicitud y abnegación en sus diócesis
para la esmerada preparación de la Jornada, junto con los
sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos. A todos, mi
reconocimiento, junto con mi súplica al Señor para que bendiga
sus afanes apostólicos.
Y no puedo
dejar de dar las gracias de todo corazón a los jóvenes por haber
venido a esta Jornada, por su participación alegre, entusiasta e
intensa. A ellos les digo: Gracias y enhorabuena por el
testimonio que habéis dado en Madrid y en el resto de ciudades
españolas en las que habéis estado. Os invito ahora a difundir
por todos los rincones del mundo la gozosa y profunda
experiencia de fe vivida en este noble País. Transmitid vuestra
alegría especialmente a los que hubieran querido venir y no han
podido hacerlo por las más diversas circunstancias, a tantos
como han rezado por vosotros y a quienes la celebración misma de
la Jornada les ha tocado el corazón. Con vuestra cercanía y
testimonio, ayudad a vuestros amigos y compañeros a descubrir
que amar a Cristo es vivir en plenitud.
Dejo España
contento y agradecido a todos. Pero sobre todo a Dios, Nuestro
Señor, que me ha permitido celebrar esta Jornada, tan llena de
gracia y emoción, tan cargada de dinamismo y esperanza. Sí, la
fiesta de la fe que hemos compartido nos permite mirar hacia
adelante con mucha confianza en la providencia, que guía a la
Iglesia por los mares de la historia. Por eso permanece joven y
con vitalidad, aun afrontando arduas situaciones. Esto es obra
del Espíritu Santo, que hace presente a Jesucristo en los
corazones de los jóvenes de cada época y les muestra así la
grandeza de la vocación divina de todo ser humano. Hemos podido
comprobar también cómo la gracia de Cristo derrumba los muros y
franquea las fronteras que el pecado levanta entre los pueblos y
las generaciones, para hacer de todos los hombres una sola
familia que se reconoce unida en el único Padre común, y que
cultiva con su trabajo y respeto todo lo que Él nos ha dado en
la Creación.
Los jóvenes
responden con diligencia cuando se les propone con sinceridad y
verdad el encuentro con Jesucristo, único redentor de la
humanidad. Ellos regresan ahora a sus casas como misioneros del
Evangelio, «arraigados y cimentados en Cristo, firmes en la fe»,
y necesitarán ayuda en su camino. Encomiendo, pues, de modo
particular a los Obispos, sacerdotes, religiosos y educadores
cristianos, el cuidado de la juventud, que desea responder con
ilusión a la llamada del Señor. No hay que desanimarse ante las
contrariedades que, de diversos modos, se presentan en algunos
países. Más fuerte que todas ellas es el anhelo de Dios, que el
Creador ha puesto en el corazón de los jóvenes, y el poder de lo
alto, que otorga fortaleza divina a los que siguen al Maestro y
a los que buscan en Él alimento para la vida. No temáis
presentar a los jóvenes el mensaje de Jesucristo en toda su
integridad e invitarlos a los sacramentos, por los cuales nos
hace partícipes de su propia vida.
Majestad,
antes de volver a Roma, quisiera asegurar a los españoles que
los tengo muy presentes en mi oración, rezando especialmente por
los matrimonios y las familias que afrontan dificultades de
diversa naturaleza, por los necesitados y enfermos, por los
mayores y los niños, y también por los que no encuentran
trabajo. Rezo igualmente por los jóvenes de España. Estoy
convencido de que, animados por la fe en Cristo, aportarán lo
mejor de sí mismos, para que este gran País afronte los desafíos
de la hora presente y continúe avanzando por los caminos de la
concordia, la solidaridad, la justicia y la libertad. Con estos
deseos, confío a todos los hijos de esta noble tierra a la
intercesión de la Virgen María, nuestra Madre del Cielo, y los
bendigo con afecto. Que la alegría del Señor colme siempre
vuestros corazones. Muchas gracias.
(Tomado de la web del Vaticano)

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