EL ALBA DE LA CULPA
Por
Emma-Margarita R. A.-Valdés

Se cerró la puerta verde,
se apagó la luz del cielo,
la noche triste desciende
por arenoso sendero.
Con el rostro taciturno
me dirigí a mi destino.
Sobre los cuerpos desnudos,
las pieles del paraíso.
El suelo se mostró hostil,
duro para la labranza.
Añoré el feliz jardín,
sus flores y sus fontanas.
Eva esperaba el dolor,
nube atada a su condena,
muy pronto alcanzó sazón
el primer hijo en la tierra.
Surgió un niño a nueva vida
con savia de mala entraña;
el fruto de la semilla
de una estirpe condenada.
Caín llegó entre las sombras
y
celebré su venida.
En la estela de la aurora
creé vigor en la arcilla.
De mi materia proscrita
alboreó un nuevo ser.
Llevaba esencia divina
que fluía en el edén.
Soplo creador preciso
gestó admirable merced.
El Señor me dio otro hijo
al que di por nombre Abel.
En sus ojos, la justicia
y, en aquellas alboradas,
creció indeleble su hombría
para dádiva sagrada.
Caín, rudo labrador,
araba la tierra árida;
el fruto crecía al sol
bajo su alerta mirada.
Abel, pastor, ganadero,
por las cimas, por collados,
con su cayado y su esfuerzo
cuidaba atento el ganado.
Hermanos que, en el jardín,
retozaban con sus juegos,
juntos vivían así
horas de paz y sosiego.
Con ilusión, ofrecieron
las primicias de su afán
al Rey único y eterno,
con fervor, en el altar.
Subió el humo al firmamento,
puro aroma en la mañana,
pero el dragón de los celos
a
Caín secuestró el alma.
Caín vio como la oferta
realizada por Abel,
se elevaba hacia la esfera
y
halló aprobación del juez.
La oblación que hizo Caín
no fue vista con agrado,
llevaba una marca ruin,
sementera del diablo.
Su mente, volcán de orgullo,
con sus ojos, pozos negros,
con su pecho, mundo oscuro,
increpó al rey de los cielos:
¿"Por qué a mí no me contemplas
si mi esfuerzo es el más rudo?
¡Mis manos cavan la tierra
y
mi altar está infecundo!"
La voz divina le dijo:
"Si tu acción fuera sincera,
alzaría el sacrificio
como pura y santa ofrenda".
Mas Caín no escuchó al viento,
ni al murmullo de su mente;
el rencor, animal fiero,
de la venganza hizo huésped.
Llamó a Abel, entre los campos,
donde el sol besaba el suelo,
con un golpe ahogó su canto.
Marcó su signo el silencio.
La sangre gritó en la arena.
Llenó el aire su gemido.
El alba perdió la estrella.
Dios le señaló maldito.
Caín abatido, atónito,
fantasma de pena y luto,
cubrió con llanto su rostro.
Recordó su infancia juntos.
Será extranjero en el orbe,
errante por mundo hostil,
intocable por los hombres
y
condenado a existir.
Y
yo cubrí mi cabeza.
Mar de hiel sobre mi cuerpo.
Una avalancha de ausencia,
fue mi dolor, mi tormento.
Eva, lágrimas ardientes,
sintió vacía su entraña,
desgarrada en sus paredes
por el ser que tanto amaba.
Caín partió hacia el oriente.
En soledad, Eva y yo,
unidos fuimos por siempre
por voluntad del Señor.
Quiso, su misericordia,
concedernos muchos hijos.
Set fue el siguiente en la historia.
Su venida nos bendijo.
Y
en mi destierro, abatido,
recobré al fin la esperanza.
La fe llena mi vacío
y
confío en su llamada.
Emma-Margarita R. A.-Valdés
email del autor:
universo@universoliterario.net
  
  
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