AL FIN SE ABRIÓ TU CIELO
Por:
Emma-Margarita
R. A.-Valdés

Hoy quiero acompañarte en el
retiro
del huerto de Getsemaní,
sufrir la soledad de la tiniebla
contemplando tu luz,
el rojo agobio, angustia que
origina
las gotas que fecundan la roca
donde oras.
Quiero seguirte paso a paso
hasta la cumbre azul
del monte de la muerte y de la
Vida.

Yo te negué, temí ser procesado
por el ambiente hostil.
Exigí tu condena, como pactado
estaba.
Te acusé de blasfemo
al declararte el hijo de Dios
vivo.
Te preguntaron ¿quién te ha
pegado?; tú sabes que fui yo.
Entrelacé los látigos
que abrieron tu sagrario.
Empapé con tu sangre las blancas
vestiduras.
Lavé mis manos ante el poder
fáctico
y voté por tu muerte en la urna
del grito.
Demandé tu respuesta:
Pregunté si tú eras el Rey tan
esperado
e hinqué en tu cabeza la corona
de espinas.
Te puse el manto rojo de locura
y me mofé de ti.
Clavé tus manos y tus pies
con el mazo de todos mis
pecados.
Arrojé mis insultos a tu costado
herido
y brotó tu perdón
sobre la oscuridad.

Al fin se abrió tu cielo
con lluvia de esperanza y
alegría
sobre el monte infecundo.
Y sé que tú eres Dios, que te
diste hecho amor,
siendo tuyo el poder sobre todo
poder.
Y sé que estás aquí,
en el pan y en el vino
consagrados,
cumpliendo tu promesa
de estar eternamente con
nosotros.

Ahora, en mi dolor, te pido
indulto.
Me ofrezco a recibir tus
latigazos,
a derramar mi sangre por la
tuya.
Te acusé de blasfemo y hoy amo
tu blasfemia,
la verdad de tu eterna Palabra,
que en tu “Yo soy” me has
revelado.
Me dejaste tu manto de ternura,
vestiduras cedidas a la suerte
de hallarte,
la de ganar la apuesta por la
Vida.
Eres el árbol verde
que florece en las ramas del
madero,
con semillas de vida y de
esperanza.
Confío en tu clemencia,
en el amor que en sangre
derramaste.
Suplico tu perdón,
el perdón que, en la Cruz,
donaste a tus verdugos.

Emma-Margarita
R. A.-Valdés

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