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DÉJAME SER TU MADRE


No desertes del valle de tu origen,
no me apartes del cauce de tu río,
yo soy el lecho fiel para tu curso
desde la fuente al mar de tu destino.
La primavera tuya, que me hiberna
en el rincón helado del olvido,
tiene flores lozanas que son frágiles
y suelen deshojarse al primer frío.

Continúo aguardando por la aurora
el calor que evapore tu neblina,
almaceno la miel de mis panales
instalados en campos de tu herida.
No me marchitaré en el crudo invierno
porque mis viejas hojas son espinas
hechas perennidad por tanta espera
de tu amor congelado en las orillas.

En la sabiduría de tu otoño,
con tu buen corazón de oro macizo,
volverás a buscar en tus raíces
la dirección exacta del camino.
Por eso abrigo quieta, sosegada,
la fe en tu despertar del cuento efímero,
el final de tus cándidas quimeras,
el cese de volcánicos delirios.

Intuyo tus cascadas, tus corrientes,
el discurrir del agua en tu crecida,
déjame ser tu madre y compartir
con cariño tus penas y alegrías.
En la festividad de tu mirada,
calmada la tormenta del estío,
gozaremos, al sol de eternidad,
la dicha de sentirnos madre e h
ijo.

Emma-Margarita R. A.-Valdés

 

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