NADIE ES PROFETA EN SU TIERRA

(Mt 13,53-58; Mc 6,1-16; Lc 4,16-30)

 

Por

Emma-Margarita R. A.-Valdés

 

 

         

 

         
         

Por caminos de polvo y de miseria,

por el cañaveral de la amargura,

por las veredas tristes,

se acerca la Certeza,

vuelve a su vieja tierra,

atraviesa maleza y espesura

para sembrar palabras de la Altura

y anunciar la alegría,

la riqueza.

 

 

El templo, en este sábado de fiesta,

muestra su majestad, su galanura,

y de oropel se viste;

se acerca la Belleza,

trae al hombre su ciencia,

llenará con su luz la noche oscura

de larga esclavitud y desventura,

alumbrará la vida,

la grandeza.

 

 

¿Qué pretende este pobre carpintero,

el hijo de María y de José,

que ha jugado y crecido en Nazaret,

el loco iluminado aventurero?.

 

 

Y cabalgan el viento las palabras

y se lleva la noche el nuevo día

y hay frío en el desierto

y se va la Esperanza

por las secas cañadas

con escarcha de gris melancolía,

va a donar al extraño la armonía

y su veraz promesa

de bonanza.

 

 

Como la recia espiga, que resguarda

la semilla del pan de la sequía

y se abrasa en el suelo,

la Bienaventuranza

asciende a la montaña,

padecerá por tanta rebeldía,

por tanta indiferencia y apatía.

Hallará en otra tierra

la confianza.

 

 

¡Nadie será profeta entre su gente!.

¡Nadie tendrá el fervor de su vecino!.

La envidia es un pecado tan mezquino

que prefiere la muerte a ser creyente.

Yo doy gracias, Señor, al pueblo infiel

que permitió encontrarte en mi camino,

has dado a mi existencia alto destino

y en mi morada crece tu vergel.

 

 

Emma-Margarita R. A.-Valdés

         
           

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