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Por
caminos de polvo y de miseria,
por
el cañaveral de la amargura,
por
las veredas tristes,
se
acerca la Certeza,
vuelve
a su vieja tierra,
atraviesa
maleza y espesura
para
sembrar palabras de la Altura
y
anunciar la alegría,
la
riqueza.

El
templo, en este sábado de fiesta,
muestra
su majestad, su galanura,
y
de oropel se viste;
se
acerca la Belleza,
trae
al hombre su ciencia,
llenará
con su luz la noche oscura
de
larga esclavitud y desventura,
alumbrará
la vida,
la
grandeza.

¿Qué
pretende este pobre carpintero,
el
hijo de María y de José,
que
ha jugado y crecido en Nazaret,
el
loco iluminado aventurero?.

Y
cabalgan el viento las palabras
y
se lleva la noche el nuevo día
y
hay frío en el desierto
y
se va la Esperanza
por
las secas cañadas
con
escarcha de gris melancolía,
va
a donar al extraño la armonía
y
su veraz promesa
de
bonanza.

Como
la recia espiga, que resguarda
la
semilla del pan de la sequía
y
se abrasa en el suelo,
la
Bienaventuranza
asciende
a la montaña,
padecerá
por tanta rebeldía,
por
tanta indiferencia y apatía.
Hallará
en otra tierra
la
confianza.

¡Nadie
será profeta entre su gente!.
¡Nadie
tendrá el fervor de su vecino!.
La
envidia es un pecado tan mezquino
que
prefiere la muerte a ser creyente.
Yo
doy gracias, Señor, al pueblo infiel
que
permitió encontrarte en mi camino,
has
dado a mi existencia alto destino
y
en mi morada crece tu vergel.

Emma-Margarita
R. A.-Valdés

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