Trayecto vital

(Salmo 22)

 

Por

Emma-Margarita R. A.-Valdés

 

 

Atravesé las dunas de la vida

hacia el verde jardín,

trashumante de efímeros paisajes,

vagabundo en las ráfagas del viento

que arrastra las arenas.

 

Conocí la llamada del volcán

en las noches ardientes,

sentí el rumor de sierpes en la sangre

y el sabor agridulce del ocaso.

 

Disfruté de la luz,

en auroras con sol de la inocencia;

de azucenas y nardos,

transportado al abrazo de su aroma.

 

Crucé el desierto a lomos de las águilas

y alcancé las estrellas,

con alas inmortales,

huyendo del rugido de la arcilla.

 

Respondí a la llamada de la sed

y reparé mis fuerzas

en las fuentes tranquilas.

 

Madrugó, en mis pupilas transitorias,

el pálido reflejo de la luna

que anuncia el resplandor oculto y único.

 

Saboreo el reposo prometido.

El rocío de amor

humedece la cuenca de mi espectro

y afluye en el océano absoluto.

En mi copa rebosa la ambrosía.

Un perfume de gloria

penetra por los poros de la esencia.

 

Hoy me albergo en el rayo inmaculado

y aquí espero el final de todo tiempo.

Renaceré en el nuevo paraíso,

exento del dolor y de la muerte.

 

Emma-Margarita R. A.-Valdés

 

 

 

 

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