¡QUÉ SOLOS SE QUEDAN LOS VIEJOS!

(Recordando a Bécquer)

     

 

Por

Emma-Margarita R. A.- Valdés

     
     

 

¡Dios mío, qué solos

se quedan los viejos!

 

Por su aspecto físico,

deformes y enfermos,

producen rechazo

y helado aislamiento.

Nadie quiere ver

que al pasar el tiempo

los cuerpos hermosos

toman ese aspecto.

 

Ellos no tendrán

alegres momentos,

la vida ha quedado

lejos, lejos, lejos.

No habrá diversión,

viajes y  paseos.

Soledad y frío

son sus compañeros.

 

¡Dios mío, qué solos

se quedan los viejos!

 

En sus noches largas

abrigan los sueños

de amadas escenas

de pasados tiempos,

que al despertar abren

queridos recuerdos

y hacen brotar lágrimas

de gran desconsuelo.

 

Al amanecer

de sus días tétricos

quisieran quedarse

por siempre en el lecho,

nada les espera,

todo es triste y viejo,

la monotonía

es su carcelero.

 

¡Dios mío, qué solos

se quedan los viejos!

 

Cuando se levantan

les duelen los huesos,

con sus piernas débiles

arrastran sus cuerpos,

y el vacío rompe

la pared del miedo.

Sólo sienten hambre

de abrazos y besos.

 

Así languidecen,

apáticos, quietos,

nadie les visita,

no suena el teléfono,

dolores y achaques

son sus alimentos

y anhelan huir

del carnal encierro.

 

¡Dios mío, qué solos

se quedan los viejos!

 

Antiguos retratos,

en su cautiverio,

son puntos de apoyo

de sus pensamientos.

Sólo les conforta

ver de nuevo a aquellos

seres tan queridos

que un día se fueron.

 

La fe les ofrece

divino consuelo,

confían al fin

volar a su encuentro.

Entre sus angustias

palpita el deseo

de alcanzar la dicha,

la paz, el sosiego.

 

¡Dios mío, qué solos

se quedan los viejos!

 

Ansían gozar

de los tiempos nuevos

en el añorado

paraíso eterno,

con Dios y la Virgen,

con los que perdieron,

y pronto, muy pronto,

¡vivir en el cielo!

     
     

 

Emma-Margarita R. A.- Valdés

 

     

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