LA IMAGINACIÓN

Por 

Emma-Margarita R. A.-Valdés

 

Con la imaginación se alumbra al sustantivo

con múltiples colores, con mil rayos de luz,

se ilustra la torpeza del grito primitivo,

se muestran las palabras con su cara y su cruz.

 

 

 

Con ella puede un árbol ser patíbulo o trono,

la milenaria causa de nuestro padecer;

la caja que recoge el cuerpo en abandono

o el madero sagrado de inmortal florecer;

 

 

 

las tiernos hojas verdes, ser nuevas ilusiones;

la savia circulante, alimento de fe;

copas anchas, frondosas, las humanas pasiones;

la rama desgajada, el hijo que se fue;

 

 

 

ser árbol inclinado al soplo de la ira

o erguido y orgulloso, soberbio en el azul;

ser árbol triste y pálido, que en las noches suspira

por su amor verde y húmedo, bajo niebla de tul;

 

 

 

el árbol de la muerte o el árbol de la vida;

el de la bienvenida o el del último adiós;

aquél cuya raíz está muerta, podrida,

o aquél que con sus frutos toca los pies de Dios;

 

 

 

árbol seco y enjuto de parajes maléficos;

árbol fresco y jugoso de un celestial vergel;

árbol joven, florido, con poderes benéficos;

árbol viejo y estéril, engendrador de hiel;

 

 

 

puede ser también barco navegando anchos mares

o el tablón solitario de un náufrago perdido;

el leño que se abrasa en los suntuosos lares

o la mísera choza de hermano desvalido;

 

 

 

puede ser ese libro que cambió los países;

el papel perfumado de una carta de amor;

la mesa de trabajo de largas horas grises

o la cama que acoge el placer y el dolor...

 

 

 

nuestra imaginación, con el vocabulario,

teje la fantasía, crea la sensación,

y así convierte al árbol, con juego literario,

en símbolo del mal o de la redención.

 

 

Emma-Margarita R. A.-Valdés

 

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