El veinticinco de diciembre

una cosa pasó:

había nacido el niño Dios.

Era regordete,

rubio y guapete.

Y esos ricitos tan bellos,

que caen sobre su frente,

parecen campanillas

que van llamando a la gente.

 

Una vez tuve miedo

y yo me asusté;

me escondí en un sitio

y luego recé.

Se apareció la Virgen,

después me abrazó,

me pregunta:

¿qué es lo que pasó?

Nada, nada, ya sé qué hacer:

nunca jamás

me volveré a esconder.

  

Ayer fui a la iglesia

y recé y recé;

luego me pregunté:

¿para qué sirve rezar

si Dios no me va a escuchar?.

Si te escucho, niña mía,

dijo una voz del más allá.

Háblame, niña,

dime cómo te va.

Sí, Dios querido,

de Ti no volveré a dudar.

 

 

Rocío Segovia

11 años     -     Madrid

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"Antes que la luz de la alborada, tú, María"

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