SOÑANDO... SOBRE LA HIERBA

Por

Rafael Martín-Cuevas Rodríguez

(Contraportada de la revista 

“Apuntes de la Autónoma”. Abril 1983)

     

Es de todos conocida la frase que dice «Verde es vida», pues bien, si hay algo que caracteriza a la Autónoma es el verde, esos jardines que la rodean por doquier, jardines que tiene en exclusiva, diáfanos, abiertos, autónomos al fin. Verde manto de paz que a todos incita, porque, ¿quién no se ha sentido alguna vez atraído por la hierba?; ¿quién no ha imaginado una tibia mañana de primavera tendido sobre ese césped magnético, mientras dibujaba mentalmente su verde en la pizarra emborronada por ese serial de fórmulas que no acertaba a comprender?.

 

Alguien me dijo el otro día que el ambiente universitario se vive sobre la pradera: gentes que corren, un grupo que charla, al fondo unos chicos juegan al fútbol, y bajo aquel árbol, ¿los ves?, dos que se aman; ¿cuántas cosas no habrá oído la hierba?. Hemos visto, en estos meses pasados, al césped amarillo, enjuto, consumido por el hielo; lo hemos visto abonar en fechas recientes, y ahora, por fin, ha vuelto a brotar; porque la hierba no es una alfombra, ni un decorado artificial, es un ser vivo, cultivado pero vivo, y en él viven otros seres vivos.

   

No pretendo con esto erigirme en defensor de una actitud neoecologista que abogue por declarar los jardines zona protegida, lo que ocurre es que no hace mucho hablé con esos habitantes de la selva pequeñita y me contaron que habían descubierto un montón de tesoros; los tesoros de jardín, colillas, cascos de botellas y latas, papeles arrugados, bolsas de pipas y un largo etcétera de fútiles desechos que algunos compañeros dejan olvidados, sin recordar que otros compañeros, o ellos mismos, ocuparán su sitio al día siguiente y que los abnegados jardineros se esfuerzan por mantener en condiciones lo que nosotros nos complacemos en disfrutar.

   

Viene a mi memoria, fruto de mis meditaciones vegetales, la carta que el Jewfe Sealth de las tribus Duwamish, Suquamish y Skykomish del Puget Sound dirigió en 1854 al entonces presidente de los EE. UU. Franklin Pierce, en la que le decía, entre otras cosas: “... Cuando el último pielroja se desvanezca de la tierra y su memoria sea solamente la sombra de una nub­e atravesando la pradera, estas riberas y praderas estarán aún retenidas por los espíritus de mi gente, por el amor a esta tierra, como los recién nacidos aman el sonido del corazón de sus madres..”. Ante la cual yo siempre me he preguntado ¿quiénes eran los salvajes?. Suponiendo que este mundo no acabe abrasado por algún tipo de reacción nuclear o que la contaminación no sofoque nuestros últimos suspiros, tendremos que terminar algún día cubiertos de hierba, y yo recordaré mis tiempos de universitario, cuando en la Autónoma vivía mis problemas y aficiones encima de la hierba, y no debajo, preocupándome por aquella cuestión que me había salido o aquel problema que había dejado en blanco.

De cualquier modo, creo que la Autónoma seguirá en pie muchos años, que nuevas generaciones de estudiantes nos sucederán curso tras curso y heredarán ese patrimonio que disfrutamos ahora, pero que no nos pertenece, pues lo tenemos en depósito para legarlo. Volverá, amiga Autónoma, la tupida madreselva, de tu jardín las tapias a escalar, y seguirá siendo ocio de tediosos y testigo mudo de charlas inconfesables. Valga, al menos, el testimonio de este humilde estudiante, para que tan sólo uno se percate de que algo vivo nos rodea. Habrá merecido la pena.

  

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