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Despierto, por tu amor,
me envuelve el resplandor y la belleza,
la fauna se abandona ante mis pies,
la flora da sus flores más perfectas
y
los frutos, sabrosos, son merced
del Padre, que nos regaló esta tierra.
Vuelo en la vertical de los conceptos
hacia tu realidad, que en mí palpita,
y
me uno a ti, al júbilo que espero
con el fuego inicial de nuestras vidas.
Apaciguo la voz del pensamiento
que me impulsa a gozar de joven dicha,
de la intensa pasión, de nuestros sueños,
de la felicidad que nos habita.
Cuelgan dulces manjares de las ramas,
el agua canta y ríe entre los setos,
no hay velo que oscurezca las miradas
ni pena que ensombrezca el claro cielo.
El mundo es plenitud iluminada,
la brisa nos embriaga con su aliento,
los ríos amenizan las mañanas
con su afinado y cristalino acento.
Todo es dádiva, gracia del altísimo.
Únicamente un árbol, en el huerto,
el árbol de la ciencia y del castigo,
el árbol de la muerte. Si comemos
su delicioso fruto, sucumbimos.
La serpiente acentúa su malicia,
emite el cascabel mortal acorde,
su sonido es la música que incita
a
descubrir lascivas sensaciones,
con sus sinuosas formas sibilinas,
y
la humedad de lúbricos fervores.
Eva escuchó el susurro de la muerte,
vio la fruta dorada entre las hojas,
pensó robar las llaves de la mente
y
el zumo maldecido hirió su boca.
Yo vi en sus bellos ojos el veneno,
la huella de un pecado florecido.
Mis manos, vacilantes, presintieron
el peso del abismo y lo prohibido.
El afán del amor fue carcelero
y, por la boca amada, enardecido,
comí la pulpa ardiente del destierro
sabiendo que perdía el paraíso.
La luz vistió crespones de la muerte,
las flores se tornaron mustias, secas,
los ríos detuvieron su corriente,
la brisa se volvió rayo y tormenta.
El cielo clausuró sus puertas verdes,
ajenas a los duelos y a las penas.
Un ángel, con su espada incandescente,
se irguió como el guardián de la condena:
destierro sin retorno y para siempre.
Errantes, bajo el sol,
partimos hacia un mundo de tiniebla,
condena de trabajo y de dolor
en la vida que ahora nos espera.
Es castigo por nuestra irreverencia,
por la traición al ser que nos amaba.
Fue ingratitud, altar de la vileza
sobre el místico edén de nuestra alianza.
Nos aguarda, en la desolada esfera,
la sanción merecida y anunciada.
Rogaremos perdón por nuestra afrenta.
¡No perdamos la fe en el mañana!
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